Aviso legal: La serie Harry Potter es invención de J.K. Rowling y le pertenece. Todo texto reconocible es suyo.
Advertencia: Este fanfic es de categoría M.
Nota: Editado el 08/08/2020. Gracias por leer y por comentar :)
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16.
Au moins ai-je songé que je vous ai baisée
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Poco a poco, sonrió afablemente y cubrió con su mano los dedos de la bruja, dándole un breve apretón de complicidad, y quemando la piel de la joven. Hermione respondió con una sonrisa similar, al mismo tiempo que su corazón se aceleraba.
Realmente, se alegraba de que hubiesen decidido salvarle la vida.
?
La habitación a penas está alumbrada. El fuego consume con parsimonia los restos de madera encendida que yacen en la lumbre.
Hermione no se estraña de estar en esa habitación. Es familiar, aunque no sabe por qué. Tampoco importa. Todo está sumido en el claroscuro.
De repente, golpean en la puerta. ¿Quién será? Hermione la abre. Reconoce el hombre que entra cerrando la puerta. Pelo negro y grasiento, nariz ganchuda, túnica lúgubre. Y un brillo animal en los ojos. Hermione tiene la vaga noción de que debería alarmarse, pero no se alarma. Al contrario, empieza a sentir una conocida presión en la parte inferior de su vientre.
- Lo de siempre, ¿supongo?- se oye decir a sí misma.- Primero, el dinero.
Sus palabras no se le hacen nada raras. El hombre deposita el dinero encima del escritorio, y se acerca a ella. Su corazón late más fuerte. El hombre alza su mano y le acaricia la mejilla, el cuello, el largo y enmarañado pelo castaño. Un poco estrañada, Hermione mira hacia su hombro. Tiene el pelo de la misma largura que tenía en Hogwarts, y de echo, está vestida de uniforme. Cuando levanta la vista, se da cuenta de que están en la clase de pociones. ¿Cómo no se había dado cuenta antes?
- No deberías dejar que tus logros académicos se te suban a la cabeza, señorita Granger.- susurró el hombre que tenía delante; cerca, demasiado cerca.- Yo... no tolero la... impertinencia... por parte de ningún estudiante. Especialmente... de los estudiantes de Gryffindor.
A Hermione le recorre un escalofrío. Su corazón late con fuerza, respira con dificultad, qué cerca está el Profesor Snape. Puede sentir su calor a través del estrecho espacio de aire entre ellos.
- ¿Qué pasa? ¿de repente no tienes... nada que decir?- ronronea el hombre, que sigue acariciando su cuello con los dedos. La entrepierna de Hermione palpita locamente.
La mano del profesor se desliza de manera que agarra su cuello. No le hace daño, pero el gesto es claro. Hermione se remueve un poco, incómoda. Snape sonríe peligrosamente. Su otra mano se apoya en la cadera de Hermione, agarrándola con autoridad. A Hermione se le escapa un pequeño gemido.
- Estás castigada.- oye que dice el caliente susurro de su profesor contra la oreja. Hermione tiene un involuntario escalofrío de placer, y Snape suelta una pseudo-risa con su profunda voz. La respiración de Hermione se ha vuelto tan rápida y superficial como la de un conejo.
- A partir de ahora...- sigue diciendo el profesor de Pociones.- te quedarás aquí después de las clases, hasta el fin de curso.
El corazón de Hermione ha subido hasta su garganta, lo juraría. La gran mano viril que había estado sujetando su cadera se desliza hacia arriba; poco a poco, poco a poco.
- He creado una nueva poción...- oye que dice el vibrante susurro del hombre.- ...y necesito un conejillo de indias. Aunque una conejilla me sirve mejor...- añade, y dibuja una media sonrisa burlona, y a Hermione se le pone carne de gallina. Está sudando, tiene calor.
De repente, Snape se acerca hasta apoyarse contra ella, obligándola a echarse un poco para atrás. Hermione nota algo duro y palpitante contra su muslo, y suelta la respiración que ha estado conteniendo. Snape saca la lengua y empieza a dejar un rasto húmedo desde parte de su hombro hasta su oreja. Hermione se estremece y gime de placer. El hombre mordiquea su lóbulo, satisfecho.
- Te gusta, ¿verdad?- ronronea. Hermione tiene la respiración entrecortada.
Los labios de su profesor dejan la oreja para rozar con picardía la sensitiva piel de su cuello. A veces mordisquea, a veces acaricia con la lengua. Cuando llega hasta la mejilla opuesta, la lame. Hermione suelta un jadeo, y nota cómo el malicioso humor del hombre retumba en sus pulmones.
- Seguro que hasta te gustará la poción. Putilla...
En vez de sentirse ofendida, Hermione gime de placer. El Profesor Snape está soltando los botones de su uniforme de colegiala.
- Lo más gracioso...- vuelve a decir la aterciopelada voz del mago.- ... es que no os dáis cuenta de que los profesores nos damos cuenta.- quita la túnica de Hermione con cierta brusquedad y mete su mano por debajo del jersey. La joven suelta el aire con un jadeo.
- Creéis que no nos damos cuenta... cuando acortáis las faldas y enseñáis muslo... cuando dejáis los botones del cuello abiertos, insinuando escote... cuando acicaláis el pelo... cuando andáis moviendo las caderas... pero nos damos cuenta, sí...
Con cierta brusquedad, Snape estampa su miembro viril contra la entrepierna de Hermione. Un placer inesperado recorre la parte del cuerpo que ha sido asaltado, y Hermione gime.
- Sois todas unas putillas...- dice el profesor de Pociones, deleitándose en el insulto.- Estarás ansiosa de que un hombre te dé las cachetadas que te mereces, ¿verdad? Los críos que pululan a tu alrededor no tienen lo que hay que tener. Pero...- sus labios han vuelto a pegarse al oído de la colegiala.- ... yo sí que lo tengo...
Vuelve a apretar su miembro contra el sensible centro de Hermione, que jadea.
- No me digas que no quieres ser castigada...- le dice Snape, con su tono de burla, mientras desliza su otra mano bajo la falda de uniforme.- Estabas pidiendo a gritos que te retuviese, con esa descarada insolencia tuya.- la mano encuentra la mata de pelo que busca, y empieza a jugar con ella con travesura. Hermione gime de pura necesidad; su entrepierna palpita hasta el punto de ser doloroso. Pero el Profesor Snape no le da lo que quiere.
- Quítate el jersey.- le ordena con brusquedad, y Hermione se lo quita.
Snape hace un chasquido con los dedos y los botones de la blusa blanca de la joven se sueltan mágicamente. Con la respiración agitada, Hermione descubre que su sujetador a desaparecido. Sonriendo con suficiencia, Snape agarra las caderas de la joven con ambas manos y los desliza hacia arriba. La piel de Hermione arde de placer, y más aún cuando las ásperas palmas del hombre se apoderan de sus pechos. La joven gime. Tiene los pezones dolorosamente erguidos. Snape suelta otra risilla de burla.
- Qué desesperada te veo, señorita Granger... no me puedo creer que te guste tanto que tus profesores te manoseen...
Las piernas de Hermione tiemblan, y Snape aprovecha para empujarla contra su escritorio. Agarra los pezones de su estudiante con los dedos, juguetea con ellos con cierta brusquedad y suelta un bufido de divertida incredulidad: la joven está jadeando, los ojos entrecerrados, las mejillas encendidas y la boca entreabierta.
- Serás guarra...- comenta, sonriendo y echándole una mirada hambrienta.
La mente de Hermione está llena de una neblina de gozo que casi ni le deja pensar. Nota que las manos de Snape han dejado sus pechos, que ahora se yerguen por el frío aire que roza sus sensitivos pezones. A penas consciente de lo que ocurre a su alrededor, oye un chasquido más y mira hacia abajo.
La virilidad de su profesor, erecta y orgullosa, pulsa de necesidad. Hermione abre los ojos, las mejillas encendidas, y el Profesor Snape suelta un "hm" de arrogante satisfacción. Sin previo aviso, agarra a la joven por la cintura y la separa del escritorio.
- Date la vuelta.-le ordena en un susurro, y Hermione, el corazón acelerado, obedece.- Separa las piernas.
En ése momento, Hermione se da cuenta de que está sin bragas.
- Agáchate.- dice el Profesor Snape autoritariamente, y Hermione apoya sus sudadas palmas en el escritorio.
Las viriles manos del hombre se posan en sus muslos y se deslizan hasta agarrar una nalga cada una. Hermione suelta un pequeño gemido de anticipación, y Snape suelta un bufido arrogante.
- Puta.- declara rotundamente. Una de sus manos se desliza hasta la abertura de la joven, que está tan húmeda que las gotas se deslizan por sus muslos. El primer contacto de los ásperos dedos de su profesor le envían descargas de placer; Hermione gime y arquea la espalda. Necesita más, pero Snape no se lo da. Desliza su dedo rodeando los labios de la vulva, pero poniendo cuidado en no tocar nunca el pequeño centro nervioso, la guinda del pastel.
- Profesor...- ruega Hermione.- por favor...
- Por favor, ¿qué?
Hermione gruñe de frustración.
- Tóqueme más, señor... tóqueme... ahí...
El profesor suelta una risita burlona.
- ¿Ahí? ¿dónde?- y desliza sus dedo extremadamente cerca del clítoris.
- ¡Ahí!- exclama Hermione, frustrada.
- Ay, ay; señorita Granger... parece que hemos perdido la pomposa elocuencia, ¿eh?- con un movimiento inesperado, introduce la totalidad de su virilidad por el húmedo orificio de la adolescente. Soprendida por la inesperada fuente de placer, Hermione suelta un gritito. Es una polla de adulto, una polla que ocupa la totalidad de su cabidad, estrechándola para complacer el hombre que la usa para su placer. El profesor empieza a sacar su miembro y a volver a introducirlo, ni demasiado rápido ni demasiado lento. El roce, tan dulce en la entrada, envía a Hermione descargas de placer.
- Nnn...- jadea la muchacha.- Nnnngh...
Al oírla, los movimientos de Snape se vuelven más animales. Su imponente cuerpo se dobla hasta cubrir la arqueada espalda de la joven. Es un hombre maduro y grande, y su pequeño cuerpo de adolescente queda completamente cubierta por él. Los labios del profesor están en la nuca de la chavala, resoplando bufidos de aire caliente que la excitan todavía más. Peron no es suficiente.
- Pro... Profesor...- gime Hermione.
- ¿Mm?
- Por... por favor...
El hombre para el movimiento de sus caderas.
- ¿Qué quieres, niña?
Desesperada, Hermione gime.
- Tóqueme… tóqueme ahí…
El profesor Snape hace un chasquido con la lengua.
- Pero qué pocos modales tienes, Granger…
De imprevisto, golpea la nalga derecha de la adolescente, como castigo. Pero éso no hace más que aumentar la livido de Hermione.
- No tengo por qué tener en cuenta tu placer, putilla. Ruégamelo, y me lo pensaré.
Hermione muerde su labio inferior, fuerte.
- P-por favor… profesor; por favor…
- ¿Qué?
- P-por favor… tóqueme… tóqueme ahí…
El hombre se ríe entre dientes.
- Te temo que no te explicas muy bien, niña. ¿Dónde es ahí?
La joven suelta un gemido de frustración.
- Por favor… el clítoris… acarícieme el clítoris…
Snape la castiga con un golpe seco de cadera, sacando e introduciendo su polla como si fuera un arpón. Hermione gime de placer.
- Furcia,- escupe el hombre.- Una carita tan inocente y un cuerpo tan lascivo. ¿Qué dirían tus padres si te viesen jadeando por mi polla, pidiéndome que te masturbe? Debería darte vergüenza.
Hermione afirma con la cabeza, la respiración entrecortada. Snape suelta un bufido burlón y desliza su mano derecha hasta el clítoris, que empieza a rozar con movimientos circulatorios. El placer dipara desde la entrepierna de la joven hasta su estómago.
- Nnn... aannngh!- tiene la boca abierta, jadeando, los ojos cerrados.
- Niñata traviesa.- gruñe el Profesor Snape, que vuelve a embestir contra las blancas nalgas de la joven estudiante, esta vez con más urgencia.- Te mereces un buen castigo, por fresca.
Hermione no puede más. La virilidad de su profesor la penetra como un hierro incandescente, duro; pero suave a la vez. La golpea con vigor; golpea esa parte tan profunda y tan placentera que la hace gruñir de placer. Y cada vez que el miembro de Snape roza la entrada de sus labios, destellos de placer le hacen ver estrellas. Sin ni siquiera darse cuenta, los dedos del hombre se vuelven más insistentes, maltratando su clítoris con unos roces cada vez más exigentes.
- Nnngh... aaah!
La sobredosis de placer explota en ella; recorre su cuerpo como una descarga eléctrica que dura un cierto tiempo, y su cuerpo tiembla compulsivamente. Una parte de su mente registra cómo el profesor que la cubre también tiembla, y nota un chorro de líquido caliente que se escurre por las paredes de su vagina.
Con las piernas temblando, los brazos apoyados en el escritorio y el cuerpo entero lleno de sudor, Hermione a penas se da cuenta de que un muy satisfecho profesor de Pociones le está enseñando un flasquito.
- Bebe.- le manda, mientras saca su virilidad de la vagina de su estudiante.
- ¿Qué es, señor?- pregunta la adolescente, medio dormida.
- He dicho que te lo bebas, señorita Granger.- le responde Snape de un modo cortante, justo antes de que él se beba la poción de otro flasco.
Al principio, no nota nada. Pero poco a poco, se da cuenta que las pulsaciones que se habían ido normalizando vuelven a acelerarse. Y... su entrepierna vuelve a pulsar de necesidad.
Hermione mira atónita a su profesor, que la mira con una arrogante media sonrisa. Su pene también se a erguido, a pesar de estar aún húmedo con los jugos de su estudiante.
- Agáchate.- le ordena, autoritario.- De rodillas. ¡Vamos!
Hermione obedece, y el profesor acerca su miembro hasta colocarlo contra los labios de la joven.
- Me lo has ensuciado, pequeña insolente. Límpiamelo.
La joven saca la lengua y le da un tentativo lametazo al orgulloso miembro viril.
Hermione Granger se despertó bruscamente, el corazón batiéndole locamente y la entrepierna tan húmeda que no sabía si estaba muy excitada o le había venido la regla. Juraría que había llegado al orgasmo en sus propios sueños. Sueños...
¿Qué diablos había sido ese sueño? ¿pero qué diablos...?
Avergonzada – no, mortificada, frustrada, y con la entrepierna pulsando con saña, Hermione se acurrucó en posición fetal y apretó los muslos entre sí. Necesitaba relajarse, necesitaba tranquilizar el monstruo que se agitaba en su feminidad. Hermione apretó los labios, terca: no iba a masturbarse. Ni pensarlo.
¿…no?
Hermione gruñó y apretó las manos contra sus muslos. Sabía que en aquellos momentos, el único modo de llegar a la cima sería revivir su sueño.
¿y tan malo es?
Peor. Peor que malo.
¿por qué?
Hermione bufó contra su almohada. ¿Que por qué? ¡Porque era machista! ¡Iba contra todo lo que creía!
¿y?
¿Cómo que "y"?
Es una fantasía, Hermione. Nada más. Nadie se va a enterar si lo haces. Tampoco es que le estés pidiendo que te viole, ¿verdad?
Hermione abrió los ojos. Se le había atragantado un sollozo. ¿Pero por qué? ¿por qué la ponía tan cachonda aquella fantasía?
¿acaso importa el por qué?
Hermione tragó saliva. No debería hacerlo. No debería. No debería.
No debería.
Sus dedos se delizaron hasta su clítoris y empezaron a frotar.
Diciembre de 1999. Morbihan.
Aquella tarde de Navidades, Severus y Hermione se encontraban solos. Joséphine y Claude habían celebrado Nochebuena con la familia Delacour, y habían decidido pasar unos cuanto días con ellos. Por lo tanto, los británicos se quedarían solos para un tiempo.
Severus estaba preparando la cena con esmero. Le gustaba cocinar; cocinar y hacer pociones era bastante parecido. Hermione estaba ayudándole, pero para la confusión de la joven, su mente estaba más atenta a cómo trabajaban las manos del Slytherin que a cómo trabajaban sus propias manos. Severus tenía unas manos elegantes, precisas, eficientes; largas y masculinas, pero con una gracia femenina que cautivaba la atención de Hermione. A decir verdad...
- ¡Ay!
La Gryffindor había acabado por cortarse a sí misma. El Slytherin levantó una mirada interrogante.
- Me he cortado el dedo índice.- explicó Hermione, mientras metía el dedo en la boca. Los ojos del hombre siguieron el movimiento, y se quedaron mirando unos pocos segundos de más. Hermione se dio cuenta de la atención. ¿Por qué tanto interés en que se metiese el dedo herido en la boca? ¿no era higiénico, quizás?
La joven decidió que sería por eso, y sacó el dedo. Murmuró un útil hechizo aseptizante y otro que protegía la herida de infecciones externas hasta que se cerrara. Hacía un rato que los ojos de Snape ya habían vuelto al trabajo que tenía entre manos, y Hermione se apresuró en volver a subirse al tren.
La cena había empezado por ser silenciosa. La joven tenía la mirada fija en el plato, pero era muy consciente de la presencia del hombre a su lado. Más consciente de lo que había estado durante las semanas anteriores. Había una ligera, muy ligera tensión en el ambiente; como si estuviese cargado de electricidad. Aquella idea era absurda, se dijo Hermione. Sin embargo, no era tan inocente como para no reconocer el significado de aquello. Pero, se dijo una vez más, era absurdo. No era la primera vez que estaban a solas, ni la primera vez que...
Confusa, y molesta por estar confusa, Hermione decidió poner fin a la situación, y romper el silencio.
- La cena te ha salido muy rica.- le comentó.
- Tú también la has hecho.- respondió él, con una casi sonrisa.
- Bueno, yo sólo he estado de ayudante.- dijo, aliviada de notar que la tensión había disminuido.
- Sí, es cierto, qué narices.- comentó Severus con falsa desfachatez.- El mérito es mío.
Hermione, sonriendo, resopló con fingida indignación. Aún se asombraba un poco de haber establecido una complicidad con su antiguo profesor de Pociones.
- Severus...- se extrañaba de lo rápido que se acostumbró a llamarle por su nombre.- He estado pensando en una cosa.
El mago parpadeó y levantó una ceja.
- Me gustaría aprender oclumancia... si estuvieses dispuesto a enseñarme...
¿Era su imaginación, o la cara del hombre se había puesto más tensa por unos instantes?
- Oclumancia... bueno, es práctico...- opinó con calma.- Necesitarás concentrarte...
- Lo intentaré.- dijo la Gryffindor.- Quiero aprender a cerrar mi mente...
- Estoy seguro de que lo conseguirás.- le dijo Severus honestamente, y acercó su alargada mano hacia la cara de Hermione. El pelo de la joven había crecido un poco durante aquellos meses, y un mechón había estado metiéndose en sus ojos al comer. Los delicados dedos del hombre agarraron el mechón con una caricia y la colocaron detrás de la oreja de Hermione, que se había quedado paralizada. Cuando el mago retiró su mano, la bruja echó en falta su contacto.
Por unos instantes, nadie dijo nada. Se miraban a la cara, sin moverse, como si fuesen una foto muggle. Nunca había notado semejante intensidad en la mirada de Severus; una mirada oscura y profunda. De golpe, Hermione se sintió plenamente consciente de que, efectivamente, los dos estaban solos. Sintió una especie de revoloteo en su estómago, un claro indicio de nerviosismo y... de lujuria. Hermione se avergonzó. ¿Y si Snape adivinaba lo que pensaba? Sabía que no miraría en su mente sin su consentimiento, pero también sabía que su cara era un libro abierto. No, ni siquiera; era una televisión encendida.
- Tengo que ir al baño.- dijo, y se alejó del comedor sin mirar atrás. No volvió a pensar sobre el revoloteo de su estómago, ni en el apretón en la parte inferior de su vientre, hasta estar encerrada en la seguridad del aseo.
Hermione agarró el lavabo con ambas manos, y miró fijamente al grifo de metal. ¿Qué había sido aquello? ¿por qué la había tocado Severus, con aquella mirada tan intensa? Pero qué absurdo, si siempre se estaban tocando. No, pero aquello había sido diferente. Aquella mirada... Un escalofrío recorrió la espalda de la bruja.
La culpa era de aquel sueño. Ahora no podía parar de ver las cosas desde ese ángulo. Nerviosa, Hermione levantó los ojos y atravesó el reflejo del espejo con la mirada. No podía decir que aquella atracción fuese nueva. Lo había sabido desde que estaba en La Madriguera, había tenido una fugaz imagen de sus oscuros deseos, y había decidido reprimirlos. Al principio, había decidido tercamente que su opinión de Snape era la misma que había decidido tener cuando era una adolescente. Cuando aquello se hizo imposible, había caído en la tentación de convertirlo en fantasía...
A Hermione se le retorció el estómago. Aquello era enfermizo. Estaba enferma. No era una virgen de quince años, sabía lo que era mantener relaciones sexuales en contra de su voluntad, y sabía que era doloroso. Como mínimo, incómodo. Obviamente, nunca le había dicho nada a Ron. Él estaba convencido de que Hermione disfrutaba. Ella nunca se había atrevido a decirle que no era así, que la mayoría de las veces no llegaba a disfrutar, porque él iba demasiado rápido, o la tocaba demasiado poco, o no la tocaba donde lo necesitaba, o simplemente porque Ron había dejado de excitarla... Pero claro, no quería herir los sentimientos del Weasley. Nunca le decía absolutamente nada; se callaba como una muerta y se quedaba tumbada, esperando a que él terminase... tampoco es que el pelirrojo se fijase demasiado en Hermione; nunca le había preguntado qué tal iba, toda su atención la solía tener concentrada en...
La joven Granger resopló. A pesar de su experiencia con Ron, la figura del Profesor Snape, solapada al Severus que estaba conociendo, la excitaba. Mucho. Imaginar estar al merced de sus deseos sexuales... Merlín. Estaba enferma, tenía que estarlo. Tenía un problema...
Era una mujer independiente, una mujer adulta y fuerte, qué diablos; era dueña de sí misma, y hacía lo que le daba la gana... pero luego, en las profundas oscuridades de su deseo sexual... se volvía a ver vestida con el uniforme de Hogwarts, y veía a Snape vestido de su apretado hábito negro; ella se rezagaba en su pupitre, y el Profesor Snape se quedaba cerca de ella, callado, como una torre negra a sus espaldas; y todos salían de clase menos ella, porque había hablado con impertinencia, y Snape la había castigado, y el castigo consistía en...
Hermione gimió, se llevó las manos a la cara y hundió sus uñas en la carne de su rostro. El dolor atacó furiosamente las vergonzosas fantasías, que incluso en aquel baño le hacían humedecer su intimidad con un pulso fuerte. ¿Acaso deseaba realmente sentir impotencia? ¿someterse? ¿estar en el mismo lugar que había tenido que estar aquella prostituta, Lola; pero gratis? Lamentable. Y... y Severus se merecía más respeto que ser convertido en semejante fantasía sexual. Era un individuo con su propia profundidad, sus miedos, sus errores, su humanidad...
Severus Snape. Había construído la imagen de un profesor estricto y severo; bien vestido, con un aura de poder y atracción y misterio que lo convertían en la personificación de lo masculino, de lo peligroso. Y aquello la atraía; concluyó Hermione, horrorizada. Sus más oscuros deseos sexuales aparecían cuando soñaba, y secuestraban la imagen de aquel hombre, y lo convertían en un peligro excitante, una figura de autoridad cuyo favor deseaba conseguir. Hermione gruñó y se sentó en el retrete. Se disgustaba a sí misma. El Profesor Snape había sido una hombre dominante, alguien que había tenido poder sobre ella y lo había aplicado indiscriminadamente, arbitrariamente. En el pasado, aquello había sido una fuente de resentimiento y de frustración: Snape había sido el único profesor que Hermione no había podido complacer, por mucho que lo intentase. Pero ahora, su retorcida mente había decidido que aquella autoridad... la atraía. Pero no, se dijo mientras apretaba los párpados con fuerza. Se estaba mintiendo a sí misma, estaba evitando confesar la terrible verdad: la figura dominante del Profesor Snape la había estado atrayendo desde hacía tiempo, desde hacía años. Desde que era estudiante. Disgustada, Hermione abrió los ojos y cerró sus puños. ¿Por qué tenía que sentirse atraída por gente que la trataba con frialdad? Maldita sea, se dijo; maldita sea. ¡Le había pasado lo mismo con Ron! Ron, el insensible; Ron, el egoísta. El que le exigía todo y no le daba nada... Ron, el difícil de conseguir; Ron, tan cerca y tan lejos a la vez...
La bruja gruñó de frustración y miró hacia el techo. El Profesor Snape había sido más de lo mismo: difícil, insensible, frío, imposible de contentar, malhumorado; hasta el punto de ser cruel. La Hermione adolescente había decidido tirar la toalla, y responder con la misma enemistad que le venía de Snape. Pero en el fondo... en el fondo, ansiaba que la aceptase. Siempre había ansiado ser aceptada por todo el mundo, y el hecho de que alguien no lo hiciese, especialmente una figura de autoridad, y que la rechazase de un modo tan cruelmente obvio, la frustraba de sobremanera. Ron había sido tres cuartos de lo mismo: nunca parecía darse cuenta, o querer admitir, que Hermione era una chica – una chica con deseos, una chica sexual, sensual; que no era simplemente una rata de biblioteca, una amiga con recursos; no... ¿y de quién se había enamorado ella? Adivina, adivinanza.
Agotada, la bruja dejó caer su cabeza. Tenía que quitarse aquella fiebre como fuese. Snape... no; Severus había demostrado ser un hombre amable y respetuoso, un amigo. Ya no era el autoritario Profesor Snape. Ya no fingía aquella fachada de hielo, y en ciertos aspectos, era un hombre inseguro, un hombre mil veces machacado. Aún se estaba lamiendo las heridas que le habían ido dejando durante su vida. No era sano... no podía... invocar, y desear, la oscura imagen del antiguo profesor de Pociones. Una imagen de poder y masculinidad que no era más que un espejismo proyectado por Snivellus; una armadura que protegía la débil carne del interior... No, no lo haría.
Habiendo ganado la batalla contra ella misma, Hermione aprovechó para orinar y lavarse las manos. Volvería al comedor, y mantendría una conversación agradable con Severus Snape, y le daría las buenas noches, y cada uno se iría a dormir a su habitación.
Y punto.
Cuando Hermione se había precipitado hacia el baño, Severus se había quedado con la mirada fija en su plato, y el corazón latiendo con fuerza.
Conocía aquella mirada.
Granger había intentado disimularla, y probablemente era por eso que había huido al baño; porque había intuido que no había conseguido disimularlo.
Y no, no lo había conseguido.
Severus sintió pánico. Conocía aquella mirada oscura, aquellas mejillas rosadas. Era uno de los pocos y puntuales placeres que solía obtener cuando ejercía de profesor. Una manera de lisonjear su vanidad; atrayendo la atención de pobres adolescentes que, al estar encerradas en un colegio para adolescentes, casi no tenían contacto con hombres... a parte de sus profesores; y claro, entre Filch, Dumbledore, Hagrid y Flitwick... no era muy difícil atraer la libido de... Y de todas formas, no era más que un juego inocente, un coqueteo esporádico y sutil... se trataba de interpretar un papel; un modo de alejarse del verdadero Severus... de Snivellus...
El Slytherin frunció el ceño con desagrado. No quería pensar en eso. Las cosas habían cambiado. No estaba en Hogwarts, no estaban en guerra, no tenía ninguna misión que cumplir. No estaba rodeado de un montón de adolescentes, sino de unos pocos adultos. Él había cambiado. Granger había cambiado. Ya no era una mocosa irritante, era una mujer en toda regla. Adulta. Se notaba que tenía más madureza que antes... se la notaba confiada, escarmentada. Segura de sí misma. Quizás incluso más segura de lo que él estaba de sí mismo. Aquello le había atraído, por qué negarlo. Sí, la mujer adulta que había encontrado en Hermione le había atraído. Porque era una mujer; pero al mismo tiempo, seguía siendo juvenil en muchos aspectos. Aquellos ojos atentos que tenía, tan grandes… le había echado la misma mirada que cuando era estudiante… tan atenta, tan dócil, tan bien educada…
Severus gruñó y escondió la cara entre sus manos. No sabía por qué le había colocado la mecha de esa manera; no sabía por qué la había mirado así, sin ninguna máscara, con completa honestidad... sabiendo como sabía que no tenía ninguna oportunidad, no después de... de lo que les había hecho sufrir cuando era profesor...
Y ésa era otra cuestión... había sido su profesor. Aquello la echaría para atrás, sin lugar a dudas. No, no quería pensar en aquello. ¿No tenía bastante con haberse encontrado con gente agradable al despertarse de una casi-muerte? Claude, Hermione, Joséphine... Era más de lo que merecía.
Pero... aquella mirada había cambiado las cosas. Severus no era tonto, sabía lo que significaba. ¿O quizá se lo había imaginado? ¿Acaso se había convencido a sí mismo que esa mirada había existido? Pero... ¿y si no la había imaginado? Severus estaba asustado. Aquellas eran aguas mayores. Al fin y al cabo, en realidad no era más que un pobre diablo. Nunca había intentado seducir seriamente a nadie. Lily había sido su amor, su obsesión, su fantasía sexual. Cuando la soledad de su mano no le había sido suficiente, había tomado la costumbre de ir al prostíbulo y acostarse con la única trabajadora que podía transformarse en Lily a la perfección.
Vale. Lo había hecho muchas veces. Vale. Sí que había tenido relaciones más allá del prostíbulo. Pero nunca habían sido serias. Su corazón pertenecía a Lily Evans.
Severus se apretó el puente de la nariz entre el dedo índice y el pulgar. Era un hombre patético, inseguro, con poca experiencia. Nunca había tomado la iniciativa si no había dinero de por medio. Era vergonzoso, sentía vergüenza de sí mismo. En aquel entonces no le había importado, no; porque no tener una pareja, o una amiga, o lo que fuese, había sido conveniente: se decía que era estratégico; que como doble agente que era, mejor no tener puntos débiles; y además, todo lo que hacía lo hacía por Lily, ¿verdad? No era sólo por la deuda que tenía con ella. ¿Y si Lily desapareciese de su corazón, de sus fantasías? ¿tendría la motivación de continuar soportando lo insoportable? Acabaría cuestionando su forma de vida, desobedecería a Dumbledore y a Voldemort, y vete tú a saber qué haría, y lo que hubiera pasado. No, le había convenido persuadirse de que la que amaba y deseaba era Lily, y sólo Lily, y siempre Lily; y cuando la naturaleza era más fuerte que él, una copia perfecta de Lily; y daba igual, porque probablemente no llegase a cumplir los cuarenta.
Pero el problema era que sí parecía que iba a cumplir los cuarenta. Y había una mujer, una mujer que le atraía, una mujer que era mucho más joven que él, pero que tenía más experiencia en el ámbito de las relaciones; una mujer que le acababa de mirar como si sus ojos fuesen brasas ardientes.
Y él, pues; él... estaba acobardado. Nervioso. No daría la talla. ¿Qué esperaba ella de él? Sentía vergüenza. No sabía si sabía complacer bien a una mujer, Lola nunca se lo había pedido, nunca le había dicho nada al respecto; era una prostituta, Severus no podía saber si lo que le hacía le gustaba de verdad o fingía; era su trabajo…
Lola no es la única mujer con la que te has acostado, Sev. Para ya.
Severus bufó agriamente. Sí, era cierto. ¿Y? Tampoco estaba seguro de las otras mujeres hubiesen disfrutado con él. Había sido mortífago en aquella época. Egoísta, desagradable, frío y hasta brutal. Uno de los favoritos del Señor Tenebroso. ¿Y si no se habían atrevido a decirle nada?
Pero ya no eres un mortífago, Sev. Y Hermione no se quedará callada si no está contenta. Lo sabes. No es una virgen que no se atreve a hablar. Y tú ya no tienes ningún poder real sobre ella...
Pero... Hermione estaría habituada a cosas mejores. Los jóvenes de hoy en día crecían más rápido que en su época. ¿Qué esperaría de él? ¿qué le podría ofrecer él? Severus estaba tenso. Era consciente de que sus gustos tendían a cosas que la mayoría de las mujeres no tolerarían. Con razón. En su época, que un hombre buscase aquello en la cama no era nada raro. Pero las cosas habían cambiado. Y él también había intentado cambiar. Había intentado luchar contra aquellos impulsos tan depravados, tan poco respetuosos hacia ellas.
Lo había intentado. De veras. Lola era testigo. Lo había intentado. Pero…
Pero luego, en la soledad de la ducha, las imágenes que le venían contaban una historia muy distinta.
Severus cerró los ojos y respiró hondo. Tenía miedo del momento en que Hermione fuese a volver. Al poco, las pisadas de la bruja anunciaron su llegada, y Severus se guardó de enseñar los pensamientos que habían estado dando vueltas en su mente. Una vez más, la oclumancia le estaba salvando el pellejo. Con aparente calma, y con una casi sonrisa, Severus miró a la cara de Hermione. Tenía una máscara de normalidad demasiado normal. Y aunque intentase disimularlo, una vez más, se le notaba. Pero Severus fingió no darse cuenta, e interpretar el papel que Hermione le estaba ofreciendo: el papel de normalidad y de castidad, mucho más fácil de interpretar que el de seductor experimentado. Hermione le estaba dando una salida honorable, y Severus estaba agradecido.
Él tampoco había conseguido disimular completamente el alivio que sintió, y Hermione lo notó. Y supo que Snape lo sabía, que había notado su mirada; y supo que Severus prefería aquel fingido charco templado al violento géiser que los había sorprendido. Y Hermione sintió alivio, y sintió una punzada de decepción.
Y tal y como Hermione había predicho, tuvieron una conversación agradable, y se dieron las buenas noches, y cada uno se fue a dormir a su habitación.
Y punto.
Eran las tres de la madrugada, y por primera vez desde hacía mucho, Severus no conseguía dormir.
Granger. Aquellos ojos. Aquel fuego. Había una atracción entre ellos dos. Era estúpido negarlo. Pero Hermione se echaría para atrás si supiese qué tipos de fantasías despertaba en él. Que tipos de fantasías había despertado en él desde que era estudiante.
Severus soltó un gemido y se restregó la cara con una mano.
Mierda. Mierda, mierda, mierda.
Estaba duro. ¿Cómo podía estar duro? Lo estaba. ¿Debería…?
No.
Su corazón empezó a palpitar con más fuerza. Hermione y Potter habían visto sus memorias en el pensadero. La Gryffindor había comentado que habían visto sus recuerdos del Moulin Rouge. ¿Pero cuáles? Si era el recuerdo de la última vez que fue… Morgana. Severus tragó saliva. No, lo hubiera notado. Hermione se hubiera comportado más reservadamente con él. O se lo hubiera echado en cara. ¿No? ¿no lo hubiera tratado de sucio pervertido, si supiera el cuerpo de quién le había pedido a Lola aquella última vez? No hubiera venido a rescatarle, ¿verdad?
¿Y si son esas memorias las que despertaron su deseo hacia tí?
Severus suspiró. No. Imposible. Y quizás esa atracción era muy reciente. Quizás no, seguro. Hermione estaría atraída hacia el hombre que veía ahora, no el hombre que tan mal los trató cuando tenía la impunidad para hacerlo.
Severus cerró los ojos con fuerza, frustrado. Seguía estando duro. Pero no debería…
¿Qué mas da, hombre? Ni que se vaya a enterar.
Cierto.
No, espera. Joder. ¿Qué diablos andaba mal con él? Gruñó y cerró los puños. Coño. No era ésa la cuestión.
¿Y qué?
Pues que no está bien, ostia.
Severus abrió los ojos no podía ver casi nada, aunque las contraventanas de su habitación estuviesen abiertas. Era luna nueva.
Vamos, Sev. No es que realmente le faltes el respeto. Es una fantasía.
¿No era faltarle el respeto, imaginarla sumisa y a su merced? ¿una mujer tan independiente y fuerte como ella? ¿Todos esos años intentando ser una persona mejor, y seguía excitándole la fantasía de tener poder y control absoluto sobre otra persona? ¿Es que no había aprendido nada? ¿Seguía siendo un jodido mortífago o qué?
¿Y qué, si ansias poder y control? Eres un Slytherin.
Severus resopló. Aquella tenía que ser la peor excusa que se hubiese dicho jamás.
No es más que una fantasía, Sev. No quieres someterla de verdad, ¿no? No quieres controlarla y violarla.
No. Quizás no tuviese mucha experiencia con relaciones afectivas, pero una cosa la tenía clara: no obtenía placer con el dolor y la humillación de otra persona.
Sólo con la ilusión de control y dominio…
Tragó saliva una vez más. Hermione, por lo que había contado sobre su relación con Weasley, no toleraría que se la tratase de esa manera.
Pero no lo estás haciendo, Sev. Aunque quisieras, no podrías. Es una mujer muy fuerte. Y joven. Probablemente te ganaría en duelo. Es valiente. No se callaría.
¿No? ¿no se quedaría callada? A la hora de la verdad, ¿le pararía los pies? ¿sería él capaz de pararse los pies a sí mismo?
Por tercera vez: es una fan-ta-sí-a. Y estas duro. Y son las tres. Y no has dormido aún. ¿A qué esperas?
Con un suspiro, Severus volvió a cerrar los ojos, y capituló. Agarró su miembro con la mano derecha y empezó a acariciarlo de arriba a abajo. Era una fantasía. Una ilusión, nada más. Inocuo. Inofensivo. Una ficción. Nada más...
Ven aquí, niña. Ven con papá. Es hora de tomar tu medicina...abre la boquita… buena chica.
Au moins ai-je songé que je vous ai baisée es la primera línea de un poema de Théophile de Viau
Playlist de este capítulo:
-Escena del sueño de Hermione: Poison de Alice Cooper (versión de Groove Coverage)
-Escena de Severus en su habitación: Moi...Lolita de Alizée
