Palomas blancas volaron por el cielo mientras Apolo tocaba su lira y cantaba hermosas canciones dedicadas al amor.

Los novios, por otro lado, apenas apartaban los ojos del otro, la muchacha rubia sonriendo sonrojada mientras el apuesto joven bebía de su copa, humedeciendo sus labios en vino nuevo, dulce.

Ariadna correspondió el beso que Dionisio le dio, suspirando levemente cuando se separaron, riendo nerviosa ante los vítores de los invitados a su fiesta de matrimonio. ¿Quién hubiera pensado que el abandono de Teseo desencadenaría su unión con un dios? Uno realmente hermoso.

Las ninfas corretearon por los alrededores, algunas huyendo de los sátiros, otras simplemente provocándolos o buscando a algún dios menor con quien retozar un rato, sin embargo, un grupo de estas se mantenía estoico al lado de Artemisa.

Un borracho Príapo trató de acercarse al grupo virginal, sin embargo, se ganó un buen golpe en la cabeza y un flechazo que casi lo atravesó.

Un sátiro en especial observaba a las ninfas de Artemisa, como estas rechazaban a quien se les acercaba y como de estas, la que más destacaba era una de cabello rubio como los rayos del sol y ojos azules, brillantes. Quizá ella no lo recordaba, pero él no podía quitársela de la cabeza, tan hermosa era que había días que se acercaba deliberadamente al bosque consagrado orando por encontrarse de nuevo con ella, sin embargo, parecía que le rehuía, pues desde ese lejano día, solo la había vuelto a ver hasta esa boda.

- Deja de verla así, que no es mujer para ti. – Se sobresaltó cuando vio al viejo Sileno a su lado, casi como si hubiese visto al rey del inframundo.

- No estoy viendo a nadie. – Replicó.

- Si solo fuese una ninfa, podrías tomarla para ti, podrías pedirle bendición a Artemisa, pero es hija de Ares y, como tal, solo sirve a la guerra. – Siguió Sileno, bebiendo de vez en cuando de su copa. – Un pobre sátiro como tú solo encontrará la muerte cerca de ella.

- No…hay luz en ella…ella no es Ares… - Susurró.

Tarde esa noche, se alejó una vez más de sus hermanos, deslizando sus pezuñas por las hierbas para evitar despertar a sus hermanos sátiros y a los invitados que dormían, algunos roncando fuertemente.

Caminó hasta un roble enorme que se levantaba a un lado del camino, deteniéndose cuando vio un pequeño fuego iluminar unos cabellos dorados que refugian como el oro.

- No tiene caso de que te escondas. – Se sobresaltó cuando escuchó la voz de la mujer rubia, quien no se digno a darle una mirada, sus ojos fijos en las llamas que crepitaban en la fogata.

- Tampoco iba a hacerlo ¿dónde lo haría? La hierba es demasiado baja y este es el único árbol en lo suficientemente alejado de la fiesta como para poder conciliar el sueño. – Se dejó caer a una distancia prudente, inhalando profundamente antes de levantar la mirada al cielo, viendo las estrellas fulgurar.

- ¿Acaso esperas que me duerma para saltar encima de mí, sátiro? – Él enarcó una ceja, apretando los labios en una sonrisa de incredulidad, mirándola como si fuese una loca.

- Mi nombre no es sátiro…es André y no, no voy a aprovecharme de ti si es lo que piensas, ya te lo había dicho, no soy salvaje. – Respondió con toda la calma del mundo, apoyando las manos en el pasto y estirando sus patas lanudas en el suelo.

- ¿André? ¿Acaso eres un hombre para tener un nombre así? – Preguntó ella suspicaz, apoyando los brazos sobre las rodillas, ocultando su cuerpo de la criatura.

- Mis padres me llamaron así. – Susurró, dejando volar sus pensamientos y recuperando recuerdos del pasado.

- ¿Padres? ¿Ustedes tienen padres? – La mandíbula de André se apretó levemente, girando la -cruzaba su ojo izquierdo, de pupila blanquecina y brillo muerto.

- No sé quiénes fueron los que me procrearon, pero si tuve padres, una pareja…ellos me encontraron a la orilla del camino cuando no era más que un niño apenas nacido. – Relató. – Mi madre era una campesina, me gustaba escuchar sus historias, tenía una voz…una voz parecida a la tuya, mi padre era un tabernero, si no hubiese sido por ellos estaría muerto.

- ¿Por qué no estás con ellos?

- Mírame, mi apariencia…viví con ellos hasta que cumplí quince años…yo quería tener amigos…alguien con quien hablar aparte de mis padres…me educaron bien a pesar de todo, pero quería aprender más, un día salí de casa sin su consentimiento y entendí porque me escondían…era un monstruo…ni siquiera pude decir adiós…ese día perdí mi hogar y mi ojo izquierdo, por suerte me encontré con Dionisio…me curó y me hizo parte de su séquito…tuve muy buena fortuna.

- Ya veo. – Apenas dijo. – Debiste pasar momentos muy…malos. – Hizo una mueca, pasándose una mano por una mejilla. – Supongo que te alejaste porque querías estar tranquilo. – Hizo un gesto con la cabeza, señalando a los borrachos que despertaban para volver a beber y chapucear canciones inentendibles.

- Son mis hermanos, pero, a pesar de todo el tiempo que llevo con ellos, no estoy acostumbrado a su algarabía. – Contestó sin borrar la sonrisa de sus labios. – Ya sabes mi nombre, pero yo desconozco el tuyo, creo que me merezco saberlo después de que casi me disparas una flecha y {me acusaras de querer abusar de ti. – Los ojos azules se clavaron el en suyo verde, brillando con un dejo dorado por la luz de las llamas.

-Oscar.

- ¿Oscar? Es un nombre… particular

- Mi padre quería un varón, pero nací yo, decidió criarme como a mis hermanos y llamarme así. – Sonrió con burla, juntando sus dedos largos y finos. – Mi madre es una ninfa, frágil y delicada, no creo que haya podido decirle algo a mi padre, es un poco… llevado a sus ideas.

- Muchos padres son así.

- No es que puedas enfrentarte al dios de la guerra, a menos que quieras morir.

- Ares es un dios temperamental, es increíble que de él vengan algunos de los seres más bellos del mundo.

- Eres un hablador. – La sonrisa de Oscar se ensanchó, haciendo que el corazón de André latiese más rápido y sus mejillas se sonrojaron, sin embargo, ella pareció no notarlo.

Se quedaron en silencio, levantando la mirada para ver las estrellas que titilaban sobre sus cabezas.

A la lejanía, tres muchachos alados observaban a la pareja, uno de ellos, con las alas como de mariposa, afilaba sus flechas, listo para apuntar a sus corazones.