Seis.

Recreación de heridas.

El silencio de los alrededores, su acompasada respiración y el latir constante de su corazón sofocaron sus oídos, golpeando su paredes internas de la misma forma en que sus pensamientos agonizaban en su subconsciente. La oscuridad siempre había sido su enemiga, el peor adversario al cual un herbívoro se podría enfrentar en un momento de tensión, y aún así era en sus fauces donde ella pasaba la mayor parte del tiempo. Cada noche que la manada la solicitaba, cada misión en solitario que debía cumplirse, Haru estaba encadenada a las sombras como la debilidad misma de su especie; aquella que debían hacer a un lado cuando debían cumplir su cometido. Aquel lobo gris la había salvado en un momento así, y los rayos solares que se colaban por entre las cortinas negras de su ventana le devolvieron la imagen sangrienta -desconcertante- de esa bestia desesperada por protegerla.

Si Kyuu hubiese estado en su lugar ¿habría sido salvada también? ¿O se habría librado de ella sin tener que meter las manos al lodo como siempre fantaseaba hacer? Haru no dejó de preguntárselo mientras admiraba el brillo de la cuchilla que sostenía en ambas manos. Como hipnotizada, trataba de encontrar una respuesta a sus incógnitas en esa hoja recién pulida. Quería ver a ese lobo una vez más para resolver todas las dudas que él le había generado, pero jamás se atrevió volver a Carnivorous' Corporation por temor a ser captada por la cámaras de seguridad. Estaba demasiado hondo en las profundidades, no podía permitirse soltar un ancla más en el océano de sangre en el que navegaba, mucho menos con Kyuu vigilando sus pasos en todo momento. Y aquello era peor que el dolor de la incertidumbre acompañándola.

Alzó la mirada, perdiéndose en la negrura de la habitación antes de por fin dirigirse a la ventana y echar las cortinas a cada costado, recuperando visibilidad de su entorno. Entonces el tono de su celular le arrancó un suspiro mientras se apresuraba atender la llamada. No le sorprendió el remitente pero una parte de ella se alegraba de poder escuchar la voz de Mizuchi, aún si estaba segura que esta comunicación no tendría un desarrollo relajante.

—Habla Haru. —Y como lo sospechó, después de un saludo cordial, la conejo arlequín expuso el motivo principal de su llamada, solicitud que heló la sangre de Haru en primera instancia, consciente de lo que significaban esas palabras— …Entiendo. Nos vemos en el centro comercial del este justo después de la hora de queda. No fallaremos esta vez.

La coneja colgó sin sentir culpa, y dejó colgar su resignación en sus brazos sueltos contra sus caderas. Respiró y se convenció de que esta era la única manera, no se distraería otra vez, sólo obedecería los mandatos de la empresa ejecutora a la que pertenecía. Kyuu no iba a vencerla, Haru la superaría a como diera lugar como la original que era, quien debía ser. Con determinación se apartó de la ventana iniciando los preparativos. Todavía tenía tiempo de sobra pero quería alistarse de una vez para emerger de su hogar y rondar la ciudad todo el día, tal vez visitar a sus padres antes de perder el tiempo en otros lugares, como fuere no estaba de humor de quedarse en ese silencio sepulcral que la perturbaba.

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Cuando fue sacado de la caja y fue empujado hacia dirección desconocida, no estuvo seguro de estar listo para el cambio de habito. Sin embargo, siguió caminando a donde los guardias lo llevaron, compartiendo su camino con la herbívora, quien luego de algunos minutos recorriendo el mismo pasillo, fue guiada a una puerta distinta por el mismo vendedor de antes. Entonces Legosi reconoció la superficie cálida del pavimento bajo las plantas de sus pies, las esposas y grilletes que lo habían estado limitando también fueron retirados, antes de dejarle solo en aquella extraña jaula de considerable espacio, rodeada por una oscuridad tenue, casi tan perfecta como aquella en la que había estado descansando antes de comenzar el día. Una serie de sonidos rebotaron entre los muros, poniéndolo alerta de manera inconsciente mientras esperaba.

Entonces una puerta lejana fue abierta del otro lado de los barrotes que lo resguardaban, identificando enseguida a la ciervo que emergía junto a un diferente guardia de seguridad; uno que -por especie- resultaría más capacitado para luchar contra carnívoros, en el caso de que alguno pudiera salirse de control. Ella se acercó y mientras lo hacía el aroma natural de su pelaje lo abordó, dulce pero dominante. Legosi observó sus pasos, curioso por lo que se desarrollaría en aquel sitio, convencido de que estaba a punto de ser puesto a prueba.

—Bien, Legosi. Ha llegado el momento de presentarme apropiadamente ante ti —dijo ella cuando se detuvo delante de la jaula, vigilada en todo momento por el guardia. Legosi encorvó la espalda en respuesta, inseguro—. Me llamo Azuki. Tengo un esposo llamado Louis. Pertenezco a un linaje de ciervos con gran prestigio y en la actualidad me hago cargo de varios negocios empresariales del Conglomerado Cuernos. Heterosexual. Tengo 23 años y me considero alguien sensible pero también ambiciosa. Nunca he tenido una mascota, ni he mantenido contacto con los carnívoros así que espero puedas perdonar mis indiscreciones.

El lobo gris asintió comprensivo después de darle una mirada rápida al guardia que yacía a plena vista detrás de la ciervo. No podía evitar sentirse incómodo con su presencia, no estaba acostumbrado a una mirada tan inquisitiva a pesar de todo, pero se esforzó en concentrarse en la herbívora únicamente; era ella quien debía interesarle.

—Comenzaremos estos ejercicios con algo básico —instruyó Azuki después de unos minutos de contemplación—. ¿Estás listo? —Legosi volvió asentir—. Muy bien, quiero que te arrodilles, piernas separadas y manos en las rodillas.

Legosi obedeció al instante, prestando atención a todos los detalles para posicionarse como le había sido indicado, provocando una sonrisa complacida en la hembra, cuyo gesto parecía alimentado por la emoción y adrenalina que experimentaba frente a lo nuevo.

—Ahora dame la mano derecha —Legosi alargó su brazo para alcanzar la palma extendida de la ciervo frente a él, viéndose obligado atravesar los barrotes, aún así manteniendo delicadeza al posar su mano contra la ajena. El calor que percibió consiguió relajarlo y no pudo evitar perderse en el detalle de que ella era delgada, y su pelaje muy suave, además de que olía muy bien—, dame la otra mano —indicó y el canino hizo lo que le dijo—. Buen chico. Puedes devolver tu mano. Ahora quiero que me des las dos y cierres los dedos alrededor de los míos.

Esta última orden le causó un poco de pánico al lobo, no estando seguro de cumplir el mandato aún teniendo las manos de la hembra al alcance, y ella lo pudo interpretar cuando esos largos dedos caninos se cerraron a su alrededor tan lentamente que provocó una brisa fantasmal entre ellos. Azuki no alcanzaba a percibir su toque, era demasiado blando, casi como si el peso de las extremidades carnívoras realmente no la alcanzara a pesar del contacto físico, así que se dispuso a corregir este desperfecto inaceptable.

—Mírame, Legosi. —Y él lo hizo, transmitiéndole su inseguridad por medio de esas pupilas vacilantes, ojos de un cachorro herido que desconoce la razón de su miedo—. Sostén mis manos, sostenlas bien. Hay un abismo entre nosotros y no puedes soltarme, quiero que imagines eso. Debes sostenerme o caeré. Hazlo, no hay nada qué temer. —Todavía indeciso, Legosi lentamente comenzó apretar las delicadas manos de la herbívora entre sus dedos, casi como si se tratase de una flor entre el pasto seco, que con un movimiento brusco se desintegraría por completo, y aún así consiguiendo mantener una firmeza que Legosi nunca imaginó podría implementar—. No apartes la vista, debemos seguir siendo uno hasta el fin.

Sus ojos volvieron a conectarse después de sus palabras, consiguiendo que Legosi no tardara en sentir que estaba haciendo algo indebido. Sus impulsos le tentaban mirar al guardia que sabía continuaba presente, pero se daba cuenta que fallaría la prueba si dejaba a sus ojos traicionarle; estos temblaron ante la necesidad de alejarse. Pero muy pronto, mirar a los ojos de la herbívora fue cada vez más fácil, perdiéndose en sus finas facciones hasta conseguir sentirse cómodo con ambos contactos. No tenía idea de que un herbívoro fuera tan bello. Desde el principio estuvo consciente de su belleza pero ahora veía este punto de vista desde una nueva perspectiva. Los herbívoros eran como obras de arte, interpretativas, libres, misteriosas. Y Legosi se encontró deseando formar parte de esa realidad con la devoción de un creyente ante la luz de su figura divina. Era casi utópica la coexistencia que les abrazaba en esos precisos instantes.

—Puedes soltarme —dijo Azuki, dejando un pequeño intervalo de curiosidad entre ambos, antes de decidirse a poner en marcha su siguiente ejercicio—. Ponte de pie.

Legosi obedeció, elevándose sobre la altura de la herbívora quien no lucía en absoluto intimidada por su tamaño, en realidad no se evitó mostrarse complacida por la rápida obediencia mostrada, y esta vez no se preocupó en dar aviso de su último movimiento a Legosi, quien continuaba mirándola a los ojos. La ciervo aventuró una de sus manos al interior de la jaula, dispuesta acariciar la mejilla, hocico y pómulos del lobo gris, cuya oreja se crispó un momento frente a su iniciativa, pero que se relajó al sentirla frotar su pelaje con cuidado. Ambos se mantuvieron tensos aunque expectantes unos momentos mientras ella exploraba aquel rostro indiferente, sintiendo curiosidad por las zonas sedosas y ásperas entre el pelo gris. Sin embargo, Legosi se rindió al impulso de recargarse contra la mano ajena, no pudiendo evitar cerrar los ojos con cada caricia que recibía, pues la otra mano de Azuki no tardó en unirse a la misma actividad, entusiasmada con la naturalidad con la cual iban marchando las cosas. Debido a ello, Azuki se sorprendió pensando que no quería ningún otro carnívoro, no quería nadie que no fuera Legosi, ya que estaba convencida no encontraría otro igual de centrado, igual de obediente. Simplemente no podía dejar ir a este producto sumiso; sería estúpido hacerlo.

—Háblame, Legosi —alentó la hembra sin apartar sus manos del rostro canino—. ¿Cuáles son tus verdaderos deseos? Dime qué tanto anhelas conocer el exterior y qué esperas encontrar allá afuera. —La mirada calmada del lobo volvió a tornarse insegura frente la interrogante, perturbado por las imágenes, olores y sensaciones que lo habían acompañado desde su primer despertar—. ¿Es algo que yo puedo concederte?

La respuesta era definitiva y no había manera de cambiarla, Legosi lo supo incluso antes de haber conocido a esta herbívora, aún así se reconoció inquieto por velar por una fantasía. Tal vez no era demasiado arriesgado aventurarse el salir de vuelta a la luz, emerger de entre las sombras. No cuando había decidido que quería permanecer cerca de los herbívoros, y así recuperar su vida, no importando que sus memorias quedaran en pausa por siempre. Finalmente, después de un espeso silencio, donde Legosi logró reconocer la ansiedad que la hembra le transmitía por medio de su tacto, el carnívoro abrió los ojos con una nueva resolución brillando en sus pupilas.

—Si tú me lo permites. —Aquella respuesta fue suficiente para la ciervo a pesar de la longitud.

—Bien. Ahora quiero que me repitas, cuantas veces sea necesario, lo que te diré a continuación. —Azuki bajó los brazos y sostuvo las manos del lobo, manteniendo conexión visual; legosi no se opuso, parecía absurdo siquiera pensarlo a esas alturas—. "Mi nombre es Legosi. Pertenezco a Azuki, esposa de Louis, líder del Conglomerado Cuernos. Los protegeré a ambos y a todos los que ellos me indiquen" …Adelante.

—Mi nombre es Legosi —el carnívoro inició—. Pertenezco a Azuki, esposa de Louis, líder del Conglomerado Cuernos... los protegeré a ambos y... a todos los que ellos me indiquen.

—Dilo de nuevo —ordenó Azuki insatisfecha con la primera citación.

El lobo tomó una respiración lenta antes de recitar de nuevo las palabras que le habían entregado. Y Legosi lo repitió hasta que su actitud ajena se tornó personal, hasta que su tono distante fue disolviéndose, reencontrándose a sí mismo como el único indiscutible sirviente de la ciervo delante suyo mientras eran bañados por una luz que destellaba con fuerza en medio de la oscuridad de aquel cuarto, desapareciendo el desconcierto generado automáticamente por sus innegables naturalezas. No eran más dos sustancias insolubles y este hecho hizo que el cuerpo de la ciervo crepitara en felicidad, igual que una cría en su lugar favorito, igual al fuego alimentado por hojas. El canino había notado su actitud, así que no se evitó dedicarle una sonrisa, menos tímida, más todavía retraída. El pacto estaba hecho.

—Gracias por la cooperación, Legosi. —El lobo asintió, extrañamente confiado, entonces el contacto de sus manos se rompió, dejando el toque frío del ambiente rodeándolos. La ciervo se giró hacia el guardia—. He terminado aquí, pueden prepararlo para la siguiente prueba en la Arena. Quiero verlo en acción.

—Enseguida, señorita. Acompáñeme por favor.

Antes de dirigir sus pasos al uniformado, Azuki miró una vez más al carnívoro, quien no pudo evitar sentirse absorbido por una fuerza desconocida ante el aspecto desafiante de la hembra quien, con un gesto, le indicó mirase la palma de su mano. La mirada del lobo bajó con obediencia sin imaginar que terminaría siendo golpeado por un aroma conocido, el cual hizo a sus sentidos vibrar, y que rápidamente le llenó la vista. Sostenido por dedos carentes de garras, yacía un trozo de carne de herbívoro fresca. Legosi se irguió en shock, supurando desconcierto antes de sentirse ahogado por sus instintos, que hambrientos consiguieron alterar ligeramente su respiración, volviéndolo ansioso. Los ojos antes gentiles se enfocaron feroces en las pupilas de la ciervo quien con un gesto altivo le retó.

—Muéstrame de lo que eres capaz —susurró ella—. Déjame ser testigo de tu verdadera fuerza. Si logras complacerme con un buen espectáculo, obtendrás esto y más.

—¿Señorita?

—Oh, lo siento. Me distraje.

Azuki ocultó con un movimiento rápido el pedazo de carne, aparentando no haber tentado literalmente la cordura de un carnívoro en el momento preciso, pues era un acto sucio, una maniobra que le costaría mucho si llegase a ser descubierta por las cámaras de seguridad. Por eso ella se apresuró en ir junto al guardia, haciendo un par de comentarios espontáneos sobre los posibles resultados de su nueva posible mascota. El guardia no pareció sospechar nada mientras la guiaba fuera del sitio, por eso no pudo haber notado que el semblante de Legosi había cambiado drásticamente.

El carnívoro se había quedado paralizado, envuelto en un trance de sensaciones indescriptibles. Su respiración ansiosa se había regularizado, sus ojos quietos no enfocaban ningún punto particular y su postura fue descendiendo hasta quedar arrodillado de nuevo. Pronto, sin haberlo pretendido, empezó a salivar. Cuanto había extrañado aquel aroma. En ese edificio sólo había recibido alimentos en base a huevo, leche y cereales, lejano a lo que un carnívoro debía consumir en su dieta diaria. Sonrió, incrédulo. Tuvo razón al creer que había algo malo en él pero jamás hubiese imaginado que un herbívoro le ofrecería carne de tal manera. ¿Era así como funcionaba el exterior? ¿Romper un tabú por el bien de algo más? Si fuera de tal forma no podría ser tan malo, eso fue lo que decidió mientras levantaba la miraba en dirección a la silueta de la ciervo. Ahora tenía más ganas de mantenerse cerca de los herbívoros.

—No te fallaré, Azuki, esposa de Louis, líder del Conglomerado Cuernos —dijo en un murmullo, cubriéndose el hocico en un vano intento por retener el rudo brotar de saliva cuando escuchó que los hipopótamos volvían para esposarlo—. Me aseguraré de eso.

Los guardias lo levantaron del suelo, reprimiendo sus muñecas y tobillos sin sospechar que sus acciones estaban transmitiendo escalofríos a todo el cuerpo del carnívoro. Los huecos oscuros en la mente de Legosi fueron iluminándose lentamente para mostrarle una serie de escenarios, donde era encadenado para ser empujado a un combate; posteriormente siendo liberado para que destrozara a sus adversarios carnívoros. Sus parpados se cerraron con pesadez, abriéndose de golpe con la sed de sangre desbordándose de toda su figura y entrecerrándose con relajación, pues pronto saciaría esos instintos. Si las luchas en la Arena, de las cuales le habló Aoba, eran iguales a las de sus nuevos recuerdos, no tendría inconveniente en superarlas lo mejor posible. Le daría a la hembra la función que quería.

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La luz en el cielo comenzaba a caer en el fuego del atardecer, la actividad en la ciudad reducía y el silencio se hacía palpable en los callejones; en los vecindarios. Y tal a Riz le provocó nauseas. Por eso no dudó entrar al primer callejón oscuro que encontró, importándole poco que alguien lo viese o lo considerase sospechoso. Llevaba sobre su cuello el collar que le señalaba como una mascota legal, pero tal parecía ya no era suficiente para pasar desapercibido entre la muchedumbre. Respiraba con dificultad cuando se sujetó el pecho, pues sus pulmones estaban adoloridos de tanto correr. Otro día de persecución inesperado se había llevado sus fuerzas. Se preguntaba si existiría alguna manera de continuar su vida sin tener que luchar hasta desfallecer.

Eran demasiados herbívoros los que intentaban atraparle; eran demasiados los que sabían de su verdadera naturaleza; nada más que un carnívoro que ha devorado a sus amos y vaga por el mundo en busca de otras deliciosas presas qué devorar. No se equivocaban pero, por mucho que lo azotara el hambre, arrinconándolo a cazar, él ya estaba completo; no necesitaba más rituales.

—Tem... —llamó sin aliento—. Esto no puede continuar... de esta manera. Los ejecutores vendrán por nosotros esta noche... otra vez —bramó con exasperación—. ¿Qué podemos hacer? Yo... estoy en mi limite, Tem... no podré soportar... más. Tem... Tem...

—Vaya bestia tan lamentable. —El acento de aquella misteriosa voz hizo saltar de espanto al desconcertado oso pardo, obligándolo mirar hacia la silueta de su visitante, una gacela gacela a la cual no fue capaz de verle la cara, pues esta era oscurecida por la luz que le golpeaba desde la espalda, proyectando una sombra frente a sus ojos—. Es curioso que antes de esto hayas sido considerado la mascota más leal y feroz de todo Cherrynton.

—Tú... —Una ira desenfrenada nació de lo más profundo del corazón de Riz, pues el mero recuerdo que el herbívoro le planteaba, actuaba como un insulto más que cualquier otra cosa o humillación que hallase recibido en su vida. No pudo evitar que su pelaje se erizara y sus afiladas garras brillaran con la tensión de sus dedos.

—¿Qué? ¿Vas a atacarme ya? —inquirió la gacela, extendiendo los brazos a sus costados en un gesto despreocupado—. Debo admitir que me esperaba otra reacción, aun cuando no descartaba la posibilidad de que sólo eras otro carnívoro suelto. Solo y desesperado —puntualizó, abrazándose a sí mismo de manera dramática.

—¡Aléjate de nosotros! ¡Asqueroso herbívoro! —espetó Riz hecho una furia.

—¿Nosotros? —La connotación plural a la gacela le hizo gracia, así que se dejó soltar una grotesca carcajada mientras se doblaba hacia delante, aparentemente sujetándose la barriga; Riz no lo veía bien—. ¡Oh! ¡Entonces es cierto que te has vuelto loco! ¡Que gracioso! Me pregunto a cuántos de los que te comiste crees que están presentes aquí y ahora.

—Cierra los ojos, Tem. Acabaré rápido con este tipo.

—¿Tem? ¿Esa alpaca con la estuviste más de medio año? —La gacela se mostró interesada con su nombramiento, tal fue un incentivo para que los sensores de protección de Riz se activaran. No iba a permitir que le alejaran de su mejor amigo—. Oh, ya entiendo, así que él fue tu trofeo más importante. Así que ¿lograron consumar su pacto? Ahora tú y él se han vuelto uno solo o... una mierda así ¿no?—agregó con cierto desdén—. Porque eso sería perfecto para mi ¿sabes? Así tendría toda la razón para no dejarte ir sin importar nada.

—Si permito que me lleves, ¡será cuando esté muerto! —declaró Riz iniciando el ataque.

—Te tomaré la palabra —jadeó la gacela, excitado por las posibilidades. No se movió de su lugar ni siquiera cuando el zarpazo que ejecutó Riz estuvo cerca para arrancarle la cabeza. Sin embargo, otra figura se había movilizado entre la luz, tomando a Riz desprevenido antes de reconocer que había sido empujado de vuelta a las sombras y terminado completamente inmovilizado en el suelo por gracia y virtud de un reptil, cuyo hocico presumía orgullosamente un bozal de plata, especial para su especie—. ¡Buen trabajo, Savon! —La gacela aplaudió felizmente—. No cabe duda que los dragones de komodo valen lo que provoca su veneno.

Tener conocimiento de lo que era aquel lagarto sujetándolo, hizo a Riz entrar en pánico. No tenía experiencia luchando contra reptiles, y por lo que había escuchado a lo largo de los años, no tenía oportunidad contra una raza tan destructora. Aún si fuera sólo un dragón.

—No, no —espetaba el carnívoro, lleno de pánico.

—Tranquilo, Riz. No queremos sacrificarte —dijo el reptil para sorpresa del oso, quien creía que el bozal no le permitía hablar; él que había llevado uno cuando su relación con su amo había empeorado, podría asegurar lo imposible que resultaba—. No somos ejecutores, ni estamos a favor de las leyes herbívoras. Mi amo Melon tiene otros planes para ti.

—¿Melon? —repitió Riz confundido.

—¡Ese soy yo! —exclamó la gacela inclinándose a la altura de su rostro sin llegar arrodillarse, mirándolo a sólo unos centímetros de alcanzar su aliento. Sólo entonces Riz pudo verlo claramente. La gacela llevaba un cubrebocas y sus ojos cerrados indicaban que estaba sonriendo, pero su gesto lucía hipócrita y engañoso, como si estuviera parlando relatos sádicos en medio de su espeso silencio—. De hecho, quise capturarte para hacerles una propuesta a ti y... a esa alpaca muerta llamada Tem. Ya sabes, la que está en tu estomago, o al menos los nutrientes... bueno, tú me entiendes. Supongo que también puede oírme... ¿puede? —quiso saber ladeando la cabeza. Riz tragó con dureza antes de responder.

—Puede...

—¡Excelente! —y su forma tan amistosa de expresarse incomodaron a Riz más—. Quiero que ambos formen parte de mi familia. Si lo hacen, me encargaré de que tu historial como depredador desaparezca, así sus vidas dejarán de ser peligrosas. Tengo contactos con los altos mandos, por eso te puedo garantizar que dejarán de ser perseguidos. ¿Aceptan?

—¿A cambio de qué?

—Directo a los negocios ¿eh? Eso me gusta —elogió Melon picoteando una mejilla de Riz con los dedos. Este gesto no hubiera significado ninguna novedad de no ser porque el toque fue doloroso, haciendo al oso darse cuenta de la presencia de las garras carnívoras adornando sus delgados dedos de herbívoro, un hecho que logró inquietarlo—. No harían mucho, sólo tendrían que quedarse quietos mientras les inyecto algunas sustancias de prueba. Trabajo en la facultad de medicina y no es fácil encontrar criaturas resistentes.

—¿Nos estás pidiendo ser tus ratas de laboratorio?

—Claro que no, las ratas se encargan de las primeras muestras. Ustedes dos tomarían los medicamentos mejor desarrollados, lo que quiere decir: cero probabilidades de muerte o intoxicación. Nada mejor que ayudar al prójimo sin riesgo de muerte.

Riz lo meditó cuidadosamente, no del todo convencido de que aceptar lo beneficiara. Sin embargo, no podía negar que se encontraba en un gran aprieto. Debía encontrar un refugio rápido, de lo contrario estaría obligado volver a luchar y esta vez morir en manos de los ejecutores que lo habían estado acosando. Aceptaría este trato pero no se sometería por completo, en esos instantes le convenía.


Notas Finales: Savon es mi segundo personaje favorito, era inevitable que apareciera también, ¡y junto a Melon! Sólo bastaron un par de paginas en el manga para que me enamorara de él, jeje. Tengo debilidad por los reptiles ¿de acuerdo?