Aunque en un principio le pareciese impensable, había conseguido dormir un par de horas. Bueno, algo parecido al sueño, un medio camino entre la inconsciencia y la duermevela, debido al agotamiento tanto físico como mental.
Miró hacia la ventana, por la que empezaba a entrar en la blanca luz del amanecer. Entonces centró su atención en torno suyo. La librería estaba en silencio, solo rotaba por los ronquidos provenientes del sofá. Giró sobre sus ataduras, intentando no perder mucho el equilibrio y que la correa unida del cuello a sus brazos le ahogase, y pudo distinguir la figura de Samuel en el sofá.
Tiritó de frío. Habíamos perdido mucha sangre en el transcurso de las horas que le había dedicado el cazador, y unido a su naturaleza de serpiente, sus grados corporales habían descendido peligrosamente.
Volvió a agudizar sus sentidos, enfocándolos ahora a la planta de arriba, donde se encontraba Azirafel. Todo permanecía también en silencio. Crowley había dado gracias a todas las deidades habidas y por haber cuando, solo una hora después del primer golpe, David había bajado y, había cruzado unas palabras con Samuel, había salido de la librería para no volver, por lo menos de momento. Eso significaba que a Azirafel no le habían herido más. Con esta tranquilidad, aunque había sido temporal, Crowley había sido capaz de aguantar todo lo que era posible las torturas de Samuel. No quería que el ángel le oyese gritar, y lo hubiera obtenido, por lo menos las primeras horas. A partir del golpe con el que le rompió la rótula ya no recordaba mucho más.
Miró por encima del hombro hacia el barreño de agua bendita, intacta, y ahogo un gemido inconsciente. Hemos presenciado nuestras torturas en el infierno como para saber el por qué de su presencia ahí. Era meramente terror psicológico. Aquello que más miedo le infundía, el medio para evitar que desaparezca para siempre, y que en un principio era lo que más temía. Pero sabía que con el paso del tiempo hasta podría llegar a rogar que lo usasen con él, ser la última vía de escape del dolor y sufrimiento. Sollozó en silencio, pensando en su ángel. ¿Había repetido hasta la saciedad que tenía que aguantar, por él, pero, qué recursos le quedaban? ¿Sí él era destruido dejarían libre a Azirafel? Si por lo menos pudiese verle una vez más ... Las lágrimas comienzan a caer por el rostro y de ahí al suelo, mezclándose con su sangre.
En el pequeño apartamento Azirafel permanecía en trance, concentrado. Los gritos de dolor de Crowley le habían desgarrado en lo más profundo de su ser. Al principio solo teníamos que gritar su nombre, hasta quedar afónico y dislocar un hombro al tirar de las cadenas. Entonces, agotado, se había encerrado en sí mismo, abstrayéndose de todo cuanto le rodeaba, con el demonio como único pensamiento. Dejó fuera de todo el dolor, el malestar, su forma física. Y se encontró con la luz de su esencia. Nada podría afectarle en ese estado, pasase lo que pasase.
Crowley abrió de nuevo los ojos, lentamente, para encontrarse con lo que era pasado el medio día. ¿Cómo podría ser posible si pudiera haber cerrado los ojos un instante?
-Ya era hora! -oyó a Samuel quejarse desde la butaca de Azirafel. Crowley se giró para mirarle. Estaba sentado tan tranquilo, con las piernas cruzadas, ojeando uno de los libros de Azirafel. Alzó la vista divertida, y perdió el libro por encima del hombro. -Ya me estaba preguntando si no despertarías. Se te ve algo desmejorado!
Se resistió de la butaca y para el terror de Crowley se acercó a la mesa donde descansaba el agua bendita. -Siempre me he preguntado si era cierta relación con todo lo consagrado -Crowley ahogó un gemido al ver cómo sumergía un cuchillo en el agua y se acercaba a él. Inconscientemente intentamos alejar todo lo posible su cuerpo de él, haciendo que la correa en torno a su cuello se estreche hasta apenas dejarle respirar. Samuel le miró haciendo un puchero. -Pero no te asustes! Si voy a ir poco a poco! -y pegó el cuchillo justo en medio de su pecho, arrastrando un poco hacia abajo. Y aunque el cuchillo solo arañó la superficie, el contacto del agua en la piel hizo que hubiera sido quemado, como si fuera ácido. Y Crowley chilló, y aulló y se revolvió, porque lo que no tenían era su cuerpo mortal, estaban torturando su esencia misma.
Anochecía sobre el Soho cuando Samuel volvió a sentar en la butaca, bebiendo directamente de la botella de uno de los vinos de Azirafel. Tras un trago sonrió al contemplar su obra. Crowley yacía inmóvil, colgando de las cadenas, con el largo pelo húmedo de sudor cayéndole por el rostro, ocultando sus lágrimas. Su pecho y brazos eran un mapa de cortes y quemaduras, un recordatorio de la tortura de las últimas horas.
-Sinceramente, pensé que sería algo más doloroso para ti y satisfactorio para mí -dijo Samuel dando otro trago. -Probaremos otras técnicas más adelante.
Crowley le escuchó sin oír, pero escuchó que en cierto modo tenía razón. El agua bendita le había herido más que cualquier arma humana, sí, pero estaríamos destruyéndolo poco a poco y debería notarse la persistente quemazón. Aún así estaba muy cansado. No quería pensar en nada. Probablemente quería caer inconsciente de una vez para poder dejar todo atrás durante unas horas.
Oyó, como si fuera algo lejano y ajeno a él, como sonaba la campanilla de la puerta. Alguien había entrado, había David. Crowley cerró los ojos, con los dientes castañeteando de frío. No importaba nada de lo que pasaba a su alrededor, ni saber quién estaba andando y lo hizo él él. Notó cómo le agarraban del pelo y alzaban su rostro y entonces un hedor por desgracia conocido inundó su olfato.
-Vaya vaya, ¿quién lo iba a decir, eh, Ligur?
Crowley abrió los ojos, intentando enfocar la mirada.
-Hastur! -jadeó con ira.
En la planta de arriba un ángel abrió cinco brillantes ojos azules a esta realidad.
