Y mira hacia arriba, hacia esa ventana tan alta, tan lejana, donde el viento se entretiene empujando las cortinas, una por una, provocando un murmullo suave, delicado, que podría adormecer a cualquiera.

Espera, espera un buen rato, a sabiendas de que, aunque es bienvenido en esa habitación, jamás podrá verla como él quiere. Y entonces la ve, tan lejos, tan inalcanzable, como una ilusión. Sus ojos se alimentan con la visión de la piel de porcelana apenas cubierta por una blusa de seda, su pelo bailando con la brisa que trata de despeinarla.

Y la ve, como siempre, escondido como un rufián, porque él sabe que jamás será suya, porque siempre será su mejor amigo, su hermano, su ayudante, nunca su amor, nunca el dueño de sus suspiros.

Y sigue mirando y siente que podría morir allí, podría quemarse con la sensación de solo imaginar la suavidad de esa piel contra la suya, de ese calor bajo el hielo que ella pretende ser.

Y así sería feliz.

Mira hacia arriba, los muros oscuros parecen empalidecerla, sus ojos son más duros que de costumbre, su boca se aprieta con furia, parece que quiere ser una encarnación de Némesis cuando ella debiera ser hija de Venus y Marte.

Y la mira y se pregunta por qué debe amarla tanto cuando ella no le mira más, por qué su corazón está condenado al sufrimiento. Y entonces la vuelve a ver y su ojo bueno se enceguece, lo hace torpe y cae contra una pared, gimiendo.

Está tan lejos de su amor que ya no la puede ver.

Y es por eso que no se da cuenta.

No ve que ella no pierde sus movimientos, no ve como una lágrima baja por su mejilla, no puede darse cuenta que ella quiere correr a su lado.

Ni siquiera imagina que ella lo espía en las noches, que ella lo persigue durante su guardia, que ella muere de celos cada vez que una sirvienta o cualquier otra mujer se le queda mirando. Que ella lo busca en las formaciones, rezando porque nada malo le suceda.

Y no puede ver la llama que arde en el fondo de sus ojos de cielo cada vez que lo mira de cerca, no puede ver sus labios entreabiertos, suplicando por los besos que un día rechazó, no puede ver los puños apretados, los dedos que tiemblan por acariciarlo.

Están tan cerca uno del otro, tan cerca, pero tan lejos, tan lejos que sus corazones no pueden rozarse siquiera.

Quizá, cuando al fin puedan verse realmente, su historia tenga que terminar.

Pero, por el momento, solo les queda perseguirse hasta que el juego los enloquezca lentamente por toda la eternidad.

Basada en Weit Weg de Rammstein (aunque la canción habla de un voyerista)

Espero les guste, cualquier comentario se agradece.

Nos leemos en la próxima entrega, ya sea aquí o en Libertatem.