Disclaimer: Los personajes de Twilight pertenecen a Stephenie Meyer y esta trama a Krazyk85. Yo solo traduzco con su autorización.

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Capítulo cinco

La peor parte de todo este lío era ver que la única familia que Edward había conocido lo traicionó. Él mantenía el dolor cerca y no quería discutirlo, pero podía sentir su angustia y ver lo mucho que le afectaba. Cada abrazo que le daban era recibido con especulación. Él se tensaba y sus ojos se entrecerraban, luchando contra las ganas de gritar, llorar, y destruir todo lo que tenía cerca.

Él los odiaba por quebrar su confianza y por ponerme en peligro.

Incluso si ellos admitían su traición y se arrepentían de sus pecados, era demasiado tarde para ellos. No había segundas oportunidades. Edward NUNCA perdonaría, y los mataría.

No tenía duda de eso.

Y me ponía triste, pero no por mí. Yo no perdí nada. No tenía tiempo para crear una conexión con estas personas. Edward era mi vida. Mi única importancia. Mi todo.

Me dolía por él.

Todos esos años de amistad y sensación de familia fue puesto a un lado y lanzado a la mierda, ¿y por qué?

¿Dinero?

¿Poder?

¿Sus vidas?

Ninguna de esas razones era suficiente.

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—Acabará antes que te des cuenta —dijo Edward, sus labios rozando cerca de mi cuello y haciendo cosquillas en la piel. La cercanía de su influencia era inapropiada, pero no podía alejarme de su toque. Este creaba un calor y deseo, deslizándose hacia abajo y distribuyéndose por mi ser.

Aferré su brazo y lo jalé más cerca de nuestra burbuja.

—¿Y si me desmayo?

Mi respiración se encontraba acelerada, la ansiedad intensa encendiéndose, y me mareé.

Sentí su boca, que se encontraba presionada contra mi garganta, curvarse en una sonrisa.

—Solo relájate.

Eso era mejor dicho que hecho.

—¿Estamos listos? —pregunto Verónica…no, no Verónica. Era Victoria, a la que le decían Vicky.

¡Mierda!

¿Por qué no podía recordar su nombre? Había estado tan distraída por las miles de estrellas en su hermoso rostro y su cabello rojo fuego que caía por su espalda en forma de rulos; no me había molestado en poner mucho más en la memoria.

Un minuto completo pasó antes de juntar valor para responderle.

—Sí, estoy lista.

Edward soltó mi mano y se alejó, dándole a Vicky bastante espacio.

—De acuerdo, Bella —dijo ella, agachando la cabeza del banco y recostándome—. Voy a contar hacia tres, ¿okey?

—Okey —dije, inhalando por mi nariz y conteniendo el aire.

—Será rápido, lo prometo. —Me dio un apretón reconfortante en el hombro y sonrió—. Solo no te olvides de respirar.

Reí.

—Okey.

Hubo silencio por un segundo, y entonces su conteo comenzó con un pinchazo abrupto.

—Uno…

—Mierda —dije, cerrando mis dedos y enterrando mis uñas en los bordes de la silla.

—Dos… —continuó ella, estirándome.

Todos los músculos de mi cuerpo, desde mi ceja a la punta de mis pies, estaban tensos.

—¡Tres! —terminó, y la aguja se metió por mi pezón en un movimiento rápido.

El dolor tuvo un pinchazo, y siseé entre dientes, pero no fue tan fuerte o ensordecedor como pensé que sería.

La mordida de Edward dolía mucho más que eso.

—Listo, cariño —dijo Vicky.

Mis ojos se abrieron.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo —dijo, colocando una cuenta de plata al final de la barra.

—¿En serio? —pregunto, sosteniéndome sobre mis codos. No había sangre. Era perfecto—. Pero fue tan rápido, y no dolió ni nada.

—¿Ves? ¿Qué te dije? —Guiñó un ojo Edward, chocando su hombro con el mío.

Baje la vista hacia el piercing, completamente fascinada con ello. Valor, emoción, y pura adrenalina corría frenéticamente por mis venas ahora mismo, y hablé sin pensar:

—Quizás debería hacerme el otro.

Vicky levantó su cabeza de golpe, con una mirada incrédula en sus ojos.

—Eh, nena. —Edward se acercó más a mí en su banco, inclinando su cuerpo hacia delante y bajando su voz—. No creo que sea una buena idea. Quizás deberíamos esperar a la próxima semana…

—¿Por qué? —espeté, interrumpiéndolo y echando un vistazo hacia Vicky. Ella tenía sus manos cubiertas por guantes alzadas, sin querer meterse en la discusión.

—Bella, mírame, nena. —Me tomó por el mentón y giró mi mirada hacia él—. Y escúchame en serio, ¿de acuerdo?

—Okey —dije, alejando mi rostro de su agarre—. Te escucho.

—El plan era solo hacerte uno hoy y el otro la semana que viene, ¿recuerdas?

—Sí, recuerdo… —Estaba abriendo su boca para discutir— …pero no dolió. Eso es lo que te estoy diciendo. ¿No era esa la razón por la que íbamos a esperar?

—Sí, lo era. —Suspiró en frustración, frotándose la parte posterior del cuello—. Pero tu adrenalina estaba activada y…

—Suelta las correas, Edward, ¿okey? Puedo con ello. —Lo fulminé con la mirada—. ¿Podrías dejar de sacudir tu cabeza hacia mí?

—Está bien, chico duro, hagámoslo a tu manera. —Haciendo rodar su banco lejos del mío y golpeando contra la pared con un fuerte golpe, se cruzó de brazos.

Sonreí hacia él, rápidamente volviendo mi atención hacia Vicky y dándole un asentimiento firme.

—Rock and roll —dijo ella, dando un aplauso y frotando sus manos.

—Solo no digas que no te lo advertí, Kid —comentó Edward en voz baja.

Puse los ojos en blanco e hice lo imposible para ignorarlo.

Vicky preparó el segundo set de agujas, abriendo el paquete esterilizado y colocándolo sobre una mesa cerca de mi cabeza. Limpió el pezón sin perforar con un algodón con antiséptico, esperando a que secara antes de repetir el proceso de perforación. Fue la misma técnica de "uno, dos, tres", excepto que esta vez dolió horriblemente, atravesando los nervios sensitivos y yendo hacia cada milímetro de mi pecho izquierdo.

Fue inesperado, y el dolor severo hizo que reaccionara con mi primer instinto inicial: supervivencia. El clásico modo de lucha, lleno de lenguaje explicito.

—¡La jodidísima puta madre! —grité, moviendo mis brazos y pataleando.

Vicky hizo una mueca y se apartó de mis golpes. Hubo empatía sincera en sus ojos por causarme dolor… incluso cuando yo pedí por ello.

Y con respecto a mi querido prometido, ¿qué hizo él durante mis gritos fuertes de agonía?

El maldito hijo de puta se rio tan fuerte que se cayó de su silla.

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Puerto Peñasco en marzo era perfecto. Hacía suficiente calor para nadar en el agua, pero suficiente frío como para sentarse en un patio a tomar tragos y comer deliciosa comida. Había muchas cosas para hacer aquí, para la familia: ir hacia el océano para recolectar caracoles y correr cuando la marea volvía, observar las ballenas asomarse por el agua, y recostarse en la playa para recuperar el bronceado que perdiste durante esos fríos meses de invierno.

Durante el día, Puerto Peñasco era inocente y seguro, casi saludable en su estilo vieja escuela. Pero ninguno se atrevía a entrar en las sombras, las esquinas sórdidas y callejones oscuros donde él esperaba y tomaba sus víctimas. Las personas jóvenes, fácilmente seducidas, que buscaban pasarla bien, eran sus compradores favoritos, y en dos semanas, él tendrá bastante de dónde elegir.

Las vacaciones de primavera era lo ideal. Ellos estaban borrachos la mayoría del tiempo. Tambaleándose hacia sus hoteles a altas horas de la noche y separándose de sus amigos. Ellos se sentían invencibles. Como si nada malo podría pasarles. Ellos querían emborracharse y olvidarse del estudio, de los próximos exámenes, y de la presión abrumadora de qué hacer cuando se gradúen.

Ellos iban a ser estúpidos y descuidados, cuadriplicando las ventas de alcohol y drogas.

Aquí era donde entraba Juan, cumpliendo felizmente sus demandas con coca sucia y precios que jodían a estos universitarios.

Juan vino a Rocky Point hace dos años con un pequeño equipo y grandes ideas. Él aterrorizó el pueblo turístico, matando su competencia e instalando miedo en aquellos que se le oponían. Sobornaba a la policía, quienes no necesitaban aliento para mirar al otro lado. Ellos ya eran corruptos, pero Juan era un hombre de negocios y sabía dónde ganar aliados y a quién perder.

Él violaba y asesinaba a jóvenes chicas, lanzando sus cuerpos a un lado, tratando a ellas y este pueblo como su bufet personal. Juan era el hombre de la bolsa, el cuento que las madres cuentan a sus hijas para asegurarse que nunca salgan solas una vez de noche o confíen en extraños que se acercaban a ellas.

Las mujeres vivían en miedo. Ellas sabían que él estaba observando y esperando su oportunidad para atacar.

Su poder lo estaba haciendo soberbio y despiadado.

Las mujeres estadounidenses estaban desaparecidas ahora, cinco universitarias en total. Era solo cuestión de tiempo antes que el FBI se involucrara… y nadie quería que eso pasara. Ni Juan, ni la policía, y definitivamente ni Marcus. Los gringos y sus leyes metiéndose en tierras mexicanas, metiendo sus narices en negocios mexicanos, era un insulto y hostigamiento no deseado.

A pesar de todo lo demás que este hombre ha hecho, esta era su infracción. Era lo que lo hacía estúpido y peligroso, un riesgo significante para el negocio de su primo.

Jodidas prioridades, amigo.

Pero él era de la realeza, e intocable… hasta ahora.

Como cualquier plan bien pensado para matar a alguien, tenías que estar familiarizado con sus rutinas y vida diaria. A dónde iban, con quién estaban, y qué tan seguido estaban solos. Juan ni siquiera era del tipo que se mostraba a sí mismo, así que eso lo hacía difícil de poder separarlo de su equipo.

Edward y yo pasamos la tarde siguiendo a Juan por la ciudad. Fue de bar en bar, de casa en casa, irrumpiendo en la vida de las personas que le debían dinero o no hacían lo que él quería.

En todo ese tiempo, cuatro horas de seguimiento, no fue a casa.

Él sabía mejor.

—El cabrón es mucho más inteligente de lo que cree la gente —dijo Edward, colocando a Tanya en la calle y dirigiéndose hacia el sur.

Era media tarde cuando decidimos dejar Puerto Peñasco. Ambos estábamos hambrientos y no esperábamos a volver a casa. En un par de días, haríamos el viaje de vuelta y seguiríamos a Juan y su equipo otra vez. Habrá varias excursiones en nuestro futuro. Un proceso tedioso, pero Edward era firme sobre estudiar al monstruo, averiguando cómo se movía y cómo operaba. Este tipo de cacería tomaba tiempo. Edward había vuelto a sus viejos hábitos y era jodidamente perfecto con su paciencia.

Yo era la salvaje en esta pareja y solo ansiaba comenzar. Incluso si estoy corriendo hacia mi muerte, necesitaba llegar allí lo más rápidamente posible.

La necesidad de tener gratificación inmediata era una señal de locura.

Pero, en mi opinión, las personas que retrasaban lo que querían eran las locas.

Tanya fue detenida frente a la senda escolar, su motor ralentizando con un gruñido suave. Edward se giró hacia mí con una sonrisa media torcida, estirando su mano lentamente y tocando el cierre de mi sudadera.

—¿Cómo te sientes, Kid?

Escogí el sweater porque la tela era suelta y era fácil de ponerse y quitarse. Pero, cada tanto, me movía equivocadamente y esta frotaba contra mi pecho, causando un dolor irritante en mis pezones recientemente perforados.

Edward observó mi rostro de cerca, buscando cualquier tipo de mueca que indique que él tenía razón y que debería haber esperado.

No le daría la satisfacción.

—Estoy perfecta. —Le devolví la sonrisa, con dientes apretados y mejillas comenzando a doler.

Él rio.

—Claro.

El piercing en los pezones mató dos pájaros de un tiro y nos dio una razón legítima para estar en Puerto Peñasco.

Llámalo fe, coincidencia, o tonta suerte, pero el tatuador de Edward, James, era copropietario de un salón de tatuajes con su novia, Vicky, en el centro de la ciudad. Ellos eran las únicas dos personas en México que Edward confiaba para que tatuara su piel o perfore a su chica.

La mejor parte era que todos en la familia ya sabían de James y Vicky. Ellos solían usar sus servicios todo el tiempo. El hecho que Edward y yo condujéramos once horas hasta Puerto Peñasco para visitarlos no llamaría la atención. Nadie cuestionaría nuestras intenciones.

Estaba claro.

—¿Quieres parar en Hermosa para cenar? —preguntó Edward, acelerando el Chevelle.

Observé por la ventana y sonreí al ver los niños que corrían en las aceras.

—Sí, claro.

—Quizás pasaremos la noche allí también. No tengo apuro para volver a casa —dijo, pero toda mi atención se encontraba en esta casa en particular con su patio marchito.

El largo del césped era de varios centímetros de alto y lucía de un marrón rustico por el sol. El viento sopló, moviéndose hacia el norte, y vi algo en el suelo atado a un árbol.

—Detén el coche —dije, presionando mi rostro contra el vidrio. Mis ojos están entrecerrados, enfocándose en el bulto de pelaje negro y blanco.

—¿Por qué? —preguntó Edward, bajando la velocidad, pero sin detenerse, y solo nos alejó un poco.

—¡Solo detén el puto coche, Edward! —Me giré y le grité.

—¡De acuerdo! —Presionó el freno y nos lanzó hacia delante.

Abriendo rápidamente la puerta, al segundo que mis pies tocaron el suelo, me encontraba corriendo hacia la casa. Mi corazón latía rápidamente, sabiendo lo que vi, pero con miedo de qué iba a encontrar.

La cerca que rodeaba la casa, de persianas azules, estaba rodeada de alambre. Este estaba caído sobre la tierra que cubría la acera. El césped crecía entre los agujeros, haciendo que se aplastara un poco. Esto hacía fácil saltar y entrar al patio de este extraño.

Entré sin pensarlo dos veces.

—¿Qué mierda estás haciendo? —jadeó Edward, tomando de mi brazo y jalando de él.

Ambos nos encontrábamos sin aliento.

—¿Ves eso? —pregunté, señalando con mi dedo hacia el árbol. A penas era visible por todos los arbustos y lo débil que era su respiración, pero estaba allí.

—¿Qué diablos es eso? —Edward entrecerró los ojos, pero entonces lo supo—. Hijo de puta. —Apretó su mandíbula, tomando mi mano en su fuerte agarre y llevándome hacia el patio.

El perro estaba descansando sobre su costado, su estómago estaba hundido y sus costillas sobresaliendo. Cada hueso era visible por su piel, los músculos manteniéndose ahí pero lentamente se desvanecían. Había moscas por todo el animal, metiéndose en sus ojos. Era demasiado débil como para mover su cabeza. El pelaje enmarañado caía del perro en mechas debido a su malnutrición y rodeaba al animal como una aureola. La soga alrededor de su cuello era de un metro y estaba atado a un árbol Palo Verde.

—Hey, nene —dije, agachándome para acariciar la cabeza del perro. Alzó su mirada hacia mí, gimiendo y moviendo su cola. La desesperación en sus ojos, queriendo y rogando ser amada. Mi corazón se rompió—. Se está muriendo, Edward.

—¡Mierda! —Se agachó a mi lado y rascó por debajo de su hocico—. ¿Qué tipo de maldito hace esta mierda a un perro?

—No lo sé, pero nos la quedamos —respondí, estirando un brazo y desatando la soga del árbol. Cuando fui a removerla del cuello del perro, jadeé en horror ante la sangre bien roja y piel pálida.

—¿Qué? ¿Qué pasa?

—La soga está incrustada.

—Por Dios… —Edward intentó cortarla con su navaja, pero incluso el movimiento más mínimo lo encajaba más en la piel.

El perro chilló, empujando contra mis piernas con sus garras y cerrando sus ojos en dolor.

La bomba explotó, la furia estallando entre Edward y yo nos hizo poner de pie. Corrimos hacia la puerta frontal, Edward embistió contra la puerta decrepita. Hubo unos movimientos adentro y un hombre gritó en español. Edward siguió golpeando la puerta, sus puños descargando todo la furia y el odio por el dueño del perro.

El hombre abrió la puerta.

¿Qué mierda quiere?

—¿Eres el dueño del perro de allí afuera? —Edward tenía su mano envuelta en la manga de la Colt y un dedo sobre el gatillo.

Púdrete, dijo él, chúpamela y vete al diablo.

No era exacto, y mi español era débil, pero era prácticamente lo que dijo.

—Sí, eso es lo que pensé —dijo Edward, sacando su arma y presionándola contra la frente del cabrón—. Mete tu culo adentro.

Los ojos del hombre estaban ensanchados mientras observaba a Edward. El miedo repentino volviéndolo descoordinado mientras se hacía hacia atrás y se tropezaba sobre sus pies. Sus brazos estaban alzados tan arriba en el aire, que parecía que intentaba volar lejos o tocar el techo.

—Ponte de putas rodillas —ordenó Edward, forzando al hombre hacia abajo y añadió presión con el cañón. El hombre estaba rogando, diciendo que tenía hijos y una familia, pero esto solo hizo que Edward se enfureciera más—. ¡Cierra la puta boca!

Cerré la puerta y puse traba. Una oleada de olor a comida podrida y cerveza pasada golpeó mi nariz con fuerza. La casa se encontraba sucia y había basura por todos lados. El estado de la casa no era tan sorprendente, pero solo me hizo enfurecer más. ¿Cómo pensaba el maldito cuidar de un perro cuando vivía como un cerdo?

—¡Mira esta mierda! —le grité, pateando algunas botellas de cerveza y envoltorios de comidas rápidas hacia él—. Eres desagradable.

—¿Es alguien de aquí, Ernesto? —Se acercó una mujer por el rincón con una sonrisa en su rostro y un repasador en sus manos.

—¡Al suelo! —grité, apuntando mi arma hacia ella. Ella cayó de rodillas, pero no fue lo suficientemente rápido para mí así que le golpeé en la espalda con mi pie—. No te muevas.

Ambos palidecieron ahora. Era patético. El llanto me estaba poniendo loca. Cada vez que sollozaban o chillaban, pensaba en ese pobre bebé allí afuera.

—¡Son una mierda, peor que una basura! —dijo Edward, haciendo eco a mis pensamientos.

Por favor, por favor, dijo él. Es solo un perro.

—¿Solo un puto perro? ¡¿Te gustaría que te tengan de hambre hasta morir y dejarte afuera en el calor, gordo hijo de puta?! —gruñó Edward, deslizando el arma hacia su cintura y tomando un zapato cercano. Quitó el cordón y lo envolvió alrededor del cuello del tipo—. ¿Cómo se siente eso, eh?

El tipo estaba poniéndose azul en el rostro, jadeando y tironeando del cordón. Él tironeó y rasgo por su cuello, incapaz de quitárselo.

Era un desastre.

Edward rio.

—Sí, apesta ser incapaz de respirar.

La mujer estaba sollozando y disculpándose por el perro, sus lágrimas mojando la alfombra.

Me monté a su espalda y la tomé del cabello, levantando su cabeza y forzándola a mirar a su amado luchar por su vida.

—Ahora lo sientes, ¿no?

—No, no, no —chilló, luchando contra mí.

—Sí, sí, sí —tenté, presionando el arma a su mejilla—. Ahora deja de moverte.

Lo hizo, y en silencio inquietante, observamos al hombre luchar, moviendo su cuerpo violentamente. Golpeó contra el pecho de Edward en un intento para apartarlo y soltarse. Pero fue un desperdicio de su preciosa energía. Edward era demasiado fuerte y determinado, presionando más con cada esfuerzo del imbécil. Los tendones en los brazos de Edward se tensaron y sus bíceps se flexionaron, puños jalando del cordón y llevándolo más cerca de su pecho.

Los gruñidos se volvieron ahogos hasta que ya no hubo nada.

—Quítate —dijo Edward, soltando su agarre del cordón y empujando al hombre. Este golpeó contra el suelo, sus ojos aún bien abiertos y mandíbula suelta.

—¡Mátame, mátame, mátame! —chilló la mujer, una y otra vez.

Edward se puso de pie y me lanzó un almohadón del sillón. Lo coloqué por encima de la cabeza de la mujer y jaleé el gatillo.

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Dos horas después seguíamos en Puerto Peñasco comprando comida y cosas para el perro. Solo había una veterinaria en el pueblo, pero no abrían hasta mañana y nos íbamos a quedar por la noche para llevarla al doctor a primera hora de la mañana.

—¿Has decidido algún nombre para ella ya? —preguntó Edward, colocando a Tanya en el estacionamiento y apagando su motor.

Había este alojamiento a un lado del mar llamado Playa Bonita que a Edward y yo nos gustaba quedarnos cada vez que estábamos aquí. Era algo costoso, pero valía el dinero.

Colocando un trapo húmedo en su cuello, intenté aliviar la cuerda, pero estaba muy encarnada. La herida era muy profunda. Ella iba a necesitar cirugía para removerla. Lo mejor que podíamos hacer por ella, en este punto, era conseguirle algo de comida y agua. Si ella no comía o bebía pronto, iba a morir antes de poder llevarla al veterinario.

No dejaré que le pase eso a nuestra perra.

—Fénix —dije, y ella alzó su cabeza como si la hubiera llamado, dándole una buena mirada a sus ojos marrones claros.

—Fénix —repitió Edward, asintiendo su cabeza—. Me gusta.

Hubo un zumbido y vibró en los asientos.

Las orejas de Fénix se levantaron, terror en sus ojos por el sonido y movimiento desconocido. La tranquilicé y le acaricié la cabeza, lo cual parecía ayudarla.

—Mierda —murmuró Edward, levantando sus caderas y sacando su teléfono del bolsillo trasero de sus jeans. Seguía vibrando y me mostró la pantalla. Emmett estaba llamando… por quinta vez—. ¿Qué crees que quiere este imbécil?

—Quizás extraña el sonido de tu voz —dije encogiéndome de hombros.

Edward resopló.

—Sí, porque esa mierda es tan aterciopelada y magistral.

—Iba a decir ruda y fuerte. —Froté la parte interior de la oreja de Fénix con mi pulgar—, pero eso también sirve.

Él entrecerró sus ojos.

—¿Fuerte?

—Sip. —Estirándome sobre Fénix, abrí la guantera y saqué un cigarrillo del escondite secreto de Edward. Lo encendí con su preciado Zippo. Me observó envolver mis labios alrededor del filtro y dar una gran calada. Solté el humo en su rostro y sonreí—. Fuerte.

Él me fulminó con la mirada, tomándolo de mis dedos y lanzando su teléfono a mi regazo.

—Lidia con ello.

—Pero te está llamando a ti —dije, la vibración más pronunciada ahora que el trabajo de contestar a Emmett me fue forzado.

—Como si me importa una mierda —respondió, abriendo la puerta del coche y saliendo. Se puso de pie allí con su espalda hacia mí y dándome una buena vista de la Colt en su cintura.

La vibración continuó y Fénix se puso de pie para alejarse de él, pero coloqué una mano firme sobre su cadera para mantenerla quieta.

—Estás asustando a la perra —dije, sosteniendo el teléfono de Edward, pero él me ignoró—. ¡Diablos!

Tomando aire profundo y mentalmente maldiciendo a Edward, paso mi dedo por la pantalla.

Incluso antes de contestar, la voz de Edward rugía por el audífono. Ni siquiera tuve que ponerlo en altavoz. El maldito era así de alto. Las orejas de Fénix se alzaron otra vez, escuchando con interés al molesto sonido saliendo del extraño aparato.

¡Ya era hora que atendieras, puto!

—Hola, Em —dije, mostrándole el dedo a Edward mientras él metía su cabeza al coche.

¡Bebé Bella!

El apodo era cansador.

¿Te das cuenta que eso es un tipo de hongo, no?

Edward rio, estirando un brazo y acariciando la cabeza de Fénix.

—Ese es Emmett, nena, y es lento.

—¿Qué?

Podía ver el ceño de Emmett fruncido en confusión.

—Olvídalo. ¿Qué quieres?

¿Dónde está ese pedazo de mierda con el que te quieres casar?

La imaginación, que tanto detalló, no era tan atractiva. Lo hizo sonar como si literalmente quería casarme con un pedazo de mierda…cosa que era asqueroso. Pero no solo eso, odiaba cuando la gente se refería a Edward de esa forma. No me importaba si era de broma, odiaba a cualquiera que lo llamaba así.

Así que ya estaba arrepintiéndome de atender esta llamada.

—Como que está… —dudé, preguntándole silenciosamente a Edward qué quería que dijera.

—Dámelo —respondió, tomando el teléfono de mis manos—. ¿Qué mierda quieres?

Hey, Eddie, amigo, ¿dónde estás?

—Estoy afuera haciendo cosas. ¿Por qué?

Porque tenemos esa cosa que hacer con Marcus esta noche, idiota. No me digas que te olvidaste.

—No, por supuesto que no me olvidé —dijo Edward, dándome una mirada de soslayo.

Esta era la primera vez que alguno de los dos escuchábamos sobre esta reunión. Marcus no se ha contactado con nosotros en días y que Emmett nos llame para informarnos de esta "cosa" no era buena señal.

Había solo dos personas desde que nos subimos a ese avión en Casa Grande que lidiaba con Marcus. Si repentinamente estaba externalizando a la familia, significada que estaba buscando personas que pudieran tomar nuestros lugares cuando Edward y yo ya no estemos.

Nuestro tiempo acaba de ser cortado a la mitad.

—Hazle saber a Marcus que estamos yendo —dijo Edward, y entonces colgó el teléfono al golpear la pantalla contra el salpicadero y haciéndolo pedazos.