Se sintióó más vivo que nunca. La emoción de la planificación, de la espera, de la anticipación ... pero multiplicado por mil. De momento estaba trabajando solo. Era lo que le gustaba. Un lobo solitario tras su presa. ¡Y qué presa!

Tuvo que esperar dos semanas más hasta que volvió a verle. Los pelos se le pusieron de punta al oír el ya conocido rugido del moto del bentley subir por la calle. El demonio bajó del coche, cogió su chaqueta del asiento trasero y con toda la tranquilidad del mundo entró en la librería. Esperó durante toda la noche, ante la tienda, sentado en su coche, listo para seguir a su objetivo en cuanto saliese. Eran las 6 de la mañana cuando le vio dirigirse tambaleándose al enorme vehículo, probablemente borracho como una cuba. Aún así el coche salió con un movimiento perfecto y desapareció calle abajo. Samuel le siguió lo más cerca posible durante un tiempo hasta que le perdió de vista en algún punto de Picadilly.

Esta situación se repitió cinco veces más. En todas y cada una de ellas ocurrió lo mismo. El pelirrojo se montaba en Bentley y por muy pegado que fuese a él lo perdía en algún punto de Londres. Apenas salía de la librería, una excepción de un soleado y anormalmente cálido día de principios de primavera en el que siguió a la pareja hasta el parque de Sant James. Sólo le veía de refilón cuando llegaba y cuando se iba.

Torció el gesto frustrado sobre su taza de café y volvió una mirada distraída al libro de su abuelo que había estado ojeando desde hacía días en su mesa habitual de la cafetería. El dueño, habiendo visto engrosada su cartera, había dado orden de tener la mesa siempre vacía para él y su taza siempre llena. Y las preguntas estaban de más por supuesto.

Con un suspiro alzó la vista al notar movimiento en la puerta del antiguo local. El rubio salió, cerrándose el cuello del abrigo y mezclándose rápidamente con la gente de la calle.

Samuel se cruzó de brazos pensativo, dándole forma a un nuevo plan. Al principio no había entendido qué pintaba el dueño de una tienda de libros antiguos en la ecuación. Un humano y un demonio? Sí, conocía asociaciones entre ambos, pero siempre o el humano estaba siendo engañado para algún fin o, si conocía la condición demoníaca de su socio, era porque tenían un propósito común y generalmente malvado. Lo que estaba fuera de cualquier duda era el librero sabía que su compañero era un demonio, y puesto que era era el único enlace entre Samuel y el pelirrojo, lo que era la hora de conocerlo mejor.

Cuatro días después de que se encontraba debajo de la tintineante campana, expectante al encontrarse por fin dentro de la librería cuya fachada ya conocía al dedillo (y aliviado de encontrarla abierta por fin). Había algunos clientes más por lo que pudo pasear libre sin llamar la atención, observando todo alrededor. Fingiendo ojear algún libro o buscar algún tema en concreto entre las estanterías comenzó a hacerse un plano mental de la planta baja. Se sorprendió al ver la cantidad de pasillos que tenía, sin contar con la doble altura central coronada por una antigua claraboya. Desde fuera no parecía que el local fuese tan grande ...

No pasó dentro mucho más de media hora. No quería llamar la atención.

Repitió el proceso una o dos veces por semana a lo largo de mes y medio, ganando un poco más de confianza y conocimiento en cada una de las visitas. Por un lado ya tenía una idea total del terreno en el que se movía. Sabía que el local constaba de dos plantas; la baja dedicada casi en su totalidad a la librería, contaba además con una trastienda que parecía hacer las veces de sala de estar y almacén. La planta superior había cedido parte de sus metros a la segunda planta de la biblioteca y la claraboya, dejando libre un espacio para un pequeño apartamento. El local constaba de dos salidas, la puerta principal, que era la que daba a la concurrida calle del Soho, y una segunda pequeña situada en la trastienda que daba a un pequeño callejón y que, viendo las polvorientas cajas que la bloqueaban, no debía haberse utilizado en años.

Por otro lado, pudo conocer un poco las rutinas del extraño dueño. Esto era lo que más le había costado conseguir y lo que aún le preocupaba y le había impedido poner en marcha cualquier plan. El señor Azira Fell, extraño nombre, no parecía tener control sobre su día al día, por lo que era imprevisible saber qué iba a suceder en cada momento. Lo mismo llegaba y la librería estaba cerrada sin información alguna como que, si llegaba, le echaban a la hora alegando algún asunto urgente que requería la presencia inmediata del dueño. Su tiempo libre parecía ocuparlo en leer y salir a cenar o ver espectáculos. Las visitas del pelirrojo alteraban sus costumbres, pero al igual que con los horarios de apertura, tampoco pudo establecer un patrón para ellas. Lo mismo no le veía en semanas como que salían tres veces en dos días. Tras todo este tiempo seguía sin poder catalogar al librero. No tenía señal ninguna de ser un demonio, o por lo menos no a primera vista, pero tampoco parecía un humano. Si uno se fijaba (y Samuel estaba entrenado para ello, aunque era la primera vez que utilizaba estos conocimientos) el rubio irradiaba algún tipo de aura, de energía no humana. Al final esto era lo de menos, pensó Samuel. El librero tenía algún tipo de relación con un demonio, por lo que era tan culpable como él.

Se acercaba el verano cuando sucedió algo imprevisto. Ojeaba un libro en un rincón pensando en cómo abordar el asunto con lo poco que tenía cuando la campanilla de la puerta sonó. Notó como el librero, justo frente a él, alzaba la mirada un instante y sonreía antes de volver a fijar su atención en un francés con el que hablaba sobre un catálogo de mapas del siglo XV.

Samuel se volvió y casi se le paró el corazón. El demonio había entrado en la librería, se dirigía decidido hacia la trastienda, y para ello tenía que pasar junto a él. Intentó fijar su atención en el libro que sostenía, pero el temblor de las manos le delataba. Estaba convencido de que cualquiera lo notaria, o en su defecto oirían el latir de su corazón que parecía querer salírsele de pecho. Entonces, justo cuando pasaba a su lado lo notó. El aura del demonio era terriblemente pesada, casi le costó respirar y una fuerte presión le empujaba hacia el suelo. Ríos de sudor empezaron a caerle por la frente y cuello y un pitido comenzó a zumbar en sus oídos. Y entonces, de golpe, todo el malestar desapareció cuando el pelirrojo se alejó de él. Samuel se apoyó en el estante junto a él a recobrar el aliento. Se atrevería a seguir en la librería mientras el pelirrojo estuviese ahí? No sería muy arriesgado? Estaba a punto de escabullirse por la puerta cuando notó un ligero movimiento en la trastienda. El pelirrojo se balanceaba en una silla observando su móvil, entonces se inclinó hacia atrás sobre dos patas (casi al límite de caer de espaldas) lo suficiente para poder observar desde detrás de la librería que le ocultaba al rubio hablando con el francés. Ambos discutían algo emocionado y en un momento de risas y complicidad, el francés apoyó una mano en el hombro del rubio y la dejó caer suavemente hasta el codo antes de soltarle. El demonio gruñó ante este gesto y se dejó caer malhumorado en la silla.

Samuel sonrió. Había visto todo lo que necesitaba así que había llegado el momento de trabajar en los detalles, avisar a alguno de sus compañeros y pasar la acción lo antes posible.