Capítulo 2: Martes por la noche

Esa misma noche:

Con la cabeza apoyada en sus manos y los codos sobre la mesa, la joven Tsunami esperaba a que la nueva remesa de gyözas terminara de hacerse, y a que la arrocera terminara su cometido. Habiendo llegado a casa hacía ya un buen rato, se había sorprendido de no ver allí a su madre, a quien esperaba encontrar durmiendo como de costumbre. Supuso que estuviera donde estuviera no tardaría en volver, siendo la hora de la cena. Así pues, había empezado a cocinar tras cambiar su uniforme de la escuela por algo más cómodo.

La residencia Toyochikara se encontraba en la séptima planta de un bloque de edificios que compartían junto a otras tantas familias como la suya. Con un piso de parquet y amplios ventanales en el comedor, sus blancas paredes y los oscuros muebles, parecía una vivienda sacada directamente de las páginas de una revista de decoración de interiores. Su mobiliario daba la apariencia de que quienes vivían allí lo hacían en la opulencia, efecto que no era por casualidad ni mucho menos. La madre de Tsunami se había esforzado porque su casa reflejara el estatus que ella deseaba para sí misma y su familia, aunque ello comportara comprar muebles que a Tsunami no le acababan de gustar. Eran elegantes, suponía, pero simplemente no eran lindos. ¿Qué había de malo en comprar algo que no fuera siempre negro, blanco o gris?

El piso en sí no era demasiado grande, si bien era bastante espacioso en el comedor, que ocupaba gran parte del mismo. Desde la entrada al salón había un pequeño pasillo con fotos de la familia Toyochikara en sus paredes, y a un lado del mismo, una pequeña puerta daba paso a la cocina, de un blanco prístino que de estar más pulida obligaría a Tsunami a usar gafas de sol para entrar en ella. Un rectangular ventanuco permitía a los ocupantes de la cocina ver qué sucedía en el salón, directamente enfrente de los amplios ventanales desde los que se podía ver la ciudad y sus miles de luces y formas. A un lado de estos, un sofá que ocupaba casi toda la pared encaraba el televisor instalado al otro lado de la sala, sobre un mueble de oscura madera donde guardaban la vajilla buena y otras cosas como manteles y demás. Una mesita de cristal ocupaba el centro de la sala, sobre una mullida alfombra de piel blanca que su madre le había prohibido reiteradamente pisar directamente con las zapatillas, aunque eso no era problema para Tsunami. Le gustaba la sensación del pelaje artificial directamente bajo sus pies o a través del calcetín. Al fondo, en perpendicular al pasillo de entrada, otro pequeño pasillo daba paso al resto de salas del edificio, principalmente el lavabo y las dos habitaciones que ocupaban Tsunami y su madre, además del pequeño estudio de esta última.

Un piso pequeño, pero elegantemente amueblado. Dejando a un lado la cuestión del color, para Tsunami era un hogar que no cambiaría por ningún otro, ocupado con mil y un recuerdos que siempre la ayudaban a sonreír en los momentos difíciles.

Mirando la hora en el reloj de la cocina, Tsunami vio que empezaba a ser ya un poco tarde. Si tardaba más que eso, se vería obligada a empezar a comer sin su madre. Lo peor, además, era que si esta no aparecía, entonces no podría ir a lo "otro" que tenía pendiente esa noche. Era imprescindible que se asegurara de que su madre no se enterara de nada, o podría meterse en un lío de los gordos. Cuanto más tardara esta en volver, menos tiempo tendría para divertirse. Tsunami suspiró, ligeramente contrariada ¿Pero dónde demonios estaba?

El sonido de unas llaves entrando en la cerradura de la puerta principal reclamó la atención de Tsunami, quien con una sonrisa alzó su cabeza. ¡Sí, justo a tiempo! Bajando un poco de intensidad el fuego, corrió a recibir a su madre, feliz al ver que nuevamente volvía a seguir el horario previsto.

La alegre joven se plantificó frente a la puerta mientras su madre terminaba de desbloquearla con la llave. Vestida con unos amplios pantalones de chándal azulados y una curiosa sudadera blanca de mangas rojas con la palabra "hage" escrita en ellas (más un dibujo que daba la impresión de querer plasmar una burda calva, que gracias a su delantera quedaba ligeramente en relieve), Tsunami daba saltitos en el sitio mientras veía abrirse la puerta. Sus cabellos acompañaban su entusiasmo botando arriba y abajo, con sus peculiares puntas en rizo moviéndose al son del resto de su cuerpo.

-¡Bienvenida a casa, mamá!-exclamó la joven, sonriendo de oreja a oreja. Frente a ella, su madre la miró un instante y le sonrió con expresión cansada.

-Ah, Tsunami-la saludó, cerrando la puerta, su madre: la mismísima Ventisca del Infierno, Toyochikara Fubuki-. Ya estoy de vuelta.

Soltando un pequeño suspiro, Fubuki se agachó para liberar sus castigados pies de sus zapatos antes de deslizarlos al interior de unas confortables pantuflas verdosas. Su hija, Tsunami, avanzó hacia ella y la ayudó a quitarse el abrigo de sus hombros, doblándolo y colgándolo de una percha con una facilidad fruto de la repetición. Libre del peso de aquel manto, la heroína se masajeó los hombros mientras seguía a su hija por el pasillo.

-¿Qué tal todo hoy en la escuela?-le preguntó, disfrutando de la sensación de estar en casa de nuevo-. ¿Ha pasado algo digno de mención?

-Nah, todo normal, como siempre-dijo Tsunami, moviéndose hacia la cocina. Mientras revisaba el estado de la cena, vio por el ventanuco cómo su madre se dejaba caer en el sofá, suspirando agotada mientras se hundía en los cojines del asiento-. Creí que seguirías durmiendo. ¿Un día duro?

-Se podría decir que sí-comentó Fubuki, cerrando los ojos-. No sé si has oído lo de ese villano que ha aparecido esta mañana, el tipo ese de las algas...

-Sí, todos lo estaban comentando en clase-respondió Tsunami, sirviendo las empanadillas en un par de platos. Luego, pulsando un botón, abrió la tapa de la arrocera, liberando una bocanada de vapor que le dio en la cara-. ¿Peleaste contra él?

-Peleé, y le gané-dijo con algo de orgullo Fubuki, sonriendo ligeramente. Con un par de boles de arroz en la mano, Tsunami avanzó hacia ella con una sonrisa de oreja a oreja.

-¡Wah, ¿en serio?! ¡Súper! ¡Qué pasada, mamá!-exclamó la joven, feliz por la proeza de su madre.

Esta, con una sonrisa en el rostro, hizo un gesto con su dedo y los platos con la cena comenzaron a flotar hacia la mesa de cristal. Tsunami, con una mano, abrió uno de los cajones del mueble, del cual brotó un pequeño mantel gracias a otro gesto de su madre. Como por arte de magia, la amplia tela se desplegó sobre la mesita, justo a tiempo para que Tsunami dejara en ella los boles de arroz. Los diferentes platos que preparó Tsunami no tardaron en unírseles, mientras la joven sacaba un par de vasos y palillos de otro cajón.

-¿Vas a quedarte a dormir esta noche?-quiso saber la joven, disponiéndolo todo para la cena.

-No, por desgracia no-comentó Fubuki, suspirando entre cansada y molesta-. En cuanto acabe de cenar, me daré una ducha y saldré a patrullar.

-Deberían darte un descanso. Bastante haces saliendo de noche, para que encima te llamen durante el día-comentó Tsunami, sentándose a su lado. Su madre, girando la cabeza, señaló en dirección a la cocina e hizo venir una jarra con agua y un par de servilletas.

-Créeme, no es porque no se lo haya pedido, pero las cosas son como son-respondió Fubuki, encogiéndose de hombros-. Se ve que no les quedaba más remedio que…

-Espera un momento…-dijo de pronto Tsunami, fijándose en algo que le llamó terriblemente la atención. Fubuki, quien parecía haber esperado que llegara ese momento, siguió con la cara girada-. ¿Qué es…?

-No es nada. No tienes por qué…-trató de decir, pero Tsunami no esperó a que Fubuki desdeñara lo ocurrido. Acercándosele sin levantarse del sofá, apartó con la mano el flequillo de su madre, reparando en el pequeño parche que esta había tratado de ocultar con su cabello.

-Mamá… ¿y eso?

-No es nada, ya te lo he dicho-respondió Fubuki, apartando la mano de su hija-. Es solo un rasguño, nada más. Traté de decirle al sanitario que estaba bien, pero no quiso escucharme. Simplemente exageraba, eso es todo.

-¿Sanitario?-repitió Tsunami, algo más intranquila-. ¡Mamá, ¿te han herido?!

-¡No me han "herido"!-se defendió Fubuki-. Ya te he dicho que solo me hizo un rasguño. Sí, sangraba un poco, pero…

Un chasquido, como de cristal rompiéndose, reclamó la atención de la telequinética heroína. Mirando a su hija, vio que en el apretado puño de esta uno de los vasos había quedado aplastado tras la mención de su sangre, los pedazos sueltos de cristal que no habían quedado reducidos a polvo cayendo sobre la mullida alfombra. Contrariamente a lo que cabría imaginar, Fubuki no se mostró preocupada por posibles heridas en la mano de Tsunami, quien sabía que estaría perfectamente bien y libre de marca alguna. En su lugar, lo que más llamó la atención de Fubuki fue la mirada preocupada y algo asustada de su hija, lo cual hizo que la heroína suspirara y pusiera su mano sobre la cabeza de Tsunami.

-Eh, no pasa nada… Ya te he dicho que estoy bien-le aseguró, con voz más calmada-. Ya sabes que el trabajo de héroe no es fácil. Entrenamos, luchamos, y a pesar de todo, a veces nos hacemos daño. Son cosas que pasan.

-Yo no quiero que te hagan daño…-musitó Tsunami, bajando la cabeza. Las caricias de su madre aligeraban un poco la preocupación de su corazón, pero no eliminaban del todo el temor que esta sentía cuando oía que su madre había resultado herida a causa de su trabajo como heroína.

-Lo sé, lo sé… Pero es como te he dicho: son cosas que pasan-dijo Fubuki, tomando con ambas manos el rostro de su hija. Con delicadeza, la obligó a alzar la cabeza, mirándose ambas a sus idénticos y respectivos ojos color de jade-. Tsunami… Si hay una cosa que sé a ciencia cierta sobre ser una heroína, es que mi poder no es solo para protegerme a mí. Es para proteger a aquellos que no pueden defenderse solos, para proteger a aquellos que dependen de los héroes. -A pesar de las palabras de su madre, Tsunami no parecía muy satisfecha con su respuesta-. Dime una cosa… ¿sabes en qué pienso cada vez que me enfrento a un villano poderoso?

-Hmmm…-murmuró Tsunami-… ¿en cómo puedes vencerlo?

-No… Pienso en todas las personas que se encuentran tras de mí, en cuantas personas dependen de que me mantenga firme y no le dé la espalda a ese desafío. ¿Qué es lo que digo siempre?

-"Si el héroe huye y se esconde, ¿quién se quedará a luchar?"-dijo Tsunami, conocedora de esa frase que tanto gustaba su madre de repetirle.

-Exactamente. Es algo que aprendí hace ya mucho tiempo, de boca de… un gran héroe.-Tsunami notó que algo pareció cambiar en la expresión de su madre al decir aquello, pero fue tan breve que no supo entender qué podía ser-. No sé si sabes el profundo significado que tiene detrás. No solo simboliza el deber de un héroe de afrontar el mal de frente, o de luchar contra sus enemigos. Simboliza…-empezó a decir Fubuki, cuando de repente otro pensamiento pareció cruzar su mente. Esta vez, con una sonrisa, liberó a su hija-. Hmmm… No te lo digo.

-¿Qué?-preguntó Tsunami, confundida. La pequeña sonrisa burlona de su madre la molestó bastante, quien claramente le estaba ocultando algo-. ¡Ey, no vale! ¡Ahora quiero saber qué significa! ¡Dímelo!

-No, no, no. Si quieres saber qué simboliza, tendrás que descubrirlo tú misma-dijo su madre, tranquilamente, mientras ignoraba el ceño fruncido de su hija.

Frustrada, Tsunami le dio la espalda a su madre y se cruzó de brazos, sus mejillas hinchadas como solía hacer cuando se enfadaba. Decidida a ignorar a su burlesca madre, se dispuso a ignorar sus risitas y las caricias de esta sobre su cabeza, como si intentara convencerla de que no se enfadara mucho. Sí, claro… ¡Mucha suerte con eso! Después de reírse de ella de esa manera, ocultándole cosas como si todavía fuera una niña pequeña. ¿Por qué su madre tenía que ser tan mala? ¡Ella solo quería una simple respuesta! Pues si así iba a ser la cosa, por ella perfecto. Que siguiera acariciándola todo lo que quisiera, no iba a perdonarla así como así…

-En fin… Como ya te he dicho, estoy bien-dijo su madre, sonriendo, mientras miraba el pequeño berrinche de su hija. Esta seguía ignorándola, claramente molesta por su pequeña burla-. ¿Sabes una cosa? Te tengo un pequeño regalito~…

La velocidad a la que Tsunami giró su cabeza hubiera desnucado a cualquier otro. Sus ojos relucían como joyas mientras miraba con apenas contenida emoción a su madre. ¿Había dicho que no la iba a perdonar así como así? Pero… ¡por supuesto que la perdonaba, oh, dulce y muy querida madre!

-¿Regalo? ¡Un regalo! ¿Me vas a dar un regalo? ¡Súper! ¿Qué es, qué es?-exclamó Tsunami, botando en el sofá, mientras miraba con evidente emoción a Fubuki, quien no pudo evitar sorprenderse una vez más de lo fácil que era contentar a esa niña. Era como ver a una cachorrilla cuando le mostrabas un juguete, dando vueltas de aquí para allá y ladrando dulcemente como si dispusiera de energía infinita-. ¿Dónde está? ¿Qué es? ¿Puedo verlo? ¿Puedo abrirlo? ¿Es…?

-¡Tsunami, cálmate!-consiguió decir entre risas Fubuki, aplacando a su exaltada hija. Suerte tenía que su Quirk no tuviera que ver con el fuego, o lo más seguro era que hubiera estallado de lo entusiasmada que estaba. Una vez Tsunami pareció relajarse un poco (o, por lo menos, cuando consiguió dejar de saltar en el sitio), Fubuki hizo levitar un pequeño sobre desde su abrigo.

-… ¿y el regalo?-preguntó confundida Tsunami, preguntándose dónde estaría la caja envuelta con brillantes colores y un lacito que esperaba recibir.

-"Este" es el regalo-dijo Fubuki, tomando el sobre y tendiéndoselo a su hija. Algo confusa todavía, Tsunami cogió el sobre y lo revisó por todas partes-. Adelante, ábrelo.

Sin saber muy bien que esperar de todo aquello, Tsunami dejó sobre el mantel los restos del vaso que había aplastado (poco más que polvo de cristal), tomó el sobre y sacó la carta de dentro. A juzgar por la sonrisa con la que la miraba Fubuki, esperaba que el contenido de la misma hiciera feliz a Tsunami. Los ojos de Tsunami repasaron las líneas y frases hasta llegar al final.

Más que feliz, como Tsunami miró a su madre fue con confusión.

-… ¿Shiketsu?-preguntó, ladeando la cabeza, mientras un símbolo de interrogación aparecía sobre su cabeza. Su madre, asintiendo, rodeó sus hombros con un brazo.

-Es una academia para héroes-le explicó Fubuki-. Les envié mi recomendación para que entraras cuando acabaras tus estudios en Randamu, y me hicieron llegar la respuesta hoy. ¡Han aceptado, Tsunami!

-Shiketsu… ¿No es ahí donde estudiasteis tú y la tía Tatsumaki?

-Sí, en efecto. Nuestra familia siempre ha asistido a Shiketsu, desde hace casi tres generaciones. Está un poco lejos, en Hiroshima, pero creo que allí podrían enseñarte a controlar tus poderes y a convertirte en una fabulosa heroína.

A juzgar por cómo lo plasmaba Fubuki, parecía realmente ilusionada ante la idea de que se hija asistiera a la misma academia a la que fue ella. Sabía que allí podrían ayudarla a controlar ese destructivo poder que poseía, e incluso tal vez la encarrilaran en el buen camino y la convirtieran en una heroína de provecho, asentando la cabeza y centrándose de una vez en su futuro. Tsunami, pero, no parecía del todo convencida.

-Ya, pero…

-¿Algún problema?

-Hmmm…-murmuró Tsunami, sin saber bien qué decir. Estaba claro que aquello era algo que le hacía especial ilusión a su madre, pero… a ella no tanto-. Es solo que… ¿Heroína? No se…

-¿Y por qué no? Muchos jóvenes de tu edad sueñan con convertirse en héroes. Con tu poder, tú lo tendrías bastante fácil… bueno, cuando aprendas a controlarlo un poco.

-No, si no es eso. Es que… No sé si lo del "heroísmo" es lo mío…

Frunciendo el ceño, Fubuki se separó de su hija y la miró extrañada a la cara. Verdaderamente, había esperado que la idea de asistir a Shiketsu la animara más que aquello, considerando lo mucho que sabía que le gustaba a Tsunami todo el tema de los héroes. Desde que era pequeña, Tsunami le había insistido en que algún día sería una "linda heroína" que ayudaría a la gente, protegiendo la ciudad y enorgulleciendo a su madre con sus buenas acciones. Sin embargo, a medida que se hacía mayor, ese entusiasmo juvenil parecía haber menguado hasta casi desaparecer, cosa que Fubuki no acababa de entender.

-¿Ocurre algo, Tsunami? Esperaba que la noticia te alegrara más que esto…

-¡No, si no es eso! Estoy emocionada… ¡Súper emocionada, incluso! Es solo que la noticia me ha pillado un poco por sorpresa. ¡Shiketsu, nada menos!-dijo Tsunami, sonriendo como si no pasara nada. A pesar de ello, Fubuki vio claramente que algo reconcomía a su hija, entreviendo a través de su amplia sonrisa y gestos de emoción que ambos carecían de genuina alegría. Tsunami parecía tener algo en mente que no parecía dispuesta a compartir con ella, cosa que la extrañaba mucho. Nunca había sido una niña que gustara de guardar secretos, y de ser importante, ya se lo hubiera dicho. Esbozando una pequeña y algo forzada sonrisa, Fubuki trató de convencerse de que no pasaba nada en realidad, que tal vez estuviera pensando demasiado las cosas. Después de todo, Tsunami era una adolescente.

¿Qué adolescente no se comportaba algo extraño de vez en cuando?

-Está bien… Entonces, ¿lo harás?-preguntó Fubuki, señalando con la cabeza la carta. Tsunami, revisando las palabras de la misma, pareció pensar muy detenidamente el qué contestarle a su madre, aumentando un poco la preocupación de esta. Luego, pero, alzó la mirada con renovada determinación en sus ojos.

-¡Ok, mamá! Si crees que puedo hacerlo… ¡entonces lo haré! ¡Entraré en Shiketsu!-exclamó, alzando su puño al aire-. ¡Súper!

El ver a su animada hija de vuelta a su estado habitual alivió un tanto a Fubuki. Por un momento, había temido que la noticia no acabara de sentar bien a Tsunami, pero parecía que sus temores habían sido infundados. Con una genuina sonrisa en su rostro, atrajo el cuerpo de su hija al suyo rodeándola de nuevo con un brazo, y apoyó su cabeza sobre la de su hija.

-Esa es mi pequeña…-murmuró con orgullo, disfrutando de la sensación de tener a su familia allí con ella. Pronto, Tsunami se unió al familiar abrazo, rodeando con sus brazos el cuerpo de su madre y apoyando su cara en el pecho de esta.

Sin embargo, lo que Fubuki no alcanzó a ver fue que, a pesar de estar sonriendo, la alegría de Tsunami parecía fingida, como si algo le impidiera disfrutar del todo del momento. En su mente, lejos de su alegre estado exterior, las dudas y la preocupación reconcomían a Tsunami, quien a pesar de su valerosa declaración no podía evitar preguntarse si realmente iba a poder cumplir con su palabra.


Horas más tarde, Departamento de Fuerza Policial en Hosu, Tokyo:

Hacía ya un buen rato que los agentes que hacían de aquel edificio su lugar de trabajo se habían marchado para regresar a sus casas y disfrutar de un merecido descanso. Volverían con sus familias, cenarían tranquilos, pasarían un rato de distinción, y tras un sueño reparador, regresarían al día siguiente para seguir velando con renovado ahínco por la seguridad de los ciudadanos como siempre.

Uno de ellos, pero, seguía al pie del cañón con una vaso de café en la mano, repasando varios documentos en la tranquilidad de la ya vacía oficina. No le molestaba precisamente el estar a solas, ya que de todas formas los conserjes y los agentes del turno de noche seguían en el edificio, por lo que tampoco era como si fuera el único que tenía que esforzarse esa noche. Aun así, debía admitir que tal vez sí que necesitara una buena siesta, ya que había perdido la cuenta de la de veces que había bostezado ya, o el número de vasos de café que se apilaban ya en su papelera. La cafeína podía mantenerlo despierto hasta cierto punto, permitiéndole distinguir por el momento las palabras de los informes, y su cerebro de momento parecía ser capaz de razonar con bastante sentido.

No podía quejarse. Le había tocado echar horas extra mucho peores que aquellas.

Tras dar un sorbo a su café, el detective Tsukauchi Naomasa comparó una vez más el informe del incidente en Yokohama con la lista de héroes locales, repasando las numerosas declaraciones que había recogido sobre el paradero de cada uno esa tarde y el testimonio de cuantos héroes se vieron involucrados en el incidente en sí. No habían conseguido llegar a tiempo para parar al villano de turno, resignándose a asistir a los equipos de emergencia y de rescate en la evacuación de los heridos y de cuantos civiles se vieron afectados por los destrozos causados. Le había sorprendido enterarse de que cuatro héroes profesionales habían sido derrotados por el villano que atacó el distrito comercial, tres de ellos bastante poderosos según tenía entendido, y de no haber aparecido Ventisca del Infierno cuando lo hizo, temblaba solo de pensar en cuantos destrozos y heridos más se hubieran sumado a los que ya habían tras el paso de tan siniestro criminal. Una cosa era destruir para robar, o para intentar asesinar a alguien… ¿pero destrucción por diversión? ¿Para lucirse? ¿Para probar que uno era poderoso? Esa era la peor clase de crimen posible, un sinsentido completamente destructivo e indiscriminado que, por desgracia, parecía ser el principal foco de problemas de aquel departamento. Por lo menos, cuando esto sucedía, solía tratarse de algún civil alterado que había perdido los nervios, y muchas veces se podía razonar con ellos antes de que la cosa pasara a manos de los héroes.

Con aquel villano, pero, parecía que simplemente era imposible razonar nada. Según los testigos, había comenzado a atacar a la gente sin previo aviso y con una brutalidad casi psicótica, riéndose y destrozándolo todo sin un objetivo claro a primera vista. Casi parecía que tan solo intentaba atraer a los héroes hacia él, como si lo único que le interesara fuera pegarse con ellos. En vista del éxito de su intentona, parecía que la confianza del villano en sus habilidades no estaba del todo injustificada. Solo gracias al poder de Ventisca del Infierno y su Telequinesis, el villano se vio superado y obligado a huir con el rabo entre las piernas a otro lugar, salvando la vida no solo de los ciudadanos que todavía pululaban por la zona, sino de los derrotados héroes que debido a sus heridas ni tan siquiera podían moverse.

Finalmente, y esta tal vez fuera la parte más extraña de todo aquel asunto, el villano había sido encontrado de nuevo gracias a una llamada a los servicios de emergencia por parte de una espantada ciudadana, en la cual les informaron de que algo o alguien acababa de golpear con fuerza su edificio, destrozando varias paredes y haciendo temblar los bloques de pisos adyacentes. Cuando llegaron, pero, en vez de a un villano violento destrozándolo todo, se encontraron a un derrotado individuo recubierto de algas y con pinta de haber pasado un mal rato, si su amorotonada cara y su cuerpo retorcido servían de indicador de su estado, además del detalle de que lo encontraron empotrado contra una pared. A sus espaldas, una larga serie de agujeros atravesaban los tabiques de varios edificios hasta dar con el final de una larga calle, dando la impresión de que el villano había llegado allí atravesando las paredes con su cuerpo. Un breve reconocimiento por parte de Ventisca del Infierno había confirmado que se trataba del mismo villano que enfrentó con anterioridad, si bien aseguraba que cuando se enfrentaron no presentaba aquella enorme hinchazón en su mejilla, con la forma de un claro puño grabada en su superficie. La visión de aquel puño hizo sospechar a Tsukauchi de que tal vez se tratara de la obra de All Might, a quien tal vez se le hubiera ido un poco la mano a la hora de derrotar a aquel villano en concreto. Sin embargo, al llamarlo, Tsukauchi descubrió que él no sabía nada del asunto, ya que a esa hora se encontraba en otra ciudad, rescatando a unos ciudadanos de un incendio. Además, se fijó Tsukauchi tras un examen más detallado, la huella del puño simplemente era demasiado pequeña para las enormes manos de All Might, que fácilmente podría agarrar la cabeza de alguien con sus amplias palmas.

Fuera quien fuera el responsable de derrotar a aquel individuo, no se trataba de ningún héroe conocido o registrado. Los pocos héroes que podrían haber respondido a la llamada se encontraban o bien lejos, o bien llegaron al lugar de los hechos mucho después de que todo hubiera terminado. Además, sus habilidades no coincidían con los daños causados en la calle o en los edificios, ya que a partir de ellos se había determinado que el responsable debía de poseer algún Quirk relacionado con la fuerza física. El villano había sido vencido de un solo puñetazo, proyectado por los aires y convertido en una singular bala de cañón que había tomado tres edificios para frenarse. Solo alguien como All Might parecía capaz de hacer algo así, por lo menos de un solo golpe, pero en vista de las pruebas estaba claro que se trataba de alguien completamente diferente.

Su primera hipótesis fue que se trataba de alguna especie de vigilante. A diferencia de los héroes registrados que generalmente colaboraban con la policía y demás fuerzas del orden en la resolución de crímenes o desastres, ya estuvieran relacionados con Quirks o no, los vigilantes eran ciudadanos que actuaban al margen de la ley en su propia cruzada por defender la justicia y cuanto representaba. Nadie conocía sus identidades secretas, ni de dónde venían, y en muchos casos ni siquiera se sabía cuándo podían llegar a aparecer. Lo único claro era que todos trataban de actuar como héroes, saltándose en el proceso cuantas leyes creyeran necesarias para cumplir su objetivo. Esto daba lugar a desafortunados accidentes como abuso de poder, involucrar a terceros, o incluso acabar causando mayores desastres o provocando desperfectos que hubieran podido evitarse de no haberse involucrado en primer lugar. Por todo esto, y por el hecho de que nadie podía regular a estos individuos, el vigilantismo en sí era considerado ilegal en la mayor parte del mundo, y estrechamente perseguido por su departamento cuando se daba el caso. Los vigilantes, ya estuvieran relacionados con algún crimen o no, eran perseguidos y arrestados como criminales, ya que incluso si no hicieran nada o no tuvieran nada que ver con criminales o demás, el hecho de que utilizaban sus habilidades en público y sin control de nadie más que de sí mismos era una clara violación de la ley, y merecía ser castigada.

A pesar de ello, se vio obligado a reconocer Tsukauchi, no todos los vigilantes eran unos descerebrados como a menudo se les pintaba en los medios. Sí, era cierto, muchos no eran más que frustrados ciudadanos que querían hacer algo por proteger a la sociedad, intentando ser como los héroes y heroínas que veían por la televisión, pero sin verse del todo capaces de seguir los canales oficiales, o simplemente en respuesta al rechazo por parte de las instituciones pertinentes a su deseo de volverse héroes en el futuro. El aumento de ciudadanos que deseaban convertirse en reputados héroes de fama mundial que portaran sobre sus hombros el manto de la justicia provocaba que se tuviera que vigilar muy estrechamente a quién se le daba el permiso de convertirse en héroe y a quien no, a menudo obligando a los candidatos a pasar por arduas pruebas y a través de espartanos métodos de selección que con frialdad separaban a los capaces de los que no. Costaba mucho aceptar que te negaran un sueño porque alguien no confiara en tus posibilidades, ya fuera por tu capacidad o por el poder con el que naciste, y muchos creían que todavía podían vivir esa realidad sin importar lo que la sociedad les dijera, creyéndose por encima de la opinión de los expertos en la materia. Por eso, por desgracia, muchos de esos vigilantes acababan muertos, encerrados tras agravar una situación fácilmente controlable, o convertidos en frustrados villanos que volcaban su ira en el mundo que no aprobaba sus métodos. De entre todos estos, pero, a menudo salían a relucir pequeños puntos de esperanza que a primera vista tal vez costara de ver brillar. Ciudadanos verdaderamente preocupados por la gente que vivía en sociedad con ellos, deseosos de protegerlos más allá de cualquier aspiración de gloria o fama, simplemente queriendo poner todo cuanto eran ellos al servicio de los demás. Pequeños gestos de amabilidad o esfuerzo, acciones discretas que se realizaban en las sombras de la ciudad, ocultas entre los grises rascacielos y los oscuros callejones.

Gente a la que costaba no llamar "héroes".

Tal vez no aprobara que se saltaran la ley, o que se inmiscuyeran en asuntos que no les atañían, pero hasta Tsukauchi debía admitir que no todos los vigilantes merecían ser juzgados de la misma manera. Él mismo conocía un pequeño grupo de molestos metomentodos que, a través de sus pequeños gestos y bravas acciones (si bien estaría bien que el viejo del antifaz dejara de pegar a la gente tan indiscriminadamente), velaban por los ciudadanos a su propia y única manera, enfrentándose al crimen en aquellos aspectos que a menudo la policía y los grandes héroes no veían o directamente ignoraban. Tal vez fueran criminales en cierta manera, un problema más del que debía ocuparse, o simplemente molestias que se metían donde no les llamaban, pero…

Pocos merecían tanto el título de héroe como aquellos que simplemente no estaban dispuestos a aceptar la presencia del mal, actuando en su contra sin importarles que después sus acciones tuvieran consecuencias sobre ellos mismos.

Suspirando, Tsukauchi apuró los restos de su café, tirando la vacía taza de cartón a la papelera para que se uniera a sus hermanas. Realmente debía de estar más cansado de lo que creía… ¿Él, defendiendo a unos vigilantes? Costaba de creer lo que la falta de descanso podía hacerle a uno.

En vista de que aquel día no iba a resolver aquel misterio, decidió dejarlo allí por el momento. Mañana, más fresco, seguramente pudiera encontrar la verdad sobre lo sucedido, y tomar cartas sobre el asunto.

Poniéndose en pie, el detective se dispuso a guardar sus documentos e ir a por su abrigo, cuando un informe llamó su atención de entre todos los demás. Colocándolo al frente mientras apilaba el resto de papeles, lo leyó por encima mientras los cuadraba para guardarlos en su escritorio, repasando sus líneas con la familiaridad de quien ya había leído lo mismo anteriormente. Al principio no entendió qué era lo que le había llamado tanto la atención, dado que simplemente se trataba de un informe acabado que alguien había dejado en su mesa para que seguramente le diera un último vistazo antes de archivarlo. En el mismo, hablaba sobre cierto incidente que ocurrió en Yokohama hacía unos meses, en el cual cierto asesino en serie fue encontrado en un callejón con la marca de un…

Un momento…

Deteniéndose, el detective releyó el informe y entendió rápidamente qué era lo que al principio había visto. Aquel asesino en serie, que había tenido en jaque tanto a héroes como a su departamento durante casi medio año, había sido hallado en un callejón de la ciudad con su cuerpo empotrado al fondo de un pequeño cráter. Inconsciente, parecía que alguien lo había encontrado y derrotado cuando se disponía a atacar de nuevo, si bien por la falta de marcas de pelea en la zona, muchos creyeron que tal vez la causa de aquel ataque se debiera a la traición de algún posible cómplice. La habilidad de aquel tipo no era despreciable ni mucho menos, consistente en ser capaz de cubrir su cuerpo con una impenetrable armadura que además aumentaba su fuerza, por lo que muchos se mostraron escépticos a la hora de creer que alguien así hubiera sido derrotado sin presentar batalla de ningún tipo. Por desgracia, nunca encontraron al responsable, y el caso se cerró tras meter al asesino entre rejas. Sin embargo, un pequeño detalle que había sido ignorado al principio fue lo que hizo que Tsukauchi alzara sus cejas al percatarse de qué era lo que le había llamado la atención.

En el estómago del criminal, justo en el centro del cráter, habían encontrado la huella de un pequeño puño. Dado que ninguna huella había podido ser encontrada del mismo, simplemente había sido clasificada como la causa de la derrota del villano, muchos creyendo que podría llevarles a encontrar al responsable, pero fallando al no verse ningún posible enlace con los héroes locales o los vigilantes conocidos. Tomando con premura la ficha de lo ocurrido aquel día en Yokohama, comparó la descripción de los hechos y llegó a una única conclusión: lo ocurrido era prácticamente lo mismo en ambos casos. Un villano derrotado anónimamente, destrozos en la zona, mínima o nula presencia de marcas de lucha, un Quirk relacionado con la fuerza, y un puño grabado en el cuerpo del derrotado. No podía ser una coincidencia. Se trataba de la misma persona.

Alguien, aún no sabía quién, parecía rondar por Yokohama con sus poderes, venciendo a criminales que nadie más parecía capaz de derrotar o encontrar, pero sin mostrarse todavía en público. Incluso los vigilantes exponían a menudo su rostro enmascarado y sus nombres en un intento de legitimizar sus acciones, dando a entender a los ciudadanos que tan solo estaban allí para ayudar, pero aquel tipo no. Nadie lo había visto, no tenían un nombre, y perfectamente podía tratarse de un villano eliminando a la competencia. Pocas cosas se sabían al respecto por el momento: parecía actuar principalmente en Yokohama, su poder tenía que ver con la fuerza (si sus victorias de un solo puñetazo podían tomarse en referencia) y, además, a juzgar por el tamaño de la huella del puño, se trataba de alguien con un cuerpo bastante juvenil, tal vez un joven o un adolescente, por lo que la lista de sospechosos se reducía a… todos los adolescentes de la ciudad.

Tsukauchi suspiró. No tenían suficientes pistas por el momento. Si querían encontrar al responsable, iban a necesitar más pruebas que les ayudaran a limitar un poco sus opciones. Un avistamiento, un soplo, alguna huella dactilar… Cualquier cosa serviría.

Por el momento, pero, la verdad les estaba velada. Solo el tiempo diría si finalmente encontraban a quien fuera que estuviera tomándose la justicia por su cuenta con un poder claramente destructivo en sus manos…, o si se uniría a las filas de aquellos que se ocultaban en las grietas de la ciudad, ya fuera del bando justiciero o del bando villanesco. Solo el tiempo lo diría.


De vuelta en la residencia Toyochikara:

Cerrando la puerta tras de sí, Fubuki salió de su cuarto vestida con un nuevo traje para iniciar su rutinaria patrulla por la ciudad. Su aspecto apenas había cambiado, prefiriendo vestir un mismo tipo de traje en vez de variar su apariencia, con el detalle añadido de que ahora parecía algo más relajada tras un confortable baño de agua caliente. Caminando por el pasillo, se detuvo un instante frente a la puerta de la habitación de Tsunami, abriéndola con delicadeza y mirando en su interior.

Con las luces apagadas, las sombras ocupaban cada forma de la estancia, ocultando las coloridas paredes y los muñecos de peluche, los posters de héroes y heroínas, y a la joven de cabellos oscuros que respiraba tranquilamente en su cama, sus ojos cerrados y su mente muy lejos de allí. Una sonrisa acudió al rostro de Fubuki al ver a su hija plácidamente dormida, recordando en ese instante en quién pensaba realmente cada vez que se enfrentaba a un peligroso villano. Cada vez que pensaba en abandonar, cada vez que pensaba en dar la vuelta y huir, en rendirse y permitir que el mal ganara, pensaba… ¿"Y si Tsunami estuviera en peligro"? ¿"Y si la vida de su hija dependiera de ella"? La idea de que Tsunami pudiera sufrir algún daño a causa de su fracaso solía envalentonarla y animarla a seguir adelante, ayudándola a romper sus límites y llegar más lejos de lo que nunca creyó que podía llegar. Por su hija, derribaría los mismos cielos y separaría las aguas del océano, con sus propias manos de ser preciso.

Cerrando la puerta, Fubuki procuró no despertar a su hija y siguió andando por el pasillo. Mientras Tsunami estuviera a salvo, ella podría centrarse en su tarea de proteger al resto de la ciudad de quienes querrían destruirla para sus propios fines. Alcanzando la puerta, se calzó sus zapatos y cubrió su cuerpo con el abrigo blanco que tanto gustaba de lucir, en parte por propia vanidad y en parte para protegerse del frío aire nocturno. Con un giro de su llave, desbloqueó la puerta y se aventuró hacia la noche sin temor ni dudas, decidida a cumplir su misión como heroína y mantener la ciudad a salvo para su hija y cuantos dependían de sus esfuerzos. Un suave chasquido pudo oírse cuando la heroína cerró la puerta tras de sí, cerrándola de nuevo con la llave y usando su Telequinesis para echar los pestillos de dentro. Tras asegurarse de que la puerta estuviera efectivamente cerrada, Fubuki se dio la vuelta y echó a andar hacia el ascensor.

Tenía trabajo que hacer.

...

Recostada en su cama, Tsunami había seguido los avances de su madre por la casa guiándose solo por el sonido. La había oído salir de su cuarto, e inmediatamente se imaginó que no tardaría en aparecer por su habitación, por lo que cerró los ojos y pretendió estar dormida. La sensación de las luces del pasillo contra su rostro le indicó que su madre acababa de abrir la puerta, por lo que se mantuvo firme y no se salió del papel. Pronto, la luz desapareció de nuevo, y Tsunami abrió tentativamente uno de sus ojos para asegurarse de que su madre se hubiera ido de verdad. Al no verla allí mirándola, se permitió un momento de relajación.

Saltando de la cama, en vez de su pijama, Tsunami reveló que iba vestida con los mismos pantalones de chándal, más una sudadera oscura con las palabras "Demon Ciborg" escritas en blanco con forma de planchas de hierro. Abriendo sigilosamente la puerta, escuchó atentamente hasta que se cercioró de que su madre hubiera salido de la casa. El sonido de los cerrojos le indicó que se encontraba finalmente sola en la casa, pero antes de hacer nada, esperó un par de minutos más mientras aguardaba a que su madre se alejara del edificio. Ir hasta el ascensor, bajar hasta el suelo, y luego emprender el vuelo… más o menos unos tres minutos, aunque Tsunami esperó siete solo para estar segura.

Finalmente, cuando creyó haber esperado lo suficiente, Tsunami se puso en acción. Echando las cortinas de su cuarto y con la puerta abierta para oír si su madre volvía de repente, echó mano de la ropa guardada en su armario para improvisar una Tsunami falsa en su cama, que esperaba engañara a su madre en caso de que ella volviera antes de que hubiera terminado. Una vez satisfecha con el resultado, cogió el resto de sus cosas y salió de su cuarto.

...

Con su largo pelo atado en una coleta y oculto bajo su ropa, un pequeño gorro de lana negro impedía ver el resto de su cabeza, junto a una pequeña máscara de papel en su boca y unas gafas oscuras de sol. Cualquiera que la hubiera visto podría haberla tomado por una ladrona o un famoso tratando de escapar de los paparazzi, pero todas esas preparaciones eran necesarias si quería salir con discreción. No debía de haber nadie despierto a esa hora, pero Tsunami no quería correr riesgos. Si alguien la veía y se lo decía a su madre, o si esta se enteraba directamente… En el mejor de los casos, simplemente la castigaría de por vida, y en el peor, le prohibiría volver a disfrutar de su hobbie. La mera idea de ser despojada de su pequeña diversión la horrorizaba más que cuando el profesor Snake la obligaba a limpiar los borradores como castigo por dormirse en clase.

Tras cerciorarse de que nadie la veía salir, Tsunami salió al exterior de su casa con sus deportivas en la mano y cerró con llave. No podía echar los cerrojos con su poder, por lo que volver antes que su madre era prioritario si quería asegurarse de que no se enterara de lo que hacía cuando ella se iba. Una vez cerró todo lo silenciosamente que pudo, Tsunami avanzó rápidamente por el pasillo en dirección al ascensor, picando en él el botón que la llevaría a la planta más alta. Durante el trayecto, estuvo vigilante de que ningún vecino apareciera de repente y la viera, pero dada la hora que era, era poco probable que eso sucediera. Una vez llegó a su destino, siguió subiendo hasta llegar al techo, donde una pequeña puerta de hierro le bloqueaba el paso. Podría hundirla con facilidad, pero como no deseaba dejar huellas de su presencia que pudieran delatarla, optó por un método un tanto menos directo. Palpando el suelo, pronto encontró que una de las baldosas del rellano estaba suelta, y al retirarla, encontró debajo una pequeña llave que le permitió abrir la puerta. Suerte tenía que el conserje fuera tan confiado, y de que no ocultara demasiado dónde guardaba sus llaves o cómo las escondía. Le había bastado a Tsunami el coincidir con él un día para aprender dónde guardaba la llave del tejado, información que se había mostrado muy útil a la hora de robarla y hacer una copia antes de devolverla discretamente.

Una vez en el exterior, Tsunami suspiró y tomó aire. El frío aire nocturno penetró en sus pulmones y terminó de despertarla, como si algo en él la energizara y la llenara de vida. El oscuro cielo sobre su cabeza acrecentaba la belleza de las luces de la ciudad, que la rodeaba como un mar de piedras preciosas que relucían y la invitaban a estirar la mano y tomarlas. Desde donde estaba, oía el vaivén de los vehículos que aún entonces se movían por las calles y carreteras de la ciudad, su lejano eco viajando más rápido y lejos que el propio vehículo, mientras sus luces dejaban rastros por los distantes caminos que a Tsunami se le antojaban como finas líneas cubiertas de luz. A pesar de la hora que era, parecía que la ciudad rezumaba de vida, como probaban los cientos de personas que aún entonces caminaban por las calles de la urbe, riendo y chillando y disfrutando de la cara oculta de Yokohama, solo revelada al caer la noche.

Calzándose las deportivas en sus pies, Tsunami hizo rodar sus brazos mientras caminaba por la amplia terraza. Una vez llego a la barandilla, trató de localizar con la mirada su objetivo, a casi diez plantas de altura y a un kilómetro de distancia e iluminado tan solo por las farolas que alumbraban las solitarias y vacías calles de su barrio. La falta de bares y locales donde socializar hacía que aquella zona fuera relativamente tranquila, salvo por esta o aquella bicicleta, y algún transeúnte que se movía hacia alguna parte. El silencio y la discreción ayudaban a Tsunami, quien no sabía qué haría si en vez de allí viviera en una zona más transitada. Pronto, su mirada se posó en aquello que había estado buscando: un complejo en obras, situado varias calles más allá.

-Hmmm… Han colocado andamios-comentó Tsunami para sí misma, dándose la vuelta y volviendo por donde había venido. Una vez llegó al otro lado del tejado, volvió a girarse y encaró la lejana obra, agazapándose mientras afianzaba sus pies para no resbalarse-. Me pregunto si habrán movido de sitio la arena… En fin…-se resignó, tocando con las manos el suelo. Parecía lista para empezar a correr-… ¡solo hay un modo de saberlo!

Como una exhalación, Tsunami salió disparada y cruzó de tres zancadas el amplio tejado. Justo cuando parecía que iba a chocarse contra el muro que la separaba de la abismal caída directa al implacable asfalto, Tsunami se impulsó con todas sus fuerzas, saltando por los aires y elevándose como si la gravedad no la afectara. La joven estudiante describió una parábola perfecta que la llevó directamente hacia la obra que había atisbado, surcando el cielo y el espacio entre ambos puntos sin tocar el suelo. En sus oídos pronto tronó el aire que se apartaba a medida que su cuerpo atravesaba el cielo nocturno, reclamado por la gravedad y concluyendo su corto vuelo. A medida que se iba aproximando, fue cada vez más consciente de su velocidad, y lo próxima que estaba ya al punto de impacto. Veía con más detalle el complejo en construcción, con sus andamios recorriendo el exterior y ocultando parcialmente su figura, y diversos módulos y máquina de construcción que los trabajadores habían dejado repartidos por la zona. En esta, justo cuando se encontraba a punto de aterrizar, alcanzó a ver el lugar al que había apuntado, el cual por suerte seguía justo donde esperaba encontrarlo.

-¡Diana!-exclamó Tsunami, si bien su entusiasmo se vio ocultado por lo bajo de su voz y por la arena contra la que chocó su cuerpo, que no solo amortiguó su caída sino que oculto parcialmente el ruido que generó al chocar contra ella. Un sordo impacto fue todo lo que el cuerpo de Tsunami generó al alcanzar su objetivo, levantando una pequeña nube de polvo que rápidamente se vio dispersada por las brisas nocturnas de la ciudad. Rodando, Tsunami se bajó del montón de arena y se sacudió los restos de su ropa-. Y Toyochikara Tsunami clava el aterrizaje. ¡Súper! ¡El público está como loco! ¡Waaaah, waaaah!-dijo animadamente pero en voz baja, posando y fingiendo que acababa de realizar alguna hazaña olímpica. En su mente, el estadio abarrotado de espectadores la ensordecía con sus aplausos, mientras los jueces puntuaban como excelente su actuación. Tras hacer un par de reverencias, Tsunami se puso en marcha a paso ligero.

...

Una hora después, barrio de Shibuya, Tokio:

A pesar de su atuendo (o tal vez precisamente por él), Tsunami se mantuvo oculta la mayor parte del tiempo caminando por callejones o mezclándose lo mejor que pudo con la multitud. No quería arriesgarse a encontrar a nadie que pudiera reconocerla o cuestionarla sobre la razón por la que una estudiante se encontraría a esas horas caminando sola por un lugar como aquel.

Habiendo tomado el primer tren que salía de la estación, había permanecido en silencio mientras veía pasar por la ventana las luces que atravesaban la sombría noche. Su mente, aburrida y falta de estímulo, había acabado divagando y rememorando lo acontecido esa tarde en clase. Una vez más, la joven suspiró ante lo que le parecía ya una escena cotidiana de su vida, en la que sus compañeros de clase comentaban a sus espaldas los desastres que a menudo su poder causaba. Entre eso y su tendencia a despistarse o a mostrar poco o nada de interés por cualquier cosa que ella no considerara interesante, le había granjeado una reputación de "cabeza de chorlito" que con el paso del tiempo había acabado asumiendo como normal. ¿Qué podía decir? Realmente parecía (y hasta tal vez fuera) una cabeza de chorlito. Se despistaba con facilidad, andaba siempre con la cabeza en las nubes, no tenía cuidado… A pesar de ello, en el fondo, le molestaba un poco que los demás se hubieran rendido ya con ella. Ella podía ser algo más que una patosas rompelotodo que necesitaba que atendieran de una manera especial por miedo a que fuera a meter la pata. Ella podía ser alguien en quien poder depositar la confianza de sus compañeros y de cuantos necesitaran su ayuda. Ella podía hacer mucho más que simplemente romper las cosas y sonreír como si nunca pasara nada. ¡Ella podía…podía…!

…ella…quería…quiso…ser una heroína.

Quería…o quiso…poder ser como su madre y su tía. Quiso ser como All Might, o Best Jeanist, o Kamui Woods, o Midnight... (pero no como Endeavor. Endeavor no era lindo). Quiso ser una linda heroína que luciera una brillante capa y recorriera la ciudad salvando a la gente y animándolos con su sola presencia. Quiso ser un escudo ante el peligro, alguien que protegiera a los inocentes ciudadanos de las oscuras intenciones de los criminales que pudieran amenazarlos. Quiso ser alguien que, con una amplia sonrisa, pudiera señalarse con orgullo y decir lo que All Might siempre solía decir: "No temáis. ¿Por qué? ¡Porque yo estoy aquí!".

Una pequeña sonrisa se dibujó en los labios de Tsunami al recordar las veces que, de pequeña, se colgó un mantel del cuello a modo de capa y corrió por la casa mientras fingía poder volar gracias a los poderes de su madre, sobrevolando el pasillo y el salón mientras reían las dos. Recordó las veces que vio por la tele a este o aquel héroe, flamantes en sus trajes de vivos colores mientras comentaban por las noticias lo que acababa de pasar, el incidente que habían resuelto gracias a sus increíbles poderes. No importaba que estuvieran ilesos o magullados, cansados o rebosantes de poder… Para Tsunami, todos eran increíbles y todos eran lindos a su propio y único modo (menos Endeavor. Él era tan lindo como un bulldog… No, menos aún. Los bulldogs también eran lindos, mucho más que Endeavor). Incluso se emocionaba cuando veía a su madre o tía saliendo por la televisión, a pesar del temor de verlas enfrentar a terroríficos villanos o catastróficas situaciones que mantenían aun y siempre a la joven nerviosa pegada a la pantalla, esperando con el corazón compungido y henchido de esperanza a que su familia se hiciera con la victoria. Cada vez que las veía ganar, caminar altivas y orgullosas tras lograr superar el obstáculo de turno, Tsunami alzaba los brazos y chillaba de alegría mientras corría de aquí para allá, feliz de ver que el bien triunfaba una vez más sobre el mal, pero más feliz aún al ver cómo su familia salía ilesa de tan peligrosa situación, aguardando impaciente el día en que se uniría a ellas en su incansable lucha contra el crimen.

Sí, ella quiso ser una heroína… una vez, hace mucho tiempo.

Saliendo de sus ensoñaciones, Tsunami se percató de que había llegado finalmente a su destino. Uniéndose a la marea de pasajeros que abandonaron el abarrotado tren nada más llegar a la parada, Tsunami bajó la cabeza y procuró pasar lo más desapercibida posible, intentado que no se notara tanto su presencia allí como su identidad de joven estudiante. Lo último que necesitaba era que algún policía o héroe la pillara e informara de su pequeña escapada a su madre. Una vez salió de la estación, la visión del emblemático cruce de Shibuya la recibió como cada vez que visitaba la ciudad, el conocido Scramble Kousaten que a menudo se podía ver por la televisión en películas y series. Cinco pasos de peatones se cruzaban en forma de estrella, rodeados de altísimos edificios luminosos que parecían decorados para la ocasión, alumbrando la zona como si todavía fuera de día. Ingentes cantidades de coches se desplazaban de aquí para allá entre ronroneos y sonidos de claxon, ensordeciendo ligeramente a Tsunami, quien aguardaba junto al resto de peatones a que el semáforo cambiara de color.

Mientras esperaba, Tsunami trató de sacar su mente de tan familiares reflexiones, en las cuales se había visto absorta más de una vez en el pasado. No tenía sentido que siguiera calentándose la cabeza con lo mismo: lo del heroísmo no iba con ella, y punto. Y tampoco pasaba nada. Había muchas otras maneras de contribuir a la sociedad sin tener que llevar una capa sobre los hombros. Podría ser médico, o policía, o bombera, o… frutera, por mencionar solo unas cuantas. ¿Por qué no iba a poder ser cualquiera de esas cosas? ¡Ni que la profesión de héroe fuera la única disponible para ella! Lo único que tenía que hacer era centrarse, aprender a contenerse (más todavía), y todo iría sobre ruedas. No rompería más cosas, la gente no la reñiría, y finalmente… finalmente…

¿Viviría tranquila? ¿Se sentiría realizada? ¿Encontraría algo que le hiciera decir "Sí, esto es lo mío"?

Suspiró. Para variar, no tenía nada claro, ni de lo que estaba haciendo ni de lo que podría hacer. Su madre parecía bastante ilusionada con que fuera a Shiketsu, y a Tsunami le daba un poco lo mismo ir o no ir. No sabía si yendo allí realmente se convertiría en una heroína o no, pero tampoco perdía nada por intentarlo. De todos modos, tampoco tenía otros planes o alternativas salvo asistir a alguna preparatoria e ir a la universidad, y sin saber a qué le gustaría dedicarse por el momento, Shiketsu sonaba tan bien como cualquier otra cosa. Así, por lo menos, su madre estaría contenta, que no era poco. Más animada ante la idea de una orgullosa sonrisa en el rostro de su madre, Tsunami se unió a la marea de transeúntes que cruzaban apresurados el paso, avanzando dando saltitos mientras canturreaba para ella, algo más relajada. Tal vez no supiera que futuro aguardaba para ella, pero por el momento no tendría que preocuparse en pensarlo demasiado. Iría a Shiketsu, haría feliz a su madre… Un plan perfecto.

Avanzando hacia el norte, Tsunami llegó a un barrio bastante animado que los lugareños llamaban Dogenzaka, un lugar bastante peculiar en el que solo habían adultos por la razón que fuera. Parecía que en aquella larga calle, iluminada con todo tipo de carteles que ofrecían desde bebidas hasta habitaciones donde pasar la noche, predominaban los bares y lugares de ambiente, con discotecas y demás espectáculos que nunca habían llamado la atención de Tsunami en el pasado repartidos por doquier. Según había oído, en esta clase de sitios, uno debía de andar con mucho cuidado, ya que se decía que por ahí pululaba todo tipo de gente mala y de aviesas intenciones. De hecho, en sus primeras visitas, Tsunami había aprendido por las malas a no fiarse de la gente que allí trabajaba bajo tensas sonrisas y falsas adulancias, como los tipos que anunciaban "diversión sin límites" en la puerta de los establecimientos, ya que una vez se había dejado liar y había terminado siguiendo a uno de estos animados trabajadores al interior del edifico, bajo la promesa de que tan solo necesitaban charlar un momento con ella sobre una "propuesta de negocios". Sin embargo, una vez dentro, unos tipos de pinta sospechosa le habían exigido que se quitara la ropa (con bastante brusquedad, cabía añadir), a lo que ella había respondido abofeteándolos y estampándolos contra las paredes antes de proferirles una señora regañina. Magullados y visiblemente arrepentidos, los mismos que antes le habían impedido irse le suplicaron de rodillas que se fuera para no volver nunca más, algo a lo que la joven Toyochikara accedió encantada. ¿Pero qué clase de educación habían recibido esos frescos?

¡No soportaba a los pervertidos!

Aprendida su lección, Toyochikara había comenzado a ignorar a todo y a todos mientras seguía por la calle, acelerando el paso cada vez que creía que alguien iba a hablarle, mientras continuaba su camino en dirección a su destino. A su lado, grupos de animados juerguistas y apresurados adultos embutidos en trajes simples y de colores tristes proseguían con sus pequeñas fiestas y celebraciones, al margen de la apresurada joven que trataba de hacerse invisible en el luminoso y ruidoso barrio. Pronto, al llegar a la entrada de un callejón situado entre dos bloques de oficinas, Tsunami miró de reojo que nadie la hubiera seguido y se aventuró en el mismo. En contraposición a la luminosa calle que acababa de abandonar, allí las sombras ocultaban la forma y colores de las paredes y desperdicios que ocupaban el suelo, oscureciéndose a medida que Tsunami proseguía su camino sin detenerse un solo instante. Ya iba demasiado retrasada…

Al final del callejón, los edificios daban paso a una pequeña plaza cuadriculada en la que se podían ver varias casuchas improvisadas con cajas de cartón y restos de tiendas de campaña, apenas de un metro de alto. Una pequeña luz, proveniente de una discreta lámpara, iluminaba tenuemente la entrada de una de estas construcciones, desértica al igual que todas las demás. Con paso algo más cauto, Tsunami comenzó a avanzar por la plaza en dirección a la luz, mientras trataba de localizar a los ocupantes de aquellas "viviendas". No veía a nadie, cosa que la extrañaba bastante. ¿Dónde estaba todo el mundo? Finalmente, sus pasos la llevaron junto a la luz, sin que hubiera encontrado a nadie todavía. Retirando sus gafas y máscara, se aventuró a meter la cabeza en una de las viviendas, por si acaso encontraba en ella a alguna de las personas que hacían de aquel sitio su hogar. No veía más que un gastado colchón en el suelo, y un par de petates cuyo contenido no sabría identificar.

-¿Hola?-preguntó, esperando que alguien la respondiera. Sin embargo, solo el lejano eco de la fiesta en Dogenzaka podía oírse, ocupando el inquietante silencio con las risas de los despreocupados ciudadanos que seguían con sus vidas, ajenos a la presencia de Tsunami. No entendía nada-. Hmmm… Qué raro…

Preguntándose qué estaba pasando, Tsunami salió de la casa, valorando qué hacer a continuación. Sin embargo, antes de que pudiera alejarse mucho, fue recibida por una visión que le puso los pelos de punta. Un siniestro gruñido, grave y salvaje, atrajo su mirada a una misteriosa figura que hacía unos instantes no había estado allí, peligrosamente cerca de ella. Allí, a un lado de la entrada, se encontraba un hombre vestido con raídas ropas que portaba una capucha ocultando su cabeza. Parecía un ser de pesadilla, con una espeluznante sonrisa en su oscurecido rostro que revelaba unos oscuros dientes manchados por cuál hubiera sido su última comida, sus dos manos alzadas en dirección a Tsunami como si pretendiera agarrarla. A su lado, otras dos figuras encapuchadas la rodearon en un instante, abalanzándose sobre ella con sus enguantadas manos cercanas a atraparla.

Con los ojos abiertos de puro espanto, Tsunami chilló asustada con todas sus fuerzas ante tan espantosa visión.

-¡KYAAAAAAA!-gritó, lanzando uno de sus puños a la figura de delante de él. Esta, nada más verla golpear, retrocedió con tanto ímpetu y urgencia que acabó cayéndose de culo. En ese instante, una fuerte racha de viento siguió la dirección del golpe de Tsunami, pasando por encima de la asustada figura, que a punto estuvo de salir volando.

-¡Eyeyeyeyey, EY! ¡Para, para, que soy yo!-dijo la figura, su voz enturbiada como si algo se encontrara cubriendo su boca. Detrás de Tsunami, las otras dos figuras que habían amenazado con atraparla retrocedieron también, emitiendo lo que curiosamente Tsunami entendió como… ¿risas?

-¿Qué…?-se preguntó confundida, sin acabar de entender qué pasaba. Pronto, tras ver mejor los atuendos de sus "atacantes", cayó en la cuenta de su identidad-. Chicos… ¡Eso no ha tenido gracia!

Las risas de las figuras se intensificaron al decir eso Tsunami. Echando para atrás sus capuchas, revelaron sus rostros a la joven, quien con los carrillos hinchados y expresión molesta en su rostro vio confirmadas sus sospechas. Esos granujas…

-¡HAHAHAHAHA!-exclamaba el más alto del trío, un hombre de larga pelambrera negra que, curiosamente, parecía tener la cabeza del revés: los ojos donde debería estar la boca, la boca donde los ojos, y la nariz con los agujeros mirando para arriba. Lo demás, sus orejas y pelo, parecían estar en su sitio habitual-. ¡Ten…tendrías que haberte visto la carahahaha!

-En serio, Toyo-chan… ¡es que picas siempre!-dijo la otra figura, una mujer, mientras palmeaba el hombro de Tsunami. Con su cabello rubio trenzado en pequeñas rastas, estas se sacudían con cada carcajada de la mujer, emitiendo un tintineante sonido que provenía de los cascabeles que esta tenía al final de cada mechón-. Aunque debo admitir que ha sido peligroso. ¡Casi te cargas a Masuku!

El hombre identificado como Masuku, el mismo que Tsunami casi golpeó, se puso en pie al tiempo que se agarraba de la cara con la mano, sus risas sonando todavía amortecidas. Tirando de ella, reveló que lo que creyó ser su cara se trataba en realidad de una burda máscara con el semblante de All Might, si bien sus colores y formas no coincidían con el original, dándole un aspecto más inquietante y terrorífico que el original. A diferencia de sus compañeros, su verdadero rostro no era más que una masa negra sin rasgo visible en la misma, como un maniquí.

-¡Hahahaha, ay, que me da algo!-se rio Masuku, su voz clara a pesar de no contar con boca alguna-. Perdona el susto, Toyo-chan, pero… ¡no nos pudimos resistir!

-Hmmmm…-gruñó Tsunami, girando su rostro para ignorar al trio de bromistas. Esos bribones… ¿Cuántas veces iban a asustarla de esa manera hasta que estuvieran satisfechos? ¡Siempre igual!

...

Cinco minutos después, el trío de adultos bromistas aguardaba junto a la entrada de la tienda, mientras Tsunami permanecía sentada en su interior con las piernas y brazos cruzados y las mejillas todavía hinchadas, dándoles la espalda. Si esperaban que su enfado fuera a desaparecer tan fácilmente, entonces claramente no la conocían tan bien como pensaban.

-Vamos, Toyo-chan… Sal, ya te hemos dicho que lo sentimos-dijo la mujer, hablándole dulcemente. A su lado, los otros dos hombres asintieron como si pensaran lo mismo-. Ha sido una broma sin importancia. No estés de morros, anda…

Gruñendo, Tsunami se giró lo justo para mirar de reojo a la mujer.

-…sois malos, Kasuke-san…-se quejó Tsunami, haciendo pucheros. Riendo un tanto incomoda ante la situación que habían provocado, la mujer de los cascabeles inclinó la cabeza en señal de disculpa.

-Sí, lo sé. Hemos sido malos, y estamos arrepentidos. ¿Nos perdonas?

Tsunami no quería perdonarlos, no tan fácilmente. Sentía que tenía derecho a estar más enfadada con ellos, peeeero… Finalmente suspiró, liberando el aire de sus mejillas. Si es que… era demasiado blanda. No podía seguir enfadada con esos tres si le pedían disculpas de esa manera. Con una pequeña sonrisa en su rostro, se puso en pie y salió de la tienda, uniéndose a Kasuke y…

-Eh, Toyo-chan –dijo el hombre alto, reclamando la atención de Tsunami nada más salir-. Mira esto…

Con una sonrisa en el rostro, señaló a su compañero, el mismo con pinta de maniquí que había asustado a Tsunami. Este, con una burda mascara en su rostro semejante a la expresión de horror que había puesto ella antes, imitó sus gestos mientras lanzaba un puñetazo al aire.

-¡Kyaaaa~!-la imitó Masuku, como burlándose de ella. A su lado, el hombre alto empezó a reírse a carcajadas de nuevo, muy para mayor enfado de Tsunami, que se volvió a meter en la tienda.

-¡HMMMM! ¡Masuku-san, Shita-san, sois malos! ¡Súper malos! ¡OS ODIO!-exclamó desde las entrañas de la tienda, sus dos mejillas tan hinchadas que parecía que fueran a explotar y las primeras lágrimas brotando de sus ojos. La mujer, medio metida en la tienda, se alternó entre intentar animar a Tsunami y pedirle perdón, e increpar al par de bromistas que en esos momentos reían como hienas a expensas de la pobre estudiante.

Verdaderamente, nadie era de fiar en aquel barrio.

...

Poco después:

-…vaaale. Os perdono… ¡pero no lo volváis a hacer, ¿vale?!

-Lo prometemos-dijeron los dos bromistas, arrodillados en el suelo, con idénticos chichones en sus cabezas por cortesía de su compañera. A juzgar por las sonrisas de sus rostros (bueno, al menos con la de quien realmente tenía boca), no parecían muy arrepentidos realmente.

-Si es que… ¡ya os vale!-les increpó Kasuke, acariciando con la mano la cabeza de Tsunami-. Acordamos darle un pequeño susto, ¿pero burlaros de ella? ¡Eso ya es pasarse! ¿Acaso alguno de los dos hubiera reaccionado mejor en su situación?

-Venga, venga, Kasuke-chan… Admite que ha sido un poco divertido-dijo el hombre alto, quitándole importancia al asunto. La mujer, suspirando, no se dignó a responder.

-Como sea… La próxima vez, si os pasáis de la raya, pensaré un castigo mucho más severo que un simple chichón.

-¿Ah, sí~?-preguntó burlón Masuku-. ¿Y qué nos vas a hacer, si se puede saber?-preguntó, dando un codazo de complicidad a su amigo. Con una pequeña sonrisa, Kasuke señaló con el pulgar a Tsunami.

-La próxima vez…, el chichón os lo hará ella, no yo-declaró tranquilamente Kasuke, al tiempo que Tsunami miraba aún algo resentida a los dos hombres mientras se crujía sonoramente los nudillos.

Veloces como el rayo, los dos hombres adoptaron la postura de dogeza, sus risas y burlas rápidamente olvidadas.

-Lo sentimos. Estamos muy, muy, muy arrepentidos-dijeron lo más diligentemente posible, al unísono.

A pesar de seguir aún algo molesta, Tsunami sintió que no podía seguir eternamente enfadada con ellos, por lo que optó por perdonarlos. Después de todo, el trío de vagabundos y ella se conocían ya desde hacía algún tiempo, y en el fondo le caían demasiado bien como para guardarles rencor.

Su historia se remontaba hasta prácticamente las primeras escapadas que realizó Tsunami a Shibuya, hacía casi dos años. La primera vez, perdida y desconocedora de la zona, había acabado topándose con el campamento del trío casi por casualidad, a los cuales había pedido indicaciones sin el menor atisbo de temor. La tranquilidad y familiaridad en su forma de dirigirse a ellos les extrañó al principio, ya que no solo eran perfectos desconocidos, sino que además eran vagabundos. ¿Qué niña en su sano juicio se metería en un callejón oscuro como aquel a las tantas de la noche para charlar con gente como ellos? A pesar de lo siniestro del lugar y de las malas pintas que tenían, sus miradas desconfiadas y el trato brusco con el que la recibieron (no se fiaban un pelo de ella. Bien podía ser todo una artimaña o un truco), Tsunami no solo no se mostró asustada en ningún momento, sino que encima se quedó con ellos dándoles conversación y sonriéndoles como si fueran amigos de toda la vida. El gentil trato de la joven había acabado por ablandarlos, permitiéndole quedarse con ellos un rato y respondiendo a sus preguntas y compartiendo historias y ocurrencias. De este modo, poco a poco, Tsunami terminó por conocer a los tres vagabundos que hacían de aquella zona de la ciudad su hogar: Masuku Maneki, Shita Hanten, y Kasuke Beru. Su historia era bastante similar, y no del todo estrambótica considerando el mundo en el que vivían. Los tres, dotados con Quirks que la mayoría consideraban "inútiles", se habían visto incapaces de encontrar un trabajo en el campo del heroísmo, y habiendo fallado a la hora de encontrar empleo en otros sectores, se habían visto obligados a vivir en la calle hasta que les surgiera una oportunidad. Sus habilidades, si bien curiosas, poco tenían de prácticas. Masuku podía hacer aparecer sobre su cara máscaras con la forma que él quisiera, si bien su control sobre el mismo era pobre, por lo que generalmente le salían deformes o con los colores mezclados. El más alto, Shita, tenía la cara del revés, lo cual hacía que a menudo confundiera la derecha con la izquierda cuando alguien le daba indicaciones. La última integrante del grupo, Kasuke, tenía cascabeles al final de su pelo, los cuales tan solo servían para tintinear y poco más.

Con Quirks así, no era de extrañar que no los hubieran aceptado en ninguna parte. En vista de su situación similar, habían optado por permanecer juntos como una piña, sobreviviendo como podían en las calles de Tokio a la espera de que su situación mejorara. Fue entonces, en una noche cualquiera, que conocieron a Tsunami.

Desde entonces, los cuatro se habían vuelto buenos amigos que se gastaban bromas y reían en complicidad cada vez que se encontraban. Debido a que Tsunami vivía en Yokohama, tan solo se podían ver cuando la joven los iba a visitar, visita que generalmente tenía una razón de ser.

-Nee, nee, Kasuke-san… ¿Está listo, esta listo?-pregunto animada Tsunami, tirando de la manga de su amiga. Esta, con una sonrisa de oreja a oreja, levantó su pulgar en señal de afirmación.

-Completado. Puedo asegurar que esta vez nos hemos superado a nosotros mismos-declaró orgullosa, provocando que sus compañeros asintieran con convicción.

Riendo y abrazándolos, los tres vagabundos soltaron un colectivo suspiro al sentir cómo la forzuda estudiante los estrujaba como a naranjas.

-¡Súper! ¿Puedo verlo, puedo verlo?

-Cla…ro…-consiguió decir Kasuke, tratando de recobrar el aire que Tsunami le había sacado con ese abrazo-. Está en tu bolsa, en mi tienda.

Sin perder un segundo, Tsunami salió corriendo a la tienda de Kasuke, dejando atrás a un grupo de estrujados vagabundos, quienes se lamentaban una vez más del infantil entusiasmo de su amiga. Podía ser un cielo, pero sus abrazos eran letales como poco. ¿Y qué decir de sus chillidos…? A juzgar por el que salió de la tienda, uno de pura emoción y alegría, seguramente su pedido le había gustado tanto como a ellos preparárselo.

-¡ME ENCANTA!-exclamó, saliendo de la tienda con una bolsa de deportes en la mano. A juzgar por sus brazos extendidos, pensaba abrazarlos de nuevo, muy para horror de los tres amigos-. ¡CHICOOOOOS!

-¡Espera, Toyo-chan, NO…!-trataron de decir, solo para verse atrapados de nuevo por el férreo cepo que eran los brazos de Tsunami. Más de uno creyó escuchar cómo sus huesos crujían, sus cabezas enrojecidas como si en cualquier momento fueran a estallar. Justo cuando creían que su fin había llegado, Tsunami los soltó y dejó que cayeran al suelo, mientras la joven daba vueltas por el campamento abrazando su bolsa.

-¡Es una pasada! ¡No me puedo creer lo que os lo habéis currado!

-Sí… Nos hemos dejado la piel en ello…-consiguió decir Kasuke, retorciéndose en el suelo.

-Creo que me ha partido la espalda…-se lamentó Shita con voz entrecortada, no mucho mejor que su amiga. A su lado, Masuku simplemente languidecía boca abajo en el suelo, sosteniendo en alto un cartel que decía: "Ay".

-Es precioso… ¡Muchas gracias, chicos!-exclamó Tsunami, mirando con ojos luminosos y agradecidos a sus adoloridos amigos, sin que aparentemente fuera del todo consciente de su lamentable estado. Crujiéndose la espalda con expresión de dolor, Kasuke fue la primera que consiguió ponerse en pie de nuevo, sus cascabeles tintineando con cada sacudida de su cuerpo.

-De nada, pequeña. Ahora… ¿no deberías ir tirando? Se te va a hacer tarde.

-¿Eh?-murmuró Tsunami, sin acabar de entender. En vista de que parecía que la joven no estaba por la labor y ya no recordaba a qué había venido originalmente, Kasuke se golpeó con el dedo en la muñeca mientras arqueaba una ceja, como diciéndole que recordara la hora que era.

Mirando su reloj, Tsunami se percató de qué era lo que Kasuke intentaba decirle.

-¡Ay, no! ¿Ya es tan tarde?-exclamó, llevándose las manos a la cabeza-. ¡Ya debe de haber comenzado! Ay… ¡Ira-san se va a cabrear como llegue tarde!

-Dale un abrazo. Ya verás lo pronto que lo dejas calmado…-musitó Shita, pugnando por ponerse en pie. A su lado, Masuku seguía en la misma posición, con el único cambio de que ahora su cartel presentaba un "RIP", en vez del "Ay" de antes.

-Tú chitón-le reprendió Kasuke, ignorando las dolencias de sus compañeros. Luego, más amable, se dirigió a Tsunami-. ¿Pues a qué esperas? ¡Anda, corre! Ya nos dirás que tal te ha ido.

Asintiendo algo apresurada, Tsunami se colgó la bolsa del hombro y echó a correr por el callejón.

-¡Cierto, cierto!-exclamó, alejándose del trío de vagabundos-. ¡Nos vemos luego, chicos! ¡Deseadme mucha suerte!

Despidiéndose con la mano, Tsunami pronto se perdió por entre los callejones de la zona, dejando atrás a una sonriente Kasuke, que le devolvía la despedida a pesar de no poder verla ya.

-Bueno… Allá va.

-Uf… Hoy va fuerte-comentó Shita, crujiendo su cuello mientras se reunía con Kasuke-. Casi me da pena…

-¿Quién? ¿Toyo-chan?

-¿Tú quién crees? ¡Pues al que le toque cascarle, claramente! -exclamó divertido Shita, mientras se marchaba a su tienda. Masuku, sin haberse movido del sitio, reveló un tercer mensaje en su pequeño cartel.

"Dales duro, Toyo-chan ~".


Omake:

Muchas eran las leyendas urbanas que corrían por la ciudad acerca del barrio conocido como Dogenzaka. Historias de apariciones, desapariciones, villanos y mafiosos, crímenes ocultos a plena vista bajo brillantes focos y carteles luminosos, locales que no eran lo que parecían y personas cuyo rostro no era más que una máscara con la que ocultaban sus verdaderas intenciones al resto del mundo.

Sin embargo, pocos sabían que incluso los miembros más sórdidos y peligrosos del bajo mundo de la ciudad, la escoria de la sociedad que hacía del crimen su medio de vida, tenían sus propias historias y monstruos de pesadilla.

Según se contaba en baja voz, en algunas contadas noches, una oscura figura recorría las calles de la ciudad, oculta aparentemente al ojo normal, pero presente al fin y al cabo. Ese ser no era como ellos, perversos hacedores de fechorías y demás acciones repudiables, y nadie sabía ni de dónde venía ni cuál era la razón que la atraía allí en cada ocasión. Nada de eso importaba. Ninguna causa o razón habría justificado lo que aquel ser hacía cada vez que se topaba con ellos, tornando al matón más peligroso en poco más que un gimoteante niño que corría aterrado de vuelta a las faldas de su madre.

No se le podía combatir, no se le podía hablar, no se le podía engañar… Lo único que parecía funcionar era encerrarse en sus locales y rezar porque el suyo no fuera el sitio al que sus pasos dirigían al monstruo, mientras caminaba por sus calles con una autoridad que nadie más parecía poseer en Shibuya. Cuando el monstruo pisaba la calle, todos los criminales y delincuentes corrían a esconderse e intentar pasar desapercibidos, callados y temblorosos hasta que tan misterioso ente desaparecía en el horizonte.

Aquel día, tan tranquilo y normal en apariencia, se vio truncado con la visita de aquel monstruo. La señal de alarma se hizo sonar, discreta aunque urgente, entre los miembros de la oculta sociedad criminal en cuanto los vigías atisbaron la próxima silueta de su inesperado visitante. Como gallinas ante la visión de un hambriento zorro, los criminales que pretendían ganarse la vida de modo deshonesto aquella noche con sus viles artimañas corrieron a refugiarse en sus locales y guaridas, echando los cerrojos y observando con expresión nerviosa por las rendijas de sus persianas como aquel ser caminaba por entre los ciudadanos "normales", ninguno de los cuales parecía reparar en el horror humanoide que a su lado pasaba como si tal cosa.

Rezando y temblando como niños pequeños, aguardaron con creciente impaciencia a que pasara el peligro…

...

Tsunami, ajustándose las gafas de sol, pasó junto a uno de los escaparates y fijó su mirada en el disfraz que ocultaba sus facciones. Aquel barrio estaba lleno de gente muy rara y mala, y preferiría no tener que toparse con ninguno de ser posible. Una vez más, comprobó satisfecha que no se le viera la cara, y siguió su camino mientras procuraba pasar desapercibido.

Poco sabía ella que su presencia quedaba lejos de "pasar desapercibida", y aunque nunca llegaría a ser consciente de ello, aquella noche aligeró considerablemente el peligro que muchos correrían normalmente visitando los locales de alterne y bares de los mafiosos locales, demasiado aterrados por aquella muchacha que lo rompía todo como para intentar nada llamativo.

Esa noche, Tsunami siguió su camino mientras se creía invisible a los ojos de los demás. Los criminales, que claramente eran conscientes de su presencia, permanecieron escondidos el resto de la noche. Los ciudadanos, ignorantes de todo, siguieron con sus vidas como si tal cosa.

Una noche de martes más.


Y hasta aquí.

Sí, Fubuki y Tsunami son madre e hija (y Tatsumaki es su tía, como es lógico). Sobre el tema del apellido, dado que no aparecía en ninguna parte de la historia, lo he inventado yo siguiendo la lógica de BNHA, que es poniéndole un nombre que hace alusión a su poder (Toyochikara= Toyo (abundante) + chikara (poder)). La idea de este OC se me ocurrió al buscar información de la serie Onepunch-man, y ver la cantidad de imágenes que había sobre el ship entre Fubuki y Saitama. Me parecían una pareja adorable, y pensé: "¿Cómo sería si esos dos tuvieran un hijo o hija?". Y así nació (en cierta forma) Tsunami.

Si alguien se pregunta por qué Saitama no aparece por el momento, que sepa que la razón es…porque de momento no es importante. No me parece necesario hacerlo aparecer. De hecho, no se siquiera si acabará apareciendo. Saitama es, indiscutiblemente, uno de los personajes de anime/manga más poderosos que existen, tanto que me parecería raro que su mera presencia no provocara un cambio descomunal en un mundo donde los poderes y el heroísmo están tan exaltados como es el universo de BNHA. Quiero decir… All Might en su máximo de poder puede arrasar una ciudad. Saitama, con un 10% de su fuerza, podría hacerle un agujero a la Tierra. Ni punto de comparación. Por ello, entre otros cambios sobre su personaje, Saitama no aparecerá por el momento en la historia.

Espero que os esté gustando, y que esperéis con ilusión el siguiente capítulo.

PD: Para los que esperáis la actualización de "Rosas y Espinas", no paséis pena. Se que hace tiempo que no actualizo, pero recientemente me volví a poner, y el siguiente capítulo ya está en marcha. Pido un poco más de paciencia, y prometo colgarlo lo antes posible.

Chao, chao.