El aliento frió


—Los monstruos no existen… Los monstruos no existen—era lo que siempre me decía a mí misma, buscando algún tipo de consuelo, era también lo que decía mi padre para consolarme y ayudarme a conciliar el sueño, pero tristemente se equivocó.

Sabía que había algo dentro del alcantarillado, algo que yo sentía cómo me observa desde el interior de la fría y pegajosa corriente del ojo del drenaje. Solo llegué a verlo por breves y contados momentos, al menos al principio, lo veía una vez y llegaban a pasar incluso semanas antes de volver a verlo. En un comienzo era solo una sitúela que se desvanecía en cuanto parpadeaba, pero más adelante hubo ocasiones en que tardó más en desaparecer y cuando yo lo hacía, nunca sentí que se hubiera ido del todo. Pocas veces, lo llegué a ver claramente, pero siempre podía escucharlo, podía escuchar su respiración, sentía como me esperaba, presentía su mirada cuando me cepillaba los dientes, siempre me observaba incluso cuando lavaba mi cuerpo desnudo dentro de la tina, sentía su fría presencia, sin importar lo caliente que estuviese el agua de la regadera.

Sin importar a dónde fuera y donde estuviera, siempre me esperaba y me encontraba, en casa de mis abuelos, en casa de una amiga o alguna tía que pocas veces visitaba, podía oírlo dentro de la tubería. Dentro de las cañerías realmente nunca creí que le fuera difícil seguirme el rastro.

Quisiera decir que con el paso del tiempo y conforme mi cuerpo crecía, se me hiso más fácil superar, o cuando menos, ignorar aquello; hasta cierto punto había sido así, pero… cuando las cosas no eran tan fáciles, cuando escuchaba los gritos, los golpes al otro lado de la puerta, era cuando su presencia se volvía más fuerte casi como si estuviera a mi lado o detrás de mí, escuchando conmigo el alboroto del otro lado.

Francamente, quería evitar estar encerrada en aquel cuarto, pero era la única habitación que tenía seguro desde dentro; fuera de ese lugar, había un monstruo al que había aprendido a temerle mucho más. Venía furioso, borracho o quizás drogado, a veces con deseos oscuros contra mi madre, hacía de ella lo que fuera su voluntad y siempre temía que llegara el día en que mi madre no le fuese suficiente y viniera a buscarme.

Mi corazón palpitaba con tanta fuerza que podía escucharlo, casi se paraba cuando oía algún azote contra la delgada puerta de madera, temía que un día la golpeara con tanta fuerza que el insignificante seguro que nos separaba del contacto visual y físico se rompiera y él arremetiera e hiciera de mí, cosas que ni mi madre lograría soportar.

Pequeña y frágil, era como me sentía y más cuando, al verme en bata de baño, ropa interior o incluso, en pijama, él decía que ya era toda una mujercita; entraba sin avisar a mi habitación, decía que se hacía equivocado de puerta, cuando eso pasaba, yo pensaba, al menos, tenía una ventana la cual hubiera podido ser mi única salida si él hubiera tratado de hacerme algo.

Solo podía encerrarme en ese sitio con aquello, con esa cosa que, desde siempre me veía desde el ojo del drenaje, nunca hacía nada, solo me observa como si esperara algo, no sabía qué era en ese entonces, pero muchas veces me llegó a inquietar, siempre debía soportar aquella intriga que helaba mi garganta y paralizaba mis dedos hasta que sentía que era seguro salir de aquella pequeña celda que yo misma había adoptado.

Introducirme en la tina llena de agua siempre me había resultado atemorizante, acostumbraba a usar la regadera para un baño rápido, pero había ocasiones en que mi cuerpo no resistía la tentación de un baño caliente y pacífico; era cuando me introducía completamente desnuda y vulnerable en el interior de las aguas calientes, siempre con mi subconsciente temeroso de que apareciera, desde las profundidades de la tina, detrás de mí o incluso delante, entre mis piernas donde esa cosa, una vez, asomó solo la punta de la cabeza, observándome entre las oscuras aguas en donde sus ojos eran el único destello que había.

Estaba cerca, siempre estaba cerca y nunca había tenido el valor de preguntar quién era o qué quería de mí, siempre temía su respuesta, posiblemente porque ya la sabía.

Una noche, finalmente, pasó. La casa se sumergió en un tormento, Escuchaba cómo las botellas se estrellaban contra las paredes, los vidrios rebotaban y rodaba muy cerca de la puerta. Temía que esa fuera la noche en que por fin él derribaría la puerta, en peor momento no podría haber sido, yo estaba a la mitad de mi baño de tina. Pese a lo tibia del agua, me petrifiqué como si trozos de granizo golpearan mi cuerpo desnudo. Pensaba apresurarme y ponerme el cambio de ropa que había dejado al borde del lavabo, a solo un metro de mí, pero mis piernas no respondía. La ropa parecía tan lejana, en cambio, la puerta parecía tan cercana a mí. Escuché a mi madre gritar, y llorar, suplicando.

— ¡Basta! — Le decía — Por favor, detente— le suplicaba. Le oía llorar y el solo gruñía como un animal salvaje.

Las aguas estaban calmadas, pacíficas y casi imperturbables salvo por la pequeña perturbación del agua corriendo a un extremo, pero ni siquiera eso llegó a hacer tanto estrepito como el sonido de alguien desplomándose. Yo estaba petrificada.

Cuando llegó el silencio, me estremecí; no escuchaba ni siquiera los llantos de mi madre, mi corazón se cubrió de hielo. Me desplomé en el interior del agua y mi mente quedó en blanco, aun cuando el borde de la tina se convirtió en una cascada que inundaba el baño. Solo después de que el agua cubriera todo el piso y llegara a una profundidad de medio centímetro cerré la llave, pero no salí del agua aun cuando el vapor se había desvanecido, aun cuando mi piel comenzó a arrugarse y aquel aliento helado era más frío y cercano.

Aquello siempre me había acompañado, desde el día en que mi verdadero padre fue sepultado, cuando era una niña pequeña que ni siquiera sabía contar con los dedos. Eso estaba ahí, observándome, en aquel momento; poco a poco, emergió del agua delante de mí. Eso levantó sus manos y con lentitud apunto hacia mí, vi unas cadenas negras que tintineaba con su escaso movimiento.

Mi corazón comenzó a palpitar pausadamente, sentía cómo mi piel se volvía fría y escamosa, como si el calor dentro de mí se hubiera ido apagando con cada instante en que nos mirábamos uno al otro. Por primera vez en muchos años, nos observábamos fijamente sin interrupción alguna y por tanto tiempo. Fue entonces que saqué mis manos del agua y le quité los grilletes a aquello, estos cayeron y se perdieron en la oscuridad de las profundidades, el velo oscuro que siempre cubría al ser también cayo y se sumergió permitiéndome ver por fin la verdadera cara de aquel ser. No me sorprendí al verle por fin, verle sin aquel velo; no luché ni opuse resistencia cuando él me puso otras cadenas y me sumergió en las frías aguas de la tina, de hecho, dejé que lo hiciera. Ya sabía la verdad, quién, y qué era esa cosa, nadie más que yo misma.

Ahora era yo la que observaba, observé cómo salía de la tina, caminó por el suelo inundado, me daba la impresión de que caminaba sobre el agua, y pasando directo a tomar una toalla en lugar de mi bata para taparse, pero en lugar de secarse e ir por la ropa que había dejado se acercó a la perilla de la puerta y quitó el seguro, todavía escurriendo agua, abrió, lentamente, la puerta. El pasillo estaba oscuro pero la luz tenue de la luna se reflejaba contra algunos vidrios sobre el suelo y ante el pie del umbral de la puerta estaba media botella rota. Le vi cómo se inclinaba y empuñaba el cristal como si este un cuchillo. En ningún momento deje de observarle, aun cuando cerró la puerta y se dirijo a la habitación de mi padrastro mientras dejaba tras de sí, un rastro de agua helada que seguía escurría de su cuerpo semidesnudo.