Disclaimer: Los personajes de Twilight pertenecen a Stephenie Meyer y esta trama a Krazyk85. Yo solo traduzco con su autorización.

.

Capítulo seis

Tanya rugió a la vida, girando sus gomas con urgencia y llevándonos hacia delante con una fuerte sacudida y alto ladrido. Estábamos conduciendo rápidamente fuera del estacionamiento del hotel a ochenta kilómetros por hora, evitando a peatones, y haciendo un gran camino hacia la carretera principal. Edward estaba apresurándose para volver a casa, y el pánico me envolvió como un huracán. Hacía que mi corazón latiera frenéticamente y que me ahogara.

Jadeaba por aire… no, no… esto no puede estar pasando.

El terror de lo que estaba por venir tenía poco que ver con el plan de Marcus y la familia para matarnos. Nada de eso me asustaba. Era Edward. Él estaba perdiendo la razón, volviéndose un maníaco impulsivo y paranoico. Nada de pensamiento y puro instinto. Mi hombre, usualmente calculador y frío, quien luchaba conmigo por mantenernos al plan a diario, ahora estaba tomando decisiones rápidas. Todo lo que hacía se basaba solamente en su ego lastimado y sentimientos de traición.

Nos estaba lanzando a la línea de fuego, pero más que otra cosa, esto iba a retrasar más conseguirle el cuidado necesario a Fénix…y ¿por qué? ¿Por una reunión de último momento? El solo pensar en ella sufriendo era como un golpe al estómago.

¡No, a la mierda eso! No había forma que íbamos a dejar Puerto Peñasco.

Tengo que hacer algo…

Lanzándome por el asiento, apagué el motor y quité las llaves del inicio. Este hizo un ruido horrible, chillante y molesto, los frenos chocando contra metal. Edward maldijo y me alejó. Me golpeé la cabeza contra la ventana del pasajero.

Tanya estaba fuera de control ahora, girando y moviendo su trasero. Apenas logramos evitar golpear varios coches estacionados por menos de unos centímetros. Edward nos enderezó al mover el volante a la izquierda y entonces a la derecha, antes de lentamente detenerla.

Me encontraba respirando rápidamente por la nariz, un dolor fuerte en la base de mi cráneo. Mi cuerpo fue lanzado sobre Fénix como una barrera protectora, sosteniéndola cerca de mi pecho y preparándome para las consecuencias de mis acciones.

Edward observó por la ventana frontal, completamente quieto y sin molestarse en mirar hacia mi lugar. Él sabía lo que había hecho y por qué. El teléfono roto en el suelo a mis pies era un recuerdo de los problemas en casa y llenó el silencio con su vibración insistente.

—Bella —comenzó, hablando bajo con dientes apretados—. No necesito de esta mierda ahora.

Fénix, acurrucándose en mi regazo, levantó la vista hacia mí con esos hermosos ojos marrones. Eran tan grandes e inocentes. Ella confiaba en mí. Mi decisión estaba hecha.

—No nos vamos.

Los nudillos de Edward palidecieron mientras estrangulaba el volante.

—Dame las putas llaves.

—No —dije con un simple sacudón de cabeza.

—Sí —dije con un siseo, cada musculo en su cuerpo tenso, venas resaltando y pulsando.

Apreté el metal en mi palma, dándole mi mirada más feroz y casi desafiante.

—¡No!

—¡Sí, diablos! —espetó, volviendo a la vida y lanzándose hacia mí.

Tomándome por la muñeca, me jaló hacia delante y por el asiento. Estaba atrapada por él y Fénix. Sus cuerpos me tenían acorralada sin ningún lado al cual poder ir. Edward enterró sus uñas en mi piel, intentando tomar las llaves de mi mano de a un dedo a la vez.

Hice una mueca, mordiendo el costado de mi mejilla para soportar el dolor y mantener mi mano fuertemente cerrada.

—¡Mierda! —Descansó su frente contra la mía—. No quiero herirte, nena… —Pero no se detuvo—, solo dámelas.

—¡No! —respondí, empujando mi hombro contra el suyo, y con todas mis fuerzas, me lancé hacia atrás contra la puerta del coche.

Había distancia entre los dos, pero fue temporaria. Edward me siguió con venganza y determinación inexorable.

Tomándome por el cuello, me dio un fuerte jalón y mi boca fue capturada en la suya. Contuve mi aliento y cerré mis ojos, incapaz de moverme o pensar. Fue delicioso, distractor, y demasiado consumidor. Sus labios suaves y fuertes, su lengua dominante y empujando contra la mía. Estaba haciendo un fuerte caso para esas malditas llaves en mi posesión.

Quería seguir besándolo y golpearlo por ser un cabrón, todo al mismo tiempo. Era confuso, pero aun así excitante, y odiaba lo mucho que me ponía en conflicto.

—Vamos, nena —susurró Edward, sus dientes mordisqueando y succionando mi labio inferior, tomándolo en él mientras se apartaba—, no me hagas rogar.

Estaba cerca de darle todo, y él sabía esto. Soltando su agarre en mi cuello, movió sus manos por mis brazos y hacia mis manos. El fuerte ardor en mi interior de necesidad me hizo volver a mis sentidos. Todavía tenía algo de lucha en mí.

Abriendo los ojos, aferré mi puño. El borde de las llaves sobresaliendo entre mis dedos.

—Puedes rogarme todo lo que quieras, cariño, —Coloqué la nueva arma improvisada en su cuello y la presioné contra su piel—, pero no voy a devolverlas.

—¡De acuerdo! —dijo, inclinándose hacia atrás, pero manteniendo su mirada en la mía. Observé su mente maquinar, buscando el coche y encontrando un plan B. Él sonrió satisfecho, sus ojos moviéndose hacia el asiento trasero—. Usaré la tuya.

—Ni te atrevas…

Pero era demasiado tarde y yo era demasiado lenta, solo consiguiendo un pedazo de su camiseta y tirándola hacia atrás mientras él se lanzaba sobre el asiento. La tela cedió por el cuello y se escapó de mis dedos. Tomando mi bolso en su regazo, él abrió el bolsillo del costado y sacó mi set de llaves de Tanya. Las hizo sonar y me mostró la "B" de diamantes con su sonrisa molesta como el infierno y socarrona.

—No juegues conmigo, Kid. —Lanzó mi bolso Fendi y encendió el coche—. Perderás todo el tiempo.

Estallé hacia él, y alzó su brazo para bloquear mis golpes. Se rio, diciéndome que golpeaba como una niña. El cabrón era exasperante, y quería matarlo, pero mis puños estaban comenzando a doler y mis esfuerzos no tenían sentido. No había infligido dolor, solo a mí misma.

—¡Agh! —Me lancé hacia atrás—. No puedo creerte, Edward. ¿Solo vas a correr a casa, como un cobarde, con tu cola entre las piernas?

Me fulminó con la mirada.

—¿Me estás llamando un puto cobarde?

—¿Acaso tartamudeé?

—Eres increíble, —dijo, sacudiendo su cabeza—. Todo lo que hago es para mantenerte a salvo y viva.

—¿Al ser la perra de Marcus?

—¡Por Dios, Kid! —Pisó los frenos para evitar chocar a una persona que cruzaba la calle. La señora de vestimenta cuestionable maldijo en español y nos miró mal. Edward estaba perdiendo la calma, pasándose las manos por el cabello una y otra vez y tirando de las mechas—. ¿Acaso te das cuenta que mierda está pasando? ¿Tienes alguna idea, eh? Van a matarnos, joder. ¿Lo entiendes?

—¡Bla, bla, bla, no me importa! —respondí, mirando alrededor y viendo mi oportunidad para hacer que se quede.

Si había algo que sabía era que la separación no era una opción para él, o para mí. Nos seguiríamos el uno al otro hasta la profundidad del Infierno.

Tomando mi bolso, abrí la puerta del coche. Un viento caluroso agitó mi cabello en dirección a Edward, trayendo su atención.

—¿Qué mierda estás haciendo? —La incredulidad en sus ojos salió en forma de un agarre firme en mi brazo.

—Me quedo —dije, moviéndome para bajarme.

—Como la mierda que lo harás. —Me atrajo devuelta a los confines seguros de Tanya, cerrando la puerta y trabándola.

Luché contra su agarre, removiéndome y maldiciendo, pateando y gritando. Se volvió un juego enfermizo de guerra, de tira y tira. Quería salir y él quería mantenerme adentro. Él era más fuerte que yo, no había duda de ello, y cada uno de mis tirones significaba una resistencia inflexible. Mis frustraciones con él llegaron a su punto máximo.

—¡Suéltame! —grité, apartándome y bofeteándolo en el rostro.

Los ojos de Edward se llenaron de furia.

—Esa la tienes gratis.

—¿Crees que te tengo miedo?

Acelerando el motor, apretó mi brazo y se inclinó más cerca.

—Deberías.

Jadeé, mi cuerpo teniendo miles de reacciones y sentimientos, pero el miedo no era uno de ellos.

Me soltó, colocando su mano sobre la palanca de cambios plateada y colocándola en primera. El coche se movió hacia delante, acelerando por las calles estrechas y llenas de tierra. Despreocupado de las leyes o de ser detenido, Edward estaba dejando en claro su punto: iba a llevarme a casa lo quiera o no.

Fénix se acercó a mí en el limitado espacio del asiento frontal y hacia mi regazo, sus pezuñas rasgando el vinilo. Colocó su cabeza en mi estómago, buscando seguridad y cariño por la tensión. La pobre se encontraba asustada e indefensa. No quería perderla.

—Por favor, cariño —dije con voz más suave, moviendo a Fénix más arriba, tan suave como era posible sin lastimarla, y moviéndome hacia Edward. Colocándome sobre mis rodillas, puse mis brazos alrededor de su cuello—. Solo da la vuelta y vuelve.

—Bella, juro por Dios —gruñó, apretando con fuerza la palanca de cambios y con un fuerte movimiento la colocó en tercera. Estábamos yendo a sesenta, quizás setenta, kilómetros por hora ahora.

—No quiero ir. —Besé su mandíbula, usando una táctica diferente y más persuasiva.

—No importa lo que quieres —dijo, girando el volante hacia la izquierda y empujándome de vuelta hacia mi lado—. Vas a ir.

Todo a mi alrededor se empequeñeció, me sentía sofocada y atrapada por su terquedad.

—Diablos, Edward, ¡¿acaso me dejarás salir del coche?! Fénix necesita ver un doctor y no voy a volver hasta casa…

—Espera, ¿qué? —Hizo una doble toma, su boca abriéndose—. ¿Esto es por el perro?

Asentí lentamente.

¿Acaso no era obvio?

Estiró una mano y acarició mi mejilla, toda su furia desvaneciéndose.

—Y yo que pensé…

—¿Qué? —Cubrí su mano con la mía.

—Nada —dijo, dándome una sonrisa cálida, pero solo rápidamente ya que el momento sentimental pasó y volvió a lo serio—. Estaremos de vuelta en un par de días.

Fue una promesa vacía, algo para aplacarme. Él lo sabía tan bien como yo, Fénix era demasiado débil y no tenía esa cantidad de tiempo.

—Sí… —comenté, girándome lejos de su toque y mirando hacia la ventana—, claro.

Odiaba a la familia por arruinar a Edward. El dolor de su traición estaba jugando con su cabeza. Los cambios en él eran sutiles para los demás, pero para mí, lo hacía una persona diferente. Extrañaba al monstruo en el hombre sin consciencia. Que mataba y mentía. Lo despiadado ya no estaba.

Todo lo que él hacía ahora era en respuesta a la emoción y el miedo. No pensaba antes de actuar.

Un Edward impulsivo e inestable era jodidamente peligroso.

—Cambié de parecer —dije de la nada, apagando la radio que sonaba fuertísimo—. Esto no es por el perro.

Edward suspiró, frotando las marcas de estrés de su frente.

—Mira, Kid, si te preocupa Marcus, no tienes que hacerlo.

—No es él el que me preocupa. Eres tú.

—De acuerdo, espera —respondió Edward, apartándose de la carretera con un fuerte giro a la derecha, cortando dos líneas de tráfico y conduciendo hacia un campo vacío.

El polvo se alzó a nuestro alrededor por las llantas y Tanya quedó escondida por su nube marrón. Con el coche estacionado y apagado, él se giró en su asiento y centró toda su atención en mí.

—¿De qué mierda hablas?

No sabía cómo decirle sin sonar insensible o como una perra, así que solo lo dije.

—Tienes que superar que la familia se haya unido a Marcus.

Soltó un bufido.

—Esa mierda no me molesta.

—Puedes mentirle a los demás, pero no a mí. —Tomé aire profundo, acercándome y colocando mi mano sobre su pecho, sobre su corazón—. Puedo sentir que te duele.

—Bella… —Envolviendo sus dedos alrededor de mis muñecas, lentamente, pero con fuerza, las removió y me empujó hacia atrás—, simplemente detente. No necesito que me consueles.

Edward me estaba apartando, y dolía. Había una pequeña parte de mí que entendía sus acciones, las comprendía. Si ignoras el problema, este no existe. Pero tenía dieciocho años, y todavía no sabía cómo lidiar con el rechazo de forma adulta. La furia era mi única forma de aceptarlo.

—No te estoy consolando, idiota —dije, fulminándolo con la mirada—. Intento decirte lo estúpido que eres.

—¿Cómo mierda estoy siendo estúpido? Tú eres la que está arriesgando nuestras vidas por un perro.

—Mantén a Fénix lejos de esto. —Cubrí sus orejas y susurré—: Ella no tiene nada que ver con esto.

—Claro —rio Edward, poniendo los ojos en blanco—, qué estúpido de mi parte.

Fruncí el ceño y lo golpeé en el brazo.

—¿Qué mierda tienes?

—Bueno, en estos momentos —dijo, masajeando el dolor—, diría mi elección en mujeres.

—Okey, de acuerdo, bromea al respecto, pero tú sabes tan bien como yo que no había ninguna reunión hoy.

—Sí, y es por eso que tenemos que irnos a casa.

—¿Acaso no me estás escuchando? Le mentiste y le dijiste a Emmett que sabías de ello. ¿Cómo piensas que luce eso?

Sus ojos se ensancharon y entonces se cerraron con fuerza, su cabeza se hizo hacia atrás contra el asiento.

—La cagué.

—Y ahora Marcus te tiene paranoico y asustado.

El teléfono vibró nuevamente. Ambos sabíamos quién llamaba.

—He conocido a Emmett por más de veinte años, Kid. —La voz de Edward era sombría—. Él fue el único con el que podía contar. Confiaba en él. Era como un hermano para mí. El maldito incluso fue mi padrino en mi boda.

Mi cabeza estalló en celos.

—Sí, ¿cómo podría olvidarlo?

Edward sonrió.

—No fue así.

—Esa chica, como se llame, está muerta, ¿no?

Si no, siempre podría remediar eso.

—No, no vas a matarla —respondió, dándome una mirada seria—. Mi punto es, Emmett me ha ayudado a salir de muchos problemas de lo que puedo contar.

—Entiendo que esta mierda es difícil de superar. —Aferré su mano, dándole un pequeño apretón gentil—. Él era tu amigo.

Él la apartó.

—Era mi familia, Bella.

—Sí —espeté—, y ahora está trabajando para Marcus.

El rostro de Edward lucía adolorido, e inmediatamente me arrepentí de decirlo, pero era la verdad. Esa parte de él de antes de conocerme se había ido. Ellos tomaron la decisión de darle la espalda.

Quizás estaba siendo una chica egoísta, pero no estaba afligida por la pérdida de la familia. Celebraba el hecho que él era todo mío.

Nada de compartir, nada de nada.

Yo era su presente y futuro.

Era una sensación de posesión que nunca diría en voz alta.

—Lo entiendo, cariño. En serio —dije, tomando su mano nuevamente. Mis dedos se enlazaron con los suyos. No podría zafarse esta vez. No lo permitiría—. Pero tienes que encontrar una forma de superarlo. No sobreviviremos esto si no arreglas tu mierda.

Todo estuvo en silencio mientras él miraba por la ventana frontal, observando los rostros desconocidos caminar e ir por sus vidas diarias. El teléfono ya no sonaba en el suelo. Fénix se había quedado dormida en mi regazo; un suave ronquido resonaba de su pequeño y frágil cuerpo.

Por un corto momento, todo era pacífico.

—Tienes razón —dijo, haciéndose hacia atrás en su asiento. Era una revelación, y observé como su porte se relajaba. La frialdad en él había vuelto. Nada de preocupación o dolor en sus ojos. Volvió su claridad—. Solo somos nosotros dos en este mundo. No importa nadie más.

—Siempre ha sido así para mí.

Ambos éramos huérfanos, sin familia que aclamar además de nosotros mismos.

—Sabías que ibas a ganar. —Apartó el cabello lejos de mi hombro, rozando sus nudillos a lo largo de mi cuello—. Soy un estúpido por ti.

—Lo sé —dije, inclinándome hacia su toque—. Fénix necesita ir al veterinario mañana, Edward. Eso no está abierto a discusión.

—Lo que sea que quieras, nena… —Me tomó por el mentón y atrajo mi rostro para mirarme a los ojos—, pero solo con una condición.

Hice una mueca, esperando lo peor.

—¿Cuál?

—Cuando vayamos a casa —dijo, y estaba por discutirlo, cuando sus ojos, los cuales una vez eran sabios y de un verde calmo, se volvieron negros con odio sin piedad que me paralizó—, y matemos a esos hijos de puta, no quiero escuchar ninguna queja tuya.

—¡Es un puto trato! —chillé, lanzando mis brazos alrededor de su cuello y jalándolo hacia un beso que mis labios no podían lidiar.

.

.

Solo había un hombre en Puerto Peñasco bien entrenado para realizar la cirugía de Fénix. El doctor Tyler Crowley era de Colorado. Cuando cumplió 25, se enamoró de una chica local llamada Fernanda Ramírez en vacaciones de primavera en 1992 y se casó con ella.

En cuatro años, se graduó con su doctorado y se mudó aquí abajo para abrir su propio Hospital Animal.

La mayoría de sus negocios provenían de los turistas.

El Dr. Crowley era un buen hombre con ojos gentiles. Era bien hablado y expresaba un gran amor y entusiasmo por cada animal que traían para su cuidado. Me gustó desde el momento que estrechamos su mano.

El costo de sus servicios no era horrible, pero no era barato. Setecientos dólares era el gasto total por la cirugía de Fénix, todos los medicamentos y la anestesia, y una semana en la guardería para perros.

Había una gran lista de instrucciones en cómo cuidar de la herida y qué no hacer. Fénix no podía correr o saltar, y tanto como sea posible, teníamos que asegurarnos que no girara o torciera su cuello. Los puntos necesitarían ser removidos a los ocho días después de la cirugía.

El Dr. Crowley fue compasivo y creyó nuestra historia de cómo encontramos a Fénix en el patio de alguien (menos toda la parte de matar a los dueños por ser unos pedazos de mierda) y nos dijo que de suerte conseguimos encontrarla cuando lo hicimos. Ella estaba severamente deshidratada, descuidada, y con fiebre alta. La infección en su cuello llegó a su corriente sanguínea y tuvimos que comenzar una gran dosis de antibióticos enseguida. La cirugía estaba programada para el lunes y así permitirle comer y recuperar su fuerza. Era demasiado arriesgado lo débil que estaba y la infección arruinando su cuerpo.

Eso nos daba cinco días para ir a casa y planear el acto final en nuestra historia.

.

.

La cuenta regresiva comienza…

Miércoles, 13 de marzo de 2013, 5:34 p.m., Puerto Peñasco, México.

Edward salió caminando de la tienda de teléfonos con su nuevo juguete. Tenía su cabeza agacha, jugando con la pantalla, su ceño fruncido en concentración. El teléfono roto que había hecho pedazos el día anterior estaba en mi bolso. No sonaba, pero iba a terminar en una caja de zapatos con el resto de sus teléfonos.

Comenzó como una adorable obsesión, guardando un pedazo de mi novio para mirar luego, pero entonces siguió pasando. Teléfono tras teléfono que rompía. Había seis en total en mi posesión.

Sabía que el que tenía en su mano sufriría el mismo destino.

—Cincuenta putas llamadas perdidas —dijo Edward, sentándose a mi lado en el banco—. Esa mierda es excesiva.

Esperé afuera por él mientras hacía lo suyo. Los vendedores en general me molestaban. Eran arrogantes e irritantes, contantemente persiguiéndote por la tienda y mirando por encima de tu hombro. Me ponía ansiosa. Edward era mejor que yo en este tipo de situaciones. Él tenía el talento de canalizar el carisma de su padre y hacer que la gente se doble a su voluntad.

—Se están poniendo nerviosos —dije, colocando mi cabeza en el hombro de Edward mientras él envolvía su brazo a mi alrededor—. Mientras menos les des, más van a querer.

—Nos verán pronto —dijo, borrando las llamadas perdidas y metiendo el teléfono en su bolsillo.

—¿Volvemos hoy? —Bostecé, acurrucándome hacia él y enterrando mi rostro en su pecho.

—No —respondió, pasando su mano de arriba abajo por mi espalda—. Hay algo más que necesitamos hacer antes de ir a casa.

—No me voy a perforar el clítoris.

—Maldita provocadora —dijo, aclarándose la garganta—. Eh, pero no, eso no es lo que tenía en mente.

—¿Entonces qué querías hacer?

Edward jugueteó con mi anillo de compromiso, girando y moviendo la banda de platino alrededor de mi dedo.

—Hay una gran chance que las cosas no salgan como queremos.

—Lo sé —comenté, respirándolo profundamente, como si fuera por última vez—. No tengo miedo.

—Iremos con armas preparadas, Kid.

Sonreí, escondiendo mi sonrojo en la suave tela de su camiseta.

—Viajamos y morimos juntos.

—Ese es el trato… —Hizo una pausa, tensando su brazo a mi alrededor, estrellándome contra su cuerpo—, pero antes de volver y dar nuestro último respiro juntos, necesito hacerte mi esposa primero.

—¿Qué? —Mi cuerpo saltó despierto—. ¿Quieres casarte hoy?

—Seguro, ¿por qué no? —Tomó de mis jeans y tironeó, señalando hacia su regazo. Me subí feliz, sentándome a horcajadas a la luz del día. Levantó su vista y apartó el cabello de mi rostro—. No hay momento mejor que el presente, ¿no?

Eso es todo lo que teníamos, pero el cómo y los detalles seguían siendo incertidumbres.

—Esto no es como las Vegas. —Me aferré a sus hombros y moví mis caderas, provocando que emitiera un gemido—. No hay una capilla para bodas en cada esquina.

—Todo lo que necesitamos es un sacerdote —dijo, moviendo su toque por mi cuerpo, lenta y agonizantemente.

—No será legal.

—Nada de lo que hacemos es legal, nena. —Dio un apretón a mi cadera, presionando su dura verga, presa en sus jeans, contra mí—. ¿Por qué comenzar ahora?

Asentí, cayendo en los labios de Edward y perdiéndome en su mundo. Una sensación cálida y chispeante en mi piel, sus manos estaban debajo de mi blusa y moviéndose hacia mis pezones adoloridos. Gemí en su boca, profundizando el beso y aferrando mis dedos en su cabello.

Edward me mantuvo en su regazo, embistiendo y acariciando. Era caótico, mi mente estaba consumida con el sabor y el sentirlo. Se encontraba en todos lados. Nada aparte de nosotros importaba y se volvió ruido de fondo. De todo de lo que estaba consciente era de nuestra respiración, profunda y rápida, y el latido rápido de nuestros corazones, queriéndose salir de nuestros pechos.

Envolviendo sus manos alrededor de mi cuello, me hizo hacia atrás. Nuestras bocas se separaron, hinchadas y cansadas. Abrí mis ojos para encontrarlo mirándome, con una sonrisa cariñosa y adorable que me quitó la respiración y me volvió tímida otra vez.

—Entonces, nos vamos a casar —dijo.

—¿Dónde vamos a encontrar a un cura en poco tiempo?

—No… —Una campana sonó a la distancia, y él sonrió—. Tengo una idea.

Soltándome, se puso de pie del banco y me puso sobre mis pies. Tomando mi mano, me dirigió al otro lado de la calle y hacia el sonido de campanas. El edificio blanco estilo español tenía tres grandes escaleras y una larga cruz en el medio de su campanario. Había varios coches estacionados en la calle que la rodeaba y algunas personas que llegaban tarde entraban corriendo. El cartel afuera anunciaba el casamiento de Núñez y Carrillo.

Me detuve en seco en el último escalón y arqueé una ceja.

—¿Vamos a interrumpir una boda?

—Vamos a hacer más que eso —dijo Edward, sacando la Colt de la cintura trasera y apuntándola—. Sígueme, Kid.

Nunca me negaba a crear un infierno, así que tomé mi arma y sonreí.

—Solo dime a quién matar.

Él abrió la puerta, agachándose y susurrando en mi oído mientras pasaba.

—A todos.


04/04/2020

Bueno, hasta aquí lo dejó la autora. Yo lo dejo como completo, ya que no lo seguirá. Ahora es un libro llamado KID by Korry Smith