Disclaimer: Los personajes de Twilight pertenecen a Stephenie Meyer y esta trama a Krazyk85. Yo solo traduzco con su autorización.

.

Capítulo tres

Si mi vida fuera una película, la música alegre se silenciaría y la cámara se desplazaría por todos lados, enfocando los rostros de todos en una sucesión rápida.

¡Boom, boom, boom!

Un cuarto lleno de criminales, inmunes a los robos, a asesinatos y a tomar lo que sea que querían sin pedir, y aun así se encontraban observando sorprendidos, completamente quietos, a la pareja bañada en sangre.

La cámara no se detiene allí, hace zoom en Alice, poniendo un primer plano su sonrisa alegre. Ella nunca se altera. Esos dientes blancos perfectos apretados en una pose gélida. Su postura, que una vez era relajada, ahora se encuentra rígida como una tabla. Las palabras: "Felicitaciones, Bella y Edward", escritas tan elegantemente en el pastel toma un tono irónico y siniestro.

Los segundos tensos corren… uno… dos… tres. Y todavía nadie habla.

La cámara da una vuelta por la llena entrada y se detiene de repente cuando llega al villano de mi película.

Marcus.

Una sonrisa reservada esconde su intención y no muestra señales de su maldad, pero sus ojos negros eran una ventana hacia sus pensamientos. No estaba sorprendido de ver a los personajes principales llegar a su propia fiesta sorpresa de compromiso después de matar, para nada preparados para la compañía. Él sabía lo que habían hecho noche tras noche antes de esta.

Dos almas sin consciencia y un dedo flojo sobre el gatillo era una preciada posesión para un hombre como él, que se conduce por el dinero y una lujuria insaciable de poder.

La audiencia, cautivada, está inclinada hacia delante en sus asientos y con sus dedos en el bol de palomitas, reconocería a Marcus como el tipo malo. No a la pareja comprometida que se encuentra de pie en la entrada con la culpa llena en sus manos y recuerdos/trofeos en sus bolsillos.

Ellos eran asesinos, hechos y derechos, pero su amor, tan rudo y salvaje, sería el factor redentor. La audiencia no podía evitar perdonarlos por sus pecados.

Puede que alienten por ellos al final.

La música se colaría lentamente mientras la cámara se movía por la familia, centrándose en cada uno de sus rostros para capturar y analizar sus reacciones. Serían una mezcla que iba desde sorpresa usual y maravilla, con un toque de fascinación curiosa, seguida por un orgullo intenso, y terminaría con un suspiro exasperado de furia.

El anillo de diamantes con dimensiones multifacéticas brillaba bajo las luces intensas, y de las tres chicas en la habitación, ninguna intentó cruzar la línea para adular su belleza.

En mi película, aquí era dónde la realidad versus la fantasía no concordaría, porque, aunque mi naturaleza femenina nunca se desarrolló por completo, aún quería esa atención. Los gritos de emoción que las chicas dan cuando una se compromete.

El asesinato de Phil y Renée cambiaba un poco a todas las festividades de esta noche.

—Sé lo que todos están pensando ahora, pero pueden relajarse —dijo Edward, el hombre encantador y tatuado con ojos verdes maravillosos de mi película. Él sería el primero en dar un paso hacia delante y romper el silencio incómodo. A la edad de veintiocho años, él comandaba sin siquiera intentarlo, porque simplemente con existir y ser una presencia Goliat en este mundo, la gente no tenía otra opción que prestar atención a cada palabra que salía de su boca—. No es sangre nuestra.

Eso se ganó unas risas algo incómodas y raras.

Edward no tenía que esconder quién era y siempre había sido honesto sobre su naturaleza. Todos sabían las cosas que había hecho antes y después de conocerme. Toda la gente que había matado y golpeado por diversión era de conocimiento común entre la gente dentro, incluso de afuera, de nuestra familia. Yo era la única que había sido dejada en la oscuridad por todos esos meses, tambaleándome para encontrar el clic correcto.

Nadie me había avisado, no que hubiese cambiado algo.

—¿Por qué no toman asiento en la sala y nos dan un minuto para asearnos? —dijo Edward, aferrando mi mano con más fuerza y dirigiéndome a través de la multitud. Tomó el pastel de tres pisos de las manos de Alice mientras pasaba y se dirigió directamente a la cocina.

Nadie nos siguió…Bueno, excepto por Jasper, él no iba a dejar pasar esto. Nos dio medio segundo para respirar y concentrarnos antes de comenzar a bombardear.

—Qué interesante giro de eventos, ¿no? —preguntó, sacudiendo su cabeza de forma incrédula—. Dios, ustedes…

—¿Qué hace Marcus aquí? —interrumpió Edward, dejando con cuidado el pastel en la mesada. Mi hombre era un poco goloso y había estado echándole el ojo a esa cosa desde que atravesamos la puerta. No creo que alguno haya visto sus ojos iluminarse como un niño en Navidad, pero yo sí.

Siempre lo estaba observando.

—Alice lo invitó —respondió Jasper, posando sus palmas sobre la mesada. Todo el fuego de su descargo ya no estaba—. Ella pensó que Bella querría ver a Didyme, pero mierda, amigo, él tuvo problemas para encontrar la casa y casi no llega aquí.

Edward rio, pero fue seco, sin humor.

—¿Acaso no se te ocurrió que esa era la intención? Quizás, yo y Kid no queríamos que supiera dónde vivíamos.

Me di cuenta entonces de lo complicada que se había vuelto nuestra situación. Marcus y su equipo sabían dónde se encontraba nuestro equipo. Ese era la peor puta cosa que podía pasar. La protección que habíamos pasado meses y meses buscando casas se había ido al carajo. Todo por una propuesta, una fiesta, y la decisión de dejar a la familia en la oscuridad.

Jasper era demasiado inteligente para su propio bien.

—Espera, ¿qué mierda me estoy perdiendo? —Dando un paso hacia atrás, echó una mirada hacia el pasillo y escuchó. Cuando estuvo satisfecho que todo estaba despejado, volvió a su lugar, pero bajó su voz a un susurro—: ¿Acaso Marcus es una amenaza para nosotros?

Edward no parpadeó, pero mintió, y fue impecable.

—Claro que no, pero ya me conoces lo suficiente como para saber que no mezclo negocios con placer. Esta es nuestra casa, Jazz, y Marcus no es familia. ¿Entiendes?

—Sí, lo entiendo, amigo, y, mira, lo siento por Alice y esta fiesta. Sabes cómo es ella a veces.

—No te preocupes. La mierda ya está hecha —dijo Edward, quitándole importancia.

—Fue una decisión de último momento. Solo quería darles una buena… —Jasper pausó, observando muestra apariencia perturbadora, cosa que le hizo retomar su previo regaño—. ¿Qué carajos pasó allá afuera? Pensé que solo iban a asustarlos.

—Sí que lo asustamos, ¿o no, Kid? —dijo Edward, envolviendo su brazo alrededor de mi cuello y jalándome hacia un agarre fuerte.

—Sí, señor —respondí, levantando mi mirada hacia él, pero mi puto rostro de póker era horrible. Era difícil sonar fría y distante cuando me encontraba sonriendo ampliamente.

—Pero esa mierda se puso aburrida. —Se encogió de hombros, pasando su dedo por el costado del pastel y llenándolo con glaseado. Gentilmente lo rozó sobre mi labio inferior y observó intensamente mientras mi lengua se asomaba para probar la dulce delicia. Me guiñó un ojo, y lamió el resto de su dedo. La posibilidad de que el glaseado sea lamido de ciertas áreas pasó por mi mente. El señor Atrevido también lo pensó, pero borró cualquier rastro de su rostro y se volvió hacia Jazz—. Así que, para hacer la historia corta, los matamos.

—¿Con qué exactamente? ¿Un puto martillo?

Ambos reímos, pero Jasper se mantuvo firme y nos observó con una mirada contenida, buscando una explicación dónde no había una.

—Cerca, pero no exactamente —dijo Edward, bajando su mirada hacia mí y arrugando su nariz—. Hubo un bate y una…

—…navaja —terminé, bajando mi mano para tomar dicha navaja de su bolsillo trasero.

Él alejó sus caderas de mi alcance y me miró enojado, apretando más su bícep alrededor de mi cuello.

—Ah, sí, ahora lo recuerdo.

La niña desafiante en mí quería provocarlo y glorificar cómo se sintió matar con mi cuchilla, solo para calentarlo, pero Jasper seguía en la habitación. Eso hacía que follar contra los muebles, o la posibilidad del suelo o la mesada o en mi mesa estilo española, algo bastante improbable y raro.

Así que tomé aire y dejé pasar la oportunidad.

—Mataste a sus padres con un bate y una navaja —repitió Jasper y murmuró para sí mismo, dando una combinación rara de asentimiento y de sacudimiento de cabeza—. Bueno, eso es putamente perfecto. Espero que hayan quemado los cuerpos o los hayan enterrado lo suficientemente profundo. ¡Diablos, ustedes dos! —Jasper estaba yendo de un lado a otro ahora, y la goma de sus botas dejaban unas marcas negras en mi piso—. ¿Y qué pasa cuando la gente comience a acercarse para hacer preguntas sobre ellos? ¿Han pensado en eso?

—No vendrán —le aseguró Edward, y tendría que concordar. Si Phil y Renée son reportados como desaparecidos, nadie iba a buscarlos aquí… ¿En puto México?

—Más vale que eso sea verdad, amigo, porque no voy a ayudarlos para sacarlos de la cárcel otra vez. Eso fue algo único.

Jasper era un tipo raro de criminal. Cultivaba marihuana en Mazatlán en gran abundancia, e incluso cruzaba el borde para mover estas drogas. Con respecto a matar, no estaba en contra, Dios sabe que ha hecho su parte. Incluso ayudó a Edward a deshacerse de unas personas, puso una bala en una o dos cabezas y quemó algunos cuerpos.

Su ética y hacer lo correcto no era un problema para él. Nunca lo era.

Jasper se preocupaba. Ese era su rol. Se encargaba de mantener a todos controlados, pero Edward y yo éramos otra cosa distinta. Hacíamos lo que queríamos cuándo lo queríamos, y eso ocasionaba problemas. Jasper veía nuestras actividades, matar o cualquier otra cosa, como imprudentes e irresponsables. Él había estado anticipando el día que nos atraparan y nos encerraran tras las rejas.

Es solo cuestión de tiempo, había dicho.

Ni Edward ni yo nos molestamos en intentar convencer a Jazz de que cuando matábamos, éramos inteligentes y cubríamos nuestros rastros. Se olvidaba rápidamente que cuando nos arrestaron fue porque estábamos ansiosos por dinero, no asesinato. Caius, uno de los muchos ejemplos, era un caso sin cerrar en Iowa.

—¿Te puedes relajar, amigo? —Edward desenredó su cuerpo del mío y se acercó a su inquieto, y algo neurótico, amigo, golpeándolo fuerte en la espalda y deteniendo sus pasos—. Vivirás mucho.

—¿Quieres que me relaje mientras ustedes dos putos psicópatas están allí afuera matando gente con bates y navajas? — Jasper resopló y puso los ojos en blanco—. Claro.

Sonreí, porque la imagen en mi cabeza de Edward y yo corriendo por México con bates y navajas era graciosa y algo de caricaturas.

—Mira, gracias por darnos este… ¿discurso? —preguntó Edward. Jasper se encogió de hombros. Él sabía que no había razón en su despotrico. Nada había cambiado—. ¿Por qué no juntas a todos, y quizás, podemos hacer esta mierda de celebración mañana?

Cosa que básicamente significaba en el lenguaje de Edward, que no iba a pasar jamás.

—¿Lo dices en serio? Todos están aquí ya. Solo ve a tomar una ducha. Te sentirás mejor —dijo Jasper, tomando de nuestros brazos y llevándonos hacia la puerta de la cocina.

Edward frotó sus manos en su rostro y suspiró.

—Realmente estamos cansados, ¿de acuerdo? Ha sido un día largo, para los dos. Solo hazme este favor.

—Está bien, como sea, amigo —bufó Jasper y se cruzó de brazos—. Pero tú y Bella van a tener que salir allí y decirle a Alice por qué rechazan su fiesta.

—¿Su puta fiesta? —siseó Edward, y el giro ocurrió tan rápido e inesperadamente, que no estaba segura de qué lo originó. Su cuerpo se tensó desde su cuello hacia sus manos, las cuales estaban empuñadas fuertemente. Entrecerró sus ojos hacia Jasper, ira repentina brotando de él—. ¡No, a la mierda con eso! ¡Te dije que no abrieras tu puta boca sobre mis planes para proponerle casamiento a Bella, especialmente a tu jodida novia! ¡No quería llegar a casa a esta mierda! —Señaló hacia la pared que daba hacia la sala.

—Cálmate, amigo —dijo Jasper, levantando sus manos para tranquilizar al toro furioso. Pero ya era demasiado tarde, no había sentido en hablar civilizadamente.

Edward estaba a centímetros del rostro de Jasper, hablando bajo y brusco, con su mandíbula apretada.

—No, tú causaste esto, lo arreglas.

Como un beta para su alfa, Jasper inclinó su cabeza.

—Sí, tienes razón. Yo le diré. —Tragó saliva, alejándose lentamente—. ¿Estamos bien?

Edward era una persona volátil, pero hoy tenía poca paciencia. Nadie quería estar en su lado malo. Las repercusiones de estar en su lista negra eran mortales.

—Quiero a todos fuera de mi casa en cinco minutos —respondió Edward, y Jasper fue a abrir su boca, pero Edward lo interrumpió, su voz alzándose con cada sílaba furiosa—. No, tienes cinco putos minutos para evacuar, Jazz. No seis, ni diez, sólo cinco. ¿Me entiendes?

—Alto y claro, jefe —dijo él, girando sobre sus talones y saliendo de la cocina.

Edward y yo no hablamos. Escuchamos mientras cada uno de nuestros invitados se iba. Los sonidos suaves de múltiples pasos en el suelo dirigiéndose hacia la puerta y la entrada. Gente metiéndose en sus coches, cerrando las puertas y encendiendo los motores; llantas chillando sobre la gravilla mientras quitaban su coche de la entrada y se iban. Sólo tomó menos de cinco minutos para que más o menos diez invitados se fueran, y ninguna persona se atrevió a husmear o decir adiós.

Era conocimiento implícito entre nuestros amigos y enemigos que, si Edward alguna vez cortaba una fiesta, era porque estaba furioso por algo. Hubo algunas veces dónde esto ha pasado, y en cada uno de esos casos, el tequila jugaba una gran parte. Él no podía soportar su José Cuervo.

Esta no era una de esas veces.

—¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! —rugió Edward, rompiendo sus nudillos sobre la mesada de mármol y respirando pesadamente por su nariz.

No me sobresalté, pero mi corazón estaba latiendo más rápido y mi boca se secó.

La única persona en un radio de cien kilómetros que no estaba asustada de Edward Cullen era yo. No, sus arranques de furia me excitaban. Cuando Edward amaba, amaba apasionadamente, no importaba qué, pero cuando amaba con furia ciega, queriendo luchar contra el puto mundo… ¡Diablos! No había palabras para describir la fuerte locura de su toque, y era enloquecedor e irracional provocar al demonio, pero ansiaba cada parte de él.

—Ven aquí —dije, tomando de la parte trasera de sus jeans y jalando de ellos.

—¿Qué, Bella? —espetó, manteniendo su cabeza gacha y su espalda hacia mí.

—¡Mierda, bésame, idiota! —demandé, jalando con más fuerza sus jeans, y antes de que pudiera decir algo más, él se encontraba sobre mí: en mi boca, en mi cabello, en mi piel, en mi mente, y todo lo que no era visto, solo sentido… tan profundo y penetrante.

Forzando y empujando su lengua por mis labios para tomar control de la mía, me sentí mareada y consumida. Estiré una mano y aferré su nuca, tratando de igualar la intensidad del beso, pero se movió muy rápido. Tomó mi cintura y me hizo hacia atrás, lentamente y con propósito, hasta que me tenía presionada contra la mesada, bajo el aplaste dominante de su peso, e incapaz de escaparme de él.

—¿Esto es lo que quieres? —preguntó, moviendo su boca a lo largo de mi barbilla y el hueco de mi cuello.

Gimoteé en respuesta, clavando mis uñas en su piel mientras mi sostén era arrancado. Los pedazos de encaje a penas se aferraban a mis hombros. Él se inclinó, haciendo la camiseta a un lado, besando y palmeando mis pechos. Todo, su boca y manos, eran suaves y tranquilas al principio, pero mientras mis jadeos se aceleraban y nuestra pasión se intensificaba, se volvió brusco, apretando y pellizcando mis pezones, succionando y mordisqueando mi piel.

Mi cuerpo estaba temblando, lleno de excitación, anticipando ese momento en que él arranque las últimas prendas y me llene.

—Cariño —jadeé, mis dedos completamente enterradas y enredadas en su cabello.

Haciendo su cabeza hacia atrás y enderezándose, tomó de mis caderas y me sentó sobre la mesada. Su boca estaba sobre la mía antes de poder pensar o tomar aire, empujando su pecho hacia mí y recostándome…dónde caigo sobre el puto pastel.

—¡Mierda! —grité, sentándome rápidamente. El glaseado estaba por todas partes, en mi cabello y en mis brazos.

Edward rio, descansando su frente en mi regazo.

—Esto no era cómo quería que terminara esta noche.

—¿Oh, sí? —dije, y él levantó su mirada hacia mí. Limpié la sustancia blanca y pegajosamente dulce de mi brazo y dejé un poco en su nariz—. ¿Cómo querías que terminara?

—Bueno… —dijo, tomando lo que quedaba de mi camiseta rota y jalándome hacia abajo en un beso. Fue corto, pero pasó ese glaseado de la punta de su nariz hacia la mía. Éramos un lio de sangre y azúcar—. Quería proponerte casamiento, matar a los inservibles de tus padres, comer un poco para celebrar, y entonces volver a casa para cogerte enloquecidamente.

Sonreí socarronamente, aun saboreando vainilla y Edward en mi lengua.

—¿En ese orden?

—En ese orden, o variaciones de ese orden, solo dependiendo de si quieres comer y coger, o matar y comer, o coger y matar.

—Mmm, qué tal esto —dije, colocando mis manos sobre sus bíceps, sintiendo los músculos tensos y venas latientes debajo. Inclinándome hacia delante, acercándome, susurré contra sus labios—. ¿Matamos mientras cogemos enloquecidamente?

—Creo que eso es posible —contestó Edward, enlazando sus dedos en el borde de mis jeans y trayendo mi culo a lo largo de la mesada con un jalón suave. Tuvo su boca en mi cuello y sus manos debajo de mi camiseta. Mis piernas estaban envueltas alrededor de él y mi cabeza echada hacia atrás.

No escuchamos ni una mierda.

—Me olvidé de darles… —Una voz familiar lejana y distante, de alguna forma consiguió llegar a mis oídos—. ¡Oh, mierda!

Levantando mi cabeza rápidamente, vi a Jasper en la puerta con la cabeza a gachas y un brazo extendido. Tenía un sobre plateado en su mano.

Edward mantuvo sus ojos en mí, pero habló cortadamente hacia Jasper.

—Te dije que te vayas a la mierda.

—Lo sé, amigo, pero Alice me pidió…

—Esta mierda sigue pasando —dijo Edward, bajándome de la mesada y poniéndose de pie frente a mí. Mi camiseta colgaba de mi cuerpo y mostraba todas mis partes. Lo arreglé antes de que Jasper me viera—. ¿Estás bien, nena?

Bajé la vista para chequearme y vi que ninguna teta o pezón estaba asomándose.

—Sí, estoy bien.

—Bien —dijo, girando y estirando una mano hacia Jasper—. Dame tu puta llave.

Los ojos de Jasper se ensancharon.

—¿Qué?

—Quiero tu llave de mi casa devuelta —respondió Edward—, y puedes decirle al resto de la familia que quiero sus llaves también.

—¿No crees que estás exagerando? —dijo Jasper, metiendo su mano en su bolsillo y devolviendo la llave.

—Les di llaves para casos de emergencias, no para que ustedes idiotas entren sin tocar o inviten a quienes quieran a esta casa.

—Esta mierda es por Marcus, ¿no? —preguntó Jasper, sacudiendo su cabeza.

—Cierra mi jodida puerta cuando salgas. —Edward se giró y dio un jalón a mi camiseta, desesperado por tenerme a solas—. Vamos, Kid.

—Adelántate, yo ya voy —dije, y su mirada cayó en un puchero, pero solo para que yo lo notara. Me apresuré a explicar—. Solo quiero guardar el pastel en el refrigerador…o lo que queda de él.

Edward sacó su barbilla.

—Cinco minutos.

—¡Dos! —enmendé, ofreciendo mi mano.

—Hecho —dijo, estrechándola. Se agachó y me dio un beso rápido en los labios.

Había una promesa de que había más por venir en ese beso casto, y si el pastel no fuera tan jodidamente hermoso y deleitablemente dulce, mandaría todo a la mierda y dejaría que se derritiera.

—Buenas noches, Eddie. —Jasper le ofreció el sobre a su mano, pero Edward ni se dio vuelta mientras salía de la cocina. Jasper lo colocó sobre el borde de la mesada—. Toma, es solo una tarjeta. Alice quería asegurarse que lo tuvieran.

—Gracias —dije, metiendo el pastel en el refrigerador. Había tensión en el aire, y sentí como si era mi trabajo asegurar a Jasper que todo estaba bien o, al menos, intentar explicarle por qué Edward tenía poca paciencia esta noche—. Solo está cansado, ¿sabes?

Podría haberlo hecho mejor, porque Jasper no se lo creyó.

—Sí. —Frotó la parte posterior de su cuello—. He conocido a Edward por muchos años, Bella, y él nunca ha sido así.

—Quizás está estresado porque se ató a mí —comenté, tomando la última botella de agua en la heladera y cerrando la puerta con mi pie—. Sabes, algunos hombres tienden a aterrarse cuando se dan cuenta que van a ser maridos.

Él rio.

—No, vi la mirada en sus ojos cuando me contó que iba a pedírtelo. No es eso.

—Ya veremos —dije, ya sin escusas estúpidas y viendo un estrecho camino en la puerta para mi escape. Solo tenía que contener mi estómago y pasar por su lado—. Bueno, buenas noches, Jazz. Asegúrate de agradecerle a Alice.

—Bella. —Jasper dio un paso al costado, bloqueándome por completo—. ¿Puedo pedirte que hagas algo por mí?

Mi estómago se tensó.

—Eh, sí, por supuesto.

—Dile que se detenga.

—¿Detener… qué?

Se me acercó, echando un vistazo hacia el pasillo. Estaba chequeando si estaba Edward.

—Lo que sea que están planeando con Marcus. Les recomiendo que se detengan ahora. No terminará bien.

—Jazz, no…

—No, escúchame —dijo, su voz tensa—. Tienes que hablar con él. Eres la única a la que escucha.

Sacudí mi cabeza, completamente sin palabras ante lo que estaba haciendo.

—Si crees que tienes que seguir con todo lo que él dice, no es verdad, ¿de acuerdo? Él te adora jodidamente. Si dices que se detenga, lo hará.

—Jazz, realmente no sé de lo qué hablas. —Edward me enseñó a mentir y mentir bien. No había excepciones a la regla cuando se trataba de la familia.

—Sí, lo sabes —respondió, notando que estaba por escaparme mientras él daba vueltas. Estiró su mano y tomó de mi brazo—. Eres mejor persona que esto, Bella.

Él no tenía idea de quién era yo o de lo que era capaz.

Me aparté de su agarre.

—La verdad es que no lo soy.