Una crónica de culpas y fantasías.

15 de noviembre de 2004

La guerra había acabado.

En los diarios, las noticias ya no giraban en torno a desapariciones, muertes y amenazas. La comunidad mágica no se levantaba todas las mañanas con miedo a salir a las calles, a respirar el aire fresco que en sus casas era escaso; casas que en épocas difíciles habían sido más sus refugios que sus hogares.

En Wiltshire el panorama era distinto. La calma parecía reinar desde la lejanía, no obstante, cerca de la entrada, el aire se volvía tenso, pesado. Casi imposible de respirar.

En la famosa mansión Malfoy cada habitación, cuadro, candelabro, retrato, tenía una historia que contar. Las paredes también. Estas habían sido testigos de torturas, muertes, maldiciones e incluso de noches enteras de llantos que hacían eco por los pasillos; creando una escena típica de una película de terror.

Vivir allí, con el paso del tiempo, se había vuelto humillante. Devastador. El prestigio que antaño florecía, ahora se había marchitado; culpa del veneno que durante años acumularon. Culpa del tormento de sus propias elecciones, de las voces en sus cabezas. Culpa de la presión ejercida por sus titiriteros.

En el cielo abundaban las nubes grises, de distintos tonos, que anunciaban una posible tormenta, camuflándose a la perfección con el ambiente del lugar. La familia Malfoy, cuya imponencia se había perdido, acababa de atravesar la alta reja negra que enmarcaba las iniciales de su apellido; antaño como mensaje de amenaza, ahora como simple decoración.

Desde la culminación de la Segunda Guerra Mágica, la familia Malfoy había tenido que asistir al Ministerio de Magia Británico reiteradas veces. Lucius había cumplido una segunda condena en Azkaban, además de pagar una generosa suma por los daños causados, dejándolos casi en la ruina. También servía como testigo junto a su familia. El acuerdo lo obligaba a confesar bajo los efectos del Veritaserum los temas que se trataron en las reuniones con Voldemort: las víctimas, las torturas y los planes. Así mismo, había quedado como fiel servidor del gobierno mágico, penado a trabajar junto a ellos hasta el fin de sus días.

Lucius no era el único con una condena encima, los dos miembros restantes de su familia cargaban también con cadenas..

A pesar de que la mansión hubiera recibido golpe tras golpe, Narcissa había tomado como pasatiempo volver a dejarla con la misma pulcritud por la cual era conocida. Con la liberación de los pocos elfos que llevaban años bajo su cargo, la casa era doblemente grande para la matriarca que, en un intento por llevar su mente lejos de los recuerdos, se ocupaba de cada rincón.

Pero ni todo ese cuidado podía hacer desaparecer la suciedad tatuada en las manos de todos ellos, que no los dejaba redimirse, avanzar y olvidar.

Draco había sido otra víctima más. Al finalizar cada sesión, había tomado el hábito de subir a su habitación, cambiarse la ropa que lo dejaba ante los ojos de la sociedad como un culpable más y avisar a su madre que se iba a ver a Astoria, Pansy o Gregory. A veces a Zabini.

Para el menor de los Malfoy, Lucius se había convertido en un cuadro más en las paredes de la mansión. Por más ganas que tuviera de perdonar, no tenía las fuerzas suficientes para mirarlo a los ojos sin sentir dolor y, por fin, seguir adelante.

Aquel que solía llevar la batuta de la familia tampoco estaba lúcido. Aparentaba cinco o seis años más de los que tenía. Sus ojeras estaban cada vez más pronunciadas y su cabello, que tiempo atrás resplandecía, ahora lucía opaco y débil. La única razón por la cual no había caído por completo era su mujer.

Narcissa había perdido a su hermana, había arriesgado todo por su hijo, había llorado y gritado de rabia y, no obstante, era la más fuerte de los tres.

Después de que Draco hubiera escapado del asfixiante entorno de su hogar, Lucius y Narcissa se encerraron en su habitación. Lugar que ambos habían catalogado como seguro. Estaban lejos de la sociedad, de los murmullos. Un espacio pequeño en donde el agobio disminuía.

Ella, con su elegancia intacta, comenzó a quitarse sus anillos, cadenas, aretes y demás joyas. Él, por su parte, buscó la comodidad de su cama. Se quitó los zapatos y el abrigo, permitiéndose cerrar los ojos. Pero allí, en compañía del silencio ensordecedor y la oscuridad agobiante, era cuando Lucius Malfoy mostraba su faceta más vulnerable.

Las lágrimas, que antes eran tan difíciles de encontrar en él, resbalaban ahora por la piel áspera y desgastada de sus mejillas. El miedo, que lo abrazaba como un viejo amigo, lo hacía tener pesadillas aún estando despierto. Escuchaba los gritos de todos aquellos cuya sangre había sido derramada en el suelo de su casa. Recordaba las ocasiones en las que el temor a la no aceptación y a un mal estatus social había sido superior al de perder a su familia. Recordaba sentirse mugriento, miserable, cada vez que su mujer e hijo lo miraban con esa mezcla de decepción y tristeza.

Narcissa lo sacó de la nube de humo que amenazaba con tragárselo. Limpió el rastro que habían dejado las lágrimas en sus mejillas con el dorso de su mano. Era uno de los gestos más íntimos entre ambos. Más sincero y confidencial.

Él abrió los ojos. Se encontró con la figura de ella; la cuna de su calma, de su paz, de su estabilidad. Llevaban ya más de una hora sin hablarse y ni siquiera ese gesto los hizo mover los labios. Tampoco hacía falta hacerlo.

Lucius levantó su mano para posicionarla en la cintura ajena con un agarre flojo, proporcional a su fuerza mental, y apoyó su cabeza en el vientre de la rubia: el oasis de cualquier viajero perdido en medio del desolado desierto.

Ella colocó una mano sobre el pelo del contrario. Caricias le siguieron a aquello que, a vista de un desconocido, parecían hipócritas, secas y vacías. Narcissa no lo amaba ya; al menos no como antes. Sin embargo, cada vez que lo veía, permanecía en ella un cariño hacia él intacto y puro.

Esa era su carga. Querer al hombre que había cometido error tras error, tener que vivir con el temor de que había existido la posibilidad de que su único hijo se hubiese convertido en un asesino y que en el proceso hubiese muerto. Con culpa, también, de haber sucumbido a la oscuridad como una salida a sus problemas y a sus pérdidas. Culpa por no haber puesto un alto cuando todavía no era tarde.

Aun así, a ojos de muchos, era considerada una salvadora en época de guerra. Pero si le preguntas a ella las verdaderas razones, solo te va a dar una: arriesgó su vida para salvar lo único bueno que tenía. Su hijo.

Y es que al final, ¿quién estaba exento de culpa? ¿Quién era realmente un héroe, quién un villano y quién la víctima? ¿Quién estaba enteramente limpio?

Morfeo abrazó a aquella pareja minutos después, en medio de la tormenta que se había desatado. Ambos, cogidos de la mano, buscaban en los sueños la realidad que nunca había sido. Buscaban palabras de disculpa donde ya no había espacio para ellas.

Buscaban una historia nueva por llenar, en un libro con páginas en blanco que los invitaba a vivir en vez de sobrevivir. Que los acariciaba con la tentación de construir lo que ellos mismos habían derrumbado a base de egoísmo, apariencias y miedo.

Miedo que nunca iba a dejar de acompañarlos.