¿Doble entrega? ¡Estoy incontenible!
Capitulo 10: Mi Amor Nunca Morirá
Una marea de emociones se coló en su interior apenas cerró los ojos, le siguió un perturbador susurro que cada vez se volvió más audible, más claro, más agudo como un grito. Después del crecendo, vino el silencio.
La Era Dorada era eso y más. Era la joya de la corona en toda galaxia, era casi una utopía en el basto universo amenazado por los piratas de pesadillas. La luz en medio de la oscuridad.
Como el comandante en jefe al servicio de su majestad, el Tsar Lunar, era un gran honor pelear para proteger su hogar, pero desde luego, no tenía suficiente tiempo para una vida propia cuando el Tsar y su familia le pedían combatir a las Pesadillas que acechaban en la oscuridad. Si, Kozmotis Pitcher era esa clase de persona. Pero de vez en cuando disponía de un día o dos para asistir a ciertos eventos que consideraba importantes, y esa noche precisamente debía asistir a una boda, en petición de un viejo amigo.
Solo porque se trataba de Altaír, un hombre retirado del ejercito quien prefirió dedicarse al comercio y a su familia, decidió asistir; él tenía una bella esposa, Ilma, cabello café oscuro, piel clara y ojos azul oscuros con una pequeña nariz y de complexión delgada. A ella conoció meses antes de que se casarán. Tuvieron dos hijas poco después de eso. Kozmotis nunca las vio, y ahora, veintiún años después, debía asistir a la boda de la segunda hija, Jane.
-¡Muchas gracias por asistir!-le dijo la novia. Tenía los ojos azul claros de Altaír, y también un cabello marrón acomodado en un bollo alto donde se sujetaba el velo de novia. Tenía pecas en las mejillas, y el escote del vestido dejaba ver las de sus hombros. Cualquier novia está feliz de casarse, pero Altaír le había comentado en más de una ocasión que Jane siempre había sido animada e hiperactiva, así que en este día lo iba a estar todavía más.
-Jane, ve a buscar a tu hermana, juraría que estaba aquí hace un segundo.-le pidió Ilma a su hija.
-¡No hay problema! ¡Chris, ven y ayúdame!-la pecosa tiró del brazo a su ahora esposo, el cual era alto y fornido, rubio y de ojos cafés, a él no parecía importarle que la muchacha lo jaloneara, es más, parecía feliz al respecto.
La fiesta se había hecho en la casa de Altaír e Ilma, muchos dirían que era más bien una mansión pero ellos preferían decirle casa…como si ocho habitaciones y los establos no fuesen la gran cosa para ellos, pero de nuevo, estaban demasiado inmersos en su felicidad como para darse cuenta algo así. Estaba repleto de invitados, familiares y amigos tanto de los recién casados como de los dueños de la mansión, todos vestían ropa elegante, sacos de colores cálidos como el rojo, dorado o naranja, los vestidos de las damas oscilaban en tonos pastel, como el verde, rosa, amarillo o lila. Kozmotis no había tenido tiempo de buscarse algo para asistir así que simplemente se puso su uniforme, un traje azul marino con adornos dorados en los hombros, cintiló negro, pantalones blancos y botas negras, omitió la capa para ahorrarse las atenciones innecesarias.
-¡La encontré!
Todos voltearon a ver a Jane, quien traía a su hermana de una mano y a su esposo en la otra.
-Kozmotis, ella es mi hija, Elizabeth.
Fue lo último que él alcanzó a escuchar de Altaír, la algarabía de los invitados se había vuelto un eco lejano mientras veía a la muchacha. La joven resaltaba de entre todas la demás gracias a ser la única que usaba un vestido azul cielo, con un cinto blanco que le ceñía la cintura, sus zapatos también eran blancos; había heredado la cara de muñeca de su madre, pero su mentón era alargado como el de su padre, sus ojos eran de un azul intenso, las pecas en su nariz casi no se notaban debido a su tez pálida y sonrosadas mejillas, y su cabello estaba colocado en una trenza que se dejaba caer en su hombro sin mangas hasta alcanzar la cadera.
-Solo llámeme Liza.-le dijo al extender su mano mientras le sonreía, pero Kozmotis pudo distinguir que ella se estaba esforzando al hacerlo, sonreía por educación, no porque de verdad quisiera.
Kozmotis la saludó sin saber qué cara tenía.
A partir de ese día, el balance entre su trabajo y sus visitas a la casa de su amigo se volvió bastante complicado. Cuando visitaba aquella mansión, Elizabeth no se encontraba la mayoría de las veces, y aunque tratara de ocultar cuan decepcionado se sentía al respecto, era casi imposible. Él sabía que su amigo podía leer esa decepción aunque fingiera, lo cual era un tanto embarazoso. Un día, en una de sus visitas, Ilma le sugirió que fuera a los establos a dar un paseo para ver los corceles que su esposo había conseguido hace años. Al final de su visita, y al ver que Elizabeth no aparecía, hizo caso a la sugerencia de Ilma, siendo acompañado por ella.
Al llegar vieron a Elizabeth con pantalones azules y botas negras de trabajo, tarareando y atendiendo a los mientras los alimentaba con algo que daría en una cubeta de plata. Kozmotis notó que le hablaba a las criaturas, las mimaba. Parecía otra persona frente a esos corceles comparada a cómo se comportó con él durante la boda de Jane, su hermana.
-Elizabeth, cariño. -le llamó Ilma a su hija. -Aquí hay alguien que quiere saludar antes de irse.
Kozmotis entró sin mucha ceremonia, solo con una sonrisa y con el mismo uniforme que traía el día de la boda de Jane. Elizabeth se extraño notablemente al verlo, es como si estuviera molesta, lo cual él no ignoró, ni tampoco la madre de la joven.
-Si busca a mi padre, él salió esta mañana a hacer unos negocios en el puerto espacial, no volverá hasta mañana. -dijo Elizabeth.
-No, mi cielo, el señor Kozmotis vino para darme un mensaje del Tsar Lunar que iba dirigido a tu padre; hablamos un poco sobre los viejos tiempos de antes y cuando conocí a tu padre. Te estuvimos esperando para que nos acompañaras pero nunca viniste.
-Mis disculpas, pero ahora que mi hermana está casada y se fue a vivir con su esposo, soy yo la que se hace cargo de nuestras tareas habituales. -explicó la joven mientras los veía y alimentaba a los corceles.
-Es una pena, en verdad me habría gustado conversar con usted, señorita Elizabeth.
-Liza, solo dime Liza.
-Tengo una idea, ya que Kozmotis vino de tan lejos y partirá mañana para otra misión, ¿qué les parece sin cabalgan juntos un rato?, así tendrán algo que hacer mientras hablan. -sugirió Ilma mientras buscaba las monturas.
Elizabeth aceptó la propuesta de su madre a regañadientes. Ambos cabalgaron por una hora pero no hablaron realmente, ya que cada vez que Kozmotis la llamaba por su nombre, ella se volteaba para instarlo a que la llamara "Liza" y después se retiraba a todo galope para evitarlo. Kozmotis tuvo suficiente de eso así que dedicó confrontarla.
-Señorita Elizabeth, ¿acaso hice algo que la ofendiera para que esté molesta conmigo? -aprovechó para preguntarle ahora que estaban en la cima de una colina un tanto empinada, árboles rodeándoles y el sol detrás de ellos.
-Es Liza, ¿por qué insiste en llamarme Elizabeth?, es un nombre soso.
-Porque es suyo. Es un nombre tan hermoso como usted. Y si hice algo para molestarla, aparte de esto, me disculpo.
Ahora ella se sentía mal por haberlo tratado de esa forma. Suspiró y bajó de su caballo para sentarse contra uno de los árboles. Kozmotis hizo igual, colocándose al lado de ella. Ahora que se daba cuenta, la notaba algo cansada, tensa, como si no pudiese estar tranquila y hubiera ventilado su enojo contra él.
-Ahora que Jane se casó, No solo tengo que ayudar a mi padre con los negocios en el puerto, también he tenido que ayudar en casa a mi madre con casi todo, luego están las tareas que Jane y yo hacíamos y ahora también debo hacer eso y las tareas que eran de ella. -ahora él lo entendía, la pobre chica trabajaba hasta el cansancio.
-Perdone la observación pero, ¿qué no tienen sirvientes que hagan eso?
-Si...pero no quisiera cargarlos con más trabajo del que ya tienen por mantener una mansión como esta. Entre mi trabajo con mi padre y las cosas de la mansión ya no sé ni como hacer tiempo para mí.
-Oiga, bien dicen que el que hace lo que puede no está obligado a más. No tiene porqué sentirse obligada a cargar con todo usted sola, puede pedir ayuda de otros.
-... es que... si no lo hago todo yo... siento que no sirvo de nada al quedarme en esta casa. -ahora sonaba triste, había pegado las rodillas a su mentón para evitar que la viera así. -Ya tengo más de veinte años, mi hermana menor se casó antes de mí... ya soy una carga para mis padres. -le explicó tratando de no ponerse a llorar. -Ellos dicen que no debo apresurarme pero si no me caso pronto... temo que mis padres lleguen a pensar que soy una inútil.
-¿Se está escuchando? -Kozmotis estaba incrédulo ante sus palabras. -Son sus padres de quienes estamos hablando, ellos nunca pensarían algo así ni de usted ni de su hermana. Los primero años cuando ustedes nacieron, Altaír no hizo más que hablar de cuan maravilloso era todo lo que hacían. -le dijo, esperando que pudiera mejorar su humor.
-¿Es eso cierto?
-Créame, cuando ustedes eran pequeñas, él prácticamente adoraba todo lo que hacían.
Elizabeth se río, era una auténtica carcajada. Kozmotis vio eso como una indiscutible victoria.
Las siguientes visitas que él realizó fueron mejorando cada vez más. Elizabeth se presentaba cada tanto, y las veces que lo hacía, se la pasaban hablando por horas; también había notado a la joven menos estrenada, menos tensa y más alegre, con más intenciones de convivir con él. Había dejado las tareas que solían ser de ella y de su hermana a los sirvientes, quienes al parecer no se habían molestado en absoluto por eso, se había centrado más y más en ayudar a sus padres en lo que se les ofreciera, pero aún así era demasiado trabajo, sin mencionar que ella seguía preocupada con eso de que no recibía propuestas de nadie de su agrado.
Un día, Kozmotis llegó a la mansión para encontrarse con Elizabeth, pero en vez de que ella lo recibiera en la puerta, Jane fue quien la abrió para dejarlo pasar. Al parecer Elizabeth se había ido al puerto espacial con su padre para ayudarle con sus negocios de una manera más directa, y en vez de él irse sin más, Jane lo invitó a que tomara el té con ella y su esposo en lo que su padre y hermana regresaban.
-Debería casarse con mi hermana.-fue lo primero que ella soltó cuando Kozmotis daba el primer sorbo a su taza. No hace falta decir que casi expulsó el té, casi.
-Jane, no creo que el comandante en jefe quiera escuchar eso. -mencionó Chirtopher, el esposo de Jane, para que ella fuese más discreta.
-Ay, por favor, mi madre me ha dicho que él viene en sus días libres a pasar el día con mi hermana, y hasta ahora ella no lo ha rechazado. Puedo apostar el juego de té de la bisabuela a que usted se lo está pensando. -Kozmotis quiso decir algo, pero ella lo cortó antes de decir nada. -Cuando éramos pequeñas, mis padres apenas tenían tiempo para nosotras, por lo que ella era quien me cuidaba, Liza es así, cuida de todos y ve que todos estén bien, pero cuando se trata de ella y de lo quiere no acepta la más mínima ayuda. Ella piensa que quedándose aquí le genera inquietudes a mis padres, solo pídale matrimonio para calmar sus ansias y que piense en sí misma por una vez en la vida.
Tanto Christopher como Kozmotis estaban mudos, esa chica era perspicaz y muy buena racionalizando el panorama completo.
-Mis padres darán una pequeña reunión la próxima semana, por su aniversario de bodas, debería pedirle matrimonio ahí mismo.-le sugirió para después darle un sorbo a su té.
Kozmotis no podía objetar con ella, no luego de toda la razón que ella tenía en cuanto al por qué de su idea.
-Aún es muy pronto para pensar en una propuesta, ni siquiera le he preguntado si quiere algo serio conmigo, ni siquiera le he dicho que la quiero. -trató de explicarle para que fuera más realista.
-Usted la ama, ¿no es cierto? -preguntó Jane sin dejar de verlo con seriedad, aunque no le quedaba, sabiendo lo alegre y poco madura que era.
-…si… ¿y?
-¿Entonces de que se aflige? Si pide la mano de mi hermana estoy más que segura que mis padres lo aprobarán, yo lo hago.-dio otro sorbo a su té.-Escuche esto, mi hermana ha tenido varios pretendientes, pero jamás intercambió más de cuatro palabras con ellos, jamás permitió que algún hombre se le acercara demasiado por ser poco elocuentes; ahora usted, ha convivido más con ella que el resto de los incautos que rechazó antes de que ellos le hicieran una propuesta. Créame cuando le digo que si le propone matrimonio a mi hermana, ella aceptará.
Ese discurso le dio algo de confianza, después de todo, la que conocía mejor a Elizabeth era su hermana, y si ella lo decía entonces era verdad, Kozmotis tenía mayores posibilidades. Las cuales pensó hasta el día del aniversario de bodas de su amigo.
La fiesta fue pequeña, mucho más pequeña que la boda de Jane, lo que hizo sentir al comandante más tranquilo. Él llevó a Elizabeth a un lugar apartado de los invitados, un balcón que se situaba en la parte frontal superior de la mansión. Ahí la llevó para tener algo de privacidad. Sacó la cajita y le pidió matrimonio...poco ortodoxo, ¿no?
Elizabeth estaba tiesa, muda, no dejaba de mirar el anillo, una pieza de plata que brillaba completamente. El silencio y su falta de negativa o aceptación hicieron a Kozmotis llegar a pensar que esto había sido una mala idea. Pero luego, ella empezó a derramar lágrimas y a asentir frenéticamente. La pobre no podía no hablar, por lo que él aprovechó para ponerle el anillo... así como que no queriendo la cosa; la abrazó y besó por primera vez, y se dio cuenta que pedirle matrimonio fue lo mejor que pudo haber hecho en su vida.
Cuando regresaron a la fiesta, Elizabeth y Kozmotis hablaron en privado con los padres de la joven, quienes no se molestaron en ser discretos... en lo más mínimo. Luego de que Altaír aprobara la propuesta de Kozmotis y los abrazara como a un hermano, y luego de que Ilma gritara de alegría y los abrazara en conjunto como si el novio fuera su hijo, les anunciaron a todos los invitados del compromiso de su hija, lo que significó una doble celebración en una sola noche. La pena ajena era visible en el rostro de Elizabeth, y también la alegría de su hermana Jane.
-Creo que ahora tendré que llamarte cuñado, ¿no? -Jane bromeó con Kozmotis toda la noche de la cena en que celebraron el compromiso.
Un año más tarde, Elizabeth cambió su apellido cuando se ofició la boda, pasó de ser Elizabeth Telvi a ser Elizabeth Pitchiner.
Kozmotis fue requerido unos meses después de la boda, el Tsar en persona lo llamó para ascenderlo a general de la armada real, pero esa no fue la única razón por la que tuvieron para celebrar. Si Kozmotis ya era dichoso por tener a Elizabeth de esposa, se sintió el hombre más feliz del universo cuando ella le dijo que estaba embarazada, esa felicidad solo se materializó cuando la bebé nació. No hace falta decir que los abuelos estaban emocionados por consentir a su nueva nieta.
-¿Ya tienen un nombre para la pequeña? -les preguntó Ilma.
Elizabeth estaba postrada en cama, tenía al menos dos horas de haber traído a la criatura al mundo, la bebé estaba en sus brazos, limpia y arropada en una manta blanca con bordados azules que le había hecho su ahora abuela; mientras, Kozmotis se encontraba a su lado, sentado y sin perder de vista de su hija y esposa.
-Jane.
-Emily.
Los padres hablaron al mismo tiempo, dejando a Ilma confundida.
-¿No sería confuso llamar a nuestra hija como tu hermana? -le dijo Kozmotis a Elizabeth, pero ella no se retractó.
-Emily es un nombre lindo pero...no me convence. -le comentó ahora su posa.
-De acuerdo, entonces le pondremos Emily Jane Pitchiner. -finalizó Kozmotis volteando a ver a Elizabeth para besarla.
-Complaciente como de costumbre. -comentó Ilma con una sonrisa.
Ahora Kozmotis tenía dos personas esperándolo en casa cada vez que se iba, dos razones para volver con vida. Emily pronto demostró ser una niña fuerte, atrevida y vivaracha, quien admiraba a su padre y lo imitaba mientras jugaba. Elizabeth siempre la regañaba por jugar lejos de casa, incluso había rogado a Kozmotis en numerosas ocasiones que hablara con la niña para que dejara de hacerlo, pero él siempre se hacía de la vista gorda; ahora entendía a Altaír, era normal adorar todo lo que tus hijos hacen, él lo hacía, nunca pudo cambiar el comportamiento de su hija porque le encantaba, amaba a sus dos chicas con todo el corazón.
-¿Por cuanto tiempo será esta vez? -preguntó Elizabeth al ver a su esposo partir otra vez. Él había regresado hace tres días y ahora tenía que volver a irse... empezaba a creer que no era justo.
-No demasiado, como mucho dos días. Interceptamos a los piratas decidiendo una reunión con todas las pesadillas, no muy lejos de aquí pero tampoco muy cerca, será rápido, y si todo sale bien, al fin los atraparemos a todos para que esta guerra termine.
Kozmotis hablaba con tanta confianza y con tanto anhelo que hasta Elizabeth creía que era posible terminar con esto de una vez por todas. Casi siempre, cada que su esposo se iba, Elizabeth pensaba que él les pertenecía a esas pesadillas más que a ella, puesto que si bien, Kozmotis regresaba a ella y a Emily, hasta que esas cosas no estuviesen encerradas, él se iría nuevamente para perseguirlos. Era una idea que se encontraba evadiendo cuando Kozmotis se iba.
-Cuídate mucho, por favor. -le suplicó tomando sus manos antes de que se diera vuelta.
-¡Papi! -y ahí venía Emily, todo un personaje dentro de la familia, ella y su tía, Jane adoraban molestar a otros cuando las llamaban por el mismo nombre.
La pequeña ahora tenía cinco años, había heredado la piel bronceada de su padre, su pelo negro y ojos marrón dorado, no obstante, todos podían ver que era idéntica a su madre cuando ésta era una niña. Ella odiaba cuando su papá se iba, pues sabía que pasarían varios días hasta que lo volviera a ver, ella odiaba eso.
-No te vayas. -ella estaba haciendo ese mohín de nuevo. Traía algo jugueteando entre sus manos mientras rogaba con ojos de borrego degollado a su papá que no se fuera.
-No tardaré nada. ¿Qué es eso que llevas ahí? -Kozmotis le sonrió mientras rebuscaba entre las manos de su hija, pero ella lo evadía riendo y carcajeando antes de dárselo.
-Es algo que hicimos entre las dos. -le explicó su esposa. Kozmotis abrió lo que parecía ser un camafeo, el cual tenía una imagen de su hija junto a su esposa. -Le pedí a mi padre que lo mandara a hacer.
-¡Yo puse la foto! -anunció triunfal Emily. -¿Vas a volver, no? -preguntó ella con mucha preocupación.
-Claro que sí, siempre lo hago. Siempre volveré a ustedes. -le aseguró su padre.
-...¿lo prometes?
Emily vio como su padre tomaba el camafeo y lo colocaba en su cuello, combinando el dorado con su armadura. Luego las abrazó a las dos, ahí en la puerta de su casa, y las beso a ambas.
-Por mi vida. -finalizó él antes de salir de ahí.
Se supone que la misión era sencilla, ya tenían la ubicación de los piratas, así que la respuesta era obvia, tenderían una eficaz emboscada para atraparlos y salir de ahí antes de que nadie saliera herido. Sí, eso era lo que tenía que pasar... se supone que debía pasar. Kozmotis entonces vio, ante la falta de piratas, que no había ninguna reunión, que la información que habían conseguido era falsa, y que esas cosas no estaban ahí... entonces temió lo peor. Todo pasó muy rápido, él y su ejército se dirigieron hacia su casa, solo para encontrar que su hija estaba perdida, y su esposa estaba muerta en un barranco, el barranco que está detrás de su casa.
Cuando capturaron a todos los piratas, Kozmotis fue a verse con su esposa, la cual yacía sin vida al final del barranco, sosteniendo entre mantas una muñeca que tenía la estatura de Emily. Estaba helada, pálida, Kozmotis desearía que todo esto fuera un sueño...una pesadilla de la cual pudiese despertar. Lamentablemente. el grito de dolor y furia que dejó salir ahí mismo, le confirmaron que su Elizabeth estaba muerta.
Los Telvi recibieron la noticia al día siguiente, de parte de Kozmotis, quien parecía más bien un muerto en vida. Jane fue la primera en abrazarlo mientras lloraba en su hombro, luego Christopher la apartó un poco para que no lo abrumara, pero Kozmotis estaba inmóvil mientras echaban tierra sobre el ataúd de su esposa. Lo único que dijo fue que no hablaría con ellos por un tiempo, para evitar que otra tragedia pasara. Al día siguiente, después del funeral, Kozmotis volvió a las filas del ejército, al frente y al centro, pues había rechazado el tiempo de descanso en el que estaría de luto por su difunta esposa.
-Ahora que los piratas que amenazaban nuestro hogar han sido capturados, he dado la orden de que se les confine para siempre en una prisión, un planeta pequeño que se volverá su lugar por el resto de sus vidas. -explicaba el Tsar, el gobernante de la Era Dorada. Al fondo, en las sillas designadas a los gobernantes, se encontraba su esposa, la Tsarina, cargando en sus brazos al futuro gobernante, un bebé cubierto en mantas de cuya cabecita se asomaba un solo mechón de cabello saludando por encima a todos. -Ahora lo único que hace falta, es designar al soldado que se encargará de vigilar la puerta de los prisioneros. Hay una sola entrada, una sola salida, y miles de millones de prisioneros. Aquél que sea elegido, deberé mudarse a ese pequeño planeta y custodiar la puerta...por siempre.
Los murmullos eran audibles, entre tantos soldados era obvio que no existiría el silencio, pero nadie alzó la voz en absoluto.
-¡Yo lo haré! -nadie, excepto el general Kozmotis Pitchciner. -Me encargaré de vigilar esa puerta para que esos piratas no vuelvan a hacer daño a nadie nunca más. -dicho esto, empezó a caminar lejos de las filas para colocarse a la par con el Tsar.
Todos sabían de lo ocurrido entre el general y los piratas, podían entender por qué se veía tan acabado, demacrado y con apenas la fuerza para estar presente, más no comprendían por qué él llegaría a tanto, pero el Tsar si lo entendía. El Tsar entendió que Kozmotis hacía esto para evitar que lo que los piratas le hicieron a él, se lo hicieran a alguien más.
-Está decidido, el general Kozmotis Pitcher queda relevado de su cargo...para custodiar el aprisionamiento de las pesadillas. -había dicho el Tsar, y lo que él decía era ley.
Durante días y noches enteras, Kozmotis se mantenía al margen de la enorme puerta que separaba a esas cosas del resto de la galaxia, no había forma de que salieran, había visto que éste era el trabajo perfecto; se encargaría de vigilar que ese monstruos no lastimaran a nadie más, y él se quedaría ahí para siempre...era lo mejor, pues con su hija perdida y la muerte de su esposa, ya no le quedaba nada, nada por lo cual salir de ahí. Esta vigilia duró tanto que ni él mismo se vino a dar cuenta de cuanto tiempo había pasado, lo único que lo mantenía con algo de esperanza, era el pensamiento de que tal vez su hija estaba por ahí, sí, estaba lejos, perdida, pero al menos estaba viva. Día y noche miraba el camafeo que sus queridas Emily y Elizabeth le dieron el último día que las vio, eso lo mantenía ligeramente cuerdo.
-¡Papá!
Kozmotis dio respingo al escuchar lo que parecía ser la voz de Emily. Estaba haciendo guardia al frente de la puerta, los monstruos murmuraban cosas como de costumbre, implorando ser liberados, pero de entre las quedas voces pudo escuchar a Emily llamarlo.
-¡Papá, tengo miedo! ¡Ayúdame! ¡Está muy oscuro y lo odio! ¡Ayúdame, tengo miedo!
Kozmotis consideró la posibilidad de que los piratas habían capturado a su hija cuando mataron a su esposa, pensó que ella estaba ahí, sufriendo y llorando, queriendo verlo, pero ella estaba encerrada, sola.
-Emily...
Acercó sus manos poco a poco, sudando frío sin dejar de oír el llanto de su hija, rogando que abriera la puerta para dejarla salir a la luz. Cuando la abrió, se desató el infierno.
Las pesadillas lo rodeaban, buscó con la mirada pero no vio a Emily por ningún lado, había sido engañado de nuevo. Luchó contra los piratas, intentó corta algunos con su confiable guadaña pero no sirvió de nada, las voces quedas se habían vuelto gritos agudos e insoportables, lo rodeaban, rasgando su armadura y su cara.
-¡¿Qué es lo que quieren?! -siguió luchando hasta que las pesadillas se volvieron una enorme ola negra de voces agudas e inquietantes que se sincronizaron para responder a su pregunta.
-¡A ti!
La ola lo devoró, se lo comían por dentro y por fuera, destruyendo cada rastro de rectitud que le quedaba como ser humano. El dolor era insoportable, podía sentir como lo rompían, desgarraban y quebraban solo para reamarla una y otra vez.
La oscuridad le pareció tan infinita en ese momento, que no le quedó de otra más que volverse uno con ella.
Pitch gritó como nunca había hecho, había terror puro en su rostro, gotas de sudor bajando lentamente por su rostro mientras peleaba contra lo que lo estaba consumiendo. Una ráfaga de hielo detuvo sus esfuerzos de lucha, impidiéndole moverse de cualquier forma para, cuando se calmó, recordó donde estaba, recordó que había cerrado sus ojos por un momento y después de eso...nada, luego sintió como sus pesadillas intentaban alimentarse de él, como habían hecho antes cuando se enfrentó a los guardianes y al grupo de Jack Frost en el bosque. Su respiración se tornó calmada otra vez y se dio cuenta de que intentaba pelear con su guadaña, la cual seguía entre sus manos, brazos alzados y casi todo su cuerpo cubierto de hielo.
Oyó los característicos tacones de Elsa por la derecha, casi podía oír su respiración queriendo volver a la normalidad, ella estaba asustada cuando lo vio, o más bien, preocupada. Sus manos aún despedían aire frío cuando se puso en frente, a la defensiva, lista para actuar.
-¿Estas bien? -le preguntó ella sin bajar las manos.
-Ahora lo estoy. No fue mi...no quería... -no sabía si quería dar explicaciones o alguna excusa, pero luego cayó en cuenta de algo. -¿tú te encuentras bien? Por favor dime que no te lastimé. -era la primera vez que se oía asustado, debía calmarse si no quería que sus corceles volvieran para terminar el trabajo.
-Yo estoy bien, no me pasó nada...¿tuviste una pesadilla?
-...algo así.
-Pitch, ya deja de hacer eso. No habrías hecho todo esto si no hubiese tenido una pesadilla. -lo estaba regañando, estaba tan asustado y tan preocupada que lo estaba regañando como un niño que mentía por primera vez. -No me importa lo que hay sucedido, solo dime que fue una pesadilla y ya. -eso sonaba a una orden, lo mejor era no hacer tanta presión en esto, de cualquier forma él ya le había dicho que no dormía por temor a que "esto" ocurriese.
-... bien, sí tuve una pesadilla...aunque no recuerdo de qué se trataba. -le explicó. -La última que tuve antes de esta pasó igual. Cerré los ojos un momento y luego desperté luchando contra algo.
-Bien, ahora prométeme que no volverá a pasar. -eso también sonaba a una orden.
-¿Qué? ¿Cómo esperas que prometa algo como eso? No sabría decirte en qué momento se me llega a ocurrir cerrar los ojos de nuevo, además estas cosas pasan sin que yo me dé cuenta.
-Entonces al menos promete que no volverás a observarme mientras duermo.
Pitch sintió que había palidecido más de lo que ya estaba. Elsa bajó sus manos, y de un suspiro derritió el hielo que mantenía a Pitch inmóvil. Fue ahí cuando recordó la situación en la que estaban.
Onyx le había informado a Pitch que Rebecca había hablado con Hada sobre él teniendo a Elsa viviendo en su guarida subterránea, fue ahí cuando ordenó a sus pesadillas desplegarse hacia la antigua fortaleza, aquella donde su barco había chocado hace siglos atrás. Él y Elsa había llegado rápido al lugar, no pero debían llegar al corazón de esa fortaleza a pie, pues aunque Pitch quisiera usar las sombras para acortarles camino, lamentablemente había hecho esta evacuación de emergencia durante el día, y sus poderes apenas eran suficientes para que él pudiera caminar bajo el sol. Cuando por fin llegaron a la fortaleza, Elsa estaba exhausta, así que la llevó a descansar al que solía ser su camarote, ahí había un intento de cama con espacio para una sola persona.
Pitch había mandado a Onyx y un grupo de cuatro pesadillas a buscar a Rebecca y quitarle el gis que podía abrirle puertas, y de paso, si podían llegar, destruir su cuarto especial de fabricación de pócimas, solo para estar seguro de que nunca volviera a hacer una cosa así. Si la llegaba a necesitar para lo que fuese, él mismo mandaría a que le se trajeran. Con tanto ajetreo acabó por llegar al espacioso camarote, se había sentado al lado de donde Elsa descansaba mientras la veía y luego cerró sus ojos por un momento. Si recapitulaba la última parte... era bastante vergonzoso.
-En mi defensa, no habían más corceles que pudiera mandar para vigilarte mientras yo-
-Ya basta de tristes excusas y solo prométeme que no volverás a hacerlo, ni me darás otro de estos sustos. -esta vez le ordenaba con un dedo de frente, señalándolo acusatoriamente, y con razones de sobra.
-Esta bien, ya. -pero eso no fue suficiente, Elsa no bajó el dedo, sino que se puso todavía más firme. -Lo prometo... no volverá a pasar.
Elsa volvió a suspirar, esta vez de alivio. Lo abrazó y besó para dejar claro que todo estaba bien, no dejó de abrazarlo para sentirse segura ahora que estaban en un lugar diferente. Pitch siguió abrazándola hasta que dejó de temblar por el miedo.
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