Los personajes no me pertenecen son de J.K Rowling y Kishimoto

Summary: Harry se entera que cuando cumpla quince su parte criatura despertara dándole nuevos poderes y una pareja destinada para él, si eso no fuera poco descubre que tiene un primo en un mundo completamente diferente al suyo: El mundo Ninja, ahora luchara junto a su pareja para proteger todo lo que ama.

Parsel -"Hola"

Hechizos- Accio o Jutsus

Voz sobrenatural- Hola

Otro idioma "Hola"

Recuerdos, visiones [Hola]


Capítulo 20 La caida del tirano

Pov Draco

Mire preocupado, como Harry camina de un lado a otro por la habitación, todos se encuentran aquí, Ron y Hermione nos reunieron para informarnos que Dumbledore ya empezó a moverse, al parecer tenía pensado usar un collar maldito y se valió de una alumna para hacerlo: Katie Bell, quien en este momento se encuentra en la enfermería.

—¡Voy a matarlo! —siseo furioso Harry, suspire y deje que se desahogara un poco más.

—Está loco, ve a Draco como un estorbo, alguien que impide que Harry cumpla con sus expectativas y eso lo hace más peligroso—dijo Pansy preocupada.

—¿Qué haremos? Obviamente matarlo no es la solución—dijo Hermione cuando Harry la miro, con la clara intención de dar esa idea.

—Harry, ven a sentarte a mi lado, me estas mareando—suspiro aun irritado, pero se sentó y enterró su cara en mi cuello.

—Lo único que se me ocurre, es que Draco nunca este solo. Eso evitara que Dumbledore lo ataque—aporto Theo.

—Es buena idea, pero no creo que sea suficiente, debemos de tenderle una trampa y denunciarlo—la mirada de Ron es seria, supongo que es una forma de hacerle pagar lo de su padre.

—¿Quién nos creerá? —pregunto Daphne molesta.

—Puede que lo hagan, si mostramos nuestras memorias y conseguimos que lo sometan al veritaserum—comente tranquilamente, acariciando el cabello de Harry, quien ronroneo como un gatito.

—Mientras la oportunidad se da. No puedes andar solo—ordeno Harry, lo mire molesto, para despues suspirar resignado, cuando hizo ojos de cachorrito abandonado.

—Bien—espete, para luego correr con la mirada, a todos. Solo rieron y uno por uno, salió de nuestra habitación. Al menos el maldito vejete, no pudo quitárnosla.

Harry empezó a besarme y morder mi cuello. Lo tome de la cintura y lo acerque más. Volvió a ronronear.

—Oh. Me gusta ese sonido —dije con un suspiro feliz. Harry tomo aceite, tío Sirius nos regaló un libro especializado en sexo entre hombres, además de aceite y cremas comestibles, engrasando los dedos y una buena parte de mi ano. Harry agarro gusto de hacerlo a lo muggle, ya que me causa más placer, al momento de prepararme. Un dedo se deslizó dentro de mi culo, haciendo que mi respiración se enganchara. Di un suave gruñido con la mezcla de dolor y placer.

—Ha pasado un tiempo, mi amor—con todos los problemas y los niños, no hemos tenido tiempo de disfrutar. Solo asentí, dandole la razón.

—Será como si fuera nuestra primera vez—susurro ronco. Harry envolvió su mano aceitada alrededor de mi pene, enviando sacudidas de placer por mi columna vertebral. Mientras estaba distraído, me tomó, hundiendo sus colmillos en mi cuello, al mismo instante se deslizó en mi interior. Instintivamente saqué los mío y los hundí en su cuello.

La penetración doble me tiene dando vueltas, aumentando las sensaciones. Demasiado. Entre el ritmo palpitante de mi cuello y el bombeo dentro y fuera de mi cuerpo, mi liberación fue tremenda. El orgasmo me dejó agotado; flotando en la pura sensación, un dulce entumecimiento paralizante.

Segundos más tarde, Harry se quejó, llenándome con su deseo. Separo la boca de mi cuello y lamio la herida cerrándola, lánguidamente siguió el recorrido por mi garganta, antes de sumergirse en mi boca.

Su lengua barrió saboreando la sal de sudor y un tinte metálico de mi sangre. Por lo general, no tenemos que mordernos hasta sacarnos sangre, sino algo más superficial, para remarcar nuestro vinculo. Pero cuando nuestra sangre está involucrada, nuestra conexión se fortalece a tal extremo, que sentimos ser uno de nuevo. Como cuando se realizó el enlace.

—Tú eres mío, mi dulce, dulce hombre—susurro extasiado.

—Tuyo —dije posesivamente. Durante mucho tiempo, pasamos acunado en los brazos del otro. Espero que Dumbledore no intente nada de nuevo, puede que no lo haya demostrado, para no empeorar las cosas. Pero no permitiré que ese viejo manipule a mi esposo, como si fuera un maldito títere, sonreí al ver que se durmió, acaricie su rostro y me dormí abrazándolo con fuerza.

[ Mire alrededor sin saber dónde me encuentro, al instante el maldito viejo apareció. Seguí sus pasos, no reconozco el lugar, caminamos por un sendero. Hasta llegar a un cementerio.

Tardaste, espero me hayas conseguido lo que te pedí—siseo Dumbledore viendo al mago que apareció, no lo conozco, pero no me da buena espina.

Esto que me pidió es muy peligroso, debe de sacrificar parte de su vida, ni siquiera sé cuánto tiempo vivirá una vez lo use. Ni las consecuencias físicas que esto le generara—dijo entregándole un libro negro, la pasta está muy gastada y llena de sangre, el hombre la sostiene con una tela, evitando que toque su piel.

Necesito encontrar un objeto muy importante y esto a pesar de las consecuencias, me ayudara—el hombre se encogió de hombros, tomo el dinero y desapareció]

Fue una visión corta, mire alrededor hasta toparme con Harry, quien duerme pacíficamente. Suspire cansado, apoye la cabeza en su pecho, mañana le contare todo.


Pov Harry

Al abrir los ojos, lo primero que vi fue a mi dragón en mis brazos, es tan hermoso, solo pensar que Dumbledore pudo haberlo lastimado y no solo el, sino tambien Voldemort, es difícil. Pensé que solo tenía que luchar contra el maldito que mato a mis padres, ahora no solo debo de defenderme de sus constante ataques, sino que debo de proteger a mi esposo del director. Nunca pensé que llegaría tan lejos, solo por cumplir sus expectativas, es tan cerrado de mente.

—Buenos días—susurro contra mi cuello.

—Buenos días amor, es un verdadero placer verte—ronronee encantando, al ver como se ruborizaba. En todo este tiempo, descubrimos cual de nuestras criaturas es la más dominante, mi parte arpía es demasiado imponente y sobreprotectora. Cuando Ron y Hermione me contaron lo que hizo el director, tuve un ataque de furia tan fuerte, que mis alas se mostraron y los ojos me cambiaron de color. Ellos se paralizaron del terror.

Tuve que contarles la verdad, por primera vez comprendieron la magnitud de mis sentimientos por Draco, solo cuando me abrazo y su aroma penetro en mi mente, me calme.

El día paso sin novedades, sino tomo en cuenta que Katie fue trasladada a San Mungo de enfermedades y heridas mágicas. Dumbledore me cito de nuevo, en esta ocasión no quise negarme, presiento que el ataque a Draco fue porque ignore su cita, aunque no pienso ir de nuevo, solo quiero saber que demonios quiere.

—Por favor, actúa como si no sabes que es el responsable, a veces eso ayuda a obtener más información, que atacar de frente—asentí y lo bese, no quiero que esté preocupado o nervioso, pero sé que es inevitable. Mas aun despues de la visión que tuvo, es confusa y peligrosa.

—Lo sé, procurare no perder los estribos, pero ya me conoces, soy muy temperamental y cuando estas involucrado, peor—susurre contra sus labios.

—No me importa si estoy en clase, búscame en cuanto salgas de su oficina, estoy muy nervioso y no estaré tranquilo hasta que te vea sano y salvo—me beso de nuevo, gruñí cuando varios alumnos se quedaron viéndonos, acaso nunca han visto a dos personas besarse.

Al escucharme, corrieron espantados, creo que agarre fama con mi comportamiento, pero no me importa.

—Lo prometo—con mucho esfuerzo me separe.

Llame a la puerta y Dumbledore me hizo pasar. Esta sentado en su mesa, parece muy cansado; tiene la mano más negra y chamuscada.

—Has estado muy ocupado durante mi ausencia. Tengo entendido que presenciaste el accidente de Katie—dijo Dumbledore.

—Se equivoca, fue Hermione, estaba con mi esposo, por lo que nos enteramos al igual que el resto de los estudiantes ¿Cómo se encuentra? —pregunte serio y lo más sereno posible.

—Todavía no se siente bien, aunque podríamos decir que tuvo suerte. Al parecer, el collar apenas le rozó la piel a través de un diminuto roto que tenía uno de sus guantes. Si se lo hubiera puesto o lo hubiese cogido con la mano desnuda, quizá habría muerto al instante. Por fortuna, el profesor Snape consiguió impedir una rápida extensión de la maldición... —apreté los labios, para evitar decir lo que pienso.

—¿Por qué él? ¿Por qué no la señora Pomfrey? —pregunte hastiado.

—Impertinente. En mis tiempos, yo no habría permitido que un alumno cuestionara el funcionamiento de Hogwarts —musitó una débil voz procedente de uno de los retratos que había en la pared, y Phineas Nigellus Black, el tatarabuelo de Sirius, levantó la cabeza que hasta ese momento tenía apoyada sobre los brazos fingiendo dormir.

—Gracias, Phineas. El profesor Snape sabe mucho más de artes oscuras que la señora Pomfrey, Harry. En fin, el personal de San Mungo me envía informes cada hora y confío en que Katie se recuperará del todo a su debido tiempo —dijo Dumbledore, condescendiente.

—¿Dónde ha pasado el fin de semana, señor? —cambie de tema.

—Prefiero no revelártelo todavía. Sin embargo, te lo diré en su momento—dijo Dumbledore tranquilo, presiento que está tramando algo, su mano no se puso negra por nada. Sera que es por el libro que Draco vio en su visión.

—¿De verdad? —pregunte con frialdad.

—Sí, eso espero —repuso Dumbledore.

—Si solo era para informarme sobre el estado de Katie, me retiro. Si soy sincero no comprendo porque me llamo, le agradecería que solo lo hiciera si es por algo académico, no tengo tiempo para estar viniendo cada vez que usted desee verme. Mis estudios son importantes y como bien sabe, Voldemort está muy activo y debo de proteger a mi familia, con permiso—quedo en shock, al parecer no esperaba que lo tratara de esa manera, sin darle tiempo de reaccionar, fui a buscar a Draco, con ayuda del mapa merodeador, fue fácil encontrarlo. Está en nuestra habitación.

Al verme me abrazo, según parece estuvo pendiente del futuro de Dumbledore. Acaricie su cabello, relajándolo. Por suerte no tenemos clases, así que solo nos acostamos y abrazamos.

A primera hora del día siguiente, tuvimos clase de Herbología. Nos toca con los Hufflepuff, por lo que no veré a Draco. Estoy platicando con los chicos, sobre lo que me dijo Dumbledore, Hermione está indignada y Ron se puso pálido. Todos llegamos a la conclusión, que el maldito vejete quiere intimidarme.

—Concentrense, se están retrasando. Sus compañeros ya han empezado y Neville ha conseguido extraer la primera vaina —Los tres miramos. Es verdad: Neville, con un labio ensangrentado y varios arañazos en la mejilla, aferraba un objeto verde del tamaño de un pomelo que latía de forma repugnante.

—¡Sí, profesora, ahora mismo comenzamos! —dijo Ron.

Todos respiramos hondo y nos abalanzaron sobre la retorcida cepa con que nos había tocado lidiar.

La cepa cobró vida, al instante y de su parte superior brotaron unos tallos largos y espinosos como de zarza. Uno de ellos se enredó en el cabello de Hermione, pero Ron lo rechazó con unas tijeras de podar. Conseguí atrapar un par y les hizo un nudo. Entonces se abrió un agujero en medio de las ramas con aspecto de tentáculos. Demostrando gran valor, Hermione metió un brazo en el agujero, que se cerró como una trampa y se lo aprisionó hasta el codo. Tiramos de los tallos y los retorcimos, obligando al agujero a abrirse otra vez, de modo que Hermione logró sacar una vaina igual que la de Neville. De inmediato los espinosos tallos volvieron a replegarse y la nudosa cepa se quedó quieta como si fuera un inocente trozo de madera muerta.

—¿Saben que les digo? Que cuando tenga mi propia casa, no creo que plante ningún bicho de éstos en el jardín —dijo Ron al tiempo que se subía las gafas y se secaba el sudor de la cara.

—Pásame un cuenco —pidió Hermione, sujetando la palpitante vaina con el brazo bien estirado para alejarla del cuerpo. Le pase el recipiente y ella con cara de asco, dejo caer la vaina dentro.

—¡No seas tan delicada y estrújala! ¡Son mejores cuando están frescas! —exclamó la profesora Sprout.

—En fin, Slughorn va a organizar una fiesta de Navidad, y de ésa no conseguirás escaquearte, porque me pidió que averiguara qué noches tienes libres. Quiere asegurarse de celebrarla un día en que puedas asistir —dijo Hermione, retomando la conversación, como si no acabara de atacarnos aquella cepa asquerosa. Deje escapar un quejido, me costó convencer a Draco que no fuéramos, fue educado para cumplir con sus compromisos y no se sentía bien, rechazando constantemente al profesor Slughorn.

Ron, que está intentando exprimir la vaina en el cuenco a base de retorcerla con todas sus fuerzas.

—Y esa fiesta también será sólo para los preferidos de Slughorn, ¿no? —espeto Ron hastiado.

—Sí, sólo para los miembros del Club de las Eminencias —confirmó Hermione.

La vaina se escurrió entre las manos de Ron y, tras rebotar en la pared de cristal del invernadero, fue a dar contra la cabeza de la profesora Sprout, arrancándole el viejo y remendado sombrero. Me apresuré a recuperar la vaina; cuando volví junto los chicos aún siguen discutiendo lo mismo.

—Mira, eso del Club de las Eminencias no me lo he inventado yo... —espeto Hermione.

—Club de las Eminencias —repitió Ron con una sonrisa burlona propia de Draco.

—¡Qué patético! Bueno, espero que te lo pases muy bien en esa fiesta. ¿Por qué no intentas ligar con McLaggen? Así Slughorn podría nombraros rey y reina de las eminencias... —a veces Ron es tan obtuso.

—Podemos llevar invitados, y yo pensaba pedirte que vinieras. Pero ya que lo encuentras tan estúpido, ¡se lo pediré a otro! —replicó Hermione ruborizándose.

Lamente que la vaina no hubiera ido a parar al otro extremo del invernadero, porque así habría podido alejarme un rato de mis amigos. De cualquier modo, como ninguno de ellos me hace caso, agarré el cuenco que contenía la vaina e intenté abrirla por los medios más ruidosos y enérgicos que se me ocurrieron, aunque por desgracia seguí oyendo la conversación.

—¿Ibas a pedírmelo a mí? —preguntó Ron, súbitamente enternecido.

—Sí. Pero ya veo que prefieres que ligue con McLaggen... —contestó ella, enfadada. Hubo un silencio, pero seguí aporreando la resistente vaina con una palita.

—No, si yo no digo eso... —murmuró Ron. En ese momento apunte mal y golpee el cuenco, que se hizo añicos.

¡Reparo! —dije tocando los trozos con la punta de mi varita, y el cuenco se recompuso.

Sin embargo, el ruido hizo que los chicos volvieran a fijarse en mí. Hermione, nerviosa, se puso a buscar en su Arboles carnívoros del mundo la manera correcta de exprimir las vainas de snargaluff; por su parte, Ron, aunque con cara de avergonzado, también parecía muy contento.

—Pásamela, Harry. Aquí dice que hay que pincharlas con algo punzante... —pidió Hermione.

Tras entregarle el cuenco con la vaina, ambos volvieron a ponerse las gafas protectoras y se abalanzaron una vez más sobre la cepa.

Mientras peleo con un espinoso tallo que parece empeñado en estrangularme, pensé que aquello en realidad no me sorprende, solo espero que cuando estén juntos, no armen peleas monumentales, de igual forma no pienso meterme.

—¡Ya te tengo! —exclamó Ron mientras arrancaba una segunda vaina de la cepa, justo cuando Hermione conseguía abrir la primera, de modo que el cuenco se llenó de tubérculos de un verde pálido que se retorcían como gusanos. Durante el resto de la clase, no se volvió a mencionar la fiesta de Slughorn.

Katie Bell sigue ingresada en el Hospital San Mungo, aun me da escalofrío solo de pensar que Draco pudo estar en su lugar o peor aún, muerto. Sinceramente estar sin hacer nada no es lo mío, si por mi fuera, maldeciría a Dumbledore hasta que vomite sus intestinos.

Algo que me tiene en verdad aliviado es que Ginny empezó a salir con Dean, por lo que no me tengo que preocupar por escenitas, en verdad agradezco que siga con su vida y no se estanque en un enamoramiento que solo le traerá sufrimiento.

Fuimos a ver el partido de quidditch de Gryffindor contra Slytherin, sinceramente es raro verlo desde la tribuna, pero no me siento mal ni deprimido. El tiempo que el equipo se la paso entrenando, lo disfrute con Draco, ya sea solo pasando el rato o entrenando, de vez en cuando se nos unían los chicos.

En estas semanas, Hermione se hizo muy buena amiga de las chicas, al igual que Ron de los chicos, irónicamente, encontraron personas con las que se llevan muy bien, en la casa enemiga.

Despues de que Gryffindor ganara, para enfado de Draco, hubo una fiesta en la que fui solo un momento, pero fue el tiempo suficiente para ver como Ron empeoraba aún más las cosas con Hermione y solo porque se enteró por Ginny que se besó con Krum, cosa que paso hace dos años. Ahora él está haciendo lo mismo con Lavender. Suspire cansado al ver como Hermione lo atacaba con pájaros.

—¿Qué les pasa a Ron y Hermione? —pregunto Draco despues de acabar de entrenar, últimamente no hemos podido usar la sala de los menesteres. Al parecer alguien más dio con ella. Draco me comento que Terence Higgs, el chico que antes era buscador del equipo ha estado merodeando el lugar. Como Draco renuncio, retomo el puesto de buscador.

—En resumen, son celos, Ron esta celoso de que Hermione se haya besado con Krum y como algún tipo de venganza, ahora sale con Lavender y bueno están peleados—suspire harto y deseando que se arreglen pronto.

—Pues ya tienen partidarios, Pansy y Daphne están de parte de Hermione, se la pasaron consolándola cuando llego a la sala común de Slytherin, para horror de muchos, pero no dijeron nada, por su seguridad. Theo y Blaise están de parte de Ron, quien se la pasa despotricando que ellos no tienen nada y que puede hacer lo que quiera—al menos ya son amigos, solo espero que ese par se arregle.

Una vez más la nieve formaba remolinos tras las heladas ventanas; se acerca la Navidad. Como todos los años y sin ayuda alguna, Hagrid ya había llevado los doce árboles navideños al Gran Comedor; había guirnaldas de acebo y espumillones enroscados en los pasamanos de las escaleras; dentro de los cascos de las armaduras ardían velas perennes, y del techo de los pasillos colgaban a intervalos regulares grandes ramos de muérdago, bajo los cuales se apiñaban las niñas cada vez que paso por allí.

Eso provocaba atascos en los pasillos, pero, afortunadamente, en mis frecuentes paseos nocturnos por el castillo había descubierto diversos pasadizos secretos, de modo que no me costaba tomar rutas sin adornos de muérdago, para ir de un aula a otra. Hecho que compartí con mi esposo, no deseo que ninguna de esas estúpidas niñas, traten de acorralarlo.

Ron, que en otras circunstancias se habría puesto celoso, se desternilla de risa cada vez que tengo que tomar uno de esos atajos para esquivar a dichas admiradoras. Sin embargo, a pesar de que prefiero mil veces a este nuevo Ron, risueño y bromista, antes que al malhumorado y agresivo compañero que había soportado las últimas semanas, no todo eran ventajas.

En primer lugar, tengo que aguantar con frecuencia la presencia de Lavender Brown, quien opina que cualquier momento que no esté besándose con Ron, es tiempo desperdiciado; y, además me hallo otra vez en la difícil situación de ser el mejor amigo de dos personas, que no parecen dispuestas a volver a dirigirse la palabra. La ventaja es que cuento con los Slytherin, quienes tambien están envuelto en esto. Los chicos nos pidieron que, por unos días, estemos con los miembros de nuestra casa, ya que pasaremos la navidad con nuestra familia. Por lo que Draco está con los Slytherin, a quienes le pedí encarecidamente no lo dejen solo.

Ron, que todavía tiene arañazos y cortes en las manos y los antebrazos provocados por los belicosos canarios de Hermione, adopto una postura defensiva y resentida.

—No tiene derecho a quejarse, porque ella se besaba con Krum. Y ahora se ha enterado de que alguien quiere besarse conmigo. Pues mira, éste es un país libre. Yo no he hecho nada malo—me dijo irritado.

Fingí estar enfrascado en el libro cuya lectura tenemos que terminar antes de la clase de Encantamientos de la mañana siguiente (La búsqueda de la quintaesencia). Como estoy decidido a seguir siendo amigo de los dos, no tengo más remedio que morderme la lengua cada tanto.

—Yo nunca le prometí nada a Hermione. Hombre, sí, iba a ir con ella a la fiesta de Navidad de Slughorn, pero nunca me dijo... Sólo como amigos... Yo no he firmado nada... —farfulló Ron.

Consciente de que mi amigo me está mirando, volví una página de La búsqueda de la quintaesencia. La voz de Ron fue reduciéndose a un murmullo apenas audible a causa del chisporroteo del fuego, aunque me pareció distinguir otra vez las palabras «Krum» y «que no se queje».

Hermione tiene la agenda tan llena que sólo puedo hablar con calma con ella por la noche, aunque, en cualquier caso, Ron estaba enroscado alrededor de Lavender y ni se fija lo que hago. Hermione se niega a sentarse en la sala común si Ron está allí, de modo que me reúno con ella en la biblioteca, y eso significaba que tengo que hablar en voz baja.

—Tiene total libertad para besarse con quien quiera. Me importa un bledo, de verdad—afirmó Hermione mientras la bibliotecaria, la señora Pince, se paseaba entre las estanterías.

Dicho esto, levantó la pluma y puso el punto sobre una «i», pero con tanta rabia que perforó la hoja de pergamino. No dije nada, últimamente hablo tan poco que, si no es por mis conversaciones con Draco, temería perder la voz para siempre, me inclinó algo más sobre Elaboración de pociones avanzadas y sigo tomando notas acerca de los elixires eternos.

—¡Ah, por cierto, ve con cuidado! —añadió Hermione al cabo de un rato.

—Te lo digo por última vez, no pienso buscar a Dumbledore, me mantengo alejado, hasta que le tendamos la trampa —replique en un susurro ligeramente ronco después de tres cuartos de hora en silencio.

—No me refiero a eso —me cortó Hermione.

—Antes de venir aquí, pasé por el cuarto de baño de las chicas, y allí me encontré con casi una docena de alumnas, entre ellas Romilda Vane, intentando decidir cómo hacerte beber un filtro de amor. Todas pretenden que las lleves a la fiesta de Slughorn, y sospecho que han comprado filtros de amor en la tienda de Fred y George que, me temo, funcionan—en serio que les pasa, acaso no respetan el hecho de estar casado, si Draco se entera, las hechizara, talvez debería de dejarlo. No pude evitar sonreír con malicia.

—¿Y por qué no se los confiscaste? —No me parece lógico que Hermione abandonara su obsesión por las normas, en esos momentos tan críticos.

—Porque no tenían las pociones en el lavabo. Sólo comentaban posibles tácticas, dudo que estar pendiente de Dumbledore, fuese capaz de encontrar un antídoto eficaz contra una docena de filtros de amor diferentes ingeridos a la vez, yo en tu lugar les aclararía de una vez por toda que no estas interesado y que tu amado esposo las hechizara hasta dejarlas con retraso—contestó ella, con desdén.

—Creo que dejare que Draco se los aclare, te aseguro que será más efectivo—murmure, al menos me libre de Ginny.

—Pues vigila lo que bebes, porque me ha parecido que Romilda Vane hablaba en serio —me advirtió Hermione.

Estiró el largo rollo de pergamino en el que estaba escribiendo su redacción de Aritmancia y siguió rasgueando con la pluma.

Al llegar a la habitación, le conté todo a Draco, quien se puso furioso y dijo que se encargaría de todo.

—¿Te divertiste? —pregunte peinando su cabello, en verdad me relaja, al igual que él.

—Fue divertido, poner orden e imponer mi presencia en Slytherin—solo mi dragón, ve divertido meter en miedo a las personas.

—Eres el príncipe de Slytherin despues de todo—susurre en su oído.

—Aunque hay algo que me preocupe, este chico Terence, está actuando extraño, Blaise piensa que es un mortifago. Lo están vigilando, pero siempre busca la forma de escabullirse—fruncí el ceño, eso no está bien, acaricié su cuello con cuidado.

—Nunca te quedes solo con él y dile a los chicos que tengan cuidado—solo porque es joven, no quiere decir que no sea peligroso.

Días después, las chicas que Hermione mencionó, gritaron y lloraron camino a la enfermería, al tener su rostros cubiertos de granos y completamente calvas.


Pov Fugaku

Mire con detenimiento la carta en mis manos, Sasuke se preocupará y pondrá triste, pero estoy de acuerdo con Harry-san, es peligroso que los niños se carteen.

—Nos mandaste a llamar—Itachi y Sasuke entraron a la habitación, Mikoto tambien se encuentra aquí.

—Dime Sasuke ¿Por qué no le has escrito a Aries? —es lo primero que quiero saber.

—He estado entrenando, quiero ser muy fuerte, así protegeré a Aries cuando regrese—dijo serio. Lo supuse, solo que mi pequeño, no se puso a pensar en lo que sentiría Aries si dejaba de escribirle.

—Aries está molesto porque no le contestaste—le informe, lamentablemente no hay nada que se pueda hacer.

—Hermano tonto, Aries ya no está solo, hay varias personas que lo quieren y educan, ya no será como antes, no esperará siempre por ti. Su carácter se adaptará a su familia—por la cara compungida de Sasuke, comprendió lo que su hermano quiso decirle.

—Puede escribirle ahora y explicarle tus motivos, estoy segura que te perdonara—dijo con una sonrisa Mikoto.

—Lo hare ahora mismo—iba a levantarse, pero mi mirada lo detuvo.

—Me temo que eso no será posible. Harry-san escribió explicando que se desato la guerra y cualquier carta puede traer graves consecuencia para Konoha. Como menciono tu hermano, Aries está adoptando las costumbre y aptitudes de las personas que lo rodean, por lo que según me comento Harry-san, es muy orgulloso, temo que tienes que esperar hasta que las cosas se resuelvan. Harry-san prometió informarme—suspire al ver las lágrimas caer, pero no hay nada que podamos hacer. Se fue corriendo a su habitación, Mikoto fue a consolarlo.

—¿Estará bien? —pregunto Itachi, refiriéndose a Aries.

—No lo sé, esperemos que todo salga bien. Le debemos mucho y me gustaría poder pagárselo. Me voy a una reunión con el Hokage—le dije serio. Al llegar, note que están todos los líderes de clanes.

—Hace unas semanas, nos llegó información de una nueva aldea ninja, o mejor dicho el renacimiento de una aldea que ya existió: Uzushiogakure, mandamos a nuestros mejores ninjas en infiltración, todos regresan sin tener la mínima idea de que estaban haciendo. Hemos llegado a la conclusión de que alguien en esa aldea, tiene la habilidad de borrar recuerdos, ya que Inoichi encontró un hueco en sus mentes.

Pero no es eso lo que me preocupa, sino que han estado alojando a ninjas renegados. Entre ellos el demonio de la niebla: Zabuza Momochi. Tambien recibieron renegados pertenecientes a las cinco grandes naciones, incluyendo Konoha. La mayoría rango S—eso explica porque ha estado nervioso y alterado. En estos meses el Hokage ha logrado mantener en secreto el estado de la aldea, incluyendo nuestro acuerdo.

—Eso es peligroso, está haciéndose de ninjas muy poderosos—dijo Danzo con frialdad.

—Todos sabemos que cuando un ninja pertenece a otra aldea, sin importar si es renegado o no, es decisión de su líder actual lo que hará con él, por lo que, aunque le exijamos a Harry-san que lo entregue, si no quiere, no podemos obligarlo—dijo Sarutobi-san.

—Acabo de mandar a otro grupo de ninjas, si no funciona, solo nos queda esperar—dijo el Hokage serio. Le escribiría a Harry-san, si por algún motivo, Konoha se vuelve un lugar intratable, ir a Uzushiogakure no estaría mal. Pero con lo último que me escribió, no es posible hacerlo.


Pov Harry

Acabamos de empezar con un dificil tema de la transformación humana; trabajamos delante de espejos y se supone que tenemos que cambiar el color de sus cejas. Hermione rió con crueldad ante el desastroso primer intento de Ron, que sólo consiguió que le apareciera en la cara un espectacular bigote con forma de manillar.

Él se tomó la revancha realizando una maliciosa, pero acertada imitación de los brincos que ella daba en la silla cada vez que la profesora McGonagall formulaba una pregunta. Lavender y Parvati lo encontraron divertidísimo, pero Hermione acabó al borde de las lágrimas y apenas sonó el timbre, salió corriendo del aula, dejando la mitad de sus cosas en el pupitre. Tras decidir que en esta ocasión ella está más necesitada que Ron, recogi todo y la seguí.

La encontré cuando salía de un lavabo de chicas, un piso más abajo. Luna Lovegood la acompaña y le da palmaditas en la espalda.

—¡Hola, Harry! ¿Sabías que tienes una ceja amarilla? —pregunto Luna.

—Hola, Luna. Hermione, te has dejado esto en... —le entregue sus cosas.

—¡Ah, sí! Gracias, Harry. Bueno, tengo que irme... —balbuceó ella, y se dio rápidamente la vuelta, para disimular y que no vea que se está secando las lágrimas.

Se marchó tan rápido que no tuve tiempo de decirle nada que la consolara, aunque en realidad no soy muy bueno.

—Está un poco disgustada. Al principio creí que era Myrtle la Llorona la que estaba ahí dentro, pero ya ves. Ha dicho no sé qué sobre ese Ron Weasley... —comentó Luna.

—Ya, es que se han peleado.

—A veces Ron dice cosas muy graciosas, ¿verdad? Pero otras veces es un poco cruel. Ya me fijé en eso el año pasado. —comentó Luna mientras recorríamos el pasillo.

—Tienes razón—admití recordando lo que dijo de Draco. Luna exhibía una vez más su habilidad para decir las verdades, aunque molestaran, nunca he conocido a nadie como ella.

— ¿Qué tal te ha ido el trimestre?

—No ha estado mal. Ginny ha sido muy simpática conmigo. El otro día, en la clase de Transformaciones, hizo callar a dos chicos que me estaban llamando Lunática... —seguimos platicando y nos separamos para ir a nuestras respectivas clases. Estos días han sido demasiados tensos, ya quiero que sea navidad y poder disfrutar, aunque sea un poco.

Todo empeoro, cuando Hermione llego diciendo que está saliendo con el idiota de Cormac, por merlín, porque simplemente no se declaran, acabare hechizándolos.

El día de navidad, no fue el más feliz que digamos, nuestros pequeños no la pasaron con nosotros, pero nos pasamos hablando horas con ellos, gracias a los espejos. Lucius y Sirius han estado rastreando a Voldemort, sin resultados. Parece que el maldito desgraciado, se la pasa escondido.

El segundo trimestre empezó a la mañana siguiente con una agradable sorpresa para los alumnos de sexto: por la noche habían colgado un gran letrero en los tablones de anuncios de la sala común de cada una de las casas, en mi caso habitación.

CLASES DE APARICIÓN

Si tienes diecisiete años o vas a cumplirlos antes

del 31 de agosto, puedes apuntarte a un cursillo

de Aparición de doce semanas dirigido por un

instructor de Aparición del Ministerio de Magia.

Se ruega a los interesados

que anoten su nombre en la lista.

Precio: 12 galeones.

Aunque Draco y yo, sabemos hacerlo, lo aprendimos en la habitación especial, fue difícil y por poco y dejo algunas partes de mi cuerpo, recuerdo que Sirius dijo que siempre debemos de tener en mente, el destino deseado, la decisión de usar el espacio visualizado y por último movernos con desenvoltura. Al menos, no tengo que preocuparme en hacerlo, fue agotador y frustrante.

Estaba en la sala común, cuando me llego un paquete de chocolates, al instante me llego el olor de la amortentia. Los tire a mi antigua cama y espere que Ron saliera del baño, me puse a ver el mapa, quiero saber si Draco ya está listo, lo he extrañado tanto. Hoy es el cumpleaños de Ron y los chicos de Slytherin organizaron una pequeña fiesta en la sala de los menesteres, mi deber es llevarlo.

Justo en ese momento Ron empezó actuar extraño, al instante me di cuenta del motivo. Se comió los chocolates que me mandaron. Empezó a decir que está enamorado de Romilda Vane, la estúpida mocosa que irrumpió en nuestro compartimento. Tuve que llevarlo donde el profesor Slughorn para que le diera el antídoto.

—¡Hola, Harry! Es muy tarde para visitas—murmuró.

—Siento mucho molestarlo, profesor, pero mi amigo ha ingerido un filtro de amor por error. ¿No podría prepararle un antídoto? Yo lo llevaría a que la señora Pomfrey lo viese, pero los productos de Sortilegios Weasley están prohibidos, como usted sabe, y no quisiera poner a nadie en un compromiso... —dije en voz baja; Ron se puso de puntillas para atisbar en el despacho.

—Me extraña que no le hayas preparado un remedio tú mismo, Harry, siendo tan experto elaborador de pociones —comentó Slughorn. No me llamaría experto, tener un esposo que, si lo es, ayuda mucho. Además de que mi querido suegro, no quería que fuera un incompetente.

—Verá, es que... es que nunca he preparado un antídoto para un filtro de amor, señor, y quizá cuando lo tuviera listo mi amigo ya habría hecho algo grave... —Ron me hincaba el codo en las costillas para que entráramos en el despacho.

—No la veo, Harry. ¿La tiene escondida?

—¿Cuándo se preparó esa poción? Lo digo porque, si se conservan mucho tiempo, sus efectos pueden potenciarse—preguntó Slughorn mientras contemplaba a Ron con interés profesional.

—Eso... eso lo explica todo. Hoy... hoy es su cumpleaños, profesor —jadee mientras forcejeaba con Ron, para impedir que le suelte un puñetazo a Slughorn.

—Está bien. Pasen, pasen. Tengo todo lo necesario en mi bolsa. No es un antídoto difícil... —cedió Slughorn. Ron irrumpió en el caldeado y atiborrado despacho de Slughorn, tropezó con un taburete adornado con borlas y recuperó el equilibrio agarrándose de mi cuello. Gruñí molesto y lo sostuve con fuerza.

—Romilda no me ha visto tropezar, ¿verdad? —murmuró ansioso.

—Ella todavía no ha llegado —lo tranquilice, mientras observe cómo Slughorn abría su kit de pociones y añadía unos pellizcos de diversos ingredientes en una botellita de cristal.

—¡Uf, qué suerte! ¿Cómo me ves? —dijo Ron.

—Muy guapo. Bébetelo, es un tónico para los nervios. Te tranquilizará hasta que llegue ella. —dijo Slughorn con naturalidad, y le tendió un vaso de un líquido transparente.

—Excelente —repuso Ron entusiasmado, y se bebió el antídoto de un ruidoso trago.

Lo observamos. Ron nos miró con una amplia sonrisa en los labios, pero ésta se fue desdibujando poco a poco hasta trocarse en una expresión de desconcierto.

—Veo que has vuelto a la normalidad, ¿eh? —sonreí relajado. Slughorn soltó una risita.

—Gracias, profesor.

—De nada, amigo, de nada. Tengo cerveza de mantequilla, vino... Y me queda una botella de un hidromiel criado en barrica de roble. Hum, tenía intención de regalársela a Draco Malfoy, tu esposo, por Navidad... ¡Bueno, no creo que eche de menos una cosa que nunca ha tenido! Bien, ¿la abrimos y celebramos el cumpleaños del señor Weasley? No hay nada como un buen licor para aliviar el dolor que produce un desengaño amoroso... —dijo Slughorn. Ron se dejó caer en un sillón con cara de consternación.

—Lo que necesita ahora, es algo que le levante el ánimo—Se acercó a una mesa llena de bebidas.

—Aquí tienen ¡Feliz cumpleaños, Ralph!... —dijo el profesor, y nos entregó a cada uno una copa de hidromiel. Luego alzó la suya y brindó.

—Ron —aclare sintiendo un aroma extraño provenir de la bebida en mis manos. Pero Ron, sin prestar atención al brindis, ya se había llevado la copa a los labios y bebido el hidromiel. Tras un instante, el tiempo que tarda el corazón en dar un latido, comprendí que pasaba algo grave, pero Slughorn no se dio cuenta.

—¡Ron!

Este soltó su copa e hizo ademán de levantarse del sillón, pero se dejó caer de nuevo. Empezó a sacudir con violencia las extremidades y a echar espumarajos por la boca, y los ojos se le salían de las órbitas.

—¡Profesor! ¡Haga algo! —exclame preocupado. Slughorn parecía paralizado por la conmoción. Ron se retorcía y se asfixiaba, y la cara se le estaba poniendo azulada.

—Pero ¿qué...? Pero ¿cómo...? —farfulló Slughorn.

Salte por encima de una mesita, me lance sobre el kit de pociones que el profesor había dejado abierto y empecé a sacar tarros y bolsitas. En la estancia resonaban los espantosos gargarismos que hacía Ron al respirar. Entonces encontré lo que buscaba: la piedra con aspecto de riñón reseco, que Slughorn había cogido en la clase de Pociones.

Me precipite sobre Ron, le separe las mandíbulas y le metí el bezoar en la boca. Mi amigo dio una fuerte sacudida, emitió un jadeo vibrante y de pronto se quedó flácido e inmóvil.

—¿Quién se lo regalo? —cuando recordé que ese hidromiel era para mi esposo.

—Un alumno de tercero de Hufflepuff lo trajo, era de parte de Dumbledore, dijo que me lo daría cuando me escucho comentar que al señor Malfoy le gusta. Se que al ser alumno no debo de regalarle licor, pero no es fuerte y como dije, era un regalo de navidad—estuve a punto de destrozar todo, mi arpía quiere venganza. Respire profundo y aparte la mirada, no quiero que me vea los ojos, si estos cambian de color.

—O sea que, entre una cosa y otra, no ha sido el mejor cumpleaños de Ron, ¿verdad? —dijo Fred.

La enfermería se halla en silencio; habían corrido las cortinas de las ventanas y encendido las lámparas. La cama de Ron es la única ocupada. Hermione y Ginny, están sentadas alrededor de él. La señora Pomfrey no permitió entrar hasta las ocho en punto. Fred y George habían llegado a las ocho y diez. Draco se encuentra entre mis brazos, no lo he soltado desde que lo mire. Nuestros amigos de Slytherin tambien se encuentran aquí, pero ninguno ha hablado.

—No era así como imaginábamos darle nuestro obsequio —dijo George con gesto compungido. Dejó un gran paquete envuelto para regalo en la mesilla de noche de su hermano y se sentó al lado de Ginny.

—Sí, él debía estar consciente —añadió Fred.

—Fuimos a Hogsmeade y lo esperábamos para darle la sorpresa... —continuó George.

Draco me acariciaba continuamente "¿Qué pasa?" me mordí los labios con fuerza, al ver entrar a Dumbledore, ya le expliqué lo sucedido a la profesora McGonagall, pero no he dicho una palabra despues de eso. Y por las miradas que recibo de todos, saben que estoy molesto.

"Dumbledore fue quien mando el hidromiel, Slughorn iba a regalártela a ti. Ese viejo no le importa, que me enteré que es el responsable. Está jugando con fuego y se quemara". Tembló imperceptiblemente, lo abracé y enterré mi rostro en su cuello.

Aunque no es la situación más idónea, gracias a este incidente Hermione y Ron se reconciliaron, cosa que en verdad agradezco, los necesito unidos. Todos debemos de estar alertas.

Lavender anda quejándose en los pasillos, debido a que siempre que visita a Ron, este se encuentra dormido.

Pasaron varios días, cuando le dieron de alta a Ron, nos reunimos todos en mi habitación. Les conté todo lo que Slughorn me dijo.

—Es obvio que está desesperado, no le importa que pueda acabar en Azkaban, con tal de conseguir su meta—gruño Ron molesto. Un elfo apareció, retorciéndose las manos.

—Amo Harry Potter, el director desea verlo, está en la entrada y dice que lleve su capa—no quiero ver a ese viejo loco, pero temo que haga algo peor si no lo hago.

—Ve, si lo ignoras será peor—me susurro Draco, solo asentí y lo besé.

—Ten cuidado—dijeron las chicas al mismo tiempo. Dumbledore me esperaba junto a las puertas de roble de la entrada.

—Me gustaría que te pusieras la capa, por favor. Muy bien. ¿Nos vamos? —dijo Dumbledore, y esperó hasta que lo hiciera.

Dumbledore empezó a bajar los escalones de piedra; su capa de viaje apenas ondulaba porque no sopla ni pizca de brisa. Voy a su lado protegido por la capa invisible, sinceramente no fue lo más inteligente venir con él, despues de atentar dos veces contra mi esposo.

—¿Por qué lo hizo profesor? —pregunte, sin poder olvidarme de los atentados y las personas que sufrieron por su negligencia.

—Solo quería mostrarte lo fácil que pueden lastimar a las personas que amas, debido a que faltaste a nuestros encuentros, no sabes nada de Voldemort, debes de estar preparado. No siempre estaré a tu lado—respondió Dumbledore con despreocupación, la furia recorrió mis venas, al ver lo poco que le importa lo que hizo.

—Además piénsalo de esta forma, te hubiera librado de la influencia a la que te está sometiendo. Antes no hubieras negado ninguna de mis peticiones, pero veo que este método que use fue mucho mejor—Descendimos por el camino a medida que la oscuridad se acrecentaba. Olía a hierba tibia, agua del lago y humo de leña procedente de la cabaña de Hagrid. Como una persona puede hablar tan tranquilamente sobre matar otra, sin importarle el daño que hace.

—Es mi esposo, la persona que escogí—repliqué molesto.

—Eso no importa, ahora vamos aparecernos, el lugar al que iremos no es cerca —desestimo el director. Mi lado arpía está casi en la superficie, agradezco estar bajo la capa, así no puede ver mis ojos, ni las garras que aparecieron. Respire profundo y pensé en Draco, el único motivo por el que estoy aquí, es para evitar otro ataque, ya que da la casualidad que los dos anteriores fueron porque ignore su llamado. Y no quiero saber de un tercero, si esta vez logra llegar a mi dragón, no puedo permitirlo.

Traspasamos las verjas y llegamos al desierto camino de Hogsmeade, que estaba en penumbra. La oscuridad se incrementaba a medida que caminamos y cuando llegamos a la calle principal, ya era de noche. En las ventanas de las casas que había encima de las tiendas titilaban las luces.

—¡Y no vuelvas a entrar! ¡Ah, hola, Albus! Qué tarde vienes... —bramó la señora Rosmerta, que en ese momento echaba de su local a un mago cochambroso.

—Buenas noches, Rosmerta, buenas noches. Discúlpame, pero voy a Cabeza de Puerco... Espero que no te ofendas, pero esta noche prefiero un ambiente más tranquilo—Un minuto más tarde, doblamos la esquina del callejón donde chirriaba el letrero de Cabeza de Puerco, pese a que no soplaba brisa. El pub, a diferencia de Las Tres Escobas, estaba completamente vacío.

—No será necesario que entremos. Mientras nadie nos vea esfumarnos... Coloca una mano sobre mi brazo, Harry. No hace falta que aprietes demasiado, sólo voy a guiarte. Cuando cuente tres: uno, dos, tres... —murmuró Dumbledore mirando alrededor.

Di la vuelta y en el acto tuve la espantosa sensación de que pasaba por un estrecho tubo de goma. No puedo respirar y noto una presión casi insoportable en todo el cuerpo; pero entonces, justo en el momento en que creo que voy a asfixiarse, las tiras invisibles que le oprimían el pecho se soltaron y me halle de pie en medio de un ambiente gélido y oscuro. Respiró a bocanadas un aire frío que olía a salitre.

Oigo el susurro de las olas; una débil y fresca brisa me alborotaba el pelo mientras contemplaba un mar iluminado por la luna y un cielo tachonado de estrellas. Me hallo sobre un alto afloramiento de roca negra y a mis pies el agua se agita y espuma.

Miré hacia atrás y vi un altísimo acantilado, un escarpado precipicio negro y liso de cuya pared parece que, en un pasado remoto, se habían desprendido algunas rocas semejantes a aquélla sobre la que estoy con Dumbledore. Es un paisaje inhóspito y deprimente: no hay ni un árbol ni la menor superficie de hierba o arena entre el mar y la roca.

—¿Qué te parece? —preguntó Dumbledore, como si me pidiera mi opinión sobre si es un buen sitio para hacer una comida campestre. Lo ignore, que tenga que estar con él, no quiere decir que debamos de estar hablando.

Me condujo hasta el mismo borde de la roca, donde una serie de huecos irregulares sirven de punto de apoyo para los pies y permiten llegar hasta un lecho de rocas grandes y erosionadas, parcialmente sumergidas en el agua y más cercanas a la pared del precipicio. Es un descenso peligroso, y Dumbledore, que sólo puede ayudarse con una mano, avanza poco a poco, pues el agua del mar volvía resbaladizas esas rocas más bajas.

¡Lumos! —exclamó Dumbledore, cuando llegamos a la roca lisa más próxima a la pared del acantilado.

Un millar de motas de luz dorada chispearon sobre la oscura superficie del agua, unos palmos más abajo de donde el director se había agachado; la negra pared de roca que tiene al lado también se iluminó.

—¿Lo ves? —dijo con voz queda al tiempo que levantaba un poco más la varita. Vi una fisura en el acantilado, en cuyo interior se arremolinaba el agua.

—¿Tienes algún inconveniente en mojarte un poco?

—No.

—Entonces quítate la capa invisible. Ahora no la necesitas. Tendremos que darnos un chapuzón—Y dicho eso, Dumbledore, con la agilidad propia de un hombre mucho más joven, saltó de la roca lisa, se zambulló en el mar y empezó a nadar con elegantes brazadas hacia la oscura grieta de la pared de roca sujetando con los dientes la varita encendida. Me quite la capa, la guarde en el bolsillo y lo seguí

El agua esta helada; las empapadas ropas se inflaban y me pesaban. Respirando hondo un aire que me impregnaba la nariz de olor a salitre y algas, emprendí el camino hacia la titilante luz que ya se adentraba en el acantilado.

Seguí nadando detrás de Dumbledore, aunque mis entumecidos dedos rozan la roca áspera y húmeda.

Entonces vi que el profesor salir del agua; el canoso cabello y la oscura túnica le relucían. Cuando llegue a su lado, descubri unos escalones que conducían a una gran cueva. Chorreando agua y sacudido por fuertes temblores, trepe y fue a parar a un frío recinto.

Dumbledore está de pie en medio de la cueva, con la varita en alto; me di la vuelta despacio y examiné las paredes y el techo.

—Sí, es aquí —dijo.

—¿Cómo lo sabe? —susurre agotado.

—Hay huellas de magia—no sé si los escalofríos que tengo, se deban al frío o porque percibo los sortilegios. Me quede mirando a Dumbledore, que sigue girando sobre sí mismo, concentrado en cosas.

—Esto sólo es la antecámara, una especie de vestíbulo. Tenemos que llegar al interior... Ahora no se trata de salvar los obstáculos de la naturaleza, sino los dispuestos por lord Voldemort. —comentó el profesor al cabo de unos momentos, no puedo creer que estemos en un escondite de ese maldito solo los dos. Es insensato, incluso para mí.

—Aquí. Tenemos que continuar por aquí. La entrada está camuflada—dijo, no le pregunte cómo lo sabía, aunque es la primera vez que veo a un mago averiguar algo de ese modo, observando y palpando; pero ya he aprendido que muchas veces el humo y las explosiones no son señal de experiencia, sino de ineptitud.

Dumbledore se apartó de la pared y apuntó hacia la roca con la varita. El contorno de un arco se dibujó en la pared; es de un blanco resplandeciente, como si detrás brillara una intensa luz.

—¡Lo ha co... conseguido! —exclame tiritando, pero, antes de acabar de pronunciar estas palabras, el contorno desapareció y la roca volvió a mostrar su superficie normal. Con un movimiento de varita sequé mi ropa, pero que idiota, debí de hacerlo antes.

—¡No es posible! ¡Qué ordinario!

—¿Qué ocurre, profesor?

—Creo que para pasar tendremos que pagar —explicó al tiempo que introducía la mano herida en la túnica y extraía un pequeño cuchillo de plata como los que utilizo para cortar los ingredientes de las pociones.

—¿Pagar? ¿Hay que darle algo a la puerta? —me extrañe, mi cerebro no funciona como debe.

—Sí. Sangre, si no me equivoco.

—¿Sangre? —he leído sobre eso, por lo general, se usa como trampa. Así cuando la persona eche un poco de su sangre, se debilita y queda a merced del enemigo. En otras ocasiones para proteger algo y solo puede abrirse con la sangre del dueño.

—Así es. Es ordinario—repitió con desdén, casi decepcionado, como si Voldemort no hubiera alcanzado la categoría necesaria que Dumbledore esperaba de él.

—La intención, como ya habrás comprendido, es que tu enemigo se debilite antes de entrar. Una vez más, lord Voldemort no entiende que hay cosas mucho más terribles que el dolor físico.

—Ya, pero, aun así, si puede usted evitarlo... —ya he sufrido bastante y prefiero no tener que soportar nuevos tormentos.

—Sin embargo, a veces es inevitable. —Se arremangó la túnica y dejó al descubierto el antebrazo de la mano herida.

El refulgente arco había aparecido de nuevo en la pared, y esta vez no se borró: la roca del interior, salpicada de sangre, se esfumó dejando una abertura que daba paso a una oscuridad total.

—Creo que entraré primero —dijo Dumbledore, y traspaso el arco, lo seguí encendiendo rápidamente mi varita.

Ante nosotros surgió un panorama sobrecogedor: nos hallábamos al borde de un gran lago negro, tan vasto que no alcance a divisar las orillas opuestas, y situado dentro de una cueva tan alta, que el techo tampoco llegaba a verse. Una luz verdosa y difusa brillaba a lo lejos, en lo que debía de ser el centro del lago, y se reflejaba en sus aguas, completamente quietas. Aquel resplandor verdoso y la luz de las dos varitas eran lo único que rompía la aterciopelada negrura, aunque no iluminaban tanto como hubiera deseado. Por decirlo de alguna forma, se trata de una oscuridad más densa que la habitual.

—En marcha. Ten mucho cuidado y procura no tocar el agua. No te separes de mí —dijo Dumbledore en voz baja.

Avanzamos por la orilla del lago. Ambos chapoteamos por el estrecho borde de roca que cercaba la extensión de agua. Seguimos caminando, pero el paisaje no cambiaba: a uno de los lados tenemos la áspera pared de la cueva; al otro, una negrura infinita, lisa y vítrea, en medio de la cual brillaba aquel misterioso resplandor verdoso. El lugar y el silencio son opresivos e inquietantes.

—Profesor ¿Qué hacemos aquí? —pregunte nervioso.

—Hay cosas que son necesaria para conseguir la paz y esta es una de ellas, es por el bien mayor—apenas acabo de hablar, un escalofrió me recorrió el cuerpo, recordé lo que Ron y Hermione dijeron, que el maldito viejo está planeando mi muerte.

—Lo que sea que quiere ¿Esta en el centro? —pregunte nervioso.

—Supongo—Dumbledore señaló hacia la luz verdosa y difusa que brillaba en medio del lago.

—¿Y tendremos que cruzar el lago para cogerlo?

—Me figuro que sí—para luego exclamar feliz, al parecer encontró algo.

Una gruesa cadena verde metálico apareció como por ensalmo; salió de las profundidades del lago y llegó hasta el puño de Dumbledore. Este la tocó con la varita y la cadena empezó a resbalar por su puño como una serpiente y se enroscó en el suelo con un tintineo que reverberó en las paredes de roca, al mismo tiempo que tiraba de algo que iba emergiendo del agua. Una pequeña barca emergía a la superficie; es del mismo color que la cadena y tiene un extraño resplandor. La embarcación se deslizó alterando apenas el agua y se dirigió hacía el tramo de orilla donde estamos nosotros.

—¿Cómo sabía que había una barca en el fondo del lago? —pregunte estupefacto.

—La magia siempre deja rastros, a veces muy evidentes. Yo fui maestro de Tom Riddle. Conozco su estilo—respondió Dumbledore, mientras la barca llegaba a la orilla y la golpeaba suavemente. Primero lo miré confundido, hasta que recordé que me comento que el verdadero nombre de Voldemort es Tom Riddle.

—¿Es segura esta barca?

—Sí, creo que sí. Voldemort necesitaba disponer de un modo de cruzar el lago sin despertar la cólera de esas criaturas que él mismo puso dentro, por si alguna vez decidía ir a ver o recuperar lo que dejo aquí.

—Entonces, ¿esas cosas que hay en el agua no nos harán nada si cruzamos el lago en la barca de Voldemort?

—Creo que en algún momento se darán cuenta de que no somos Voldemort. Sin embargo, hasta ahora nos ha ido todo muy bien. Nos han dejado sacar la barca.

—Pero ¿por qué nos lo han permitido? —pregunte imaginándome unos tentáculos que surgirían de las oscuras aguas en cuanto ellos nos alejáramos de la orilla.

—Voldemort debía de estar convencido de que sólo un gran mago sería capaz de encontrar la barca. Como para él era una posibilidad muy remota, creo que decidió correr el riesgo a sabiendas de que más adelante había puesto otros obstáculos que sólo él podría superar. Ya veremos si tiene razón—le eche un vistazo a la barca, es muy pequeña.

—No parece hecha para dar cabida a dos personas. ¿Nos aguantará? ¿No pesaremos demasiado? —Dumbledore se rió con ganas. Lo mire molesto, porque no me parece gracioso.

—A Voldemort no debía de importarle el peso del intruso que cruzara el lago, sino su grado de poder mágico. No me extrañaría que esta barca tuviese un sortilegio para impedir que naveguen en ella dos magos a la vez.

—¿Y entonces...?

—No creo que tú cuentes, Harry: eres menor de edad y todavía no has terminado tus estudios. Voldemort jamás imaginaría que un muchacho de dieciséis años pudiera llegar hasta aquí. Además, supongo que tus poderes no se detectarán, comparados con los míos—claro, pero lo que el viejo no sabe, es que recibí mi herencia mágica, solo espero que mi lado arpía no sea detectado.

—Un grave error por parte de Voldemort, Harry, un grave error... Los adultos somos insensatos y descuidados cuando subestimamos a los jóvenes. Bien, esta vez pasa tú delante y procura no tocar el agua—Dumbledore se apartó y subí con cuidado a la barca.

En ese momento la luz de la varita mostró el cadáver de un hombre flotando boca arriba, a unos centímetros de la superficie: tiene los ojos abiertos pero vidriosos, y el cabello y la túnica le ondeaban alrededor como humo.

—¡Son cadáveres! —exclame con una voz tan estridente que no parecía la mia.

—Sí, pero de momento no tenemos que preocuparnos por ellos—confirmó Dumbledore, imperturbable.

—¿De momento? —aparte la vista del agua para mirar al director.

—Sí, mientras floten a la deriva por debajo de la superficie. No hay nada que temer de un cadáver, Harry, como tampoco hay que tener miedo de la oscuridad. Aunque no lo confiese, lord Voldemort teme esas dos realidades y, como es lógico, no opina igual que yo. Pero, una vez más, con esa actitud revela su ignorancia. Lo único que nos da miedo cuando nos asomamos a la muerte ya la oscuridad es lo desconocido—no dije nada, porque no quiero discutir, pero la idea de que hubiera cadáveres flotando alrededor y por debajo de nosotros me produce pavor, y además no estoy de acuerdo en que no son peligrosos.

—Pero... saltan —insistí procurando conservar un tono tan bajo y pausado como el de Dumbledore.

—Estamos llegando —anunció Dumbledore con júbilo.

La luz verdosa parecía estar aumentando por fin de tamaño, y pasados unos minutos la barca se detuvo golpeando suavemente algo que al principio no pude ver, pero cuando levanté mi iluminada varita comprobe que llegamos a una pequeña isla de roca lisa, en el centro del lago.

—Ten mucho cuidado de no tocar el agua —insistió Dumbledore, mientras bajaba de la barca.

La isla no es más grande que el despacho de Dumbledore: se trata de una extensión de piedra lisa y oscura sobre la que no había otra cosa que el origen de aquella luz verdosa, que de cerca brillaba mucho más. Entorné los ojos y la examinó: creí que era una especie de lámpara, pero luego vi que la luz procedía de una vasija de piedra, parecida al pensadero, colocada encima de un pedestal. Dumbledore se acercó a la vasija y lo seguí.

—¿Qué es? —pregunte con un hilo de voz.

—No estoy seguro. Pero sin duda es algo más preocupante que la sangre y los cadáveres. Dumbledore se subió una manga de la túnica y acercó los chamuscados dedos a la superficie de la poción.

—¡No lo toque, señor!

—No puedo tocarlo ¿Lo ves? —dijo Dumbledore esbozando una sonrisa. Es cierto que quiero que pague por lo que le hizo a Draco, pero no de esta forma. A veces el peor castigo es que todos se enteren quien es, quitarle su máscara de abuelo bueno y amable, que solo se preocupa por los demás. No lo hizo por el señor Weasley, ni tampoco le importo poner en peligro a sus alumnos, con tal de cumplir sus metas, en definitiva, no debe de morir como un mártir.

Dumbledore alzó la varita e hizo unos complicados movimientos sobre la poción, al tiempo que murmuraba palabras ininteligibles. No pasó nada, salvo quizá que el brillo del líquido se intensificó.

—Lo único que se me ocurre es que haya que bebérsela.

—¿Qué? ¡No! —dije viéndolo como si se hubiera vuelto loco, si es que no lo está ya.

—Sí, sí. Sólo bebiéndomela podré vaciar la vasija y ver qué se esconde en su interior.

—Pero ¿y si... y si lo mata?

—No; dudo que funcione de ese modo. Lord Voldemort no querría matar a la persona que consiga llegar a esta isla. —respondió Dumbledore con tranquilidad. Porque siento que toda esta estúpida guerra es un juego para esos dos, para ver quién es más fuerte e inteligente. Usando a las personas como piezas de ajedrez.

—Pero, señor, todo esto es obra de Voldemort... —dije, procurando controlar mi voz y no gritar.

—Discúlpame, Harry; debí decir que él no querría matar «tan deprisa» a la persona que consiga llegar hasta aquí, sino que la mantendría con vida hasta averiguar cómo ha conseguido burlar sus defensas y, más importante aún, por qué le interesa tanto vaciar la vasija—iba a hablar otra vez, pero Dumbledore levantó la mano pidiendo silencio y examinó el líquido verde esmeralda con la frente ligeramente fruncida, muy concentrado.

—No me cabe duda de que esta poción causa un efecto que impide coger lo que hay dentro. Podría paralizarme, hacerme olvidar para qué he venido aquí, producirme tanto dolor que no pueda continuar o incapacitarme de algún modo. En ese caso, Harry, tú te encargarás de que yo siga bebiendo, aunque tengas que hacérmela tragar por la fuerza. ¿Entendido? —dijo pasados unos momentos.

Nos miramos a los ojos; ambos teníamos el rostro iluminado por aquella extraña luz verdosa. No dijo nada. ¿Es por eso por lo que Dumbledore me había invitado a acompañarlo, para que lo obligase a beber una poción que quizá le causara un dolor insoportable?

—Recuerda la condición que te impuse, para venir conmigo—dijo el profesor. Mis ojos se llenaron de ira, cuando me recordó la forma en que me obligo a venir, tratando de matar a mi esposo, no una sino dos veces.

—Dame un juramento magico, me darás de beber toda la poción, sin importar lo que te diga, no pararas. Hazlo o tu esposo pagara las consecuencias—palidecí y lo mire sin dar crédito a lo que dijo.

—Lo juro—murmure resentido.

—Muy bien, pues ya te he dado mi orden. —dijo Dumbledore arremangándose de nuevo la túnica y alzando la copa vacía.

—A tu salud, Harry.

Y la vació. Lo observe estremecido, aferrando el borde de la vasija con tanta fuerza que se me entumecieron los nudillos.

—¿Profesor? ¿Cómo se encuentra? —dije cuando Dumbledore bajó la copa, ya vacía.

El director de Hogwarts negó con la cabeza. Tenía los ojos cerrados y me pregunte si sentiría dolor. Sin abrir los ojos, volvió a sumergir la copa, la llenó de nuevo y bebió por segunda vez.

En silencio, bebió tres veces. Cuando iba por la cuarta copa, se tambaleó y cayó sobre la vasija. Todavía tenía los ojos cerrados y respiraba con dificultad.

—¿Profesor Dumbledore? ¿Me oye? —llame con voz tensa.

No contestó. Le temblaban los párpados, como si estuviera profundamente dormido en medio de una pesadilla. Aflojó la mano que sujetaba la copa y la poción amenazó con derramarse. Logre sujetarla a tiempo y enderezarla.

—¿Me oye, profesor? —repetí en voz alta. Dumbledore jadeó y luego habló con una voz que no reconocí, porque nunca lo había visto tan asustado.

—No quiero... no me obligues... No me gusta... Quiero dejarlo... —miré el pálido rostro que tan bien conocía, observó la nariz torcida y las gafas de media luna, y no supe qué hacer.

—No.… no puede dejarlo, profesor. Tiene que seguir bebiendo, ¿se acuerda? Me dijo que tenía que seguir bebiendo. Tome... — Odiándome por lo que hago, le acerque la copa a la boca y la incline, y Dumbledore se bebió lo que quedaba de poción.

—No... No quiero... no quiero... Déjame marchar... —gimió de nuevo mientras, volvía a llenar la copa.

—No pasa nada, profesor. No se preocupe, estoy aquí... —dije procurando controlar el temblor de mis manos.

—Haz que se detenga, haz que se detenga —murmuró Dumbledore.

—Sí, sí... Tome, esto lo detendrá — y vertí la poción en la boca abierta de Dumbledore. El anciano gritó y su voz resonó en la enorme cueva por encima de las negras y muertas aguas.

—No, no, no... No puedo... no puedo, no me obligues, no quiero...

—¡Tranquilo, profesor, no pasa nada! —me temblaban tanto las manos que apenas pudo llenar la copa por sexta vez; la vasija estaba ya mediada.

—No le ocurre nada, está a salvo, esto no es real, le juro que no es real. Beba esto, beba esto... —Y, obediente, Dumbledore bebió, como si lo que le estaba ofreciendo fuera un antídoto; pero, al acabar, cayó de rodillas, sacudido por fuertes temblores.

—Todo es culpa mía, todo es culpa mía. Haz que se detenga, por favor... Ya sé que me equivoqué, pero, por favor, haz que se detenga y nunca más volveré a... —sollozó el anciano, por desgracia el juramento está presionándome, si me detengo, perderé mi magia y como protegeré a mi familia de Voldemort.

—Esto lo detendrá, profesor —dije con voz quebrada mientras vaciaba la séptima copa en la boca de Dumbledore. Maldito viejo, porque me hizo esto.

El director empezó a encogerse de miedo como si lo rodearan invisibles torturadores; agitó una mano y casi derramó el contenido de la copa que había vuelto a llenar con manos temblorosas.

—No les hagas daño, no les hagas daño, por favor, por favor, es culpa mía, castígame a mí... —gimió de nuevo, por merlín que esto termine.

—Tome, beba esto, beba esto, se pondrá bien —insistí desesperado, y una vez más Dumbledore me obedeció: abrió la boca, con los ojos fuertemente cerrados, y se estremeció de la cabeza a los pies.

Entonces cayó hacia delante, volvió a gritar y golpeó el suelo con ambos puños, mientras llenaba una novena copa.

—Por favor, por favor, por favor, no... Eso no, eso no, haré lo que me pidas...

—Beba, profesor, beba... — Dumbledore bebió como un niño muerto de sed, pero cuando termino, volvió a gritar como si le ardieran las entrañas.

—Basta, te lo suplico, basta... — llene la copa por décima vez y note que el cristal rozaba el fondo de la vasija.

—Ya casi estamos, profesor, beba esto, beba... — Sujete a Dumbledore por los hombros y se tragó la poción; me puse en pie y volví a llenar la copa mientras el director lanzaba gritos desgarradores.

—¡Quiero morirme! ¡Quiero morirme! ¡Haz que se detenga, haz que se detenga, quiero morirme!

—Beba esto, profesor, beba esto... — Dumbledore bebió.

—¡Mátame!

—¡Esto... esto lo matará! Beba esto... ¡y todo habrá terminado! —dije entrecortadamente.

Dumbledore dio un trago, se bebió hasta la última gota y entonces, con un fuerte y vibrante alarido, cayó tendido boca abajo.

—Agua —pidió Dumbledore con voz ronca.

—Agua, sí... —repetí jadeando. Me puse de pie y agarre la copa, ni siquiera me fije en lo que hay dentro de la vasija.

¡Aguamenti! —grite golpeando la copa con la varita. La copa se llenó de agua fresca y cristalina; me arrodille al lado de Dumbledore, le eche la cabeza atrás y acerque la copa a los labios, pero estaba vacía. Soltó un gemido y empezó a jadear.

—Pero si yo... Espere... ¡Aguamenti! ¡Aguamenti! ¡Aguamenti! ¡Aguamenti! —repetí apuntando a la copa con la varita. Una vez más se llenó de agua, pero cuando se la acerque a los labios a Dumbledore se desvaneció de nuevo.

La copa se llenó y se vació otra vez. La respiración de Dumbledore es cada vez más débil. Presa del pánico, intente pensar y comprendi instintivamente que la única forma de conseguir agua era...

Me precipite al borde de la roca, hundí la copa en el lago y saque llena hasta el borde de un agua helada.

—¡Tenga, señor! —grite abalanzándome, derrame el agua, pero no por torpeza, sino porque la sensación de frío que note en el brazo libre, no es producto del contacto con la fría agua: una blanca y húmeda mano me había agarrado por la muñeca, y la criatura a la que pertenecía tiraba hacia el otro lado de la roca.

La superficie del lago ya no estaba lisa como un espejo, sino revuelta, y allá donde miraba veo cabezas y manos blancas que emergen del agua: eran hombres, mujeres y niños con los ojos hundidos y ciegos que avanzaban hacia la isla de roca, un ejército de cadáveres que se alzaba de la negrura de las aguas...

¡Incendio! Este me soltó, cayó hacia atrás y me salpicó todo. Muchos inferi están trepando a la isla: se sujetan a la resbaladiza roca con sus huesudas manos, me miran con ojos inexpresivos y velados, arrastraban sus empapados harapos mientras una maléfica sonrisa se les dibujaba en las cadavéricas caras.

¡Flagrate!chillé otra vez; seis o siete inferí se quemaron, pero hay muchos más que se dirigen donde me encuentro.

Pero entonces el fuego surgió en la oscuridad: un anillo de llamas rojas y doradas rodeó la isla y provocó que los inferí oscilaran y perdieran el equilibro.

Dumbledore está de nuevo en pie, más pálido que los inferí que nos rodeaban, pero también más alto que todos ellos. El fuego se le reflejaba en los ojos; sostenía la varita en alto como si fuese una antorcha, y de la punta emanaban las llamas que habían formado el inmenso lazo que los rodeaba con su calor. Los inferí, cegados, tropezaban unos con otros mientras intentaban escapar del fuego que los acorralaba...

Dumbledore recogió lo que había en el fondo de la vasija y se lo guardó en la túnica. Hizo señas para que me acercara a su lado. Subimos a la barca, íbamos en silencio, estoy furioso e impactado.

En cuanto la embarcación tocó la orilla, salte a tierra y ayude a Dumbledore. Tras bajarnos, éste bajó la varita y el anillo de fuego desapareció, pero los inferí no volvieron a surgir del agua. La pequeña barca se hundió en el lago y la cadena, tintineando, también volvió a deslizarse hacia el fondo. Dumbledore soltó un profundo suspiro y se apoyó contra la pared de la cueva.

—Me siento débil... —dijo.

—Ahora no hable. Conserve sus energías, señor... Pronto saldremos de aquí... —le aconseje, resentido y asustado, por la dificultad que Dumbledore tiene para hablar y al ver cómo arrastra los pies

—El arco se habrá sellado otra vez... Necesitaremos el cuchillo...

—No hace falta, me he cortado con la roca. Dígame dónde... —dije serio.

—Aquí... —roce la piedra con el brazo rasguñado y el arco, tras recibir su tributo de sangre, se abrió al instante. Cruzamos la cueva exterior y ayude a Dumbledore a meterse en el agua que llenaba la grieta del acantilado.

—Todo saldrá bien, señor. Ya casi hemos llegado... Puedo hacer que nos desaparezcamos los dos... No se preocupe... —repetí una y otra vez, más preocupado por el silencio del director que por la debilidad de su voz.

—No estoy preocupado, Harry. Estoy contigo—repuso el anciano con tono más firme, pese a que el agua esta helada. Me concentre para poder aparecerme en Hogsmeade, no tengo licencia, debido a que no soy mayor de edad, hasta dentro de unos meses.

Al abrir los ojos, me di cuenta que estamos en la calle principal, suspiré aliviado al encontrarme en un entorno familiar.

—¿Se encuentra bien, señor? —pregunte al verlo tan pálido y débil.

—He tenido momentos mejores. Esa poción... no era ningún tónico reconstituyente... —contestó Dumbledore con voz frágil, aunque le temblaron las comisuras de la boca, como si quisiera sonreír, suspire hastiado, desde que empezamos este viaje suicida, no me ha dicho nada. Se que es algo relacionado con Voldemort, pero no tengo cabeza para pensar, estoy cansado y enojado, mis emociones nublan mi juicio. Mire horrorizado como el viejo se desplomaba.

—Señor... No pasa nada, señor, se pondrá bien, no se preocupe. —Desesperado, miré alrededor en busca de ayuda, pero no vi a nadie.

—Tenemos que volver al colegio, señor. Madame Pomfrey...

—No. Necesito... al profesor Snape... Pero no creo... que pueda caminar mucho... —balbuceó Dumbledore.

—Está bien. Mire, señor, voy a llamar a alguna casa y buscaré un sitio donde pueda quedarse. Luego iré corriendo al castillo y traeré a Madame...

—Severus. Necesito ver a Severus... —dijo Dumbledore con claridad.

—Muy bien, pues a Snape. Pero tendré que dejarlo aquí un momento para... —en ese instante escuche pasos precipitados, alguien los había visto y acudía en su ayuda. Era Madame Rosmerta, que corre hacia nosotros por la oscura calle, luciendo sus elegantes zapatillas de tacón y una bata de seda con dragones bordados.

—¡Los he visto aparecer cuando corría las cortinas de mi dormitorio! Madre mía, madre mía, no sabía qué... Pero ¿qué le pasa a Albus? — Se detuvo resoplando y miró boquiabierta a Dumbledore, que yacía en el suelo.

—Está herido. Madame Rosmerta, ¿puede acogerlo en Las Tres Escobas mientras voy al colegio a buscar ayuda? —explique serio.

—¡No puedes ir solo! ¿No te das cuenta? ¿No has visto...?

—Si me ayuda a levantarlo, creo que podremos llevarlo hasta allí... —dije sin prestarle atención.

—La... la Marca Tenebrosa—continuo como si no me hubiera escuchado. La bruja señaló el cielo en dirección a Hogwarts. El terror me inundó al oír esas palabras. Me di la vuelta y miré. Me puse nervioso, la marca solo es invocada cuando alguien muere.

—¡Usted sabia! —le espete furioso a Dumbledore, quien me miro con astucia, a pesar de su debilidad.

—Severus me comento que uno de los chicos de su casa. Terence Higgs, es un mortifago con la misión de meter al resto al castillo. Sabía que sería hoy, por lo que tenía que encontrar la forma de sacarte. Con lo influenciado que estas por el chico Malfoy, sabía que no vendrías por las buenas, por eso, recurrí a esos métodos—jadeo cansado y empezó a toser, Madame Rosmerta lo miro, como si no lo conociera.

—Quédese con él, si me topo con el profesor Snape, se lo mando. Pero primero debo de buscar a mi esposo y tambien llame al ministerio—ella asintió comprensiva. Corrí hasta llegar a una esquina, donde no me encuentro a la vista. Me concentre y saque mis alas, estas se extendieron y desplegaron con facilidad. He estado practicando, volé hasta llegar a la torre del reloj. Corrí hasta las escaleras de caracol y bajé lo más rápido posible, mis alas están ocultas de nuevo.

Salte los diez últimos peldaños de la escalera de caracol y me detuvo en seco, varita en ristre. El oscuro pasillo está invadido por una nube de polvo, pues se había derrumbado una parte del techo. Vi que hay varias personas peleando. Miré a Draco batiéndose a duelo con tres magos a la vez, corrí hacia él, pero alguien se abalanzo sobre mí.

Es Greyback, el hombre lobo. Se me echó encima, antes de que pudiera levantar la varita, y caí hacia atrás sintiendo el mugriento y apelmazado pelo de Greyback en la cara, el hedor a sangre y sudor impregnándome la nariz y la boca, y aquel ávido y cálido aliento en el cuello...

Remus me hablo de este maldito, como le encanta morder niños, no puedo creer que este aquí.

¡Petrificus totalus! —Greyback se desplomó sobre mí, con un esfuerzo enorme, lo aparte y lo tiró al suelo, al tiempo que un rayo de luz verde salía disparado en mí direccion; me agaché para esquivarlo y me zambullí en la pelea.

—¿De dónde sales, Harry? —gritó Draco.

Pero no tuve tiempo de contestarle. Me agache y empeze a correr esquivando un estallido que explotó por encima de mi cabeza y esparció fragmentos de pared por todas partes. Justo cuando coloque mis manos sobre Draco, quien se pegó a mi pecho una vez venció a los mortifagos que lo atacaban, respire con tranquilidad.

—¡Toma ésa! —gritó la profesora McGonagall. Mire de reojo, como la mortifaga Alecto, corría por el pasillo cubriéndose la cabeza con los brazos, seguida de su hermano.

Busque con la vista a Snape, para poder mandárselo a Dumbledore, pero no lo veo por ningún lado. El caos está disminuyendo poco a poco. No sé cuánto tiempo ha pasado, solo espero que Madame Rosmerta haya podido conseguir ayuda, estoy furioso con él, todo lo que me hizo hacer, por el bien mayor, estuve a punto de perder a Draco, otra vez.

—Harry, Harry—voltee al escuchar los gritos, son los chicos que están sucios y pálidos, pero no veo una herida de gravedad.

—Que bueno que estas bien, pensamos que te habían secuestrado—jadeo cansada Pansy.

—¿Por qué? —pregunto confundido.

—Snape mato a Dumbledore y como tú estabas con él, pensamos que te pudieron haber secuestrado—los mire confundido, eso no puede ser posible.

—Lo vi morir, al estar pendiente del futuro de Dumbledore, no advertí este ataque, lo único que la visión me mostraba es como caía de la torre. Nunca supe si alguien lo empujaba o como ocurría. Eso me puso los nervios de punta, ya que no sabíamos nada de ti—lo abrace con fuerza, tenso, aunque Snape lo haya matado, tambien tuve culpa, ya que me obligo a darle esa poción, que lo dejo tan débil.

Fuimos donde se encuentra su cuerpo. Dumbledore tiene los ojos cerrados, y por la curiosa posición en que le han quedado los brazos y las piernas parece que está dormido. Alargue un brazo, le enderece las gafas de media luna sobre la torcida nariz y le limpie con la manga de mi propia túnica un hilo de sangre que se le escapaba por la boca. Entonces contemple aquel anciano, que lo único que hizo fue manipularme y atentar contra la persona que amo.

Oí los murmullos a mis espaldas y al cabo de un rato, me di cuenta de que estoy arrodillado encima de algo duro y mire. El guardapelo, una sonrisa amarga apareció en mi rostro, por esto se sacrificó, nunca me dijo nada, solo por estar casado con el enemigo. Si lo hubiera hecho, sabría que solo queda un horrocrux, murió como un mártir.

En su interior, sólo hay un trozo de pergamino, doblado y fuertemente apretado, en el sitio donde tenía que haber un retrato. Automáticamente, sin reflexionar en lo que estaba haciendo, saqué el trozo de pergamino, lo desplegó y, a la luz de las muchas varitas que se habían encendido detrás de mí, lo leí.

Para el Señor Tenebroso.

Ya sé que moriré mucho antes de que leáis esto,

pero quiero que sepáis que fui yo quien

descubrió vuestro secreto.

He robado el Horrocrux auténtico

y lo destruiré en cuanto pueda.

Afrontaré la muerte con la esperanza de que,

cuando encontréis la horma de vuestro zapato,

volveréis a ser mortal.

R.A.B.

Lo guarde, porque sé que es algo que Sirius estimara, la última hazaña de su hermano.

Acompañe a los chicos a la enfermería, gracias a Merlín, ninguno de nuestros amigos sufrió ningún altercado, los niños estaban a salvo en la sala común de sus casas, por lo que los únicos heridos fueron alumnos mayores.

En ese momento, un mago de cutis cetrino y flequillo corto y negro que acababa de llegar a su lienzo, hasta entonces vacío, habló desde lo alto de la pared con voz aguda:

—Minerva, el ministro llegará dentro de unos segundos, acaba de desaparecerse del ministerio.

—Gracias, Everard. Quiero hablar con ustedes del futuro de Hogwarts antes de que él llegue aquí —respondió McGonagall y se volvió con rapidez hacia los profesores.

—Personalmente, no estoy segura de que el colegio deba abrir sus puertas el curso próximo. La muerte del director a manos de uno de nuestros colegas es una deshonra para Hogwarts. Es algo horroroso—continuo seria.

—Yo estoy convencida de que Dumbledore habría deseado que el colegio siguiera abierto. Creo que mientras un solo alumno quiera venir, Hogwarts debe permanecer disponible para él. —opinó la profesora Sprout.

—Pero ¿tendremos algún alumno después de lo ocurrido? Los padres preferirán que sus hijos se queden en casa, y no me extraña. En mi opinión, no creo que corramos más peligro en Hogwarts que en cualquier otro sitio, pero es lógico que las madres no piensen lo mismo, y, como es natural, querrán que las familias se mantengan unidas —dijo Slughorn mientras se secaba el sudor de la frente con un pañuelo de seda.

—Estoy de acuerdo. Pero, de cualquier modo, no es cierto que Dumbledore nunca concibiera una situación por la que Hogwarts tuviera que cerrar, pues se lo planteó cuando volvió a abrirse la Cámara de los Secretos. Y, a mi entender, su asesinato es más inquietante que la posibilidad de que el monstruo de Slytherin viviera escondido en las entrañas del castillo—concedió la profesora McGonagall.

—Hay que consultar a los miembros del consejo escolar. Debemos seguir el procedimiento establecido. No hay que tomar decisiones precipitadas —apuntó el profesor Flitwick con su aguda vocecilla; tenía un gran cardenal en la frente, pero por lo demás parecía haber salido ileso de su desmayo en el despacho de Snape.

—Tú todavía no has dicho nada, Hagrid ¿Qué opinas? ¿Debería continuar Hogwarts abierto? —dijo McGonagall. Hagrid ha estado llorando en silencio y tapándose la cara con su gran pañuelo de lunares, alzó sus enrojecidos e hinchados ojos.

—No lo sé, profesora... Eso tienen que decidirlo usted y los jefes de las casas...

—El profesor Dumbledore siempre tuvo en cuenta tus opiniones, y yo también —le recordó ella con amabilidad.

—Bueno, yo me quedo aquí. Este es mi hogar, vivo aquí desde que tenía trece años. Y si hay niños que quieren que les enseñe, lo haré. Pero... no sé... Hogwarts sin Dumbledore... —aseguró Hagrid mientras unas gruesas lágrimas volvían a resbalarle hacia la enmarañada barba. Tragó saliva y volvió a ocultarse detrás de su pañuelo.

Me mordí el labio, sin opinar nada, esto es por lo que no quería que muriera, todos lo ven como un heroe, alguien que solo ayudo y soluciono problemas. Pero nadie se pregunta que métodos uso y quienes sufrieron por sus decisiones. Es un tirano, no un heroe.

—Muy bien, entonces coincido con Filius en que lo más adecuado es consultar al consejo escolar, que será quien tome la decisión final—concluyó la profesora McGonagall mirando por la ventana para ver si llegaba el ministro.

—Y respecto a cómo enviar a los alumnos a sus casas... hay razones para hacerlo cuanto antes. Podríamos hacer venir el expreso de Hogwarts mañana mismo si fuera necesario...

—¿Y el funeral de Dumbledore? —preguntó Tonks. Quien llego en medio de la batalla, con varios Aurores.

—Pues... Me consta que su deseo era reposar aquí, en Hogwarts... —titubeó McGonagall, y añadió con voz levemente temblorosa.

—Entonces así se hará, ¿no? —saltó Hagrid.

—Si el ministerio lo considera apropiado. A ningún otro director ni directora lo han... —repuso ella.

—Ningún otro director ni directora hizo tanto por este colegio como él —gruñó Hagrid. Supongo que, al ayudar a muchos, sin importar como, es lo que les importa.

—Dumbledore debería descansar en Hogwarts —afirmó el profesor Flitwick.

—Sin duda alguna —coincidió la profesora Sprout.

—Bien dicho ¡Muy bien dicho, sí, señor! Nuestros estudiantes deberían rendirle homenaje, es lo que corresponde. Podemos organizar el traslado a sus casas después de la ceremonia. —dijo el profesor Flitwick con voz chillona.

—Apoyo la propuesta —bramó la profesora Sprout.

—Supongo que... sí... —dudó Slughorn con voz nerviosa, mientras Hagrid soltaba un estrangulado sollozo de asentimiento.

—Ya viene. El ministro... Y, por lo que parece, trae una delegación... —dijo de pronto la profesora McGonagall, que observaba los jardines.

—¿Puedo marcharme? —pregunte serio, tomando la mano de Draco, ninguno de nosotros opino. Conocemos al verdadero Dumbledore, pero sería estúpido tratar de manchar su reputación, odio esto, no es la forma en que hubiera querido que todo acabara. Nunca le perdonare lo que me hizo.

—Claro, pueden retirarse—dijo desconcertada, lo único bueno y a pesar de que sea cruel pensarlo. Es que una de las personas que atentaba contra la vida de Draco a muerto, solo debo de matar a Voldemort y viviré feliz con mi familia.


Bueno chicas y chicos, espero le haya gustado. Como pueden ver este final fue levemente parecido al libro, al menos en lo de la muerte de Dumbledore, lo que sigue sera completamente diferente, ya que Harry no buscara los horrocrux.

Por cierto arregle, el capítulo anterior, sobre el quidditch.

Nos seguimos leyendo

Bella.