Los personajes no me pertenecen son de J.K Rowling y Kishimoto

Summary: Harry se entera que cuando cumpla quince su parte criatura despertara dándole nuevos poderes y una pareja destinada para él, si eso no fuera poco descubre que tiene un primo en un mundo completamente diferente al suyo: El mundo Ninja, ahora luchara junto a su pareja para proteger todo lo que ama.

Parsel -"Hola"

Hechizos- Accio o Jutsus

Voz sobrenatural- Hola

Otro idioma "Hola"

Recuerdos, visiones [Hola]


Capítulo 11 La visión

Pov Draco

[Estaba en un laberinto, solo se escucha el viento, hasta que vi a Harry correr, esquivando ramas y cualquier cosa que se interpusiera en su camino, corrí detrás de él, tratando de alcanzarlo, pero por más que lo intentaba no lo lograba.

¡Harry! —grite con fuerza, pero no me escuchaba. De repente mire con horror que, al tomar una copa, desapareció, el escenario cambio, mirando alrededor quede anonado y con el corazón en puño, mi león, esta ensangrentado, tirado en el suelo, temblando, estamos en un cementerio, rodeados de mortífagos y un ser deforme que, sin duda, es quien no debe ser nombrado, en medio apuntando a Harry con su varita.

Harry, ¿Estas bien? —nada, no se movía, ni siquiera sé si está respirando. Sentí que me faltaba la respiración, esto no es un sueño, lo sé, es una visión, pero de igual forma me siento impotente viendo como lastiman a la persona que amo. La escena delante de mí, es algo que ocurrirá pronto, mis visiones nunca tardan en realizarse.

¿Qué pasa Potter? Ya no quieres jugar—siseo con frialdad, solo escucharlo me dio escalofrió.

Avada…—mire con horror, como le apuntaba en el rostro.]

—¡Harry! — grite desesperado, sentí el sudor en mi frente, me encuentro en mi cama, en los brazos de la persona por la que grite hace un momento.

—Tranquilo, solo fue una pesadilla—dijo acariciándome la espalda, lo abrace con fuerza y sin poder evitarlo, lagrimas cayeron sin control.

—Prométeme algo—estoy determinado a que esa visión no se cumpla.

—Lo que quieras dragón—dijo con preocupación.

—Pase lo que pase, no ganes este torneo, tuve una visión, no es exacta, solo sé que Voldemort regresara—murmure bajo y temblando.

—¿Eso te tranquilizara amor? —pregunto mirándome con ternura, acariciando mi cabello.

—Si, por favor, si me amas, si quieres que nos casemos en verano, no ganes el torneo, deja que cualquiera de los otros campeones gane—susurre aterrado, sé que es chantaje, pero no me importa, no sé cómo ese maldito volvió, por desgracia mi visión no me mostro nada en concreto, es la primera vez que veo a un ser querido tan involucrado, por lo general me muestra sucesos, que no afectan a una persona especifica. Supongo que al ser mi pareja destinada es diferente.

—Te lo prometo, te doy mi palabra de mago que no ganare este torneo, ni siquiera lo completare si eso te mantiene tranquilo, sabes que haría cualquier cosa por ti—dijo abrazándome y besando mi frente, suspire aliviado, no me importa si Hogwarts no llega a ganar, la única persona que me interesa esta en mis brazos.

Tengo que escribirle a padre e informarle sobre esto, Voldemort está a punto de regresar y todos deben de estar preparados, no podemos permitirnos ningún paso en falso, lo que odio de mis visiones es la poca información que estas me muestran.

—Ahora vamos a dormir—dijo acostándose y halándome para quedar dentro de sus brazos, suspire aliviado, porque tenerlo cerca me da seguridad. Me acurruque, solo espero no haberme equivocado al hacerle prometer no ganar el torneo.


Pov Harry

Draco ya me había comentado que cuando tiene visiones, estas son cien por ciento segura, lo bueno que las tenga es que podemos cambiar un poco las cosas. Nunca lo había visto tan asustado, pero para hacerme prometer no ganar el torneo, debió de ser muy grave. Según lo que me explico su visión no fue muy exacta y lo único que vio no le gusto en lo más mínimo.

Debido a eso mi dragón se la pasa todo el tiempo conmigo, no me importa y me di cuenta que los Slytherin lo notaron, pero no comentaron nada, lo que agradecí. Mañana iría veré a Sirius, Draco me acompañara, ese es otro motivo que lo tiene nervioso.

Estabamos en clase pociones, tuve que morderme la lengua cuando Snape empezó atacarme, aunque se aburrió cuando nadie se reía, ahora que soy amigo de los Slytherin no hay quien se burle de mí, excepto el idiota de Ron, pero ni siquiera él lo hace, ya que Snape le lanza una mirada fría, que lo hace palidecer haciendo que sus pecas sobresalgan.

Eché el polvo de escarabajo en el caldero y me puse a cortar las raíces de jengibre. Las manos me temblaban un poco de la cólera, pero no levante los ojos, como si no oyera lo que Snape me decía. Mire de reojo a Draco y tenía las mejillas ruborizadas de la furia, tengo que admitir que se ve tierno y ardiente a la vez.

—Así que te advertiré algo, Potter, seas o no una diminuta celebridad: si te pillo volviendo a entrar en mi despacho... —prosiguió Snape, con la voz aún más suave y ponzoñosa.

—¡Yo no me he acercado nunca a su despacho! —replique enojado, olvidando mi fingida sordera.

—No me mientas. Piel de serpiente arbórea africana, branquialgas... Tanto una como otra salieron de mi armario privado, y sé quién las robó—dijo Snape entre dientes, perforándome con sus insondables ojos negros.

Le devolví la mirada a Snape, intentando no pestañear ni parecer culpable. La verdad era que no le había robado ninguna de aquellas cosas. Era Hermione quien había cogido la piel de serpiente arbórea africana cuando estábamos en segundo: la necesitaban para la poción multijugos. Y, aunque aquella vez Snape había sospechado, no había podido demostrarlo. En cuanto a las branquialgas, era evidente que las había robado Dobby.

—No sé de qué me habla —conteste fríamente.

—¡No estabas en el dormitorio la noche en que entraron en mi despacho! ¡Lo sé, Potter! ¡Y aunque Ojoloco Moody haya ingresado en tu club de admiradores, no por eso toleraré tu comportamiento! Una nueva incursión nocturna en mi despacho, Potter, ¡y lo pagarás! —me dijo Snape en voz baja, estaba en la biblioteca con mi novio, pero obviamente eso no se lo diré.

—Bien, lo tendré en cuenta por si alguna vez siento impulsos de entrar —repuse con serenidad, volviendo a mis raíces de jengibre.

Hubo un brillo en los ojos de Snape. Se metió la mano en la túnica negra, y por un momento temí que sacara la varita y me echara una maldición allí mismo. Luego vi que lo que sacaba era un pequeño tarro de cristal con una poción que parecía agua. Lo observe sin comprender que es lo que trata de demostrar con eso.

—¿Sabes qué es esto, Potter? —preguntó Snape, y sus ojos volvieron a brillar malévolamente.

—No —respondí con total sinceridad.

—Es Veritaserum, una poción de la verdad tan poderosa que tres gotas bastarían para que descubrieras tus más íntimos secretos ante toda la clase. Desde luego, el uso de esta poción está severamente controlado por normativa ministerial. Pero, si no vigilas tus pasos, podrías descubrir que mi mano se desliza accidentalmente, hasta el zumo de calabaza de tu cena. Y entonces, Potter... sabremos si has estado o no en mi despacho—dijo Snape con la voz impregnada de odio, lo mire con cara de póker, no pienso demostrar cuanto odio que me hable así, Draco estaba furioso, con solo verle los ojos que echaban chispa contra Snape, le mire dandole a entender que no dijera nada.

Una vez más, volví mi atención a las raíces de jengibre, cogí el cuchillo y las partí en rodajas. No me hacía ni pizca de gracia lo de la poción de la verdad, y no dudaba de que Snape fuera capaz de echármela en el zumo. Reprimí un estremecimiento al imaginar todo lo que podría decir en ese caso. Aparte de meter en problemas a un montón de gente para empezar, a Hermione y a Dobby, estaban todas las otras cosas que ocultaba... como el hecho de mantener contacto con Sirius y las tripas me dieron un retortijón sólo de pensarlo, que todos se enteraran ante de tiempo mi relación con Draco. Metí también en el caldero las raíces de jengibre, preguntándome si debería tomar ejemplo de Moody y limitarme a beber de mi propia petaca.

Justo en ese momento llamaron a la puerta de la mazmorra.

—Pase —dijo Snape en su tono habitual. Toda la clase miró hacia la puerta. Entró el Director Karkarov y se dirigió a la mesa de Snape, enroscándose el pelo de la barbilla en el dedo. Parecía nervioso.

—Tenemos que hablar —dijo Karkarov abruptamente, cuando hubo llegado hasta Snape. Parecía tan interesado en que nadie más entendiera lo que decía, que apenas movía los labios: daba la impresión de ser un ventrílocuo de poca monta. Sin apartar los ojos de las raíces de jengibre, trate de escuchar, recordando lo que Sirius me dijo de él.

—Hablaremos después de clase, Karkarov... —susurró Snape, pero Karkarov lo interrumpió.

—Quiero hablar ahora, no quiero que te escabullas, Severus. Me has estado evitando. —me pregunto que lo pone tan nervioso.

—Después de clase —repitió Snape.

Con el pretexto de levantar una taza de medición para ver si había echado en ella suficiente bilis de armadillo, les eche a ambos una mirada de soslayo. Karkarov parecía sumamente preocupado, y Snape, molesto.

Karkarov permaneció detrás de la mesa de Snape durante el resto de la doble clase. Al parecer, quería evitar que Snape se le escapara al final. Queriendo escuchar lo que Karkarov tenía que decir, derrame adrede mi frasco de bilis de armadillo dos minutos antes de que sonara la campana, lo que me dio una excusa para agacharme tras el caldero a limpiar el suelo mientras el resto de la clase se dirigía ruidosamente hacia la puerta. Draco me miro preocupado, pero le hice señas para que se fuera.

—¿Qué es eso tan urgente? —escuche que Snape le preguntaba a Karkarov en un susurro.

—Esto —dijo Karkarov.

Echando un vistazo por el borde del caldero, vi que Karkarov se subía la manga izquierda de la túnica y le mostraba a Snape algo situado en la parte interior del antebrazo.

—¿Qué te parece? ¿Ves? Nunca había estado tan clara, nunca desde... —añadió Karkarov, haciendo aún el mismo esfuerzo por mover los labios lo menos posible.

—¡Tapa eso! —gruñó Snape, recorriendo la clase con los ojos.

—Pero tú también tienes que haber notado... —comenzó Karkarov con voz agitada.

—¡Podemos hablar después, Karkarov! ¡Potter! ¿Qué está haciendo? —lo cortó Snape.

—Limpiando la bilis de armadillo, profesor —conteste haciéndome el inocente, al tiempo que me levantaba y le enseñaba el trapo empapado que tenía en la mano.

Karkarov giró sobre los talones y salió de la mazmorra a zancadas. Parecía tan preocupado como enojado. Como no quería quedarme a solas con un Snape excepcionalmente airado, eché los libros y los ingredientes de Pociones en la mochila y salí a toda prisa para contarle a Draco lo que había presenciado.

A las doce del día siguiente salimos del castillo bajo un débil sol plateado que brillaba sobre los campos. El tiempo era más suave de lo que había sido en lo que llevábamos de año, y cuando llegamos a Hogsmeade los dos nos habíamos quitado la capa la habíamos echado al hombro.

En la mochila llevaba la comida que Sirius me había pedido: una docena de muslos de pollo, una barra de pan y un frasco de zumo de calabaza nos habían servido en la comida.

Fuimos a Tiros largos Moda a comprar un regalo para Dobby, y nos divertimos eligiendo los calcetines más estrambóticos que vimos, incluido un par con un dibujo de refulgentes estrellas doradas y plateadas y otro que chillaba mucho cuando empezaba a oler demasiado. Estar haciendo esto con Draco me hizo pensar en el futuro que nos espera juntos y estoy ansioso por que el verano llegue. A la una y media subimos por la calle principal, pasamos Dervish y Banges y salimos hacia las afueras del pueblo.

Nunca había ido por allí. El ventoso callejón salía del pueblo hacia el campo sin cultivar que rodeaba Hogsmeade. Las casas estaban por allí más espaciadas y tenían jardines más grandes. Caminamos hacia el pie de la montaña que dominaba Hogsmeade, doblamos una curva y vimos al final del camino unas tablas puestas para ayudar a pasar una cerca. Con las patas delanteras apoyadas en la tabla más alta y unos periódicos en la boca, un perro negro, muy grande y lanudo, parecía aguardarnos. Lo reconocí enseguida, Draco se paralizo al verlo, pero le tome la mano para que llegáramos hasta él.

—Hola, Sirius —salude cuando llegamos hasta él. El perro olió con avidez mi mochila, meneó la cola, y luego se volvió y comenzó a trotar por el campo cubierto de maleza que subía hacia el rocoso pie de la montaña. Draco y yo traspasamos la cerca y lo seguimos.

Sirius nos condujo a la base misma de la montaña, donde el suelo estaba cubierto de rocas y cantos rodados, y empezó a ascender por la ladera: un camino fácil para él, con sus cuatro patas; pero para nosotros es otra la historia, nos quedamos pronto sin aliento. Seguimos subiendo tras Sirius durante casi media hora por el mismo camino pedregoso, empinado y serpenteante. A mí me dolían los hombros por las correas de la mochila.

Al final Sirius se perdió de vista, y cuando llegamos al lugar en que había desaparecido, vimos una estrecha abertura en la piedra. Nos metimos por ella con dificultad y nos encontramos en una cueva fresca y oscura. Al fondo, atado a una roca, se hallaba el hipogrifo Buckbeak. Mi dragón se paralizo al verlo, sus fieros ojos naranja brillaron al vernos. Los dos nos inclinamos notoriamente ante él, y, después de observarnos por un momento, Buckbeak dobló sus escamosas rodillas delanteras, permitió que me acercara y le acariciara el cuello con plumas. Tome la mano de Draco y la puse sobre su cuello, esta pálido, pero no quiero que le tema, cuando me di cuenta que se le paso el miedo, lo deje solo mientras me dirigí al perro negro, que acababa de convertirse en mi padrino.

Sirius llevaba puesta una túnica gris andrajosa, la misma que llevaba al dejar Azkaban, y estaba muy delgado. Tenía el pelo más largo que cuando se había aparecido en la chimenea, y sucio y enmarañado como el curso anterior.

—¡Pollo! —exclamó con voz ronca, después de haberse quitado de la boca los números atrasados de El Profeta y haberlos echado al suelo de la cueva. Saque el pan de la mochila u el paquete de muslos de pollo y se los entregue.

—Gracias. Me alimento sobre todo de ratas. No quiero robar demasiada comida en Hogsmeade, porque llamaría la atención. —dijo Sirius, que lo abrió de inmediato, cogió un muslo y se puso a devorarlo sentado en el suelo de la cueva. Me sonrió y miro a Draco, quien tenía una mueca de asco.

—¿Qué haces aquí, Sirius? —le pregunte preocupado lo que menos quiero es que se exponga.

—Cumplir con mi deber de padrino, no te preocupes por mí: me hago pasar por un perro vagabundo de muy buenos modales—respondió Sirius, royendo el hueso de pollo de forma muy parecida a como lo habría hecho un perro. Seguía sonriendo; pero, al ver mi cara de preocupación se puso serio.

—Quiero estar cerca. Tu última carta... Bueno, digamos simplemente que cada vez me huele todo más a chamusquina. Voy recogiendo los periódicos que la gente tira, y, a juzgar por las apariencias, no soy el único que empieza a preocuparse—Señaló con la cabeza los amarillentos números de El Profeta que estaban en el suelo.

—¿Y si te atrapan? ¿Qué pasará si te descubren? —pregunte consternado.

—Bueno, tú eras el único además de Dumbledore, Ron y Hermione, ahora mi querido sobrino tambien, que soy un animago—dijo Sirius, encogiéndose de hombros y siguiendo con el pollo.

Draco me dio un codazo, y con solo una mirada comprendí que quería que le contara todo, incluyendo su visión, y eso hice, cuando acabe Sirius se veía más preocupado, no quería hacerlo, pero es necesario.

—No sabía que habías sacado el don de la clarividencia, es un don proveniente de los Black, pensé que estaba perdido porque en siglos ningún Black ha sido vidente—dijo mirándolo fijamente.

—Le prometí a Draco no ganar el torneo, no sabe exactamente que pasara, pero Voldemort está involucrado—miré como asintió y se quedó pensativo.

—Estoy de acuerdo, si algo es seguro, es que la visión de un Black nunca falla—murmuro seguro.

—Sí, mi pareja es perfecta—murmure viendo a Draco con amor. Sirius lo miro fijamente y asintió.

—Es hermoso y además un vidente, tienes mucha suerte—lo mire fijamente, no me gustan que nadie más que yo vea apreciativamente a mi dragón.

—Es mío—exclame con vehemencia.

—Tranquilo, es mi sobrino, no estoy interesado románticamente en el—asentí, pero aun lo miré con cautela.

—Harry relájate—me susurro Draco.

—Eres igual a James, se puso igual cuando alague a Lily—sonrió con nostalgia.

Despues de eso, nos pusimos hablar de todos los acontecimientos que han ocurrido últimamente, incluyendo el señor Crouch y la plática de Snape con el director de Durmstrang.

Nos despedimos de Sirius, Draco le recomendó que fuera a ver a sus padres, que ellos lo podían esconder mientras se solucionaba su situación legal, Sirius nos dijo que se lo pensaría, pero quería estar cerca de nosotros por cualquier acontecimiento, me recomendó amigarme de nuevo con mis amigos, aunque despues de que le conté todo lo ocurrido entre nosotros, no le agrado como fui cuestionado y tratado por ellos, aun esta renuente con mi amistad con los Slytherin, pero me dijo que aceptaría mi decisiones, cosa en verdad agradecí.

Las semanas pasaron más rápido de lo esperado, estaba en el bosque con Draco, queríamos poder estar juntos sin tener que esconder lo que sentimos, cuando el señor Crouch apareció delante de nosotros delirando sobre su hijo, la trabajadora del ministerio que desapareció y Voldemort haciéndose más fuerte, exigiendo hablar con Dumbledore, eso nos preocupó, mientras yo iba a buscar al director, Draco se quedó cuidando a Crouch, claro que cuando regresamos vimos a mi Dragón desmayado, el maldito de Crouch lo golpeo y huyo. Todo esto ocasiono un embrollo, gracias a Merlín no fuimos culpados de nada.

Me pase entrenado todos los días con los Slytherin, tengo que admitir que fue todo un reto, ellos me atacaron con hechizos que nunca había escuchado, hacía que me mantuviera alerta, a pesar de que no pienso ganar el torneo, no quiero verme como un idiota.

Estaba en clase de adivinación, la cual compartía con Ron, pero ahora que estábamos peleados, decidí sentarme con Neville, hay veces en que veo que quiere hablarme de nuevo, pero sus celos y envidia superan su deseo de volver a ser mi amigo.

En la sala, tenuemente iluminada, el calor era sofocante. Los vapores perfumados que emanaban del fuego de la chimenea eran más densos que nunca. La cabeza me daba vueltas mientras iba hacia una de las ventanas cubiertas de cortinas. Cuando la profesora Trelawney miraba a otro lado para retirar el chal de una lámpara, abrió un resquicio en la ventana y se acomodó en su sillón tapizado con tela de colores de manera que una suave brisa le daba en la cara. Resultaba muy agradable. Para mi desgracia los únicos amigos Slytherin que están en esta clase son Vincent y Gregory, pero ellos se sientan juntos.

—Queridos míos, casi hemos terminado nuestro estudio de la adivinación por los astros. Hoy, sin embargo, tenemos una excelente oportunidad para examinar los efectos de Marte, ya que, en estos momentos, se halla en una posición muy interesante. Tengan la bondad de mirar hacia aquí: voy a bajar un poco la luz... —dijo la profesora Trelawney, sentándose en su butaca de orejas delante de la clase y mirándonos a todos con sus ojos aumentados por las gafas.

Apagó las lámparas con un movimiento de la varita. La única fuente de luz en aquel momento era el fuego de la chimenea. La profesora Trelawney se agachó y cogió de debajo del sillón una miniatura del sistema solar contenida dentro de una campana de cristal. Era un objeto muy bello: suspendidas en el aire, todas las lunas emitían un tenue destello al girar alrededor de los nueve planetas y del brillante sol. Mire con desgana mientras la profesora Trelawney indicaba el fascinante ángulo que formaba Marte con Neptuno. Los vapores densamente perfumados lo embriagaban, y la brisa que entraba por la ventana le acariciaba el rostro. Oí tras la cortina el suave zumbido de un insecto. Los párpados empezaron a cerrárseme...

[Iba volando sobre un búho real, planeando por el cielo azul claro hacia una casa vieja y cubierta de hiedra que se alzaba en lo alto de la ladera de una colina. Descendimos poco a poco, con el viento soplándome agradablemente en la cara, hasta que llegamos a una ventana oscura y rota del piso superior de la casa, y la cruzamos. Volamos por un corredor lúgubre hasta una estancia que había al final. Atravesamos la puerta y entramos en una habitación oscura que tenía las ventanas cegadas con tablas...

Descabalgue del búho, y lo observe revolotear por la habitación e ir a posarse en un sillón con el respaldo vuelto hacia mí. En el suelo, al lado del sillón, había dos formas oscuras que se movían.

Una de ellas era una enorme serpiente, y la otra un hombre: un hombre bajo y calvo, de ojos llorosos y nariz puntiaguda. Sollozaba y resollaba sobre la estera, al lado de la chimenea...

Has tenido suerte, Wormtail. Realmente has tenido mucha suerte. Tu error no lo ha echado todo a perder: está muerto. —dijo una voz fría y aguda desde el interior de la butaca en que se había posado el búho.

Mi señor. Mi señor, estoy... estoy tan agradecido... y lamento hasta tal punto... —balbuceó el hombre que estaba en el suelo.

Nagini, lo siento por ti. No vas a poder comerte a Wormtail, pero no importa: todavía te queda Harry Potter... —dijo la voz fría.

La serpiente emitió un silbido. Vi cómo movía su amenazadora lengua.

Y ahora, Wormtail, un pequeño recordatorio de que no toleraré un nuevo error por tu parte. —añadió la voz fría.

Mi señor, no, se lo ruego... —La punta de una varita surgió del sillón, apuntando a Wormtail.

¡Crucio! —exclamó la voz fría.

Wormtail empezó a chillar como si cada miembro de su cuerpo estuviera ardiendo. Los gritos me rompían los tímpanos al tiempo que la cicatriz de mi frente me producía un dolor punzante: también grite. Voldemort me iba a oír, advertiría mi presencia...]

—¡Harry! ¡Harry! Abrí los ojos. Estaba tumbado en el suelo del aula de la profesora Trelawney, tapándome la cara con las manos. La cicatriz seguía doliéndome tanto que tenía los ojos llenos de lágrimas. El dolor había sido real. Toda la clase se hallaba de pie a mi alrededor, Greg y Vin estaban arrodillado a mi lado, aterrorizados.

—¿Te encuentras bien? —me preguntó Greg, sabía que Draco se enteraría de lo que paso, solo pensar cómo se pondría mi Dragón, me dio un escalofrió.

—¡Por supuesto que no se encuentra bien! ¿Qué ha ocurrido, Potter? ¿Una premonición?, ¿una aparición? ¿Qué has visto? —dijo la profesora Trelawney, muy agitada. Clavó en mí, sus grandes ojos.

—Nada —mentí, me senté, aún tembloroso. No podía dejar de mirar a mi alrededor entre las sombras: la voz de Voldemort se había oído tan cerca...

—¡Te apretabas la cicatriz! ¡Te revolcabas por el suelo! ¡Vamos, Potter, tengo experiencia en estas cosas! —dijo la profesora Trelawney. Levante la vista hacia ella, viéndola con irritación.

—Creo que tengo que ir a la enfermería. Me duele terriblemente la cabeza —dije para que me dejara salir.

—¡Sin duda te han estimulado las extraordinarias vibraciones de clarividencia de esta sala! Si te vas ahora, tal vez pierdas la oportunidad de ver más allá de lo que nunca has... —exclamó la profesora Trelawney.

—Lo único que quiero ver es un analgésico—Me puse de pie. Todos se apartaron de mí, asustados, excepto mis nuevos amigos, quienes me ayudaron a levantarme, les sonrei tranquilizándolos y me fui, pero no a la enfermería como dije, sino que, a la habitación de mi novio, lo único que me tranquilizara es su aroma, como esta en clase, la única opción que me queda es acostarme en su cama. Al hacerlo Morfeo me reclamo, suspire aliviado.

El veinticuatro de junio se acercaba con rapidez, lo que hacía que me pusiera nervioso, cuando le conté a Draco la visión que tuve, se alarmo y preocupo, pero al igual que con la suya, no es mucha la información, además de que no sabemos porque tengo estos sueños, por lo que seguíamos iguales, sin saber exactamente qué es lo que hará Voldemort para volverse más poderoso.

El desayuno fue muy bullicioso en la mesa de Gryffindor la mañana de la tercera prueba. Las lechuzas me llevaron una tarjeta de Sirius para desearme buena suerte. No era más que un trozo de pergamino doblado con la huella de una pata de perro, pero lo agradecí de todas maneras.

La profesora McGonagall llegó hacia mí, bordeando la mesa de Gryffindor.

—Potter, después de desayunar los campeones tienen que ir a la sala de al lado —dijo seria.

—¡Pero la prueba no es hasta la noche! —exclame manchándome de huevo revuelto la pechera y temiendo haberme confundido de hora.

—Ya lo sé, Potter. Las familias de los campeones están invitadas a la última prueba, ya sabes. Ahora tienes la oportunidad de saludarlos —estoy confundido, dudo mucho que los Dursley estén aquí.

Termine de desayunar en el Gran Comedor, que se iba vaciando rápidamente. Vi que Fleur Delacour se levantaba de la mesa de Ravenclaw y se juntaba con Cedric para entrar en la sala contigua. Krum se marchó cabizbajo, poco después, para unirse a ellos. Me quede donde estaba. Realmente, no quería ir a la sala. No tenía familia, bueno ahora sí, pero dudo mucho que los Malfoy vengan, despues de todo no queremos que nadie se entere de mi relación con Draco, por lo menos no tenía ningún familiar al que le pudiera importar que arriesgara la vida. Pero, justo cuando me iba a levantar, pensando en subir a la biblioteca para dar un último repaso a los maleficios, se abrió la puerta de la sala y Cedric asomó la cabeza.

—¡Vamos, Harry, te están esperando! —Totalmente perplejo, me levante. No era posible que hubieran llegado los Malfoy, ¿o sí? Cruce el Gran Comedor y abrí la puerta de la sala.

Cedric y sus padres estaban junto a la puerta. Viktor Krum se hallaba en un rincón, hablando en veloz búlgaro con su madre, una señora de pelo negro, y con su padre. Había heredado la nariz ganchuda de éste. Al otro lado de la sala, Fleur conversaba con su madre en francés. Gabrielle, la hermana pequeña de Fleur, le daba la mano a su madre. Me saludo con un gesto le respondí de igual manera. Luego vi, delante de la chimenea, sonriéndome, a Bill y a la señora Weasley. Admito que no pensé que vinieran a verme, desde que me pelee con Ron, inconscientemente me desligue de los Weasley, en pensar en ellos como familia, principalmente porque sé que cuando se entere de mi relación, se alejaran y sinceramente si tengo que elegir, escogería a mi amor, por sobre todos.

—¡Sorpresa! ¡Pensamos que podíamos venir a verte, Harry! —dijo muy emocionada la señora Weasley, les sonreí de oreja a oreja y caminé hacia ellos, ella se inclinó para darme un beso en la mejilla.

—¿Qué tal? Charlie quería venir, pero no han podido darle permiso. Dice que estuviste increíble con el colacuerno—me saludó Bill, sonriéndole y estrechándole la mano, quiero disfrutar de ellos, porque no sé cuántos Weasley me apoyaran una vez que me case.

Noté que Fleur Delacour miraba a Bill por encima del hombro de su madre con bastante interés, al instante al ver el brillo en sus ojos comprendí porque, él es su pareja destinada. No parecía que le disgustaran ni el pelo largo ni los pendientes con colmillos. Supongo que cuando escogemos a nuestras parejas sin importar su apariencia ellos son nuestra luz.

—Muchísimas gracias por venir —murmure dirigiéndome a la señora Weasley.

—Es estupendo volver aquí —comentó Bill mirando la sala. Violeta, la amiga de la Señora Gorda, le guiñó un ojo desde su cuadro.

—Hacía cinco años que no veía este lugar. ¿Sigue por ahí el cuadro del caballero loco, sir Cadogan? —pregunto curioso.

—Sí —conteste, había conocido a sir Cadogan el curso anterior.

—¿Y la Señora Gorda? —preguntó Bill.

—Ya estaba aquí en mis tiempos. Me echó una buena bronca la noche en que volví al dormitorio a las cuatro de la mañana—comentó la señora Weasley.

—¿Qué hacías fuera del dormitorio a las cuatro de la mañana? —quiso saber Bill, mirando a su madre sorprendido. La señora Weasley sonrió, y los ojos le brillaron.

—Tu padre y yo fuimos a dar un paseo a la luz de la luna. Lo pilló Apollyon Pringle, que era el conserje por aquellos días. Tu padre aún conserva las señales—explicó sonriendo embobada.

—¿Te gustaría dar una vuelta, Harry? —me ofreció Bill.

—Claro —acepte y salimos de la sala. Al pasar al lado de Amos Diggory, éste se volvió hacia nosotros.

—Conque estás aquí, ¿eh? Apuesto a que no te sientes tan ufano ahora que Cedric te ha alcanzado en puntuación, ¿a qué no? —dijo, mirándome de arriba abajo, lo mire con frialdad, si piensa que caeré en su juego, está muy equivocado.

—No le hagas caso. Está enfadado desde que leyó el artículo de Rita Skeeter sobre el Torneo de los tres magos. Ya sabes, cuando te hizo aparecer como el único campeón de Hogwarts —me dijo Cedric en voz baja, mirando con severidad a su padre.

—Pero no se preocupó por corregirla, ¿verdad? A pesar de todo le darás una lección, Cedric. Ya lo venciste una vez, ¿no? —comentó Amos Diggory, lo bastante alto para que lo oyera mientras me dirigía a la puerta con Bill y la señora Weasley, no dije nada porque de igual forma no pienso ganar este torneo, por lo que en verdad espero que gane Cedric, odio cuando las personas creen que me interesan, cosas tan frívolas como estas.

—¡Rita Skeeter haría cualquier cosa por causar problemas, Amos! ¡Creí que lo sabrías, trabajando en el Ministerio! —dijo malhumorada la señora Weasley.

Dio la impresión de que el señor Diggory iba a decir algo hiriente, pero su mujer le puso una mano en el brazo, y él no hizo más que encogerse de hombros y apartarse.

Disfrute mucho la mañana caminando por los terrenos soleados con Bill y la señora Weasley, mostrándoles el carruaje de Beauxbatons y el barco de Durmstrang. La señora Weasley sentía curiosidad por el sauce boxeador, que había sido plantado después de que ella había dejado el colegio, y recordaba con todo detalle al guardabosque que había precedido a Hagrid, un hombre llamado Ogg.

—¿Cómo está Percy? —pregunte cuando caminábamos por los invernaderos.

—No muy bien —dijo Bill.

—Está bastante alterado. El Ministerio quiere que no se hable de la desaparición del señor Crouch, pero a Percy lo han llamado para preguntarle acerca de las instrucciones que Crouch le ha estado enviando. Piensan que pudieran no haber sido escritas realmente por él. Percy está sometido a demasiada tensión. No lo han dejado que sustituya esta noche al señor Crouch en el tribunal. Va a hacerlo Cornelius Fudge—explicó la señora Weasley bajando la voz y mirando a su alrededor. Volvimos al castillo para la comida.

—¡Mamá... Bill! ¿Qué hacen aquí? —exclamó Ron, atónito, acudiendo a la mesa de Gryffindor, me miro con molestia, pero no dijo nada.

—Hemos venido a ver a Harry en la última prueba. Tengo que decir que me gusta el cambio, no tener que cocinar. ¿Qué tal el examen? —dijo con alegría la señora Weasley.

—Eh... bien. No pude recordar todos los nombres de los duendes rebeldes, así que me inventé algunos. Pero bien —contestó Ron, sirviéndose empanada de Cornualles, mientras la señora Weasley lo miraba con severidad

—Todos se llaman cosas como Bodrod el Barbudo y Urg el Guarro, así que no fue difícil—Fred, George y Ginny fueron también a sentarse con nosotros, la pase tan bien que me parecía estar de vuelta en La Madriguera, temo que esta será la última vez que conviva con todos ellos juntos, por lo que aprovechar este momento es genial.

Dumbledore, en la mesa de los profesores, se puso en pie y se hizo el silencio.

—Damas y caballeros, dentro de cinco minutos les pediré que vayamos todos hacia el campo de quidditch para presenciar la tercera y última prueba del Torneo de los tres magos. En cuanto a los campeones, les ruego que tengan la bondad de seguir ya al señor Bagman hasta el estadio—me levante. A lo largo de la mesa, todos los de Gryffindor me aplaudieron. Los Weasley y Hermione me desearon buena suerte, incluso Ron a pesar de que no somos amigos en este momento y salí del Gran Comedor, con Cedric, Fleur y Krum.

—¿Qué tal te encuentras, Harry? ¿Estás tranquilo? —me preguntó Bagman, mientras bajábamos la escalinata de piedra por la que se salía del castillo.

—Estoy bien —dije tranquilamente. Era bastante cierto: a pesar de mis nervios, seguía repasando mentalmente los maleficios y encantamientos que había practicado, y saber que los podía recordar todos, hacía sentirme mejor.

Llegamos al campo de quidditch, que estaba totalmente irreconocible. Un seto de seis metros de altura lo bordeaba. Había un hueco justo delante de ellos: era la entrada al enorme laberinto. El camino que había dentro parecía oscuro y terrorífico. Solo verlo me hizo pensar en la premonición de Draco, el me conto que fue en un laberinto que me vio.

Cinco minutos después empezaron a ocuparse las tribunas. El aire se llenó de voces excitadas y del ruido de pisadas de cientos de alumnos que se dirigían a sus sitios. El cielo era de un azul intenso pero claro, y empezaban a aparecer las primeras estrellas. Hagrid, el profesor Moody, la profesora McGonagall y el profesor Flitwick llegaron al estadio y se aproximaron hacia nosotros. Llevaban en el sombrero estrellas luminosas, grandes y rojas. Todos menos Hagrid, que las llevaba en la espalda de su chaleco de piel de topo.

—Estaremos haciendo una ronda por la parte exterior del laberinto. Si tienen dificultades y quieren que los rescaten, echen al aire chispas rojas, y uno de nosotros irá a salvarlos, ¿entendido? —nos dijo la profesora McGonagall. Todos asentimos con la cabeza.

—Pues entonces... ya pueden irse —nos dijo Bagman con voz alegre.

—Buena suerte, Harry —me susurró Hagrid, los cuatro nos fuimos en diferentes direcciones para situarnos alrededor del laberinto.

Bagman se apuntó a la garganta con la varita, murmuró «¡Sonorus!», y su voz, amplificada por arte de magia, retumbó en las tribunas.

—¡Damas y caballeros, va a dar comienzo la tercera y última prueba del Torneo de los tres magos! Permítanme que les recuerde el estado de las puntuaciones: empatados en el primer puesto, con ochenta y cinco puntos cada uno... ¡el señor Cedric Diggory y el señor Harry Potter, ambos del colegio Hogwarts! —Los aplausos y vítores provocaron que algunos pájaros salieran revoloteando del bosque prohibido y se perdieran en el cielo cada vez más oscuro.

—En segundo lugar, con ochenta puntos, ¡el señor Viktor Krum, del Instituto Durmstrang! —Más aplausos.

—Y, en tercer lugar, ¡la señorita Fleur Delacour, de la Academia Beauxbatons! —pude distinguir a duras penas, en medio de las tribunas, a Draco y el resto de los Slytherin y para mi grata sorpresa, los señores Malfoy se encontraban aquí, a la señora Weasley, Bill, Ron y Hermione, que aplaudían a Fleur por cortesía. Los salude con la mano, y ellos le devolvieron el saludo, sonriéndome, todos, claro que los únicos que se dieron cuenta que saludaba tambien a los Malfoy, fueron Ron y Hermione, quienes vieron a la familia Malfoy detrás de ellos.

—¡Entonces... cuando sople el silbato, entrarán Harry y Cedric! Tres... dos... uno... —dijo Bagman. Dio un fuerte pitido, Cedric y yo penetramos rápidamente en el laberinto.

Los altísimos setos arrojaban en el camino sombras negras y, ya fuera a causa de su altura y su espesor, o porque estaban encantados, el bramido de la multitud se apagó en cuanto traspasaron la entrada. Me sentía casi corno si volviera a estar sumergido. Saque la varita, susurre «¡Lumos!», y oí a Cedric que hacía lo mismo detrás de mí. Después de unos cincuenta metros, llegamos a una bifurcación. Nos miramos el uno al otro.

—Hasta luego —dije y fui por el de la izquierda, mientras Cedric cogía el de la derecha.

Oí por segunda vez el silbato de Bagman: Krum acababa de entrar en el laberinto. Me apresure. El camino que había escogido parecía completamente desierto. Giré a la derecha y corrí, sosteniendo la varita por encima de la cabeza para tratar de ver lo más lejos posible. Pero sigo sin ver nada.

Se escuchó por tercera vez, distante, el silbato de Ludo Bagman. Ya estábamos todos los campeones dentro del laberinto. Mire atrás a cada instante, siento que alguien me vigila. El laberinto se volvía más oscuro a cada minuto, conforme el cielo se oscurecía. Llegue a la segunda bifurcación.

¡Oriéntame! —le susurre a mi varita, poniéndola horizontalmente sobre la palma de la mano.

La varita giró y señaló hacia la derecha, a pleno seto. Eso era el norte, y sabía que tenía que ir hacia el noroeste para llegar al centro del laberinto. La mejor opción era tomar la calle de la izquierda, y girar a la derecha en cuanto pudiera.

También aquella calle estaba vacía, y cuando encontré un desvío a la derecha y lo cogí, volví a hallar su camino libre de obstáculos. No sabía por qué, pero aquella ausencia de problemas me desconcertaba. ¿No tendría que haberme encontrado ya con algo? Parecía que el laberinto me estuviera tendiendo una trampa para que me sintiera seguro y confiado. Luego escuche moverse algo justo detrás. Levante la varita, lista para el ataque, pero el haz de luz que salía de ella se proyectó solamente en Cedric, que acababa de salir de una calle que había a mano derecha. Cedric parecía muy asustado: llevaba ardiendo una manga de la túnica.

—¡Los escregutos de cola explosiva de Hagrid! ¡Son enormes! ¡Acabo de escapar ahora mismo! —dijo entre dientes. Movió la cabeza a los lados, y salió de mi vista por otro camino. Deseando poner la máxima distancia posible entre él y los escregutos, Me aleje a toda prisa. Entonces, al volver una esquina, vi un dementor caminaba en mi dirección, avanzaba con sus tres metros de altura, el rostro tapado por la capucha, las manos extendidas, putrefactas, llenas de pústulas, palpando a ciegas, escuché una respiración ruidosa, sentí la húmeda frialdad que empezaba a absorberme, pero sé que hacer. Pensé en la cosa más feliz que me haya ocurrido, fue enterarme que Draco es mi pareja.

¡Expecto patronum! —Un ciervo de plata salió del extremo de mi varita y fue galopando hacia el dementor, que cayó de espaldas, tropezando con el bajo de la túnica...no había visto nunca tropezar a un dementor.

—¡Anda! ¡tú eres un boggart! ¡Riddíkulo! —exclame yendo tras el patronus plateado, se oyó un golpe, y el mutable ser estalló en una voluta de humo. El ciervo de plata se desvaneció. Me hubiera gustado que se quedara para acompañarme... Pero seguí, avanzando lo más rápido y sigilosamente que podía, agudizando los oídos, con la varita en alto.

Izquierda, derecha, de nuevo izquierda... Dos veces me encontré en callejones sin salida. Repetí el encantamiento brújula, y me di cuenta de que me había desviado demasiado hacia el este. Volví sobre mis pasos, tomé una calle a la derecha, y vi una extraña neblina dorada que flotaba delante de mí. Me acerque con cautela, apuntando con el haz de luz de mi varita. Parecía algún tipo de encantamiento, me pregunte si podría deshacerme de ella.

¡Reducio! exclame, el encantamiento salió como un disparo y atravesó la niebla, dejándola intacta. Me lo tendría que haber imaginado: la maldición reductora era sólo para objetos sólidos. ¿Qué ocurriría si sigo a través de la niebla? ¿Merecía la pena probar, o sería mejor retroceder? Sigo dudando cuando un grito agudo quebró el silencio.

—¿Fleur? —grite. Nadie contestó. Mire hacia todos lados. ¿Qué le habría sucedido a ella? El grito parecía proceder de delante. Tome aire, y me interne corriendo en la niebla encantada.

El mundo se puso boca abajo. Estoy colgado del suelo, con el pelo levantado, las gafas suspendidas en el aire y a punto de caerme al cielo sin fondo. Me las coloque encima de la nariz, y comprobé, aterrorizado, mi situación: era como si tuviera los pies pegados con cola al césped, que me había convertido en techo, y bajo de mí, se extendía el infinito cielo oscuro y estrellado. Pensé que, si trataba de mover un pie, me caería de la tierra. Piensa, me dije, siento que la sangre me bajaba a la cabeza.

Pero ninguno de los encantamientos que había estudiado servía para combatir una repentina inversión del cielo y la tierra. ¿Me atrevería a desplazar un pie? Oía la sangre latiéndome en los oídos. Tengo dos opciones: intentar moverme, o lanzar chispas rojas para ser rescatado y descalificado.

Cerré los ojos, para no ver el espacio infinito que tengo debajo, y levante el pie derecho con todas mis fuerzas, separándolo del techo de césped.

De inmediato, el mundo volvió a colocarse. Caí de rodillas a un suelo maravillosamente sólido. La impresión me dejó momentáneamente sin fuerzas. Volví a tomar aliento, me levante y corrí; volví la vista mientras me alejaba de la niebla dorada, que, a la luz de la luna, centelleaba con inocencia.

Me detuve en un cruce y mire buscando algún rastro de Fleur. Estoy seguro de que ha sido ella la que ha gritado. ¿Qué era lo que había encontrado? ¿Estará bien? No había rastro de chispas rojas: ¿quería eso decir que había logrado salir del peligro, o que se hallaba en un apuro tan grande que ni siquiera podía utilizar la varita? Tome el camino de la derecha con una sensación de creciente angustia.

Decidí seguir caminando, a pesar de que no pienso tomar la copa quiero acabar lo más cerca que me sea posible, no me molestaría quedar en segundo lugar.

Pasaron otros diez minutos sin más encuentro que el de las calles sin salida. Dos veces torci por la misma calle equivocada. Finalmente di con una ruta distinta, y comencé a avanzar por ella, ya no tan rápido. La varita se balanceaba en mi mano haciendo oscilar mi sombra en los setos. Luego doble otra esquina, y me encontró ante un escreguto de cola explosiva.

Cedric tenía razón: era enorme. De unos tres metros de largo, era lo más parecido a un escorpión gigante: tenía el aguijón curvado sobre la espalda, y su grueso caparazón brillaba a la luz de mi varita, con la que le apuntaba.

¡Desmaius!El encantamiento dio en el caparazón del escreguto y rebotó. Me agache justo a tiempo, pero me llegó olor de pelo quemado: el encantamiento me había chamuscado la parte superior del cabello. El escreguto lanzó una ráfaga de fuego por la cola, y me lanzó raudo.

¡Impedimenta! grite ansioso. El hechizo dio de nuevo en el caparazón del escreguto y rebotó. Retrocedí algunos pasos tambaleándome antes de caer

¡Impedimenta!El escreguto se hallaba a unos centímetros, en el momento en que quede paralizado: había conseguido darle en la parte de abajo, que era carnosa y sin caparazón. Jadeando, me aparte de él y corrí, con todas mis fuerzas, en la dirección opuesta: el hechizo obstaculizador no era permanente, y el escreguto recuperaría de un momento a otro la movilidad de las patas.

Tomé un camino a la izquierda y resultó ser un callejón sin salida; otro a la derecha, y di en otro. No tuve más remedio que detenerme y volver a utilizar el encantamiento brújula. Caminé y escogí un camino que parecía ir al noroeste.

Llevaba unos minutos caminando a toda prisa por el nuevo camino, cuando oí algo en la calle que iba paralela a la mía, me detuve en seco.

—¿Qué vas a hacer? ¿Qué demonios pretendes hacer? —gritaba la voz de Cedric.

¡Crucio!escuche la voz de Krum,el aire se llenó de repente con los gritos de Cedric. Horrorizado, intente llegar a ellos, busque por varios pasajes, provocándome cortes y que la túnica se rasgara por culpa de los setos, mire como Cedric se retorcía y a Krum a su lado. su la

¡Desmaius! grite dandole a Krum en la espalda, cayo y se quedó inmóvil, boca abajo, tendido en la hierba. Corrí hacia Cedric, que había dejado de retorcerse y solo jadeaba con las manos en la cara.

—¿Estás bien? —le pregunte, cogiéndolo del brazo.

—Sí... no puedo creerlo... Venía hacia mí por detrás... Lo oí, me volví y me apuntó con la varita. —dijo Cedric sin aliento. Se levantó. Seguía temblando. Los dos miramos a Krum.

—Me cuesta creerlo... Creía que era un tipo legal —dije, algo no está bien.

—Yo también lo creía —repuso Cedric.

—¿Oíste antes el grito de Fleur? —preguntó Harry.

—Sí ¿Crees que Krum la alcanzó también a ella? —respondió Cedric.

—No lo sé—estoy preocupado, las cosas se están saliendo de control.

—¿Lo dejamos aquí? —preguntó Cedric.

—No. Creo que deberíamos lanzar chispas rojas. Alguien vendrá a recogerlo... Si no, lo más fácil es que se lo coma un escreguto—trate de bromear a pesar de las circunstancias.

—Es lo que se merece —musitó Cedric, pero aun así levantó la varita y disparó al aire una lluvia roja que brilló por encima de Krum, marcando el punto en que se encontraba.

—Bueno, supongo que lo mejor es seguir... —me miro inseguro. Nos separamos de nuevo, continuamente llegaba a callejones sin salida, hasta que me topé con un espécimen que solo había visto en una ilustración de el monstruoso libro de los monstruos.

Era una esfinge: tenía el cuerpo de un enorme león, con grandes zarpas y una cola larga, amarillenta, que terminaba en un mechón castaño. La cabeza, sin embargo, era de mujer. Me miro con sus grandes ojos almendrados cuando me acerque. Levante la varita, dudando. No parecía dispuesta a atacarme, sino que paseaba de un lado a otro del camino, cerrándome el paso.

—Estás muy cerca de la meta. El camino más rápido es por aquí. —dijo con una voz ronca y profunda.

—Eh... entonces, ¿me dejará pasar, por favor? —le pregunte suponiendo cuál iba a ser la respuesta.

—No a menos que descifres mi enigma. Si aciertas a la primera, te dejaré pasar. Si te equivocas, te atacaré. Si te quedas callado, te dejaré marchar sin hacerte ningún daño—respondió, continuando su paseo, se me hizo un nudo en la garganta.

—De acuerdo ¿Puedo oír el enigma? —dije con seriedad. La esfinge se sentó sobre sus patas traseras, en el centro mismo del camino, y recitó:

Si te lo hiciera, te desgarraría con mis zarpas,

pero eso sólo ocurrirá si no lo captas.

Y no es fácil la respuesta de esta adivinanza,

porque está lejana, en tierras de bonanza,

donde empieza la región de las montañas de arena

y acaba la de los toros, la sangre, el mar y la verbena.

Y ahora contesta, tú, que has venido a jugar:

¿a qué animal no te gustaría besar?

—¿Podría decírmelo otra vez... más despacio? —pedí, estoy confundido y no quiero contestar mal, no creo sobrevivir a su ataque. Ella parpadeó, sonrió y repitió el enigma.

—¿Todas las pistas conducen a un animal que no me gustaría besar? —pregunte algo desorientado.

Ella se limitó a esbozar su misteriosa sonrisa. Tome aquel gesto por un «sí». Empecé a darle vueltas al acertijo en mi cabeza. Había muchos animales a los que no me gustaría besar: de inmediato pensó en un escreguto de cola explosiva, pero intuí que no era aquélla la respuesta. Tendría que intentar descifrar las pistas...

—«Si te lo hiciera, te desgarraría con mis zarpas» —murmure mirándola. Puede desgarrarme si me come, pero me desgarraría con los colmillos, no con las zarpas —pensé.

—¿Podría repetirme lo que sigue, si es tan amable? — Ella repitió los versos siguientes.

La respuesta está donde empieza la región de las montañas de arena y acaba la de los toros, la sangre, el mar y la verbena. El país de los toros, la sangre, el mar y la verbena podría ser España, y la región de las montañas de arena podría ser Marruecos, el Magreb, Arabia. Donde acaba España y empieza Marruecos podría ser el estrecho de Gibraltar, pero no puedo ir ahora tan lejos en busca de la respuesta. Claro que Marruecos y Magreb empiezan por «ma», Arabia lo hace por «ara», y España acaba en «ña». Y si me lo hace, si se da maña, no, si me araña... ¿qué animal no me gustaría besar?

—¡La araña! —La esfinge pronunció más su sonrisa. Se levantó, extendió sus patas delanteras y se hizo a un lado para dejarlo pasar.

—¡Gracias! —dije sorprendido de mi propia inteligencia, y corrí.

—¡Oriéntame! —le susurró a mi varita, que giró y se paró apuntando al camino de la derecha. Giré corriendo por él, y vi luz delante.

La Copa de los tres magos brillaba sobre un pedestal a menos de cien metros de distancia. Mire una mancha correr delante de mí.

Cedric iba a llegar primero. Entonces vi algo inmenso que asomaba por encima de un seto que había a su izquierda y que se movía velozmente por un camino que cruzaba el suyo. Iba tan rápido que Cedric estaba a punto de chocar contra aquello, y, con los ojos fijos en la copa, no lo había visto...

—¡Cedric! ¡A tu izquierda! —grite de igual forma no pienso tomar la copa, le prometí a Draco que no ganaría y eso hare.

Cedric miró justo a tiempo de esquivar la cosa y evitar chocar con ella, pero, en su apresuramiento, tropezó. La varita se le cayó de la mano, mientras la araña gigante entraba en el camino y se abalanzaba sobre él.

¡Desmaius! volví a gritar.

El encantamiento dio de lleno en el gigantesco cuerpo, negro y peludo, pero fue como si le hubiera tirado una piedra: el bicho dio una sacudida, se balanceó un momento y luego corrió hacia mí, en lugar de hacerlo hacia Cedric.

¡Desmaius! ¡Impedimenta! ¡Desmaius!Pero no servía de nada: la araña era tan grande, o tan mágica, que los encantamientos no hacían más que provocarla. Antes de que estuviera sobre mí, vi la imagen horrible de ocho patas negras brillantes y de pinzas afiladas como cuchillas.

Me levantó en el aire con sus patas delanteras. Forcejeando como loco, intenté darle patadas: mi pierna pegó en las pinzas del animal, y sentí de inmediato un dolor insoportable. Oí que Cedric también gritaba «¡Desmaius!», pero sin más éxito del que tuve yo cuando usé el mismo hechizo.

¡Expelliarmus!grite con fuerza. Funcionó: el encantamiento de desarme hizo que el bicho me soltara, pero eso supuso una caída de casi cuatro metros de altura sobre mi pierna herida, que se aplastó bajo mi peso. Sin detenerme a pensar, apunte hacia arriba, a la panza de la araña, tal como había hecho con el escreguto, y grite «¡Desmaius!» al mismo tiempo que Cedric.

Combinados, los dos encantamientos lograron lo que uno solo no podía: el animal se desplomó de lado, sobre un seto, y quedó obstruyendo el camino con una maraña de patas peludas.

—¡Harry! ¿Estás bien? ¿Cayó sobre ti? —escuche gritar a Cedric.

—¡No! —respondí jadeando. Mire mi pierna, sangraba mucho, tengo la túnica manchada de secreción viscosa de las pinzas. Trate de levantarme, pero la pierna me temblaba y se negaba a soporta el peso de mi cuerpo. Me apoye en el seto, me faltaba el aire y mire alrededor.

Cedric estaba a muy poca distancia de la Copa de los tres magos, que brillaba tras él.

—Cógela. Vamos, cógela. Ya has llegado—le dije sin aliento. Pero Cedric no se movió se quedó mirándome como idiota, y miro hacia la copa con una expresión de anhelo, iluminado por el resplandor de la copa. Antes de que siquiera hablara me adelante, solo quiero lanzar las malditas chispas rojas y estar entre los brazos de mi dragón.

—Ambos nos quedaremos aquí si no la tomas, de igual forma no quiero ganar el torneo, no mentí cuando dije que no estaba interesado, así que deja de hacerte de rogar y coge la maldita copa—replique molesto. Estoy irritado: la pierna me dolía muchísimo, y tenía todo el cuerpo magullado por mis forcejeos con la araña; pero, después de todos sus esfuerzos.

—¿Estás seguro? —pregunto dudoso.

—¡Deja de hacer alardes de nobleza! No tienes más que cogerla, y podremos salir de aquí—exclame exasperado y molesto.

—Gracias—dijo cogiendo la copa, desapareciendo ante mis ojos, suspire cansado y lance chispas rojas, al instante la profesora McGonagall apareció delante de mí, tomo mi brazo y me apareció en la carpa donde se encontraban Krum y Fleur.

—Usted señor Potter, tiene un aspecto lamentable—dijo Madame Pomfrey.

—Harry Potter esta descalificado, por lo que solo queda Cedric Diggory, tendremos que esperar que nuestro campeón aparezca—dijo Bagman.

—Tómese esto señor Potter, lo dejara noqueado al instante, tengo que trabajar en el veneno de acromantula, y no quiero escuchar sus quejas—asentí me tome lo que me dio y al instante Morfeo me reclamo.


Pov Draco

Suspire aliviado cuando anunciaron la descalificación de Harry, eso quiere decir que está seguro, bueno al menos fue un campeón de Hogwarts quien gano este torneo.

—Es una lástima que Harry haya sido descalificado, tendremos que soportar a los estúpidos tejones, dándoselas solo porque su casa fue quien gano—dijo de mala gana Blaise.

—Sí, una lástima—dije con aburrimiento. Miré a mi padre tocar su brazo izquierdo disimuladamente, al instante supe el motivo y palidecí, mis padres se levantaron y se fueron, sé que en este momento se dirigen a la mansión a cerrarla, y aumentar la seguridad, Voldemort ha regresado.

El tiempo pasaba y Diggory está tardando en aparecer, un temor empezó a crecer en mí, y si Voldemort lo tiene, acaso ocupo el lugar de Harry, mire como los otros campeones empezaron a salir, entre ellos Harry, quien viene directamente hacia nosotros. Venia renqueando, pero con una sonrisa feliz en el rostro.

—Hola chicos—nos saludó sentándose a mi lado, ni siquiera pudimos hablar cuando Dumbledore se acercó a nosotros, Krum y Delacour se habían sentado cerca por lo que supuse que quiere hablar con los campeones.

—Chicos, ¿Alguno sabe que paso con Diggory? ¿Quién lo vio por última vez? —pregunto preocupado el director.

—Yo vi a Cedric tomar la copa y desaparecer, no había posibilidad de acercarme, me lastimé la pierna luchando contra una acromantula, por lo que solo lo vi de lejos, lance chispas para que me recogieran cuando eso ocurrio—dijo Harry tranquilamente.

—Eso es imposible señor Potter, la copa no es un traslador, cuando alguno de ustedes la tocara, esta mandaría una alerta y un profesor lo transportaría aquí, para entregarle su premio—dijo serio el director.

—Entonces no sé qué paso, como dije no pude avanzar más—murmuro confundido Harry. Justo en ese momento se oyó un ruido seco, delante de nosotros, esta Cedric, tome la mano de Harry cuando observe que no se movía, con la copa en su pecho, gritos y confusión fue lo que ocasiono su aparición.

—Fue el, ¿cierto? —pregunte con temor.

—Solo pudo ser el—dijo sombríamente Harry.

Alrededor de nosotros, la multitud daba empujones, intentando acercarse, me dieron asco, la morbosidad que muchos mostraban.

—¿Qué ha sucedido? ¿Qué le ocurre? ¡Diggory está muerto! —se escuchó el murmullo del profesor Moody. Lo mire con horror, y me fije que efectivamente seguía sin moverse, desde la distancia no lográbamos distinguir que ocurre.

—Amos Diggory viene corriendo, Dumbledore. Viene para acá... ¿No crees que tendrías que decirle, antes de que vea...? —dijo el ministro quien se acercó a nosotros, el director se movió con rapidez donde Cedric esta, solo espero que lo que dijo el profesor Moody solo sean delirios.

—Mi hijo—el grito desconsolado del padre de Cedric, nos dio la respuesta, está muerto. Muchas chicas lloraban y gritaban histéricas, cuando comprendieron lo sucedido. Mire algo aturdido como Moody salía corriendo y detrás iba el profesor Snape y el director, no comprendo nada.

—Es mi culpa, debí de haber sido yo, me negué a tomar la copa—susurro muy bajo Harry, cosa que agradecí, si alguien lo escucha se puede meter en problemas.

—Entonces los dos somos culpables, yo fui quien te pidió que no ganaras este torneo, no sabíamos que esto iba a pasar, además no sabes que hubiera pasado, no te culpes por algo que estaba fuera de nuestras manos—susurre con firmeza, no pienso dejar que cargue con esta muerte.

—Lo sé, lamento lo que dije, es el impacto de lo sucedido—dijo acercándose a mí, inhalando mi aroma, agradecí cuando Vincent y Gregory se pusieron frente a nosotros bloqueando la vista a cualquiera, dándonos privacidad. Solo espero que las cosas mejoren.


Pov Harry

Incluso una semana después, las cosas siguen agitadas, todos nos quedaremos con la duda de que fue lo que ocurrio, Draco y yo somos los únicos que sabemos que todo ocurrio en un cementerio, pero no sabemos nada más, solo espero que no haya sufrido.

La noche antes del retorno a Privet Drive, prepare mi baúl, me siento triste y feliz a la vez, dos emociones totalmente opuesta, triste por lo que le ocurrio a Cedric y feliz porque pronto estaré casado con mi novio.

Cuando entré al Gran Comedor con Neville, vi enseguida que faltaba la acostumbrada decoración: para el banquete de fin de curso solía lucir los colores de la casa ganadora. Aquella noche, sin embargo, había colgaduras negras en la pared de detrás de la mesa de los profesores. Comprendí que eran una señal de respeto por Cedric.

El auténtico Ojoloco Moody estaba allí sentado, con el ojo mágico y la pata de palo puestos en su sitio. Aun no puedo creer que quien estuvo cerca de nosotros todo este tiempo haya sido Bartemius Crouch Jr. Solo pensar que un mortífago estuvo tan cerca de Draco, me da escalofrió. Parecía extremadamente nervioso, y cada vez que alguien le hablaba daba un respingo, era lógico que el miedo de Moody al ser víctima de un ataque se hubiera incrementado tras diez meses de secuestro en su propio baúl. La silla del profesor Karkarov se encontraba vacía. Me pregunte, al sentarme con mis compañeros de Gryffindor, dónde estaría en aquel momento, y si Voldemort lo habría atrapado.

Madame Maxime seguía allí. Se había sentado al lado de Hagrid. Hablaban en voz baja. Más allá, junto a la profesora McGonagall, se hallaba Snape. Sus ojos se demoraron un momento en mi mientras lo miraba. Era difícil interpretar su expresión, pero parecía tan antipático y malhumorado como siempre.

Mis pensamientos se vieron interrumpidos por el profesor Dumbledore, que se levantó de su silla en la mesa de profesores. El Gran Comedor, que sin duda había estado mucho menos bullanguero de lo habitual en un banquete de fin de curso, quedó en completo silencio.

—El fin de otro curso —dijo Dumbledore, mirándolos a todos.

Hizo una pausa, y posó los ojos en la mesa de Hufflepuff. Aquélla había sido la mesa más silenciosa ya antes de que él se pusiera en pie, y seguían teniendo las caras más pálidas y tristes del Gran Comedor.

—Son muchas las cosas que quisiera decirles esta noche, pero quiero antes que nada lamentar la pérdida de una gran persona que debería estar ahí sentada, disfrutando con nosotros este banquete. Ahora quiero pedirles, por favor, a todos, que levanten y alcen sus copas para brindar por Cedric Diggory—dijo Dumbledore señalando con un gesto hacia los de Hufflepuff.

Así lo hicimos. Hubo un estruendo de bancos arrastrados por el suelo cuando nos pusimos en pie, levantando las copas y repitiendo.

—Por Cedric Diggory—dijimos con voz potente, grave y sorda. Chang lloraba, lagrimas silenciosas caían por su cara.

—Cedric ejemplificaba muchas de las cualidades que distinguen a la casa de Hufflepuff. Era un amigo bueno y leal, muy trabajador, y se comportaba con honradez. Su muerte nos ha afligido a todos, lo conocieran bien o no. Creo, por eso, que tienen derecho a saber qué fue exactamente lo que ocurrió. —prosiguió Dumbledore. Levante la cabeza y mire a Dumbledore sin comprender.

—Cedric Diggory fue asesinado por lord Voldemort. —eso fue estúpido, nadie estuvo presente en su muerte, declarar tan tranquilamente eso, es ilógico.

Un murmullo de terror recorrió el Gran Comedor. Los alumnos miraban a Dumbledore horrorizados, sin atreverse a creerle.

—El Ministerio de Magia no quería que se los dijera. Es posible que algunos de sus padres se horroricen de que lo haya hecho, ya sea porque no crean que Voldemort haya regresado realmente, o porque opinen que no se debe contar estas cosas a gente tan joven. Pero yo opino que la verdad es siempre preferible a las mentiras, y que cualquier intento de hacer pasar la muerte de Cedric por un accidente, o por el resultado de un grave error suyo, constituye un insulto a su memoria—continuó Dumbledore.

—El propósito del Torneo de los tres magos fue el de promover el buen entendimiento entre la comunidad mágica. En vista de lo ocurrido, del retorno de lord Voldemort, tales lazos parecen ahora más importantes que nunca—Dumbledore pasó la vista de Hagrid y Madame Maxime a Fleur Delacour y sus compañeros de Beauxbatons, y de éstos a Viktor Krum y los alumnos de Durmstrang, que estaban sentados a la mesa de Slytherin. Krum, según vi, parecía cauteloso, casi asustado, como si esperara que Dumbledore dijera algo contra él. Nos enteramos que fue puesto bajo el imperius para que atacara a cualquiera que se cruzara en su camino.

—Todos nuestros invitados han de saber que serán bienvenidos en cualquier momento en que quieran volver. Les repito a todos que, ante el retorno de lord Voldemort, seremos más fuertes cuanto más unidos estemos, y más débiles cuanto más divididos. —continuó, y sus ojos se demoraron en los alumnos de Durmstrang.

—La fuerza de lord Voldemort para extender la discordia y la enemistad entre nosotros es muy grande. Sólo podemos luchar contra ella presentando unos lazos de amistad y mutua confianza igualmente fuertes. Las diferencias de costumbres y lengua no son nada en absoluto si nuestros propósitos son los mismos y nos mostramos abiertos.

Estoy convencido y nunca he tenido tantos deseos de estar equivocado, de que nos esperan tiempos difíciles y oscuros. Algunos de ustedes, en este salón, han sufrido ya directamente a manos de lord Voldemort. Muchas de sus familias quedaron deshechas por él. Hace una semana, un compañero suyo fue aniquilado.

Recuerden a Cedric. Recuérdenlo si en algún momento de sus vidas tienen que optar entre lo que está bien y lo que es cómodo, recuerden lo que le ocurrió a un muchacho que era bueno, amable y valiente, sólo porque se cruzó en el camino de lord Voldemort. Recuerden a Cedric Diggory— mi baúl estaba listo. Hedwig se encontraba de nuevo en la jaula, y la jaula encima del baúl. Con el resto de los alumnos de cuarto, aguardábamos en el abarrotado vestíbulo los carruajes que nos llevarían de vuelta a la estación de Hogsmeade. Era otro hermoso día de verano. Me imaginó que, cuando llegara aquella noche, en Privet Drive haría calor y los jardines estarían frondosos, con macizos de flores convertidos en un derroche de color. Pero no estaré mucho tiempo, Draco dijo que me irían a recoger dentro de dos días, por lo que no tendré que soportar a mi familia.

—¡Hagui! —Mire a mi alrededor. Fleur Delacour subía velozmente la escalinata de piedra para entrar en el castillo. Tras ella, vi a Hagrid ayudando a Madame Maxime a hacer recular dos de sus gigantescos caballos para engancharlos: el carruaje de Beauxbatons estaba a punto de despegar.

—Nos volveguemos a veg, espego. Quiego encontgag tgabajo aquí paga mejogag mi inglés. —dijo Fleur, tendiéndome la mano cuando estuvo frente a mí. Fleur me sonrió.

—Adiós, Hagui ¡Ha sido un placeg conocegre! —se despidió Fleur, dando media vuelta para irse. Krum tambien vino a despedirse de mí, espero poder estar en contacto con ellos, son buenos chicos.

El tiempo no pudo ser más diferente en el viaje de vuelta a King's Cross de lo que había sido a la ida en septiembre. No había ni una nube en el cielo. Draco había conseguido un compartimiento para nosotros solos. Antes de irme Dumbledore me cito en su oficina, preguntándome porque mi relación con mis amigos estaba tan fría, le mentí diciéndole que nos peleamos por una estupidez y que pensaba reconciliarme con ellos, en el tren camino a casa, todo lo dije sin mirarlo a los ojos, haciéndome el tímido y pareciendo avergonzado, gracias a Merlín me creyó y no me pregunto nada más.

Me la pase todo el viaje acostado en las piernas de Draco y deseando que el día de nuestra boda llegara pronto, para no tener que ocultar nuestra relación, una vez que estemos casado, ni siquiera el director nos podrá separar. Este verano será el mejor de todos, me casare con la persona que amo y me reuniré con mi primo, estoy ansioso por conocerlo.


Bueno chicas y chicos, espero que les haya gustado el próximo capi, será la boda, veremos que ha pasado en Konoha en estos meses, cualquier cosa ya saben reviews, nos seguimos leyendo.

Bella.