Derechos Craig Bartlett, etc.

Capítulo 3. Un encuentro con el futuro.

Un repentino timbrazo del celular lo hizo salir violentamente de sus cavilaciones. Miró el número y no lo reconoció. Por un momento sus tripas se encogieron pensando que era Shannon, tal vez deseosa de un nuevo round, pero una voz completamente diferente, pero igualmente familiar resonó del otro lado de la línea… y sus tripas se encogieron aún peor.

-Hey, Arnoldo, ¿sigues en mi mansión?

No pudo evitar sonreír.

-Es demasiado lujo para mí –le respondió –así que salí al parque a dar un paseo.

-Claro, nada como una buena dosis de luz solar y de ruido para curar la resaca, ¿verdad?

-No estoy tan mal –dijo él -, sólo tengo un leve dolor de cabeza.

-Lo sé, el mágico contacto con Helga Pataki tiene un poder sanador, cabeza de balón –volvió a bromear.

"El contacto" Su piel se erizó.

-Sabes que sí –se limitó a decirle.

-¿Quieres ir a comer? –siguió ella –Karlo es un maldito dictador, pero logré escapármele cuando lo llamó su nuevo amigo, así que voy a apagar el celular antes de que note que no estoy, ¿dónde te veo?

Vaya, ni siquiera había esperado a escuchar su respuesta, pero no podía ni intentar indignarse; era obvio que le iba a decir que sí.

-¿Sabes dónde es Tony's? –Inquirió.

-Te veo ahí en veinte minutos –y colgó.

¿Acaso algún día iba a tomar en cuenta su opinión, al menos por educación?

…Claro, como si esa criatura salvaje conociera la educación o la consideración hacia los demás. Volvió a sonreír, y se dio cuenta de que, en lo que iba de el día, había sonreído más que en los últimos dos meses juntos.

Helga. Aún no podía creerlo. ¿Helga? ¿Helga G. Pataki? ¿Acaso era una broma? Se sentía como entre nubes mientras se dirigía al pequeño restaurant.

"¿Dónde estaba Helga? ¿Cómo luciría en la actualidad?"

Esas preguntas que se había hecho durante siglos; milenios (bueno, sólo algunos años), ahora venían y se le revelaban ahí, solas, sin que hubiera tenido la oportunidad ni siquiera de preguntar.

Siempre... Siempre…

Y ahora así, de la nada…

¿Cuántas veces la habría tenido cerca antes, y no se habría dado cuenta?

Cuántas veces había rogado, había anhelado; había soñado anteriormente por encontrársela así, y ahora se le aparecía de esa manera, de la nada, pero en el peor momento, en el peor lugar…

¿Acaso era cosa del destino? Y si era así… ¿Cuál era su maldito problema…?

Llegó al restaurant, pagó al taxista y de repente se preguntó cómo rayos se vería. Ni siquiera había tenido la precaución de mirarse en un espejo desde que se había despertado, aunque no estaba seguro de que hubiese habido espejos en aquél pequeño y mugroso departamento.

En serio, ¿cómo podía ser que una mujer que se mantenía de su imagen viviera en esas condiciones?

Entró en el lugar y la miró en una mesa mirando, indiferente, la carta, mientras el mesero la veía con DEMASIADA atención.

Estaba totalmente cambiada a como lo había dejado en la mañana. El cabello castaño (castaño, por eso no la había reconocido la noche anterior… por eso y por la borrachera… y porque era un idiota jurado, también) estaba sujeto por una pulcra cola de caballo, y un maquillaje fresco y juvenil le iluminaba ese rostro ligeramente ojeroso y muy cansado que le había visto en la mañana.

-Te ordené una hamburguesa, ¿está bien? –le dijo en cuanto se sentó.

-Ehhh… claro.

¿Ya había ordenado? ¡El mesero acababa de irse hacía un segundo! ¿Qué le hubiera costado…?

Al demonio. Una hamburguesa estaba bien.

-El mesero me dijo que me podía hacer efectivo el dos por uno de los viernes –le aclaró, adivinando su pensamiento.

-Está bien –dijo él, mientras le sonreía. ¿Así que coqueteaba con los hombres para pedir favores, o simplemente se aprovechaba de la obvia atracción del joven chico hacia ella? Como fuera, se iba a ahorrar un par de dólares… a menos que ella tuviera planeado pagar la cuenta de nuevo… eso no lo iba a permitir esta vez.

-¿Estás bien? –la otrora rubia lo miraba entre preocupada y divertida.

En eso llegó de nuevo el mesero con lo que él tomó en ese momento por dos sodas. "Cortesía de la casa" le dijo, a lo que ella respondió con una sonrisa.

-Toma –le extendió uno de los vasos, pero él se limitó a mirarla.

-No está envenenado –le dijo, al tiempo que le daba un trago al vaso que ella traía en la mano, el rubio por reflejo tomó el vaso e hizo lo mismo.

-¿Qué es esto? –le preguntó un tanto contrariado; ni siquiera sabía qué diablos era, pero sabía raro e indudablemente tenía alcohol.

-Mi desayuno usual después de una noche de juerga –le explicó encogiéndose de hombros –, te ayudará, lo prometo.

-¿Más alcohol? –la miró, reprobatorio, ella sonrió.

-Sigues tan estirado como siempre –la risita que soltó en ese momento hizo que se le retorcieran de nuevo las tripas, aunque no supo si por sus encantos o por la cosa rara que acababa de caerle en el estómago.

-Y tú igual de sinvergüenza –contraatacó él.

-Por supuesto –se limitó a responder la chica, mientras vaciaba de nuevo su vaso de una forma aterradoramente rápida.

Él lo terminó en silencio, sin poder despegar la mirada de ella, y ella lo miraba a él, ambos como embrujados por una repentina aparición del pasado.

-Nunca pensé que volvería a verte -soltó al fin, cuando terminó, con mucho más calma, el suyo –. No de esta manera, al menos...

Ella clavó sus enormes ojos azules en él, ligeramente sorprendida y con una repentina mirada melancólica en el rostro.

Abrió la boca y apenas soltó un sonido seco, porque inmediatamente la cerró, como si se hubiese arrepentido a medio camino.

-Aquí estoy -dijo implemente, luego de una ligera pausa, y le volvió a sonreír.

-No recuerdo que sonrieras tanto -dijo él.

-No soy la niña que recuerdas, Arnold –le respondió la otrora rubia, enderezándose.

-Ya veo que no –reconoció él.

Había soñado con decirle tantas cosas, pero ahora, en este momento, no se le ocurría nada.

De todas maneras, ¿de qué podían servir cualquiera de esas palabras justo en ese momento?

Se mordió el labio, tratando de encontrar con franqueza, desde el fondo de su corazón, eso que lo había hecho casi detenerse cuando al fin había comprendido quién era… cuando se había salido por un momento de ese pequeño mundo de miseria en el que llevaba sumergido ya tanto tiempo…

Sí. Miseria. Ahora, ahí, frente a ella, lo comprendió: Hacía mucho que era una persona miserable.

Repentinamente, de la nada, sintió los brazos de ella rodeándolo cálidamente, al tiempo que se daba cuenta que, sin que lo notara en lo absoluto, las lágrimas habían comenzado a correr por sus mejillas.

-Todo pasa por algo –le susurró ella al oído –ya lo verás.

¿En qué momento se había puesto de pié?

Y él la abrazó también. La abrazó tan fuerte que le dolieron los brazos. No quería llorar, y mucho menos ahí, pero no pudo evitarlo. Lloraba como una nena, pero a quién le importaba ya. Sentía el calor y la suavidad de su precioso cuerpo contra el suyo; podía sentir cómo compartía su dolor…

Y, de pronto, como ambos compartían también esa sonrisa que él no recordaba…

-Soy un idiota…

-Lo eres.

Al fin se habían soltado el uno al otro, y él estaba sonrojado. En parte por vergüenza, en parte por algo más… Ella simplemente veía hacia otro lado, con una ligera sonrisa ladeada en el rostro, luego de volver a su asiento. No quería ni voltear a ver al resto de los comensales (aunque no había muchos ahí), ante su repentino ataque de sentimentalismo.

-¿Qué te dije anoche? –preguntó el rubio. No era lo que realmente quería preguntar, pero era lo más urgente dada la situación en ese momento –anoche –aclaró.

-Muchas cosas- soltó ella, aún sin mirarlo –: lloraste un montón y me dijiste que no podías estar con tu hijo porque no querías meter a tu esposa en problemas, que te casaste pensando que serías feliz para siempre, y que ahora sabías que habías sido el mayor idiota del mundo por creer en cuentos de hadas… -hizo una pausa –, que el amor es una cosa que definitivamente nunca se te va a dar…

-En pocas palabras, lloriqueé como una niña.

-Así es. Justo como ahora.

Diablos. ¿No podía tener un poquito de tacto?

Más silencio. Arnold le daba vueltas al vaso que aún sostenía en sus manos, mientras pensaba en su esposa y en lo que diría si se enteraba de que había pasado toda esa noche y mañana el departamento de una chica, y que ahora desayunaba (¿o comía?) con ella

Una estúpida musiquita los sobresaltó a lodos, quebrando el pesado silencio que había formado en torno a ellos, luego de una rápida búsqueda encontró su celular junto al sillón y casi se alegró cuando miró que lo llamaban del trabajo.

Luego de una rápida llamada se puso de pie.

-Lo siento –le dijo –me tengo que ir.

-¿En serio? –Lucía un tanto desilusionada -¿Ni siquiera vas a esperar la hamburguesa?

-Cosas del trabajo -soltó mientras se ponía el saco.

-O sea que sigues con lo mismo.

El rubio levantó una ceja.

-Tu trabajo siempre fue uno de los principales creadores de problemas con tu esposa, ¿no? Y sigues igual…

La miró sorprendido. ¿En serio le había platicado sobre eso?

-Me dijiste muchas cosas –asintió ella, adivinando su pensamiento –, se podría decir que me desnudaste tu alma…

-¿Sólo mi alma? –soltó él con una sonrisa pícara, tratando de aliviar el ambiente, pero también, casi por reflejo.

-Sólo eso; ya te dije que no te hagas tantas ilusiones, Arnoldo -. Arrugó el ceño de una forma adorable, como lo hacía de niña, y él sintió unas genuinas ganas de darle un beso. Menos mal que tenía qué largarse, o terminaría haciendo algo de lo que se arrepentiría.

…Porque sí, comenzaba a sentir otro tipo de sensaciones además de la vergüenza, a pesar de estar en un restaurante. "No te hagas ilusiones" la pretenciosa voz femenina hizo eco dentro de su cabeza, haciéndolo sonreír.

-Fue un verdadero placer, Helga –soltó al tiempo que hincaba una rodilla en el suelo y le besaba una mano.

El rubor que se subió por las mejillas de la muchacha era una oda a la dulzura disfrazada de rudeza.

Era tan tierna. Sí, ahora recordaba eso también.

-¿Podremos vernos de nuevo? –inquirió.

-Al menos quédate a comer.

-Es urgente –dijo él –pide la otra para llevar, por favor. Te juro que te lo compensaré.

-¿Te la guardo para la noche?

¿Qué? ¿Había escuchado bien? ¿Significaba eso lo que creía que significaba?

-Claro –respondió sin pensarlo siquiera.

-¿A qué hora nos vemos?

-Yo te llamaré- respondió ella, sonriendo de nuevo –sabes que ya tengo tu número.

Era verdad, ahora que lo pensaba, pero, ¿En qué momento…?

Sacudió la cabeza.

-Bien, entonces volveremos a vernos, bella dama.

-Téngalo por seguro, caballero de la cabeza de balón -le respondió ella.

"Cabeza de balón" Sus tripas se retorcieron una vez más.

oOo

Era tarde. ¿Qué clase de tirano lo obligaba a trabajar el domingo? Y lo peor: ¿qué clase de idiota hacía caso a tan tiránico mandato?

Un idiota como él, por supuesto.

Aún no podía creer todo lo que acababa de pasarle, y menos tenía idea de lo que le esperaba cuando volvió a sonar su celular.

-Hola, señorita, ¿tan pronto necesita escuchar mi sexy voz de nuevo?

-No realmente.

La voz era justamente la que había esperado escuchar… cuando estaba en el parque.

-¿Shannon?

-¿Quién creíste que era?

¿Acaso eran celos los ese dejo que alcanzaba a distinguir en su voz?

-Nadie. Dime. –Se limitó a responderle.

-Sabes, he estado pensando desde anoche, y… tienes razón, he sido muy cruel este tiempo, así que te voy a llevar al bebé para que pases tiempo con él.

Su hijo. Sólo en ese momento, Helga desapareció por completo de su mente.

-¿En serio vas a traérmelo? –No cabía en sí de la felicidad; su pecho iba a explotar.

-Sí –respondió ella –, de hecho, voy en camino. ¿En dónde estás?

-En el museo –respondió él.

-Trabajando en domingo, ¿eh? ¿Por qué no me extraña?

La confesión sobre su adicción al trabajo que le había hecho a Helga y lo que ésta había ocasionado esa noche le llegó como un puñetazo.

-Sí –se limitó a responderle, sintiendo cómo la euforia comenzaba a escurrírsele.

-¿Te lo llevo ahí, entonces?

-¿A qué hora llegas?

-Como a las siete.

-Entonces estaré en casa a las siete.

-¿Estás seguro?

-Lo juro.

Y colgó.

Se sentó pesadamente en su sillón. Estaban haciendo inventario de una nueva colección que había llegado al museo, y dudaba mucho que fuera a terminar para las siete, pero dejaría las cosas sin concluir si era necesario. Era más importante su hijo.

Entonces vio el icono de mensaje en su celular, lo abrió y leyó.

"Hey, cabeza de balón, soy Helga, en caso de que te hayas olvidado de guardar mi número. Por alguna razón, traía las llaves de tu casa en mi bolso, acabo de darme cuenta. Te las llevaré a tu casa cuando Karlo me deje en paz, o me le escape, lo que pase primero. Sí, también me dijiste anoche dónde vives. Llego como a las seis, creo. Te esperaré si aún no llegas, espero que no te importe.

P.D. Borra este mensaje o te traerá problemas futuros con tu esposa; tenlo por seguro."

O-oh.

Si Shannon y Helga se encontraban…

No; Tenía qué impedir eso a toda costa.

Llamó inmediatamente al número de la rubia… y estaba apagado.

Suspiró.

Ok, al menos esta tarde sí que sería divertida.


Sí, otro capítulo después de dos mil años. Lo lamento, creo que me pondré al corriente pronto, porque parece que la inspiración regresó, pero ya no prometo nada. Muchas gracias a todos los que han leído esta cosa, y especialmente a los que han comentado, es gracias a sus opiniones que sigo con esta cosa. Muchas gracias por su paciencia, prometo que haré todo lo posible por compensárselos.

P. D. Hay un nuevo one shot en el horno, prometo subirlo pronto ;)

¡Recuerden que los y las amo!