Capítulo 17
Después de las horribles casi seis semanas que llevaban en Mirkwood, Bilba estaba segura que la situación ya no podría empeorar. El hambre, frio y constante sensación de estar siendo observados los había llevado a todos a un estado de irritación constante. Cada día parecía ser más largo y las noches más oscuras. Cuando intentaron prender un fuego la primera noche, para calentar un poco sus provisiones y mantener alejadas a las criaturas que los asechaban, fueron atacados por polillas. Tal vez esto no sonaba tan preocupante, pero solo el pensar en el tamaño de esas monstruosidades hacía que les recorrieran escalofríos por la espalda a la mitad de la Compañía. Fue solo gracias a Bilba que consiguieron quitárselas de encima. Ya llevaban más de media hora luchando con los insectos tan largos como para que uno bastara para cubrirles la cara, cuando, entre manotazos para alejarlas de su pelo, Bilba había pateado la olla con la sopa que Bombur estaba preparando. Cuando el contenido de esta cayó sobre el débil fuego que habían conseguido prender, lo extinguió en cuestión de segundos.
Hubo unos segundos en que la oscuridad los envolvió y Bilba temió haber condenado a la Compañía. Pero en cuanto la luz desapareció, las polillas los dejaron.
Desde ese día, no habían vuelto a encender un fuego.
Los enanos no tenían muchos problemas con la oscuridad. Sus ojos estaban acostumbrados a recorrer los túneles de las montañas sin luz alguna. Incluso en las noches más oscuras era capaces de ver con cierta claridad sus caminos y distinguir los contornos de lo que tenían al frente. Pero Bilba no tenía esa habilidad, lo que la había vuelto completamente dependiente de los enanos en cuanto caía el sol. Por suerte, siempre había alguno dispuesto a darle la mano para guiarla si es que seguían caminando, haciendo de lazarillo para la hobbit.
El otro problema de no poder encender fuego en la noche, era el frio. Ni todas las mantas que le había entregado Beorn eran capaces de mantenerla caliente durante las noches. El resto de los enanos no parecía tener problema con la temperatura, por lo que Bilba era la única que se dormía y despertaba temblando de pies a cabeza, sus dientes castañeando. Fue al final de la primera semana que ese problema tuvo su solución y fue Bofur quien la dio.
Había sido una noche especialmente helada y todo el campamento podía escuchar los tiritones de Bilba. Bofur se removía bajo sus mantas, sin poder dormir por el ruido.
"¡Ya no lo aguanto!" se levantó gritando de su lugar junto a Bombur y Bifur y les dijo "Tomen sus cosas, esto no puede seguir así"
Habían pasado solo diez minutos desde que se habían acostado y Dwalin montaba la primera guardia, pero no había nadie que se hubiera dormido aún, por lo que todos se le quedaron mirando sin entender. Su hermano y su primo se apuraron en hacerle caso, tomando las mantas que usaban cada noche, y lo siguieron al otro lado del campamento, donde Bilba ni siquiera se había movido, intentando mantener el poco calor corporal que tenía.
"Bombur, ponte a su derecha; Bifur, tu a sus pies" fue lo único que les dijo antes de dejar caer sus cosas junto a Bilba, acostándose pegado a ella. Bombur se apuró en hacer lo mismo al otro lado, mientras que Bifur ni siquiera objetó el lugar que le había designado, tapando los pies descubiertos de la hobbit antes de acostarse junto a ellos y ponerse a roncar en lo que parecieron segundos.
"¿Qué crees que están haciendo? Esto no es correc…"
"Ni siquiera termines esa oración, muchacha. Es por tu propio bien. Terminaras partiéndote los dientes de lo fuerte que chocan entre ellos" dijo Bofur, apretándola contra Bombur, en cuestión de segundos se sentía más cálida "Y no te preocupes de si es correcto o no. Nadie de la familia Ur te hará daño alguno, pensamos en ti como nuestra hermana. Esto es solo tu familia evitando que pases frio en la noche"
A la mañana siguiente, Bifur, el líder de la familia al ser el mayor hombre vivo, se encargó de hacer una nueva trenza en el pelo de Bilba. La misma trenza que él, Bofur y Bombur ocupaban. Bilba no fue en la única en derramar una lagrima al final de la breve ceremonia. La trenza la marcaba como la nueva integrante de la familia Ur. A partir de ese día, los Ur se unieron a los Ri para proteger y ayudar a Bilba en todo lo que podían. Todas las noches, la rodearon y se encargaron de que permaneciera caliente. Por primera vez desde la muerte de sus padres, Bilba durmió rodeada de su familia.
La adopción por parte de los Ur era lo único que Bilba podía rescatar de lo que llevaban en Mirkwood. Aproximadamente una semana después, Bombur cayó a un rio al ser asustado por un ciervo blanco. Se había demorado tres semanas en despertar. Todo el tiempo lo tuvieron que cargar entre cuatro o de a uno, en el caso de que lo llevara Dori u Ori. Esa había sido una sorpresa para los integrantes de la Compañía. Todos habían escuchado de la leyendaria fuerza de los Ri, pero Dori era el único que, hasta el accidente, parecía haberla heredado. Nori había dejado claro que no tenía las mismas capacidades de su hermano mayor. Pero cuando Ori había tomado a Bombur por la manga flotando para sacarlo del agua, más de una boca cayó al suelo al ver como lo levantaba como si no pesara más de un par de kilos, todo con una mano. Ni siquiera sus hermanos parecían saber sobre la fuerza del joven Ori.
Pero uno pensaría, que después de todo lo que les había ocurrido, no tendrían más problemas. Ya habían cumplido con la cuota de desastres para el viaje. Trolls, orcos, Azog, polillas… ya era suficiente. En especial porque les esperaba un dragón al final del viaje. Pero no. Ahora Bilba estaba luchando con arañas gigantes, las que le habían robado a su familia y amigos, para meterlos en capullos de seda que pendían de los arboles. Ni siquiera quería pensar en que harían con ellos si es que no conseguía rescatarlos. Porque sabía que es lo que les ocurriría. Eso solo la hacía luchar con más energía, fiereza y precisión.
Bilba sabía que era la única que podía hacer algo por sus enanos. Pero incluso con todo lo que había aprendido en su tiempo entrenando, no sería capaz de vencer a las arañas. Estaba desesperada. No importaba cuantas arañas matara, dos o tres aparecían por sobre el cuerpo de la que acababa de matar. Fue solo el amor por sus enanos y el deseo de poder salvarlos la que lo llevó a hacerlo. Sabía que no debería. La sola idea la hacía sentirse enferma, pero este no era el momento para darse lujos de pensar en los contra de lo que estaba a punto de hacer. Los susurros del anillo le prometían darle el poder necesario para salvarlos.
Al ver que un grupo de más de diez arañas venía hacia ella, se puso el anillo que hasta hace unos momentos colgaba de su cuello. Apenas lo hizo, cayó de rodillas por un inmenso dolor en el pecho y hombro, donde la cicatriz oscura parecía palpitarle. Su visión era borrosa, el mundo se veía en diferentes tonos de gris.
Pero ahora las arañas la buscaban, desorientadas por su repentina desaparición, alejándose cada vez más de ella. A pesar del dolor, corrió entre la rama de los árboles, agradeciendo todas las veces que jugó sobre los arboles cercanos a la Comarca cuando era una niña. Mientras corría hacia donde habían quedado los enanos, fue cortando a las arañas desprevenidas que se cruzaban en su camino. Para su sorpresa, ahora entendía los chirridos de las arañas, lo que le llevó a ponerle nombre a su espada, Dardo.
Alivio inundó su cuerpo al ver los capullos colgando de los árboles, pero sabía que no tenía mucho tiempo, por lo que se puso a cortar rápidamente, rogando que al caer, nadie se lastimara demasiado. Fue fácil reconocer el capullo donde se encontraba Bombur y solo le quedaba suponer que el más grande era el de Dwalin. Pero el resto eran más a menos iguales entre ellos, por lo que Bilba no tenía ni idea de a quien estaba liberando. Cuando finalmente terminó de bajarlos de los árboles, se apuró en bajar para rajar la seda de araña que los tenía atrapados. Al ver que algunos de los capullos se retorcían cuando llegó abajo, la esperanza llenó su corazón. ¡Seguían vivos! Cambiando a uno de sus cuchillos para no dañar a alguien por accidente, empezó a cortar la tela. Dwalin, Oin, Gloin, Fili y Bifur fueron los que alcanzó a liberar antes de que llegaran más arañas, atraídas por lo quejidos de los enanos y los ruidos que hicieron al caer.
"¡Liberen al resto y luchen!" les gritó antes de correr hacía una araña, matándola y seguir hacía el bosque, haciendo el mayor ruido posible, de forma que la siguieron la mayoría de las arañas que se acercaban.
Por la adrenalina del momento, no notó que aun llevaba el anillo puesto y que los enanos no la habían visto, por lo que la buscaron extrañados mientras seguían sus órdenes.
Bilba había alcanzado a matar otras cuatro arañas antes de que estas se volvieran a alejar en dirección a los enanos, desde donde se escuchaba una gran revuelta. Maldiciendo, corrió de vuelta hacia ellos.
La sorpresa que sintió al verlos rodeados de elfos la hizo detenerse de golpe. Por un segundo pensó que estaban salvados, pero al darse cuenta que los arcos estaban apuntando a los enanos y como estos trataban de protegerse las espaldas, supo que era mejor si permanecía oculta. Seguiría a sus enanos cautivos, no los abandonaría. Los contó rápidamente y al darse cuenta que estaban los trece, los siguió con cautela.
Cuando Legolas oyó a los guardias de su padre, hace unas cinco o seis semanas, decir que habían entrado intrusos a Mirkwood, ni siquiera se molestó en levantar la mirada del libro que tenía sobre sus rodillas. No había nada de extraño en ello. Cada cierto tiempo, los niños de Laketown se aventuraban a los bordes del bosque, jugando ser grandes caballeros o buscando las criaturas mágicas que habitaban supuestamente en él. Más de una vez Legolas se les acercaba y se dejaba ver a lo lejos, entre las ramas de los árboles, haciendo morisquetas, para escuchar los gritos sorprendidos de los niños, sus risas emocionadas. Los niños corrían de vuelta a sus casas, contándoles a todos los que se les cruzara que habían visto a un elfo. Muchas veces las historias variaban lo suficiente de la realidad hasta que parecían grandes aventuras épicas. Era algo que hacía para romper la rutina y alegrar a los jóvenes corazones, tanto los de los niños humanos como el de Legolas. Su padre y los otros elfos del Mirkwood no entendían por qué se molestaba en hacerlo. Lo veían como una pérdida de tiempo. Solo Tauriel lo acompañaba cada diez años. Por un segundo pensó en ir hacia los intrusos, para no defraudar a los niños, pero su lectura lo tenía atrapado.
No tardó en olvidar lo que había oído de los "intrusos", por lo que ni siquiera pensó en ello por las siguientes semanas. Eso cambio cuando vio que Tauriel se armaba de sus cuchillos favoritos. Corrió hacia ella y empezó a ponerse sus protecciones de los brazos.
"Mellon, ¿qué está pasando?" le preguntó, mientras tomaba su arco y se lo colgaba en la espalda.
"Las arañas se han vuelto más osadas. Ahora están atacando a un grupo cerca del palacio. Tu padre nos ha ordenado que nos encarguemos de ellas y traigamos a los enanos" le dijo su más íntima amiga.
"¿Enanos?"
"Si. Al parecer entraron hace un par de semanas a Mirkwood, pero perdieron la vista del sendero. No deberían haberse acercado tanto al palacio. Supongo que les podemos echar la culpa a las arañas"
Los amigos no dijeron más y corrieron detrás del resto de los soldados.
Mientras luchaba contra las arañas, Legolas pensaba que tendría que hablar de nuevo con su padre. No podían permitir que estas cosas siguieran ocurriendo en su bosque, el reino que ellos debían proteger. No era posible que cada viajero que cruzara por Mirkwood tuviera que pasar por estas dificultades para llegar al otro lado. Como los habitantes del bosque, les correspondía protegerlo.
Con esa línea de pensamiento, no se dio cuenta que se alejaba de Tauriel y el grupo de elfos, los que terminaron rodeando a los enanos. Mientras esto pasaba, Legolas se encargaba de exterminar los últimos de esos arácnidos. Ni siquiera notó cuando se quedó completamente solo en el bosque. Es por eso que cuando volvió al palacio, se llevó una desagradable sorpresa al escuchar que su padre había encerrado a los enanos, sin siquiera escucharlos.
"¡Ada! ¿Es cierto que ordenaste que llevaran a los enanos a las celdas?" Legolas ni siquiera se molestó en saludar a su padre, el cual se encontraba sentado sobre su trono, bebiendo de una copa de oro.
"Eran intrusos en nuestro reino" Thraundil miró a su hijo por encima del borde de la copa "Son un grupo de enanos sucios, los cuales venían armados y amenazaron a nuestros guardias. Era lo correcto"
"Son viajeros que decidieron cruzar nuestras tierras, como lo han hecho otros por miles de años. No me digas que empezaremos a encerrar a todo aquel que decida poner un pie en Mirkwood"
"No me gusta cómo me estás hablando, Legolas" el tono de Thraundil era amenazador "Recuerda que no soy solo tu padre. Soy tu rey y deberás respetarme como tal. No quiero que sufras por palabras fuera de lugar"
Legolas desvió la mirada, consiente de la amenaza que se encontraba en las palabras de su padre. Esta no sería una discusión que podría ganar, al igual que todas las que había tenido con su padre sobre el estado de Mirkwood. Suspirando, hizo una leve reverencia y empezó a retirarse. No tenía nada más que decirle, nada que fuera a ser escuchado, por lo menos.
"Sabes que te amo, ¿verdad, hijo?" le preguntó Thraundil justo cuando cruzaba la puerta.
Legolas se detuvo un momento para que su padre lo viera asentir, antes de salir sin decir más.
Se enteró al día siguiente, gracias a Tauriel, que Thraundil se había reunido con el aparente líder de los enanos, solo para terminar a gritos y prometiendo mantenerlos encerrados por los próximos cien años. Legolas sintió vergüenza y decepción al pensar en el tipo de rey que se había vuelto su padre y se alejó sin decir nada a Tauriel.
Le había tomado toda su destreza, pero Bilba había conseguido seguir a los elfos que llevaban a sus enanos cautivos sin ser descubierta. Se había colado entre los guardias justo antes de que cerraran las puertas, en lo que perdió unos valiosos segundos, los que le significaron perder de vista a sus enanos. Si bien aún los oía, el lugar era un verdadero laberinto y después de unos veinte minutos se dio cuenta de que les había perdido completamente la pista. Además, el anillo le estaba afectando tanto que ya no resistía llevarlo puesto. Era una gran ventaja ser invisible, pero la debilitaba lo suficiente para volverla torpe e incluso ruidosa al caminar. Pero aún no era seguro quitárselo, lo sabía. Eso no significaba que fuera fácil de llevar la carga. Desde que la adrenalina de su cuerpo se había agotado, toda su energía ya no estaba allí para ella. Finalmente, encontró una habitación oscura, se aseguró de que no hubiera nadie adentro y fue a una esquina, acurrucándose contra sí misma.
Cuando se quitó el anillo, se sintió como si pudiera respirar por primera vez después de pasar mucho tiempo bajo el agua. El alivio en todo su cuerpo fue instantáneo y se sintió más cálida. Sin perder el tiempo, volvió a guardar el anillo en la bolsita que le había dado Gandalf.
Su estómago retumbaba, pero no tenía nada para darle. Había visto como los elfos tomaban sus mochilas con las provisiones que les había dado Beorn y se las llevaban junto con los enanos. Sentía como si no hubiera comido hace semanas, lo que era verdaderamente terrible para un hobbit como ella.
Resignándose a su situación y a que no podría encontrar a los enanos a menos que descansara, la única opción que tenía era dormir. Se tapó lo mejor que pudo con su abrigo, apenas cubriéndose los enormes pies, y cerró los ojos, esperando poder encontrar a los enanos al día siguiente. Extrañaba el calor que le daba su familia, incluso los ruidos y ronquidos que emitía cada uno al dormir.
Al final, le tomó tres días encontrar las celdas de los enanos.
Sabía que no podía abusar del anillo, la maldad de este aun parecía palpitar en su hombro, por lo que solo se valía de lo sigilosos que eran por naturaleza todos los hobbits. Aprovechando su tamaño, cada esquina oscura y el hecho de que nadie la estaba buscando, había conseguido recorrer gran parte del palacio sin ser detectada. Incluso había conseguido encontrar las cocinas y asaltar la alacena, por lo que el hambre ya no era un problema. Fue en la cocina donde encontró el camino a los enanos.
"…la última vez, uno de ellos me hizo una zancadilla a través de la reja! El del hacha en la cabeza. El resto se rio y empezaron a pasarse monedas entre ellos, como si fuera una apuesta" se quejó uno de los elfos, mientras cargaba una bandeja con pan duro, habían unos incluso con rastros de moho, notó Bilba "¿Por qué debo ser yo quien les lleve la comida?"
"Porque lo sorteamos, lo sabes. En dos semanas más, Después del festín del rey cambiaremos, lo prometo" le dijo el otro elfo, mientras servía agua en tazones de madera y lo ayudaba a cargar las bandejas.
Después de escuchar esa conversación, lo único que tuvo que hacer Bilba fue seguir al elfo quejica. Al cabo de un rato y muchas vueltas que le parecieron innecesarias pero se aseguró de recordar, empezó a escuchar los gritos de sus enanos. Le faltó poco para salir de su escondite y correr hacia ellos, gritándoles de vuelta por la felicidad que sintió. Pero se contuvo. Tenía que ser precavida, no podía bajar las defensas, no podía dejar de estar atenta a su alrededor.
Esperó a que Mr. Quejicas terminara de repartir las bandejas entre los enanos, escondida detrás de uno de los pilares. Notó que este hacía su trabajo siendo grosero con cada uno de los enanos, llegando al punto de derramar el agua de algunos, entre ellos Ori. La mente de Bilba se nubló de rabia. Sabía que los enanos no eran fáciles de tratar, pero estaba segura que el dulce Ori no era uno de los que se caracterizara por su mala actitud. No se merecía ese trato. Cuando tuviera la oportunidad, Mr. Quejicas se llevaría una desagradable sorpresa.
Fue difícil esperar a que fuera seguro, pero Bilba permaneció en las sombras hasta que los enanos casi terminaron sus raciones. Sin dejar de mirar a la puerta por la que había salido el elfo, salió de su escondite.
Al principio, ninguno de los enanos notó su presencia. Estaban absortos en el alimento que les habían entregado, cuyas cantidades eran míseras para un adulto de cualquier especie, en especial a los ojos de una hobbit. Fue Bifur el primero en notarla, al cual se le cayó el pan que se estaba llevando a la boca, la cual permaneció abierta.
"¿Qué pasó ahora, Bifur?" le preguntó Bofur, con quien compartía la celda, sin dejar de mirar el pedazo de madera que tenía en sus manos.
"Finalmente los encontré, mis hermanos" dijo Bilba, acercándose a su celda, ahora con más seguridad.
Se hizo silencio entre los enanos y todos corrieron a las puertas de sus celdas.
"¡Bilba!"
"¡Muchacha, creímos que te habíamos perdido!"
"Mi Señora"
"Shhhh" se apuró en callarlos "No anuncien mi presencia, a menos que quieren que termine tan atrapada como ustedes. No llevo ocultándome en las sombras y robando comida por tres días para que me capturen justo cuando los encuentro"
Con la misma rapidez que los gritos empezaron, callaron.
"¿Cómo? Te dimos por muerta… las arañas" Bofur estiró el brazo para tocarla, como si se quisiera asegurar que se encontraba realmente frente a él.
Bilba le dio la mano y avanzó hasta su hermano hasta que apoyó su frente contra la suya. Se quedaron unos segundos de esa forma, antes de que Bilba hiciera lo mismo con Bombur y Bifur. Las mejillas de Bombur estaban húmedas por las lágrimas y Bifur tomó cada lado de su cara para juntar sus frentes con la mayor delicadeza posible. Con gran calma, Bilba recorrió cada una de las celdas y repitió el mismo tratamiento con cada uno de los enanos, pero con ninguno de ellos fue tan íntimo como con los Ur o los Ri. Eso no significó que no fuera especial con cada uno de ellos. Mientras hacía eso, les contó cómo consiguió escapar de las arañas y liberarlos, antes de seguir a los elfos oculta. Sin contarles sobre el anillo, obviamente. Ese pequeño detalle prefirió guardárselo.
"Así que fuiste tú quien nos bajó de los árboles" afirmó Dwalin mientras la tomaba de la nuca para chocar sus frentes.
"Si, supongo que no lo recuerdan, cuando corté los capullos y corrí a distraer las arañas" comentó antes de avanzar a la celda de Gloin y Oin.
"Recuerdo haberte escuchado, ahora que lo dices, pero en ningún minuto te vimos" dijo Gloin "Ni siquiera cuando llegaron esos malditos elfos"
En otra ocasión, Bilba habría dicho algo en defensa de los elfos, como lo había hecho durante todo el viaje, pero con estos elfos, no podía dejar de estar de acuerdo.
"Cuando vi que los estaban apuntando con sus arcos, decidí permanecer escondida y menos mal lo hice. Si me hubieran encerrado también, no tendríamos ninguna oportunidad para escapar… esperen. ¿Dónde está Thorin?"
Expresiones amargas se hicieron presentes en las caras de cada uno de los enanos.
"El primer día lo separaron de nosotros" le contó Balin con una expresión llena de preocupación "Poco después de que nos encerraron lo llevaron a Thraundil. Pasó cerca de una hora antes de que lo trajeran, solo que no lo dejaron en su celda anterior. Se lo llevaron por esa escalera, a lo más profundo"
"Voy a buscarlo. Ha pasado demasiado tiempo solo, sin noticias del resto" Bilba ni siquiera lo dudo, tenía que encontrar a Thorin, por el bien de todos los integrantes de la Compañía.
"Toma, muchacha" Balin le pasó el pan que aún no había comido "Sus raciones no son tan frecuentes como las nuestras, lo hemos notado. No tomes un no como respuesta, te lo ruego"
Bilba tomó el pan, antes de descender por las escaleras que le habían indicado.
Aunque se demoró más de lo que esperaba, finalmente las escaleras se detuvieron y llegó al nivel más bajo y oscuro. Apenas distinguía la silueta apoyada de espaldas contra la puerta de la celda, pero aun así la logró reconocer.
"¿Thorin?" preguntó en un susurro.
Thorin se movió contra la reja, pero no mostró intenciones de girarse.
Mirando de lado a lado, Bilba avanzó con precaución a Thorin. Al estar más cerca, se sorprendió al ver que sus hombros se agitaban, como si estuviera llorando. Un gemido lastimero escapó de la boca del enano.
"Oh, Givashel, te perdí antes de llegar a tenerte"
Bilba sentía la angustia del enano, dolor por la pérdida de algo que lo completaba. No sabía cómo sentía todo esto, pero lo único que quería era poder consolarlo. Se arrodilló a su espalda y con cuidado de como fuera a reaccionar, puso una mano sobre su hombro. Por un segundo, Thorin se tensó y Bilba se preparó para alejarse rápidamente, pero cuando se relajó, también lo hizo ella. Casi dolorosamente lento, Thorin se giró.
"Bilba…"
