Aviso legal: La serie Harry Potter es invención de J.K. Rowling y le pertenece. Todo texto reconocible es suyo.

Advertencia: Este fanfic es de categoría M.

Nota: Editado el 08/08/2020. Muchas gracias a Gato Azul por su trabajo de beta. También escribe fanfic en ffnet; no dudéis en echarles un vistazo.

Gracias por leer y por comentar :)


xxxxxxxxoOoxxxxxxxx

18.

Chère Isis, tes beautés ont troublé la nature

xxxxxxxxoOoxxxxxxxx

Y Severus sabía que Hermione sabía que él tampoco haría alusiones. Aunque... aquel baile había despertado algo feroz en su propio vientre. Sí…

Severus tomó una decisión.

Febrero de 2000. Morbihan.

Nadie hizo ninguna alusión al baile de aquella mañana. Ya era mediodía, y ambos habían vuelto al hogar casi al mismo tiempo. Hermione no había estado ni nerviosa ni reservada; al contrario, parecía estar mucho más serena y controlada que por la mañana. Su "naturalidad" era menos artificial de lo que había sido aquellas últimas semanas. ¿Sería por lo del baile? Severus sospechaba que así era. Bailar así probablemente fuera una válvula de escape para la bruja...

Él se encontraba preparando una de las pociones más fuertes contra el catarro, pues estaba seguro de haber pillado un resfriado después de haberse quedado tanto tiempo bajo la lluvia. Tanto él como la joven se habían duchado, una terapia de agua caliente contra el frío de la lluvia, y en aquellos momentos Hermione estaba fumando tranquilamente mientras observaba su el trabajo. Tenía el aspecto de... de alguien que acababa de tener un orgasmo, decidió Severus con timidez. Se la veía satisfecha consigo misma, el pelo revoloteado y los ojos medio cerrados. Severus se forzó en apartar la mirada de la Gryffindor.

- ¿Qué tal la mañana?- inquirió, no sin cierta picardía.

- Bien.- fue la simple respuesta de Hermione.- Pero no he conseguido terminar la varita. Lo intentaré esta tarde.

- ¿Y Joséphine?

- Se ha ido antes. Una llamada del consejo de druidas... me ha dicho que tenía que ser algo importante.

Snape parpadeó, y siguió con su trabajo en silencio. Así estuvieron un buen rato, hasta que se armó de valor y comentó:

- Te he visto bailar esta mañana...

Él siguió trabajando con la mirada fija en el caldero, pero no necesitó utilizar la vista para palpar la tensión que se había creado en el ambiente. Había estado en lo cierto: Hermione no esperaba que la hubiese visto; y aunque fuese así, contaba con que el hombre no sacaría el tema. Había roto el alto al fuego, se había saltado las leyes, y Severus no se atrevió a levantar la mirada, so pena de perder su semblante compuesto.

- ¿Y qué te ha parecido?- le preguntó la mujer con una descarada sonrisilla.- ¿Te ha gustado?

Abrase visto. Severus utilizó toda su experiencia como doble agente para luchar contra el calor de su cara. Pero qué desvergonzada era... no, desde luego; ya no era la chiquilla que se sonrojaba con un comentario desagradable de su parte... Pero era él el que había empezado el juego, y maldito fuese su nombre si se echaba atrás. Había lidiado con situaciones peores.

- Me ha gustado mucho.- ronroneó, con una media sonrisa suave en la cara. Estuvo pensando durante unos instantes en qué decir, cómo continuar; pero al final comentó:- Aunque parecía más un ataque de locura que un baile.

En cuanto soltó la frase, supo que había fracasado. Sus palabras habían sido demasiado bruscas. Había perdido la oportunidad de seguir coqueteando abiertamente: ahora la conversación se convertiría en una conocida pseudo-lucha verbal.

Hermione soltó una risilla un poco forzada:

- Admito que tenía bastante que ver con un ataque de locura. Pero mejor en medio de un bosque desierto que en frente de otros seres humanos, ¿verdad?

Para el asombro de la propia Hermione, ella estaba disfrutando de lo lindo con la conversación. No esperaba que Severus se pusiese a jugar con el fuego, y eso había sido una novedad excitante; habían mantenido una complicidad pícara durante unos instantes, aunque luego hubiesen preferido volver a aguas menos revueltas. Sí... ahora sabía que estaba permitido jugar a ese juego. A la mierda la "normalidad".

Al parecer, Severus había llegado a una conclusión parecida, porque le respondió:

- Bueno, no es un bosque tan desierto... tú ya lo sabías cuando te has puesto a bailar.

Estaba echando madera al fuego. ¡Y lo hacía a propósito! La sonrisa de Hermione se volvió aún más traviesa, y tenía una respuesta descarada en la punta de la lengua, pero no pudo decirla: Joséphine había vuelto, haciendo sonar la campanilla de la puerta al entrar. Tenía un halo brillante al rededor del cuerpo que la protegía de la lluvia, y que una vez dentro de la casa, disminuyó en intensidad hasta desaparecer. Parecía estar atareada, preocupada y enfurruñada.

- ¡Ah! Vosotros sois aquí.- les dijo con su inglés macarrónico.

El humor juguetón desapareció al instante.

- ¿A pasado algo grave?- le preguntó Hermione.- Vous êtez préoccupée?

- Nada de grave.- le respondió Joséphine, negando con su cabeza, seria.- Pero nosotros habemos visitantes. Des britanniques, comme vous. Es eso que ellas dicen... una de ellas porta una burqa, la otra est une 'black'. La tercera es blonde. A, y un joven hombre, también blond.

Hermione sintió cómo se le aceleraba el corazón. Si eran... ¿...y si eran...?

- Y...- añadió la anciana, mirándola con seriedad.- Ellas han demandado si Hermione Granger y Severus Snape estáis aquí.

- ¿Han preguntado por nosotros?- inquirió Snape con una nota de alarma, y le lanzó una mirada afilada a Hermione. Ella también se alarmó.- ¿Les habéis dicho dónde estamos?

- Mais ça va pas?!- exclamó la anciana, indignada.- ¡No, claro! No habemos dicho nada de vosotros. No habemos dicho que conocemos de Hermione Granger o de Severus Snape. ¡No habemos nada respondido!- volvió a exclamar Joséphine, inconsciente de que con su enfado estaba torturando la lengua inglesa.

- ¿Han dicho cómo se llamaban?- preguntó Hermione, respirando hondo e intentando mantenerse tranquila.- On sait qu'est-ce qu'elles veulent?

- Nosotros no sabemos qué ellas quieren.- respondió Joséphine.- Y el nombre de la dame que porta la burqa es Profesora Darzi, ellas no han dicho nada de más. En fin, oui; ella ha dicho que quiere parlar con tú y que tú vayas al consejo de druidas.

Hermione sentía la mirada de Snape perforándole la nuca.

- ¿Las conoces?- preguntó el mago con brusquedad. Estaba serio, los brazos cruzados y con el ceño fruncido; había vuelto a su postura de Profesor Snape. Por un loco instante, a la Gryffindor se le aceleró el pulso. Si era por miedo o por lujuria, prefirió no indagar.

- La Profesora Darzi me ayudó a volver al pasado.- explicó con franqueza.- Y las otras dos... podrían ser la Profesora Sinistra y Luna Lovegood; ellas también me ayudaron.- la joven se percató de que Severus la miraba con una mirada extraña.- Pero no sé quién puede ser el hombre rubio... y no entiendo por qué han vuelto ellas también al pasado... no me dijeron que iban a hacer tal cosa...

- ¿Te fías de ellas?- preguntó Snape, con brutal sencillez.- ¿Les darías la localización de esta casa?

Hermione estuvo pensándoselo detenidamente.

- … a Luna sí.- comentó, despacio.- … pero a Darzi y a Sinistra... es que...

- Entonces no les digas dónde estoy, ni siquiera que estoy aquí. A ninguna de las tres.- sentenció Snape.

Hermione torció el morro durante unos instantes, y luego dijo:

- Saben que vine a por ti. O les digo que te salvé, o les miento y les digo que no lo conseguí. Pero no sé si es precavido hacer eso...

- No des de respuestas.- comentó Joséphine con gravedad.- Haces preguntas. Responde con preguntas.

La Gryffindor se quedó mirando fijamente a la anciana.

- Intentaré averiguar primero a qué han venido.- les aseguró Hermione.- Antes de darles ninguna información.

- Utiliza la oclumancia.- le aconsejó Severus.- Protege tu mente. Aurora conoce un par de trucos de legilimancia.- añadió con gravedad.

- ¿Aurora?- preguntó Hermione, con una inesperada punzada de dolor en el pecho.

- La conozco desde hace mucho tiempo. Es una de las pocas personas con las que me he llevado bien en toda mi perra vida. Pero eso no quiere decir que me vaya a confiar.- comentó el mago. La imagen del Profesor Snape se disolvió en la de Severus; los ojos cerrados y una mano cansada restregando los párpados.

La punzada de dolor volvió con más saña, y Hermione descubrió con sorpresa y repugnancia que estaba celosa. ¿Celosa de que Severus tuviese más amigos, aparte de ella? ¿Celosa de que se conociesen bien antes de que los conociese ella? Era absurdo, era infantil, era inadmisiblemente egoísta; y era la verdad. La Gryffindor se sintió derrotada por sí misma. Una vez más.

- Iré al consejo de druidas.- le dijo a Joséphine, en un francés cansado.- ¿Pero seguirán estando en el consejo?

- No lo sé.- respondió la anciana con sinceridad.- Pero no deben de estar muy lejos. Vayámonos.

- Severus, refúgiate en la cueva, por favor.- dijo Hermione volviéndose hacia el mago, con un deje preocupado en la voz.- Yo volveré aquí, como mucho dentro de cuatro horas, y te mandaré una lechuza si no hay peligro. Si en cuatro horas no tienes noticias mías...

- Sabré a qué atenerme.- le cortó Severus, con su sarcástica media sonrisa.- Ya sé cómo proceder, Hermione. Llevo toda mi vida midiendo mis pasos y mirando por encima de mi hombro. No soy Potter. Ni Weasley.

- Perdón.- se excusó la Gryffindor, tan avergonzada como dolida; había olvidado lo hiriente que podía ser Snape cuando se lo proponía.

- Pero...- comentó Severus, desinflándose.

- ¿Qué?

- Gracias por preocuparte por mí.

Hermione le respondió con un tímida sonrisa.

Febrero del 2000. Consejo de Druidas de Bretaña.

Hermione se encontraba agarrada del brazo de Joséphine, en medio de un claro de bosque. Acababan de aparecer en un lugar lleno de robles milenarios, cubiertos de musgo y muérdago. El bosque respiraba humedad y susurraba silenciosamente agitando las ramas de los árboles. El sol del mediodía se escabullía de entre los desnudos brazos de madera dormida, y calentaba la cara de las brujas con tímido cariño. Pero no era suficiente para contrarrestar los efectos de la fría brisa, y Hermione tiritó. Ya no había niebla en aquellas horas, pero el bosque seguía teniendo un no-sé-qué de misterioso gris; quizá fuese por el silencio de los pájaros, o por la desnudez de los árboles. El aliento de las brujas formaba nubecillas de vapor blancuzco, y su respiración les parecía ser diez veces más ruidosa que de habitual.

- Me alegro de volver a verte, Hermione.- dijo una voz de mujer por detrás de Hermione y Joséphine; que, asustadas, se giraron en el acto. La silueta de Aisha Darzi apareció de detrás de un árbol, flanqueada por Aurora Sinistra, Luna Lovegood y... Draco Malfoy. Hermione se puso aún más tensa. Las cuatro vestían pesadas capas de un verde grisáceo, con capucha y todo.

- Aisha.- dijo Hermione, un poco antipática.- Luna, Aurora... Malfoy. ¿Qué hacéis aquí? ¿cómo...?

- Del mismo modo que tú.- respondió Aurora, con su profunda voz de terciopelo negro.

- Pero... ¿por qué?

Aurora sonrió maliciosamente.

- Para pagar la deuda que teníais conmigo.

Hermione le echó una mirada confusa.

- Vamos hacia Alejandría.- explicó Aisha.- Nos hemos quedado aquí para comprar tres parejas de abraxanes. Bueno, y para visitaros; claro.

- ¿Caballos alados?

- Sí, es una raza popular por estos parajes.- respondió Aisha.- la directora del colegio Beauxbatons, Madame Maxime, tiene todo un criadero. Sus abraxanes son famosos; útiles, bellos, y de buena calidad. Serán nuestro regalo a cambio del hospedaje y la enseñanza que se nos otorgará en Alejandría.

- Y en la Alhambra.- añadió Aurora, echándole una mirada ligeramente amenazadora.

- Y en la Alhambra.- repitió Aisha, con una voz que delataba la sonrisa escondida por el velo.

- ¿Vais las cuatro?- preguntó Hermione. Por un fugaz momento, había sentido una desagradable punzada de envidia. Alejandría, Alhambra... aquellos nombres tenían un regusto místico, misterioso, exótico; un regusto a pergaminos y a papiros, a dorados atardeceres de allende, a generosos ríos y a pacíficos mares sin marea; a suntuosos jardines con naranjos, y olivares, y un calor balsámico que tranquiliza el alma y aligera los pesares; memorias nostálgicas de edificios olvidados, viejos sueños de una gloria pasada, donde realidad y espejismo duermen bajo un cielo azul. Eran centros de saber milenario, de magia antigua, de rica opulencia y de difícil acceso... era todo un privilegio poder visitarlas.

- Sí, las cuatro.- confirmó Aisha, mientras se acercaba hacia Hermione y Joséphine.- Es una oportunidad única...

Sí, desde luego. No hacía falta que lo jurase, pensó la Gryffindor, incómoda. Hacía un año y medio hubiera matado por poder ir con ellas. Pero ahora…

La anciana cortó las cavilaciones de Hermione con una pregunta:

- Alors, ¿vosotros queréis comprar abraxanes? ¿es por eso que habéis venido aquí?

- Oui.- le respondió Aisha.- En fait...- y continuó en un francés fluido, explicando, por lo que Hermione entendía, las razones por las que querían comprar caballos alados y detalles sobre qué compra querían hacer. Sin embargo, el diálogo entre aquellas dos brujas pronto se llenó de tecnicismos y Hermione perdió el hilo de la conversación. Se acercó hacia Luna, Aurora y Malfoy, que tampoco entendían, o no estaban interesadas en el diálogo.

Había un detalle que seguía incomodándola.

- Pero, ¿por qué volver al pasado? No era necesario, ¿no?

Aurora sonrió brevemente.

- Cada cual tiene sus razones. La mía es que retornar al pasado me permite "ganar" cuatro años extra, sin dejar a un lado mi puesto en Hogwarts. La otra opción hubiera sido dimitir. Y no estoy dispuesta a hacerlo.

Era una explicación razonable, pero Hermione seguía sintiéndose nerviosa. Aisha habría venido para acompañar a Aurora, ¿pero Luna? Le caía bien, era su amiga, y francamente se alegraba de verla, pero ¿por qué habría venido?

Quizás se preocupase por tí, le susurró una vocecilla interior. Quizás haya venido por tí.

La idea le hizo sentir una burbuja cálida en su interior, pero a la vez, se sintió un poco incómoda. Si Luna había viajado al pasado y había aceptado un exilio de cuatro años por ella, quería decir que estaba dispuesta a mucho por ella. Era halagador, pero la hacía sentirse un poco culpable. Hermione tragó saliva y se le heló la sangre cuando, involuntariamente, cruzó la mirada de Malfoy, y frunció el entrecejo. ¿Y Malfoy? ¿qué coño hacía Malfoy ahí? El flequillo de su pelo rubio le caía encima del ojo derecho, aunque no lo suficiente como para molestar la vista, y su pequeña sonrisa de suficiencia carecía del calor de la amistad. ¿A qué habría venido? A Hermione se le puso piel de gallina. No. No podía ser. No estaría buscando a Severus, ¿verdad? ¿estaría buscando venganza, por ser un traidor? ¿le querría hacer daño? ¿por lo que les pasó a los Malfoy? Hermione respiró hondo. No podía arriesgar el bienestar de Severus. No después de haberle salvado la vida, después de...

- ¿Qué tal estás, Hermione?- preguntó la voz soñadora de Luna, cortando los pensamientos azorados de Hermione. Extrañamente, Luna siempre conseguía relajarla con su voz dulce y aguda.

- Mejor.- respondió. La rubia le respondió con una sonrisa perdida.

- Eso está bien.- dijo con sencillez.- ¿Y qué tal está el Profesor Snape?

La pregunta la pilló por sorpresa, y esa sorpresa la delató. No podía fingir no saber nada de él. Le echó una mirada furtiva a Malfoy, pero éste no parecía haberse inmutado. Optó por intentar desviar el tema de la conversación.

- ¿Qué planes tenéis?- inquirió, con una voz más aguda de lo normal. Su jugada era extremadamente obvia, pero a parte de un bufido de Malfoy, nadie se lo echó en cara.

- Depende del tiempo que tengamos que quedarnos aquí.- le respondió Aurora.- Espero que no sea más de un par de semanas...

- Yo quiero ver a Severus.- comentó Malfoy, que claramente no estaba dispuesto a seguirle el juego. Hermione volvió a ponerse tan tensa como al principio.

- ¿Por alguna razón en particular?- preguntó ella, con brusquedad.

- ¿No es bastante razón querer ver al querido padrino que se creía muerto durante cinco años?- respondió Malfoy, con una pequeña y gélida sonrisa.- Porque estos próximos cinco años no daréis señales de vida, ¿verdad, Granger?- añadió, la acusación brillando entre las líneas.

Hermione levantó ligeramente la barbilla, desafiante. No habían tenido que coincidir mucho el tiempo que habían sido compañeros de trabajo, pero el desagrado mutuo no había cambiado. Viendo que el ambiente se estaba caldeando, Aurora decidió intervenir.

- Hemos traído nuestras propias tiendas de campaña.- comentó, cambiando bruscamente de tema. Tanto Malfoy como Hermione giraron la cabeza para fijarse en la profesora de Astronomía.- No necesitaremos hospedaje. Pero a mí también me gustaría ver al viejo Severus.- añadió, con una bella sonrisa.

Hermione supuso que aquel último comentario tenía el objetivo de apaciguarla, pero en vez de eso, la Gryffindor sintió una aguda punzada de celos. Se enfadó consigo misma por aquella irracional e injusta reacción, que tan infantil y egoísta era, y su cabeza ordenó hacer lo contrario de lo que le decían sus tripas: sonreír con la mayor naturalidad posible.

- No dudo en que estará encantado de veros.- dijo, forzando cortesía y amabilidad en su voz y en su actitud.

- Yo tampoco.- respondió Malfoy, su pequeña sonrisa tan fría como antes. Los labios de Hermione no titubearon, pero sus ojos dejaron de sonreír. Al fin y al cabo, su falsedad diplomática tenía un límite.

Luna se deslizó de su sitio hasta donde estaba la Gryffindor, y agarró con delicadeza su brazo. El efecto de aquel contacto fue instantáneo: a Hermione le recorrió una sensual descarga que hizo esfumar parte de la tensión que tenía. La mitad del cerebro de la joven Granger ya no estaba irritada o celosa, sino focalizada en la mano de su amiga.

- Me alegro de verte, Hermione.- le dijo, con su callada voz de soprano. La mencionada se sintió como si le hubiesen echado un balde de agua caliente por la espalda.

- Yo también, Luna.- murmuró, casi en trance. ¿Cómo lograba Luna tranquilizarla con tan poco?

Aisha y Joséphine habían terminado de hablar, y ambas se acercaron hacia el grupo haciendo crujir las hojas que cubrían el suelo.

- Vosotros podéis poner vuestro camping en mi jardín.- dijo Joséphine, cuando llegaron a la altura de las demás.- El tiempo de comprar los abraxanes y de os poner en contacto con aquellos de la Alhambra.

- Voy a hablar con mis amigos de la Alhambra, para ver cómo podemos llegar hasta Granada. Desgraciadamente, no será posible llegar directamente en traslador. El califato tiene un control muy estricto en sus fronteras.- informó Aisha.- Además, es mejor si no nos hacemos notar. Se supone que no debemos estar aquí, al fin y al cabo. No nos conviene que las instituciones sepan de nosotros. No sé cuánto tiempo tardaremos en llegar…

Aurora parecía estar molesta, pero nadie más dijo nada. Al final, fue Joséphine quien rompió el silencio.

- Bien. Entonces, vamos a mi casa.

Hermione sintió ganas de suspirar, pero se contuvo. Con un movimiento de varita, invocó a unas de las lechuzas que Joséphine tenía en su casa y con otro, un pergamino, una pluma y una tinta. Escribió un corto mensaje para avisar a Severus de que iban hacia allá, y urgió a la ave de que volase con rapidez.

Febrero del 2000. Morbihan.

No tardaron mucho en llegar. Hermione seguía sintiéndose un poco incómoda, mortificada por los violentos celos que había sentido con las palabras de Aurora, y nerviosa con Malfoy.

Severus salió a recibirlos con su gabardina de cuero oscuro. Había decidido dejar suelto su relativamente largo pelo, y el corazón de la Gryffindor se aceleró al verle: el suave viento azotaba su cabellera, negra y decorada por canas, y que acariciaba su blanco rostro sin llegar a molestarlo. Daba una imagen de elegancia; y a la vez, tenía un deje aristocrático: sonreía discreta pero afablemente, los ojos calurosos y las manos enlazadas tras su espalda. Una atractiva mezcla entre Severus y el Profesor Snape. Hermione notó que el hombre estaba contento, aunque no fuese muy expresivo: sus ojos saltaban de Aurora a Malfoy, y de Malfoy a Aurora. Hermione bajó la vista a sus pies, avergonzada por el violento estallido de celos que sentía en el pecho.

- Voilà.- escuchó que decía Joséphine.- Mi casa.

- Severus.- dijo Aurora con noble tranquilidad.- Me alegro mucho de verte, viejo amigo.

- Y yo, Aurora.- respondió él, con una voz tan aterciopelada como la de ella, pero infinitamente más grave.- ¿Y tú, Draco? ¿qué tal estás?

Hermione no se atrevió a mirar al rubio. Sus ojos seguían creando agujeros en la tierra.

- Mejor después de verte vivo, querido padrino.

La Gryffindor se atrevió a echarle una mirada furtiva. Con unos pocos movimientos fluidos, Malfoy llegó a la altura de Snape y rodeó su cuello con sus brazos. Hermione volvió a clavar la mirada en sus zapatos con rapidez. Malfoy parecía un joven amante colgado del cuello de su galán; tenía un no-sé-qué entre infantil, caprichoso, femenino y seductor que incomodó a la joven Granger. Decidió mirar a las demás para quitarse la imagen de la cabeza, y se encontró con la cara de Aurora, rígida y seria. ¿O era su imaginación?

Para el asombro de Hermione, y probablemente el de las demás, Severus soltó sus manos y le dio un caluroso abrazo a su ahijado. Malfoy seguía rodeando el cuello de su padrino, creando entre los dos una escena tierna... y erótica. La Gryffindor volvió a bajar los ojos hasta el suelo. Estaba azorada, confusa. La escena se le hacía atractiva, y menos irritante de lo que hubiera esperado.

Durante unos eternos instantes, ambos hombres se quedaron en aquella posición. El trino de pequeñas aves forestales retumbaba en el silencio. Al final, Joséphine volvió a tomar la iniciativa:

- Allons à l'intérieur.

Todas salieron de su trance, todas menos Luna, obviamente; y entraron poco a poco al hogar de la anciana.

xxoOoxx

Una vez en el interior, Joséphine las hizo sentarse al rededor de la gran mesa de madera. Severus parecía irradiar felicidad, y aquello aceleraba los latidos de Hermione. Era como el sol, pensó; luminoso, pero imposible de mirar directamente. La joven mantuvo su vista fija en las visitantes o en la habitación.

- ¿Qué nuevas traéis de Gran Bretaña?- preguntó Severus, con un tono uniforme que no conseguía esconder por completo sus ansias de saber.- ¿Qué pasó al final de la guerra?

- ¿Granger no te ha contado nada?- respondió Malfoy, con un tono de frío reproche.

La cara de Snape se volvió más sobria.

- Me ha contado una parte... pero me falta la otra.

Hermione se sintió mortificada. ¿Acaso no había tenido suficiente con lo que ella le había dicho? ¿no se fiaba de su palabra? Se sentía ligeramente indignada, y muy dolida, pero decidió mantener el silencio. Malfoy y Aurora se miraron entre sí, como evitando la responsabilidad de hablar. Severus, algo impaciente, preguntó de forma más directa:

- ¿Qué fue de vuestra familia, Draco? ¿Qué ha sido de Lucius? ¿Y de Narcissa?

Las tan temidas preguntas, los tan terribles temores. Hermione se removió en su asiento, aún más incómoda. Malfoy tomó su tiempo para responder:

- Están en Azkaban. Todos los seguidores que el Ministerio consiguió atrapar están en Azkaban, y también todos aquellos que se presume que colaboraron con ellos.

Se hizo un silencio sepulcral. La mirada de Severus se tornó tan seria y dura como la del Profesor Snape, y la clavó durante unos mudos instantes en los azules ojos de su ahijado.

- Pero tú estás fuera.- dijo el moreno con seriedad.

- Sí.

Otro silencio cargado.

- ¿Por qué?- indagó Snape, y a Hermione le pareció ver una sombra que cruzaba su cara.

- Gracias a Potter.- dijo Malfoy tensamente, con un tono de desagrado que contradecía sus palabras.- Habló a mi favor en los juicios de posguerra, y el Wizengamot aceptó las plegarias del Jesucristo Mágico, San-Potter-Mártir-Muerto-y-Resucitado-Por-Segunda-Vez.

Hermione sintió una furia abrasadora.

- Si no fuera por San Potter.- le escupió al rubio,- ahora estarías pudriéndote en Azkaban.

Había estado a punto de decir "pudriéndote con tus padres", pero era de una crueldad extrema, y además, aquél era un terreno peligroso. Sabía por Harry y por Ron que todos los mortífagos y simpatizantes capturados habían tenido que pasar por un... interrogatorio, antes de acabar en la horrenda prisión mágica. Ron había hablado de aquello con satisfacción y brutal júbilo, pero Harry se había vuelto cada vez más reservado. Había querido salvar a Lucius y a Narcissa tanto como a su hijo (algo que Ron le había reprochado), y de hecho, la mujer había tenido algunas posibilidades por haber ayudado a Harry en el último momento. Pero los Malfoy eran y habían sido una familia destacadamente pro-Voldemort, y el Wizengamot había querido dar un ejemplo. No se libraron.

Malfoy le lanzó a Hermione una mirada cargada de desagrado, pero no respondió. Él tampoco parecía querer empezar una discusión amarga y estéril. Todos callaron durante unos tensos minutos, hasta que Aurora habló con su calma autoridad; como en el bosque, intentando suavizar el ambiente.

- Pero parece que las cosas están cambiando.- le comentó a Severus.- Han habido algunas protestas para acortarles la pena a los que tengan condenas más leves... sobre todo con aquellos que no se puede demostrar con rotundidad que participasen activamente a favor del Señor Tenebroso. Y parece que una facción del Ministerio está a favor... podrían bajar las penas de veinte a diez años de prisión.

- Si, y sólo si, los condenados muestran arrepentimiento y piden perdón públicamente.- añadió Malfoy con acidez.

- Es lo mínimo después de todo lo que hicieron los tuyos, ¿no crees?- respondió Hermione con odio. Malfoy le devolvió una mirada peligrosa.

- Todos tenemos las manos sucias en esta guerra, Granger. Y los vuestros están sueltos por ahí, impunes y trabajando para el Ministerio.

Hermione cerró los puños con fuerza.

- Si hubieseis ganado vosotros, hubierais hecho lo mismo. ¡Ya lo estabais haciendo! ¿Y los muggles que matasteis? ¿Y los hijos de muggles, como yo?

Malfoy se quedó lívido. Por unos instantes, los ojos azules de Malfoy y los marrones de Hermione se encontraron y se entendieron. Bellatrix Lestrange. Y ambos sabían que ambos lo sabían. Los ojos de Malfoy se apagaron por unos largos instantes, pero al poco, volvió a brotar una chispa de rabia.

- Y qué te crees, ¿que los tuyos son unos santos?- susurró; la voz del rubio había temblado un poco.- ¿A que no sabes a quién tuve el placer de encontrar trabajando en los interrogatorios, Granger?

Hermione se sintió palidecer. No quería oír la respuesta. Porque ya la sabía.

- Ya basta.

Había sido Snape el que había cortado la conversación. Él también estaba pálido, de un pálido cetrino. Tanto Malfoy como Hermione enmudecieron. Un dolor sordo palpitaba en el silencioso ambiente.

- ¿Queréis vosotros algo a beber?- preguntó Joséphine, y sus educadas y mundanas palabras parecieron provenir de muy lejos, como del otro lado de un espejo.

- Yo le ayudo, Doña Joséphine.- respondió Aisha, y se levantó de la silla.- ¿Té para todos?

Marzo del 2000. Morbihan.

Habían pasado casi dos semanas desde aquel primer encuentro con las demás británicas. Severus había tomado la costumbre de dar largos paseos con Malfoy, y hasta Hermione dedicaba menos horas al estudio: aprovechaba para estar con Luna y Aurora... y para reflexionar en solitario. Aisha solía pasar el día fuera, hablando con unos y otros, en busca de un modo para contactar y negociar con Madame Maxime.

Hermione vivía aquello de un modo agridulce. Por un lado, agradecía la nueva compañía, especialmente la de Luna, pero por otro... Severus y ella habían vuelto a distanciarse. Habían suspendido las clases de oclumancia debido a la llegada de las otras británicas; se veían mucho menos que antes, y prácticamente nunca a solas. Delante de sus huéspedes, el poco contacto físico que habían recuperado había vuelto a desaparecer. Hermione no podía evitar echarle miradas furtivas de vez en cuando, cuando los demás parecían distraídos. Un par de veces, incluso había encontrado los grandes ojos negros de Severus clavados en ella; aunque el espejismo duraba un abrir y cerrar de ojos, literalmente.

- ¿Qué tal con Joséphine, Hermione? ¿Ya te gusta la creación de varitas?

Hermione retornó poco a poco a la realidad, sumida como había estado en sus pensamientos. Estaba sentada junto a Aurora y Luna en uno de los bancos de la fachada sur de la cabaña. El cielo estaba casi libre de nubes, y aunque no hacía exactamente calor, tampoco hacía frío. El aire estaba quieto como un gato dormido, y el tiempo parecía haberse distraído mirando el paisaje, pues parecía que había olvidado seguir su curso y que las mujeres estaban en un cuadro muggle.

- La verdad es que es muy satisfactorio.- le respondió a Aurora.- Y no es que haya mucha gente ejerciendo la profesión. Puede ser un buen oficio...

Volvieron a sumergirse en un cómodo silencio, hasta que Aurora retomó la palabra.

- Entonces, ¿es ése tu plan de futuro? - le preguntó a Hermione. Ésta frunció el entrecejo.

- No estoy segura.- respondió.- No creo que tenga ningún plan de futuro...

Aurora esperó unos instantes antes de volver a hablar.

- Hermione, querida... ¿qué te parece venir con nosotras? Es una ocasión única. En la Alhambra y Alejandría se guardan tantos secretos y saberes que estoy segurísima de que te encantaría visitarlos. Los magos y brujas del mundo árabe desarrollaron sus conocimientos por vías que en Europa ni se imaginan.- los ojos negros de la bruja negra brillaban de pasión.- Piénsatelo, Hermione. Estoy segura de que habría una manera de conseguir que vinieses. Aisha no se opondrá, al contrario.

Hermione se sentía mal; culpable y dividida. Hacía a penas dos años, no hubiera dudado ante semejante oportunidad de aprender cosas nuevas. Pero ahora...

- Es... una oferta muy interesante, Aurora.- comentó con voz débil. No se atrevía a confesar que por muy interesante que fuera la oferta, no la interesaba tanto como debería. Pero Aurora percibió aquella información en el tono de su voz. Giró la cabeza y miró a su antigua alumna con mucha seriedad.

- Es cierto que Joséphine es muy anciana,- empezó diciéndole a Hermione,- pero tiene buena salud, y estoy segura de que aún tiene unos cuantos años por vivir.

Hermione clavó la mirada en el suelo. Las palabras de Aurora eran duras, pero ciertas.

- Sin embargo, - prosiguió la Jefa de la Casa Slytherin, - entrar en La Alhambra o en la biblioteca de Alejandría es un privilegio reservado a muy pocos.

Hermione oyó reproche en la voz profunda de Aurora, aunque la cara de la otra mujer estuviese perfectamente tranquila.

- Lo sé.- dijo la joven Granger, con voz ahogada.

- No quieres dejarlos atrás, ¿verdad? - interrumpió la voz soñadora de Luna, y todas entendieron que se refería a Joséphine, Claude y sobre todo, Snape.

Hermione afirmó con un silencio. Al poco, Aurora soltó una carcajada.

- Ya sé por qué el Sombrero Seleccionador no te puso ni en Ravenclaw ni en Slytherin, querida.- le dijo.- Lo que no sé es por qué no te puso en Hufflepuff, con lo mucho que valoras tus amistades...

Una vez más, Hermione prefirió no responder. Aurora siguió hablando.

- Pero ten cuidado, Hermione.- la miró con unos ojos profundos, tan profundos que Hermione no estaba segura de alcanzar a ver el fondo.- No dejes que los lazos que te unen a tus seres queridos se conviertan en cadenas que te impidan realizarte como persona. Fui tu profesora. Te conozco lo suficiente para saber que tienes una curiosidad abrasadora quemándote por dentro, ansiando aprender, descubrir y crecer como bruja. No dejes que el miedo a la soledad te impida saciar tu sed de conocimiento.

Aurora la miraba con seriedad, con una genuina preocupación por el bienestar de Hermione. La joven mujer tuvo que apartar la mirada y clavarla en el lado opuesto. Tenía los ojos ardiendo, aunque consiguió secarlos a tiempo y no dar indicio de que había estado a punto de llorar. Se sentía culpable, increíblemente culpable. Aurora había dado en el centro mismo del blanco. No dejes que los lazos que te unen a tus seres queridos se conviertan en cadenas que te impidan realizarte como persona. Por Merlín. Era lo que le había pasado con Ron, se dijo a sí misma, horrorizada. Había dejado que el miedo a la soledad ganase a sus ganas de independencia.

Hermione sintió el brazo de Luna rodeándole los hombros y escondió su cara entre las manos. Severus. Severus Snape. ¿Acaso estaba dejando que se repitiese la historia? ¿Estaba cediendo sus ambiciones a favor de conservar sus lazos de amistad, de...?

- Hermione, no pasa nada.- le susurró la voz suave de Luna, cortando su torbellino de pensamientos.- No eres ni Slytherin ni Ravenclaw, y tampoco eres Hufflepuff. Eres Gryffindor. Por algo será, ¿verdad?

La joven Granger descubrió su cara y forzó una sonrisa para demostrarle a Luna que apreciaba su intento de animarla, aunque lo de definir la gente por las Casas que se les habían asignado de niñas ya empezaba a molestarla seriamente. Miró a la profesora de Astronomía, que no parecía que esperase que sus palabras tuviesen un efecto tan duro en Hermione. Aurora formó una media sonrisa arrepentida y se encogió los hombros.

- Bueno, sólo son los consejos de una Slytherin. ¿Desde cuándo escuchan los Gryffindor lo que tengan que decir los Slytherin? - bromeó, intentando, ella también, subir los ánimos de Hermione.

Pero el problema era que Hermione sí que escuchaba a los Slytherin, y los escuchaba con mucha atención. Las mujeres cambiaron el rumbo de la conversación, pero el dilema de Hermione seguía intacto, en el mismo lugar donde había estado antes, proyectando una sombra en cualquier otro pensamiento que la bruja tuviese.

Marzo del 2000. Morbihan.

A la mañana siguiente, Luna y Hermione salieron a dar un paseo por el lindero del bosque donde vivían. Era media mañana, el día era templado para ser marzo, y en frente tenían extensas y desnudas tierras de cultivo, en el que en un par de meses sembrarían maíz. Gorriones y lavanderas jugaban a esconderse en el paisaje, para luego volver a saltar a la vista por aquí y por allá. Luna tenía la mirada perdida en el horizonte, como de costumbre, y Hermione también miraba hacia el mismo lado, pensativa. La rubia la sacó inesperadamente de sus cavilaciones:

- Hermione, tengo una pregunta muy importante que hacerte.

La mencionada recordó la conversación del día anterior y se puso un poco nerviosa. Luna fijó su mirada en su amiga y volvió a hablar:

- He visto que vivís en un bosque con mucho muérdago, Hermione. ¿No te molestarán los nargles, verdad? ¿No te habrán robado nada?

La Gryffindor no sabía si reírse abiertamente o no. Decidió sonreír y responder:

- No, Luna, tranquila. Los nargles no me molestan, ni ningún otro ser mágico.

- Bien. Eso está bien.- sentenció la rubia, que volvió a dirigir sus ojos hacia el horizonte.- Eres más feliz ahora que antes. ¿Verdad?

Aquella pregunta parecía ser tan ridícula y simplona como la primera, pero la sonrisa de Hermione titubeó. Luna tenía una capacidad abrumadora de parecer tonta, sin serlo. La cara de la Gryffindor se volvió más sobria.

- Sí...- admitió, despacio.

- ¿Y qué tal lo lleva Severus?

Hermione la miró ligeramente incomodada; Luna no había tenido problemas en acostumbrarse a llamarlo por su nombre de pila. La Gryffindor levantó los hombros y los volvió a dejar caer.

- Tendrías que preguntárselo a él.

- ¿No habéis hablado sobre la posguerra?

- Pues...- silencio incómodo.- No mucho...

Luna no insistió, algo que Hermione le agradeció. Se levantó una ligera brisa fresca que hizo tiritar de frío a las brujas; la Gryffindor procedió a murmurar un par de hechizos que les mantendrían calientes. Durante un largo rato, los únicos que rompían el silencio eran los pajarillos que tenían al rededor. Sin embargo, de repente, Hermione se sintió inspirada:

- ¿Y tú qué tal, Luna? ¿Te ha estado robando algún nargle?

Bingo. La rubia sonrió con su gran sonrisa neblinosa y apartó sus ojos del horizonte, para fijarlos en la cara de su amiga.

- Últimamente no. Estoy de suerte.- respondió, y añadió:- ¿Ya has descubierto por qué querías salvar a Severus?

Si Hermione hubiese estado bebiendo agua, se hubiese atragantado. Sin embargo, y en aquellas circunstancias, se limitó a borrar su sonrisa instantáneamente.

- ¿Qué pregunta es ésa, Luna? Ya sabes por qué decidimos salvarlo. Si le preguntaras a Harry, te respondería lo mismo.

- ¿Por pagar la deuda que teníais con él?

- Exacto.

- ¿Porque se merecía una segunda oportunidad?

- Sí.

- Ésas son las razones que te dio Harry para salvarlo. ¿Cuáles son las tuyas?- sonrisa soñadora.- ¿O aún no lo tienes claro?

Hermione estaba bastante molesta, algo que no le solía pasar con Luna desde que eran estudiantes. Era fácil olvidar que bajo aquel antifaz de despiste y tontera, existía una Ravenclaw muy perspicaz. El problema, se dijo Hermione, era que la agudeza Ravenclaw de Luna tenía la fastidiosa manía de asomar su rostro en los momentos más incómodos para la joven Granger.

- ¿Acaso necesito más razones para justificar lo que hice?- preguntó, desafiante.

- No.- dijo la rubia con una sonrisa de fumada.- Pero los tienes, ¿verdad?

Hermione resopló y apartó su mirada hacia el horizonte. Su amiga estaba siendo bastante terca. ¿Qué más le daría a ella por qué había querido salvar a Snape? Después de un rato, Hermione refunfuñó:

- Sí, tenía otros motivos personales para hacerlo.

La sonrisa de la rubia se ensanchó. Había dejado de parecer soñadora para tomar un tinte pícaro. La bruja de pelo castaño empezó a confesar:

- La verdad... mira; yo en ese momento estaba muy mal.- la sonrisa de Luna se diluyó.- Y... quería cambiar. Cambiar mi vida, cambiar mi forma de ser... por un lado, rescatar a Severus era un modo para huír de La Madriguera y de Hogwarts.- reconoció, tanto a Luna como a sí misma.- Y por otro lado... me decía que... si el amargado Profesor Snape podía cambiar su forma de ser; vivir más feliz... bueno... que yo también podría hacerlo.

- Ya veo.- comentó Luna, pensativa.- Es una respuesta interesante... y honesta.- añadió, con una pequeña sonrisa pacífica.- Pero, ¿seguro que es la única razón?

- No entiendo qué quieres decir, Luna.- mintió Hermione.- ¿Qué más quieres que haya?

O bien la Ravenclaw no se atrevió a responder, o bien se había cansado de tirar de la cuerda; pero se quedó en silencio. Al ver que su amiga no pensaba seguir por aquel camino, Hermione se relajó.

- Hace un tiempo espléndido.- comentó al aire.

- Sí, así es...

- ¿Quieres seguir bordeando el lindero?

- Mmm... Creo que volveré a casa.- respondió Luna, mirando a su amiga con cara soñadora.- Quiero preguntarle a Joséphine si hay gingerpweenies por aquí...

Hermione sonrió con cierta ternura, los ojos fijos en el rostro de la rubia.

- Pues... yo no tengo ganas de volver aún.- comentó.- Me quedaré un rato a solas...

Luna parecía no haberla oído, aunque la Gryffindor sabía perfectamente que lo había hecho. De repente, la rubia se le acercó con fluidez y le plantó un beso en la mejilla.

- Buena suerte con Severus.- le susurró al oído; se separó, la saludó con la mano y se adentró en el bosque saltando como Heidi; dejando atrás a una muy sonrojada Hermione.

Habían pasado a penas unos minutos desde que Luna la había dejado. Hermione aún estaba sonrojada, y sus dedos estaban tanteando dentro de los bolsillos, en busca de la pipa de Henry Granger y de la peppermary. El viento se había levantado aún más; y nada más darle un par de caladas a la pipa, la joven escuchó voces que llegaban desde un lado del bosque. Alguien, o mejor dicho algunos, estaban bordeando el lindero y se estaban acercando a donde ella estaba. Hermione reaccionó instintivamente; apagó la pipa con un hechizo susurrado y se escondió entre los árboles más gruesos. Para cuando los dos individuos llegaron, Hermione estaba tras un grueso roble y un más grueso hechizo desilusionador.

- ...no puedo visitarlo más de una vez cada quince días.- dijo una voz arrastrando las palabras.- Y sólo durante cuarenta minutos.

Malfoy, pensó Hermione.

- ¿Y Narcissa?- dijo una voz pausada y vibrante. El corazón de la Gryffindor dio un vuelco; era la voz de Snape.

- Lo mismo... además, no pueden mandar más de una lechuza por semana. Mi madre está tan débil que ya casi no consigue escribir... su caligrafía se ha vuelto pésima.

- ¿La ayuda Lucius?

- Están en celdas diferentes, lejos de entre sí. No saben nada el uno del otro.

Hermione sintió un nudo en el estómago. Los Malfoy, y los mortífagos en general, la habían hecho sufrir mucho; y no podía evitar odiarlos... pero era la primera vez que escuchaba detalles sobre las condiciones en las que estaban los presidiarios.

- De vez en cuando, los aurores se divierten atormentándolos.- dijo la voz quebrada de Malfoy. Hermione sintió frío en la espalda, y contuvo la respiración. Hubo silencio durante un rato, hasta que la profunda voz de Severus lo rompió:

- ¿Sólo a Lucius y a Narcissa?

- No... hay mucha sed de venganza. Y el que gana es el que manda.- resopló Malfoy con acidez.

- Sí... -afirmó Severus.- Y si hubiese ganado Voldemort, hubiera pasado lo mismo... o peor.

El rubio no respondió. Hermione soltó el aire que no sabía que había retenido con suavidad, para no sacar ruido, y con la misma suavidad, volvió a respirar.

- Voy a volver a la tienda, Severus.- la voz de Malfoy parecía estar desinflado.

- Yo creo que me quedaré un poco más aquí.

- Cuídate...

- Hasta pronto, Draco.

Al poco tiempo se escuchó un "crack" que indicó a Hermione que Malfoy había desaparecido. Y entonces, cayó en la cuenta.

Estaba a solas con Severus.

¿Por qué se sentía tan aterrada, de repente?¿Qué haría, seguir escondida y esperar a que se fuese? ¿Descubrirse y aprovechar para estar con él a solas?

El corazón de Gryffindor latía con fuerza.


Chère Isis, tes beautés ont troublé la nature es la primera línea de un poema de Théophile de Viau.