II

A lo mejor era una tontería y estaba queriendo ver cosas donde no las había, pero lo cierto era que no había podido quitarse la escena de la cabeza en toda la semana. Y ahí estaba, el sábado a la misma hora y en el mismo lugar, esperando.

«Lo de siempre?»

Esta simple pregunta le indicaba que era un cliente asiduo. Aún así no apareció ese sábado, ni el siguiente, ni en los días en los que decidió ir al azar, «por si acaso». Y cuando estaba perdiendo ya toda esperanza, y se alejaba a última hora de la tarde abatido a coger el autobús, reconoció a lo lejos un bentley negro aparcado al final de una calle. Se acercó con nerviosismo, paseando como un peatón más, hasta llegar a su altura. El coche estaba vacío. Miró en torno suyo y no vio ni de refilón una cabellera roja.

-Si el coche está, él no tardará en aparecer.

Y con unas ilusiones renovadas se sentó en una cafetería cercana junto a la ventana.

Habían pasado un par de horas, y tres cafés. Las farolas ya llevaban encendidas rato y una fuerte lluvia había empezado a caer cuando una delgada figura corrió bajo el aguacero desde la otra acera hacia el coche.
Algo le subió por el estómago al reconocer al individuo que estaba buscando. Saltó de su asiento y corrió a la calle dispuesto a seguirlo. Y no pudo dejar de dar gracias por la suerte de coger un taxi en la misma puerta de la cafetería.

-A dónde? -preguntó el taxista mirándole por el retrovisor.

-Siga a ese bentley...

-Qué bentley?

-Qué? - Samuel miró descorazonado frente a él. Donde hace un segundo había estado aparcado un enorme coche negro ahora no había nada. -Pero cómo...?

Bajó del coche rabioso.

-Mierda! -exclamó girando bajo la lluvia. No había ni rastro del vehículo ni de su conductor. -Mierda, mierda!

Entonces una luz se apagó frente a él. Las luces del escaparate de una librería antigua. No era de ahí de donde había salido el pelirrojo?

Su estómago se revolvió de nerviosismo una semana después, cuando desde la cafetería, que se había convertido en su nuevo punto de observación, vio girar por la esquina el ya conocido bentley. El pelirrojo salió del coche y se apoyó en él dándole la espalda. Minutos después de la librería salió un hombre de rubios rizos y un abrigo claro anticuado, que le brindó una brillante sonrisa.
Vale, esto no se lo esperaba. No parecía ser el tipo de compañía de un «posible» demonio. Quizás estaba confundido. Frunció el ceño, dudando. Y si su obsesión por querer que hubiese algo más le estaba pasando factura? Y si todo estaba únicamente en su cabeza?
La pareja intercambió unas palabras y para su sorpresa en vez de coger el coche se dirigieron paseando en dirección contraria.

-Un último vistazo y abandono -se dijo Samuel siguiéndoles discretamente.

Su primera parada fue en un local subterráneo en el que representaban una obra de teatro alternativo. Samuel esperó fuera ya que no tenía entrada. Una hora después les vio salir, primero al rubio, que parecía molesto, seguido del pelirrojo, siempre con las gafas de sol, que le rogaba. Desde la esquina en la que se ocultaba le llegó parte de la conversación.

-Pero no te enfades, ya sabes que lo mío son las comedias.

-Pero podrías disimular al menos. Se han oído tus ronquidos desde la puerta. Me estaba recordando cuando fuimos a ver El Rey Lear.

El pelirrojo se detuvo poniendo cara de sufrimiento y dejando escapar un quejido. Al ver que su compañero se alejaba aceleró el paso hasta alcanzarle y empezó a rondar en torno suyo.

-Venga, te invito a cenar.

El rubio se detuvo aun con fingido gesto molesto.

-Dónde? -preguntó colocándose bien los puños del abrigo.

-Si quieres cogemos algo para llevar del italiano en el que sirven el tiramisú que tanto te gusta...

Samuel se subió el cuello del abrigo intentando entrar en calor y negó con la cabeza. Se estaba poniendo de muy mal humor. Todo había sido una maldita pérdida de tiempo. No pudo evitar soltar un bufido cuando al salir del italiano el rubio le echó al cuello al pelirrojo su propia bufanda de lana para protegerle del frío y éste se sonrojó, y aunque pareció quejarse no se la quitó. Definitivamente estaba muy cabreado. Ese fin de semana iría a cazar para desquitarse, algo grande, algo con lo que pudiese jugar suficientemente tiempo antes de darle muerte...

Entonces ocurrió.

La pareja se había detenido delante de la puerta de la librería y hablaban riendo cuando el pelirrojo se quitó las gafas antes de entrar. Y aunque fue sólo un instante, Samuel pudo ver bajo la luz de la farola dos brillantes ojos amarillos.

La prueba que buscaba! Recordaba que su abuelo siempre le había dicho que un demonio nunca podía esconder su verdadera naturaleza al 100%, que siempre había algo que delataría su condición demoníaca.

Sin poder contenerse se acercó ocultándose en las sombras, quizás a través de los ventanales podría ver algo de lo que ocurría en el interior, pero la repentina apertura de la puerta detuvo su avance.

-He traído un vino que creo que te gustará! -oyó la voz del pelirrojo.

Se asomó lentamente desde donde se ocultaba para ver con desilusión que volvía a llevar las gafas oscuras. Vio como se acercaba al coche y sacaba unas botellas del asiento trasero. Entonces antes de entrar se detuvo y alzó el rostro. Qué estaba haciendo? Parecía que estaba...olfateando el aire! Y bruscamente giró dubitativo el rostro hacia él.

Samuel volvió a ocultarse rápidamente, conteniendo el aliento y con todos los pelos de punta, y no respiró hasta que volvió a oír que la puerta se cerraba.

Entonces rió,como si estuviese loco.

Ahora sí que iba a Cazar una buena presa, y se iba a divertir.