[...]

—Perfecto. Ya tienes los reportes del cuartel de aurores y los de las demás oficinas. Yo creo que mañana no es necesario que llegues tan temprano.

—No puedo hacer eso, Harry. Tengo que pasar las revisiones a primera hora, a más tardar antes de que se acabe la jornada para empezar el otro mes con los arreglos que se tengan que hacer.

La noche cayó en Londres. El Ministerio de Magia, en el Departamento de Seguridad Mágica, el silencio se coronaba como amo y señor. Hacía ya más de tres horas que la mayoría de empleados se retiraron a sus casas y solo permanecieron allí aquellos que tenían el turno de la noche.

Hermione Granger, sin embargo, parecía estar anclada a su puesto de trabajo. Ir a casa no se le antojaba; hacía muchos años que ese lugar, al que en algún momento llamó hogar, no le pertenecía. Ni las cortinas que había escogido con Ron antes de casarse, ni el pequeño cuarto con libros que ambos armaron.

Para ella, ahora mismo, solo cabía concentración para el trabajo. Le afectaba la relación con sus hijos, pero sentía que no había ya espacio para las reconciliaciones vacías o para armar lazos cuyos cimientos eran ruinas.

Harry dejó de insistir; había dejado de insistir hacía ya muchos años. Se levantó de la silla y comenzó a guardar sus cosas.

—Viktor me escribió. Me dijo que iba a venir unos días a la ciudad para pasar aquí una temporada. ¿No te dijo nada?

Hermione anotaba con rapidez sobre el pergamino y aunque parecía supremamente enfocada en lo que escribía, escuchó con claridad lo que Harry le decía. Una semana atrás, Viktor le había enviado una carta avisándole que iba a estar allí y que le gustaría que se reunieran a tomar café o que estaba bien si se reunían en su oficina y él simplemente la miraba trabajar.

Esa carta no obtuvo respuesta. Hermione se excusó en el reciente divorcio y en las montañas de trabajo que ella misma se agregaba para no salir de su escritorio.

—Eh, no. Creo que no. Igual sabes que no hubiera podido verlo. Mira, ni siquiera puedo irme hoy temprano a casa. Está bien. Ya luego me cuentas cómo está él y qué anda haciendo estos días.

Harry formuló en sermón en su cabeza, pero nunca salió de sus labios. Se despidió de su mejor amiga y abandonó el despacho, dejando a una Hermione que por aquella mentirita, comenzaba a sentirse culpable.

«No pasa nada. Igual, nunca nos vemos. Nada va a cambiar», se dijo, entre anotación y anotación, pergamino y pergamino.

[...]

La mañana recibió a Hermione entrando por la puerta de su casa, con las ojeras marcadas y en el fin de un bostezo que decía mucho más que su propia apariencia. Rose y Hugo estaban en Hogwarts, así que eso le quitaba el malestar de tener que ver sus caras de decepción que aún así ya tenía grabadas; pero Ronald estaba ahí.

Lo encontró dormido en el sofá, con una delgada cobija por encima y tiritando de frío. En la televisión estaban pasando caricaturas, en la mesita central había un bol de palomitas de maíz sin terminar y una libreta abierta que tenía anotado tres palabras: «Lista de deberes». La castaña se inclinó y lo movió un poco, despertándolo.

—Ronald, sube a la cama. Le enviaré una lechuza a tu hermano para que sepa que no vas a trabajar hoy porque necesitas descansar.

El pelirrojo parpadeó varias veces para poder caer en cuenta de que se había quedado dormido a mitad de la película, esperando a Hermione.

—¿Acabas de llegar?

—Dormí un poco en la oficina. Vengo a cambiarme, a recoger unos papeles y a encontrarme con Harry en la cafetería.

Ron le sonrió con tristeza: era el único gesto que guardaba para ella. Se inclinó para besarle la frente y abrazarla, pero no con ese tono amoroso con el que en antaño se regodeaba, sino que esta vez era todo puramente amistoso, quizás como siempre debió ser.

—Voy a ir a trabajar. Estar aquí encerrado no es exactamente una de mis actividades favoritas, ¿sabes? Le hago falta a George allá.

Hermione se duchó, se cambió de ropa, recogió unos pergaminos que le hacían falta y antes de volver a salir, vio a Ronald en la cocina, preparándose uno de sus monumentales desayunos que hacían saltar de emoción a Rose y Hugo.

—Ron.

—Dime.

—Tenemos que hablar.

—Lo sé —contestó luego de un par de minutos—. Lo sé, Herms. Pero ve a trabajar, te esperan allí.

[...]

En sus manos traía un libro de leyes internacionales mágicas que agarró de la biblioteca hacía unas semanas atrás. Harry iba a su lado con una sonrisa que asustaba a los que pasaban cerca de ellos y con una emoción que no creyó volver a ver en su mejor amigo desde el nacimiento de James y todo lo que conlleva ser padre primerizo.

—Harry, ¿qué pasa?

—¡Nada! ¿Por qué siempre asumes que algo pasa cuando las cosas no son exactamente igual que siempre?

—Son las siete de la mañana, está haciendo frío y tú vas mostrando los dientes de alegría.

—Que estoy bien —la mujer dejó de insistir. Rodó los ojos y retomó su lectura.

Dos cuadras más caminaron hasta llegar a la cafetería a la que siempre iban juntos, si las circunstancias lo permitían. Había poca gente y eso era lo que más le gustaba a Hermione porque a comparación a la que quedaba cerca del Ministerio, todos allí la conocían y le hacían preguntas que estaba cansada de contestar.

Sin embargo, se llevó una sorpresa cuando, luego de guardar el libro en su bolsa, vio a Harry saludando a una persona que bien podría ser un semi-gigante. O quizás solo era el efecto del gran abrigo que llevaba puesto.

Viktor Krum.

No era la primera vez lo veía después del Torneo y asumir aquello era absurdo. Las épocas no habían sido las mejores y aunque el contacto era mayoritariamente por cartas, Viktor viajaba de vez en cuando. Lo que sí era cierto, era que ya llevaban años sin hacer esas pequeñas charlas y que el búlgaro no la visitaba, así que era incómodo que Harry hubiera metido mano en el asunto.

La castaña se alejó porque salir corriendo dejó de ser una posibilidad cuando su mejor amigo la señaló. Parpadeó, bajó la mirada y contó los pasos desde la entrada hasta la mesa como método de relajación que se vino abajo en cuanto Viktor tomó su mano para saludarla con la misma delicadeza de siempre.

—Bueno, yo los dejo —la mirada de Viktor traducía en que ya sabía perfectamente que iba a estar a solas con Hermione; la de ella estaba a punto de asesinar al señor Potter—. Tengo esa reunión de aurores que me dijiste que programara y es hoy. Te entrego el reporte como siempre, no te preocupes.

Del instinto de matar, los ojos de Granger cambiaron a la confusión. Buscó rápidamente en su agenda si aquello era cierto y encontró, para su desgracia, que con su propia caligrafía dicha reunión estaba preparada para esa misma mañana y que ella había caído redonda.

—Oh… sí tiene una reunión.

—No soy muy bueno con expresiones faciales o corporales, pero estoy bastante seguro de que no tenías ni idea de esto.

Hermione relajó su ceño, levantó su comisura derecha y terminó sentándose frente al búlgaro. Ya estaba allí y no era capaz de dejarlo solo. Además, sí que le hacía falta una buena taza de café si quería seguir en pie el resto del día.

—Siento no haber contestado tus cartas. No sabía de esto tampoco, no. Lo siento.

—¿Por qué? Si todavía no quieres, puedes irte. No te voy a amarrar a la silla.

—Tal vez me venga bien.

Hermione pidió por los dos un pastel y un café que no tardaron más de siete minutos en traerles a la mesa; minutos en los que Viktor la miraba de reojo y la castaña se arreglaba el cabello una y otra vez.

—¿Mucho trabajo?

—Siempre, ya sabes.

—Sí… y también sé que te ves cansada. No es de mi… ahm… ¿problema? pero creo que te harían bien unas vacaciones.

Hermione no contestó. Volvió a sonreírle porque no era la primera vez que no podía decirle a Viktor alguna excusa por su excesivo trabajo y salirse por la tangente como siempre. Bebió de su café y suspiró.

—Es todo lo que tengo —contestó por fin, con tristeza, con cansancio, con frustración.

Viktor estiró la mano para tomar la ajena y extrañaba cuán reconfortante se le hacía ese roce.

—No es cierto.

Granger subió la mirada y se encontró con esos ojos negros que tanto decían y que pocos sabían interpretar tan bien como ella. Le devolvió el apretón de su mano y el pastel que se comió fue probablemente el mejor que había tenido en mucho tiempo, no por el sabor sino por la compañía.

Y ese día Hermione no se presentó al Ministerio porque no le pareció necesario y tampoco le avisó a Harry porque ya lo suponía. Ese día se olvidó de la montaña de papeles, de las reuniones, de estar al tanto de todo a cada minuto.

Ese día sonrió sin segundas intenciones, con veracidad y naturalidad.