Disclaimer: Los personajes de Twilight pertenecen a Stephenie Meyer y esta trama a Krazyk85. Yo solo traduzco con su autorización.

.

Capítulo uno

Cada chica sueña con que su novio le proponga casamiento. Ellas sueñan con que le den flores y las lleven a cenar a la luz de las velas, que quizás haya un anillo escondido en una copa de champagne. Los detalles varían, dependiendo de la chica, pero una cosa siempre permanece igual y esa es que se arrodille. Era la marca tradicional de todas las propuestas. El hombre se entrega a su futura esposa y le pregunta: "¿Te casarías conmigo?"

Le dan una opción a su chica, poniendo en juego sus corazones.

A Edward le importaba una mierda todo eso. No había sentimientos expuestos o declaraciones de amor. Él ni siquiera preguntó. El papel con su letra ilegible no tenía un signo de pregunta al final. Era una simple declaración: cásate conmigo.

Esa mierda era una demanda, no una pregunta.

Y de ninguna manera se encontraba arrodillado. En primer lugar, él no se agachaba a menos que mis piernas estén enredadas alrededor de su cuello, y segundo, ¿cómo podía forzar a que sus rehenes hagan lo que pide sin su arma apuntada hacia sus cabezas? Ellos eran sus títeres, cuyas vidas dependían de su cooperación-aún incluso cuando ya estaban muertos al momento que los metió en el baúl de Tanya.

Este hombre, con su retorcida mente e interminables tatuajes, era un psicótico. Era así de simple. Era peligroso y mortal. Una sonrisa tan torcida y tan sexy, te dabas cuenta que nada bueno saldría de estar con él. ¿Qué chica cuerda encontraría romántico el secuestro de sus padres para ser usados como títeres en su propuesta de casamiento?

Yo, Isabella Marie Swan es esa chica… pero, otra vez, no soy exactamente una chica normal, y esos dos idiotas atados y amordazados en el baúl no eran unos putos padres. Lo menos que podrían hacer antes de que los matáramos era hacer mi día especial y único.

Me lo debían.

—¿Qué dices, Kid? —Edward mantenía el barril de su arma presionada contra la frente de Renée, su dedo rozando y vibrando sobre el gatillo, pero toda su concentración estaba enfocada en mí. Mi corazón se salteó un latido, y comenzó a acelerarse—. ¿Quieres hacer esta mierda oficial?

Esa sonrisa socarrona que le quedaba tan bien era mi rendición. No había falta de confianza en ninguna parte de sus huesos. Él siempre supo mi respuesta. Es por eso que ni siquiera era una pregunta, era más retorico que otra cosa, pero quería responderle en voz alta, validándolo.

Necesitaba que el universo lo escuchara.

—¡Mierda, sí! —Esa fue mi no-tan-elocuente respuesta mientras saltaba hacia sus brazos sin aviso.

—¡Oh! —Perdió el equilibrio y se hizo hacia atrás. Levantó su mirada hacia mí, sonriendo y riendo ante mi amor por la dramatización. No pude evitar mirarlo a los ojos. Estos eran de un verde claro con pizcas de dorado en los bordes. El sol hacía esta característica única más prominente e impactante. Así como lo hacía con los tonos rojizos de su cabello.

Y pensar que este hermoso chico irlandés y oscuro iba a ser mi marido.

Lo besé, tan fuerte como podía, presionando mis labios contra los suyos. Lo estaba asfixiando, adicta a su sabor a nicotina y menta. Edward, sorprendido ante mi ataque repentino, me respondió con la misma intensidad. Me tomó del rostro, haciéndose hacia atrás y desacelerándome. Eso solo me hizo querer más. Me reacomodé y envolví mis brazos alrededor de su cuello. Contundente en mi ataque, presioné mi lengua contra su boca, buscando y rogándole que me conceda esta demanda. Incapaz de negarme mis peticiones, se rindió ante mí. Solo redobló la apuesta, y sus besos se volvieron peligrosos y despiadados. Esto me llevaban a desearlo de maneras que no eran apropiadas para la presente audiencia… aunque, con un movimiento rápido de una mano y ese baúl estaría cerrado.

A la mierda, que se sofoquen.

—Tranquila —dijo Edward, echándose hacia atrás y frenando la situación. Me sonreía tan jodidamente engreído—. ¿Asumo que eso es un "sí" entonces?

Fui tras su boca como si fuera una droga, susurrando suavemente contra esos masticables y jodidamente hermosos labios.

—Sí.

—Sí —repitió él, y hubo un raro asombro en su voz, casi como si esta palabra pudiera curar el cáncer. Entonces su sonrisa se esfumó y enterró su rostro en mi cuello—. ¡Mierda! —Me aferró con fuerza y clavó sus dientes en mi piel. La repentina agresión me pescó desprevenida y me pregunté qué estaba pasando por su cabeza. ¿Qué pasó en estos dos últimos segundos? Me abrazó más fuerte, estrujando mi pecho y quitándome el aliento—. Será mejor que no me dejes.

Oh…entonces entendí.

No se arrodilló o propuso de forma tradicional, sino que estaba ofreciéndome su alma. Incluso las partes más oscuras de él estaban a mi merced. Era escalofriante necesitar de una persona así, sabiendo que no podrías vivir sin ella. Ya habíamos sentido la desesperación de lo que era estar sin el otro y nuestra dependencia solo empeoraba con el tiempo.

Fue un maldito milagro que sobreviviéramos la separación. Si fuera a pasar otra vez, dudo que tuviéramos tanta suerte.

—Ya sea voluntariamente o por otra cosa —dije, y él se estremeció ante esto—, nunca te dejaré.

—¡No, joder, debes prometérmelo, Bella! —Otra demanda y otra dolorosa, pero aún así seductora y excitante, mordida en mi cuello para llamar mi atención—. No me tomes el pelo.

—Lo prometo. —Y no era una mentira… por así decirlo, pero era una promesa que sabía que tendría que romper si se trataba de él y la otra cosa.

Pero él me creía y confiaba en mí, siempre. Esa firme confianza que tenía en mis palabras, sin importar lo triviales que fueran, seguía fuerte.

—Bien. —Suspiró y entonces se relajó, aflojando su agarre lo suficiente como para que pueda respirar, pero no me soltó. Eso no era parte del trato.

Nos quedamos así sin hablar conmigo en sus brazos, escuchando las olas mientras rompían en la costa a lo lejos. El viento soplaba y revolvía mi cabello, haciéndolo girar a nuestro alrededor. Cacé a ver un flash de papel flotar alrededor nuestro, el papel que Edward usó para proponerme casamiento, pasar por sobre el capó rojo y brillante de Tanya y hacia el camino de tierra. Parecía como si todo estuviera tomando su lugar y era casi perfecto…

Solo había un último cabo suelto por resolver.

—Renée y Phil —dije con nueva emoción, deslizándome por el cuerpo de Edward mientras él me colocaba sobre mis pies—. ¿Cómo pude olvidarlo?

Renée era desastre lleno de lágrimas, curvada en posición fetal, y Phil pateaba con fuerza la pared del baúl. Estaba haciendo tanto ruido como fuera posible, intentando de alertar a Alice que se encontraba el segundo piso. Ella estaba sentada en el balcón en su bikini con una laptop en su regazo. No había forma de llegar a ella cuando se hallaba dentro de su mundo de firewalls hackeadas y virus virtuales; aunque no lo ayudaría si fuera así.

Era un esfuerzo inútil de su parte.

Todo lo que logró hacer con sus movimientos era abollar el metal del coche, haciendo que se resaltara para afuera. Edward se puso furioso, una vena le sobresalía del centro de su frente. Maldijo y comentó algo sobre tener a Tanya devuelta por menos de un día y que ya estuviera siendo dañada.

—Maldito… —Edward rechinó sus dientes y sacó su arma, golpeando a Phil en la sien con ella. Esto lo dejó inconsciente, y su puño se abrió como una flor de loto, exponiendo algo de platino, brilloso, y con diamantes. Edward despotricó y gruñó, guardando la Colt en la cintura de sus jeans y tomando el anillo—. Gracias por arruinar la propuesta de mi chica, jodido idiota.

¿Arruinar? Resoplé por dentro. Difícil que ocurra.

—Dios mío. —Abrí mis ojos de par en par y mi voz quedó atascada en mi garganta. El corte era Princesa…creo. Todo lo que veía eran los diamantes. Tendría que preguntarle a Alice o Rose después sobre eso.

—Ven aquí —indicó, tomando mi mano y deslizando el anillo por mi dedo. Sonrío feliz—. Ahí lo tienes, encaja perfecto.

No podía dejar de observarlo.

—¿Dónde lo conseguiste?

—Tienda de Joyas de Goodman.

Mi cabeza se levanta rápidamente al reconocer ese nombre, pero mis cejas se fruncen porque no podía ubicarlo.

—¿Por qué eso me suena familiar?

—Si, me pregunto por qué. —Se rio, besándome en los labios. Cerró con fuerza el baúl y calló los constantes quejidos—. Apúrate y vete a cambiar, Kid. Tenemos que matar a tus padres y luego reservaciones para cenar a las seis.

.

.

.

Había muchos lugares en México para llevar a alguien y ejecutarlo. La ley aquí era diferente. Era el paraíso de un asesino. Mientras que cubras tus rastros o tuvieras suficiente dinero para sobornar a la policía mexicana, podías deshacerte de quien quieras y nunca ser atrapado.

Típicamente ese era el caso, aunque no siempre, porque ocurrían inconsistencias. En un mundo tan imperfecto, era inevitable que haya excepciones a cada regla… incluso para la más estricta.

Edward estaba al tanto de este hecho, y a pesar de los bufidos que obtenía por parte de Marcus, no mataba descuidadamente. Planeaba sus movimientos y pensaba en todas las posibles variables y problemas que podrían presentarse. Él era calculador, metódico, y lento para actuar.

Esa era la razón por la que seguíamos vivos. Marcus lo necesitaba. Edward mataba a la competencia y ninguno lo hacía responsable a Marcus. Él obtenía las drogas y el poder sin tener que lidiar con la venganza en consecuencia. Para el era perfecto y fácil. Podía relajarse y descansar sobre la fortuna.

La única cosa que no sabía era que las buenas acciones de Edward estaban relacionadas con malas intenciones. Todo esto conducía a una traición… la nuestra.

—Ponte de rodillas —ordenó Edward, llevando a Phil lejos de la Chevelle y forzándolo a ubicarse en el suelo.

Phil estaba usando sus shorts caquis, y cuando chocó contra la tierra caliente, quemando la piel de sus rodillas, gritó en agonía.

—Oh, cierra la jodida boca —dijo Edward, golpeándolo otra vez con el mango del arma.

Phil cayó de cara al suelo. Volvió a levantarse rápido, sosteniéndose sobre sus palmas como si hubiera sido tocado piedras calientes. Fue casi caricaturesco que me quedé de pie allí con mi arma presionada contra la espalda de Renée, completamente fascinada con la situación. Después de quince segundos, innecesarios, de estupidez, se le prendió el foco y se colocó sobre su espalda.

Edward estaba riéndose histéricamente, inclinado hacia adelante y apoyando sus manos en sus rodillas.

—Cariño —dije, pateándolo en el trasero mientras pasaba—. Trata de mantenerte concentrado, ¿por favor?

—Sí, sí, lo sé, tienes razón —respondió, secándose las lágrimas de sus ojos—. Voy a buscar los bidones de gasolina.

—Buena idea —dije, empujando a Renée sobre sus rodillas en la tierra junto al inútil violador que ella llama marido. Hasta que la muerte los separe debería ser suficiente castigo para ella, pero se había cegado apropósito, y no podía dejar que el dolor que me había causado siguiera, mucho menos que sea olvidado.

Y ella sí se olvidó de mí, mucho antes de que apareciera Phil.

Me acerqué y me agaché frente a ella. Los fuertes llantos y gemidos se volvieron sollozos suaves. Su rostro estaba hinchado y manchado con lágrimas negras por tanta máscara de pestañas que usa. Observó a Edward mientras este bajaba dos galones, de 100 litros de gasolina, y no le tomó mucho adivinar para qué los íbamos a usar.

—Hey —dije, tomándola del mentón y forzándola a mirarme, la hija no querida—. No te preocupes por eso, ¿de acuerdo? Vas a estar muerta para cuando prendamos fuego sus cuerpos. —Me acerqué a su oído y susurré—: No sentirás nada. Lo prometo.

Esa no era una mentira.

Ella cerró los ojos y comenzó otra ronda de sollozos. La observé, inafectada. No había nada que sentir por esta mujer. Ella misma había matado mi amor por ella hace mucho, mucho tiempo. Me enfermaba el solo mirarla por lo que necesitaba alejarme por un momento.

Poniéndome de pie, caminé hacia el coche, donde Edward estaba cargando el rifle.

—Hola, nena —dijo, girando su cuerpo lo suficiente para besarme en la frente—. Solo estoy preparando las cosas.

—Está bien —conteste, inclinándome contra el coche. Miré a la distancia cómo Phil y Renée interactuaban el uno con el otro.

Mantenían su distancia y sus ojos en el suelo. El frente unido que habían mostrado en agosto ya no estaba. La muerte era inminente y lo sabían. No estaba segura si esto era una táctica de supervivencia, del tipo de dividir y conquistar, pero de los dos Phil era el astuto. Ese hombre no tenía vergüenza. Él tiraría a su "amada" esposa frente a una bala para salvar su propia vida.

Era un gran contraste a la manera en que operaba Edward. El mundo fuera de mí no le significaba nada para él. No tenía una consciencia. Matar personas era solo un acto físico para él, como lavar platos o hacer girar los jodidos neumáticos de la Chevelle. Edward era un hombre profundamente malo, pero era un tipo diferente de maldad.

A Phil no le importaba nadie más que él mismo, violando y tomando lo que sea y quién sea que quiera sin consecuencias. Edward me amaba con todo su ser. Yo era la única variable que lo hacía humano. Incluso si Phil jamás cometiera otro pecado, seguía siendo peor que Edward, el hombre que mataba sin remordimiento.

Por supuesto, estoy siendo imparcial, loca, y jodidamente enamorada de él… así que también estaba eso.

—Toma —dijo Edward, sacándome de mis pensamientos súper obsesivos y tontos al poner un arma en mi mano—. Tiene doble barril y el doble de diversión.

Resoplé y se la devolví.

—Y el doble de caos.

Los rifles no eran mi arma preferida, dejaba mucha sangre y tripas. Eran buenos para usar si querías dejar un mensaje a las personas correctas. Nada habla mejor que un velorio a cajón cerrado.

—¿Cuándo mierda has limpiado un cuerpo? —Me quitó el arma de las manos y la dejó en el asiento trasero. Estaba haciendo un puchero porque rechacé su idea de volar las cabezas de Renée y Phil con un montón de plomo. A él le gustaban las tripas y la sangre.

Puse los ojos en blanco y lo ignoré. Lo superará.

—Toma. —Reapareció del asiento trasero con un bate de aluminio—. ¿Qué tal esto?

Lo miré sin parpadear.

—¿Estás intentando ser gracioso?

—Es un arma apropiada —respondió, balanceándolo un par de veces—. Es una muerte lenta y dolorosa.

—Sí, bueno, puedes matar a golpes a Phil con eso y yo usaré esto con Renée. —Era una navaja pequeña con tres, quizás cuatro, hojas. Rose me la regaló hace casi un mes. Ella era una buena amiga. Además, la historia de Char sobre María se me había pegado. Quería experimentar qué se siente matar sin un revólver.

Edward arqueó una ceja con una agradable sorpresa, algo emocionada. Lamiendo sus labios y dando un paso en mi dirección, presionó mi cuerpo más contra el coche, ignorando la resistencia del metal. El bate de baseball fue soltado al suelo, y colocó sus manos sobre el techo, atrapándome.

Me aferré a sus bíceps mientras murmuraba sobre lo sexy que lucía con mi navaja. Me besó, gentil y suave al principio, a lo largo de mi pecho, creando un camino tentador y encantador hacia mi cuello. Ahí fue que se volvió bruto, mordiendo y succionando, marcando mi piel. Intenté mantener mi mente clara, pero él tenía una manera de distraerme.

Oh, este chico tiene mente unilateral.

—Cariño, tenemos reservas para las seis —dije, lo suficiente alto como para que me escuche. No estaba poniendo un alto a esto por completo. Mis dedos se encontraban aferrados a la parte posterior de su camiseta, tirando y jalándolo hacia mí.

Éramos las dos peores personas para el otro. En vez de detener la locura, la cometíamos y la empeorábamos.

Es por eso que nuestros crímenes a lo Bonnie y Clyde se descarriaron tan rápido. No pensábamos para nada lo que hacíamos, era solo pura adrenalina y atracción sexual. Como un tren fuera de control que se había salido de camino y Edward y yo éramos sus conductores ebrios y calientes.

Fue necesario que Phil intentara escaparse para volver a nuestra sensatez.

—Rayos —maldijo Edward, tomando el bate del suelo y girándose para perseguirlo.

No podía creer cómo fue capaz de mandar a la mierda a su esposa así.

Edward arriesgó su puta libertad por mí. Moriría por mí. Las cosas que haría por mí eran interminables.

—Qué hombre el que tienes allí. —Agitando mi cabeza, caminé de vuelta hacia Renée con una mirada de disgusto en mi rostro.

Ella no levantó su mirada, por lo que me agaché para mirarla bien a los ojos. No había nada. Estaba vacía, completamente carente de emoción. Se había rendido.

Supe entonces, sin ninguna duda, que, si no me hubiera fugado, hubiera terminado justo como ella. El hombre con historial criminal y una Colt en su mano me había salvado de mí misma.

Le quité la cinta de su boca y quité el trapo.

—Sabes que este es el fin, ¿no? —pregunté, pero ella no asintió ni mostró indicación de haberme escuchado. Así que solo seguí hablando—. Ese hombre por la que vendiste a tu única hija ni siquiera le importas una mierda. Corrió para salvarse a sí mismo y te dejó aquí para morir… ¿captas eso?

Edward traía arrastrado por el cuello de su camiseta a un Phil golpeado y malherido. El bate estaba lleno de sangre. Mis ojos se centraron en el sudor que rodaba por su frente y los tensos músculos de sus brazos. Lucía tan bien cuando era malo.

—Maldito pedazo de mierda —gritó, dejándolo caer al suelo inconsciente. Alzó el bate sobre su cabeza y lo bajó con fuerza, aplastando la cabeza de Phil. Las abolladuras en su cabeza hacían parecer su rostro como si estuviera hecho de masilla. Era suave y flexible. Estaba desfigurado. Edward no estuvo satisfecho hasta que lo vio reducido, golpeándolo una y otra vez. Su camiseta gris estaba manchada de sangre roja brillante y pedazos de materia cerebral.

Le dije que no la usara.

—Bella… —gimió Renée con voz rasposa y baja. Me sobresalté y la miré sorprendida, pero aun así enojada por tomarme por sorpresa—. Ven aquí, mi hermosa niña. Quiero que sepas algo.

La última vez que me llamó así era una hora antes de que se casara con Phil y las cosas entre las dos nunca volvieron a ser las mismas desde entonces.

—Está bien —dije, desconfiando y algo dudosa.

Ella sonrió feliz, incluso pacifica, susurrando suavemente mientras me acercaba a ella:

—Debí haberte abortado.

No me encogí ante sus palabras. Un año atrás, me hubieran destrozado. Ahora era esperado. Ella ya no tenía poder para lastimarme.

—Sí, deberías haberlo hecho —contesté, pero el momento de hablar había acabado y le tocaba bautizar mi nueva navaja.

Las primeras veces acababan rápidamente, ya sea el sexo o el asesinato.

Pasaba tan rápido y sin que me diera cuenta.

La tomé del cabello y la hice hacia atrás, exponiendo su garganta. La navaja entró en su piel con facilidad y la degollé de oído a oído, casi decapitándola. Todo mi odio y su amor maldito brotaron de mí con una fuerza inimaginable.

Una vez terminada la acción, me senté sobre mis talones y la observé retorcerse como un pescado, ahogándose y atragantándose con su propia sangre. Esta última inundó el suelo, volviéndose hacia mí como si fuera lava. La roja esencia que era su vida chocó contra mis jeans, pero no me moví ni un centímetro. Le di la bienvenida.

Era mi trofeo.

Renée soltó un último jadeo, desplomándose con un sonido seco mientras que su cuerpo finalmente se detenía.