Entre las nubes se esconde el sol
Capítulo 3: Maquinaciones
Una semana había pasado desde que comenzamos el plan para devolverme a América. Por supuesto Leta fue informada; entró por la puerta del salón donde nos encontrábamos Theseus y yo reunidos media hora después de que me describiese cada uno de los detalles que tenía en mente. Su radiante sonrisa brilló más si era posible al vernos juntos, y consiguió convencerme para tomar una cena temprana con ellos, intentando jugar a ser la anfitriona perfecta.
Había cosas que todavía pesaban entre nosotros. Aunque lo que sentía en la actualidad no se comparaba con lo de tiempo atrás, todavía me encontraba resentido por haber tenido que esperar años para escuchar una disculpa tras la expulsión que asumí por ella. Había estado más preocupado por lo que diría su familia en vez de la mía, y en vez de mostrar algo de gratitud por lo que hice, cuando los Lestrange le ordenaron que no mantuviese contacto alguno conmigo, así lo aceptó. Lo que más me extrañó fue su respuesta, y es que Leta siempre había ignorado las normas. Pero en aquella ocasión se resignó a agachar la cabeza, escribirme una carta de despedida demasiado corta para mi gusto, y asentir.
A pesar de que consiguieron dejarme en Hogwarts hasta la finalización del curso, llegando sin saber cómo a graduarme, no me dirigió la palabra hasta años después, cuando un dragón en la guerra me atacó por sorpresa, casi matándome. Entonces apareció súbitamente, como si el tiempo no hubiese pasado, con la esperanza de poder retomar la amistad donde la dejamos. No podía estar más equivocada. Ese amor —del tipo que fuera— que creí tener por ella al ser un adolescente, se hubo consumido más rápido de lo que estimaba, terminando por formarse en su lugar un doloroso rencor.
Pero de aquello ya hacía muchos años, y la resignación y aceptación era lo que me acompañaban al verla y tener que pasar tiempo en su presencia. Me alegré por mi hermano cuando se casaron; eran felices y Theseus la necesitaba, y aquello estaba bien conmigo. Incluso fui su padrino en la boda, algo hilarante, a decir verdad.
Y hasta allí llegaba ahora nuestra relación; preguntas un tanto formales y sonrisas sencillas. Nada de lo que tuvimos antes regresó, y me encontraba satisfecho y en paz conmigo mismo.
Sin embargo, no podía ocultar la mueca que se me colocaba de vez en cuando en los labios mientras caminábamos la pareja de casados y yo por Hogsmade, siendo demasiado pegajosos entre ellos para mi gusto.
Nos dirigíamos a Hogwarts, habiendo acordado una cita con nuestro antiguo profesor de Transformaciones, Albus Dumbledore. El hombre en sí había hablado anteriormente con Theseus, con quien aparentemente tenía más correspondencia que conmigo. El mago y yo nos escribíamos de vez en cuando, pero sobre todo para discutir acerca de las bestias que estaban bajo mi cuidado. Él mismo fue el que me hizo saber sobre la situación de Frank para poder liberarlo, dirigiéndose a mí con emoción cuando supo sobre el cómo descubrí a Grindelwald en aquella misma "aventura" —como él la llamó— que me propuso.
En ocasiones me asombraba lo astuto y dispuesto que era dicho hombre. La calma que irradiaba era una virtud, y su inteligencia envidiable para cualquiera. Era el tipo de persona que sabe de todo y sabe manejar cada tema a la perfección, muy a diferencia de otros que o saben mucho y callan, o hablan demasiado y son unos desinformados.
No obstante, que fuese alguien de apariencia tranquila no hacía que mi recelo disminuyese. Leta y Thes confiaban plenamente en él, pero yo ya había aprendido lo suficiente como para saber que dudar era de precavidos y sabios. Estar preparado para huir no es algo malo; espera lo peor y acertaras, escuché a varias personas decirme. Y aquello me sirvió en muchas ocasiones, desgraciadamente. Y si, a fin de cuentas, la situación salía a la perfección, la impresión sería deliciosa.
El pequeño pueblo a nuestro alrededor era inconsciente de los planes que teníamos, demasiado absortos en sus propios asuntos como para darse cuenta de los ingleses que cruzaban las calles a un paso apresurado.
El acuerdo era el siguiente: Newton Scamander, Jefe de la División de Bestias, iba a pasar una semana en el bosque prohibido de la escuela de magia y hechicería para contar los centauros que había en él, además de intentar llegar a un nuevo tratado entre ellos y los magos que en algunas ocasiones pisarían sus terrenos. Y el ministerio lo había aprobado, pues Dumbledore y varios profesores más creían que era algo que se debía de hacer cuanto antes, no pudiendo desplazarlo por mucho más tiempo.
Todas grandes mentiras. El tratado con los centauros fue renovado tres años atrás, y en aquel corto espacio de tiempo era imposible que se hubiesen reproducido lo suficiente como para considerarse un problema. Pero eso eran cuestiones menores a día de hoy.
En mi cabeza resonaban campanas de regocijo; si hubiese sabido que mi hermano era capaz de hacerme desaparecer tan fácilmente, no habría intentado tantas veces conseguir que me autorizasen volver a viajar. Por supuesto había ciertos riesgos a los que atenerse, pero la pareja a mi lado rezumaba seguridad, alegando que nada se torcería cada cinco minutos. Quizá eran los nervios los que les hacían hablar de esa forma, pero se veían bien dirigiéndose miradas confidenciales y sonrisas pícaras, ajenos a mí.
Algo me pinchó en el corazón, obligándome a apartar la mirada de ellos, agarrando más fuerte la maleta. Pickett hizo un ruido chirriante cerca de mi oreja, arrastrando lo que tenía por manos sobre mi barbilla.
—Tendrás que meterte en la maleta cuando coja el traslador; sin ninguna queja, ¿entendido? —Comenzó una serie de gruñidos que preferí ignorar, hablándole más de cerca—. Te prometo que en cuanto lleguemos a Central Park te sacaré de nuevo, pero mientras tanto harás lo que te diga.
Y entonces calló, cruzándose de brazos en una posición sentada. No debía de estar lo suficientemente ofendido si no se había escondido en el bolsillo del chaleco, al menos.
—Estás seguro de que a la señorita Goldstein no le importa que lleves unas cuantas bestias a Nueva York, ¿verdad? —me preguntó repentinamente Thes, estudiándome desde los pies a la cabeza por encima del hombro.
—No sé si le importará o no. Esa cuestión no es la que tengo ahora mismo en mente. —Me aparté del camino de dos jóvenes que estaban dispuestas a no separarse para dejarme pasar—. De todas formas, lo que llevo o no en mi maleta es asunto mío y de nadie más —le hice saber, encogiéndome de hombros.
Leta frunció los labios, pero no dijo nada, a pesar de que su rostro expresaba contrariedad cuando me coloqué a su lado.
—Espero que seas más amable con ella, si no te sacará a patadas del continente. O mejor aún: te llevará a MACUSA esposado —rio él de buen humor.
Los rayos de sol le dieron un brillo anaranjado claro a su cabello, viéndose más joven de lo que era, incluso tierno mientras sonreía a todas partes. Aquellos días parecían pertenecer de una vez por todas al verano, habiéndose aclarado la atmosfera gris que en un principio nos invadía.
Pero sus palabras no pasaron desapercibidas para mí a pesar de seguir bromeando. No sabía con certeza si permitiría que Tina supiese mis arreglos para visitarla. No al menos hasta que la tuviese delante y fuese capaz de juzgar la situación en la que nos encontrábamos. Hasta entonces sería el perfecto caballero que jamás tachaba las leyes cuando le venía bien.
La única que tenía una breve intuición de lo que sucedía era su hermana, Queenie, a la que había escrito sin mucho tardar para que me recibiese en aquel parque donde tuvimos que recoger a la erumpent meses atrás. Allí sería donde el trasladador me dejaría. Dumbledore se tomó la molestia de disponerlo, quitándonos a nosotros un peso más de encima.
Cuando llegamos a Hogwarts todo se encontraba tal y como lo recordaba. Theseus nos hizo saber que el maestro nos estaría esperando en su despacho, y allí fue donde acudimos, repentinamente ilusionados. Cada uno tenía sus propios motivos, pero era cierto y verdad que una agitación vigorosa nos golpeaba los talones. Entre aquellas paredes habían sucedido cosas que jamás olvidaríamos; una parte de nuestras vidas fue derrochada allí, y era bueno rememorar los pequeños detalles que nos hacían sonreír.
Llamamos tres veces a la puerta que daba a su sala privada, y entonces se abrió para mostrarnos al hombre, con un tremendo crujido y el calor de velas encendidas sobresaliendo.
—Pasad, por favor.
Se veía igual que la última vez que lo vi, cinco años atrás; con la expresión amigable incluso de brazos cruzados; media sonrisa en sus labios ocultos por la barba y los ojos azules y complacidos. Siempre me sorprendía que fuese más bajo que yo, pero nunca me atrevería a decírselo, y menos aun cuando nos daba la mano de forma efusiva, remangándose varias veces la túnica larga que usaba para mover mejor las extremidades.
—Gracias por recibirnos así —me atreví a decirle tras los saludos, permitiendo que nos sentásemos. Todavía quedaban veinte minutos para que el trasladador hiciese de las suyas, por lo que era aconsejable mantener algún tipo de conversación monótona. Y por supuesto giró en torno a lo que haría en Nueva York.
No nos atrevimos a confesarle que el problema de todo esto eran mis intenciones de redimirme frete a una mujer neoyorkina, prefiriendo llevarle el cuento del hidebehind y que el ministerio era terrible por no permitirme ir y ayudar a la comunidad de magos al otro lado del continente.
Aquella última frase no fue tanto una mentira, bastante enfadado ya con dicho organismo.
Leta y yo permitimos que Theseus manejase la charla, contento el hombre de poder jactarse sobre sus hazañas como Auror. La emoción que irradiaba era casi palpable, y sin duda contagiosa, pues cuando me quise dar cuenta, los tres que escuchábamos estábamos deseosos de saber el final que tanto se guardaba para sí de una de sus historias. Aunque la realidad del trabajo de mi hermano era bastante diferente a la que ahora contaba, pues sabía que tenía más días aburridos que entretenidos, envuelto entre pilas de papeles que leer, colocar y firmar, gruñendo por querer salir a la acción.
Siempre había algo tedioso en todos los oficios. Ni si quiera yo me había salvado, y eso que mi trabajo estaba fuertemente unido a tener que visitar lugares increíbles para observar las bestias y sus hábitats. Pero el tener que esperar durante cuatro horas para que lo que creí que era una piedra en un primer momento se moviese, daba que cuestionarse sobre si el tiempo era un valor verdaderamente importante.
Miré varias veces el reloj oculto en mi chaleco con ansiedad. Obligué a Pickett a esperarme dentro de la maleta cuando quedaban diez minutos, y mientras le rogaba que no desordenase ninguno de los cajones a modo de motín, Dumbledore se dirigió expresamente a mí, con una sonrisa resabida que no me generó un buen presentimiento. Pero el tema que usó para llamar mi atención fue diferente al que creía:
—Ya te pregunté acerca de Frank cuando regresaste a Londres, Newt, por lo que no te abrumaré con más, —rio, llegando con pasos anchos a la parte trasera de un escritorio lleno de libros apilados en uno de los costados de la habitación—, pero me gustaría saber si tienes intenciones de volver a verlo.
Pestañeé varias veces, sorprendido por su cuestión, intentando recapitular lo que quería hacer con esas bestias que vivían en América del Norte.
—A decir verdad: sí. Pero necesitaré más tiempo en terreno estadounidense, y este viaje no es el indicado para ello. —Cerré los pestillos de la maleta con un suave chasquido, poniéndome en pie—. No sé dónde puede encontrarse él en particular, pero debo seguir aprendiendo sobre los thunderbird. Allí apenas los estudian, y lo único que he conseguido saber de ellos lo he sacado de la mitología de pueblos indígenas, lo cual no es muy confiable.
—Entonces regresarás en más ocasiones.
—Y con algo de suerte de manera legal —opinó Thes de fondo.
—La próxima vez que vaya será de manera legal, sí. —Tuve que poner los ojos en blanco—. Además, pretendo hacer un estudio extenso de todas las criaturas que allí conviven. Con una simple semana no sabría ni por dónde empezar.
Una parte de mí estaba emocionada por los proyectos que estructuré en hojas de papel para regresar a aquel continente, en esa ocasión con mucho más tiempo para poder perderme en cada uno de sus entornos. Sabía que algunas de las bestias eran las mismas que en Europa; al fin y al cabo, el clima era lo que las mantenía en un lugar u otro. Pero otras especies eran autóctonas, y todavía no las tenía tan si quiera archivadas en un cuaderno de notas.
Mi gran plan era usar el pretexto de tener que hacer un segundo tomo de mi libro para recuperar el permiso de viaje. Estaba seguro de que libros obscurus se encargaría de ello.
—¿Tienes en aquel lugar conocidos que puedan echarte una mano? —curioseó de nuevo el maestro con voz grave, la mirada puesta en lo que ahora tenía entre las palmas.
Me llevé una mano a la nuca, pensando en esos conocidos. Las sonrisas que me daban la pareja de casados eran casi lascivas. ¿O era yo el que se imaginaba esas cosas?
—Se podría decir que sí. —Bajé el brazo, pasando los dedos sobre la chaqueta fina que llevaba—. Amigos, en realidad.
—Estoy seguro de que podrán ayudarte entonces —sonrió, parando frente a mí.
—Seguro… —tuve que murmurar, mordiéndome los labios.
Entonces comenzaron las despedidas. Faltaban cuatro minutos, y lo que ahora tenía entre mis propios dedos era algún tipo de diario viejo, con las cubiertas de cuero desgastadas y oscuras. Se veía como algo que yo podría usar en vez de tratarse de un terrible trasladador.
Theseus me deseó suerte, abrazándome como solía hacer de vez en cuando, dándome un fuerte apretón que tuve que responder. Al separarnos su expresión apuntaba otras cosas; cosas que no se podían decir en voz alta en aquel instante, pero que tendría que explicarle, sin duda alguna, al regresar.
Que así fuera entonces.
El asunto con Leta fue mucho más formal, estirando las palabras hacia el hecho de tener que buscar al hidebehind; que tuviese cuidado y esas cosas. "No dejes que nada te coma" habría dicho mi madre, verdaderamente preocupada por si algo me mataba.
Dumbledore se conformó con hacerme saber de nuevo cuando debía tocar el trasladador para regresar, alegando que estaba seguro de que lo que fuera que hiciese en el terreno extranjero saldría bien.
Antes de desaparecer tan bruscamente, me molesté en observar su rostro, teniendo mi propio ceño casi fruncido. La sonrisa en sus labios ya me había hecho estremecer antes, pero lo que vi en esos ojos azules consiguió que algo en mi interior se arrepintiese de aparecer así en Nueva York cuando la única persona a la que en verdad quería ver, parecía despreciarme. Había confianza en él, y seguridad, cosas de las cuales yo carecía.
Aunque, de todas formas, ya no había vuelta atrás.
Agarré el cuaderno contra mi costado, apretando con la otra mano la maleta. La percepción que tenía de aquellos viajes se había difuminado con el tiempo. Eran igual de caóticos que siempre; este incluso peor, dado la distancia que tenía que recorrer. No era lo mismo moverme de Londres a Brighton que recorrer casi medio planeta. Algo te sujetaba desde debajo del ombligo, tirándote de las piernas con una fuerza sobrenatural y centrífuga. Todo se volvía oscuro, de repente claro, oscuro otra vez, y en menos de cinco segundos tenías delante el lugar acordado: un conjunto de árboles con las hojas suaves y arbustos de tamaño medio alrededor.
No sé por qué me engañé creyendo que sería más fácil, o menos bruto el desplazamiento.
Al menos conseguí caer sobre pies firmes y sin una sola sensación de aturdimiento. Nada mal para no haber usado uno en al menos cuatro años. Aun así, prefería viajar como los muggle; de esa forma tendría alguna oportunidad de cruzarme con alguna bestia en el camino a la cual más adelante poder estudiar.
Unos gritos en la distancia me hicieron salir rápidamente del lugar donde aparecí, alisándome las ropas y mirando a todas partes por si alguien me había visto.
Tras unos instantes comprobando la situación, guardé el cuaderno en la maleta, prefiriendo no tocarlo mucho más. Agarré a Pickett y lo instalé en un bolsillo, obligándole a prometerme que no sacaría más que la cabeza para mirar los alrededores. Estaba fuera de cuestión que alguien lo viese, ya fuese mago o no.
Saqué el reloj de la chaqueta, cerciorándome de la nueva hora. Queenie me estaría esperando, según lo previsto, a las puertas del zoológico que había en algún lugar cerca de donde me encontraba. Y no me fue difícil reconocerlo en la distancia. A diferencia de la última vez, ahora se encontraba con los muros en pie, y por los alrededores caminaban personas, disfrutando del sol de la tarde. El aire era extrañamente seco, o al menos no tan húmedo como el de donde yo venía.
Caminé en dirección al recinto, siempre atento por encima del hombro. Tenía terminantemente prohibido el que alguien me reconociese, y gracias a Merlín que la publicación de mi libro se estaba atrasando en América; de no ser así ninguno de los tres que se volcaron en ayudarme se habrían atrevido a hacerlo.
Se escuchaban pájaros, risas a cada uno de mis lados. Una brisa fresca enfriaba las pieles, no llegando a ser todavía incómoda, pero aseguraba que en la noche refrescaría todavía más.
Me estaba dejando llevar por lo que veía, la felicidad que todo el mundo parecía tener en sus paseos, cuando me di cuenta de quien venía hacia mí, con una sonrisa que enseñaba los dientes, creando bonitos hoyuelos en sus mejillas rosadas.
No podría negar que Queenie Goldstein era una hermosura de mujer a su manera. Los rayos de sol le daban a su cabello rubio los brillos que generaría un halo sobre la cabeza de cualquier ser divino, y los ojos azules chisporroteaban diversión.
Diversión.
Comencé a recitar los conjuros de oclumancia. La señorita ya había leído suficiente.
—Newt —me llamó cuando estuvo lo suficientemente cerca. Su sonrisa se había vuelto más ancha si era posible.
—Señorita… —fui a decir, pero el delicado encogimiento de sus mejillas me hizo cambiar de opinión—. Queenie. Es una alegría verte.
Al contrario de lo que pensé, ella no detuvo el paso cuando estuvimos en paralelo, sino que con pies musicales me dejó atónito al chocar nuestros cuerpos, llevando los brazos hasta la parte baja de mi espalda para encerrarme en un fuerte abrazo. Con algo de vergüenza intenté imitar su gesto, sintiéndome extrañamente más cómodo según pasaban los segundos. Creí que se trataba del calor del ambiente, pero ese tipo de ardor no podía nacer desde un punto en el pecho, ¿verdad?
Cuando me soltó fui capaz de leer la emoción en su expresión.
—Es maravilloso volver a verte también. Pensé que pasaría más tiempo hasta que pudiese regresar —trinó, escuchándose sus carcajadas como campanitas movidas por la brisa—. Aunque pareces diferente —comentó, sin molestarse en fingir que me valoraba con la mirada.
Tuve que encogerme de hombros, moviendo incómodamente la maleta de una mano a otra.
—Quizá son los colores oscuros que he decidido vestir mientras estoy aquí. En general soy más llamativo —intenté buscar una excusa.
—Puede ser. También pareces más pálido.
—Cuando nos conocimos viajaba desde Nueva Guinea.
Pestañeó varias veces, mordiéndose los labios.
—Oh…
¿Tan diferente me encontraba? Ni si quiera había pasado un año desde la última vez que nos vimos. Pero Queenie no le dio más vueltas, volviendo a sonreírme de oreja a oreja.
—No pongas cara de angustiado, Newt. Te ves tan guapo como cuando nos conocimos. —Me guiñó el ojo—. ¡Vaya! Antes de que se me olvide. —Buscó en el gran bolso que llevaba colgado del hombro izquierdo, revolviendo las cosas de su interior con murmullos de desaprobación. Súbitamente sacó de él una hoja escrita, además de una llave solitaria marcada por un número—. Esta es la habitación del hotel donde reservé. Por mi parte podrías quedarte con nosotras, pero…
—Por favor, ya me impuse la última vez. No es mi deseo volver a hacerlo —dije, agarrando lo que me daba con dedos temblorosos.
—En realidad fue un placer tenerte en casa, ya sabes —habló con lo que creí que era un tono juguetón.
—Dudo que esta vez vaya a ser un placer —tuve que hacerla entender, estudiando lo que había en la hoja escrita. Se me frunció el ceño al leer la dirección; no me encontraba muy bien situado, y si la mujer delante de mí no me ayudaba a llegar al hotel, tardaría más de lo que deseaba en encontrarlo.
—No seamos pesimistas —canturreó, dando un pequeño salto—. Tina estará encantada de que hayas vuelto. Además —dirigió la mirada a la maleta en mi mano—, lo creas o no, muchas veces ha pensado en las bestias que tienes ahí dentro. En volver a verlas. Quedó fascinada cuando tuvimos que cuidarlas, y por todas las cosas que nos dijiste sobre ellas. ¡Ya verás cómo se le pasa el enfado!
Sentí crecerme una sonrisa. Tenía esperanzas, ¿si su hermana las poseía, por qué no yo? En realidad, simplemente tendría que disculparme, aclarar el malentendido y seguir por donde lo habíamos dejado; siendo incluso mejor, porque ahora estaba en su ciudad. Tenía, además, la primera copia de Bestias Fantásticas y Dónde Encontrarlas conmigo. Se trataba de la antigua promesa que le hice y que había estado dispuesto a cumplir, a pesar de romper las reglas.
Tina lo entendería.
Mi cuerpo rezumaba repentinamente felicidad.
—Espero que tengas razón. —Le tendí el brazo, dispuesto ya a abandonar el parque para dirigirnos a la ciudad—. ¿Te importaría mucho si fuésemos a comer algo? Cuando salí de Escocia eran las siete de la tarde.
—¿Escocia? —Asentí varias veces, pensando en el lugar que había dejado atrás hacía tan solo unos minutos. Ella se encogió de hombros—. Vas a tener que contarme el cómo has conseguido venir, Newt Scamander. Aclárame esto: ¿te concedieron el permiso para viajar? —Me agarró con fuerza la extremidad, al igual que si me soltaba desaparecería.
Bajé el rostro, con fingido arrepentimiento.
—No.
Hizo un sonido estrangulado, apretándome ahora con las dos manos. Su risa volvió a centellear, resonando en el airecillo que nos envolvía.
—Nunca pensé en tener un amigo que fuese un infractor de las leyes —volvió a carcajearse. Sonaba temiblemente genuina, y eso me asustaba. Tampoco era como si me pasase los días leyendo libros de normas para romperlas a cada instante que podía. Además, en el caso de tener que quebrantar alguna, por lo general o no era muy importante, o no me descubrían.
—¿Qué hay de ti entonces? Tú también estas infringiendo una trascendental aquí —la provoqué, intentando seguir su juego. Y pareció funcionar, chistándome para que callase, escondiendo el rostro en la parte baja de mi hombro.
—Supongo que los dos tenemos nuestros motivos para ser así —terminó aceptando, comenzando a caminar por la vía de grava, tirándome del brazo.
Las conversaciones entonces giraron en torno a mí, satisfaciendo las curiosidades de la mujer rubia. Preguntas sobre la salud de mi familia, las bestias que ahora mantenía, el trabajo en el ministerio, la publicación del libro…
—Así que ahora eres un escritor reconocido por la comunidad de magos ingleses —masculló respecto a este último tema, pellizcándose los labios.
—Algo así, sí. Mi padre es alguien con renombre, al igual que mi hermano Theseus,. Una parte de esa sociedad ha estado esperando el cuándo me uniría a ellos. —Solté una exhalación—. Nunca me ha interesado la fama. Una vez aprendido lo cruel que es ese colectivo, preferí ser el desertor de la familia, la oveja negra.
—No pareció costarte mucho llegar a ese arreglo—farfulló, ganándose por mi parte una mirada seria. Era terriblemente difícil mantener los conjuros de oclumancia todo el rato arriba, y muchos recuerdos iban y venían dentro de mi cabeza, haciéndome olvidar lo prioritario—. Lo siento. No lo hago intencionalmente. —Bajó el rostro.
Preferí no darle importancia, volviendo la mirada al frente.
—Desgraciadamente la fama actual me la he ganado solito. Me satisface saber que muchos magos son ahora conscientes del resto de seres que los rodean gracias a mi libro. Me alegra mucho, en realidad. Pero eso no significa que quiera reunirme una vez por semana con gente que no conozco para hacerme saber lo… maravilloso que soy yo en vez de mis estudios.
Se me aceleraba el corazón cada vez que la memoria me llevaba a ese día no tan lejano, junto aquel grupo extenso de mujeres avasallándome entre sonrisas suaves y palabras encantadoras, rogando porque les dedicase y firmase con mi hermosa letra cada una de las páginas iniciales de sus libros comprados.
No sabía si Queenie había usado otra vez su don contra mí, pero repentinamente rio sin descaro.
—Ese tipo de cosas no parecen convenirte, cariño. —Todavía no me sentía plenamente complacido con los motes que me daba—. Estar rodeado de grandes multitudes, quiero decir. Al menos aquí no tendrás que preocuparte: nadie va a reconocerte.
Señaló con un arco de su brazo libre a la calle por la que paseábamos, con los edificios altos y las personas correteando a causa de las prisas que generaban las grandes ciudades. Ella me guiaba a su propio ritmo, viéndose brillante en comparación con el gris que nos rodeaba. Quizá era el chal color crema que llevaba sobre los hombros, o el vestido rosa que se movía con el suave viento veraniego. Pero estaba seguro de que el resto de personas con las que nos cruzábamos eran conscientes de lo bonita que se veía colgada de mi brazo, mirándola dos veces si pasábamos a su lado.
Una sensación de aturdimiento me golpeó entonces, casi haciéndome tropezar con mis propios pies. No obstante, la mujer no pareció notarlo.
Me obligué relajarme de nuevo, intentando buscar la comodidad que solía tener con ella. Los días que estuvimos conviviendo hicieron darme cuenta de que no era el tipo de dama superficial que creía, demasiado preocupada por la moda y las cosas bonitas. Tenía eso en su personalidad, sí, pero había algo más, mucho más profundo y genuino, casi puro.
Me generaba tranquilidad.
—Hay un restaurante cerca del hotel donde te alojas —llamó mi atención, señalando un bloque lleno de ventanas que ocultaban el interior con reflejos—. Aquí solo residen no-maj —pareció avisarme.
—Lamento haberte causado cualquier molestia, Queenie. Es perfecto que hayas encontrado un lugar así para mi estadía.
Esquivamos varios coches que decidieron acelerar cuando atravesábamos la calzada, intentando llegar a la entrada del mencionado restaurante.
—En vez de disculparte por ser o no una molestia, deberías de agradecer la ayuda —me corrigió, dándome cosas nuevas en las que pensar—. Además, desde que Jacob y yo comenzamos a salir, suelo frecuentar más lugares sin magia. Fue él quien me dijo el sitio, en realidad.
Preferí seguir la línea de sus palabras.
—Aun no puedo creer que recuerde todo.
Fue una sorpresa cuando Tina me escribió para relatarme lo que estaba sucediendo con el hombre que involucré en mi último viaje a dicho continente. Hubo tristeza y preocupación en sus palabras escritas, pues no quería imaginar lo que le sucedería a su hermana si la descubrían. Aparentemente habían hablado de manera concienzuda la relación que debían mantener con él, pero Queenie estaba enamorada, y jamás la haría cambiar de idea, por lo que tuvo que conformarse con la resignación.
Tina deseaba lo mejor para su hermana, pero temía enormemente lo que tal vez sucedería en un futuro. Y podía entenderla. A pesar de que mis respuestas respecto a ese tema no parecían tranquilizarla, terminó abandonando cualquier intención que pudiese tener, prefiriendo los márgenes a introducirse en la historia.
Era una Aurora, al fin y al cabo, por lo que se hizo la ciega.
—No todo; hay cosas que su mente ha decidido no rememorar —prosiguió Queenie con su breve aclaración—. Me refiero a todas las situaciones de tensión y miedo que pudo pasar. Pero las buenas las evoca con facilidad, y esto comenzó cuando le diste las cascaras aquellas para que abriese la panadería. —Me clavó el codo en la parte alta de la cadera. En sus ojos pude ver rastros de agradecimientos y lo que creí que era timidez. O se trataba de esperanza.
—Era lo mínimo que se merecía por haberme ayudado —dije de corazón—. ¿Crees que podríamos visitarle en algún momento durante estos días? —tuve que cuestionar emocionado.
—¡Por supuesto que iremos a verle! ¡Habrá tiempo de sobra! Está deseoso de reconocerte. Sabe quién eres, lo que hicisteis, pero tu rostro es un borrón en su cabeza —habló alegremente—. Lo que recuerda perfectamente es tu acento. No tu voz sino, más bien, la forma en la que hablas.
Tuve que reírme, más por su alegría contagiosa que por lo que hubo dicho.
Desde ahí, sentí que las horas pasaban de manera fluida. Almorzamos y me permitió una rápida instalación en el hotel donde pasaría la delicada semana, dejando la maleta en el cuarto bajo varios hechizos protectores y repelentes. Dudaba que cualquier persona fuese a entrar, pero prefería ser precavido que tener que solucionar problemas después. No era el momento de solucionar cosas de ese tipo, de todos modos.
Queenie me rogó antes de marcharnos el descender a ella, y con mucho gusto cumplí su petición, agregando el tener que dejar por el momento a Pickett junto al resto de su especie en su árbol de nacimiento.
En esta ocasión había poco con lo que deleitarse; traje a un número limitado de acompañantes. Únicamente los que estaban demasiado unidos a mí; no contaba al niffler y a sus nuevas crías, aquellos los decidí guardar por otras razones. Bunty ya tendría suficiente en Londres con cuidar del sótano, no era mi intención abrumarla con las bestias cleptómanas. A pesar de que ella apreciaba a cada ser tanto como yo, sabía por experiencia propia que tener muchas era, indudablemente, difícil de manejar; por eso mismo la contraté, porque necesitaba ayuda.
Más bien me obligaron a conocerla, admitir que necesitaba un asistente y contratarla.
Que tonto fui por no haberme dado cuenta antes de que mi vida había estado girando casi en bucle a causa de lo mucho que me exigía en aquellos meses anteriores a la publicación de mi libro.
Queenie continuaba en todo momento con una charla animada, señalando cosas allí y allá, dando pequeños gritos de júbilo cuando algo pomposo y suave se le acercaba. Agradándome su aparente tranquilidad, me permití enseñarle desde la mente lo que consideraba un hogar y todo lo que formaba bajo suelo gracias a los muchos encantamientos que trabajé. Lo que sentí entonces lo compararía con una apertura invisible en mí, como si hubiese movido un ladrillo en los muros que solían cubrirme. Todo eso provenía de la confianza con la que me obsequiaba; otras personas podrían extrañarse o considerar el acometer sobre mi forma de vida, pero ella no.
—¡Algún día iremos a Londres y tendrás que mostrarnos todo lo que escondes en esa casa tuya! —No supe si se refería a Tina y ella, o a Jacob. Seguramente a los tres—. Mañana, cuando veamos a Jacob, ¿crees que podrías mostrarle esto? —Señaló con mano fina el prado verde y brillante. En él mantenía tres hipogrifos demasiado nerviosos como para juntarlos todavía con un gran grupo, pero ahora se hallaba vacío—. Estoy segura de que se maravillará. Ha estado cocinando cientos de dulces con formas de niffler o erumpent desde que abrió a la panadería. ¡Tendrías que ver como los compran los no-maj!
—Será un placer. —No pude hacer otra que cosa que no fuese estar de acuerdo; sus ojos se habían humedecido y se le hincharon las mejillas.
Queenie entonces mencionó lo rápido que pasaba el tiempo en buena compañía y que todavía teníamos que llegar a su bloque de apartamentos, por lo que mientras la veía subir por las escaleras de la maleta, saqué de uno de los estantes repletos de frascos el tomo para Tina ya envuelto. Lo guardé en uno de los bolsillos interiores extendidos y entonces nos fuimos, de nuevo dando otro agradable paseo hasta la casa de las señoritas Goldstein.
