Disclaimer: Los personajes de Twilight pertenecen a Stephenie Meyer y esta trama a Krazyk85. Yo solo traduzco con su autorización.

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Capítulo dos

Edward arrojó el bate al suelo y se agachó a mi lado. Estaba sin aliento y sonrojado, limpiándose el sudor de su frente. La prueba de la muerte de Phil estaba todas partes de él: en sus prendas, salpicada en su pecho, en casi todo su rostro, y a lo largo de sus brazos. La sangre, de un rojo oscuro y chorreante, cubría sus tatuajes con un encanto siniestro. Una persona cuerda estaría aterrorizada y asqueada de Edward, puede que incluso corra por su vida o gritara por auxilio, pero yo me acerqué, atraída sexualmente al asesino en él.

—Bueno, bueno, bueno. —Sacó un Marlboro detrás de su oído y lo encendió con un encendedor de oro, un símbolo de "apreciación" que habíamos tomado de un traficante en El Paso—. Mira el lio que has hecho.

Había un metro de radio de sangre alrededor de Renée, oscureciendo el suelo del desierto y cubriendo mis jeans. Conté cuánto tiempo le tomó desangrarse: un minuto y cuarenta y cinco segundos.

Wow

—Le gusta sangrar.

Él rio.

—Ni que lo digas.

—Al menos está contenido en un área —añadí, observándolo fumar por el rabillo de mi ojo. Él asintió en respuesta, sacudiendo las cenizas sobre la fuente de sangre.

Diablos, era sexy.

—Hizo que se cumpliera el objetivo —dijo, girando el filtro hacia mí.

Aceptando su oferta, sostuve su muñeca y envolví mis labios alrededor del borde del cigarrillo. La nicotina era suave; pasando por mis pulmones y corriendo por mi sangre. No me ardió ni me hizo toser, solo alivió mis nervios.

Un cigarro después de matar era nuestro ritual. Lo pasábamos el uno al otro hasta que se terminara.

—Veamos qué tipo de daño hiciste. —Edward empujó el hombro de Renée con el bate y la dio vuelta. Hubo un sonido chorreante, y la cabeza se hizo a un costado. Él se hizo hacia atrás como si hubiera sido electrocutado, como si la escena espeluznante lo haya tomado por sorpresa—. ¡Santo cielo, nena! Esa mierda es profunda, y ¿dices que esa estúpida navaja hizo eso?

Asentí, poniendo mis manos en el suelo e inclinándome hacia delante para reexaminar mi trabajito. La herida abierta en su cuello era profunda, mostrando su espina, la tráquea, y otras cosas inimaginables, pero era limpia.

Una herida de bala era un gesto impersonal, y en mi opinión, una forma demasiada sangrienta sacada de película de acción como para matar a Renée. Un jalón del gatillo y hubiese impulsado cientos de perdigones, dejando un desorden destructivo, sobre todo este puto desierto, con pedazos de ella que tendríamos que buscar y enterrar.

La navaja era una solución elegante, con su corte lineal y simple a lo largo de su garganta. Era puro, refinado, y algo… artístico.

Edward tenía razón; finalmente me acostumbré a la sangre.

Cuando había matado a Caius meses atrás, me encontraba muy insegura de mí misma. Había asumido que mis razones para matarlo eran para impresionar al hombre que amaba. Incluso si eso fuera verdad, hubiera sentido algo de remordimiento por tomar la vida de Caius, pero tuvo el efecto contrario en mí. Él estaba muerto. Lo había matado y había quemado su cuerpo. El mundo siguió girando y girando, sin pausar para juzgar mi pecado.

Eso fue todo, y me había lavado las manos.

Para mi cuarto asesinato, ya no podía ocultar la oscuridad de mí misma. La emoción era indescriptible. Mi corazón latía cada vez más y más fuerte, la sangre saltaba en mis venas, y estaba en control de mi vida… sus vidas. Nada tenía sentido, solo el arma en mi mano y la víctima que estaba frente a ella.

Me calmaba, convertía los pensamientos algo locos en pensamientos coherentes.

La necesidad de Edward por matar era un poco diferente que la mía. Él hacía las cosas por necesidad. Disfrutaba el hecho de matar y era divertido para él, pero no iba por ahí buscándolo. Si se presentaba una situación, él la aprovechaba. Tenía que haber una razón para sus acciones. Yo era la impulsiva en nuestra relación.

La sed de sangre crecía cada día, volviéndose insaciable y más demandante para mí. Era una constante, todo el tiempo, y en un punto, esperaba que Edward me apartara o me encaminara, pero él alimentaba mi demonio interior. Lo alentaba.

Mi chico malo era una muy mala influencia.

La atracción física entre nosotros siempre había sido fuerte e innegable, pero durante esos momentos en que matábamos juntos, esa necesidad se amplificaba, se intensificaba por el sexo, y teníamos que tenernos… sin excusas.

Sangre o no, era una obsesión, una muy poderosa, y una vez que se activaba, era casi imposible parar.

Esto a menudo complicaba las cosas, como… golpes a traficantes, tráficos, reuniones de negocios, compras en tiendas, ese lavadero en los suburbios… y sí, la lista sigue.

—¡Rayos, Bella! —La voz de Edward era severa.

Le fulminé con la mirada.

—¿Rayos, qué?

—Me recontra jode que no me hayas esperado. —El cigarrillo estaba colgando de su boca mientras despotricaba.

—Oh, ¿cómo tú me esperaste? —Alcé una ceja escéptica, señalando con la cabeza hacia el bulto en el desierto, formalmente conocido como Phil—. ¿En serio?

—Él intentaba escapar. —Se defendió, encogiéndose de hombros—. Tuve que improvisar.

—Sí, bueno, yo también —dije, bajando la mirada hacia la navaja en mi mano. Había una mancha de sangre a lo largo de la cuchilla, y sentí un pinchazo de tristeza… no, no de tristeza, algo más parecido a decepción.

El plan era alargar la tortura de Phil y Renée con algunos golpes, quizás un poco de amputación de sus dedos y pies. Queríamos que gritaran de dolor, rogando por sus vidas. Se supone que duráramos horas para llenar nuestra compensación de lo que me debían—lo que nos debían. Lo habíamos discutido muchas veces: mientras contrabandeábamos, en la playa, durante el desayuno, desnudos en los brazos del otro. Habíamos fantaseado con lo que íbamos a hacer, hasta el más minino detalle, por casi un año ya.

Al final, no había durado tanto como esperábamos, pero saber que esos dos malditos mentirosos estaban fuera de este mundo era suficiente para mí.

—¡Mieerrda! —gritó y arrojó el bate hacia Phil, cayendo a unos centímetros de su cuerpo machacado. Sacudió su cabeza, pasando su mano llena de sangre por su cabello—. Deseaba tanto verte usar ese cuchillo en ella.

Edward era admirado por gente que no lo conocía y temido por gente que sí, pero conmigo era gentil, completamente entregado, y no tenía miedo de enfurruñarse.

—Oh, cariño… —dije, alzándome sobre mis rodillas y ubicándome entre sus piernas. Él puso sus manos en mi cintura y sonrió suavemente, asumiendo que estaba allí para consolarlo. Estaba tan equivocado—. Fue taaaaan hermoso. —Mordí mi labio, levantando la navaja y colocándola en su cuello, apenas rozando su piel—. Degollé a Renée desde aquí. —Sus ojos se oscurecieron feroz y lujuriosamente mientras pasaba la filosa punta por su garganta, lentamente yendo de izquierda a derecha—. Hasta aquí.

Diablos —gruñó y cerró los ojos, aferrándome más fuerte—. Me estás matando.

—Mmmm, todavía no, cariño —ronroneé, manteniendo la navaja en su garganta y quitándole el cigarrillo de su boca. Di un par de caladas profundas, acercándome y soltando el humo en su rostro—. Es realmente una lástima que te lo hayas perdido. —Lució adolorido, y clavó sus dedos en mi piel. Alejándome de él, lancé la colilla al suelo y hablé con un tono tentativo en mi voz—. Oh, bueno, quizás la próxima vez.

Los ojos de Edward se abrieron rápidamente, convirtiéndose en una mirada hostil. Tomó el cuchillo y la alejó de su cuello.

—¿Quieres jugar?

Sin esperar una respuesta, me tomó por la garganta y me acercó de un jalón hacia él, sus labios fuertes y dominantes colisionando con fuerza con los míos. Mi boca se abrió mientras su lengua se hacía paso, de forma agresiva e imperiosa. Me estremecí bajo su abrazo persuasivo, luchando por respirar.

Movió su mano de mi cuello y hacia mi cintura, levantándome en brazos y haciéndome hacia atrás. Me encontraba en el suelo con él encima de mí, separando mis piernas con fuerza y ubicándose entre ellas. Sus manos, cubiertas de sangre, levantaron mi camiseta. Tomando y arrancando mi sostén, él rompió la tela de encaje y expuso mi pecho derecho, agarrándolo con un toque gentil pero rudo.

Gemí en su boca, arqueando mi espalda y presionando mi pecho contra él. Gruñendo en respuesta, sujetó mi duro pezón entre su pulgar e índice, girando y retorciéndolo.

Perdida en su toque doloroso y corrupto, estiré un brazo y me aferré a la parte trasera de su cuello, atrayéndolo más hacia abajo y susurrando un ruego contra sus labios.

—Cójeme, por favor.

Él maldijo contra mis labios dispuestos, profundizando el beso y llevando sus caderas contra las mías. Con cada fuerte embestida, me mostraba lo mucho que ansiaba y necesitaba estar dentro de mí.

Todo era una contradicción caótica, nuestros cuerpos nadaban y se ahogaban en lujuria.

Mis dedos temblaban y estaban impacientes con necesidad, luchando contra el botón de sus jeans. Podía sentirlo presionando contra la cremallera. Se encontraba duro y listo. Esto estaba muy mal, lo sabía, pero no me importaba.

A penas aferrándome a mi sanidad ahora, estaba más cerca de pecar de maneras que incluso Dios no podía, o lograba, ignorar.

Cuando mis esfuerzos lograron deshacer el botón de sus jeans y mi mano estaba a su alrededor, Edward dejó de besarme y se alejó. La pérdida de su calor, incluso a una temperatura de cincuenta grados, me hizo temblar. Todo mi cuerpo estaba palpitando, ardiendo, gritando ser tocado, pero Edward estaba distante, volviéndose a acomodar sus jeans.

Esperando poder convencerlo de venir a recostarse en pecado conmigo; me senté y tomé su brazo, jodidamente desesperada por él, necesitando que me saquen de mi miseria.

Pero él se resistía a mis avances, quitando mis dedos de sus bíceps y volviéndolos a poner en mi regazo. Hice mi cabeza a un costado, confundida sobre por qué estaba parando, y con una sonrisa arrogante y torcida respondió a mi pregunta silenciosa.

Entrecerré mis ojos, sabiendo entonces lo que me había hecho y por qué. Era excitante e irritante.

—¡Aaaagh! —gruñí frustrada, lanzando mi cuerpo hacia atrás en el suelo—. Eres un maldito.

—Sip —dijo, confiscando mi navaja y poniéndose de pie—, y quizás la próxima vez me vas a esperar.

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Edward bañó los cuerpos en gasolina y yo lancé el fósforo. Renée y Phil, o lo que quedaba de ellos, estallaron en llamas, y observamos desde el coche mientras el humo se alzaba en una nube oscura, desapareciendo en la noche oscura. Fue catártico en su finalidad. El peso de sus vidas se fue y, años y años de abuso causado desapareció, esfumándose en nada más que un recuerdo distante.

Un capítulo en mi libro se cerró, para nunca volver a abrirse.

—Bueno, la cena se fue al carajo —dijo Edward, la pantalla de su teléfono encendida y mostrando la hora.

Era la seis y veinte de la tarde, por lo que perdimos nuestras reservaciones. No era algo importante, no para mí. Esto era mucho mejor. El restaurante va a estar allí mañana y la noche siguiente y así sucesivamente, pero una vista como esta solo pasa una vez en la vida.

—No sé por qué intentas ponernos un límite de horario, Edward —comenté, chocando juguetonamente su hombro—. Somos incapaces de seguir cualquier tipo de agenda.

—Si no intentara ponernos un orden, ¿puedes imaginar lo que haríamos? —Rio, pellizcándose el puente de la nariz—. Diablos, Kid, no puedes dejar libre a un león salvaje en las calles y esperar que se vuelva domesticado.

Lo miré con asombro, completamente perpleja por su lógica.

—No… ¿Qué mierda significa eso?

—Significa, cállate de una vez y mira el puto fuego, Bella. —Lanzó su brazo por encima de mis hombros, acercándome, y besando mi frente—. Jodida sabelotodo.

Sonreí socarronamente, abrazándolo por la cintura. Mi rostro estaba enterrado en su pecho, y ni siquiera me molesté en la camiseta que estaba usando o cómo la sangre picaba mi mejilla. En ese momento, estaba feliz y contenta.

El fuego murió alrededor de las siete y media, quizás las ocho, y nos quedamos allí en el capó de Tanya hasta que las estrellas brillaban lo suficiente como para notar la constelación Osa Mayor.

—Nunca te pregunté, pero, ¿rogó? —Edward estaba sosteniendo mi mano, distraídamente girando el anillo alrededor de mi dedo.

—No, definitivamente no —bufé, incapaz de mantener la sequedad de mi voz.

Incluso en el final, ella estaba determinada en lastimarme. Era un intento fallido, pero incluso si Edward estaba decepcionado por no ser parte de los momentos finales de Renée, estaba contenta que no estuvo cerca para escuchar las últimas palabras de ella. Lo hubiera devastado y eso me hubiera matado, y entonces ella hubiese ganado.

—¿Qué tal Phillip? —pregunté—. ¿Luchó?

—Sí, rogó, —dijo Edward, dando un salto fuera del capó del coche y sacando un cigarrillo de su bolsillo. Lo encendió e inhaló profundamente—. Un poco demasiado, si me lo preguntas. Esa mierda fue jodidamente embarazosa. Le quitó toda la diversión al asunto.

Esto me sorprendía, y no porque la mitad de la emoción que teníamos era por los ruegos, sino por el hecho que él admitió que matar a Phil no fue divertido o satisfactorio para él. Observé su rostro, analizando su sinceridad. No había una sonrisa arrogante o un brillo juguetón en sus ojos, una señal de que estaba tomándome el pelo. Tenía su cabeza gacha, pateando la tierra, y casualmente fumando su cigarrillo. Algo le pasaba, solo que yo no sabía qué era… y Dios, no tenía ni puta idea de cómo discutirlo.

Edward era temperamental, como un león salvaje, y aunque a menudo era abierto conmigo, no le tomaba mucho para volverse frío y apartarme.

—¿Cómo puede…? —pausé, eligiendo mis palabras con cuidado—. ¿Cómo puede alguien rogar por su vida un poco demasiado?

—Dios, no lo sé, Kid —dijo, dando otra profunda calada antes de dármelo a mí—. No había agallas o gloria en ese idiota. Se hizo un bollo y lloró como una pequeña perra cuando llegué a él.

—Pero hemos tenidos tipos que lloraban antes —le recordé, dando una rápida calada y devolviéndoselo—. ¿Recuerdas a Tommy-Tom?

Mi segundo asesinato, Tommy-Tom de Tucson. Era un pequeño traficante de coca e informante de la policía de la frontera, la policía estatal, la FBI, y cualquiera que quiera ofrecerle un trato. Había estado nerviosa todo el día, pero sus sollozos, acompañados de mocos cayendo de su nariz, eclipsaban mi inexperiencia. Edward se había reído de él, diciéndole al pobre Tommy-Tom de Tucson que tuviera huevos, y entonces le disparó al tipo en el rostro con su propia arma de doble barril llamada Bertha. Ella se encontraba en el asiento trasero de Tanya.

Edward llamaba a eso puta ironía.

—Sí, pero no así, Bella —contestó, frotando y rascándose el piercing en su ceja. Podía ver el pensamiento detrás de sus ojos, tratando de encontrar la forma de describirme la diferencia. Perdió la batalla y suspiró—. Esperé que pusiera una puta resistencia. Que me dé un puto desafío.

Me reí, deslizándome a lo largo del capó y hacia dónde se encontraba, y envolví mis brazos alrededor de su cuello.

—Cariño, él tenía sus manos atadas detrás de su espalda y tú tenías un bate. No había forma que haya podido ganarte. Todo lo que podía hacer era llorar y rogar.

—¡A la mierda con eso! —Se alejó del coche, fumando y dando vueltas—. Yo hubiese luchado. Nunca me dejaría caer y te abandonaría. Te protegería. Moriría antes de dejar que te pasara algo.

De acuerdo, llámenme loca, pero esto ya no era sobre Phil, y la forma en que la conversación cambió y giró a algo completamente distinto me preocupaba mucho. Me deslicé fuera del coche y me acerqué a él con cuidado, lentamente poniendo mi mano en su espalda. Él giró y me enfrentó, sus ojos estaban llenos de intensidad y arrepentimiento.

Hizo que mi corazón se detuviera y cayera, dando lugar al pánico y miedo.

—¿Hay algo que debería saber, Edward? ¿Marcus ya está acelerando su plan para matarnos?

Soné pequeña, y él entendió mi preocupación. Eso cambiaba todo, y el stress en sus ojos desapareció y se ablandó.

—No, nena, por supuesto que no —dijo, dando un paso hacia mí y posando sus manos en mi rostro. Bajó su frente hacia la mía—. Te lo hubiese dicho si fuera así. Lo sabes.

—¿Entonces por qué estamos hablando sobre luchar y morir por mí? —Él sabía que ese era un tema prohibido. Ninguno de los dos podía soportar el solo pensar en ello.

Me sostuvo cerca con cada palabra que habló, sus labios a milímetros de los míos.

—Si todo se va a la mierda, no quiero que hagas algo estúpido.

Eso era un eufemismo. Yo siempre hacía algo estúpido, especialmente si se trataba de yo o él a punto de morir. Pondría mi cuello en la guillotina en un santiamén y él lo sabía, cosa que lo asustaba como la mierda.

Pero igualmente pregunté.

—¿Cómo qué?

—No importa, ¿de acuerdo? Yo me haré cargo. Lo que sea que venga, tendrán que matarme primero. —Comencé a protestar por sus locas demandas, pero entonces me besó, tan profundo y tan fuerte. Con sus labios presionados con los míos, me estaba diciendo todo lo que no podía decir. Me callaba, despejaba mi mente, toda mi preocupación, me distraía. Cuando me soltó de su agarre cautivo, me encontraba mareada y sin aliento. Él sonrió, seguro y arrogante como siempre—. Pero me encantaría ver a los putos intentarlo.

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Todo estaba oscuro cuando llegamos a casa. La casa se encontraba en una playa mexicana apartada, lejos de la pequeña ciudad. Era difícil localizarla en un mapa, a menos que tengas las direcciones precisas o alguien que haya estado allí antes. Era el tipo de lugar que Edward y yo necesitábamos, escondido e imposible de encontrar.

Había gente ahí afuera que nos quería muertos, multiplicándose cada vez que hacíamos negocios con Marcus. Edward me aseguró que todo saldría bien y que no me preocupara. Me aferraba a él y mi arma, poniendo toda mi confianza en los dos.

—Dios, nunca había estado tan cansada —me dije a mi misma, saliendo del coche.

El día había sido largo y emocionalmente agotador. Todo lo que quería hacer era meterme en la ducha con Edward e ir a la cama. Mañana haríamos público nuestro cambio de relación. Eso sería interesante, saber la opinión que tendrían sobre el tema.

—Tenemos un trabajo este viernes —me informó Edward, viniendo a mi lado y ayudándome a salir. Tomó mi mano, firme y fuertemente, dirigiéndome hacia la entrada.

Bostecé, inclinando mi cabeza contra su brazo, usándolo como almohada.

—Oh, sí, ¿de qué va?

Estos viajes, o lo que a mí me gustaba llamarle trabajitos, eran golpes y recolección de drogas para Marcus. El contrabando era un buen ingreso, pero él necesitaba suministros para alimentar la demanda. Eso significaba matar y deshacerse de toda la competencia. Sus asesinatos pasan desapercibidos por la policía, un pedazo de mierda menos en las calles, y es éramos bien cuidadosos, había cero represalias por parte de la gente del traficante.

Las cosas se estaban volviendo agitadas y más peligrosas. Mientras más golpes hacíamos para Marcus, más conocidos eran nuestros rostros para ciertas personas y grupos, pero así era como lo queríamos. Edward y yo hacíamos todo juntos; nadie más podía involucrarse. Ese era el trato que habíamos hecho en Chicago. Él me estaba dando su exclusividad.

Estas nuevas reglas cambiaron toda la dinámica de la familia, y ahora ellos eran los últimos en saber, y eso era solo si Edward y yo decidíamos que era pertinente que ellos se involucren. Todavía tenía que llegar el día en que les digamos lo que estábamos haciendo, o sobre los planes de Marcus para matarnos o nuestros planes para matarlo.

Mientras menos sepan sobre esta mierda, mejor.

—Puerto Peñasco —respondió, sacando sus llaves y destrabando la puerta.

—¿Quién es el tipo?

—Su nombre es Juan.

La puerta se abrió en nuestra entrada y un montón de luces se encendieron, de repente y brillantes, exponiendo a una multitud de gente que incluía a nuestra familia y Marcus y su pandilla. Todos ellos estaban esperándonos con una enorme sonrisa en sus rostros. Había un cartel de "Felicitaciones" sobre sus cabezas y Alice estaba al frente y centro, sosteniendo una enorme torta.

La emoción por ver la nueva pareja comprometida se convirtió en horror y sorpresa mientras sus ojos se enfocaban en Edward y en mí. Nos quedamos allí de pie en la entrada con nuestros dedos enlazados fuertemente y con nuestras ropas destrozadas y completamente llenas de sangre de pie a cabeza.