Era un día brillante. Quizá el día más brillante que podía recordar. Podía escuchar la risa clara de Dionisio mientras Selenio contaba una de sus interminables historias, quizá una que relataba el porqué de su nariz tan roja o quizá una de su nacimiento, aunque él pensaba que el dios había nacido viejo. El vino corría como el agua y las uvas eran tan oscuras como su cabello.

Estirando los brazos, se puso de pie, agradeciendo no haber bebido tanto como sus hermanos sátiros, quienes aprovechaban de beber y comer antes de ir a corretear a las ninfas de los estanques cercanos.

Sus pezuñas se regocijaron al sentir el pasto suave, húmedo por el rocío de la mañana antes de andar a grandes zancos, alejándose de su grupo y entrando en el bosque cercano que circundaba el prado donde Dionisio había decidido beber durante el día.

Caminó por el bosque, deteniéndose en un claro y olfateando el aire, disfrutando el olor de las flores de primavera y el suave soplo de Céfiro que llamaba a solo disfrutar de lo que lo rodeaba. De repente, unos suaves pasos llamaron su atención, girándose para ver una flecha apuntándole directo al rostro.

- ¿Qué haces aquí? – La voz que escuchó era clara y levemente ronca; la sensación que lo recorrió al escucharla le recordó a un buen bocado de oscura miel deslizándose por la garganta o el primer trago de vino en el día más caluroso de verano.

- Yo…yo solo estoy paseando por aquí, señorita…creo que me perdí…- La mujer que lo apuntaba apretó el ceño, respirando lentamente antes de bajar su arco.

- Este bosque está consagrado a Artemisa, debes mostrar tus respetos. – Gruñó. - ¿Cómo sé que no estabas detrás de alguna ninfa indefensa?

- No haría algo así…jamás…no soy una bestia… - La joven enarcó una ceja, incrédula, mirando los cuernos, donde unos rizos oscuros se enredaban, y las patas de macho cabrío.

- Debes marcharte ahora. – Ordenó, mirando a la criatura salvaje. Le pareció curioso, nunca había visto un sátiro tan compuesto, parecía casi un hombre civilizado y su voz…su voz le parecía el murmullo de un arroyo, refrescante y extrañamente atrayente. – Márchate ahora.

- Como digas. – Susurró el sátiro, girándose nuevamente para emprender la huida, de vuelta al sequito de Dionisio, llevándose en la pupila impresa la imagen de la hermosa joven que casi lo había matado, de su cabello dorado y ensortijado y sus ojos azules como el cielo.

Quizá, algún día se volverían a encontrar.