Los personajes no me pertenecen son de J.K Rowling y Kishimoto

Summary: Harry se entera que cuando cumpla quince su parte criatura despertara dándole nuevos poderes y una pareja destinada para él, si eso no fuera poco descubre que tiene un primo en un mundo completamente diferente al suyo: El mundo Ninja, ahora luchara junto a su pareja para proteger todo lo que ama.

Parsel -"Hola"

Hechizos- Accio o Jutsus

Voz sobrenatural- Hola

Otro idioma "Hola"

Recuerdos [Hola]


Capítulo 5 Maldiciones Imperdonables

A la mañana siguiente, me sentí realmente bien, cuando abrí los ojos lo primero que vi fue a Draco entre mis brazos, no pude evitar abrazarlo con más fuerza.

—Buenos días, no deberías irte para que no se den cuenta que no pasaste la noche fuera—murmuro contra mi cuello causándome cosquilla.

—Buenos días, es temprano, pero tienes razón—me levante con pesar, anoche paso una tormenta, pero ya se dirigió a otro lado, bese a Draco con pasión y me puse la capa para poder salir sin que nadie se diera cuenta, al entrar a la sala común solo había unos cuantos alumnos, me dirigí a la habitación tome el uniforme y me fui a bañar.

El techo del Gran Comedor seguía teniendo un aspecto muy triste. Durante el desayuno, unas nubes enormes del color gris del peltre se arremolinaban sobre nuestras cabezas, mientras Ron, Hermione y yo examinábamos nuestros nuevos horarios. Escuche a Fred, George y Lee Jordan discutir métodos mágicos de envejecerse y engañar al juez para poder participar en el Torneo de los tres magos.

—Hoy no está mal, fuera toda la mañana —dijo Ron pasando el dedo por la columna del lunes de su horario.

—Herbología con los de Hufflepuff y Cuidado de Criaturas Mágicas... ¡Maldita sea!, seguimos teniéndola con los de Slytherin... —no pude evitar emocionarme, sé que tengo que decirles de alguna forma a mis amigos, de mi relación con Draco, tendrá que ser poco a poco, es algo que hable ayer con Draco y decidimos que empezaríamos siendo parejas en todas las clases que tengamos juntos, para que se acostumbren a la idea de vernos juntos.

—Y esta tarde dos horas de Adivinación —gruñí, observando el horario. Adivinación era mi materia menos apreciada, aparte de Pociones. La profesora Trelawney siempre estaba prediciendo mi muerte, cosa que no me hacía ni pizca de gracia.

—Tendrían que haber abandonado esa asignatura como hice yo —dijo Hermione con énfasis, untando mantequilla en la tostada.

—De esa manera estudiarían algo sensato como Aritmancia—bueno ahora que lo pienso tiene razón, Draco estudia Aritmancia, tendría más tiempo con mi dragón, lamentablemente ya no podemos cambiarnos.

—Estás volviendo a comer, según veo —dijo Ron, mirando a Hermione y las generosas cantidades de mermelada que añadía a su tostada, encima de la mantequilla.

—He llegado a la conclusión de que hay mejores medios de hacer campaña por los derechos de los elfos—repuso Hermione con altivez.

—Sí... y además tenías hambre —comentó Ron, sonriendo. De repente oímos sobre nosotros un batir de alas, y un centenar de lechuzas entró volando a través de los ventanales abiertos. Llevaban el correo matutino. Instintivamente, alcé la vista, pero no vi ni una mancha blanca entre la masa parda y gris. Las lechuzas volaron alrededor de las mesas, buscando a las personas a las que iban dirigidas las cartas y paquetes que transportaban. Un cárabo grande se acercó a Neville y dejó caer un paquete sobre su regazo.

A Neville casi siempre se le olvidaba algo. Al otro lado del Gran Comedor, el búho de Draco se posó sobre su hombro, llevándole lo que parecía su acostumbrado suplemento de dulces y pasteles procedentes de su casa. Me miro con cariño, Draco comparte los dulces conmigo, él nunca los ha compartido con ningún otro Slytherin, recuerdo que cuando le pregunte porque solo me daba dulces a mí, dijo que yo era especial, ese día me latió el corazón como loco y sentí tanta felicidad que me pase con una estúpida sonrisa.

—Son Bubotubérculos, hay que exprimirlas para recoger su pus… —les dijo con énfasis la profesora Sprout, una vez que estuvimos todos sentados.

—¿El qué? —preguntó Seamus Finnigan, con asco.

—El pus, Finnigan, el pus, es extremadamente útil, así que espero que no se pierda nada —dijo la profesora mientras nos mostraba las botellas donde echaríamos el contenido. Exprimir los Bubotubérculos resultaba desagradable, pero curiosamente satisfactorio. Cada vez que se reventaba uno de los bultos, salía de golpe un líquido espeso de color amarillo verdoso que olía intensamente a petróleo. Lo fuimos introduciendo en las botellas, tal como les había indicado la profesora Sprout, y al final de la clase habíamos recogido varios litros.

—La señora Pomfrey se pondrá muy contenta, el pus de Bubotubérculos es un remedio excelente para las formas más persistentes de acné. Les evitaría a los estudiantes tener que recurrir a ciertas medidas desesperadas para librarse de los granos —comentó la profesora Sprout, tapando con un corcho la última botella.

—Como la pobre Eloise Migden, intentó quitárselos mediante una maldición—dijo Hannah Abbott, alumna de Hufflepuff, en voz muy baja.

—Una chica bastante tonta —afirmó la profesora Sprout, moviendo la cabeza, el insistente repicar de una campana procedente del castillo resonó en los húmedos terrenos del colegio, señalando que la clase había finalizado, nos dividimos: los de Hufflepuff subieron al aula de Transformaciones, y los Gryffindor nos encaminamos en sentido contrario, bajando por la explanada, hacia la pequeña cabaña de madera de Hagrid, que se alzaba en el mismo borde del bosque prohibido. Hagrid nos estaba esperando de pie, fuera de la cabaña, con una mano puesta en el collar de Fang.

—¡Buenas! —saludó Hagrid, sonriéndonos.

— Será mejor que esperemos a los de Slytherin, que no querrán perderse esto: ¡escregutos de cola explosiva! —me quede viéndolo sin comprender nunca he escuchado sobre ellos.

—¿Cómo? —preguntó Ron. Hagrid señaló las cajas.

—¡Ay! —chilló Lavender Brown, dando un salto hacia atrás. En mi opinión la interjección «ay» daba idea de lo que eran los escregutos de cola explosiva. Parecían langostas deformes de unos quince centímetros de largo, sin caparazón, horriblemente pálidas y de aspecto viscoso, con patitas que les salían de sitios muy raros y sin cabeza visible. En cada caja debía de haber cien, que se movían unos encima de otros y chocaban a ciegas contra las paredes. Despedían un intenso olor a pescado podrido. De vez en cuando saltaban chispas de la cola de un escregutos, salía despedido a un palmo de distancia.

—Recién nacidos, para que puedan criarlos ustedes mismos. ¡He pensado que puede ser un pequeño proyecto! —dijo con orgullo Hagrid.

—Oye Hagrid, lo mejor será que me pongas con Malfoy, así evito que arruine tu clase, tu puedes formar las parejas—susurre muy bajito para que nadie me escuchara.

—Es una excelente idea, gracias Harry—sonreí al ver que mi estrategia funciono.

—¿Y por qué tenemos que criarlos? —preguntó una voz fría. Acababan de llegar los de Slytherin. El que había hablado era Draco. Crabbe y Goyle le reían la gracia. Hagrid se quedó perplejo ante la pregunta.

—Sí, ¿qué hacen? ¿Para qué sirven? —insistió Draco, Hagrid abrió la boca, según parecía haciendo un considerable esfuerzo para pensar. Pobre debe de pensar que lo hace por molestar, pero en realidad a Draco le apasionan las criaturas mágicas, su padre le regalo una reserva con diferentes criaturas mágicas, es como un zoológico, pero mágico, Draco me dijo que tiene dragones, abraxas, pegasos, grifos, hipogrifos y muchas otras criaturas. Hubo una pausa que duró unos segundos, al cabo de la cual dijo bruscamente:

—Eso lo sabrás en la próxima clase, Malfoy. Hoy sólo tienes que darles de comer. Pero tendrán que probar con diferentes cosas. Nunca he tenido escregutos, y no estoy seguro de qué les gusta. He traído huevos de hormiga, hígado de rana y trozos de culebra. Prueben con un poco de cada—Hagrid formo las parejas y me contuve de sonreír cuando me puso con Draco, quien me miro sabiendo que fue mi idea.

—Primero el pus y ahora esto —murmuró Seamus. Nada salvo el profundo afecto que le tenía a Hagrid me convenció de coger puñados de hígado despachurrado de rana y tratar de tentar con él a los escregutos de cola explosiva, eso y que Draco dijo que él no tocaría nada de eso, por lo que me tocaba a mi darles de comer o intentarlo por lo menos. No se me iba de la cabeza la idea de que aquello era completamente absurdo, porque los escregutos ni siquiera parecían tener boca.

—¡Ay! ¡Me ha hecho daño! Hagrid, ¡Le ha estallado la cola y me ha quemado! —gritó Dean, unos diez minutos después, nervioso, corrió hacia él enfadado, mostrándole a Hagrid la mano enrojecida.

—¡Ah, sí, eso puede pasar cuando explotan! —dijo Hagrid, asintiendo con la cabeza.

—¡Ay! Hagrid, ¿para qué hacemos esto? —exclamó de nuevo Lavender Brown.

—Bueno, algunos tienen aguijón. Probablemente son los machos... Las hembras tienen en la barriga una especie de cosa succionadora... creo que es para chupar sangre —repuso con entusiasmo Hagrid Lavender se apresuró a retirar la mano de la caja. Ahora ya comprendo por qué estamos intentando criarlos, seguro Hagrid no sabe qué hacer con ellos.

—¿Quién no querría tener una mascota capaz de quemarlo, aguijonearlo y chuparle la sangre al mismo tiempo? — dijo Pansy sarcásticamente

—El que no sean muy agradables no quiere decir que no sean útiles —replicó Hermione con brusquedad, yo me la pase observando a Draco quien le entro la curiosidad y se puso a examinar el que teníamos nosotros de vez en cuando le acariciaba el cabello o las manos, el solo me sonreía.

En la clase de adivinación fue lo mismo de siempre, la profesora Trelawney prediciendo mi muerte, nos topamos con Hermione y juntos nos dirigimos al gran comedor. Draco me advirtió que Blaise y Pansy iban a burlarse del padre de Ron, el había logrado zafarse diciendo que tenía que ir a la biblioteca y que no lo molestaran, agradecí que Draco fuera el líder, el príncipe de Slytherin ya que no lo cuestionaban nunca.

—¡Weasley! ¡Eh, Weasley! — volteamos y vaya sorpresa. Parkinson, Zabini, Crabbe y Goyle estaban ante nosotros, muy contentos por algún motivo.

—¿Qué? —contestó Ron lacónicamente.

—¡Tu padre ha salido en el periódico, Weasley! —anunció Zabini, blandiendo un ejemplar de El Profeta y hablando muy alto, para que todos cuantos abarrotaban el vestíbulo pudieran oírlo.

—¡Escucha esto! —se veía excitado por lo que iba hacer.

MÁS ERRORES EN EL MINISTERIO DE MAGIA

Parece que los problemas del Ministerio de Magia no se acaban, escribe Rita Skeeter, nuestra enviada especial. Muy cuestionados últimamente por la falta de seguridad evidenciada en los Mundiales de quidditch, y aún incapaces de explicar la desaparición de una de sus brujas, los funcionarios del Ministerio se vieron inmersos ayer en otra situación embarazosa a causa de la actuación de Arnold Weasley, del Departamento Contra el Uso Incorrecto de los Objetos Muggles.

Zabini levantó la vista.

—Ni siquiera aciertan con su nombre, Weasley, pero no es de extrañar tratándose de un don nadie, ¿verdad? —dijo exultante. Todo el mundo escuchaba en el vestíbulo. Con un floreo de la mano, Zabini volvió a alzar el periódico y leyó:

Arnold Weasley, que hace dos años fue castigado por la posesión de un coche volador, se vio ayer envuelto en una pelea con varios guardadores de la ley muggles llamados «policías» a propósito de ciertos contenedores de basura muy agresivos. Parece que el señor Weasley acudió raudo en ayuda de Ojoloco Moody, el anciano ex auror que abandonó el Ministerio cuando dejó de distinguir entre un apretón de manos y un intento de asesinato. No es extraño que, habiéndose personado en la muy protegida casa del señor Moody, el señor Weasley hallara que su dueño, una vez más, había hecho saltar una falsa alarma. El señor Weasley no tuvo otro remedio que modificar varias memorias antes de escapar de la policía, pero rehusó explicar a El Profeta por qué había comprometido al Ministerio en un incidente tan poco digno y con tantas posibilidades de resultar muy embarazoso.

—¡Y viene una foto, Weasley! —añadió Parkinson, dándole la vuelta al periódico y levantándolo

— Una foto de tus padres a la puerta de su casa... ¡bueno, si esto se puede llamar casa! Tu madre tendría que perder un poco de peso, ¿no crees? — Ron temblaba de furia. Todo el mundo lo miraba.

—Métanselo por donde les quepa, vamos Ron —dije molesto, gracias a Merlín que Draco logro evitar esta confrontación, no ayudaría cuando se enteraran de lo nuestro.

—¡Ah, Potter! Tú has pasado el verano con ellos, ¿verdad? ¿su madre tiene al natural ese aspecto de cerdito, o es sólo la foto—dijo Parkinson con aire despectivo.

—¿Qué hacen? Dejen de perder el tiempo y vámonos—dijo Draco quien se acercó a nosotros, mirándolos molesto, levantando la mano para llamarlos. Hale a Ron quien estaba a punto de lanzársele a Zabini. Se escuchó un fuerte ¡Bum!

Hubo gritos. noté que algo candente me arañaba un lado de la cara, y metí la mano en la túnica para coger la varita. Pero Draco le había arrebatado la varita a Zabini, antes de que hubiera llegado a tocarla, oí un segundo ¡Bum! y un grito que retumbó en todo el vestíbulo.

—¡Ah, no, tu no, muchacho! — me voltee completamente. El profesor Moody bajaba cojeando por la escalinata de mármol. Había sacado la varita y apuntaba con ella a un hurón blanco que tiritaba sobre el suelo de losas de piedra, en el mismo lugar en que había estado Draco. Un aterrorizado silencio se apoderó del vestíbulo. Salvo Moody, nadie movía un músculo. Moody se volvió para mirarme, pero yo solo tenía ojos para el hurón, sentí una enorme furia crecer en mí, el idiota transformo a Draco en Huron.

—¿Te ha dado? —gruñó Moody. Tenía una voz baja y grave.

—No, él no me ha hecho nada, se equivocó profesor, fue Zabini —sisee molesto, vi como Crabbe trato de recoger a Draco, justo lo mismo que pensaba hacer yo, pero el idiota se acercó a ellos y antes de que pudiera reaccionar, apunto a Draco, lo elevo como tres metros al aire, lo empezó agitar, rebotando por todos lados, vi como movía sus patitas y cola desesperado para luego caer al suelo con un crujido horrible. Me quede en shock y antes de darme cuenta tenia al hurón en mis brazos estaba desmayado, mire con odio a Moody.

—No. Vuelvas. A. hacer. Eso. —remarque con tanta furia, sin importarme que alguien me escuchara o sospechara.

—¡Profesor Moody! —exclamó una voz horrorizada. La profesora McGonagall bajaba por la escalinata de mármol, cargada de libros.

—Hola, profesora McGonagall —respondió Moody con toda tranquilidad.

—¿Qué... qué está usted haciendo? —preguntó la profesora McGonagall, mirando al hurón entre mis brazos.

—Enseñar —explicó Moody.

—Ens... Moody, ¿eso es un alumno? —gritó la profesora McGonagall, al tiempo que dejaba caer todos los libros.

—Sí —contestó Moody.

—¡No! —vociferó la profesora McGonagall, bajando a toda prisa la escalera y sacando la varita. Al momento siguiente reapareció Draco con un ruido seco, con el pelo lacio y rubio caído sobre la cara, tenía un gesto de dolor los ojos fuertemente apretados.

—Señor Potter, hágame el favor de llevar al señor Malfoy a la enfermería, el resto se van ya—no dije nada estoy tan furioso que, si hablo, será para hechizar a ese desgraciado, con delicadeza levante a Draco estilo princesa, cuando llegamos, la enfermera lo reviso, tiene muchas costillas rotas, además de moretones en algunas partes de su cuerpo. Le dio una poción que lo tendría dormido el día entero.

Los dos días siguientes pasaron sin grandes incidentes, a menos que se cuente como tal, el que Neville dejara que se fundiera su sexto caldero en clase de Pociones. El profesor Snape, que durante el verano parecía haber acumulado rencor en cantidades nunca antes conocidas, castigó a Neville a quedarse después de clase. Al final del castigo, Neville sufría un colapso nervioso, porque el profesor Snape lo había obligado a destripar un barril de sapos cornudos.

—Tú sabes por qué Snape está de tan mal humor, ¿verdad? —dijo Ron mientras observábamos cómo Hermione enseñaba a Neville a llevar a cabo el encantamiento antigrasa para quitarse de las uñas los restos de tripa de sapo.

—Sí, por Moody —respondí era comúnmente sabido que Snape ansiaba el puesto de profesor de Artes Oscuras, y era el cuarto año consecutivo que se le escapaba de las manos. Desde el incidente del hurón, Draco no me habla, sé que es su orgullo herido, pero me duele en verdad lo necesito, pero quiero darle espacio, claro yo empeore todo al decirle que se veía lindo, es algo que note a pesar de las circunstancias.

Todos estaban emocionados por la clase de Moody, el jueves todos se apresuraron en llegar temprano, Ron me obligo hacer lo mismo, desde lo que ocurrido con Draco mi mal presentimiento con respecto a el creció y primero muerto antes de permitirle que vuelva a tocarlo. Hicimos cola en la puerta del aula cuando la campana aún no había sonado. La única que faltaba era Hermione, que apareció puntual.

—Date prisa o nos quedaremos con los peores asientos—dijo Ron empujándonos para ocupar tres sillas delante de la mesa del profesor. Sacamos nuestros ejemplares de Las fuerzas oscuras: una guía para la autoprotección, y aguardamos en un silencio poco habitual. Cuando llego dijo que los guardáramos que no los utilizaríamos.

Moody sacó una lista, sacudió la cabeza para apartarse la larga mata de pelo gris del rostro, desfigurado y lleno de cicatrices, y comenzó a pronunciar los nombres, recorriendo la lista con su ojo normal mientras el ojo mágico giraba para fijarse en cada estudiante conforme respondía a su nombre.

—Bien —dijo cuándo el último de la lista hubo contestado «presente»

—He recibido carta del profesor Lupin a propósito de esta clase. Parece que ya son bastante diestros en enfrentamientos con criaturas tenebrosas. Han estudiado los boggarts, los gorros rojos, los hinkypunks, los grindylows, las kappas y los hombres lobo, ¿no es eso? —todos murmuramos un asentimiento.

—Pero están atrasados, muy atrasados, en lo que se refiere a enfrentaros a maldiciones —prosiguió Moody

—Así que he venido para prepararos contra lo que unos magos pueden hacerles a otros. Dispongo de un curso para enseñaros a tratar con las mal... —murmuro serio.

—¿Por qué, no se va a quedar más? —dejó escapar Ron. El ojo mágico de Moody giró para mirarlo. Ron se asustó, pero al cabo de un rato Moody sonrió. Era la primera vez que lo veía sonreír. El resultado de aquel gesto fue que su rostro pareció aún más desfigurado y lleno de cicatrices que nunca. Ron se tranquilizó.

—Supongo que tú eres hijo de Arthur Weasley, ¿no? —dijo Moody tranquilamente.

—Hace unos días tu padre me sacó de un buen aprieto... Sí, sólo me quedaré este curso. Es un favor que le hago a Dumbledore: un curso y me vuelvo a mi retiro. —Soltó una risa estridente, y luego dio una palmada con sus nudosas manos.

—Así que... vamos a ello. Maldiciones. Varían mucho en forma y en gravedad. Según el Ministerio de Magia, yo debería enseñaros las contra maldiciones y dejarlo en eso. No tendrían que aprender cómo son las maldiciones prohibidas hasta que estén en sexto. Se supone que hasta entonces no son lo bastante mayores para tratar el tema. Pero el profesor Dumbledore tiene mejor opinión de ustedes y piensa que pueden resistirlo, y yo creo que, cuanto antes sepan a qué se enfrentan, mejor. ¿Cómo pueden defenderse de algo que no han visto nunca? Un mago que esté a punto de echarles una maldición prohibida no va a avisarles antes. No es probable que se comporte de forma caballerosa. Tienen que estar preparados. Tienen que estar alerta y vigilantes. Y usted, señorita Brown, tiene que guardar eso cuando yo estoy hablando. — Lavender se sobresaltó y se puso colorada. Le había estado mostrando a Parvati por debajo del pupitre su horóscopo completo. Daba la impresión de que el ojo mágico de Moody podía ver tanto a través de la madera maciza como por la nuca.

—Así que... ¿alguno de ustedes sabe cuáles son las maldiciones más castigadas por la ley mágica? — Varias manos se levantaron, incluyendo la de Ron y la de Hermione. Moody señaló a Ron, aunque su ojo mágico seguía fijo en Lavender.

—Eh... mi padre me ha hablado de una. Se llama maldición imperius, o algo parecido. —dijo Ron, titubeando.

—Así es, tu padre la conoce bien. En otro tiempo la maldición imperius le dio al Ministerio muchos problemas —aprobó Moody se levantó con cierta dificultad sobre sus disparejos pies, abrió el cajón de la mesa y sacó de él un tarro de cristal. Dentro correteaban tres arañas grandes y negras.

Note que Ron, a mi lado, se echaba un poco hacia atrás, por su fobia a las arañas. Moody metió la mano en el tarro, cogió una de las arañas y se la puso sobre la palma para que todos la pudieran ver. Luego apuntó hacia ella la varita mágica y murmuró entre dientes:

¡Imperio! — La araña se descolgó de la mano de Moody por un fino y sedoso hilo, y empezó a balancearse de atrás adelante como si estuviera en un trapecio; luego estiró las patas hasta ponerlas rectas y rígidas, y, de un salto, se soltó del hilo y cayó sobre la mesa, donde empezó a girar en círculos. Moody volvió a apuntarle con la varita, y la araña se levantó sobre dos de las patas traseras y se puso a bailar lo que sin lugar a duda era claqué. Todos nos reímos se miraba graciosa. Todos menos Moody.

—Les parece divertido, ¿verdad? —gruñó molesto.

— ¿Les gustaría que se lo hicieran a ustedes? — La risa dio fin casi al instante.

—Esto supone el control total —dijo Moody en voz baja, mientras la araña se hacía una bola y empezaba a rodar.

—Yo podría hacerla saltar por la ventana, ahogarse, colarse por la garganta de cualquiera de ustedes... — Ron se estremeció.

—Hace años, muchos magos y brujas fueron controlados por medio de la maldición imperius —explicó Moody, comprendí que se refería a los tiempos en que Voldemort había sido todopoderoso. Quedo viendo a los Slytherin, sé que lo dice porque la mayoría de sus padres hicieron eso, Draco me conto que fue lo único que a su padre se le ocurrió para salir bien librado. Todos lo vieron altivos, Draco con odio y desprecio.

—Le dio bastante que hacer al Ministerio, que tenía que averiguar quién actuaba por voluntad propia y quién, obligado por la maldición. Podemos combatir la maldición imperius, y yo les enseñaré cómo, pero se necesita mucha fuerza de carácter, y no todo el mundo la tiene. Lo mejor, si se puede, es evitar caer víctima de ella. ¡ALERTA PERMANENTE! —bramó, y todos nos sobresaltamos. Moody cogió la araña trapecista y la volvió a meter en el tarro.

—¿Alguien conoce alguna más? ¿Otra maldición prohibida? —Hermione volvió a levantar la mano y también, y observe con sorpresa que Neville también lo hizo. La única clase en la que alguna vez Neville levantaba la mano era Herbología, su favorita. El mismo parecía sorprendido de su atrevimiento.

—¿Sí? —dijo Moody, girando su ojo mágico para dirigirlo a Neville.

—Hay una... la maldición cruciatus —dijo éste con voz muy leve pero clara. Moody miró a Neville fijamente, aquella vez con los dos ojos.

—¿Tú te llamas Longbottom? —preguntó, bajando rápidamente el ojo mágico para consultar la lista. Neville asintió nerviosamente con la cabeza, pero Moody no hizo más preguntas. Se volvió a la clase en general y alcanzó el tarro para coger la siguiente araña y ponerla sobre la mesa, donde permaneció quieta, aparentemente demasiado asustada para moverse.

—La maldición cruciatus precisa una araña un poco más grande para que podáis apreciarla bien —explicó Moody, que apuntó con la varita mágica a la araña y dijo

Engorgio— La araña creció hasta hacerse más grande que una tarántula. Abandonando todo disimulo, Ron apartó su silla para atrás, lo más lejos posible de la mesa del profesor. Moody levantó otra vez la varita, señaló de nuevo a la araña y murmuró:

Crucio— De repente, la araña encogió las patas sobre el cuerpo. Rodó y se retorció cuanto pudo, balanceándose de un lado a otro. No profirió ningún sonido, pero era evidente que, de haber podido hacerlo, habría gritado. Moody no apartó la varita, y la araña comenzó a estremecerse y a sacudirse más violentamente.

—¡Pare! —dijo Hermione con voz estridente. Miré que ella no se fijaba en la araña sino en Neville, vi que las manos de Neville se aferraban al pupitre. Tenía los nudillos blancos y los ojos desorbitados de horror. Moody levantó la varita. La araña relajó las patas, pero siguió retorciéndose.

Reducio —murmuró Moody, y la araña se encogió hasta recuperar su tamaño habitual. Volvió a meterla en el tarro.

—Dolor, no se necesitan cuchillos ni carbones encendidos para torturar a alguien si uno sabe llevar a cabo la maldición cruciatus... También esta maldición fue muy popular en otro tiempo. Bueno, ¿alguien conoce alguna otra? —dijo con voz suave mire a mi alrededor. A juzgar por la expresión de mis compañeros, parecía que todos se preguntaban qué le iba a suceder a la última araña. La mano de Hermione tembló un poco cuando se alzó por tercera vez.

—¿Sí? —dijo Moody, mirándola.

—Avada Kedavra —susurró ella. Algunos, incluido Ron, le dirigieron tensas miradas.

—¡Ah! —exclamó Moody, y la boca torcida se contorsionó en otra ligera sonrisa.

—Sí, la última y la peor. Avada Kedavra: la maldición asesina. — Metió la mano en el tarro de cristal, y, como si supiera lo que le esperaba, la tercera araña echó a correr despavorida por el fondo del tarro, tratando de escapar a los dedos de Moody, pero él la atrapó y la puso sobre la mesa. La araña correteó por la superficie. Moody levantó la varita, sabía lo que iba a ocurrir, no pude evitar sentir un repentino estremecimiento.

Avada Kedavra —gritó Moody. Hubo un cegador destello de luz verde y un ruido como de torrente, como si algo vasto e invisible planeara por el aire. Al instante la araña se desplomó patas arriba, sin ninguna herida, pero indudablemente muerta. Algunas de las alumnas profirieron gritos ahogados. Ron se había echado para atrás y casi se cae del asiento cuando la araña rodó hacia él. Moody barrió con una mano la araña muerta y la dejó caer al suelo.

—No es agradable, ni placentero. Y no hay contra maldición. No hay manera de interceptaría. Sólo se sabe de una persona que haya sobrevivido a esta maldición, y está sentada delante de mí. —dijo con calma, lo mire con frialdad cuando sus ojos se clavaron en los míos. Me di cuenta de que también me observaban todos los demás. Pero no mire a nadie simplemente los ignore como si la cosa no fuera conmigo. Al único que le dediqué una mirada fue a Draco quien me observaba, pude ver un deje de preocupación en sus ojos, le sonreí para tranquilizarlo.

No pude pensar, en que esta fue la manera en que mis padres murieron, exactamente igual que la araña. ¿También habían resultado sus cuerpos intactos, sin herida ni marca visible alguna? ¿Habían visto el resplandor de luz verde y oído el torrente de muerte acercándose velozmente, antes de que la vida les fuera arrancada? Me había imaginado las muertes de mis padres en los últimos tres años, desde que me había enterado de que los habían asesinado, cuando averigue lo que sucedió aquella noche: que Wormtail los había traicionado revelando su paradero a Voldemort, el cual los había ido a buscar a la casa de campo; que Voldemort había matado en primer lugar a mi padre; que había intentado enfrentarse a él, mientras le gritaba a mi madre que me cogiera y echara a correr... y que Voldemort había ido luego hacia ella y le había ordenado hacerse a un lado para matarme; que ella le había rogado que la matara a ella y no a mí, y se había negado a dejar de servirme de escudo... y que de aquella manera Voldemort la había matado a ella también, antes de dirigir la varita contra mí.. Estaba al tanto de aquellos detalles porque había oído las voces de mis padres al enfrentarse con los dementores el curso anterior.

—Avada Kedavra es una maldición que sólo puede llevar a cabo un mago muy poderoso. Podrían sacar las varitas mágicas todos ustedes y apuntarme con ellas y decir las palabras, y dudo que entre todos consigan siquiera hacerme sangrar la nariz. Pero eso no importa, porque no les voy a enseñar a llevar a cabo esa maldición. Ahora bien, si no existe una contra maldición para Avada Kedavra, ¿por qué la he mostrado? Pues porque tienes que saber. Tienen que conocer lo peor. Ninguno de ustedes querrá hallarse en una situación en que tenga que enfrentarse a ella. ¡ALERTA PERMANENTE! —bramó, y todos volvimos a sobresaltarnos.

—Veamos... esas tres maldiciones, Avada Kedavra, cruciatus e imperius, son conocidas como las maldiciones imperdonables. El uso de cualquiera de ellas contra un ser humano está castigado con cadena perpetua en Azkaban. Quiero prevenirlos, quiero enseñarles a combatirlas. Tienen que prepararse, pero, por encima de todo, deben practicar la alerta permanente e incesante. Saquen las plumas y copien lo siguiente... — nos pasamos lo que quedaba de clase tomando apuntes sobre cada una de las maldiciones imperdonables. Nadie habló hasta que sonó la campana; pero, cuando Moody dio por terminada la lección, todos empezaron a hablar inconteniblemente. La mayoría comentaba cosas sobre las maldiciones en un tono de respeto y temor.

El resto del día paso muy rápido en la noche decidí ver a Draco, lo necesito entre mis brazos, estudiar sobre las maldiciones imperdonables me dejo algo sacudido. Cuando todos estuvieron dormidos, tome la capa y el mapa merodeador, me dirigí a la sala común de Slytherin, al entrar estaba vacío, me fui directo al cuarto de Draco, quien dormía lo contemple un momento para luego besarlo, poco a poco fue correspondiéndome hasta que despertó por completo.

—Hey, me haces un hueco—solo asintió aun adormilado, cuando me acomode lo abrace con fuerza, enterré mi cara en su cuello y olí su esencia, eso siempre me tranquilizaba.

—Aún sigo molesto contigo—lo mire con ojos de cachorro apaleado.

—Te amo tanto, no me gustas que estés molesto, te necesito Draco—vi como sus ojos se suavizaron y me beso con delicadeza. Nos pasamos hablando casi toda la noche, Draco me conto que sus padres vendrían a ver la primera prueba en el torneo de los tres magos y que podíamos reunirnos con ellos ese día, lo cual me pareció genial. Quedamos en que nos reuniríamos en la sala de los menesteres, Draco la encontró un día de casualidad desde entonces ha sido nuestro lugar de encuentro, además del lago. Me acurruqué, enterré de nuevo mi cara en su cuello, sentí sus caricias en mi cabello a los minutos Morfeo me estaba llamando.


Bueno chicas espero que les haya gustado, agradezco a todas sus reviews.

Nos seguimos leyendo

Bella.