Aviso legal: La serie Harry Potter es invención de J.K. Rowling y le pertenece. Todo texto reconocible es suyo.

Advertencia: Este fanfic es de categoría M.

Nota: Editado el 08/08/2020. Gracias por leer y por comentar :)


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17.

J'ai fait ce que j'ai pu pour m'arracher de l'âme

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Con un suspiro, Severus volvió a cerrar los ojos, y capituló. Agarró su miembro con la mano derecha y empezó a acariciarlo de arriba a abajo. Era una fantasía. Una ilusión, nada más. Inocuo. Inofensivo. Una ficción. Nada más...

Ven aquí, niña. Ven con papá. Es hora de tomar tu medicina...abre la boquita… buena chica.

Diciembre de 1999. Morbihan.

Los primeros días después de aquella cena fueron un poco tensos y artificiales. Cuanto más intentaba Hermione actuar con normalidad, más artificial se le hacía su conducta. Evitaba tocar, o incluso rozar a Snape; y si la situación lo requería, se obligaba a restarle importancia, a ignorarlo, a no dejar que su lado oscuro acelerase los latidos de su corazón. ¿Que Severus la había rozado al pasar por un lugar estrecho? Perfectamente normal, le había pasado lo mismo con Joséphine el otro día. ¿Que había tocado su mano cuando le tendía una cesta para ingredientes? Perfectamente corriente, le había pasado algo parecido con Claude.

Severus también estaba un poco nervioso, aunque lo escondía mejor que la joven bruja. Se había dado cuenta de que ya no existía el cómodo contacto físico que había existido antes de Navidades. Granger evitaba tocarlo a toda costa, era obvio. Por un lado, eso lo aliviaba: quizás había interpretado mal aquella mirada, después de todo no tenía ningún interés en él, y bla bla bla. Pero por otro lado, una fétida inquietud, algo quizás instintivo, le decía que las cosas no podían ser tan simples. Se había convertido en un experto interpretando las acciones de la gente, e intuyendo sus razones. Había sido un adolescente obtuso, pero la guerra, su trabajo de espía y sobre todo, Lily le habían hecho abrir los ojos. Lily... si hubiera sido capaz de ver lo que tenía delante de las narices... de entender lo que ella había querido decir, había querido transmitirle... pero había sido un chiquillo inseguro, egoísta...

Y ahora era un adulto inseguro, al menos respecto a un tema concreto. Un tema que había apartado de su vida, pero que había vuelto y le había pillado por sorpresa. ¿Y si Granger evitaba tocarle, y le hablaba con una naturalidad tan natural, era justamente porque tenía interés en él? Tarde o temprano, tendría que enfrentarse a aquello. El incidente había cambiado su relación. Antes había apreciado el físico y los gestos de la joven, pero de un modo mucho más platónico. Al fin y al cabo, no pensaba que Hermione pudiese sentirse atraída por él. Pero ahora que la semilla de la duda, de la posibilidad, estaba plantada en su mente, su mirada había cambiado. Se fijaba en detalles menos decorosos y durante más tiempo. Un gesto de mano, una media sonrisa, un olor de sudor, un movimiento de cadera, una cara de concentración, una mejilla rosada, una curva pectoral.

Severus hundió su cara en las palmas de sus manos. Aquella atracción le aterraba. Aunque Hermione tuviese algún tipo de interés por él, le rechazaría en cuanto se diese cuenta de que... en la cama...

Por el amor de Merlín y de Morgana.

Estaba sentado encima de su cama, vestido de la túnica marrón que le había dado Claude y un largo abrigo de cuero que lo protegía del viento. Aquella misma tarde empezarían con las clases de oclumancia. ¿Qué encontraría en la mente de Hermione? ¿qué podría encontrar Hermione en su mente, si algo salía mal? Ya no tenía un pensadero en el que verter las memorias más comprometidas. Quizás la chica se echase para atrás. Sí. Éso le solucionaría muchos problemas...

El Slytherin levantó la cara y erguió su espalda con decisión. No encontraría nada en la mente de Hermione, porque no buscaría nada. Y ni el mismísimo Señor Tenebroso fue capaz de saber lo que se escondía en las profundidades de su mente, así que una jovencilla aún menos.

- Mais que est-ce que tu fais, Hermione?

Hermione salió de su ensimismamiento de golpe, y miró atontada a Joséphine, que acababa de chascarle la lengua.

- Estás totalmente desconcentrada,- le reñió la anciana, en francés.- Como no tengas cuidado te vas a cortar un dedo.

Joséphine se acercó más a la varita que Hermione tenía entre manos, frunció el entrecejo y suspiró dramaticamente.

- Hermione, querida. Quizás mejor que lo dejemos por hoy. Tienes la cabeza en las nubes.

Hermione se sintió un poco avergonzada e irritada consigo misma.

- No, Joséphine, por favor.- imploró.- Quiero continuar. Me concentraré, doy mi palabra.

La anciana negó con la cabeza y cruzó los brazos.

- Hermione. Fíjate en la varita. ¿Te has dado cuenta de que has pasado los últimos cinco minutos masacrando la escama de sirena? Y le has hecho un tajo horizontal a la madera. Está arruinada.

Hermione se fijó en la varita que tenía entre manos y frunció el entrecejo. Joséphine tenía razon.

- Vamos, cielo. Tómate un descanso. Ya seguiremos mañana.

Y Joséphine se fue, sin darle a Hermione la oportunidad de insistir. Hermione chascó la lengua y se deshizo de los ya inútiles materiales.

Maldita sea.

Al principio, pedirle a Severus que le diese clases de oclumancia le había parecido una idea muy atractiva. Sentía curiosidad por aquella disciplina. Durante su quinto año en Hogwarts, se había sentido muy frustrada con la actitud de Harry, que no parecía valorar la suerte de poder aprender un arte tan poco frecuente. Y de la mano de uno de los mejores, además.

Por supuesto, sabía que las cosas no eran tan simples entre Harry y Snape. Pero aquella espina se había quedado clavada en ella, y ahora que Severus se comportaba de una manera tan tranquila y razonable, ahora que sabía que no estaba a favor de Voldemort, había querido sacar partido.

Pero ya no estaba tan segura. ¿Y si Snape viese, aunque fuera accidentalmente, sus recuerdos del Moulin Rouge? ¿O lo que había hecho después de aquella cena? ¿Y si se daba cuenta que sentía atraído por el estricto profesor de Pociones, que fantaseaba con aquella idea, con escenas ilícitas y que iban contra la imagen que quería dar de sí misma?

Sólo pensar en la posibilidad la había mortificado tanto que tenía las mejillas encendidas. Merlín. Y habían quedado para aquella tarde. ¿Debería decirle que no? ¿debería anular la cita, retirarse a tiempo? Pero Severus se extrañaría, ¿verdad? ¿y si lo tomaba mal? O quizás se daría cuenta de que Hermione sentía atracción por él, precisamente por retirarse así al último momento. Quizás le pareciese sospechoso y empezase a fisgonear en su mente sin su permiso. ¿Y si encontrase lo que escondía en su mente? ¿Se reiría de ella? ¿se sentiría mortificado él también? ¿la evitaría? Quizás el ambiente se convirtiera más tensa aún. No. Hermione no quería éso. Hermione quería recuperar la normalidad. Quería llevarse bien con Severus, llevarse bien y estar relajada a su alrededor.

La joven tragó saliva. ¿Era una Gryffindor o no lo era? Sí. Iría a aquella sesión. Natural. Como si no hubiese pasado nada raro. Snape se comportaría como un caballero, estaba segura. No metería las narices en cosas demasiado privadas. Sí. Las cosas no tenían por qué salir mal.

Hermione respiró hondo y se mentalizó para el encuentro con Severus.

Hermione tocó la puerta de la habitación de Snape con un poco de nerviosismo. A pesar de haberse convencido a sí misma de que no pasaría nada malo, frente a aquella puerta sus tripas habían empezado a retorcerse. Y es que para más inri, a falta de un lugar más tranquilo, habían optado por utilizar los aposentos del Slytherin.

Cuando Snape abrió la puerta, Hermione tragó saliva. Estaba vestido con un largo abrigo de cuero oscuro que le hizo recordar los hábitos que llevaba en Hogwarts. Severus notó la confusión de Granger, y la mirada que le había echado a su gabardina. El hombre parpadeó incómodo. Siempre le había gustado vestirse con cierta elegancia tenebrosa, pero al parecer, aquello había puesto nerviosa a Hermione. Probablemente había hecho la asociación con su vestimenta del pasado... de cuando era un desagradable murciélago. Severus se maldijo a sí mismo. No era el mejor modo de empezar una sesión de oclumancia.

- Pasa.- le dijo a la joven, con la voz más aterciopelada que pudo, y apartándose para dejarla pasar.

La bruja entró con paso firme, con paso un poco demasiado firme.

- Siéntate encima de la cama, por favor.- le dijo a Hermione mientras se desabrochaba el abrigo: se lo quitaría, lo dejaría en una esquina y se pondría su poncho blanco, cortesía de Joséphine. No se pondría nada que se asemejase a los hábitos que llevaba en Hogwarts. No quería ver rechazo en los grandes ojos castaños de Hermione...

Al principio la Gryffindor había estado mirando a Snape mientras se quitaba la gabardina, pero pronto desvió la mirada hacia la ventana, molesta consigo misma. Su mente turbia había interpretado la escena de un modo demasiado sugerente para su gusto. Sentarse en la pulcra cama de Snape mientras éste se desabrochaba el abrigo... no, desde luego; no podía dejar que su imaginación interfiriese con la realidad. Se sintió culpable cuando volvió a mirar hacia el hombre, y lo encontró vestido con un poncho blanco y una túnica marrón por debajo. Le sonreía levemente, amablemente. Era la imagen de un hombre amigable, y no la imagen del estricto Profesor Snape. Hermione sospechaba que el mago lo había hecho queriendo. Sintió alivio, una punzada de decepción e interés. Vestido así también estaba atractivo... pero atractivo de otro modo.

La chica le sonrió ampliamente, y Severus sintió un estallido de calor en su pecho. Había acertado.

- La metáfora que utilizo yo para imaginar mi mente,- le explicó Severus a la joven,- es la de un océano profundo, de noche. Lo más efectivo para protegerte de legilimantes no es tener una gruesa barrera protegiendo tus memorias, sino tener una gruesa barrera y aparentar que no la tienes. Pero ése sería un segundo paso. Primero, necesitas escoger una metáfora que represente a tu mente; así será más fácil andar manipulándola. Después, nos centraremos en crear esa barrera, y finalmente, crearemos memorias y sentimientos falsos que sean lo primero que vea un legilimante cuando se adentre en tu cabeza. ¿Estás de acuerdo?

Granger le miraba desde abajo, con los ojos atentos y cara de concentración, al igual que cuando era su alumna. Esa carita. Severus se apresuró en reprimir aquella imagen y se centró en el gesto afirmativo que había hecho la Gryffindor con la cabeza.

- Bien.- sentenció Severus.- ¿Has pensado en una metáfora? Tiene que ser fácil, para esconder una barrera que también tendrás que imaginar. Lo más adecuado suele ser un paisaje.

Hermione estuvo reflexionando durante unos instantes, y al final dijo:

- ¿Un bosque denso, quizás?

Severus afirmó con la cabeza.

- Sí, es una buena imagen. Bien, ahora quiero que te concentres en tu respiración. Piensa sólo en ese bosque estático, imagínate que la brisa agita las ramas, que se oye algún pajarillo... no pienses en nada más, nada mas ha de atraer tu atención.

Qué cara más bonita tenía Hermione cuando estaba relajada. El pelo corto la favorecía, aunque el cabello de la joven ya acariciaba la parte inferior de las orejas. Si no se lo cortaba, llegaría a tener la misma largura que tenía su propio pelo negro. Sí, tenía una cara simpática, unas nalgas redondeadas, una figura atractiva. Tenía los hombros ligeramente encorvados hacia delante, en una postura que la hacía parecer más frágil de lo que era; los ojos cerrados, la boca entreabierta, sentada en su cama... estaba sentada en su cama...

Severus apretó las esquinas de sus labios contra los colmillos, y se obligó a centrarse en la clase de oclumancia.

No era el momento para pensar así en Hermione Granger, por las barbas de Morgana.

Había conseguido imaginarse el bosque con claridad, y acababa de terminar con la barrera. Hermione estaba cansada; aunque no había hecho ningún ejercicio físico, el ejercicio mental y mágico que suponían aquellos dos primeros pasos de la oclumancia la habían dejado fatigada.

- ¿Lo has conseguido?- le inquirió Severus, sentado delante de ella. Hermione asintió.- ¿Seguro?

- Creo que sí.

- Lo comprobaremos.

Y dicho aquello, acercó su silla hacia Hermione. Sus rodillas chocaron contra las de la mujer, y acercó su cara hasta casi dos palmos. La Gryffindor respiró profundamente, intentando poner la mente en blanco. Casi perdió la concentración cuando Snape la agarró por los hombros y fijó su mirada oscura en sus ojos castaños. Fue como un tropiezo mental para Hermione.

- ¡Legilimens!- susurró Severus con su profunda voz vibrante. Los hombros de Hermione se estremecieron bajo el calor de las palmas del hombre, y creyó que su mente se abriría como una cortina ante el mago.

Y al principio sí que fue así: empezaron a desfilar imágenes de su pasado; el troll de su primer año en Hogwarts, llorando en la choza de Hagrid en tercer año, su primer beso con Viktor; la primera vez que se acostó con Ron, cómo la había desvestido poco a poco, y le había besado los senos, y cómo gemía ella de impaciente deseo, ansiando un alivio...

"No." pensó Hermione enérgicamente. "No, eso es privado." Y pensó en robles, y en hayas, y en pinos. Levantó la barrera con un sólido golpe mental. Severus forcejeó un momento, sin empujar demasiado, y luego salió de su mente.

Hermione estaba jadeando del esfuerzo, y notó que Snape la agarraba con fuerza. Los ojos del hombre la penetraban como si fueran arpones. La joven no podía apartar la mirada de aquellos ojos oscuros, exigentes, duros.

- S...Severus... me haces daño.- logró decir por fin. El hombre salió como de un trance, y soltó a la Gryffindor automáticamente, como si el contacto lo hubiese quemado. Él también respiraba con dificultad.

- Bueno... tus defensas son bastante buenas para ser la primera vez. Aunque yo esperaba que fuesen más sólidas. Y obviamente, has olvidado poner recuerdos falsos entre la barrera y el ataque.- comentó Severus, sin hacer ni una sola alusión a los recuerdos que había visto.- Tienes que concentrarte en el bosque antes de que el atacante entre en tu mente.

Hermione quería protestar, y decir que sus manos la habían distraído, pero sabía que no serviría para nada: Snape le respondería que cuando la atacasen no le dejarían tiempo para prepararse, y que probablemente intentarían desestabilizarla primero. Sus manos no eran excusa. Y... de todas formas, Hermione era reacia a admitirle al hombre la reacción que su tacto le había producido.

- Vale...- fue todo lo que pudo decir. Estaba medio atontada todavía, sumida en los ojos negros de su antiguo profesor.

- Hermione...- la voz de Snape era como un ronroneo profundo y aterciopelado. Le produjo un escalofrío de placer, que le recorrió la espalda. Estaba hechizada.

- ¡Hermione!

La joven salió de su hipnosis, sintiéndose culpable.

- ¿Sí?- respondió con la voz ronca.

- Creo que es mejor que lo dejemos por hoy... se ve que estás muy cansada.

Era la segunda vez que escuchaba eso aquel día, pero esta vez no la irritó. Aceptó con agrado la excusa que le estaba ofreciendo Severus, y se apresuró en recoger sus cosas y en irse a su habitación. Tenía la entrepierna palpitando de un modo casi doloroso.

En cuanto Granger salió de la puerta, Severus se permitió dar un gran suspiro. Su corazón aún latía con fuerza. Aquella escena con Weasley... aquellos senos... aquellos gemidos... no; basta. Y aquella receptiva mirada que Hermione le había lanzado, entre aceptación y deseo... a pesar de que ella había visto su triste pasado, y sabía lo patético que era... Pero claro; tampoco habían visto todos sus recuerdos... no sabía hasta qué punto... hasta qué punto era un... depravado.

¿Por qué? ¿Por qué le miraba así? ¿Y qué debía hacer él? No tenía ni idea de cómo actuar. Se sentía como a los quince años, completamente perdido y sin tener la situación bajo control. Con lo mucho que le fastidiaba eso... maldita sea.

Cuando Hermione entró en su habitación, lo primero que hizo fue cerrarlo a cal y canto. Su entrepierna estaba húmeda, su corazón palpitaba locamente, y tenía la mirada fija en su cama. Severus. Severus Snape. ¿Cómo se las arreglaba? En un momento parecía un afable amigo, y en el otro una serpiente acechando a su presa. ¿O quizás ella sólo veía lo que quería ver? ¿acaso había superpuesto sus fantasías a la realidad? Oh, qué terrible idea. No, no podía ser.

Estaba excitada. Mucho. Lo notaba, era absurdo negarlo. Por él, por su culpa. Porque estaba muy atractivo con la imponente gabardina, y porque también lo estaba con su poncho blanco. Y no había entrado en la parte más profunda de su mente; era todo un caballero cuando lo quería. Hermione no era tan estúpida como para no darse cuenta de que sus defensas eran bastante más débiles de lo que había dejado entender Snape. Y menos mal que había decidido no rebuscar demasiado profundo, porque si no se encontraría con unas fantasías muy poco aceptables.

Y hablando de fantasías... Severus no husmearía en ellas; hoy había tenido la oportunidad y no lo había hecho. Su atracción y su deseo estaban interfiriendo con la realidad, se dijo Hermione; tenía que poner un fin a aquello. ¿Cómo deshacerse de la frustración sexual que llevaba encima?

Lo único que se le ocurrió fue aquello que no solía permitirle a su cuerpo: tocarse pensando en él. Sonaba muy mal, pero así, quizás podría tranquilizarse. Le daría un escape a la presión sexual que estaba creándose en su interior. Sí. Y lo haría ahí mismo.

Sin más miramientos ni rituales, Hermione se metió en la cama y levantó su túnica morada. Su mente se fue sola a una de las fantasías que más le gustaba: aquella en la que estaban ellos solos en las mazmorras; él vestido con sus hábitos y ella con el uniforme de Hogwarts; él se acercaba poco a poco, como un depredador, y la arrinconaba contra un pupitre. Le acariciaba la garganta, las mejillas, el pelo; los senos... le decía que era una sabelotodo impertinente, que se merecía un castigo, que le enseñaría a respetarle; y le ordenaba que subiese su falda, y que se apoyase contra el pupitre, y que separase las piernas, y sus manos ásperas se abrían camino por debajo de sus ropas, y...

Los dedos de Hermione encontraron lo que buscaban mientras su mente divagaba en escenas imposibles. No tardó mucho en llegar al orgasmo.

Enero del 2000. Morbihan.

Habían pasado dos semanas desde aquella clase de oclumancia. Severus estaba confuso, nervioso. No sabía cómo actuar delante de Hermione. Después de pasar toda una vida con una sola mujer en su corazón, tenía el mayor lío mental del siglo. A él también le atraía Granger; era simpática, de fácil trato... pero no tenía ni idea de cómo cortejarla. ¿Se dejaría cortejar, acaso? Tenía un carácter fuerte. E igual pensaba que no tenía ningún interés por ella. ¿Pero cómo le podía decir él lo que quería, sin ahuyentarla? Al fin y al cabo, había cumplido 40 años el 9 de enero. Lo tomaría por un viejo verde. Por lo menos, había conseguido no perder el contacto, poder seguir tratando con ella regularmente, aunque fuese bajo un velo de falsa normalidad.

Y ante tal dilema, había acudido a Claude en busca de consejo.

Se habían dado cita en la misma cueva donde Severus había estado viviendo, y que seguía teniendo el aspecto de un apartamento raro, medio habitación, medio laboratorio. Claude estaba sentado en la cama, tranquilo, paciente. Severus andaba de un lado para otro, intentando preparar un té para ambos, y necesitando el triple del tiempo que necesitaba habitualmente.

- ¿Azúcar?- le preguntó al rubio, nervioso.

- Una cucharadita, por favor.- respondió él, educadamente.

Severus hizo lo pedido y le puso la taza entre las manos, con un hechizo que evitaría que el ciego se quemase las manos y los labios. Cuando terminó de preparar su propio té, y a sabiendas de que no podía alargar más el momento, le dijo:

- Quería consultarte una cosa...

El ciego sonrió, y no hizo ningún comentario espabilado.

- Dime.

- Es... bueno...- Severus acarició el contorno de sus labios con su dedo índice, y al final habló con franqueza, y humillación:- Yo... nunca he... tenido una relación de pareja; bueno, la verdad, tampoco he estado con muchas mujeres... y...

La sonrisa de Claude era ancha y pícara, pero se abstuvo de hacer comentarios.

- Hay una mujer que... me atrae.- admitió por fin, y apartó la vista del ciego, que lo incomodaba un poco.- Pero me da miedo... no sé si... no quiero que... es que es mucho más joven que yo...

Severus era perfectamente consciente que con tantos datos, el rubio tenía claro de quién estaba hablando; pero se negaba a pronunciar el nombre de Hermione.

- Me da... vergüenza admitir que... no estoy nada seguro de ser capaz de... complacerla. Mi experiencia sexual es un poco limitada… e inusual. Pero con la edad que tengo... no sé qué hacer... creo que la atraigo... pero eso terminará en cuanto vea que...- Severus notaba que tenía la cara roja; pero como Claude era ciego, no se sentía tan molesto.- No quiero que vea que soy un inepto... quiero que la primera vez sea perfecta...

Estaba hablando como un adolescente, lo sabía. Hablaba según iba pensando, y decía lo que cruzaba su mente en aquellos momentos. Seguro que Claude estaría completamente perdido.

- Entiendo.- dijo el rubio, y Severus le miró dubitativamente.- Pero, primero: ¿estás seguro de que eres un completo inepto en la cama?- le preguntó con picardía, y Severus luchó contra el calor de su cara.- Segundo: ¿cómo sabes que esa joven te rechazará cuando se dé cuenta de tus… limitaciones? ¿por qué supones que ella espera que tengas más experiencia? Y tercero: las primeras veces nunca son perfectas. No dudo de que ya lo sabes. Si no estás seguro de saber complacerla, ¿por qué no le preguntas qué es lo que le gusta? ¿por qué no le preguntas cómo quiere hacerlo, qué quiere hacer, y dónde?

Severus se paró bruscamente. Claude no entendía. ¡No entendía nada! La gran mayoría de sus experiencias sexuales habían sido dentro del marco de dominación y sumisión. Y en ése marco, el Dominante tenía que saber exactamente qué quería la persona sumisa. Era parte del rol.

Un rol que él no había tenido nunca ningún problema para asumir… mientras no hubiese sentimientos de por medio.

- ¿Ir preguntándole?- resopló con amargura.- Qué idiotez. Se supone que un amante sabe qué es lo que quiere la mujer, ¿no? Ella también querrá llegar hasta el orgasmo, es obvio; y si yo no soy capaz de conseguirlo...

- ¿Quién dice que no?- preguntó Claude con tranquilidad.

- ¡Lo digo yo!- saltó Snape, con una irritación que no sentía desde hacía meses y meses.- Lo haré mal…

Porque no es una mujer cualquiera. Porque no es una sumisa. Porque no es una prostituta. Porque la quier...

- No, Severus; nada saldrá mal si le vas preguntando si le gusta o no, si prefiere otra cosa o vas por el buen camino...

- ¡Pero eso destroza la pasión!

En cuanto lo dijo, Severus se arrepintió, tornándose escarlata. Las pocas veces que había hecho el amor, que no follar; las pocas veces que no había tomado las riendas de un encuentro íntimo, las pocas veces que se había dejado llevar por los sentimientos más tiernos durante el acto, habían sido con una prostituta pagada para complacerle a él, para hacerle sentirse amado. Hermione era una experiencia nueva para él. Quería mostrarse hombre ante ella, hombre seguro y capaz, tal y como lo hacía cuando Dominaba. Pero aquellos gustos no eran para todos, y conociendo a Hermione, sería tan sumisa en la cama como un gato montés hambriento y acorralado. Estaba seguro de que Hermione esperaría sexo normal, cariñoso, de pareja.

Severus se sintió sonrojar por enésima vez. Ni siquiera estaba seguro que Hermione se sintiese atraída por él. Y él ya construyendo castillos en el aire...

Claude suspiró antes de responderle.

- Hay que tener paciencia, mon ami. Aunque tuvieses más experiencia, cada persona es diferente y le gustan cosas diferentes... - Severus casi resopló un "¿tú crees?", pero se contuvo. Claude siguió hablando:

- Precipitarse ciegamente es el mejor modo de hacer las cosas mal. Créeme, soy un ciego. Sé de lo que hablo.

A Severus se le escapó una sonrisilla fugaz.

- Pero, ¿y si no hay una segunda vez? ¿y si me manda a la mierda?

- No creo que lo haga.- dijo Claude, con una expresión más serena.- Y aunque lo hiciese, no podrás saberlo a menos que lo intentes.

Severus se había quedado sin argumentos, algo que no le solía pasar a menudo. Claude volvió a sonreír con picardía.

- Yo en tu lugar me bebería el té... antes de que se enfríe.

El Slytherin le echó una mirada suspicaz, y le dio un sorbo a su té. Maldito ciego...

Enero del 2000. Morbihan.

Dos semanas después de la sesión de oclumancia, la Gryffindor había descubierto que tocarse pensando en Snape no había ayudado en nada. Intentaba actuar con completa normalidad cuando estaba con Severus, pero cuanta menos importancia intentaba darle, más consciente era del ronroneo de su voz, del calor de su cuerpo cuando se acercaba; de su propia fragancia, tan indiscutiblemente suya y masculina. La espaciosa casa, de repente, ya no se le hacía tan espaciosa.

Por eso, aquella mañana Hermione decidió bajar al refugio abierto donde guardaban la madera, vestida con la ropa que utilizaba para cortarla: la camisa a cuadros y los viejos vaqueros. Todavía quedaban trozos de troncos que no había cortado, y ¿qué mejor que aquel trabajo muggle para cansarse, y a la vez, no pensar en Severus? Cortar madera con un hacha exigía concentración, por muy repetitivos que fuesen los pasos a dar. No era una tarea peligrosa en sí, pero si perdía la concentración, bien podría perder una pierna. Era lo mejor para despejar su mente y cansar su cuerpo a la vez.

El hacha estaba donde la había dejado, junto con unos guantes de cuero para evitar hacerse callos y clavarse astillas. Hermione sonrió. Hagrid también solía tener unos guantes de cuero para cortar madera, guantes de su tamaño. Cuando estaba en tercer año de Hogwarts, sus guantes le habían parecido incluso más grandes de lo que eran. Fue en aquel curso cuando Hagrid había decidido enseñarle a cortar madera; para aliviar el estrés y el malestar que tenía la niña. El guardabosques incluso había confeccionado un par de guantes de cuero a su medida. La sonrisa de Hermione se volvió triste. Qué bueno era Hagrid, qué corazón más grande. Si supiese qué favor le había hecho a ella... más de diez años más tarde, seguía utilizando sus enseñanzas para tranquilizarse y mantener el control.

Dejó su varita, su pipa y la peppermary encima de una estantería y procedió a empujar los troncos al lugar más luminoso del refugio. Lo podría haber hecho con magia, pero había venido a sudar. Sabía que aquello no era muy recomendable, teniendo en cuenta el fuerte viento frío que pegaba por el norte, pero tenía un nudo de culpa en su estómago que quería deshacer auto-castigándose un poco. Al fin y al cabo, había sucumbido a sus lascivas fantasías y se había masturbado pensando en Severus... o más bien; en el Profesor Snape.

Una vez más.

Irritada, Hermione apartó aquellos pensamientos de una bofetada mental.

Cortaría la madera sin los guantes.

Colocó el trozo de tronco que quería cortar encima de otro más estable, de modo que estuviese a la altura más adecuada para que el impacto del hacha fuese de mayor contundencia. Agarró el objeto afilado y se colocó delante del tronco, las piernas bien abiertas para evitar el mayor número de accidentes. Inspiró hondo. Levantó el hacha. Apuntó hacia el medio del tronco. Y la dejó caer mientras soltaba el aire. "Déjalo caer", le solía decir Hagrid, "No intentes dar un golpe. Si has apuntado mal con el hacha, te costará más desviarla. Y te podrías llevar una pierna."

El tronco se había resquebrajado, pero no se había partido en dos. Hermione resopló. Intentó sacar la herramienta, pero estaba anclada. Despacio y con fuerza, levantó el mango de la hacha (junto con el filo y el tronco) y la apoyó en su hombro, de modo que aguantaba el peso del todo. El tronco se quedó colgando del filo de la herramienta. Cuando recuperó fuerzas, procedió a hacer el mismo gesto que antes, pero con el hacha al revés: levantó el todo y lo dejó caer encima del tronco de apoyo. La fuerza del golpe y la gravedad empujaron hacia abajo el tronco a partir, haciéndole hundir aún más en el filo, y al final se partió en dos. Hermione sudaba de lo lindo, pero sonrió con satisfacción. Lo había conseguido. Recogió uno de los trozos del suelo, y la volvió a colocar encima del apoyo para cortarlo en trozos más pequeños.

Era un alivio no estar pensando en él.

Severus la encontró en esa misma tarea, cuando la mañana ya había avanzado a mediodía. El Slytherin había preparado la comida, y había estado buscando a la bruja por todas partes. Por fin la encontraba. Y la encontraba sudada, roja, y con los pelos más largos pegados a su piel. Se había arremangado hasta los codos, y tenía los botones superiores de la camisa desabrochados. Severus tragó saliva. El escote húmedo de Hermione tentaba la mirada. Severus se quedó quieto donde estaba, mirando los movimientos de la joven mujer en silencio. Se decía a sí mismo que no quería desconcentrarla, que era mejor esperar a que el hacha estuviera en reposo. Pero mientras tanto, su mirada se clavaba en el cuerpo joven y saludable de su antigua alumna. Qué atractiva, qué llena de vitalidad, qué ganas tenía de toca-

- ¿Pensabas quedarte ahí mucho rato?

El corazón de Severus se aceleró un poco al oír la pregunta de la Gryffindor, que ni siquiera le había mirado al hablar. Así que se había dado cuenta de que había estado mirándola...

- No quería desconcentrarte.- respondió el hombre.

Esta vez, Hermione miró a su cara y le regaló una media sonrisa. "Siempre me desconcentras", parecía decir su cara, pero sus labios se quedaron mudos. Volvió la mirada a la pequeña pila de madera cortada que tenía al rededor y agarró un trozo con demasiada fuerza.

- ¡Ay!- se le escapó, cuando se clavó una astilla en la palma de su mano.

Severus se acercó como un gato.

- Déjame ver.- ronroneó, y observó complacido que sus palabras habían surtido efecto en Hermione. Se quedó muy quieta, y le echó una mirada extraña. Al final, le enseñó la palma. Tenía un poco de sangre donde la gruesa astilla había penetrado la piel.

Severus invocó sus pociones con un movimiento de varita y procedió a sacarle la astilla con cuidado. Podría haberlo hecho con magia, pero no quiso: en cuanto una de sus manos agarró la mano herida, Severus había sentido el calor de la joven penetrar en su propia piel. Hacía semanas que evitaban tocarse como lo hacían antes, y no se había dado cuenta de cuánto agradecía el contacto hasta volver a tenerlo después de aquella sequía. Deseaba seguir tocando la encendida piel de la bruja.

Por eso, y con cuidado, consiguió agarrar la parte de la astilla que estaba en el exterior entre sus uñas y tiró delicadamente, hasta sacarla toda. Hermione arrugó la cara del dolor, pero no dijo nada. Una vez quitada la astilla, su gesto era mucho más relajado que cuando había estado cortando leña. Con un trozo de tela aséptica que había invocado, el Slytherin esparció una poción que higienizaría y ayudaría a cerrar la pequeña herida. Severus tragó saliva una vez más. Casi podía palpar la tensa electricidad que se había creado entre ellos dos. No quería que aquel momento acabase, así que lo hacía todo muy lentamente: untar la tela en la poción, administrarla con suaves golpecitos, secar lo de alrededor con controladas caricias... fue un momento estático, colgado entre dos períodos de tiempo, donde los relojes parecían haber parado. Sólo existían él, Hermione y la tensa distancia entre ellos.

Los latidos de Hermione habían acelerado y parecía que su corazón estaba trepando por su garganta. Tenía piel de gallina, lo sabía, y no era sólo por el viento frío que helaba su sudor. Estaba en un estado febril, era consciente hasta del roce más ligero de las aristocráticas manos de Severus, que actuaban con elegante delicadeza. Y el calor que irradiaba por su cuerpo... de repente, Hermione fue muy consciente de que el hombre era más alto que ella. Más alto y más ancho de espalda. Sintió el irracional impulso de acurrucarse contra el pecho de Severus, pero se contuvo. Su fragancia la intoxicaba.

- Ya está.- dijo everus al fin, y su voz sonó más ronca que de costumbre. Hermione tuvo un notable espasmo, producido por su voz. Severus, sin embargo, lo interpretó de otra manera.

- No deberías haber cortado leña sin aplicarte primero un hechizo que te mantuviera caliente.- le comentó a la bruja. No era un reproche; estaba dando su opinión. Ya no eran profesor y estudiante, estaban en pie de igualdad. Aquel pensamiento le produjo un inexplicable azoro a Hermione. Intentó responder que sí, pero su voz se atascó entre su garganta y sus labios, produciendo una especie de graznido. Carraspeó y comentó vagamente:

- Sí...

- Estás fría.- sentenció Severus, palpando por turnos las manos y los brazos de la Gryffindor. Hermione respiró con dificultad. Severus suspiró, soltó a la joven y se quitó la gabardina de cuero que tenía.

- Ten.- le dijo, y antes de que Hermione pudiese responder, le colocó la prenda encima de los hombros. Estaba caliente, y olía a Severus.- Si se te enfría el sudor, vas a pillarte un resfriado. Aunque igual el mal ya está hecho...

La bruja seguía muda, y Severus se puso un poco nervioso. ¿Acaso se había pasado de la raya invisible entre lo que tenía permitido hacer, y lo que no? Pero Hermione no parecía enfadada, ni disgustada. Parecía, más bien, un corzo sorprendido por los faros de un coche. Al final, Severus no pudo más y comentó con suavidad:

- La comida está hecha. Joséphine nos espera dentro.

Aquello sacó a la Gryffindor de su estupor.

- Gracias.- susurró ella; se abrigó mejor con la gabardina, cogió sus objetos y lo siguió cuando se puso a andar.

Severus se sentía eufórico.

Enero del 2000. Morbihan.

Hermione no pudo dormir aquella noche. Los eventos del mediodía no le dejaban reposar; rememoraba el tacto, el olor, la ronroneante voz de Severus cada vez que cambiaba de postura.

¿Qué había sido aquello? Era como si... Severus... había estado raro. Más firme, más seguro, más... seductor. Hermione suspiró y apretó los muslos para intentar aliviar las pulsaciones de su entrepierna. El hombre había actuado de un modo atento y delicado, nada agresivo. Pero a la vez, había tenido un aura diferente a la que había tenido hasta entonces. Un aura que le había hecho recordar al Profes-

"No. Ya basta." se dijo Hermione con saña, y cortó de cuajo con aquel pensamiento. En vano; obviamente, llevaba horas metida en el mismo bucle de pensamiento...

¿Había estado intentando seducirla? Pero aquella idea era absurda. Era ella la que estaba encandilada por él, no lo contrario. Aunque... lo de aquella mañana no podía haber sido sin querer. ¿Verdad? Pero... pero la diferencia de edad era tan grande... y él estaba absolutamente enamorado de Lily; le había dedicado toda su vida, tanto cuando estaba viva como cuando estaba muerta...

Hermione volvió a cambiar de postura. Pero Severus había cambiado, se dijo a sí misma. Y ella también. Y ahora, con el asunto del giratiempo, la diferencia de edad no era tan grande como lo había sido antes...

Eso no cuenta para mucho, dijo una vocecilla honesta dentro de su mente. Él está en una fase de la vida diferente a la tuya; a vivido más que tú... seguramente esperáis cosas diferentes de la vida.

Aquél último pensamiento la deprimió. Por mucha atracción física que hubiese entre ellos, era posible que tuviesen malentendidos simplemente porque estaban en diferentes épocas de la vida. Ella era joven, y acababa de liberarse de tener que ser madre y formar una familia: no estaba dispuesta a volver a pasar por el mismo aro; por lo menos no a corto ni a medio plazo. Quizás Severus sintiese más urgencia por formar una familia; tenía unos cuarenta años, estaba llegando al límite de poder ser padre...

¿Quién decide cuáles son los límites para tener hijos? masculló una voz rebelde en su interior. Sobre todo para un hombre... Hermione se quedó pensativa. No, era posible que Severus no tuviese eso en mente. Pero también era posible que lo tuviese...

Estás adelantándote mucho en el futuro. ¿Quién dice que tengas que formar una familia con él? Lo que quieres es follártelo, ¿no?

Irritada y abochornada, se movió una vez más hasta quedarse boca abajo. Las cosas no eran tan simples... ¿acaso sólo lo quería "follar"? Además, vivían juntos. Por el momento, al menos. No era prudente llevarse mal... Y la familia Delacour era el único contacto que tenían fuera del Reino Unido, su única protección. Su único hogar. Si acababan por llevarse mal y uno tenía que largarse, ¿a dónde lo haría? Además, no les convenía que la gente supiera que existían: Hermione, porque ya había una Hermione oficial viviendo en La Madriguera; y Severus, porque... porque era posible que el Wizengamot estuviera tras él, al menos hasta que Harry limpiase su nombre. Pero claro, siempre era más fácil perdonar a un muerto que a un vivo... ¿qué pasaría si se supiera en el Reino Unido que Severus Snape estaba vivo? No era una persona muy querida, por mucho que hubiese ayudado en la guerra...y había cometido actos que bien le podían llevar a Azkaban. Hermione se acurrucó aún más. ¿Aceptaría el Wizengamot aplicarle una amnistía? ¿y ella? ¿qué opinión tenía ella al respecto? ¿le había salvado la vida para que la pasase pudriéndose en Azkaban? No... no quería que lo encerraran. Además, Severus había cambiado... Pero al mismo instante, la cara de Neville apareció en su mente, y luego la escena de North Ronaldsay. Hermione tragó saliva. Probablemente, Severus no podría volver nunca a su hogar natal, so pena de ser arrestado... una vez más. Hermione se acordó de las memorias del arresto en Spinner's End, y el horror le trepó del estómago a la garganta. Ojalá las cosas fuesen más simples...

Cansada, Hermione cambió de postura por enésima vez y resopló. Por el momento, lo único que se le ocurría era seguir con su estrategia de actuar con "completa normalidad".

Febrero del 2000. Morbihan.

El tiempo transcurrió, y Hermione había progresado tanto como aprendiz de fabricante de varitas, como de oclumante. La Gryffindor y Madame LaFontaine Delacour se las arreglaban para entenderse, y la joven había ido adquiriendo cada vez más destreza en francés. Estaban ya a mediados de febrero; Hermione había conseguido ir produciendo una varita válida cada semana y media.

Aquel día, aunque estuviese nublado, habían decidido ir al claro del bosque, que era su campamento base para todo el día. Joséphine y Hermione se habían adentrado en busca de sauces, y Severus, acompañado de Heka, se fue hacia el lado opuesto a recoger diferentes ingredientes para pociones: raíces, espinos, insectos y plantas varias.

Después de mucho buscar, las dos brujas encontraron un buen sauce. Hermione se acercó a él y alargó la mano hacia una de las ramas, con intención de inspeccionarlo más de cerca.

- Non, pas cette branche-là.- dijo Joséphine, y Hermione entendió que no debían cortar aquella rama. La anciana respondió a su pregunta muda diciéndole que era una rama demasiado vieja y gruesa; así que buscaron con la mirada una rama más adecuada.

Estuvieron así durante un buen tiempo, hasta que encontraron uno en lo más alto del árbol. Joséphine LaFontaine levitó hasta ella y la cortó con esmero, utilizando el mismo cuchillo de granito que usaban con aquel tipo de madera. Cuando volvió a bajar del árbol, su cara estaba contraída de preocupación.

- ¿Qué pasa?- le preguntó Hermione, en francés.

- Tengo que irme.- explicó Joséphine, y echó una ojeada a una especie de reloj de pulsera que llevaba puesta.- Me están llamando...

- ¿Quiénes?- preguntó Hermione con curiosidad.

- El consejo de druidas...- respondió Joséphine, preocupada.- No suelen llamar a menos que sea algo importante... Lo siento, Hermione; querida, tendrás que seguir tú sola... ya sabes qué pasos has de dar.- añadió, sonriendo con orgullo, pero la sonrisa se apagó rápido.- Lo siento... no sé cuándo volveré. Ya te enviaré una lechuza...

Hermione había conseguido centrarse en su tarea durante unas dos horas seguidas, pero su mente pronto divagó a su pensamiento favorito: Snape. Snape y su elegancia, su cuerpo de pantera, su destreza en la cocina y en las pociones; Severus, y su voz grave y vibrante; su olor masculino y su sonrisa tranquila. Y su tacto, su sensual forma de moverse, su pausada calma, su aplomo. Hermione ya no podía distinguir cuál Snape la atraía más; las imágenes del imponente Profesor y el agradable Severus se mezclaban en su mente, en sus sueños, en el momento menos esperado. Se pillaba a sí misma fantaseando con las mismas imágenes prohibidas que había condenado en Navidades, pero aquello no era lo único, no. No, porque ahora se le habían añadido imágenes eróticas en las que era ella la que tomaba las riendas, la que acechaba a Severus, la que se ponía encima de él y lo sujetaba contra la cama y...

Hermione inspiró con fuerza y se dejó caer al suelo lleno de barro helado. Severus... seguía teniendo aquel lado serio y callado, pero ya no se ponía la armadura negra que eran sus hábitos. Entre la túnica gris que Joséphine le había regalado y las marrones que Claude le había dejado, la mismísima vestimenta del Slytherin se había vuelto más relajada: su aspecto exterior reflejaba el interior del hombre. Y también estaba Heka... la ave había decidido, ya hacía tiempo, pegarse al hombro de Severus. La joven Granger estaba convencida de que la presencia de Heka ayudaba al ex-mortífago.

Hermione miró distraída al pelo de korrigan que tenía levitando encima del trozo de rama pulida. Sólo faltaba incrustarlo en el corazón de la madera para que se convirtiese en varita, pero su mente estaba demasiado distraída y no pensaba que fuese a conseguirlo. Sacó su muy útil saco mágico y guardó ambos objetos en el interior. Debía encontrar alguna manera de deshacerse de su tensión sexual reprimida...

Bueno, la verdad era que ya había intentado hacerlo, del modo más natural que conocía, pero no había ayudado mucho. El problema era que las imágenes de Snape no hacían más que quedarse grabadas en su mente, y al final había acabado recurriendo a ellos cada vez que se acariciaba. Y... el resultado era que ahora se sentía incluso más culpable. Las imágenes se habían convertido en películas, grabadas a fuego en su imaginación.

No. Y además estaba en la mitad de un bosque... Severus también andaría por ahí. ¿Qué pasaría si tenía la audacia de masturbarse y de repente apareciese él, y la descubriese tumbada en el suelo, las piernas abiertas, la piel encendida...?

Merlín, se estaba volviendo loca. Aquello ya no era tolerable. Hermione resopló por la nariz y miró al cielo con el ceño fruncido. Una gota gorda cayó desde los grises nubarrones hasta la frente de la joven bruja. Iba a llover. Había pensado en transformarse en búho y volar, pero si llovía mucho no podría...

Mejor hacerlo antes de que lloviese con más fuerza. Hermione alzó los brazos al aire, respiró hondo y para cuando soltó el aire, sus brazos eran alas y su expiración se había convertido en un ulular. El viento frío le azotaba las plumas; un trueno retumbó en la lejanía pero Hermione lo escuchó como si hubiese retumbado encima de su cabeza. Soltó otro ulular salvaje, animal, envalentonada por los fuertes vientos que zarandeaban las ramas de los árboles. Se sentía tan agresiva como la tormenta; una euforia violenta que empezaba en su vagina, pasaba por su estómago y se convertía en un ulular depredador.

Cuando las gotas empezaron a ser demasiado frecuentes y pesadas, Hermione aterrizó y volvió a transformarse en humana. Su túnica estaba empapada, su pelo goteaba lluvia fría, y sus manos habían empezado a entumecerse. Pero se sentía viva, sentía que estaba arrojando su desasosiego y su frustración sexual a la cara del bosque. Se sentía un animal salvaje, una fuerza de la naturaleza. Sonrió ampliamente, y soltó un grito potente y espeluznante que acabó en risa enloquecida.

Bailar. Bailaría bajo la lluvia, daba igual que estuviese mojada por dentro y por fuera. Sí, los bailes más desenfrenados, más acrobáticos, más sensuales, más obscenos, más primitivos que se le ocurriesen. Se retorcía y se agitaba al son de las músicas más eróticas que se acordaba; se aplicó un hechizo con el que minimizó su peso -e incrementó su capacidad acrobática. Era su danza de la lluvia, su danza del vientre. Bailaba como si fuera una stripper, agarrando el tronco de un abedul joven y usándolo como barra. Y luego se volvía loca, se volvía tigre, pantera, puma, leona; los ojos entrecerrados y el corazón latiendo con fuerza. Movía las caderas y los brazos, llevaba las manos a su cabeza y acariciaba su pelo, y luego su vientre, y sus muslos, y su cintura, y sus pechos, y su intimidad. ¿Por qué no iba a hacerlo? Estaba sola. Snape seguramente se habría vuelto a casa, con la lluvia que caía. ¿Y qué, si estaba viendo? Bailaba por su culpa, pero no para él... bailaba para sí misma. Y desde luego, la imagen que estaría dando no sería de sensualidad, sino de locura: no parecía que bailase al son de una música, estaba empapada por la tormenta, llena de barro y con la cara desenfrenada...

Que se fuesen a la mierda todos. Que se fuese a la mierda ella misma. ¿Y qué, si una de sus fantasías sexuales favoritas la imaginaban vestida de colegiala, con los codos sobre un pupitre de las mazmorras, la falda levantada y el Profesor Snape, detrás? ¿Y qué, si se tocaba imaginando que la obligaba a lamer su virilidad, y que eyaculaba en su cara; como lo había hecho con aquella prostituta? Nada de eso ocurriría de verdad, maldita sea. Maldita sea. Severus tenía la decencia de no indagar demasiado en su mente mientras le enseñaba oclumancia. Y una vez que aprendiese bien aquel arte, su mente estaría cerrada a cal y canto. Él no lo sabría nunca. No lo sabría nadie. Dentro de su mente, ella era libre.

Y libre se sentía ahora, libre y feroz, salvaje, depredadora. Sin cadenas, sin jaulas, sin bozal. Ya fingiría humanidad cuando estuviese con otros seres humanos... ahora era animal, y nadie le iba a quitar eso. Nadie.

Jubilosa, eufórica; dio un salto y una patada al cielo, y luego se dejó caer, y se revolcó en el barro, y se desgarró la garganta en un grito de desafío. Era invencible.

xxoOoxx

Decir que Severus no había esperado presenciar aquella escena era decir poco. Había pensado refugiarse en la casa de Joséphine cuando había empezado a llover, pero un grito espeluznante le había hecho quedarse donde estaba. Con cuidado, se había acercado al minúsculo claro de donde había venido el grito, y se había quedado mirando a la bruja loca que bailaba frenéticamente bajo la lluvia.

Granger. Hermione. A Severus le recorrió un escalofrío de miedo, e intentó apartar de su mente la instantánea asociación que había hecho entre la Gryffindor y Bellatrix Lestrange. Hermione estaba exhibiendo la misma sexualidad, la misma ferocidad, la misma demencia que la mortífaga. Pero, a diferencia de la Black, Hermione le había dejado anclado en su sitio, mudo e hipnotizado por lo agresivo y lo erótico de sus movimientos. Estaba follando. Hermione se estaba follando a sí misma, y del modo más desafiante posible. Se estaba follando a la vista del mundo entero, como un gran corte de mangas hacia lo que la rodeaba. Severus sintió cómo se le dificultaba la respiración. La primera vez que había encontrado la Hermione de la posguerra, la había confundido con un muchacho, tan viril se le hacía el comportamiento de la joven. Y ahora, toda su feminidad más sexual bailaba sin tapujos, meneando sus curvas, libre de ataduras. Su baile no era bello, ni coordinado, ni técnicamente bueno. Era un loco frenesí al compás de la tormenta.

Su polla estaba dolorosamente erguida. Sin a penas darse cuenta de lo que estaba haciendo, Severus metió su mano entre sus ropas mojadas y empezó a acariciarse el miembro. El placer que le recorrió era superior a las últimas veces que se había aliviado de aquella manera. Granger. Había fantaseado con una adolescente sumisa durante más tiempo que admitiría en voz alta, y sin embargo, tenía en frente una versión de Hermione que lo ponía igual de cachondo: salvaje, adulta, feroz. Las caricias de su palma se volvieron más insistentes, más exigentes, hasta que un último roce, una última mirada a Hermione, terminaron por hacerle estallar en mil gotas de gozo. Jadeando ligeramente, Severus murmuró un hechizo para limpiar su cálida semilla, más abundante que de costumbre. Tenía el cuerpo completamente mojado por la lluvia. ¿Hacía cuánto que se había quedado ahí, viéndola? ¿Media hora? ¿Más?

Un rayo iluminó la escena y el trueno retumbó con fuerza. Hermione había parado de bailar, y estaba respirando con fuerza, las manos apoyadas en sus rodillas. La animalesca ferocidad había amainado, y sólo quedaban retazos. La bruja se levantó, sonrió al cielo y se adentró entre el follaje, del lado opuesto al que estaba Severus. ¿Casualidad? El mago no lo sabía, ni le importaba saberlo. Que Granger supiese o no que había estado mirándola, que había estado tocándose viéndola, probablemente fingiría no saber nada una vez en la casa de Joséphine.

Y Severus sabía que Hermione sabía que él tampoco haría alusiones. Aunque... aquel baile había despertado algo feroz en su propio vientre. Sí…

Severus tomó una decisión.


J'ai fait ce que j'ai pu pour m'arracher de l'âme es la primera línea de un poema de Théophile de Viau

Playlist de este capítulo:
-Escena de Hermione en el bosque: Hips don't lie de Shakira y La Bicha de Bebe