Había una vez un jardinero. Un jardinero que tenía una sola flor en su jardín, una rosa rodeada de espinas que, tercamente, se mantenía encerrada en su botón, las púas a su alrededor manteniéndola lejos de los dolores del mundo.
El jardinero la protegía sin que ella lo notase, la contemplaba y, en silencio, deseaba que esa preciosa flor algún día abriese sus pétalos para él, pero el tiempo pasó y eso no ocurrió. Un día, por el jardín pasó un noble vestido con sedas y joyas y la rosa se enrojeció. Sola con el jardinero, no comprendía lo que era el amor y se dijo que lo que provocaba ese noble en ella era amor.
Con timidez, abrió sus pétalos para que ese hombre pudiese verla en todo su esplendor, sorprendiendo al jardinero, pero el noble ni siquiera la notó, embelesado por una mariposa azul que volaba por entre las hierbas.
La rosa se amargó, reclamándole al jardinero, quien acarició sus frágiles pétalos, sin darse cuenta de que la estaba lastimando. La flor se asustó tanto que volvió a encerrarse en su botón, obligándolo a dejarla, excusándose con que ella debía aprender a cuidarse sola.
Y al jardinero le dolió, pero lo comprendió, la había lastimado y ella necesitaba volver a sentirse en paz, pero le dolía ver como ella siempre parecía estar molesta con él. Pero, aun así, no la abandonó.
La rosa, silenciosamente, comenzó a ver a su jardinero, a mirar sus ojos tristes, su cabello negro caer sobre sus hombros y esas manos llenas de arañazos, llenas del dolor que ella había provocado. Sintió su perfume en el aire y comenzó a añorar verlo llegar todas las mañanas, escondiéndose más en sus hojas cuando él la dejaba.
Y se dio cuenta que quería ser hermosa para él, quería que la acariciara, que él fuese él único que pudiese disfrutar de su suavidad. Aunque no sabía como expresarse, no sabía cómo afrontar el amor que había descubierto por su jardinero.
Una noche como cualquier otra, con gotas de agua entre sus hojas, se abrió ante él antes de que pudiese dejarla sola nuevamente.
Ambos se descubrieron esa noche, sus vidas se entrelazaron.
Soñaron juntos una vida entera y se amaron.
Creyeron en la eternidad, pero olvidaron que las flores y los jardineros mueren.
Pero, por unos minutos, su amor no tuvo fin.
Basada vagamente en Rosenrot de Rammstein.
(Me voy a trabajar en el próximo capítulo de Libertatem, nos leemos pronto, ya sea allá o acá)
