¡Buenas! Aviso que se viene un cambio de Rated para que no me fleten la historia. ¡Así que, bienvenidos al rated M!
Los dejo con la lectura.
La perdición del zorro
¡No voy a emborracharme!
Todavía recuerdo bien patente aquella firme sentencia. Kaoru dijo esas palabras totalmente segura de llevarlas a cabo, sin embargo, muy lejos estaría de ello. Hoy puedo reírme de esa pasada anécdota, pero en aquel entonces para nada resultó gracioso. Al contrario, resultó preocupante y luego... doloroso.
Todo lo que pasó esa noche dolió tanto como me brindó esperanzas.
Sus ebrias acciones tendrían ciertas consecuencias para las que ella no se encontraría preparada. Después de todo, Kaoru seguía siendo una niña comparada conmigo. Ese día lo confirmaría. Sus ideas no estaban tan claras como las mías. Y eso que mi claridad tampoco era mucha, pero sí la suficiente. Ella solo se dejaba llevar, iba descubriendo sus sentimientos sobre la marcha. No podía juzgarla porque yo también hacía lo mismo, pero la gran diferencia era que yo me encontraba al menos unos dos pasos por delante de ella. Temía que al mirar atrás Kaoru ya no me estuviera siguiendo, o que se distrajera con algo en el camino: Kenshin, por ejemplo. Sentía que nunca iba a ser capaz de alcanzarme. A mí, una mujer sumamente calculadora, en absoluto me agradaba la idea de esperar, porque en esa espera muchas cosas podían pasar. Cosas que nos podrían alejar. No me daban seguridad sus lentos pasos, y para ser sincera tampoco los míos debido a que me encontraba pisando un terreno desconocido. Por primera vez en mucho tiempo temí que mi corazón saliese lastimado.
Por culpa de ese miedo, los sentimientos que iban en aumento y la incertidumbre de no saber qué nos depararía, yo empezaría a perder la paciencia.
Y el control.
Sin embargo, milagrosamente una sola palabra de su boca solucionaría aquello tanto como lo empeoraría. Esa misma noche que Kaoru confirmó que era una niña para algunas cosas, a su vez también demostró que era una adulta para otras. Para una en específica. Por estar encasillada en mis propios sentimientos olvidé una importante cualidad que ella poseía: valentía. Kaoru, a pesar de estar dos pasos detrás de mí, estaba dispuesta a pegar un atlético salto para alcanzarme y así enfrentarme.
Enfrentar...
Esa sería la palabra clave de la noche. Mi perdición y la llave que abriría la puerta de mi corazón. No..., miento. Miento descaradamente al decir que estaba cerrada. Desde que la conocí ha estado entreabierta con la esperanza de que ella se asomara con una preciosa sonrisa. Lo que no sabía era que esa sonrisa tendría tanto poder en mí, hasta el punto de casi sentirme manipulada. Esa noche descubrí que mi persona era más débil de lo que creía.
¿Esa noche? Ja... Veo que se convirtió en una afición mentirme a mí misma.
Cierto, no fue esa noche. Recapitulemos.
Es una realidad que desde que la conocí me llamó la atención, no puedo negar eso. Pero si tuviera que poner una fecha exacta de cuándo mi corazón empezó a desmoronarse, diría que fue poco después de escapar de las garras de Kanryū. Anteriormente mencioné que mi instinto femenino falló, ¿verdad? Bien, lo confirmo. Falló, y mucho. Luego de conseguir mi libertad seguiría fallando al percatarme de que me era imposible dejar de molestar a Kaoru con tal de ver esos tiernos berrinches que hacía. Ya no lo hacía solo por elevar mi ego o para divertirme, simplemente adoraba verla así. Además, no tenía otra excusa para ir a visitarla. Después de darle muchas vueltas al asunto, decidí que no sería tan malo darle pie al pequeño desliz que tuve antes de que derrotaran a Kanryū. Se volvió un deporte molestarla, pero allí quedaría todo. Sí, solo eso sería, no pasaría a más. No tendría sentido que lo hiciese.
Eso pensaba. Otra equivocación.
Con el paso de las estaciones, la situación empeoró. No podía evitar hacer lo que fuera para tocarla, abrazarla... Necesitaba sentirla cerca, cada vez más cerca. Tanto, que me asustaban mis propios deseos. Aún no los llegaba a comprender. En otras palabras, en mi cabeza no cuadraba que me gustara una mujer.
Al principio justificaba mis acercamientos con la simple razón de estar bromeando. No duré mucho así. Al poco tiempo ya ni me gastaba en justificar nada, solo lo hacía. Desconocía si mi inconsciencia se debía a que todo dejó de importarme o porque la paciencia ya no se encontraba de mi parte. Poco a poco la sensatez me abandonaba, saliendo por la puerta de atrás con una guasona sonrisa. No estaba pensando bien, por primera vez en mi vida era incapaz de controlar todas mis emociones y acciones.
El deseo empezaba a dominarme.
Uno que hasta no hace mucho ni sabía que existía. Tardé en descubrirlo, o, mejor dicho, en asimilarlo. En comprender los sentimientos detrás mis actos. Aquella noche, en la fiesta, los terminaría de comprender y aceptar. Confirmaría mis temores y, como si no fuera suficiente, me condenaría.
—Ahora lo sabes.
Sería la famosa frase que resaltaría mi condena. La que ella no respondería, al menos no con palabras. Basándonos en nuestro historial, no me sorprendió aquel hecho.
La sorpresa atacaba el rostro de Kaoru cada vez que me ponía un poco… Digamos, cariñosa. Sentí cierto rechazo de su parte al principio, lo cual era entendible. Ella no comprendía en su totalidad porqué me comportaba así. Sin embargo, para mi suerte -o quizás desgracia-, de a poco ese constante rechazo iría cambiando. Mientras más insistente era yo, más ella se mostraba amena a mis caricias. Sus mejillas siempre se sonrojaban a mi lado, su habla sonaba torpe, se volvía tímida y apenas podía mirarme a los ojos. ¿Tenía que tomar eso como un avance? Yo… ¿podía avanzar? ¿Era correcto hacerlo?
"¿Será que hay alguna oportunidad para mí?"
Mis latidos se desquiciaron cuando pensé aquello por primera vez. Cuando mi mente aceptó lo que hacía tiempo venía negando en el corazón.
Con ese pensamiento me derrumbé en más de un sentido.
Caí de rodillas al suelo con los ojos duros como una piedra. Me faltaba el aire. Guiada por esa verdad, la desesperación de hacerla realidad y la tristeza de no poder, unas traicioneras lágrimas se acumularon en mis ojos. Pestañeé y se derrumbaron todas juntas por mis mejillas.
Yo… a ella...
Me tapé la cara presionando las muelas.
¿Ahora qué es lo que tengo que hacer?
Esta vez nadie podría rescatarme, no podía pedir ayuda. ¿Cómo explicar la situación sin ser juzgada cuando yo misma me juzgaba por ello? Imposible. No podía hacer nada, tampoco debía. Y, sin embargo, ahí estaba, luchando contra lo imposible de igual manera. ¿Desde cuándo me había vuelto tan testaruda? Le atribuí la culpa a Kaoru, que me enseñó a nunca rendirme. Echarle la culpa a otro siempre era más fácil que asimilar tus problemas.
¿Kenshin, preguntan? Oh, claro. No me había olvidado de él, siempre le tendría un aprecio sumamente especial. Pero hasta ahí llegaría mi cariño. Irónicamente, con el tiempo Kenshin se convirtió en una mera excusa para verla a ella. El problema, más allá de mi pecadora persona, era que Kaoru no quería verme a mí, sino a él.
A él toda la vida.
Ya comenzaba a molestarme su intensa actitud para con el vagabundo; las sonrisas que le regalaba, lo mucho que le preocupaba. Era consciente de que no debía molestarme. Yo tenía que mantenerme neutra, eso era todo. No obstante, se me estaba haciendo imposible solo mirar cómo ambos con cada día que pasaba se enamoraban más y más. Kaoru no lo notaba debido a que es una distraída nata, pero yo sí. Yo sí notaba como el corazón de Kenshin empezaba a derretirse gracias a ella. Poco tardé en comprender que solo ella lograría curar esas cicatrices tan profundas con las que cargaba, además de la de su mejilla. Y el solo pensar en que llegaría el día en el que, posiblemente, Kaoru juntara valentía y le confesara sus sentimientos, me aterraba. No quería ver eso. Imaginarlo me fastidiaba, apenas podía controlar los cambios de humor con esa imagen rondando por mi cabeza.
Pero… más me fastidió el hecho de que la partida de Kenshin convirtiera a Kaoru en lo que ahora observaba con el ceño fruncido: una persona vacía, con unas inmensas ojeras e incapaz de salir de la cama.
Una muñeca rota.
Lejos se encontraba esa imagen de la que estaba acostumbrada a ver, como la que vi esa noche en la fiesta de Sanosuke. Esa noche que ella me dio la bienvenida, y yo lo único que pude hacer fue…
—Deja que te sirva, Kenshin. —Kaoru le sonrió y agarró el Tokkuri para servirle el Sake.
—Eres muy amable, Kaoru-dono. —Kenshin sonrió de igual manera y yo cerré los puños, irritada.
Sí, lo único que pude hacer fue lo que mejor sabía hacer: ser una zorra.
—Vaya, Kaoru… ¿Ni siquiera sabes servir Sake? —le pregunté, apegándome al hombro de Ken incitantemente—. Hablando de servir, no sirves para nada. Déjame a mí, te mostraré cómo se hace. —Le robé la botellita de la mano y comencé a servirle a Kenshin.
Kaoru, para variar, se mostró descontenta con mi comportamiento, así que no dudó en arrancar una batalla. Nuestra supuesta amistad se disipaba cuando los celos le ganaban, o al menos eso pensaban los que disfrutaban el espectáculo desde afuera.
—¡Yo primero! —Me sacó la botella de la mano. Yo miré mi palma vacía y subí los ojos hacia ella en un desafío.
—Las mocosas no deberían estorbar. —Se la robé de nuevo—. Toma, Ken. —Incliné la botella encima de su vaso para servirle.
—Muchas gracias, Megumi-dono. —Aunque el pobre hombre se encontraba incómodo en medio de nosotras, contestó con educación. Así era él. Sonriendo con nerviosismo, se rascaba la cabeza.
Kaoru intercaló los ojos entre nosotros con furia y se cruzó de brazos.
—¿Qué es eso de "Muchas gracias, Megumi-dono"? —imitó su voz nasal. Yo reí lo más disimulada que pude. Tan adorable…— ¡Bien! ¡Haz lo que quieras! ¡No te serviré nunca más! —Le sacó la lengua.
Kenshin le sonrió de un modo arrepentido. Abrió la boca para contestarle y entonces decidí volver a entrar en escena.
—Keeen-san —lo llamé ya con unos buenos traguitos encima, colgándome de su brazo. Me encontraba un poco picante, pero controlable. Yo sí sabía beber, muy por el contrario de la chiquilla que me contemplaba relinchando los dientes—. Yo también quiero que me sirvan… —Le acerqué el vaso que él usó antes. Kenshin comenzó a servirme manteniendo una expresión tensa.
El mapache se horrorizó al verme beber.
—E-Están bebiendo del mismo vaso…
—Está delicioso… —ronroneé, esbozando una sonrisa ganadora. Ella se tapó la boca y negó con la cabeza.
—¡Los adultos son tan asquerosos! —exclamó, indignada. Y yo, ajena a su disgusto, lo único que podía pensar era que quería continuar siendo asquerosa… pero con ella.
—Si tanto te molesta lo que ves, ¿por qué no creces y te conviertes en uno? —Tiré una fulminante oración digna de un zorro.
—¿Qué dijiste? —masculló entre dientes.
—Lo que escuchaste, mocosa.
La situación se me fue de las manos. No tenía porqué provocarla así y arruinar el ambiente sin necesidad alguna. Cuando acepté ir a la fiesta en absoluto era mi idea molestarla, al menos no tanto. Pero… no pude evitar irritarme cuando vi que me ignoraba completamente gracias a la presencia de Kenshin. Quizás hubiera mantenido la compostura si no fuera porque antes de llegar a su casa tuvimos un momento... algo conmovedor. No podía creer que éste hubiese desaparecido tan rápido, tal como si nunca hubiese existido. Llegué a preguntarme si fue un espejismo.
Apenas llegamos al fondo de su casa me soltó la mano, dejándome con una sensación de vacío, me devolvió el Haori con una sonrisa y corrió hacia Kenshin. Me quedé parada en el patio observando cómo lo ayudaba a servir la comida. Mientras los miraba, un amargo sentimiento crecía en mi pecho. Cuando empezó la fiesta éste atinó a aumentar, culpa de que Kaoru no me prestaba atención.
Yo también estoy aquí, ¿por qué no me ofreces un trago? ¿Por qué solo te fijas en él? ¿Para qué me invitaste si ni siquiera vas a mirarme?
Cuestiones sin sentido deambulaban por mi mente, transformando la tristeza en irritación, enfureciéndome más.
Al menos ahora yo no era la única furiosa.
—¡Bien, entonces yo también voy a beber! —Kaoru se cansó de mi lasciva actitud para con Kenshin y se sirvió un trago. Acto seguido, le dio un tremendo fondo blanco al Sake. Ese sería el inicio de la incorrecta noche que nos esperaría.
Yo la miraba, asombrada.
Oh, oh. ¿Es su primera vez bebiendo? Tengo un mal presentimiento...
—¡Kaoru-dono, no hagas algo tan imprudente! —Kenshin se alarmó como si, en vez de Sake, estuviera tomando veneno.
Yo lo espié de reojo, curiosa. ¿No estaba exagerando un poquito? Lo entendía por el lado de que, al nunca haber bebido, Kaoru experimentaría reacciones extremas. Por no decir que era muy factible esperar un desmayo de su parte. Pero ¿imprudente? Para que de verdad resultara imprudente, ella tenía que ser...
Agrandé los ojos de golpe. Cualquiera diría que había visto fantasma.
No me digas que ella es… No, imposible.
—¡Déjame en paz! —Kaoru continuaba sirviéndose una y otra vez, esquivando los ademanes de Kenshin, que intentaba frenarla.
—Pero si sigues... —Él puso una mano en su hombro y mi frente se arrugó.
No pensé cuando atajé su mano con fuerza.
—Te dijo que la dejes en paz, ¿por qué no lo haces? —Mis palabras sonaron más afiladas de lo que quería expresar. No soporté cuando la tocó. Todo me estaba superando, antes no perdía el control así. Estaba tocando fondo, pero él no tenía que notarlo. No lo notaría—. Vamos, deja a la chiquilla beber tranquila y come un poco de Tofu frito conmigo. —Le ofrecí con la voz más dulce que hallé, acercándole la comida con los Ohashi. Kenshin sonrió, intranquilo, y abrió la boca para comer.
Pero nunca llegó a darle un bocado.
—¡Hip!
Porque ese ruidito lo distrajo.
Los dos giramos el rostro, apuntando a Kaoru. Estaba cabizbaja y su cara se encontraba totalmente roja. Dicho de otro modo, el Sake le había llegado al cerebro. La expresión que puso Kenshin al verla... Ja, tuve que contener una carcajada. Me costó horrores. Estaba helado.
—¿K-Kaoru-dono? —la llamó en un hilito de voz, como si hablarle más fuerte la alterara. Kaoru levantó la cabeza de forma torpe y los ojos de Kenshin saltaron. Su rostro revelaba a la perfección el nivel de alcohol en la sangre: mucho.
—¡Kenshin! —exclamó con una voz chillona. El espadachín se enderezó como un soldado.
—¡S-Sí!
Ella se dedicó a mirarlo con la vista desenfocada y una mueca de fastidio. Y cuando creí que sacaría su espada de madera y comenzaría a golpearlo...
—¡Waaah!
Se puso a llorar.
Nuestras mandíbulas terminaron en el suelo. El Sake le consumió el cerebro en menos tiempo del que esperaba.
—¡Soy una inútil que no sabe servir sake! ¡Hip! —Lloriqueó—. No sé cocinar, no soy hermosa… ¡Hip! Soy una niña sudorosa sin más habilidades que el Kendo… ¡Hip, hip!
Mis cejas decayeron por su estúpido discurso. En la mayoría de las cosas tenía razón, pero debía diferir en una. Sí era hermosa. Condenadamente hermosa para mis pobres ojos que no podían dejar de admirarla.
Lo de niña sudorosa le afectó más de lo que pensé… Quizás no debí decírselo.
Sonreí de lado. Hasta en ese estado me generaba una ternura desmedida.
—¿La mocosa ya está ebria? Eso fue rápido. —mencioné con arrogancia, llevando mi cabello hacia atrás.
—Me temía esto... Según parece, Kaoru-dono es de las que lloran cuando se embriagan. —respondió Kenshin mientras yo comía el Tofu que le ofrecí.
—Patético.
—¡Esperen, me retracto! ¡Hay algo en lo que soy la mejor! —Kaoru se recuperó, pero no su voz. Sonaba resbaladiza. Yo apoyé el mentón en la mano con una sonrisita, dispuesta a disfrutar del espectáculo en silencio—. Soy la mejor en… Je... Je, je... —De pronto soltó una carcajada que provocó que el Tofu se me cayera de la boca. No solo lloraba, también reía cuando se emborrachaba. Todo un personaje digno de ser observado— ¡No, no puedo! Me da vergüenza decirlo frente a cierta persona... ¿Qué hago? ¿Lo digo, no lo digo? —prosiguió en un cantito, moviéndose de un lado a otro.
Mi expresión cambió por una intrigada.
¿Cierta persona?, ¿se refiere a mí? ¿Estoy soñando de más?
—¡Vamos, Jo-chan! ¡Dilo! —Sanosuke aplaudió sentado frente a nosotras— ¡Ja, ja! ¡Sí que estás delirando! ¡Quedaste peor que Yahiko! —Lo señaló. El niño estaba tirado en el suelo luego de probar el Sake. No le fue muy bien con ello— ¿Ven? Los menores de edad no deberían beber, comprobado. —Rió, y yo grité.
De verdad grité.
—¡¿Menor de edad?! —Me incliné hacia Kaoru, quién se tapaba la cara con una estúpida sonrisa— ¿Es cierto? ¿Eres… menor de edad?
Ella se destapó arrugando las comisuras de los labios.
—¿Y qué si lo soy? ¡Yahiko también bebió!
—No me refería a eso. —Le sostuve la mirada, impactada y comenzando a acalorarme—. Ni siquiera eres mayor de edad… Qué problema. —Me cubrí la boca, plantando los ojos en el suelo. Mis sospechas habían acertado.
—¿Qué pasa con ese "ni siquiera"? Pensé que lo sabías, siempre estás refregándome en la cara que soy una mocosa.
—Porque lo pareces, pero no pensé que... —Levanté la vista con sigilo— ¿Cuántos años tienes?
Kaoru achinó los ojos con recelo. Yo contenía el aire en la espera.
—Diecisiete.
Una invisible espada me atravesó el pecho al escucharla. Asumía que era menor que yo, pero no tan menor. Al menos para ésta nueva era que vivimos en Japón, era menor.
—Pensé que al menos tenías veinte… —dije, desesperanzada.
—¿Tan vieja parezco? ¿Qué problema hay con mi edad, mujer zorro? No te estaría entendiendo.
—Muchos. —Suspiré con pesadez y volví a mi lugar junto a Ken. Él me contemplaba con curiosidad.
Mujer, menor… Esto va de mal en peor.
Sin poder parar de suspirar, llevé el Sake a mi boca y bebí. Era todo lo que podía hacer para aminorar la preocupación que me atacaba. Sentía como si un gran cartel de "prohibido" se hubiese estampado en mi cabeza, y eso que ya bastante prohibida era mi situación actual.
¿Simplemente podría esperarla, no? En todo caso, Ken la tiene peor que yo. Oh, dios... Mucho peor. Le lleva como diez años.
Negué con la cabeza por mi estúpido pensamiento.
Un momento, ¿esperarla para qué exactamente? ¿Para... "eso"? ¿Por qué pensé en algo tan sexual de repente?
Claramente el alcohol estaba afectándome.
¿Qué demonios? Estoy delirando. No hay nada que esperar.
Bajé el rostro junto al vaso y me estremecí al tropezar con los ojos de Kaoru. Me miraba atentamente y con una profundidad que no comprendí. Yo también la miré. Y en medio de esas miradas, sonreí.
Bueno, tampoco es tan grave. No es como si fuera una infante.
Me convencí tan rápido que carecía de sentido lo consternada que estaba hacía un minuto. Por supuesto, lo correcto era estar preocupada. Pero solo bastaba ver sus dulces ojos y la tenue sonrisa que ahora me regalaba para tirar lo correcto muy abajo.
—Así que menor, ¿eh? —Aprovechando que Kenshin se levantó para hablar con Sanosuke, me senté a su lado. Kaoru, todavía con un aura borrachina rodeándola, me observó desconfiada—. Aunque lo seas, tengo que admitir que a veces no lo pareces.
—¿A veces?
—Cuando peleas… te conviertes en una adulta. —dije con sinceridad.
Y ahí estaba de nuevo ese hermoso rubor que nacía en sus mejillas cuando yo le hablaba de cerca. Rubor que me brindaba una esperanza que tal vez no me convenía tener.
—Por supuesto. Cuando me pongo el traje de Kendo y sostengo mi espada dejo de ser una niña. Soy un espadachín en ese momento. —explicó con seriedad, como si todo el alcohol que tenía en la sangre se hubiese evaporado. Kaoru realmente se transformaba con solo hablar de ello.
—Lo sé, te he visto pelear. No lo haces nada mal. —Cerré los ojos y le di un trago al Sake. Ella inclinó el rostro para verme mejor mientras de fondo escuchábamos la batalla de resistencia que libraban Sanosuke y Ken. Éste último perdió, pero más tarde librarían una verdadera batalla que sí ganaría. Aunque esa es otra historia que no me compete.
—¿Qué es esto?, ¿compasión? —preguntó, extrañada por mi comportamiento— ¿Por qué estás haciéndote la amiga luego de molestarme?
—¿Haciéndome? —repetí, revolviendo el Sake con aire pensativo—. No me hago. Lo soy, ¿no? Además, sabes que solo bromeo.
Kaoru rodó los ojos y apoyó las manos sobre el Tatami, relajando el cuerpo.
—Siempre bromeas cuando estoy cerca de Kenshin, qué coincidencia.
Fruncí los dedos contra mi pierna con una fastidiosa sensación trepando por ellas. Kaoru estaba tan lejos de la realidad que me era casi insostenible la frustración que sentía. Tenía ganas de gritarle que era una idiota por no ser capaz de ver más allá. Sin embargo, si lo hacía, la que terminaría siendo la idiota de la noche sería yo.
Pero qué digo... Ya lo soy.
Bajé el rostro, ensombreciéndome. Las emociones comenzaban a pesar.
—Solo… no soporto verte con él.
Kaoru llevó la cabeza hacia atrás, bufando. Lo que dije no le resultó una novedad, pero lo era.
—Dime algo que no sepa, zorro, porque eso lo sé bien.
—No, no lo sabes.
No sabes nada, no entiendes nada.
—¿Qué es lo que no sé? Habla claro.
Me humedecí los labios en un reflejo nervioso y negué con la cabeza.
—Nada, olvídalo. Estamos de fiesta, ¡disfrutemos! —Llevé otra vez el vaso a mi boca con tal de cerrarla, pero me detuve cuando noté a Kaoru observándome con unos curiosos ojos— ¿Quieres un poco, mocosa?, ¿o ya llegaste a tu límite?
—¿Ja? ¡Falta mucho para eso! —Acercó su vaso—. Sírveme.
Yo lo examiné en silencio y comencé a servir, pero no en su vaso.
—Ten. —Le di el mío. Kaoru se sonrojó, acción que me hizo reír en un murmullo.
—Pero…
—¿Qué pasa?, ¿no querías actuar como una adulta? Ahí tienes. —Rodeé el borde con un dedo— ¿O acaso te da asco?
—No es eso...
—Entonces… —Me incliné a su oído y acomodé un mechón detrás de su oreja—. Tomarás del mío y solo del mío en lo que resta de la noche, ¿de acuerdo?
Kaoru desvió la mirada, avergonzada y posiblemente preguntándose qué demonios me sucedía. Yo también me preguntaba lo mismo. Mi voz se volvía innecesariamente sugestiva cuando me encontraba cerca de ella, y mi discurso más. No podía controlarlo. Todo se activaba por sí solo, en especial con el alcohol dando vueltas por mi sistema. Empezaba a actuar, lento pero seguro.
—De acuerdo. —contestó luego de un instante, agarrando el vaso. Yo agrandé los ojos. No pensé que fuera a aceptar, incluso ya tenía una respuesta preparada para su rechazo. Al final no la necesité.
—Veo que estás ansiosa por crecer —mencioné mientras observaba cómo bebía. Sus rosados labios acariciaban el borde en donde yo bebí, sorbían lentamente. Pasé la lengua por los míos de modo inconsciente. No podía parar de pensar en que deseaba convertir ese indirecto beso en uno absolutamente directo— ¿Cómo está?
Kaoru bajó el vaso y esbozó una tímida sonrisa que me desarmó.
—Delicioso.
Tomé aire, ansiosa, y derivé la visión al suelo. Tenía que concentrarme con urgencia en otra cosa que no fueran sus labios.
—Toma. —Me sirvió a mí. Sujeté el vaso y admiré el contenido como si fuera el elixir de la juventud—. Es tu turno, vieja.
Mi ceja tiritó. Ella solita consiguió mutar mis lujuriosos pensamientos.
—¿Cómo me dijiste, mocosa?
—¡Vieja! —Me mostró los dientes en una sonrisa.
—Por si no lo sabías, tengo veintidós años. ¿Dónde me ves vieja? Para ese término me faltan muchos más, insolente. —respondí, para luego beber con una soberbia expresión. Mi frente se relajó al sentir húmedo el borde del vaso. Humedad de sus labios.
Ah... Otra vez.
—Pareces disfrutarlo.
Escupí todo.
—¿Q-Qué dices? —Me limpié con una servilleta lo más disimulada que pude. Ella rió.
—El Sake, pareces disfrutarlo.
—Oh, claro... El Sake.
—¿Qué?, ¿pensaste en otra cosa? Pervertida...
La miré de soslayo. ¿Era consciente de que me estaba provocando? ¿Era siquiera consciente de las consecuencias de ello?
—¿Estás jugando conmigo? —me animé a cuestionar. Kaoru levantó las cejas y esta vez fue ella la que comenzó a acercarse a mi oído. Apoyó una mano sobre la mía, revolucionándome por dentro.
—Tanto como tú estás coqueteando conmigo...
Se me entrecortó la respiración.
¿Se estuvo haciendo la idiota todo este tiempo?
El que así fuera me hizo percatarme de que, en efecto, yo estaba coqueteando con ella. De forma inconsciente, pero lo estaba haciendo.
Deslicé los ojos hacia Kaoru. En sus pupilas vi las mías reflejadas: brillaban con hambruna. Las suyas también brillaban. No podía descifrar lo que ese intenso resplandor significaba. ¿Deseo, nervios, emoción? Lo que fuese, me daba esperanza.
Y valentía.
—Y si así fuera… ¿te sería un problema?
Ella soltó un ruidito en mi oído y lo abandonó. Seguí con la mirada cómo volvía a su lugar, ya no tan tranquila, y comenzaba a arreglarse la cinta rosada que amarraba su cabello. Sus mejillas estaban enrojeciendo.
—Estoy muy borracha como para que sea un problema, y más para entender lo que está pasando.
Mi corazón se aceleró a los golpes, cerrándome el pecho. ¿Eso era… un permiso? De una borracha, ¿pero permiso al fin? Se dice que los borrachos siempre dicen la verdad, así que...
—¿Estás segura? —pregunté en un murmullo, atrapando su mano sobre el Tatami y buscando sus ojos, que hacían lo imposible para evitarme. Ella miró el agarre de reojo—. Si me das permiso para atacar, lo haré sin dudar.
—¿Atacar? ¿Acaso debo ir a buscar mi espada? —bromeó.
Yo reí por lo bajo, apegándome a su hombro. Sus pupilas declinaron hasta mi torso, justo donde las curvas de mis pechos, apretados por la posición, se asomaban por el Kimono.
—No la vas a necesitar para lo que voy a hacer —ronroneé, subiendo una mano por su muslo, llevándome su Kimono conmigo—. Lo que menos querrás hacer será defenderte… mapache.
Kaoru detalló su Kimono arrugado y poseyó mis ojos con un rubor más intenso que el anterior, pero también con una mirada más determinada que antes. Sujetó mi mano, que intentaba invadirla sigilosamente debajo del Kimono, y, en vez de quitarla, reforzó el agarre.
—¿Quieres desnudarme, mujer zorro? —musitó cerca de mis labios— ¿Acá?, ¿enfrente de todos?
Esbocé una atontada sonrisa, cerrando los dedos en su pierna. Claro que quería. Moría por desnudarla y sentir en toda su gracia esa piel que comenzaba a arder entre mis dedos.
Ah… ¿Qué está pasando aquí? ¿Está bromeando? Y si lo está, que lo diga antes de que pierda el control.
—¿Eso te gustari-
—¡Jo-chan!
Kaoru se sobresaltó. Yo solté su pierna en un reflejo.
—¡Qué sorpresa verte tan pegada a Megumi! —Sanosuke nos interrumpió entre risas, ganándose una fulminante mirada de mi parte— ¿Desde cuándo eres amiga del zorro? ¿O será que el Sake ya te confundió?
—Cierra la boca, cabeza hueca. —espeté. Quería matarlo, lenta y dolorosamente.
—¡No estoy confundida! —exclamó ella, alejándose de mí. De pronto volvió en sí. Porque parecía fuera de sí, al igual que yo. El ferviente ambiente que se creó entre nosotras se destruyó. ¡Puf! Como si nada. Un alfiler pinchó la burbuja.
Maldito Sanosuke…
—¿Tenías que arruinarlo todo? Mira lo que hiciste, ya empezó a chillar de nuevo. —Descansé la mejilla en mi mano, suspirando— ¿No ves que no es fácil llevarse bien con esta mocosa?
Kaoru, conservando una sensata distancia, me observó con los ojos exageradamente estrechados.
—¿A quién le dices mocosa, vieja?
—A ti, ¿a quién más? —Le sonreí con un grado de maldad.
Y ahí arrancábamos de nuevo...
De fondo y entre el ruido de mi consciencia, que no dejaba de reprocharme mi incorrecto comportamiento para con el mapache, escuché a Kenshin reír. Pasé la visión a él. Estaba sentado al lado de Sanosuke. Éste último comenzaba a cabecear. Veo que molestarnos le robó la última pizca de energía que le restaba.
—¿Qué es tan gracioso, Ken-san? Estoy sufriendo aquí.
—¿Oro? —Él paró de reír y sonrió con gentileza—. Ah, solo pensaba que es genial que hayas conseguido una gran amiga, Megumi-dono.
—¿Amiga?
Kenshin hizo un ademán con la cabeza, señalando a Kaoru, quién continuaba haciendo un puchero cruzada de brazos.
Oh.
Muchas cosas pasaron al oírlo. Primero, las mejillas me ardieron por el hecho de relacionarme con el mapache de un modo natural. Ser oficialmente llamada su amiga me enorgulleció. Era como si hubiese esperado mucho tiempo por ser reconocida así. Segundo, y no menos importante, luego de procesar bien sus palabras y entender el significado detrás de ellas, me conmoví. Kenshin, para variar, me provocó un nudo en la garganta. Él solo quería que fuese feliz después de todo lo que pasé, quería que confíe en mis cercanos y volviese a formar una familia. Por estar ocupada peleando con mis sentimientos olvidé que gracias a que lo conocí estaba sentada aquí, en este hogar tan cálido, compartiendo una fiesta adornada de una deliciosa comida y de unas excelentes personas. El solo mirar a mi alrededor me llevaba a una inmediata comparación con mi oscuro pasado. Justamente la oscuridad se había acabado, y no recordaba haberle agradecido aquello como correspondía.
Entrecerré los párpados, emocionada, y gateé hasta llegar a su lado.
—Tú también eres mi amigo, Ken-san. Un preciado amigo —musité en su oído, para luego darle un abrazo que lo descolocó—. Gracias por todo.
Le debía mucho. Si no fuera por él, no hubiera conocido a los demás. Y tampoco a…
—¡Aléjate de Kenshin, mujer zorro!
Ah… Sí, al ruidoso mapache.
El emotivo momento acabó. Tiempo de volver al juego.
Liberé al vagabundo y me di la vuelta con una tajante sonrisa. Por culpa del abrazo, la atención de Kaoru volvió a centrarse en él, por ende, tenía que volver a provocarla para que regresara a mí. Soy una zorra, después de todo. Y eso hacen las zorras, ¿no? Provocar. Debo admitir que al principio no me encariñé mucho con ese apodo, ya que claramente inició como un insulto. Pero, como siempre en mi vida, pude darle la vuelta a la adversidad y terminé muy cómoda con él. ¿Razón? Porque de esa manera, con esa máscara puesta, podía esconder mis más profundos sentimientos. Podía molestarla sin que pensara que había algo detrás de mis actos. No obstante, lo que no preví fue que esconder a tal extremo mis emociones conllevaría a la gran consecuencia de rebalsarlas.
Pronto terminaría explotando. Más pronto de lo que pensé.
—¿Por qué debería alejarme, mocosa? —Apoyé el cachete en el hombro de Kenshin, que insistía en mantener una sonrisa tensa— ¿No deberías ir a dormir? La hora de los adultos ya empezó, ¿verdad, Ken? —Acaricié su pecho sugestivamente— ¿Qué tal si me haces unos masajes? Me duelen los hombros de tanto pelear con la chiquilla.
Ella tembló en el lugar y me señaló con el dedo, como si con éste pudiera dispararme.
—¡Yo seré una chiquilla, pero tú eres una desvergonzada! —exclamó con una ebria tonada, cosa que me hizo reír. Cierto, ella estaba un poco borracha. Por un minuto olvidé ese detallito.
—Vamos, vamos. No se peleen. —Kenshin meneó las manos—. Kaoru-dono no quiso decir eso, incluso fue a visitarte porque estaba preocupada por ti.
Agrandé los ojos de un tirón y observé a Kaoru, boquiabierta.
—¿Qué…?
El rostro de la implicada palideció.
—¡Kenshin, se te fue la lengua! —exclamó, acercándose a él con torpeza— ¡¿Por qué me haces esto?! ¡¿Yo qué te hice?! —Lo zarandeó por los hombros.
—¡¿Orooo?!
—¡Eres un idiota! ¡Te odio! —Kaoru llevó el puño hacia atrás mientras yo me tapaba la boca en un falso acto de sorpresa. Kenshin ni llegó a gritar. Kaoru le pegó un tremendo puñetazo que lo dejó estampado en el suelo.
Ahí quedó.
—Vaya… Cuánta energía. —Me agaché hacia Kenshin con una inocente expresión. Moví la mano frente a sus ojos; giraban fuera de órbita—. Oh, dios. No reacciona. —Acerqué la oreja a su nariz para ver si respiraba— ¡Ah, está vivo! Menos mal.
—Fui piadosa, solo por eso.
Me incorporé, hallando al mapache enrojecido hasta las orejas. Culpa del Sake y de lo que su vagabundo reveló. Tuve que reprimir la sonrisa que tenía ganas de esbozar histéricamente por verla.
Tan linda...
Hice un rápido escaneo de nuestro alrededor. Eramos las únicas que quedaban en pie, los demás ya estaban dormidos, por no decir desmayados. El doctor Gensai fue el primero en caer junto a las niñas. Yahiko no debió aceptar la propuesta de Sanosuke y beber siendo tan pequeño; estaba destruido. Por otro lado, Kenshin noqueado y el cabeza hueca tirado en una esquina durmiendo. Un hermoso desastre.
Sonreí.
Por fin solas. Bueno, casi.
Volví a mirar a Kaoru y la enganché tomándose un Sake con furia. A esta altura, y debido a nuestra acalorada charla anterior, no podía evitar preguntarme si se encontraba enojada por mí o por Kenshin. ¿De quién estaba celosa? ¿Me estaba haciendo ideas equivocadas? ¿Qué pasó con esa charla que tuvimos?, ¿actuó así por el alcohol? Tenía muchas preguntas trabadas en la garganta que me estaban carcomiendo los nervios, pero una sabia vocecita me decía que no convenía hacerlas, sino que era mejor actuar.
Actuar sin pensar de una buena vez.
—¿Y ahora quién me hará mis masajes? —pregunté, acercándome. Ella corrió el rostro, fastidiosa, y dejó el vaso de Sake sobre el Tatami.
—Nadie.
Me arrodillé a su lado acomodándome el Kimono con delicadeza.
—¿No vas a ayudarme?
—No.
—Ah… Eres tan testaruda. —Suspiré, para luego dejarme caer sobre sus piernas. Kaoru se tensó— ¿Por qué no le haces caso a Ken-san y eres más honesta con tus sentimientos? —le dije, observándola desde lo bajo. Sus piernas resultaron tan cómodas que deseé quedarme allí toda la vida. Mi cabeza se acoplaba a la perfección a ellas.
Kaoru evitó mis ojos como si yo pudiera ver la verdad detrás de ellos.
—Mira quién lo dice.
Me quedé contemplándola desde mi cómoda posición. Sin miedo, disfrutando el momento. Ella no se atrevía a mirarme, pero tampoco me sacaba de allí. Sus ojos me decían que era bien consciente de la extraña situación, y, sin embargo, parecía no tener la fuerza para echarme. O tal vez es mejor decir que ella no sabía qué hacer. Tenía la duda dibujada en el rostro y con suerte en el corazón.
—¿Es cierto lo que dijo? —pregunté en un murmullo, jalando su Kimono— ¿Fuiste a verme porque estabas preocupada? ¿No fue por la invitación de Sanosuke?
Kaoru mantuvo la vista impresa al suelo, debatiendo si decirme la verdad, y asintió tímidamente.
—Quería ver si te encontrabas bien.
Yo sonreí con suavidad.
Ah… Esta mocosa va a matarme.
—Ahora que te vi, lo estoy.
Ella me miró con un tenue sonrojo.
—¡Pero! aún quiero mi masaje, y ya que noqueaste a mi masajista… —Extendí las manos—… tendrás que hacerte responsable.
—Eso… fue tu culpa. No tengo porqué hacerlo.
Hice un pequeño puchero.
—¿Unas caricias en la cabeza, entonces? —Agarré su mano y la llevé a mi cabeza. De inmediato un calorcito me envolvió. ¿De dónde sacaba esa calidez? Era una fogata humana y yo un feliz gatito a su lado.
—¿Qué estás...?
—Por favor.
Kaoru relajó los párpados y fijó la vista en mis ojos, como si allí encontrara la respuesta a mi petición. Luego de un momento en los que pude ver la batalla interna que libraba, finalmente cedió y comenzó a acariciarme la cabeza con cuidado. Mis párpados también se relajaron al sentirla. No podía explicar con palabras la calidez que emanaba. Su mano, su tacto... tenía un toque mágico. Familiar, nostálgico. De pronto volví a ser una niña pequeña y me trasladé a la vieja casa donde vivía con mi familia. Hasta podía oler la comida de mi madre. Sopa de miso, ideal para el otoño. Hecho con amor.
—Solo por hoy, no te acostumbres. —Acompañó las caricias con un reconfortante murmullo, llevando mi flequillo hacia atrás.
Asentí, cerrando los ojos. Sus dedos enredándose en mis mechones me tranquilizaban. Sus uñas rascando suavemente el cuero cabelludo resultaban un somnífero natural. Quería dormirme justo allí, en sus piernas. Pero, al mismo tiempo, y en contraste con ese inocente deseo, también quería... Quería...
—Tu manito se siente muy bien —susurré, girando el cuerpo sobre sus piernas. Levanté un brazo y lo enredé en su cintura—. Mh… estás calentita.
Quería tocarla con urgencia.
Kaoru contrajo el vientre cuando me abracé con más fuerza a su espalda. Lo percibí contra mi rostro, al igual que sus palpitaciones. Su corazón latía tan fuerte que la vibración se expandía por todo su cuerpo, permitiéndome sentirla.
—Megumi…
—¿Hm?
Su voz no llegó pronto. Tardó como si estuviera aclarando las ideas, eligiendo bien las palabras o buscando la frase correcta para destruirme con ella.
—Me alegra que hayas venido.
Y al final eligió una frase simple, pero no por eso menos impactante.
Abrí los ojos contra su vientre y volví a cerrarlos, conmocionada. Lágrimas querían escapar. Ella no era de palabras dulces, no conmigo. Por eso... escucharla...
—¿En serio? —Hundí la nariz en su Kimono. Olía tan bien que me estaba volviendo loca. Su floral esencia desorbitaba a mis debilitados sentidos— ¿No soy una molestia?
—No ahora mismo. —respondió en broma.
—¿Aunque te esté obligando a acariciarme?
—Nadie me obliga a nada, lo hago porque quiero.
Su voz resonaba cada vez más reconfortante, serena, como si hubiera encontrado la paz en medio de esta extraña situación. Quería creer que, como yo, ella había decidido no darle vueltas al asunto y dedicarse a disfrutar de la mutua compañía. Darle vueltas implicaba confusión, temor y un posible escape de ambas partes. Todas emociones que no teníamos ganas de tener. Agradecí que sintamos igual. Solo había una contra: que llegáramos a la misma conclusión incentivaba a mis sentimientos a liberarse y a la mente a apagarse. Ya no la quería encendida, estorbaba.
—Entonces, supongo que tengo que agradecerte este buen trato. —Empecé a incorporarme de sus piernas. Ella me seguía con los ojos sin saber qué esperar. Sin embargo, éstos continuaban mostrándose tranquilos, sin miedo.
—¿Agradecerme?
—Sí... —Reposé una mano sobre la suya y con la otra acomodé un mechón detrás de su oreja. Ella me observaba con profundidad, al igual que yo—. Muchas gracias por todo, Kaoru —dije, inclinándome a su mejilla. La besé con suavidad—. De verdad..., gracias por siempre darme la bienvenida.
Sus manos, algo temblorosas, se animaron a subir por mi espalda hasta rodearme en un abrazo que me hizo sonreír sobre su mejilla. Despegué los labios de a poco, sin realmente querer despegarme, y apoyé la frente en su hombro correspondiendo el aprecio. La abracé con fuerza, como si de un reencuentro se tratase.
—Gracias a ti por aparecer en mi vida, Megumi —dijo contra mi oído, el cual ardió por su aliento—. Me gusta tu compañía, aunque suene increíble.
Sofoqué una risita y comencé a apartarme, pero no la solté.
—Esa es mi línea, mocosa. ¿Tienes que copiarme todo? —respondí cerca de sus labios. Kaoru sonrió y esta vez fue ella la que se inclinó a mi mejilla para besarla con dulzura.
—Tonta...
Mi corazón perdió el control al sentir esos blandos labios sobre mi piel. Cerré los dedos en sus brazos tratando de contener las ganas que tenía de agarrarle la cara y presionar su boca en un desenfrenado beso.
Contrólate... ¡Contrólate!
Ella se desprendió lentamente, ajena a lo que provocó, y sujetó mi cabeza por detrás.
—Te ves cansada... Puedes volver a descansar en mis piernas, si quieres.
No reaccioné a tiempo, apenas me podía mover. No confiaba en mis movimientos en ese momento. Ese beso me dejó suspendida.
—¿En serio...?
Kaoru asintió y con un tironcito hacia abajo empezó a llevarme hasta ellas. En el camino mi lujuriosa mente pensó de más.
Quisiera hundirme en otro lado... Dios, esto es tan difícil.
Apoyé la cabeza en sus piernas y ella retomó las caricias en mi cabello como si nada, como si mi ser no estuviera convulsionándose por dentro deseando cosas prohibidas.
—Descansa.
Asentí un poco entumecida y cerré los ojos dispuesta a tomar una siestita. Creía merecerla con todo el autocontrol que estaba imponiéndome.
—¿Y tú? —pregunté, aferrándome a su pierna cual niña pequeña. Me desconocía en ese instante. Desconocía cómo era capaz de reaccionar si ella seguía así. Tenía miedo de mí misma.
Kaoru apoyó la espalda en la pared y pasó la vista al patio.
—Yo estoy bien así.
La miré desde mi posición, intrigada. Ella también cerró los ojos. A pesar de estar sumamente cómoda en sus piernas, sabía que me costaría horrores dormirme gracias a ese inesperado beso. No pensé que fuese a devolvérmelo con tanta naturalidad.
Me rocé la mejilla, pensativa.
No tienes idea de lo que has hecho, ¿verdad?
Bufé y acomodé mejor la mejilla en su regazo, decidida a intentar dormir. Era muy probable que una situación así no fuese a repetirse, no podía desaprovecharla.
Desaprovechar... ¿En qué me he convertido?
Y así, pensando de más y con el corazón precipitado, en algún momento que pasé desapercibido me dormí. Seguro lo logré debido al agotamiento mental. Sin embargo, ni en sueños pude descansar. Kaoru se infiltró en ellos, tornándolos caóticos. ¿Por qué? Porque se mostraba un tanto... atrevida en mi sueños. Y desnuda. Muy desnuda. Quizás fue por eso que, así de rápido como cerré los ojos, los volví a abrir agitada. No pasó ni una hora que la mente ya me jugó en contra.
Me incorporé con el cuerpo acalorado y miré a Kaoru. Aún dormía. Su rostro se encontraba inclinado, los labios entreabiertos. Respiraba con tranquilidad, contrario a mí, que me costaba recuperar el aire por esas imágenes ficticias que todavía naufragaban por mi cerebro.
—Un sueño... —Me tapé la cara. No podía sacarme de la cabeza aquella Kaoru tan libertina sobre mi cuerpo; complaciéndome en todos los sentidos posibles, rozando mis puntos más sensibles, robándome gemidos.
Apreté las muelas y volví a mirar a la verdadera Kaoru. Ella hizo un dulce ruidito y comenzó a abrir los ojos, como si los míos por solo verla tuviesen el poder de despertarla.
—¿Megumi? —Se refregó un párpado— ¿Qué hora es?
—Tarde. Ya debe ser de madrugada. —respondí, apartando la vista. Me sentía avergonzada por ese maldito sueño, más aún porque lo tuve básicamente encima de ella. La sensación era similar a cuando te emboscaban de pequeña haciendo algo malo. Ese miedo a ser castigada.
—¿Madrugada? —repitió, haciendo un amague de levantarse. Yo me moví, dándole espacio— ¿Y Kenshin? No está aquí.
—¿Eh? —Lo busqué con la mirada y, ciertamente, no lo encontré donde Kaoru lo dejó desmayado la última vez. Pero él no era el único desaparecido—. Sanosuke tampoco está.
—Qué raro... —Se puso de pie con una preocupada mueca que no me agradó— ¿Deberíamos ir a buscarlo? No es común en él desaparecer sin avisar.
—Seguro Sanosuke lo llevó a apostar, no te preocupes. —Me levanté, acomodando mi cabello detrás de los hombros con fastidio. ¿No había forma de que no lo nombrara al menos por un rato? Me molestaba, pero tampoco podía culparla. Ya me parecía inusual que Sanosuke quisiera hacer una fiesta de la nada misma. Su comportamiento resultó sospechoso desde el principio, por no decir que esa fiesta sonaba a despedida. Algo andaba mal. Seguro Kenshin también se percató de eso. Y, por supuesto, él sería el primero en encargarse del problema.
No puedo decirle eso a Kaoru, la voy a preocupar más.
Confiaba plenamente en que el vagabundo solucionaría lo que fuera que estuviese ocurriendo, pero Kaoru no pensaba igual. Como siempre, se preocupaba de más.
Ella meditó mis palabras con los ojos clavados en el patio, tal como si esperara que Kenshin apareciera de entre la oscuridad.
—Espero que Sano no lo lleve por el mal camino.
Yo levanté una ceja.
¿De verdad? Estamos hablando de Battousai, el destajador. Cualquier camino que ese cabeza hueca le pueda presentar jamás se va a comparar con su pasado.
—Supongo que no debo preocuparme... ¿Estás para seguir un rato más? —preguntó, caminando hacia mí. Yo pestañeé, sorprendida. No esperaba que pasase de la preocupación a querer seguir de fiesta—. Parece que la noche es solo nuestra, así que... ¿Qué dices? —Detuvo los pasos con una perfecta sonrisa que me hizo sonrojar. Por ese maldito sueño quedé innecesariamente sensible.
—Claro, si te apetece...
Kaoru agrandó la sonrisa y dirigió la atención al cielo.
—La luna está muy hermosa esta noche —comentó, observándola como si se tratara de una pintura. Yo la observaba a ella. Sus marítimos ojos brillaban por la luz de la luna, tornándolos hipnóticos—. Sería una pena desperdiciarla.
—Sí, lo sería. —contesté como si estuviera bajo un trance. Kaoru regresó las pupilas a mí y puso una mano en mi hombro.
—¿Sake?
Yo asentí distraídamente.
—Sake.
Y, como quién no quiere la cosa, esa simple decisión cambiaría todo. Porque eso somos: decisiones. Si fuéramos más conscientes de ello tal vez no tomaríamos a la ligera algunas decisiones, como la que tomé esa noche.
Nos sentamos en las afueras del dōjō a beber y charlar. Charlar mucho. Creo que nunca habíamos hablado tanto como esa noche. Mientras todos seguían dormidos y Kenshin y Sanosuke desaparecidos, nosotras nos contábamos nuestras historias de vida. Ella me contó de su familia fallecida, de cómo heredó el dōjō de su padre y el profundo amor que le tenía al arte del Kendo. También relató cómo conoció a sus amigos, ahora también míos, y el importante vínculo que formó con ellos. Tan importante como para llamarlos "su extraña pero querida familia". Todo lo que yo sabía a medias, lo profundizó. No dejó nada afuera, o al menos eso creía. Y como se sinceró tanto, pensé que lo correcto era contarle mi historia también. Kaoru sabía parte de ella, pero no cómo fue que perdí a mi familia o el gran interés que mostré desde pequeña por la medicina. Le conté todo paso a paso. Mis ambiciones, mis temores e incluso mi mayor sueño, el cual nunca había revelado hasta ese día.
—¿Occidente? —preguntó ella, pasándome el Sake. Yo lo acepté encantada.
—Sí, siempre soñé con viajar al Occidente. Como sabes, la medicina a la cual me especializo, llamada Rangaku, es un tipo de medicina que combina elementos orientales y occidentales. No es sencilla, y aquí todavía es bastante desconocida. Por eso quiero viajar para aprender más. —Pasé la vista al cielo estrellado—. Mucho más. Solo allá podré avanzar realmente con mi profesión y convertirme en una verdadera doctora. —Un suspiro se me escapó al terminar de hablar. Era fácil decirlo, difícil hacerlo—. Es un sueño lejano, lo sé.
—Pero sueño al fin, ¡y creo que es increíble! —exclamó Kaoru— ¡Estoy segura de que podrás ir, Megumi! Lo único que necesitas es un contacto y un pasaje.
—No es tan fácil conseguir eso, niña. —dije, sonriendo de soslayo. La realidad, más allá de las dificultades comunes, era que me costaba abandonar Japón. Aún tenía una leve esperanza de encontrar a mi familia perdida. Pero también... lo que me ataba a este país era lo doloroso que resultaría el dejar de ver a la parlanchina mocosa que me animaba en ese preciso momento.
—¡Claro que es fácil! El doctor Gensai tiene un conocido que estudia en Alemania, ¿lo sabes, no? ¡El contacto ya lo tienes! —insistió con una gran sonrisa. Yo la contemplaba, abstraída—. Y respecto al pasaje del barco, nosotros ahorraremos para ayudarte. ¡Ah, puedo dar más clases de Kendo para conseguir dinero!
—Eso no es necesario, tonta.
—¡Lo es! —Sujetó mis manos con energía— ¡Somos tus amigos, para eso estamos!, ¡para ayudarte!
Entorné los párpados, feliz. Muy feliz por su apoyo, pero también... algo decepcionada.
—¿No me extrañarías?
—¿Huh?
—No parece molestarte mucho que algún día me vaya...
Kaoru arqueó las cejas de un modo angustiosos y llevó los dedos a mi mentón, que había decaído por la pesadumbre que sentía. Lo levantó con delicadeza, haciendo imposible que no me perdiera otra vez en su dulce mirada.
—Molestarme no, entristecerme sí. —Sonrió con suavidad—. Eres mi primera amiga y eres... muy especial para mí. Te extrañaría mucho. Pero no puedo ser tan egoísta como para impedir tus sueños, Megumi. Además... —Sus cachetes se sonrojaron—... yo solo quiero que seas feliz. Y si viajar es tu felicidad, te apoyaré.
Separé los labios, emocionada por su discurso. Quería llorar. Nunca nadie se había preocupado tanto por mí ni mostrado ese alto grado de confianza en mis habilidades. Ella de verdad creía que podía cumplir mis sueños. Ella... creía en mí.
Maldito mapache... ¿Cuánto más piensas desarmarme?
Bajé el rostro para evitar que viera las lágrimas que estaba a punto de derramar y apoyé la frente en su pecho. Kaoru, intuyendo que me quebraría, me abrazó y empezó a acariciarme la cabeza en lentos compases que me hacían suspirar.
Ah... Es tan cálida.
Deslicé las manos por su espalda con lentitud, como si así pudiera grabar en mis palmas la sensación de su cuerpo, de su calor.
Ya no puedo imaginarme... No quiero imaginarme una vida sin ti.
—¿Vendrías conmigo?
Su corazón se agitó.
—¿Qué...?
—Si llegara a darse el caso de irme..., ¿vendrías conmigo? —pregunté de nuevo, levantando el rostro para verla. Me tropecé con el suyo endurecido. No podía creer lo que le estaba proponiendo.
—¿Es... en serio?
Asentí con una pequeña sonrisa.
—Me gustaría mucho que vinieras.
Kaoru tardó en asimilar lo que dije. Tardó bastante, cosa que empezó a incomodarme. No sabía dónde meterme mientras ella continuaba observándome con los ojos cual platos. Me sentía a punto de escuchar la devolución de un jurado.
—¿Y Kenshin?, ¿no quieres que vaya también?
Fruncí el ceño. Finalmente habló, pero para decir algo desagradable. Siempre tenía que nombrarlo.
—Solo quiero que vengas tú. Deja de meterlo entre nosotras.
Sus mejillas volvieron a sonrojarse, en esta ocasión con más intensidad.
—¿Meterlo...?
—Entre nosotras, sí. —reafirmé con seriedad.
Kaoru tragó saliva. Y como si beber le diera la valentía para contestarme, me sacó el Sake de la mano y le dio un buen trago. Yo quedé a la espera de su respuesta sin quitarle los ojos de encima.
Ella, luego de lo que me pareció un minuto interminable, bajó el vaso carraspeando. Bebió tan rápido que la garganta le pasó factura.
—Su... Supongo que no estaría mal tomarme unas vacaciones de vez en cuando.
Una oleada de emoción me recorrió de pies a cabeza. Anhelaba escuchar aquello, pero no estaba preparada para hacerlo. No creí que fuera a aceptar. Los nervios me dominaron tanto como la inmensa felicidad que tenía atascada en el pecho.
—¿D-De verdad vendrías? Igual no me iría mucho tiempo, solo unos años. Luego de terminar de estudiar volvería a Japón. Es mi hogar, después de todo. Pero mientras tanto... podríamos conseguir una posada o algo parecido, ya sabes... —Me humedecí los labios. Los tenía secos—. Es decir, tampoco es seguro que pase. Solo estoy soñando en grande, así que pedirte que vengas conmigo suena apresurado, lo sé, pero...
—Megumi.
Me mordí la lengua de tan rápido que frené el habla. Me tapé la boca, adolorida. Ella rió al notar mi torpeza. Soné demasiado nerviosa. De pronto me sentía como una adolescente con las emociones descontroladas; un insulto a mi supuesta adultez.
—Es la primera vez que te veo tan nerviosa. —Se burló, destapándome la boca.—. Das algo de ternura, mujer zorro.
Desvié el rostro, intentando ocultar la vergüenza.
—Fue un pequeño desliz... por la emoción. No volverá a pasar.
—¿Emoción?
Regresé los ojos a ella con profundidad.
—La emoción de que vengas conmigo, Kaoru.
Esta vez fue ella la que se mostró sorprendida. Y avergonzada. Le costaba mirarme a los ojos.
—Yo... también estoy emocionada. —Se sirvió un Sake y lo tomó de un solo trago. Luego se sirvió otro. Yo la observaba, preocupándome.
—¿No deberías parar?
—¿Por qué?
—¿Porque eres menor y no debería estar dejándote beber? —Sonreí mientras ella me servía—. Si te desmayas será mi culpa. No me des problemas, mapache.
—¡Deja de joder con lo de menor! Soy lo suficientemente mayor como para tolerar el alcohol.
—Tu vocabulario está derrapando, eso no coincide con tu argumento.
—¡Oh, vamos! ¡Solo estoy festejando por nuestro futuro viaje! —exclamó, robándome el vaso de nuevo. Ni me dejó terminar de beber.
Kaoru tomaba rápido y con una expresión ansiosa, como al principio de la noche. Yo seguía examinándola en silencio. Si mi intuición no fallaba, esa forzada actitud festiva que mantenía era una careta para cubrir el nerviosismo que le generó mi propuesta y, peor aún, el haberla aceptado. Que bebiera tan desquiciadamente lo único que hacía era exponer lo que intentaba ocultar. ¿Acaso la había puesto en un aprieto?
—Kaoru...
—¡Deja de preocuparte, estoy bien! —Levantó el vaso en un brindis.
—... Si tú lo dices.
—¡Sí, palabra santa! ¡No puedes llevarme la contraria!
Solté una risita.
—Al menos no te lo acabes sola. —Hice un ademán con la mano, pidiéndole un trago.
—Trataré.
No trató mucho. Debí tomar en serio sus palabras, tanto como ella continuó tomando sin darle importancia a mis advertencias.
A la hora y mientras continuábamos hablando de la vida, poco tardé en percatarme de que su lengua comenzaba a resbalarse, sus mejillas no dejaban de estar sonrojadas y su discurso ya rozaba lo inentendible. Las risas desquiciadas, que tuve el "placer" de escuchar al principio de la noche, también habían vuelto.
En resumen: estaba completamente borracha.
—¿Kaoru? —la llamé, agarrándole el hombro. Ella volteó el rostro hacia mí con una sonrisa ebria.
—¿Hm?
Y resalto, muy borracha.
—Es todo, te pasaste. —Me puse de pie, jalando su brazo para levantarla—. Hora de dormir.
—¿Ehhhh? —Ella se dejó llevar por mi agarre, tambaleante y una mueca atolondrada. Sin embargo, cuando hicimos contacto visual, se puso seria. Yo arqueé una ceja, inquieta. En su estado no sabía qué esperar.
—¿Qué?
Kaoru comenzó a estirar los ángulos de la boca en una sonrisa guasona y de pronto enredó los brazos en mi cuello.
—¿Me vas a llevar a la cama? —preguntó cerca de mis labios. Mis palpitaciones aumentaron.
—Sí... —respondí en un ronco murmullo, sujetando su cintura. Al instante sacudí la cabeza, rogándome despertar. Yo también estaba un poco borracha. No tanto como ella, pero borracha al fin. Que Kaoru empezara a mostrarse atrevida no ayudaba a centrarme. El Sake hacía milagros en ella—. Vamos, la fiesta terminó.
Pasé su brazo por encima de mis hombros y comencé a llevarla a su habitación a las arrastras. Contemplé su rostro en el camino. Apenas tenía los párpados abiertos y su expresión era la de una persona totalmente ida. Tenía miedo de que se desmayase en cualquier momento, y eso me hacía sentir culpable.
¿Tomó tanto por lo que le dije? Tampoco es que le propuse matrimonio...
—Kenshin todavía no volvió. —mencionó con la voz quebrada cuando abrí la puerta de la habitación. Todo se encontraba en penumbras. Lo único que la iluminaba era el resplandor de la luna que entraba por el Shōji.
—No te preocupes, él sabe cuidarse. Mejor preocúpate por ti, mocosa, eres un desastre. —refuté, encaminándola hacia el futón. Me agaché para acomodarla sobre él. Ella cayó de culo y se rascó la cabeza con pereza—. Ponte el Yukata, sino vas a dormir incómoda.
Kaoru levantó un brazo y señaló el placard detrás de mí.
—Alcánzame dos.
—¿Dos?
—Para ti y para mí.
Mi corazón terminó en la garganta.
—No voy a dormir contigo.
Eso sería sumamente peligroso en mi estado actual.
—En el cuarto de huéspedes están el doctor Gensai y las niñas. Supongo que ya sabes lo mucho que ronca, no querrás dormir ahí. Y menos en el patio como un perro. —explicó, bostezando.
—Entonces volveré a la clínica.
—Es tarde, no es seguro y me da flojera acompañarte. Te quedarás aquí.
—No necesito que me acom-
—Ah... Deja de renegar y agárralos, mujer zorro —insistió, desatándose la cinta del cabello. Me perdí en sus mechones cayendo en picada—. Se me parte la cabeza...
Mierda.
Tragué saliva obligándome a borrar las inadecuadas imágenes que aparecían en mi mente por solo imaginarme durmiendo con ella.
No puedo perder la compostura así.
Bufé y, en contra de mi voluntad, fui hasta el placard. Por más de que la situación fuera peligrosa, no tenía ganas de luchar a las cuatro de la mañana con una borracha y menos de mostrarme tan nerviosa frente a ella. Mi orgullo estaba en juego.
—Si así son las cosas, supongo que no me queda otra que acompañarte. Al menos sacaré algo positivo de esta desgracia. —Agarré los Yukatas. Dejé uno sobre el futón, donde ella estaba cabizbaja, y me volteé para desvestirme—. Mañana tendrás una resaca inolvidable, y por suerte estaré en primera fila para verla. —Abrí mi Kimono y comencé a quitármelo, quedando en ropa interior. Lo dejé bien doblado en el suelo, para luego ponerme el Yukata. Todo con un silencio fúnebre que me parecía sospechoso.
Qué raro que la mocosa no está chillando... ¿Se durmió?
Giré el rostro y ahí quedé, congelada, cuando vi cómo Kaoru no me sacaba la vista de encima. No se durmió. Lejos de eso, estuvo atenta todo el tiempo que tardé en desnudarme.
Sonrojada, cerré el Yukata en mis pechos para cubrirlos. Sus ojos continuaban escaneándome de arriba abajo sin siquiera pestañear. No mostraban emoción alguna. Estaban en otro mundo.
—¿Q... Qué esperas? Vístete.
Ella se sobresaltó, como si hubiera despertado de una hipnosis, y miró la ropa que le dejé en el futón. Amagó a agarrarla, pero ésta se resbaló de sus manos como si fuera mantequilla.
—Ah... Mierda. —Se refregó la frente—. Me da vueltas todo, no puedo. Dormiré así.
—Ni se te ocurra. Vas a arrugar tu Kimono y estoy segurísima de que después me echarás la culpa de eso. Vamos, te ayudaré. —Me agaché para quedar a su altura y llevé las manos al cinto del Kimono. Empecé a desatarlo. Kaoru agrandó los ojos y me agarró las manos.
—¡No, no, no, no, no! ¡Puedo sola!
—Obviamente no puedes, tonta. Apenas puedes mantenerte despierta —espeté, forcejeando para que me soltara—. No voy a violarte, cálmate.
—¡Claro que lo vas a hacer! —exclamó, provocando que la mirara con disgusto—. No podrás resistirte apenas veas mi precioooso cuerpo.
Negué con la cabeza, indignada por su patético estado, y de un tirón jalé la cinta hasta quitársela. El Kimono se abrió, revelando parte de sus pechos. Kaoru se tapó con los brazos.
—Eso quisieras, mapache. No soy tan fácil. —dije, concentrándome en no mirar más allá de lo permitido. Ella tenía razón, pero no iba a admitir que su cuerpo era mi debilidad.
Kaoru infló los cachetes como si la hubiera insultado y se destapó los pechos apropósito. Mis ojos, traicionándome, se plantaron en sus pezones unos críticos segundos que me subieron la temperatura.
Rosados... completamente rosados.
—Te quedaste helada... Igual que yo cuando te vi desnuda.
Despegué las pupilas de sus pechos con un importante esfuerzo y miré su rostro. Ella sonreía con travesura.
—¿Qué? —pregunté.
—Cuando te bañabas. Vi tooodo todito. No me perdí un solo detalle de su magnífico cuerpo, doctora.
Mi ceja tiritó.
—¿Eres consciente de lo que estás diciendo?
¿Y de cómo me estás provocando?
—Totalmente.
Su ebria tonada, que resonaba en un cantito, no me convenció mucho. Es más, me dolió. Porque todo lo que decía se debía al alcohol, o al menos eso daba a entender. De esa forma, yo no podía ni quería actuar aunque sus palabras fueran muy tentadoras.
—¿Por qué me espiaste, insolente?
—Porque valía la pena, ¿por qué más?
—¿Es un chiste, mapache? El Sake se te subió demasiado a la cabeza. —Le di unos golpecitos en la frente. Ella se la refregó, gruñendo.
—Que quieras creerme o no es tu problema. —dijo, poniéndose de pie como podía. Me dio la espalda y se quitó el Kimono por los hombros. Éste cayó a sus pies, los cuales no me interesaron. Me encontré más interesada en la delgada curva de su espalda. Esa que llevaba a una curva mayor y mucho más voluptuosa.
Tragué pesado. Su cuerpo desnudo resultó mucho más magistral de lo que pensé. Estilizado, delicado y a su vez firme debido a los arduos entrenamientos. Todo estaba correctamente en su lugar.
Desobedeciendo a la cordura, que rogaba a los gritos que cambiase de dirección, trepé con los ojos por su espalda hasta llegar a sus pechos. Esta vez solo pude vislumbrar los costados de éstos, pero eso fue suficiente para que mi entrepierna se impacientara y me tirara una súbita alerta que casi provocó que rozara las rodillas entre sí para calmarla.
Tengo que salir de acá con urgencia.
—Esto fue una mala idea, no tengo ganas de lidiar con una borracha. Me voy.
Kaoru, que se encontraba cerrándose el Yukata, volteó el rostro hacia mí con una expresión pasmada. Me agarró el brazo.
—¡Espera!
Giré la cara hacia ella con una mueca peor. Una que parecía irritada de tan rígido que tenía el rostro con tal de que no se escapara un solo rastro de placer por haberla visto desnuda.
—¿Y ahora qué?
—No... —Bajó la visión con las mejillas coloradas—. No te vayas.
Mis dedos temblaron. El pecho comenzaba a pesarme, el deseo a dominarme. Quería morder esos cachetes como un maldito animal.
No... Si sigue así...
—Tengo sueño, mapache. Al menos déjame descansar lo que queda de la noche. —dije en una vaga excusa de que me dejara en libertad. Ella reforzó el agarre en mi piel.
—Duerme conmigo... —murmuró, enredando los brazos en mi cintura. Mis ojos se perdieron en los suyos. No podían estar más opacados; era una mirada ausente—. No quiero estar sola ahora.
Cerré los puños, ansiosa y con una eléctrica sensación trepando por mi cuerpo. Una que iba a estallar en cualquier instante.
—Por favor... —rogó a escasos centímetros de mis labios, que tiritaron por solo sentir su cálido aliento—. Te necesito.
Y eso fue todo. La impaciencia me ganó, tomando el mando de mi cuerpo.
—Imbécil... —Atrapé sus hombros y comencé a caminar hacia ella, haciendo que se fuera hacia atrás con torpeza. La estrellé contra la pared y estampé una mano a su costado— ¿Qué crees que estás haciendo? ¿No ves que estoy perdiendo la paciencia? Te recomiendo parar ahora. Si sigues así, esto se pondrá peligroso. —sentencié, atajando su mentón.
Kaoru observó de soslayo la mano que la acorralaba y volvió a mis ojos con una mirada desafiante. La que suplicó que me quedara había desaparecido.
—¿Estás amenazándome? ¿Qué significa esto?, ¿quieres pelear? —cuestionó. Yo estaba a punto de dibujar una sonrisa burlona, pero no me dio tiempo.
De repente, me empujó.
Me fui hacia atrás con la sorpresa tatuada en el rostro y caí de espaldas sobre el futón.
—¡Si eso quieres, eso tendrás! —exclamó, lanzándose hacia mí en una zambullida.
Abrí los ojos a más no poder cuando atrapó mis muñecas y las estrelló a los lados de mi cabeza.
—¿K-Kaoru?
Ella dibujó una sonrisa arrogante, reforzando el agarre. Yo bajé la vista, sonrojada, y vislumbré su entrepierna aplastada contra la mía.
¡Esto no terminará bien! ¡No tiene idea de lo que está haciendo!
—Levántate. —ordené, tratando de mantenerme neutra. Su cuerpo sobre el mío me desquiciaba.
—¿No querías pelear? Aquí estoy. ¿Por qué no tratas de defenderte? —me provocó, acercando el rostro.
Mis pupilas se clavaron en sus cercanos labios con hambruna. ¿Pelear? Ella estaba muy lejos de la realidad. ¿Cómo pudo malinterpretar tanto las cosas?
—Nunca dije nada de pelear.
—¿Entonces por qué me acorralaste? —preguntó, aprisionándome más al futón con el cuerpo. Yo apreté las mandíbulas. Sus largos cabellos caían sobre mi rostro, tal como lo había soñado hacía unas horas. Sin embargo, esta situación era diferente.
—¡Suéltame! No sabes lo que haces, estás borracha.
—No lo estoy.
—¡Lo estás! —Me desesperé, intentando soltarme. La maldita tenía una fuerza sobrehumana. Por más de que forcejeaba, no lograba liberarme—. Kaoru, en serio. Si sigues así... —Mis palabras quedaron ahogadas cuando se inclinó y enterró la nariz en mi cuello. Cosquillas me asaltaron apenas la sentí. Unas tentadoras cosquillas que estacionaron en mi estómago y comenzaron a revolotear de un lado a otro, descontroladas.
—Hueles muy bien... aunque seas una zorra. ¿Por qué siempre hueles tan bien? —Descendió la punta de la nariz por mi cuello, arrastrando la rodilla hacia arriba. Yo arqueé la espalda cuando sin querer presionó mi intimidad con ella.
No puede ser. Yo... de verdad...
Decliné los párpados con el aire fuera de sí y el corazón pidiendo clemencia.
¿De verdad me estoy excitando solo por esto? Ya no hay duda, ella... a mí...
Cerré los ojos con fuerza. En ese momento... En ese preciso momento que percibí su respiración contra mi piel no sólo terminé de aceptar que me gustaba, si es que quedaba alguna duda, sino que también empecé a apagarme. El interruptor que me conectaba con el mundo real se rompió.
Yo...
Elevé los párpados, sintiéndolos pesados. Algo estaba mutando dentro de mí. Una nueva persona quería florecer. Alguien que lejos estaba de importarle la moral y los futuros problemas. Pisoteaba brutalmente mi sensatez. No le interesaba destruirla, por el contrario, disfrutaba de hacerlo. Sonreía con maldad y me susurraba al oído que tomase a Kaoru por poco y a la fuerza, que le enseñara que no se puede jugar con una verdadera mujer. ¿Quién era esa persona?, ¿qué parte de mí podía resultar tan inadecuada?
Instinto..., lo llamaría más adelante.
—Kaoru... —Mi voz sonó dos octavas por debajo de lo normal. Me estaba yendo muy lejos—. Si no te levantas, voy a hacerte algo imperdonable.
Ella por fin soltó mis muñecas, como si mis palabras hubieran surtido efecto. Pero no, no lo hicieron. Apoyó las manos a los costados de mi rostro y me contempló desde lo alto con unos ojos lúgubres. Me sumergí en ellos, ida. Realmente ida.
Esos ojos... son iguales que los míos. ¿Yo no soy la única involucrada, entonces?
Seguí los continuos movimientos de sus pupilas. Brillaban ansiosas dentro de toda la oscuridad que las rodeaba.
Sí, no soy la única.
—¿Qué vas a hacer?, ¿golpearme? —preguntó, alzando una ceja.
—No, besarte.
Agarré el cuello de su Yukata y la impulsé hacia mí. Presioné sus labios con fuerza, tanta, que juré que los había partido. Kaoru ensanchó los ojos y ahí permaneció, congelada sobre mi boca. Muy diferente a mí, que me dediqué a saborearla. Sus labios eran tan jugosos, suaves y deliciosos... Superaban en demasía a los de mi sueño.
Aprovechando el lapsus que la atacó por ser su primer beso, hecho que resultó obvio, me tomé la libertad de continuar explorándola a mi antojo. Apresé su labio superior y luego me deslicé hacia el inferior. Lo arrastré hacia mí en una leve succión, queriéndome llevar también su sabor. Ella emitió un diminuto jadeo mientras yo me desprendía lentamente y con mucha fuerza de voluntad. Me quedé observándola con la mirada oscurecida, esperando por alguna reacción, algún consentimiento... Algo que me ayudara a entender esa maldita situación y que me permitiera seguirla.
Kaoru me mantuvo una dubitativa visión por unos largos instantes en los que no respiré, y, como si de un milagro se tratase, volvió a mis labios sin avisar. Mis pupilas saltaron al sentir cómo presionaba mi boca con una auténtica necesidad. La misma que yo sentía.
Cerré los ojos y la abracé por la espalda.
—Kaoru...
Separé los labios, deseosa, y asomé la lengua por ellos. La sumí en su cavidad y comencé a entrelazar nuestras lenguas entre suspiros placenteros. Había esperado tanto por ese encuentro... Tanto, que ya no podía contenerme.
Ella apretaba los párpados con ímpetu. Sus orejas se encontraban tan rojas que podía sentir su elevada temperatura. Orejas que no me privé de rozar con los dedos para sentir ese calor en carne propia, para continuar comprobando que yo no era la única implicada.
Ah... No puedo más.
Bajé la mano por la curva de su espalda, enredé el brazo en ella y me incorporé, dejándola sentada sobre mí. Kaoru me miró con cierta confusión, pero también con una transparente entrega. Sus ojos la exponían.
—Kaoru... —la llamé perdidamente, acercándome a sus labios, apegándola más a mi cuerpo por la espalda. Ella enlazó los brazos detrás de mi cuello cuando me incliné y besé sus labios de nuevo. Comencé a moverme despacio contra su rostro, enredando nuestras lenguas con más intensidad, intercambiando el aliento—. Mh...
Los jadeos me estaban traicionando, huyendo de la garganta sin pedir permiso. Los suyos no se quedaban atrás. Resonaban tímidos contra mí. Fallecían en mi boca y volvían a renacer cuando la dejaba en libertad para respirar.
—Megumi... creo que... —Un pequeño gemido reemplazó la oración cuando resbalé los labios por su mentón y estacioné en el cuello. Invadida por su embriagador aroma, empecé a besarlo, degustándome con esa piel, regalándole una húmeda sensación en cada beso— ¿E-Esto... está bien?
Adormecida, deslicé la lengua hacia arriba por su piel, para luego arrastrar hacia abajo los labios y succionarla, marcándola, haciendo que reforzara el agarre en mi cuello. Mis manos tampoco se quedaban quietas. Cada vez más se desesperaban en su espalda, subiendo y bajando por ella, arrugándole el Yukata de tan fuerte que la apretaba contra mí.
—En este momento no me importa si está bien o no, ya hice demasiadas cosas malas en mi vida como para que me importe —ronroneé contra su cuello. Pasé la lengua por él hasta atajar el borde de su oreja con los dientes, el cual no me contuve de morder. Ella sofocó un quejido—. Una más... no cambiará nada.
—Pero...
—Tu cuerpo está caliente... —Fruncí los dedos en su espalda, deseando sentirla más—. Eso significa que está reaccionando al mío. A mí.
A mis sentimientos, quise decir. Pero me dio miedo decirlo.
—E-Eso es...
—Tú empezaste esto —dije, volviendo a su rostro con una sonrisa. Comencé a subir las manos por sus muslos, llevándome su Yukata. Ella parpadeó cuando los atraje hacia mí de un tirón, quedando sus piernas flexionadas a los lados de mi cintura y nuestros cuerpos pegados—. Hazte responsable, mocosa. —Sujeté su mejilla y la obligué a regresar a mis labios.
Ya no podía parar. Mi juicio se nubló. El cuerpo de una mujer era tan diferente al de un hombre... Mucho más sensible, delicado y suave. Se acoplaba a la perfección al mío. Me generaba una necesidad de cuidarlo y a la vez de someterlo. Completamente exquisito. Pero estaba segura de que lo sentía así porque era a Kaoru a quién estaba tocando. La primera mujer que me atrajo en toda mi vida... y la última.
Devoré su boca unos buenos instantes en los que su respiración se aceleró y la fui liberando de a poco, dejando nuestro placer conectado en ambos labios. Uno que me llevé, relamiéndome los míos. Sus ojos no podían mostrarse más oscurecidos, panorama que me hacía feliz. Sin embargo, aunque su ser estaba reaccionando naturalmente al mío, su mente no parecía opinar igual. Lo percibía. Todavía se encontraba batallando contra la moral. Batalla que yo perdí cuando la besé.
Ella también debía perderla.
—¿Sabes? Una mujer adulta tiene ciertos deseos que las niñas no tienen. Si de verdad te consideras una adulta..., dime si los tienes —empecé a decir, trepando una mano por su firme abdomen y bajando la otra por la espalda. Kaoru tembló sobre mi cuerpo cuando la apegué más contra mí, consiguiendo que nuestros pechos se aplastaran— ¿Me deseas? Si es así, ya no eres una mocosa. En cambio, si no lo haces, estás a tiempo de detenerme. Pero date prisa, porque pronto... perderé lo que me queda de control.
Ella desvió la mirada, ruborizada, y descendió las manos por mi cuello hasta abrazarse a mi espalda.
—Lo hago.
Una satisfecha risita huyó gracias a su respuesta. Se veía tan vulnerable sobre mi cuerpo, tan frágil... Esa imagen quedaría para siempre grabada en mis recuerdos.
—Entonces, no hay nada más que decir.
Regresé a su boca con hambruna. Ella separó los labios, agitada, cuando sumí la lengua en su interior para proseguir esos besos que no quería que se acabasen jamás. Girar sobre su lengua, acariciarla con la punta, todo me hacía entumecer. Guiada por el momento, me animé a seguir bajando por su espalda hasta llegar al trasero. Lo presioné y comencé a levantarle el Yukata, descubriéndolo. Escondí los dedos debajo de la ropa para sentir su piel y entonces ella tembló. También sentí su vergüenza, pero no me importó.
Todo dejó de importarme por su culpa.
—Megumi, espera...
—No quiero esperar más —balbuceé, delineando su labio superior con la lengua. La despegué lentamente, frunciendo los dedos contra una de sus nalgas. Kaoru dobló la espalda con los ojos bien cerrados, como si no se atreviera a ver la realidad. La realidad de que su piel ardía entre mis yemas—. Eres tan hermosa...
Rompí el beso para derivar los labios a su cuello y continuar saboreándolo, besando cada parte de él. No conforme con ello y con el deseo en aumento, navegué la lengua por su garganta y torso, trazando un camino hacia un lugar mucho más sensible. Estaba perdiendo lo poco que me quedaba de autocontrol. El hambre que por tanto tiempo contuve finalmente me dominó.
Simplemente no podía parar de comer.
Entre besos, lamidas y mordiscos, deslicé hacia abajo el Yukata por sus finos hombros, descubriéndole los pechos, quienes aún continuaban protegidos a medias. Aparté el rostro y me di el regalo de admirarlos con la respiración acelerada, para luego zambullirme entre ellos. Kaoru apresó mi cabeza con fuerza. Mi respiración le hacía cosquillas. Las mismas que yo sentía cada vez más en la entrepierna.
—Megumi, yo... me siento un poco...
Su voz sonó tan quebrada como mi consciencia.
En blanco y con el rostro entre sus pechos, subí con las manos por su abdomen y los agarré por encima del Yukata. Comencé a presionarlos y a moverlos en círculos con un cuidado que no duraría mucho tiempo. Sus pezones resaltaban debajo del borde de la ropa, amagando con descubrirse.
—Tan preciosa... —murmuré con sus jadeos de fondo, detallando cómo gradualmente crecían debido a mis caricias.
No puedo parar...
Deslicé la lengua hacia arriba y luego la arrastré hacia el costado para cerrar los labios sobre una de esas esponjosas curvas. Mis manos se aferraron casi con rudeza de sus pechos cuando sentí esa blanda piel contra mi boca.
Quería más. Mucho más.
El aire me estaba abandonando. Tenía el pecho tan cerrado de la emoción y excitación que dudaba que pudiera volver a respirar con normalidad. Y ella... ¿Ella cómo se encontraba con lo que estaba sucediendo? Con lo que cada vez más estaba descubriendo en su cuerpo. Me encontraba tan metida en mis propios deseos que olvidé por completo su sentir.
Abrí los ojos antes de continuar explorándola y me incorporé para verla de frente. El aliento volvió a mí de golpe cuando la encontré, no solo con una oscura mirada y los cabellos desordenados, sino también pálida. Muy pálida y, según mi visión de doctora, a punto de desvanecerse.
No... ¿Me pasé con ella?
De pronto una información perdida golpeó la puerta de mi locura. Kaoru todavía estaba lo suficientemente ebria como para sentirse mareada y ¿no decírmelo? ¿O trató de decírmelo y no la escuché?
—¿Kaoru? —Acaricié su mejilla con el pulgar, preocupada. Ella apoyó la frente en la mía con la respiración entrecortada— ¿Te sientes bien?
Asintió frágil sobre mi frente. No me convenció. Ella, sin duda, se estaba forzando por mí.
—Kaoru...
Me mordí el labio, casi desangrándome, y desperté. Desperté de ese maldito instinto primitivo que se apropió de mi ser por unos minutos. Y me odié. Me odié por haberla llevado a tal extremo ignorando su borrachera. ¿Qué había hecho? Conocía su estado. Pero envuelta en los sentimientos reprimidos, la oportunidad de liberarlos y mi yo consciente apagado, lo pasé por alto sin darme cuenta.
Cerré los ojos, entristecida, y la abracé con fuerza.
—Perdóname... Me dejé llevar.
—Estoy bien, en serio... Nada más te iba a decir si podíamos ir un poco más despacio. —Ella trató de sonreír, acto que me destruyó, y se inclinó a mi oído— ¿Por qué no sigues?
—Idiota, si sigo es seguro que te vas a desmayar. No me hagas esto más difícil. —Se me estaba aguando la nariz; los ojos me ardían. Estaba a punto de llorar. Pasé de la felicidad a una completa tristeza en tan poco tiempo que apenas lograba sostener ambas sensaciones—. Yo... a ti...
—Solo estoy un poco mareada, no es para tanto.
—¡Lo es! —Destruí el abrazo, atajando sus hombros—. Es todo por hoy, necesitas descansar.
Ella bajó la vista con un dejo de angustia.
—No poder seguirte el ritmo... Lo siento, al final parece que sí soy una mocosa. No debí beber tanto.
Yo esbocé una sonrisa comprensiva y sujeté su mentón.
—Mi mocosa —murmuré contra sus labios, para luego besarlos con suavidad—. Solo mía...
Kaoru sonrió sobre mi boca al tiempo que yo me desprendí quedé mirándola, acariciándole el cabello, deslizando los dedos por esos largos mechones, convenciendo a mi mente de que lo ocurrido no fue un sueño. No había vuelta atrás, no podíamos retroceder aquellos fogosos besos y caricias. Tampoco estaba en nuestros planes cuestionarlos en ese instante. No era necesario. Todo quedó más que claro, al menos de mi parte. Pero, por las dudas..., decidí condenarme un poco más.
—Ahora lo sabes.
Ella abrió más los ojos, que en cualquier momento se cerrarían por el agotamiento.
—Ahora sabes lo que siento. —Comencé a inclinarme junto a ella para acostarla en el futón. Kaoru me miró desde lo bajo, descansando la cabeza en la almohada.
—Megumi...
Sin esperar una respuesta, acomodé bien el Yukata que le desarreglé. La arropé hasta el cuello, pellizqué su cachete con una sonrisa que demostraba arrepentimiento por mis acciones y comencé a levantarme.
—Mañana te voy a traer un remedio para la resaca. Ahora, descansa.
—¡Espera! —Agarró mi brazo con la última pizca de energía que le quedaba. Yo me incliné de nuevo, acomodando unos mechones detrás de mi oreja para que no cayeran sobre ella— ¿A dónde vas?
—A casa.
—No..., no te vayas. Nunca dije que te fueras.
Sonreí y sujeté su mano. Le di unas palmaditas antes de devolverla al futón.
—Niña tonta... No sabes con quién te estás metiendo, ¿no?
Ella hizo una desconcertada mueca mientras yo me acercaba más. Besé su frente en una despedida.
—Es necesario que me vaya ahora.
—¿Por qué? Quiero que te quedes.
Negué con la cabeza, soltando una risa susurrante.
—Tan inocente... Yo no soy tan buena como tú, mapache. —Me acerqué a su oído—. Podría violarte mientras duermes...
Kaoru se achicó en el lugar, sonrojada. Yo empecé a incorporarme de nuevo.
—Ahora que entendiste...
—Correré el riesgo.
Me detuve en seco y la miré, impactada. Ella me sonría con amabilidad.
—¿Qué...?
Kaoru sujetó mis brazos y tironeó, haciendo que cayera sobre ella.
—Que me arriesgaré con tal de que te quedes —contestó, rozando mis labios. Roce suficiente para que mis ojos se aflojaran y las convicciones también—. Además, ni que fuera a rehusarme si lo haces. ¿O acaso crees que hice lo que hice porque estoy borracha? No es así, Megumi. Sácate esa idea de la cabeza, porque sé que la tienes.
Su voz sonaba áspera y a punto de extinguirse. Pero, a pesar de todo, su discurso era sumamente sincero.
Ah... Va a matarme.
—Maldito mapache... —Cerré los ojos y presioné sus labios en un corto beso. Ella rió por lo bajo sobre mi boca— ¿Qué es tan gracioso? —Me desprendí para mirarla en un reproche.
Kaoru se limitó a señalar su costado en una indicación de que me acostara con ella. Miré un momento el sector, dubitativa, y suspiré. Rodé sobre su cuerpo, derrumbándome a su lado. Me tapé la cara y volví a suspirar.
—Eres tan cruel... No tienes idea de lo difícil que es esto para mí.
Kaoru se acomodó de costado para verme. Su sonrisa no se iba.
—¿Tanto te gusto?
Abrí los párpados contra el brazo y me destapé. Fijé los ojos en ella.
—¿No te di suficientes pruebas ya?
Ella desvió la mirada, pensativa, y de repente se impulsó hacia adelante. Tragué saliva cuando me abrazó y allí quedó, con el rostro hundido entre mis pechos. No podía ver sus expresiones, y lo creía esencial para descubrir sus verdaderos sentimientos.
—Mañana, cuando esté sobria, podremos hablar de eso. Tengo muchas cosas que quiero decirte y preguntarte, pero que ahora no puedo ni pronunciar. Me da vueltas todo...
—Mañana no vas a recordar nada. Laguna mental en camino. —atiné a decir, acariciándole la cabeza. Kaoru levantó el rostro.
—¿Por qué lo dices?
—Porque es tu primera borrachera, apenas puedes hablar y estás a punto de desmayarte. —Bufé—. Estoy más que segura de que pensarás que lo alucinaste todo.
No lo dije por decir. Más allá de sus visibles síntomas, también tenía esa certeza por experiencia propia. Mi primera borrachera fue así. Cuando me contaron al día siguiente todo lo que hice y dije, quise morir. De verdad, lo anhelé con el alma. Uno puede pensar que tiene el control y que dentro de todo conserva la dignidad, pero el alcohol se encarga de cambiar eso cuando menos lo esperas e incluso, como si fuera un mecanismo de defensa, de borrar tus recuerdos. Un panorama desalentador. Sin embargo, hay una parte buena de estar delirando, una que vuelvo a resaltar: los borrachos no mienten. Y eso me daba esperanza. Esperanza de que Kaoru, a pesar de estar destruida, estuviera siendo sincera con sus sentimientos. Pero eso solo lo confirmaría al día siguiente.
Suspiré otra vez. Esperar no era mi fuerte.
—Es un hecho, olvidarás todo.
Ella apegó los hombros al cuello, avergonzada por haber tomado de más. Volvió a hundir el rostro en mis pechos, como si allí encontrara refugio ante la deshonra.
—Entonces..., recuérdamelo. Si me olvido, recuérdame todo cuando despierte, Megumi.
Separé los labios, sorprendida, y bajé la vista.
—¿Y qué harás cuando te lo recuerde? —pregunté con temor.
Temor de que me rechazara. Kaoru aún no había dejado nada claro, fui yo la que se expresó en más de un sentido. No obstante, el que reconociera que le atraía... Ella no haría lo que casi concretó conmigo si no tuviera algún sentimiento, ¿verdad?
Kaoru se aferró más a mi espalda y respondió lo que sería mi perdición:
—Enfrentarte.
Y así, como si fueran sus últimas palabras, se durmió sobre mí.
Como dije al principio, esa palabra sería la que terminaría de desarmarme. Su valentía más. Kaoru, al otro día y luego de atar varios cabos sueltos, estaría dispuesta a enfrentar lo que pasó entre nosotras, por ende, también a nuestros sentimientos. Pero mi inseguridad y una sola sonrisa que ella le dedicaría a alguien más, me haría replantearme el arrastrarla a mi pecador mundo y a los peligros que conlleva vivir en él. Aquello provocaría que mi deseo por su bienestar superara mis propios deseos egoístas.
Al otro día... yo cedería lo que más quería por puro amor.
Lo que no sabía era que, al poco tiempo, yo volvería a ella cual imán cuando una inmensa situación de abandono se derrumbara sobre su espalda. Una que estaba dispuesta a recomponer con tal de verla sonreír una vez más. Aunque eso significara... el fin de mis esperanzas.
Continuará...
Y por acá dejo el capítulo tres. Bastante larguito, ya me parecía que estaba haciéndolos muy cortos para ser yo jajaja Espero que no se haya vuelto muy pesado.
En fin, ¡mil gracias por seguir leyendo y los leo en el próximo capítulo! ¡Besos!
Kaoru Tanuki: ¡Gracias por leer! Y sí, Kenshin no pinta mucho en esta historia, ¡pero lo va a hacer en otra! Hace bastante que tengo ganas de escribir una sobre él y Tomoe, y posteriormente de Kenshin con Kaoru, así que posiblemente cuando termine esta me vas a seguir viendo seguido dando vueltas por el fandom jajaj. ¡Te leo en el próximo, beso!
Setsuna M: ¡Gracias por leer! Qué alegría que te guste la historia :) Usualmente no me enfocaría tanto en profundizar el tema del "descubrimiento sexual", sino de la pareja en sí. En mis fics suelo narrar la sexualidad como algo natural que se va dando sin tantas cuestiones. Pero como esta historia está situada en una época medio difícil respecto a la orientación sexual (y más siendo Japón), decidí profundizarlo para que no parezca todo muy irreal jajaj ¡Te leo en el próximo, beso!
