Como un fantasma, entró en la habitación velada por las sombras, su ojo bueno acostumbrándose a las penumbras que, lentamente, se estaban convirtiendo en una realidad. Pronto se quedaría ciego y había decidido hacer caso a lo que ella quería. Le había dado libertad y con libertad dada podía hacer lo que se le antojase.
Había esperado a que la noche cayese y que ella estuviera durmiendo para ingresar en su habitación en absoluto silencio, como un gato.
Y la vio, iluminada por la luz de la luna, tan pálida y hermosa como quería recordarla, su perfil dibujándose como una obra de arte que merecía ser contemplada para siempre, sin embargo, él no tenía demasiado tiempo para poder decir todo lo que estaba aquejando su corazón.
La amaba demasiado, su alma estaba condenada a sentir ese amor para siempre, a sufrir por ella.
Se acercó a la cama y se arrodilló, su ojo parpadeando, anegándose con esa imagen adorada.
Sin palabras, le contó sobre todo lo que sentía, el dolor, los celos, el amor que, como un manantial, había surgido desde lo más profundo de su alma. Nunca esperó ser correspondido, sabía que eso era imposible y, aunque muchas veces trató de forzarse, no pudo enamorarse de otra mujer.
Se puso de pie, dándole un último vistazo para salir a la noche y desaparecer para siempre.
- Duerme bien, Oscar, mi amada rosa, mi rosa guerrera. – Fue lo último que dijo, listo para convertirse en un recuerdo lejano perdido entre Marsella y Piamonte, donde Oscar jamás lo buscaría.
Inspirado en Prinzessin de Schandmaul, ojalá les guste.
