Ocho.
Ruleta Invertida.
Fue una noche serena cuando Louis la conoció. Estaba paseando junto a Ibuki por las calles de la ciudad sin novedad, fumando tranquilamente después de una reunión empresarial, donde asistieron únicamente los más ricos de Cherrynton. El ciervo se había rehusado volver temprano a casa, por el pequeño enfrentamiento que tuvo con su esposa aquella tarde, así que quiso despejar su cabeza de malos pensamientos para volver a la seguridad del encierro matrimonial. Ibuki le había estado contando algunas anécdotas interesantes, referentes a su vida como león policiaco, así que Louis se reconoció entretenido imaginando los escenarios que su león favorito le relataba con una sonrisa radiante. Nunca se hubiesen imaginado que se encontrarían con tremenda situación una vez giraron una esquina. Faltaban menos de veinte minutos para el toque de queda, por lo que no se encontraron muchos transeúntes en el camino, más el número de cadáveres adornando la calle, bastarían para traumatizar a cualquiera que no haya comandado una mascota para sus luchas territoriales.
Louis se congeló por la impresión, pero no dejó de fumar en cuanto Ibuki se colocó enfrente de él para protegerlo de la sombra que estaba demasiado ocupada, desgarrando los miembros de su victima para notar las nuevas presencias. Louis la observó sólo para darse cuenta que aquel carnívoro era un lobo, pudiendo confirmar que se trataba de una hembra en el momento que alzó la cabeza, mostrándoles los colmillos amenazadoramente.
Era una criatura hermosa por la cual no tardó en sentirse embelesado, pues su pelaje rojizo se perdía entre la sangre que se escurría por todo su cuerpo. Louis no sabía si acababa de perder el control o qué relación tenían los herbívoros componiendo el esquema, lo que si sabía es que no podía dejar ir la oportunidad de tenerla en su poder. El líder del Conglomerado Cuernos, siempre se caracterizó por ser alguien ambicioso y táctico, sabía reconocer una buena herramienta con sólo mirarla; aquella loba representaba exactamente lo que necesitaba para mejorar sus defensas. Sus leones eran fuerzas de ataque admirables pero no solían ser los mejores en protección, esa cualidad la poseían los canes, especialmente los de clase salvaje como aquella solitaria loba gris.
—Me has visto, así que vas a morir —declaró la loba tras levantarse. Louis sonrió pedante, pues no necesitaba mantener apariencias frente a las bestias de caza.
—Apuesto a que eso les dijiste a todas tus victimas pero, lamento informarte, que no soy un simple plebeyo, como verás —se mofó, señalando al león adulto que lo acompañaba y que no perdía un sólo detalle de la canina frente a él. Juno arrugó el hocico con descontento por obvias razones—. No te preocupes, no te hará daño. A menos, claro, que quieras arreglar las cosas con violencia, algo que no te aconsejo cuando debes estar agotada.
—¡No te burles de mi, maldito imbécil! —exclamó la carnívora hecha una furia, el gesto a Louis le hizo sonreír de lado con expectación.
—Eres muy bonita para usar ese lenguaje. No hay que perder la cabeza ¿quieres? Sólo dialoguemos. Si me dices qué sucedió aquí, prometo no llevarte ante los ejecutores. —Sin siquiera prestar atención a sus palabras, la loba se abalanzó sobre el ciervo dispuesta a matarle, algo que a Louis sorprendió tanto como decepcionó—. Si eso quieres. Ibuki.
El león atendió al mandato al instante, por lo que se lanzó contra la loba con la intención de frenarla, algo que hubiese conseguido de no ser distraído por el miembro amputado de un conejo que Juno utilizó para cegarlo. Los ojos de Ibuki recibieron la sangre sin poder evitarlo mientras la hembra se impulsaba con sus anchos hombros en dirección a Louis, quien no dudó ni un instante en desenfundar su revolver para disparar contra la pierna de la canina. Para su fortuna, después de un par de disparos, consiguió dar en el blanco y la carnívora cayó desequilibrada por el dolor que no tardó en azotar su anatomía. Retomando su aliento interrumpido por la adrenalina, Louis mantuvo el cañón del revolver sobre la cabeza de la canina, quien le dirigió una mirada llena de odio.
—¡Mátame! —exclamó ella sofocada por la cólera—. ¡Jala ese maldito gatillo!
—Me temo que no son esos mis planes —espetó—. Ibuki, inmovilízala —le ordenó a su león que ya volvía atender las demandas de su amo con la ira de su fallo fresca en su mirada, mientras sometía a la hembra en el suelo. Louis decidió no reprender a su mascota por lo recién hasta que terminara lo que había comenzado con aquella hembra—. Has perdido, ahora exijo te sometas a mi poder si quieres vivir.
—¡Púdrete! —gritó Juno, incapaz de contener más el llanto—. ¡Antes muerta que servirles a ustedes de nuevo, malditos! ¡Odio a los herbívoros! ¡Los odio! ¡Sino fuera por ustedes Legosi... ! —La hembra se sintió ahogar—. No lo habría perdido... mi amado Legosi...
—¿Legosi? —Louis repitió con gesto reflexivo. Ibuki pareció meditar lo mismo, por ello cuando él y su amo compartieron miradas, asintió—. Ya entiendo...
—¡No te atrevas a pronunciar su nombre! —exigió Juno con dolor, pero todos los insultos que planeó escupir contra el ciervo, se desvanecieron al verlo arrodillarse ante ella sin más arma que amenazase con perforar su cerebro.
—Si continúas merodeando la ciudad de esta manera, los herbívoros o sus mascotas no tardarán en reportarte, entonces los ejecutores vendrán tras de ti sin parar, y todos tus esfuerzos habrán sido en vano. Necesitas un medio para protegerte en tu búsqueda si de verdad quieres volver a ver a tu pareja. Yo puedo ayudarte a encontrarlo.
—¿Qué estás... ? —Desconcertada, Juno perdió todo deseo de sangre en su mirada, sus pupilas fijas en el rostro de aquel herbívoro desconocido que le estaba ofreciendo un trato difícil de rechazar, por muy absurdo que le pareciese a pesar de todo.
—Colabora conmigo. Seré tu medio para mantenerte fuera del peligro mientras buscas a tu pareja, tu sometimiento hacia los herbívoros que odias será fabricado, porque sólo fingirás ser leal a mi, realmente ni siquiera estarías obligada a pertenecerme.
—¿Por qué querrías ayudarme? —inquirió Juno suspicaz, gruñendo con advertencia.
—Necesito un guardaespaldas adecuado que apoye a mi guepardo durante las reuniones nocturnas, no puedo continuar paseando a mis leones o, más temprano que tarde, descubrirían sus puntos débiles. Además, no me apetece comprar otra mascota ¿sabes?
—No te conozco, podrías tener dobles intenciones. Y me niego a caer en tus trampas.
—Haces bien en desconfiar, es muy adecuado para un carnívoro suelto, pero no de mi. Vamos, ¿realmente quieres morir sin ver a tu amado? Si conoces de frente de lo que son capaces los herbívoros, ¿vas a dejar ir la oportunidad de usar a uno para tu propio beneficio? Si lo piensas con cuidado, mis exigencias no son muchas.
Juno volvió a gruñir, apretando la mandíbula con la fuerza suficiente para triturar un hueso, pero dentro de un lapso pequeño, toda furia se evaporó de su semblante, dando paso a la resignación y otros sentimientos que Louis no pudo identificar con una mirada.
—De acuerdo... pero si me fallas, te devoraré en el momento que menos lo esperes.
—Oh, linda. Es algo a lo que siempre estoy expuesto —declaró el ciervo con una sonrisa altanera, antes de levantarse y tenderle la mano, Ibuki la dejó ponerse de pie pero no la soltó, anticipando un movimiento a traición. Aunque para la hembra, tal opción fue tentadora, prefirió cerrar el trato. Sabía que sus acciones estaban siendo una locura pero ni siquiera el propio líder del Conglomerado sospechaba que su trato era absurdo e inútil.
.
El joven ciervo se estremeció de nuevo ante el recuerdo, optando por cerrar la ventanilla del vehículo mientras él y sus leones se desplazaban por la ciudad hasta arribar a la mansión de sus padres, la herencia que había recibido después de que el cáncer venciera a Ooguma en la batalla. Seguía siendo impresionante para él que hubiese conseguido mantener los negocios a flote, pese al sin fin de acciones radicales que efectuó a lo largo de su travesía. Pero más sorprendente era que se mantuviera en una pieza, considerando los incontables enfrentamientos que tuvo con otros ciervos que ambicionaban derrocarle. Louis no esperaba nada de su intrusión al edificio cuando avanzó junto a su acompañantes hacia las jaulas, ni siquiera prestó atención a los jugueteos de sus leones mientras caminaban en línea recta, pero si que lo impactó ver a su esposa aproximarse con una sonrisa hasta él, antes de estrecharlo contra su cuerpo como bienvenida. Entonces Louis se congeló, sus leones asombrados gimieron, pero apenas mencionaron palabra, tal vez porque la mirada gélida que Azuki les dirigió fue terminante y amenazadora. Louis no tuvo tiempo de comprobarlo antes de que ella se apartara, volviendo a sonreírle.
—Que gusto verte en casa, cumpliste tu promesa y eso me hace feliz.
—Azuki... esto... ¿por qué fue eso?
—Lo haces sonar como si fuera fría todo el tiempo —se quejó la hembra empujándolo ligeramente—. No lo digas en frente a tus gatitos.
—¿Gatitos? —Louis percibió la voz de Agata pero no se preocupó en mirarlo.
—Entonces, ¿no ocurre algo?
—Yo no dije eso. De hecho te tengo una sorpresa —comentó Azuki con una sonrisa coqueta, aprovechando su confusión para tomarlo de la mano y guiarlo con emoción—. Vamos, encerremos a estos chicos, he estado esperando mucho para mostrártelo. De prisa.
Louis no se resistió a la guía pero no perdió el tiempo en indicarles a sus leones los acompañaran, pues todo indicaba que no había tiempo para nada en esos instantes. El ciervo los resguardó en sus jaulas lo más rápido que le fue posible, con la insistencia de su esposa tras su espalda, y todo el presuro inicial fue abruptamente roto en el momento que se detuvieron ante una de las bóvedas vacías, un dato que llamó poderosamente la atención del aturdido marido.
—¿Por qué no me dices de qué va esto?
—Eso sería equivalente arruinar la magia. Hazme caso por una vez ¿quieres? Sino lo hacemos a mi manera, no será divertido. Ahora, quédate quieto —instruyó, rodeándolo para tender una venda negra con la cual pretendía cubrirle a Louis los ojos, pero éste se negó rotundamente.
—Te conozco, sé que eres una fanática del control y todo eso, pero hagamos a un lado las prácticas peligrosas —declaró bajando las manos de su esposa con delicadeza. Azuki le dedicó una sonrisa sugerente—. Te prometo que no miraré hasta que tú lo pidas.
—¿Es la paranoia hablando, querido? —le retó.
—¿No quisieras adueñarte del Conglomerado Cuernos? Siempre te gustó, fue la razón principal por la que aceptaste casarte conmigo ¿recuerdas?
—Oh, querido. Sabes cómo tentarme, pero no te preocupes. Si fuera asesinarte —Azuki deslizó el dedo índice sobre el cuello de Louis, cruzando su garganta con una caricia seductora—, no habría actuado tan obvia desde el comienzo. No olvides que tengo otros métodos para hundir a mis enemigos. A diferencia de ti, que dependes tanto de los carnívoros, yo no los necesito para cumplir mis caprichos. Creía que lo tenías claro.
—Eso me pregunto —declaró tragando en seco con una sonrisa que falló en ser segura.
—Te necesito vivo, amor —concluyó Azuki aburrida—. Ahora mantén los ojos cerrados.
Obedeciendo, Louis no se inmutó por el ruido de la puerta al ser abierta, dejando que las suaves y delicadas manos de su esposa lo condujeran al interior. Sus pasos fueron lentos pero no torpes entre la oscuridad, percatándose de las luces encendidas después de que Azuki lo dejara solo y escuchara sus pasos correr hasta el muro, antes de tomar otra ruta lejos de él, al parecer preparando algo más.
—¿Cuánto tiempo planeas dejarme en suspenso?
—Hasta que tenga listo el escenario, tengo la sensación de que lo necesitarás —escuchó decir Azuki desde una distancia corta, no estaba muy lejos, pero su respiración no era la única que ocupaba el espacio y esto a Luis lo inquietó—. Ya está. Puedes abrirlos. —No necesitó que se lo repitiera, así que Louis separó sus párpados al instante en busca de la respuesta a todas sus preguntas internas, nunca imaginó que lo que vería delante suyo lo dejaría sin aliento por unos segundos—. ¡Tarán!
Ante él, sosteniendo entre sus brazos a su esposa, y de rodillas, yacía un alto y delgado lobo gris. Louis se quedó observando sus facciones, deteniéndose en su gesto tímido cuando Azuki lo abrazó, frotando sus rostros con entusiasmo. Aquello a Louis no le hubiese parecido descabellado o peligroso de no ser porque carecía de un bozal o siquiera una correa sujeta al muro, quizás cadenas, sin mencionar que no estaba enjaulado.
—¿Qué... ? ¿Un lobo? —acertó pronunciar.
—¿No es un encanto? Lo compré esta misma tarde —dijo Azuki complacida con la reacción de Louis, no era muy común verlo petrificado de la sorpresa después de todo.
—No me opongo a que hagas gastos de esta clase pero... no está enjaulado —señaló con evidente incomodidad, misma de la que Azuki no se mostró consciente.
—Oh, si. Descuida, no hay necesidad de alarmarse. Mira —declaró ella, alejándose lo suficiente de Legosi para dar una demostración—. Acuéstate boca arriba —le ordenó y el carnívoro acató enseguida, tirándose siguiendo las indicaciones; Louis sólo pudo formar una mueca curiosa en su rostro por la respuesta—. Siéntate.
Legosi volvió a levantarse del suelo para sentarse frente Azuki, moviendo la cola ligeramente tras de sí, sin perder de vista a la hembra que sonreía satisfecha antes de volver acercarse para abrazarlo y acariciarle la cabeza. La escena a Louis le resultó extraña, dado que nunca la había visto comportarse de aquella manera con ninguna de sus mascotas.
—¿Un carnívoro sumiso? —Louis se cruzó de brazos ante la revelación.
—Siguiendo los consejos de los expertos, pensé que sería lo más adecuado —confirmó Azuki volviéndose hacia su marido—. ¿No te gusta?
—Como dije: no me opongo a que generes estos gastos, pero la presencia de un lobo sumiso es...
—¿Atrevido? —adivinó Azuki con una sonrisa maliciosa y Louis no tuvo más opción que guardarse su respuesta con obvia tensión—. Estaba planeando que te acompañara en tus viajes, ya sabes, para protegerte. Ya lo he visto luchar, te sorprendería lo hábil que es pese a su naturaleza dócil. Ya le tengo lista una jaula. No lo he presentado al resto de la familia aún porque sabía que tú eres el más indicado para ese trabajo.
—¿De eso de trata? En verdad eres una controladora, Azuki.
—No tienes que aceptarlo como mi regalo de cumpleaños sino quieres, pero definitivamente lo tomarás para cuidar de ti cuando yo no estoy mirando. Confío más en mi intuición de lo que creo en la lealtad de tus felinos, o en la lobita triste. —Louis hizo mala cara con el desdén que la ciervo le mostró a Juno—. Oh, también le di una presentación. ¿Quieres oírla? —Louis iba a negarse pero Azuki no perdió tiempo en dirigirse al carnívoro una vez más—. Vamos, preséntate ante mi esposo. Como lo ensayamos, ¿de acuerdo?
Con un asentimiento tímido, Legosi se arrastró con la cola oculta ante la mirada asqueada de Louis, quien no se impidió mostrarle desprecio por su comportamiento. Aunque le gustase sentirse poderoso ante carnívoros y herbívoros por igual, ver a una criatura -con el potencial de un lobo salvaje- actuar tal como le indicaban, le generó repudio. Louis nunca aceptó la existencia de carnívoros sumisos y ahora su esposa había traído uno a su hogar. No tenía idea cómo asimilar tal desafío por parte de su cónyuge. Sin embargo, para su sorpresa, Legosi le dedicó una mirada segura en el momento que se detuvo frente a él; esto lo desconcertó. No había real sumisión en aquellos ojos marrones, sólo una pequeña muestra de vergüenza. La idea le incitó sentir menos rabia por lo que presenciaba, esperando escuchar la voz de aquel lobo que se mantuvo callado hasta ese momento.
—Un placer conocerlo, amo. Agradezco que me aceptase en su hogar como una nueva mascota. Lamento los inconvenientes que podría causar con mi abrupta presencia. Mi nombre es Legosi, y de ahora en adelante entregaré mi vida a su servicio —dicho aquello, Legosi ejecutó una reverencia de lo más grácil que fascinó a Louis. Sin embargo, algo más había consumido su absoluta atención.
—¿Legosi?
—Un nombre curioso ¿cierto? —intervino Azuki desde su posición—. Incluso eso tiene una explicación. Legosi no era un producto original de Carnivorous' Corporation. Llegó allí por circunstancias anormales, por lo que es posible tuviera un dueño. Y para hacerlo más interesante, es el primer carnívoro con amnesia. No recuerda nada de su vida pasada.
—¿Sabiendo eso lo compraste?
—La razón por la que he aceptado gran parte de tus mascotas ilegales, es precisamente porque me gustan los retos. Legosi es un misterio que no iba a dejar pasar. ¿No habrías hecho lo mismo si estuvieras en mi lugar? —inquirió, consiguiendo que Louis desviara la mirada, sólo para terminar notando que Legosi continuaba delante de él.
—¿Y tú por qué no te has movido? Largo —espetó haciendo un gesto con el brazo. Legosi bajó las orejas en respuesta.
—Legosi, quédate ahí —ordenó Azuki, su esposo la miró a ella entonces con enojo.
—¿Ahora qué buscas?
—Tu aprobación —dijo terminante, para sorpresa del otro ciervo—. Al menos intenta tocarlo. No habrá un buen desenvolvimiento sino existe contacto físico. Legosi se presentó, lo natural es que lo premies con una caricia. Los sumisos sólo necesitan eso para obedecer.
—¿Te lo dijeron en la corporación?
—Estuve investigando rigurosamente por mi cuenta, antes de siquiera poner un pie en el negocio de mascotas. Por favor haz lo que te digo y acarícialo.
Nada conforme con la demanda de su esposa Louis deslizó la mirada por la expresión nerviosa del canino, quien mantenía las orejas caídas y la cola oculta. Louis bufó, expresando lo estúpido que tal ritual le parecía, aún así extendió un brazo hacia el carnívoro quien no se mostró nada dispuesto aceptar su intrusión, evadiendo su mano.
—¿Ahora qué?
—Legosi puede sentir tu desacuerdo —informó Azuki con cierta molestia—. Mientras no muestres consentimiento, la conexión no será formal. Y yo que pensé eras un verdadero amante de carnívoros. Desde mi punto de vista, no eres más que un poser —bromeó.
—Como sea —Louis bajó el brazos con exasperación—, no tengo tiempo para esto. Luego podemos solucionar el asunto, por ahora quiero irme a dormir. Terminemos esta noche.
—Como gustes —Azuki asintió rompiendo la distancia que había establecida entre ella y los varones—, llevémoslo a su jaula. —Tomando de la mano a su mascota, Azuki lideró el camino fuera de la bodega que los tres estuvieron ocupando—. Vamos, Legosi.
Quedándose quieto unos momentos, Louis reflexionó en la marcha de las circunstancias. Juno había aceptado formar parte de la mansión porque le había prometido protegerla mientras tenía de vuelta a Legosi en su vida. Y ahora que el lobo de su acuerdo estaba en casa, no estaba seguro cómo avanzarían las cosas, considerando que el susodicho no contaba con la salud mental apropiada para alejarse junto a quien aclamaba ser su pareja. ¿Acaso lo haría recordar? ¿Podría un romance añejo desvanecer las penumbras de la ignorancia? Seguro era que Juno estaría devastada por la noticia, pero aún así Louis no podría ocultárselo aunque quisiera. Además, su esposa había comprado a Legosi, y estaba tan encantada con él que sería incluso contraproducente que le fuera arrebatado de un momento a otro. Todos sus planes futuros y tranquilidad vieron su quiebre con la llegada de este manso lobo gris. Louis gruñó, prefiriendo hacer a un lado sus pensamientos. Ya vería de qué manera avanzaba esta situación; entonces encontraría una forma de resolverlo sin tantos rodeos.
.
Un golpe y la respiración de Mizuchi se cortó. Dos golpes consecutivos contra el costal de entrenamiento, entonces sintió que se ahogaba en los recuerdos que la atormentaban. Patética, inútil e indefensa. Fue así como se vio a sí misma en el instante que la empresa de ejecutores sugirió no necesitarla más entre sus filas. Frente a ella danzaron las imágenes de su miserable vida, a lado de bestias que sólo la trataron con desdén. En su empleo había encontrado la paz mental que necesitó, y se aferró a esta creyendo que nada la expulsaría. Pero un fallo bastó para que luciera como un estorbo, un objeto reemplazable como se había visto toda su vida desde el momento que quedó huérfana. Llena de pánico, se rebajó a suplicar, incluso arrodillarse pero no fue escuchada. Su jefe se burló de ella junto a todas sus compañeras, aquellas con las que había compartido momentos, con quienes creyó formar un vinculo; quienes la juzgaron de estúpida por haberse creído parte de la manada.
Kyuu había resaltado la ineptitud familiar corriendo por sus venas, expulsando el humo de su cigarro con una mueca burlona, mientras Mizuchi no pudo hacer más que cerrar los puños, avergonzada y destrozada. Era consciente de sus equivocaciones pero le parecía una injusticia que tales determinaran su valor cuando otras habían cometido peores faltas.
Más golpes llenos de su ira azotaron el costal, mientras ella emitía gritos desgarradores, odiando cada minuto que había vivido de semejante humillación; el momento en que todos sus esfuerzos no significaron nada para el mundo. Pero entonces intervino ella; Haru. La coneja a quien no se había molestado tratar, a quien incluso se había atrevido despreciar por su condición enana común, e incluso por sus descaradas aventuras sexuales. La chica que la defendió sin esperar siquiera un agradecimiento, sólo porque le había parecido una estupidez de su jefe y el resto del grupo, desperdiciarla cuando tenía otras cualidades fuera de combatir. Ella no le había sonreído en el momento que cruzaron miradas, sólo había sentido el impulso de meterse en algo que no le competía, porque entre la vorágine de pensamientos, la asaltó la necesidad de ayudar al débil, pero no porque la subestimara, sino porque había visto en ella lo que los demás se negaron apreciar.
Mizuchi pateó el costal, perdiendo el equilibrio y cayendo a su perdición en el suelo. Respirando con dificultad, se dejó recuperar el aliento, las imágenes volviendo a su mente. Cómo se le permitió quedarse en la oficina que le fue asignada en un principio, ocupando un puesto menos importante en la empresa pero conservando el empleo que necesitaba para sobrevivir. Mizuchi sabía que todo esto se lo debía a Haru, a quien cuyos pasos percibió acercarse, liberándola de la carga con la que estuvo resistiendo sola en las sombras.
—Eso fue genial —le dijo Haru con una sonrisa, las manos en la cintura, presumiendo un semblante jovial y extrovertido—. Sigues estando en forma a pesar de ya no ser un conejo soldado. Aunque, en mi opinión, creo que lo recalcarías más si te quedaras de pie después de tremenda demostración.
—Haru... —La conejo arlequín ahogó un sollozo, inquietando a su acompañante con esto.
—¿Eh? ¿Estás llorando? Perdón, no quise...
—No... está bien —le interrumpió—, no ha sido tu culpa. Es sólo... —Mizuchi intentó secarse inútilmente las lágrimas mientras se ponía de pie—. Recordaba ese día. En verdad te estoy agradecida, de no haber sido por ti, yo...
—Oye, lo hice con gusto —declaró Haru—. Debo confesar que me parece romántica la idea de que alguien dependa tanto de mi emocionalmente, pero no olvides vivir por ti misma. Hay que resistir lo que se nos ponga enfrente, te lo dice una coneja que ha tenido que vivir de todo sólo por ser como soy.
—Oh, Haru. Ojalá fuera tan fuerte como tú.
—No soy fuerte, bueno, sólo cuando es necesario. En realidad, te envidio.
—¿Tú envidiarme a mi?
—¿Por qué te sorprende? —inquirió Haru con una sonrisa divertida—. Sólo mírate. Eres alta, tienes buen cuerpo, te has superado a pesar de las adversidades, tienes casa propia y además un novio con un buen empleo. Cualquier coneja quisiera tener tu suerte. ¿Por qué te imaginas que nuestras hermanas te humillaron esa ocasión? —Mizuchi lo consideró con detenimiento pero no expresó nada al respecto. Haru retomó la palabra—. Mira, sé que hace poco tú y yo comenzamos a convivir, pero desde el principio vi aspectos en ti que me hubiese gustado poseer. Incluso Kyuu parecía molesta cuando te aceptaron en la empresa. Todas las que estamos aquí, somos desafortunadas sin un futuro brillante después de todo.
—Por favor, no sigas —le espetó Mizuchi con un gesto de su mano, abrumada por aquella información. No tenía idea de nada de lo que Haru le había dicho, y esta conocimiento le ayudó comprender un poco el porqué de las situaciones—. Gracias, no lo sabía.
—Está bien. Sabes que al menos por mi parte no hay rencores. La preocupación y cariño que me has mostrado es suficiente. De hecho, vine para invitarte a comer. ¿Quieres?
—No tengo apetito, pero un café si acepto.
—Genial, conozco uno cerca de aquí. Vamos antes de que a nuestro jefe se le ocurra aparecer.
Riendo dentro de su entusiasmado asentimiento, Mizuchi siguió a su compañera fuera del edificio, encontrando en sus palabras tranquilidad, pues ciertamente le había estado atormentando el suceso a pesar del tiempo transcurrido. Manteniendo una nueva conversación mientras caminaban por las avenidas, ambas conejas se olvidaron de observar alrededor, razón por la que Kyuu las mantuvo bajo mira con gesto severo. Chupó el cilindro de tabaco entre sus dedos, expulsando en humo con un suspiro fastidiado, pretendiendo ignorar la llegada de una gacela a un costado de su posición.
—Llegas tarde, ella acaba de salir.
—¿Puedes señalarla? —quiso saber su acompañante, entonces, sin mirar, Kyuu estiró un brazo en dirección a las dos conejas que marchaban con alegría—. Ya veo, ¿qué te hace pensar que ella podría ser la coneja que busco?
—Hay rumores que dicen que fue rescatada por un carnívoro en mitad de una misión. Y como sabes, los conejos somos herbívoros que no suelen adoptar mascotas.
—Tu amiga Ako lo hizo.
—Fue ilegal, ella ambicionaba desatarse de nuestros códigos y formar parte de los poderosos. Obtuvo contactos y compró un león, el resto es historia.
—Si, yo estuve ahí para presenciarlo.
—A todo esto, ¿la tarifa por mi información se mantiene?
—No te preocupes, en cuanto la capture, recibirás tu pago tal como pactamos.
—Eso exijo. Arriesgo mi calidad de vida cada vez que tú o uno de tus carnívoros me contacta.
—Pues pronto te llamará uno de mis nuevos integrantes —replicó la gacela apartándose del muro con intenciones evidentes de marcharse—. Me dijo que le apetecía carne de conejo.
—¿El oso otra vez? —Kyuu gruñó—. Que fastidio.
Melon comenzó a caminar sin novedad sobre la acera, cruzándose con otros transeúntes en su rutina. Mientras tanto Kyuu permaneció en el mismo sitio, encendiendo un nuevo cigarro cuando el primero se consumió entre sus labios. La herbívora se había enlazado al crimen organizado desde muy joven porque el pago le resultaba más generoso de lo que ganaba en la empresa, así que no dudó sostener la misma postura en el negocio. Y aunque estaba acostumbrada a involucrarse en fraudes y otros crímenes de la índole, por alguna razón se reconocía nerviosa cada vez que aquella rara gacela con cubrebocas solicitaba sus servicios.
