Los personajes no me pertenecen son de J.K Rowling y Kishimoto
Summary: Harry se entera que cuando cumpla quince su parte criatura despertara dándole nuevos poderes y una pareja destinada para él, si eso no fuera poco descubre que tiene un primo en un mundo completamente diferente al suyo: El mundo Ninja, ahora luchara junto a su pareja para proteger todo lo que ama.
Parsel -"Hola"
Hechizos- Accio o Jutsus
Voz sobrenatural- Hola
Otro idioma "Hola"
Recuerdos [Hola]
Capítulo 9 Primera prueba y los Malfoy
Pov Harry
Me dirigí de regreso a la sala común, debido a los eventos de hoy, los campeones podemos tomarnos el resto del día libre, para mi desgracia Draco aún está en clase, al entrar mire a Hedwig en la cabecera de mi cama, me acerque y vi que tenía la respuesta de Sirius.
Harry:
No puedo decir en una carta todo lo que quisiera, porque sería demasiado arriesgado si interceptaran la lechuza. Tenemos que hablar cara a cara. ¿Podrías asegurarte de estar solo junto a la chimenea de la torre de Gryffindor a la una de la noche del 22 de noviembre? Sé mejor que nadie que eres capaz de cuidar de ti mismo, y mientras estés cerca de Dumbledore y de Moody no creo que nadie te pueda hacer daño alguno. Sin embargo, parece que alguien está haciendo intentos bastante acertados. El que te presentó al Torneo tuvo que arriesgarse bastante, especialmente con Dumbledore tan cerca. Estoy preocupado con lo que mencionaste de Malfoy, tambien hablaremos sobre eso.
Estate al acecho, Harry. Sigo queriendo que me informes de cualquier cosa anormal. En cuanto puedas, hazme saber si te viene bien el 22 de noviembre.
Sirius
Ron seguía sin hablarme, se puso peor con lo que salió en el profeta, al parecer esto fortaleció sus creencia de que según él, me gusta ser el centro de atencion, por algún extraño motivo, Rita Skeeter se puso hablar maravillas de mí, diciendo que a pesar de que solo tengo catorce fui obligado a competir, que mis padres deben de estar orgullosos al ver lo valiente y fuerte que estoy siendo y que esperaba que los jueces tuvieran en consideración mi falta de conocimientos en varios temas que ni siquiera he visto aun, me sorprendí al leerlo, Draco me dijo que el hablo con su padre para que evitara que esa mujer dijera cosas desfavorables en mi contra.
Desde ese día cuento con mayor apoyo en Hogwarts, muchos Ravenclaw están de mi lado, una a la cual Draco no soporta porque dice que es una zorra, ya que es novia de Cedric y me anda buscando, es Cho Chang, aunque tengo que darle la razón en eso, para sorpresa de muchos en Hogwarts, cuento con el apoyo de muchos de Slytherin. Me la paso todo el tiempo con Draco y mis nuevos amigos de Slytherin, venia de reunirme con ellos cuando Hermione me intercepto.
—Quítame el hechizo que me pusiste—exigió molesta, la miré con indiferencia y seguí caminando, si se dio cuenta es porque quizo contarle a alguien.
—No, en verdad pensaste que te lo diría sin tomar precauciones—la mire incrédulo, no pienso poner mi relación en peligro ni siquiera por ella, hasta que no esté casado con Draco, nadie más puede enterarse. Para todos Draco solo es mi amigo.
—Le iba a contar al director, pero no pude, el hará que entres en razón—dijo seria y molesta. muchos de mis compañeros, no se tomaron muy bien el que me junte ahora con las serpientes, a los gemelos no les importa, incluso empezaron hablar con Blaise quien les empezó a dar ideas para broma, ahora se la pasa todo el tiempo con ellos, discutiendo sobre a quién hacerles la bromas y ayudándolos. Neville no está en contra, pero no tiene el valor para hablarles, le tiene mucho miedo a Draco, ni se diga al resto de los Slytherin.
—Oh en serio, pues lástima que nunca podrás decirle—dije fríamente dandome vuelta y regresando a la sala común de Slytherin. Me puse mi capa de invisibilidad porque a pesar de llevarme bien con los chicos y que muchos me apoyan, a algunos Slytherin nos les caigo bien. Me dirigí a la habitación de mi dragón, hoy dormiré aquí, me quite la capa y los zapatos y me acosté a su lado, automáticamente se abrazó a mí, lo estreche en mis brazos, aspirando su aroma y me relaje.
El sábado antes de la primera prueba nos dieron permiso de ir a Hogsmeade, cada vez estoy más nervioso, Hermione está siendo muy fastidiosa, me habla, pero solo para sermonearme, la ignoro ya que no me interesa lo que ella piense. Lo único bueno de no hablarme con ellos, es que no tengo que buscar pretexto para poder salir con mi dragón, en este momento nos dirigimos a las tres escobas a encontrarnos con los Malfoy.
La taberna Las Tres Escobas estaba abarrotada de gente, en especial de alumnos de Hogwarts que disfrutaban de su tarde libre, pero también de una variedad de magos que difícilmente se veían en otro lugar. Supongo que, al ser Hogsmeade el único pueblo exclusivamente de magos de toda Gran Bretaña, debía de haberse convertido en una especie de refugio para criaturas tales como las arpías, que no estaban tan dispuestas como los magos a disfrazarse. Tengo puesta la capa de invisibilidad porque no queremos que nadie se entere que me reuniré con los Malfoy, cualquiera puede irle con el chisme a Dumbledore y eso no puede pasar. Me es muy difícil moverme, nos acercamos a Madame Rosmerta.
—Buenas tardes Madame, mis padres me están esperando—dijo Draco con una hermosa sonrisa.
—Por supuesto, en la habitación uno—recuerdo que cuando me dijo que nos reuniríamos en las tres escobas me preocupe, pero él me calmo diciendo que su padre había alquilado una habitación, ante de esto, ni siquiera sabía que se podía hacer eso, o que hubiera habitaciones. Lo seguí y respiré profundamente para calmarme. Draco se hizo a un lado para que pasara y luego paso el, delante nuestro estaban Lucius y Narcissa Malfoy. Me quite la capa mostrándome ante ellos.
—Padre, Madre, lamentamos la tardanza—dijo Draco tranquilamente.
—Un gusto verlos de nuevo—dije formalmente.
—Oh pero que formalidad, si pronto seremos familia, Llamame Narcissa o Cissy querido y ya estoy preparando la boda—dijo Narcissa sonriendo.
—Bien, antes que te adelantes querida, tenemos muchos puntos que tratar—dijo Lucius serio.
—Por supuesto, principalmente nadie debe enterarse que soy parte arpía mucho menos Dumbledore, si mis padres nunca le confiaron este secreto por algo será, un Goblin me recomendó que me casara lo antes posible esto incrementara mi poder, así como tambien el de Draco, además que una vez que estemos casados nadie podrá hacer nada, antes pensaba hacer todo lo que Dumbledore me dijera, pero ya no es el caso, mi único objetivo es proteger a Draco de todos y eso incluye tambien al director, para eso necesito su ayuda, no tengo experiencia en muchas cosas, y sé que si me apoya podemos salir bien librados, quiero entrenar y volverme más fuerte-dije con seriedad.
—Veo que ya tenía todo planeado, pensé que lo tendría que convencer de que Dumbledore no es de fiar, no es malo pero siempre hace las cosas "por el bien mayor" y si el piensa que mi hijo es mala influencia sinceramente no sé de qué es capaz para solucionar lo que él considera un problema, por supuesto que lo ayudare, ya empecé hablar con familias que pasan lo mismo que nosotros, los Nott, Parkinson, Greengrass, Zabini, Crabbe, Goyle, están de nuestro lado, hicieron lo mismo que yo, aislarse, cerraron sus red flu y solo salen para trabajar y aparentar, podemos empezar a entrenarlos en verano, tu tambien lo harás Draco, no sabemos si recibirán habilidades extras cuando se enlacen debido a tu parte criatura, eso lo resolveremos una vez salgan de Hogwarts—despues de discutir otros puntos, Narcissa se puso hablar de la boda, lo único que lamento es que los Weasley no estarán, al menos no todos, tengo pensado contarles a los gemelos, sé que ellos me apoyaran. Sirius tambien lo hará, más si sabe que Draco es mi pareja destinada, esta noche hablare con él.
—No estuvo mal—dijo Draco feliz, estuvo muy entusiasmado preparando los detalles de la boda con Narcissa.
—Sí, tienes razón, en verdad ya deseo que el año termine—dije viéndolo con amor, él se ruborizo, pero sonrió igual. Justo cuando íbamos de regreso nos topamos con Hagrid.
—Hola Harry, si puedes ven a verme esta noche, con la capa de invisibilidad—dijo nervioso viendo de reojo a Draco y se fue rapidamente.
—¿Por qué querrá que vayas? —pregunto Draco curioso.
—No lo sé, pero cuando lo averigue, te lo diré—dije tranquilo, cuando llegamos a Hogwarts, nos fuimos directo al lago para seguir platicando, en la noche hice como si estaba cansado para irme acostar temprano, a las 11.30 me levanté silenciosamente, tomé la capa y me dirigí donde Hagrid.
Los terrenos del colegio estaban envueltos en una oscuridad total. Baje por la explanada hacia la luz que brillaba en la cabaña de Hagrid. También el interior del enorme carruaje de Beauxbatons se hallaba iluminado. Mientras llamaba a la puerta de la cabaña, oí hablar a Madame Maxime dentro de su carruaje.
—¿Eres tú, Harry? —susurró Hagrid, abriendo la puerta.
—Sí —respondí y entre en la cabaña y me quité la capa.
—¿Por qué me has hecho venir? —pregunte curioso.
—Tengo algo que mostrarte —repuso Hagrid. Parecía muy emocionado. Llevaba en el ojal una flor que parecía una alcachofa de las más grandes. Por lo visto, había abandonado el uso de aceite lubricante, pero era evidente que había intentado peinarse, porque en el pelo se veían varias púas del peine rotas.
—¿Qué vas a mostrarme? —dije con recelo, preguntándome si habrían puesto huevos los escregutos o si Hagrid habría logrado comprarle a otro extraño en alguna taberna un nuevo perro gigante de tres cabezas.
—Cúbrete con la capa, ven conmigo y no hables No vamos a llevar a Fang, porque no le gustaría... —me indicó Hagrid.
—Escucha, Hagrid, no puedo quedarme mucho... Tengo que estar en el castillo a la una—Pero Hagrid no me escuchaba. Abrió la puerta de la cabaña y se internó en la oscuridad a zancadas. lo seguí aprisa y, para mi sorpresa, advertí que Hagrid me llevaba hacia el carruaje de Beauxbatons.
—Hagrid, ¿qué...? — pregunte confundido.
—¡Shhh! —me acalló Hagrid, y llamó tres veces a la puerta que lucía las varitas doradas cruzadas. Abrió Madame Maxime. Un chal de seda cubría sus voluminosos hombros. Al ver a Hagrid, sonrió. Despues de eso Hagrid nos guio atreves del bosque, me la pase mirando la hora a cada momento, Sirius contactaría conmigo a las una y debo de estar en la sala común para esa hora. Pero entonces, cuando habíamos avanzado tanto por el perímetro del bosque que ya no se veía ni el castillo ni el lago, oí algo. Delante había hombres que gritaban. Luego oí un bramido ensordecedor...
Hagrid llevó a Madame Maxime junto a un grupo de árboles y se detuvo. Durante una fracción de segundo pensé que lo que veía eran hogueras y a hombres que corrían entre ellas. Luego me quede con la boca abierta. Esto no es posible, ahora comprendo cuando dijeron que la prueba no era un juego.
¡Dragones! Rugiendo y resoplando, cuatro dragones adultos enormes, de aspecto fiero, se alzaban sobre las patas posteriores dentro de un cercado de gruesas tablas de madera. A quince metros del suelo, las bocas llenas de colmillos lanzaban torrentes de fuego al negro cielo de la noche. Uno de ellos, de color azul plateado con cuernos largos y afilados, gruñía e intentaba morder a los magos que tenía a sus pies; otro verde se retorcía y daba patadas contra el suelo con toda su fuerza; uno rojo, con un extraño borde de pinchos dorados alrededor de la cara, lanzaba al aire nubes de fuego en forma de hongo; el cuarto, negro y gigantesco, era el que estaba más próximo a nosotros.
Al menos treinta magos, siete u ocho para cada dragón, trataban de controlarlos tirando de unas cadenas enganchadas a los fuertes collares de cuero que les rodeaban el cuello y las patas. Fascinado, levanté la vista y vi los ojos del dragón negro, con pupilas verticales como las de los gatos, totalmente desorbitados; si se debía al miedo o a la ira, lo ignoraba. Los bramidos de la bestia eran espeluznantes.
—¡No te acerques, Hagrid! ¡Pueden lanzar fuego a una distancia de seis metros, ya lo sabes! ¡Y a este colacuerno lo he visto echarlo a doce! —advirtió un mago desde la valla, tirando de la cadena.
—¿No es hermoso? —dijo Hagrid con voz embelesada.
—¡Es peligroso! ¡Encantamientos aturdidores, cuando cuente tres! —gritó otro mago vi que todos los cuidadores de los dragones sacaban la varita.
—¡Desmaius! —gritaron al unísono. Los encantamientos aturdidores salieron disparados en la oscuridad como bengalas y se deshicieron en una lluvia de estrellas al chocar contra la escamosa piel de los dragones.
Observe que el más próximo se balanceaba peligrosamente sobre sus patas traseras y abría completamente las fauces en un aullido mudo. Las narinas parecían haberse quedado de repente desprovistas de fuego, aunque seguían echando humo. Luego, muy despacio, se desplomó. Varias toneladas de dragón dieron en el suelo con un golpe que pareció hacer temblar los árboles que había tras ellos.
Los cuidadores de los dragones bajaron las varitas y se acercaron a las derribadas criaturas que estaban a su cargo, cada una de las cuales era del tamaño de un cerro. Se dieron prisa en tensar las cadenas y asegurarlas con estacas de hierro, que clavaron en la tierra utilizando las varitas.
—¿Quieres echar un vistazo más de cerca? —le preguntó Hagrid a Madame Maxime, embriagado de emoción. Se acercaron hasta la valla, seguidos por mí. En aquel momento miré al mago que le había aconsejado a Hagrid que no se acercara, y descubrí quién era: Charlie Weasley.
—¿Va todo bien, Hagrid? Ahora no deberían darnos problemas. Les dimos una dosis adormecedora para traerlos, porque pensamos que sería preferible que despertaran en la oscuridad y tranquilidad de la noche, pero ya has visto que no les hizo mucha gracia, ninguna gracia... —preguntó, jadeante, acercándose para hablar con él.
—¿De qué razas son, Charlie? —inquirió Hagrid mirando al dragón más cercano, el negro, con algo parecido a la reverencia. El animal tenía los ojos entreabiertos, y debajo del arrugado párpado negro se veía una franja de amarillo brillante.
—Éste es un colacuerno húngaro, por allí hay un galés verde común, que es el más pequeño; un hocicorto sueco, que es el azul plateado, y un bola de fuego chino, el rojo—explicó Charlie quien miró a Madame Maxime, que se alejaba siguiendo el borde de la empalizada para ir a observar los dragones adormecidos.
—No sabía que la ibas a traer, Hagrid, se supone que los campeones no tienen que saber nada de lo que les va a tocar, y ahora ella se lo dirá a su alumna, ¿no? —dijo Charlie, ceñudo.
—Sólo pensé que le gustaría verlos. —Hagrid se encogió de hombros, sin dejar de mirar embelesado a los dragones.
—¡Vaya cita romántica, Hagrid! —exclamó Charlie con sorna.
—Cuatro... uno para cada campeón, ¿no? ¿Qué tendrán que hacer?, ¿luchar contra ellos? —contuve la respiración, rogando a Merlín que ese no sea el objetivo.
—No, sólo burlarlos, según creo estaremos cerca, por si la cosa se pusiera fea, y tendremos preparados encantamientos extinguidores. Nos pidieron que fueran hembras en período de incubación, no sé por qué... Pero te digo una cosa: no envidio al que le toque el colacuerno. Un bicho fiero de verdad. La cola es tan peligrosa como el cuerno, mira. —repuso Charlie señalando la cola del colacuerno, y vi que estaba llena de largos pinchos de color bronce.
Cinco de los compañeros de Charlie se acercaron en aquel momento al colacuerno llevando sobre una manta una nidada de enormes huevos que parecían de granito gris, y los colocaron con cuidado al lado del animal. A Hagrid se le escapó un gemido de anhelo.
—Los tengo contados, Hagrid ¿Qué tal está Harry? —le advirtió Charlie con severidad, para luego preguntar por mí.
—Bien —respondió Hagrid, sin apartar los ojos de los huevos.
—Pues espero que siga bien después de enfrentarse con éstos. No me he atrevido a decirle a mi madre lo que le esperaba en la primera prueba, porque ya le ha dado un ataque de nervios pensando en él... —comentó Charlie en tono grave, mirando por encima del cercado e imitó la voz casi histérica de su madre.
—¡Cómo lo dejan participar en el Torneo, con lo pequeño que es! ¡Creí que iba a haber un poco de seguridad, creí que iban a poner una edad mínima! —no sé si reír o estar preocupado.
Pero tuve suficiente confiando en que Hagrid no me echaría de menos, distraído como estaba con la compañía de cuatro dragones y de Madame Maxime, regrese en silencio y emprendí el camino de vuelta al castillo.
No sabía si alegrarme o no de haber visto lo que me esperaba. Tal vez así era mejor, porque había pasado la primera impresión. Si me hubiera encontrado con los dragones por primera vez el martes me habría desmayado ante el colegio entero... aunque quizá me desmayara de todas formas. Me enfrentaría armado con mi varita mágica, que en aquel momento no me parecía nada más que un palito, contra un dragón de quince metros de altura, cubierto de escamas y de pinchos y que echaba fuego por la boca. Y tendría que burlarlo, observado por todo el mundo: ¿cómo?
Me di prisa en bordear el bosque. Disponía de quince minutos escasos para llegar junto a la chimenea donde me aguardaría Sirius, y no recordaba haber tenido nunca tantos deseos de hablar con alguien como en aquel momento. Pero entonces, de repente, choque contra algo muy duro. Me caí hacia atrás con las gafas torcidas y agarrándose la capa.
—¡Ah!, ¿quién está ahí? —dijo una voz, me apresure a cerciorarme de que la capa me cubría por completo, y me quedó tendido completamente inmóvil, observando la silueta del mago con el que había chocado. Reconocí la barbita de chivo: era Karkarov.
—¿Quién está ahí? —repitió Karkarov, receloso, escudriñando en la oscuridad. Despues de un minuto seguro pensó que era un animal porque siguió su camino hacia donde se encontraban los dragones, me incorpore y corrí hacia Hogwarts en medio de la oscuridad y sin hacer demasiado ruido, al llegar respire aliviado, entre a la sala común desierta. Volví a mirar a la chimenea y me sobresalte al ver la cabeza de Sirius en llamas, si no es porque ya vi al señor Diggory de la misma manera, aquella visión me hubiera causado un susto de muerte. Pero en vez de eso sonrei, y me agache junto a la chimenea
—¿Qué tal estás, Sirius? —Sirius estaba bastante diferente de cómo lo recordaba. Cuando se habían despedido, tenía el rostro demacrado y el pelo largo y enmarañado. Pero ahora llevaba el pelo corto y limpio, tiene el rostro más lleno y parecía más joven, mucho más parecido a la única foto que poseo de él, que había sido tomada en la boda de mis padres.
—No te preocupes por mí. ¿Qué tal estás tú? —me preguntó Sirius con el semblante grave.
—Yo estoy... —Durante un segundo intenté decir bien, pero no pude. Sin darme cuenta empecé a contarle todo lo que había ocurrido, que estoy peleado con Hermione y Ron, que nadie excepto Draco y mis nuevos amigos de Slytherin me creen cuando les dije que yo no había puesto mi nombre, lo decepcionado que estoy de Ron, por su desconfianza y celos.
—... y ahora Hagrid acaba de enseñarme lo que me toca en la primera prueba, y son dragones, Sirius. ¡No voy a contarlo! —termine desesperado, no sé qué hare no quiero morir.
Sirius me observó con ojos preocupados, unos ojos que aún no habían perdido del todo la expresión adquirida en la cárcel de Azkaban: una expresión embotada, como de hechizado. Había dejado que hablara sin interrumpirme.
—Se puede manejar a los dragones, Harry, pero de eso hablaremos dentro de un minuto. No dispongo de mucho tiempo... He allanado una casa de magos para usar la chimenea, pero los dueños podrían volver en cualquier momento. Quiero advertirte algunas cosas —dijo serio, lo mire expectante.
—¿Qué cosas? —dije sintiendo crecer mi desesperación. ¿Era posible que hubiera algo aún peor que los dragones?
—Karkarov era un mortífago, Harry. Sabes lo que son los mortífagos, ¿verdad? —explicó Sirius.
—Sí... ¿Dejaron salir a Karkarov? ¿Por qué lo dejaron salir? —pregunte sin entender por qué podían haber hecho tal cosa.
—Hizo un trato con el Ministerio de Magia aseguró que estaba arrepentido, y empezó a cantar... Muchos entraron en Azkaban para ocupar su puesto, así que allí no lo quieren mucho; eso te lo puedo asegurar. Y, por lo que sé, desde que salió no ha dejado de enseñar Artes Oscuras a todos los estudiantes que han pasado por su colegio. Así que ten cuidado también con el campeón de Durmstrang—repuso Sirius con amargura.
—De acuerdo, pero ¿quieres decir que Karkarov puso mi nombre en el cáliz? Porque, si lo hizo, es un actor francamente bueno. Estaba furioso cuando salí elegido. Quería impedirme a toda costa que participara—dije pensativo, no estoy convencido que haya sido él.
—Sabemos que es un buen actor —dijo Sirius molesto
—Sirius, mi padre te conto sobre su herencia—comente sin especificar, no quiero mencionar nada si no lo hizo, quiero a Sirius, pero es peligroso que se lo cuente ahora, si no lo sabe.
—Sí, su herencia arpía, Malfoy es tu pareja destinada ¿Cierto? —dijo suspirando.
—Lo es, y lo amo Sirius, somos amigos desde primero, solo que nadie lo sabía, bueno se lo conté a Hermione y es por eso que no me habla, no acepta que seamos novios, pero no es lo que aparenta, yo conozco al verdadero Draco, no me importa si Hermione y Ron no me vuelven hablar—dije serio, además me doy cuenta que ellos son unos egoístas y que al parecer mi dragón tiene mejor criterio a la hora de escoger a sus amigos, solo espero que cuando se den cuenta de su error no sea demasiado tarde.
—Te apoyo, James no podía vivir sin Lily, solo te pido que tengas cuidado—me sonrió Sirius, no pude evitar reír alegre, porque sabía que me apoyaría, me siento mucho mejor teniéndolo de mi lado.
—Lo tendré, no te preocupes—dije relajado.
—En cuanto a los dragones, hay una manera, Harry. No se te ocurra emplear el encantamiento aturdidor: los dragones son demasiado fuertes y tienen demasiadas cualidades mágicas para que les haga efecto un solo encantamiento de ese tipo. Se necesita media docena de magos a la vez para dominar a un dragón con ese procedimiento—dijo Sirius, hablando en aquel momento muy rápido.
—Sí, ya lo sé, lo vi—dije desanimado.
—Pero puedes hacerlo solo. Hay una manera, y no se necesita más que un sencillo encantamiento. Simplemente... —prosiguió Sirius, pero lo detuve con un gesto de la mano. El corazón me latía en el pecho como si fuera a estallar. Oí tras mí, los pasos de alguien que bajaba por la escalera de caracol.
—¡Vete! ¡Vete! ¡Alguien se acerca! —le dije a Sirius entre dientes. Me puse en pie de un salto para tapar la chimenea. Si alguien veía la cabeza de Sirius dentro de Hogwarts, armaría un alboroto terrible, y tendría problemas con el Ministerio. Me interrogarían sobre su paradero. Escuche cuando Sirius desapareció y suspire aliviado. ¿Quién se habría levantado para dar un paseo a la una de la madrugada, impidiendo que Sirius le dijera cómo burlar al dragón?
Era Ron. Vestido con su pijama de cachemir rojo oscuro, se detuvo y miró a su alrededor.
—¿Con quién hablabas? —me preguntó.
—¿Y a ti qué te importa? ¿Qué haces tú aquí a estas horas? —gruñí molesto, tuvo que despertarse justo ahora, no pudo esperar quince minutos.
—Me preguntaba dónde estarías... Bueno, me vuelvo a la cama —Se detuvo, encogiéndose de hombros.
—Se te ocurrió que podías bajar a husmear un poco, ¿no? —grite exasperado. Sabía que Ron no tenía ni idea de qué era lo que había interrumpido, sabía que no lo había hecho a propósito, pero me daba igual. En ese momento odio todo lo que tenía que ver con Ron, hasta el trozo del tobillo que le quedaba al aire por debajo de los pantalones del pijama.
—Lo siento mucho. Debería haber pensado que no querías que te molestaran. Te dejaré en paz para que sigas ensayando tu próxima entrevista. —dijo Ron, enrojeciendo de ira. Lo mire con furia, pero no pienso tratar de explicarle de nuevo las cosas, estoy harto, me canse de tener que ser yo el que tenga que estar disculpándose por algo que no he hecho, tendré que ver a Draco hasta mañana.
Cuando me levanté el domingo por la mañana, puse tan poca atención al vestirse que tarde un rato en darme cuenta de que estaba intentando meter un pie en el sombrero en vez de hacerlo en el calcetín. Cuando por fin me puse todas las prendas en las partes correctas del cuerpo, salí rápido para buscar a Draco antes de que se fuera a desayunar, respiré aliviado, al verlo aun en su cuarto. Cuando le conté estuvo preocupado con las advertencias de Sirius sobre Karkarov, pero dijo que lo más apremiante es resolver la situación de los dragones.
—Primero vamos a intentar que el martes por la tarde sigas vivo, y luego ya nos preocuparemos por Karkarov—dijo Draco serio, por lo que nos fuimos a la biblioteca para hechizos que pudieran serme útil, pero nada de lo que vimos, servía para que fuera utilizado por una persona, todos los hechizos requerían mínimo cinco personas. Esa noche apenas dormir, estuve contemplando a mi hermoso novio dormir. Para la mañana del lunes me encuentro con los nervios de punta, no he encontrado la solución y Draco se está poniendo histérico por la situación.
Al levantarme de la mesa con Neville, vi a Cedric Diggory levantarse la suya, no me parece justo que todos los demás campeones sepamos a que nos enfrentaremos y el no.
—Nos vemos en el invernadero, Neville ve hacia allí; ya te alcanzaré. —le dije tomando una decisión al ver a Cedric dejar el Gran Comedor.
—Llegarás tarde, Harry. Está a punto de sonar la campana—murmuro preocupado.
—Te alcanzaré, ¿de acuerdo? —dije para luego dirigirme por donde se fue Cedric.
Cuando llegue a la escalinata de mármol, Cedric ya estaba al final de ella, acompañado por unos cuantos amigos de sexto curso, no quería hablar delante de ellos. Lo seguí a cierta distancia, y vi que se dirigía hacia el corredor donde se hallaba el aula de Encantamientos. Eso me dio una idea. Deteniéndome a una distancia prudencial de ellos, saque la varita y apunte con cuidado.
—¡Diffindo! —A Cedric se le rasgó la mochila. Libros, plumas y rollos de pergamino se esparcieron por el suelo, y varios frascos de tinta se rompieron.
—No se molesten, díganle a Flitwick que no tardare —dijo Cedric, irritado, a sus amigos cuando se inclinaron para ayudarlo a recoger las cosas.
Aquello era lo que había pretendido. Guarde la varita en la túnica, espere que los amigos de Cedric entraran en el aula y me apresure por el corredor, donde sólo quedábamos Cedric y yo.
—Hola, se me acaba de descoser la mochila... a pesar de ser nueva. —me saludó Cedric, recogiendo un ejemplar de Guía de la transformación, nivel superior salpicado de tinta.
—Cedric, la primera prueba son dragones. —le dije sin más preámbulos
—¿Qué? —exclamó Cedric, levantando la mirada.
—Dragones —repetí, hablando con rapidez por si el profesor Flitwick salía para ver lo que le había ocurrido a Cedric.
—Han traído cuatro, uno para cada uno, y tenemos que burlarlos—Cedric me miró, vi en sus grises ojos parte del pánico que me embargaba desde la noche del sábado.
—¿Estás seguro? —inquirió Cedric en voz baja.
—Completamente, los he visto. —respondí serio, si Draco me viera estoy seguro que se burlaría de mi por mi alto nivel de justicia, pero no me sentiría bien si solo el, es el único que no sabe nada de la prueba mientras que el resto buscamos una solución.
—Pero ¿cómo te enteraste? Se supone que no podemos saber... —me miro sin comprender.
—No importa —conteste con premura. Sabía que, si decía la verdad, Hagrid se vería en apuros.
—Pero no soy el único que lo sabe. A estas horas Fleur y Krum ya se habrán enterado, porque Maxime y Karkarov también los vieron— Cedric se levantó con los brazos llenos de plumas, pergaminos y libros manchados de tinta y la bolsa rasgada colgando y balanceándose de un hombro. Tiene una mirada desconcertada y algo suspicaz.
—¿Por qué me lo has dicho? —preguntó, lo mire sorprendido que me hiciera esa pregunta, ahora comprendo, supongo que él no me hubiera avisado, pero como soy estúpido y no me gustan las injusticias aquí estoy informándole de esto.
—Es justo, ¿no te parece? Ahora todos lo sabemos... Estamos en pie de igualdad, ¿no? —le dije a Cedric, quien el muy malagradecido me seguía mirándome con suspicacia cuando escuché un golpeteo que me resultaba conocido. Me volteé y vi que Ojoloco Moody salía de un aula cercana.
—Ven conmigo, Potter. Diggory, entra en clase —gruñó, miré como Cedric se fue, lo seguí renuente, cuando llegamos a su oficina, me senté.
—De forma que averiguaste lo de los dragones, ¿eh? —Era lo que había temido, pero no le había revelado a Cedric que Hagrid había infringido las normas, y desde luego no pensaba revelárselo a Moody.
—Está bien. La trampa es un componente tradicional del Torneo de los tres magos y siempre lo ha sido—dijo Moody, sentándose y extendiendo la pata de palo.
—Yo no he hecho trampa. Lo averigüé por una especie de... casualidad. —replique con brusquedad, Moody sonrió.
—No pretendía acusarte, muchacho. Desde el primer momento le he estado diciendo a Dumbledore que él puede jugar todo lo limpiamente que quiera, pero que ni Karkarov ni Maxime harán lo mismo. Les habrán contado a sus campeones todo lo que hayan podido averiguar. Quieren ganar, quieren derrotar a Dumbledore. Les gustaría demostrar que no es más que un hombre —Moody repitió su risa estridente, y su ojo mágico giró tan aprisa que me maree de sólo mirarlo.
—Bien... ¿tienes ya alguna idea de cómo burlar al dragón? —me preguntó Moody.
—No—replique molesto, no quiero estar aquí.
—Bueno, yo no te voy a decir cómo hacerlo, no quiero tener favoritismos. Sólo te daré unos consejos generales. Y el primero es: aprovecha tu punto fuerte—declaró Moody.
—No tengo ninguno —conteste casi sin pensarlo, por eso mismo le pedí a Lucius que me entrenara.
—Perdona, si digo que tienes un punto fuerte, es que lo tienes. Piensa, ¿qué se te da mejor? —gruñó Moody.
—El quidditch, y para lo que me sirve... —repuse con desánimo.
—Bien. Me han dicho que vuelas estupendamente. —dijo Moody, mirándome intensamente con su ojo mágico, que en aquel momento estaba quieto.
—Sí, pero..., no puedo llevar escoba; sólo tendré una varita...— lo mire confundido, no entiendo que es lo que quiere decir con eso.
—Mi segundo consejo general, es que emplees un encantamiento sencillo para conseguir lo que necesitas—me interrumpió Moody, pero que idiota, como no lo pensé antes. Tengo que aprender a invocar mi saeta de fuego.
—Draco, me tienes que ayudar—susurre diez minutos más tarde, al llegar al Invernadero 3 y después de presentarle apresuradas excusas a la profesora Sprout.
—¿Y qué he estado haciendo, Harry? —me contestó también en un susurro, mirando con preocupación por encima del arbusto nervioso que estaba podando.
—Draco, tengo que aprender a hacer bien el encantamiento convocador antes de mañana por la tarde—me miro sin comprender, le explique lo que Moody me dijo, y estuvo encantando de enseñarme, practicamos en vez de ir a comer, buscamos un aula libre en la que me empeñe en traer cualquier objeto, me tomo horas, pero cuando lo conseguí, estaba cansado pero feliz.
—Ahora que sabes invocar tu escoba, solo tienes que distraer al dragón y tomar su huevo. Más vale que salgas ileso, no quieres verme enojado, ¿cierto amor? —pregunto Draco con una sonrisa tierna, no pude evitar sentir un escalofrió, pero asentí.
En el colegio había una tensión y emoción enormes en el ambiente. Las clases se interrumpieron al mediodía para que todos los alumnos tuvieran tiempo de bajar al cercado de los dragones. Aunque, naturalmente, aún no sabían lo que iban a encontrar allí.
Me sentía extrañamente distante de todos cuantos me rodeaban, ya me desearan suerte o simplemente me llamaran impostor. Me encontraba en tal estado de nerviosismo que me daba miedo perder la cabeza cuando me pusieran frente al dragón y liarme a echar maldiciones a diestro y siniestro.
El tiempo pasaba de forma más rara que nunca, como a saltos, de manera que estaba sentado en mi primera clase, Historia de la Magia, y al momento siguiente iba a comer... y de inmediato, la profesora McGonagall entró en el Gran Comedor y fue a toda prisa hacia mí. Muchos me observaban.
—Los campeones tienen que bajar ya a los terrenos del colegio... Tienes que prepararte para la primera prueba—respire profundo para relajarme.
—¡Bien! —dije, poniéndome de pie. El tenedor hizo mucho ruido al caer al plato.
—Buena suerte, Harry ¡Todo irá bien! —me susurró Hermione, a pesar de que no acepta mi relación con Draco y que solo me habla para sermonearme agradecí su apoyo.
—Sí —conteste, con una voz que no parecía la mía.
Salí del Gran Comedor con la profesora McGonagall. Tampoco ella parecía la misma; de hecho, estaba casi tan nerviosa como Hermione. Al bajar la escalinata de piedra y salir a la fría tarde de noviembre, me puso una mano en el hombro.
—No te dejes dominar por el pánico, conserva la cabeza serena. Habrá magos preparados para intervenir si la situación se desbordara... Lo principal es que lo hagas lo mejor que puedas, y no quedarás mal ante la gente. ¿Te encuentras bien? —me pregunto despues de aconsejarme.
— Sí, me encuentro bien—me oí decir, ella me conducía bordeando el bosque hacia donde estaban los dragones; pero, al acercarse al grupo de árboles detrás del cual habría debido ser claramente visible el cercado, vi que habían levantado una tienda que nos ocultaba de la vista.
—Tienes que entrar con los demás campeones y esperar tu turno, Potter. El señor Bagman está dentro. Él te explicará lo que tienes que hacer... Buena suerte—me dijo la profesora McGonagall con voz temblorosa.
—Gracias —dije con voz distante. Ella me dejó a la puerta de la tienda, y entre.
Fleur Delacour estaba sentada en un rincón, sobre un pequeño taburete de madera. No parecía ni remotamente tan segura como de costumbre; por el contrario, se la veía pálida y sudorosa. El aspecto de Viktor Krum era aún más hosco de lo habitual, supuse que aquélla era la forma en que manifestaba su nerviosismo. Cedric paseaba de un lado a otro. Cuando entre me dirigió una leve sonrisa a la que correspondí, aunque por los músculos de la cara me costó bastante esfuerzo, como si hubieran olvidado cómo se sonreía.
—¡Harry! ¡Bien! ¡Ven, ven, ponte cómodo! —dijo Bagman muy contento, mirándome. De pie en medio de los pálidos campeones, Bagman se parecía un poco a esas figuras infladas de los dibujos animados. Se había vuelto a poner su antigua túnica de las Avispas de Wimbourne.
—Bueno, ahora ya estamos todos... ¡Es hora de ponerlos al corriente! Cuando hayan llegado los espectadores, les ofreceré esta bolsa a cada uno de ustedes para que saquen la miniatura de aquello con lo que se van a enfrentar—nos enseñó una bolsa roja de seda.
—Hay diferentes... variedades, ya lo verán. Y tengo que decirles algo más... Ah, sí... ¡su objetivo es coger el huevo de oro! —declaró Bagman con alegría.
Mire a mi alrededor. Cedric hizo un gesto de asentimiento para indicar que había comprendido las palabras de Bagman y volvió a pasear por la tienda. Tenía la cara ligeramente verde. Fleur Delacour y Krum no reaccionaron en absoluto. Tal vez pensaban que se pondrían a vomitar si abrían la boca; en todo caso, así me sentía yo. Aunque ellos, al menos, estaban allí voluntariamente, estúpidas reglas.
Y enseguida se oyeron alrededor de la tienda los pasos de cientos y cientos de personas que hablaban emocionadas, reían, bromeaban... me sentía separado de aquella multitud como si perteneciera a una especie diferente. Me pareció que no había pasado más que un segundo, Bagman abrió la bolsa roja de seda.
—Las damas primero —dijo tendiéndosela a Fleur Delacour.
Ella metió una mano temblorosa en la bolsa y sacó una miniatura perfecta de un dragón: un galés verde. Alrededor del cuello tenía el número «dos». Y estuve seguro, por el hecho de que Fleur Delacour no mostró sorpresa alguna sino completa resignación, de que no se había equivocado: Madame Maxime le había dicho qué le esperaba.
Lo mismo que en el caso de Krum, que sacó el bola de fuego chino. Alrededor del cuello tenía el número «tres». Krum ni siquiera parpadeó; se limitó a mirar al suelo.
Cedric metió la mano en la bolsa y sacó el hocicorto sueco de color azul plateado con el número «uno» atado al cuello. Sabiendo lo que le quedaba, metí la mano en la bolsa de seda y extraje el colacuerno húngaro con el número «cuatro». Cuando lo mire, la miniatura desplegó las alas y enseñó los minúsculos colmillos.
—¡Bueno, ahí lo tienen! Han sacado cada uno el dragón con el que les tocará enfrentarse, y el número es el del orden en que saldrán, ¿comprendieron? Yo tendré que dejarlos dentro de un momento, porque soy el comentador. Diggory, eres el primero. Tendrás que salir al cercado cuando oigas un silbato, ¿de acuerdo? Bien. Harry. ¿podría hablar un momento contigo, ahí fuera? —dijo Bagman.
—Eh... sí —respondí sin comprender. Me levanté y salí con Bagman de la tienda, que me llevó aparte, entre los árboles, y luego se volvió hacia mí con expresión paternal.
—¿Qué tal te encuentras, Harry? ¿Te puedo ayudar en algo? —pregunto viéndome fijamente.
—¿Qué? No, en nada. —dije nervioso.
—¿Tienes algún plan? —me preguntó Bagman, bajando la voz hasta el tono conspiratorio.
—No me importa darte alguna pista, si quieres. Porque eres el más débil de todos, Harry. Así que si te puedo ser de alguna ayuda... —continuó Bagman bajando la voz más aún.
—No, no. Y... ya he decidido lo que voy a hacer, gracias. —contesté tan rápido que comprendí que había parecido descortés.
—Nadie tendría por qué saber que te he ayudado, Harry —le dijo Bagman guiñándole un ojo.
—No, no necesito nada, y me encuentro bien —afirme, preguntándome por qué me empeñaba en decirle a todo el mundo que me encontraba bien, cuando probablemente jamás me había encontrado peor en mi vida.
—Ya tengo un plan. Voy... —Se escuchó, procedente de no sé dónde, el sonido de un silbato.
—¡Santo Dios, tengo que darme prisa! —dijo Bagman alarmado, y salió corriendo, volví a la tienda y vi a Cedric que salía, con la cara más verde aún que antes, intente desearle suerte, pero todo lo que le salió de mi boca fue una especie de gruñido áspero.
Volvió a entrar, con Fleur y Krum. Unos segundos después oyeron el bramido de la multitud, señal de que Cedric acababa de entrar en el cercado y se hallaba ya frente a la versión real de su miniatura.
Sentarse allí a escuchar era peor de lo que hubiera podido imaginar. La multitud gritaba, ahogaba gemidos como si fueran uno solo, cuando Cedric hacía lo que fuera para burlar al hocicorto sueco. Krum seguía mirando al suelo. Fleur ahora había tomado el lugar de Cedric, caminando de un lado a otro de la tienda. Y los comentarios de Bagman lo empeoraban todo mucho... En mi mente se formaban horribles imágenes al oír: «¡Ah, ¡qué poco ha faltado, ¡qué poco...! ¡Se está arriesgando, ya lo creo...! ¡Eso ha sido muy astuto, sí señor, lástima que no le haya servido de nada!»
Y luego, tras unos quince minutos, oí un bramido ensordecedor que sólo podía significar una cosa: que Cedric había conseguido burlar al dragón y coger el huevo de oro.
—¡Muy pero que muy bien! ¡Y ahora la puntuación de los jueces! —gritaba Bagman.
Pero no dijo las puntuaciones. Supuse que los jueces las levantaban en el aire para mostrárselas a la multitud.
—¡Uno que ya está, y quedan tres! ¡Señorita Delacour, si tiene usted la bondad! —gritó Bagman cuando volvió a sonar el silbato.
Fleur temblaba de arriba abajo. Cuando salió de la tienda con la cabeza erguida y agarrando la varita con firmeza, sentí por ella una especie de afecto que no había sentido antes. Nos quedamos solo Krum y yo, en lados opuestos de la tienda, evitando mirarnos. Se repitió el mismo proceso.
—¡Ah, no estoy muy seguro de que eso fuera una buena idea! ¡Ah... casi! Cuidado ahora... ¡Dios mío, creí que lo iba coger! —oímos gritar a Bagman, siempre con entusiasmo. Diez minutos después escuche la multitud volvía a aplaudir con fuerza. También Fleur debía de haberlo logrado. Se hizo una pausa mientras se mostraban las puntuaciones de Fleur. Hubo más aplausos y luego, por tercera vez, sonó el silbato.
—¡Y aquí aparece el señor Krum! —anunció Bagman cuando salía Krum con su aire desgarbado, dejándome completamente solo.
Me sentía mucho más consciente de mi cuerpo de lo que era habitual: notaba con claridad la rapidez con la que me bombeaba el corazón, el hormigueo que el miedo me producía en los dedos... Y al mismo tiempo lo sentía fuera de mi: veía las paredes de la tienda y oía a la multitud como si estuvieran sumamente lejos...
—¡Muy osado! —gritaba Bagman, y escuche al bola de fuego chino proferir un bramido espantoso, mientras la multitud contenía la respiración, como si fueran uno solo.
—¡La verdad es que está mostrando valor y, sí señores, acaba de coger el huevo! — El aplauso resquebrajó el aire invernal como si fuera una copa de cristal fino. Krum había acabado, ahora es mi turno. Me levante sumamente nervioso, aguarde hasta que me llamaran, cuando escuche el silbato, salí de la tienda, sintiendo como el pánico se apoderaba rapidamente de todo mi cuerpo.
Lo vi todo ante mis ojos como si se tratara de un sueño de colores muy vivos. Desde las gradas que por arte de magia habían puesto después del sábado, me miraban cientos y cientos de rostros. Y allí, al otro lado del cercado, estaba el colacuerno agachado sobre la nidada, con las alas medio desplegadas y mirándome con sus malévolos ojos amarillos, como un lagarto monstruoso cubierto de escamas negras, sacudiendo la cola llena de pinchos y abriendo surcos de casi un metro en el duro suelo. La multitud gritaba muchísimo, pero ni sabía ni me preocupaba si eran gritos de apoyo o no. Era el momento de hacer lo que tenía que hacer: concentrarme, entera y absolutamente, en lo que constituía mi única posibilidad. Levante la varita.
—¡Accio Saeta de Fuego! —grite y aguarde confiado y rogando con todo mi ser, que funcionara.
Y entonces la oí atravesando el aire tras mí. Me voltee y vi la Saeta de Fuego volar por el borde del bosque, descender hasta el cercado y detenerse en el aire, a mi lado, esperando que la montara. La multitud alborotaba aún más... Bagman gritaba algo... pero mis oídos ya no funcionaban bien, porque oír no era importante...
Pasé una pierna por encima del palo de la escoba y di una patada en el suelo para elevarme. Un segundo más tarde sucedió algo milagroso.
Al elevarme y sentir el azote del aire en la cara, al convertirse los rostros de los espectadores en puntas de alfiler de color carne y al encogerse el colacuerno hasta adquirir el tamaño de un perro, comprendí que allá abajo no había dejado únicamente la tierra, sino también el miedo: por fin estaba en mi elemento.
Aquello era sólo otro partido de quidditch... nada más, y el colacuerno era simplemente el equipo enemigo...
Miré la nidada, y vi el huevo de oro brillando en medio de los demás huevos de color cemento, bien protegidos entre las patas delanteras del dragón.
—Bien, tácticas de distracción. Adelante—me dije a mi mismo.
Descendí en picado. El colacuerno me siguió con la cabeza. Sabía lo que el dragón iba a hacer, y justo a tiempo frene mi descenso y me eleve en el aire. Llegó un chorro de fuego justo al lugar donde hubiera estado si no me detenía, pero no me preocupe es como esquivar una bludger.
—¡Cielo santo, vaya manera de volar! ¿Ha visto eso, señor Krum? —vociferó Bagman, entre los gritos de la multitud, me eleve en círculos. El colacuerno seguía siempre mi recorrido, girando la cabeza sobre su largo cuello. Si continuaba así, se marearía, pero era mejor no abusar o volvería a echar fuego. Todos estaban emocionados, gritando.
Empecé a volar, primero, por un lado, luego por el otro, no demasiado cerca para evitar que echara fuego por la boca, pero arriesgándome todo lo necesario para asegurarme de que la bestia no me quitaba los ojos de encima. La cabeza del dragón se balanceaba a un lado y a otro, mirándolo por aquellas pupilas verticales, enseñándole los colmillos...
Remonte un poco el vuelo. La cabeza del dragón se elevó conmigo, alargando el cuello al máximo y sin dejar de balancearse como una serpiente ante el encantador, me lastimé el hombro, pero logre escapar del colazo que me mando. Tengo que provocarlo lo suficiente para que me siga.
—¡Vamos! —lo rete en tono burlón, virando sobre el dragón para provocarlo.
— ¡Vamos, ven a atraparme...! Levántate, vamos... —La enorme bestia se alzó al fin sobre las patas traseras y extendió las correosas alas negras, tan anchas como las de una avioneta, y me lance en picado. Antes de que el dragón comprendiera lo que estaba haciendo ni dónde se había metido, me dirigí al suelo a toda velocidad, hacia los huevos por fin desprotegidos. Solté las manos de la Saeta de Fuego... y cogí el huevo de oro.
Y escape acelerando al máximo, remontando sobre las gradas, con el pesado huevo seguro bajo mi brazo ileso. De repente fue como si alguien hubiera vuelto a subir el volumen: por primera vez llegue a ser consciente del ruido de la multitud, que aplaudía y gritaba tan fuerte como la afición irlandesa en los Mundiales.
—¡Miren eso! ¡Mírenlo! ¡Nuestro paladín más joven ha sido el más rápido en coger el huevo! ¡Bueno, esto aumenta las posibilidades de nuestro amigo Potter! —gritó Bagman, vi a los cuidadores de los dragones apresurándose para reducir al colacuerno; y a la profesora McGonagall, el profesor Moody y Hagrid, que iban a toda prisa a mi encuentro desde la puerta del cercado, haciéndome señas para que me acercara. Aun desde la distancia distinguí claramente sus sonrisas. Volé sobre las gradas, con el ruido de la multitud retumbándole en los tímpanos, y aterricé con suavidad, con una felicidad que no había sentido desde hacía semanas. Había pasado la primera prueba, estaba vivo...
—¡Excelente, Potter! —dijo bien alto la profesora McGonagall cuando baje de la Saeta de Fuego. Viniendo de la profesora McGonagall, aquello era un elogio desmesurado. Le tembló la mano al señalar mi hombro.
—Tienes que ir a ver a la señora Pomfrey antes de que los jueces muestren la puntuación... Por ahí, ya está terminando con Diggory. —aun siento la adrenalina en mi cuerpo.
—¡Lo conseguiste, Harry! ¡Lo conseguiste! ¡Y eso que te tocó el colacuerno, y ya sabes lo que dijo Charlie de que era el pe...! —dijo Hagrid con voz ronca.
—Gracias, Hagrid —le corte para que Hagrid no siguiera metiendo la pata al revelarle a todo el mundo que había visto los dragones antes de lo debido. El profesor Moody también parecía encantado. El ojo mágico no paraba de dar vueltas.
—Lo mejor, sencillo y bien, Potter —sentenció.
—Muy bien, Potter. Ve a la tienda de primeros auxilios, por favor —le dijo la profesora McGonagall. Salí del cercado aun jadeando y vi en la entrada de la segunda tienda a Madame Pomfrey, que parecía preocupada.
—¡Dragones! —exclamó en tono de indignación, tirándome hacia dentro.
La tienda estaba dividida en cubículos. A través de la tela, distinguí la sombra de Cedric, que no parecía seriamente herido, por lo menos a juzgar por el hecho de que estaba sentado. Madame Pomfrey examinó mi hombro, rezongando todo el tiempo.
—El año pasado dementores, este año dragones... ¿Qué traerán al colegio el año que viene? Has tenido mucha suerte: sólo es superficial. Pero te la tendré que limpiar antes de curártela —Limpió la herida con un poquito de líquido púrpura que echaba humo y escocía, pero luego le dio un golpecito con la varita mágica y la herida se cerró al instante.
—Ahora quédate sentado y quieto durante un minuto. ¡Sentado! Luego podrás ir a ver tu puntuación. —Salió aprisa del cubículo, y la oí entrar en el contiguo y preguntar ¿Qué tal te encuentras ahora, Diggory?
Me puse de pie para asomarme a la puerta, pero antes de que llegara a ella, entro una persona a toda prisa: Draco.
—¡Harry, has estado genial! ¡Alucinante! ¡De verdad! —me dijo Draco emocionado, pero de igual forma nervioso, me abrazo, lo cual hizo que me relajara, aspire su aroma, como lo extrañaba.
—¿Cómo estás? Los chicos no pudieron venir, pero te mandan sus felicitaciones, quedaron impresionado con tu forma de enfrentarte al dragón—continúo besándome, claro que primero se cercioro que no hubiera nadie cerca.
—Harry—dijo Ron muy serio. Acababa de entrar a la tienda con Hermione, quien miraba con desprecio a Draco.
—Te dejo, nos vemos despues—me susurro Draco, y salió ignorando a mis amigos.
—Ahora sé que no fuiste tú quien pusiste tu nombre, sino alguien que quiere matarte—dijo serio Ron.
—Lo has comprendido, ¿eh? Te ha costado trabajo. —conteste fríamente.
Hermione estaba entre nosotros, nerviosa, paseando la mirada de uno a otro. Ron abrió la boca con aire vacilante. Me di cuenta de que quería disculparse y comprendí que no necesitaba oír las excusas.
—Está bien, olvídalo, pero tengo que contarte algo importante para mí—dijo, antes de que Ron hablara, le dije lo mismo que a Hermione, exactamente las mismas palabras, tengo la esperanza que él lo acepte, aunque no soy estúpido sé que su reacción será peor que la de ella.
—No puedo creer que salgas con el maldito hurón, acaso olvidaste todo lo que nos hizo, te tiene hechizado, hay que decirle a Dumbledore, el sabrá que hacer—dijo buscándolo, suspire realmente decepcionado, por suerte le aplique el mismo hechizo que a Hermione.
—¡Olvídalo! Sabes, envidio a Draco en este aspecto, sus amigos me aceptaron y no me despreciaron —dije con frialdad, mirándolos decepcionado.
Ron sonrió con frialdad, y me miraba con tristeza, para luego irse, Hermione se fue con él, sé que volveremos a ser amigos, pero no ahora, por lo menos no estaré solo, tengo nuevos amigos. Cogiendo el huevo de oro y la Saeta de Fuego, salí de la tienda. Me topé con los chicos afuera.
—Has sido el mejor, ni punto de comparación. Cedric hizo una cosa bastante rara: transformó una roca en un perro labrador, para que el dragón atacara al perro y se olvidara de él. La transformación estuvo bastante bien, y al final funcionó, porque consiguió coger el huevo, pero también se llevó una buena quemadura porque el dragón cambió de opinión de repente y decidió que le interesaba más Diggory que el labrador. Escapó por los pelos. Y Fleur intentó un tipo de encantamiento... Creo que quería ponerlo en trance, o algo así. El caso es que funcionó, se quedó como dormido, pero de repente roncó y echó un buen chorro de fuego. Se le prendió la falda. La apagó echando agua por la varita. Y en cuanto a Krum... no lo vas a creer, pero no se le ocurrió la posibilidad de volar. Sin embargo, creo que después de ti es el que mejor lo ha hecho. Utilizó algún tipo de embrujo que le lanzó a los ojos. El problema fue que el dragón empezó a tambalearse y aplastó la mitad de los huevos de verdad. Le han quitado puntos por eso, porque se suponía que no tenía que causar ningún daño—Blaise tomó aire al llegar conmigo, hasta el cercado. Retirado el colacuerno, fui capaz de ver dónde estaban sentados los jueces: justo al otro extremo, en elevados asientos forrados de color oro.
—Cada uno da una puntuación sobre diez—me explicó Theo.
Entornando los ojos, vi a Madame Máxime, la primera del tribunal, levantar la varita, de la que salió lo que parecía una larga cinta de plata que se retorcía formando un ocho.
—¡No está mal! Supongo que te ha bajado algo por lo del hombro... —dijo Daphne mientras la multitud aplaudía. A continuación, le tocó al señor Crouch, que proyectó en el aire un nueve.
—¡Qué bien! —gritó Pansy, abrazándome.
Luego le tocaba a Dumbledore. También él proyectó un nueve, y la multitud vitoreó más fuerte que antes. Ludo Bagman: un diez.
—¿Un diez? ¿Y la herida? ¿Por qué me pone un diez? —pregunte extrañado.
—¡No te quejes, Harry! —exclamó Draco emocionado.
Y entonces Karkarov levantó la varita. Se detuvo un momento, y luego proyectó en el aire otro número: un cuatro.
—¿Qué? ¿Un cuatro? ¡Cerdo partidista, a Krum le diste un diez! —exclamo Blaise furioso. Pero a mí no me importaba. No me hubiera importado, aunque Karkarov me hubiera dado un cero. Para mí, la indignación de Blaise, el saber que cuento con el apoyo de todos ellos es mucho mejor. No se lo dije a Blaise, claro, despues de todos son Slytherin y si algo me ha explicado Draco, es que decir esas cosas está de más, a pesar de que Ron y Hermione no me hablan, no me importa, me duele y mucho pero no pienso rogarles ni obligarlos a aceptar mi relación, ahora cuento tambien con el apoyo de muchos Ravenclaw y algunos Hufflepuff, la mayoría del colegio esta de mi parte.
—¡Están empatados en el primer puesto, Harry! ¡Krum y tú! —me dijo Charlie Weasley, precipitándose a mi encuentro cuando volvíamos para el colegio, les sonrió amablemente a los Slytherin.
—Me voy corriendo. Tengo que llegar para enviarle una lechuza a mamá; le prometí que le contaría lo que había sucedido. ¡Pero es que ha sido increíble! Ah, sí... me ordenaron que te dijera que tienes que esperar unos minutos. Bagman les quiere decir algo en la tienda de los campeones—lo mire irse corriendo al área donde están todos los dragones.
—Es amable, muy diferente a sus hermanos, que exceptuando por los gemelos son unos prejuiciosos—dijo sonriendo Pansy. Los chicos dijeron que me esperarían, por los que entre de nuevo a la tienda, a pesar de que Ron no acepto nada de lo que le dije, me siento relajado y tranquilo por habérselo dicho. Fleur, Cedric y Krum entraron juntos.
Cedric tenía un lado de la cara cubierto de una pasta espesa de color naranja, que presumiblemente le estaba curando la quemadura.
—¡Lo has hecho muy bien, Harry! —dijo sonriendo al verme.
—Y tú —dije, devolviéndole la sonrisa.
—¡Muy bien todos! —dijo Ludo Bagman, entrando en la tienda con su andar saltarín y tan encantado como si él mismo hubiera burlado a un dragón.
—Ahora, sólo unas palabras. Tienen un buen período de descanso antes de la segunda prueba, que tendrá lugar a las nueve y media de la mañana del veinticuatro de febrero. ¡Pero mientras tanto les vamos a dar algo en que pensar! Si se fijan en los huevos que están sujetando, verán que se pueden abrir... ¿Ven las bisagras? Tienen que resolver el enigma que contiene el huevo porque les indicará en qué consiste la segunda prueba, y de esa forma pueden prepararse para ella. ¿Está claro?, ¿seguro? ¡Bien, entonces pueden irse! —me fui con los chicos a la sala común de Slytherin, directo a la habitación de Draco, solo me quedare un rato ya que Fred me dijo que iban a ser una fiesta en mi honor, especulamos sobre la segunda prueba y les conté mi conversación con Ron. Solo espero que no tenga que enfrentarme a ninguna otra criatura.
Bueno chicas y chicos ¿qué les pareció?, espero que les haya gustado, para la próxima será la segunda prueba, ya solo quedan dos capis para el verano, pronto aparecerá nuestro pequeño Kitsune.
Por cierto tengo una nueva cuenta en Facebook por si quieren dejarme sugerencia o comentario, me es mas facil responder ahi que aqui, pero no duden que leo sus mensajes, lo unico que me es dificil contestarlo todos, aparezco como BellatrixBlack
Nos seguimos leyendo
Bella.
