-Cómo que no puedes hacer nada?

-Yo no tengo la culpa! Fue a ti al que se la pasó por alto ese detalle!

-Cómo? Yo he hecho todo el trabajo!

-Excepto comprobar el modo de ponerte en contacto...

-Quién coño iba a esperar que en pleno siglo XXI no fuese a tener un móvil! No puedes hacer nada con el teléfono fijo?

-Ya te lo he dicho, es muy antiguo. Sólo podemos realizar una rellamada, y sólo al último teléfono marcado...

A Azirafel le despertó la discusión. Y con la consciencia le llegó todo el dolor de golpe. Cada fibra de su ser irradiaba dolor, pero la peor parte se la llevaban los brazos. Miró hacia lo alto, donde sus muñecas maniatadas colgaban de una cadena y ésta de una bisagra del techo. Sus pies apenas rozaban el suelo, estirando su cuerpo más allá de lo posible. Se balanceó un poco, hasta poder girar un poco su cuerpo y mirar el reloj de encima de la chimenea.

-Casi tres días -suspiró. Casi tres días desde que había oído la taladradora arriba, en su apartamento, a donde le habían arrastrado y le habían colgado. Casi tres días de palizas, de tortura. El cuerpo humano era débil, pero la señal que le habían marcado no sólo impedía que pudiese utilizar sus poderes, también impedía la descorporación, por lo que estaba a su merced.

A la mañana siguiente les oyó hacer lo mismo en la planta de abajo, en la tienda. Otro punto de tortura, éste para Crowley.

-Podrías estar ahorrándote mucho sufrimiento, diablillo -se había reído Samuel acariciando el torso desnudo del ángel con un azote. -Simplemente tienes que ponerte en contacto con él...

Azirafel sólo negó con la cabeza, temeroso, sabiendo lo que iba a venir a continuación.

-Muy bien -exclamó calmado Samuel desde su espalda. -Seguiremos intentándolo entonces, no?

El primer golpe era el peor de todos porque no sabías cuándo iba a llegar. Azirafel se mordió los labios, ahogando un grito. El segundo y el tercero llegaron muy seguidos.

Samuel se detuvo, y Azirafel descansó un instante, tomando aire.

-Aún nada?

Las lágrimas empezaron a caer por las mejillas del ángel.

-No...

El cuarto golpe le abrió la piel y no pudo evitar dejar escapar un aullido de dolor. Intentó alejarse todo lo posible, pero los golpe siguieron llegando, hasta que cayó inconsciente. Despertó de madrugada, solo, aunque les oía en la planta de abajo. Al moverse la piel de su espalda volvió a abrirse y Azirafel casi vomitó del dolor y la tensión acumulada. Sollozó un rato, hasta que el dolor se atenuó. Entonces cerró los ojos y empezó a respirar pausadamente. Necesitaba concentrarse.

-Tiempo, necesito ganar tiempo...

A la mañana siguiente fue David el primero en entrar. Él prefería los golpes.

Y así durante tres días, tres eternos días en los que se alternaban. Hasta llegar a ese momento, en el que discutían tras la puerta cerrada del apartamento sobre la librería. Azirafel aguantó la respiración, intentando oír la conversación.

-Y eso nos deja...

-Nos deja con el puto contestador del maldito demonio!

-Gracias a Dios! -Azirafel respiró aliviado, llorando, un poco más calmado. La última vez que habían hablado había sido cuatro días antes, y había sido el ángel el que le llamase a su piso, al teléfono fijo. Si hubiese sido al móvil... No quería ni pensarlo. Se concentró de nuevo echándole un último vistazo al reloj. Crowley le había dicho que iba a estar fuera una semana, en el continente, realizando un trabajo. Eso le daba más tiempo.

-Bueno...sabíamos que íbamos a encontrarnos con problemas. Es muy difícil conocer sus rutinas... -el sonido de las voces disminuyó según se alejaban.

Dos horas después Samuel entró abriendo la puerta de un golpe.

-Anthony J. Crowley. -Sus únicas palabras, observando el rostro de Azirafel, que no pudo evitar aguantar la respiración un instante. -Tanto vale el puto demonio para tí!? -Se acercó a la ventana, furioso, mirando la calle, esperando ver aparecer el bentley por la calle en cualquier momento. Apretó los puños y golpeó el marco de madera de la ventana -Mierda!

David le observaba con los brazos cruzados, apoyado en el marco de la puerta.

-Bien...vale...-dijo Samuel mesándose el pelo. -Él vendrá. Tarde o temprano. -Se acercó a Azirafel agarrándole del pelo. -Él siempre viene a ti, verdad? La adorada mascota del demonio. -Cogió un bisturí de la mesa y se lo acercó al cuello. -Sólo tenemos que esperar...

Y el sonido del teléfono les llegó desde la planta de abajo, sobresaltando a los tres.

David y Samuel escucharon un instante, e intercambiaron una sonrisa.

Samuel acarició el torso de Azirafel con el bisturí, dejando un corte perfecto aunque por suerte superficial. Unas pocas gotas de sangre se enredaron en el suave vello del pecho del ángel, contrastando el oscuro rojo sobre la pálida piel.

-Tendremos suerte, diablillo!? -rió tirando el arma sobre la mesa y bajando a trote las escaleras.

Azirafel esperó expectante mientras Samuel contestaba, rezando por dentro.

-Por favor, por favor, Crowley, que no seas tú!

-Tenemos a tu mascota... En la librería en una hora.

Un peso cayó en el pecho de el ángel y las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas.