Episodio 4: Al fin podré decirte adiós.

–Querida mía, otra vez estás cortando cueca la tela. ¿Sabes cuánto me costó cada metro?

–No lo sé, ¿dos centavos?

–Algo así. Y de todas maneras ya has echado a perder como cien dólares. ¿Te imaginas si te hubiera dado la tela buena? ¿Si este fuera el vestido definitivo?

–¡Tal vez si me dejaras descansar como dios manda, no estaría malgastando tu preciosa tela!

–Tal vez si dejaras de pensar en ese muchacho, podrías hacer un trabajo medianamente decente ¿Crees que no sé que él es la razón de que haya qué tenido qué ponerle llave a la puerta por que no dejas de escaparte?

–¡Sólo lo hice una vez, y además siempre me escapo!

–Sí, porque siempre has sido una irresponsable, pero ahora eres una irresponsable enamorada, ¡y eso es aún peor!

–¿Sabes qué, Karlo? ¡Me largo! Necesito dormir, y sobre todo, alejarme de ti.

–Si dejaras la juerga por un fin de semana, avanzaríamos mucho aquí.

–¡Déjame en paz!

La chica se puso de pié violentamente y fue a sentarse en un sillón, Karlo la miró con la boca fruncida por un par de segundos, y luego sonrió paternalmente.

–Vamos –se había posicionado detrás de ella mientras le daba un suave masaje en los hombros –sabes que eres mi musa, mi lógica y mi mano derecha, y que no te exigiría de esta manera si no fuese absolutamente necesario. En sólo un mes tendremos nuestra gran oportunidad, y todo tiene qué ser perfecto. Lo sabes muy bien, corazón.

–Lo sé –suspiró. Maldito Karlo, no podía enojarse con él –. Pero estoy muy cansada.

–Has trabajado en peores condiciones, mi querida Helle, no me pongas esa excusa. Lo que quieres es ir a ver a ese guapo rubio que te acompañaba anoche, acéptalo.

Ella desvió los ojos por toda respuesta , y él la abrazó por la espalda.

–Eres la impulsividad andando, querida mía, lo sé. Pero sabes perfectamente que no hay qué perder la cabeza por una noche de pasión, por más extraordinaria que esta haya sido.

–No fue una noche de pasión.

–¿De delirio? ¿De éxtasis? ¿De locura? Da igual de lo que haya sido. Tu futuro no se puede ir por la borda por un simple muchacho, por más bueno que sea en la cama y por más que hayas tardado en encontrarlo. Ya habrá otros buenos amantes por ahí, te lo juro.

–¡Que no tuve sexo con él!

Ahora sí la miró contrariado.

–¿No pasó la noche en tu departamento?

–Sí.

–¿Y qué hicieron, hablar?

Una sonrisa burlona apareció en su cara, pero la misma se le congeló en los labios cuando vio que asentía.

–¿Desde cuándo hablas con los hombres? –ya no bromeaba, genuinamente se estaba preocupando.

–Tampoco soy una cualquiera, tarado.

–¿Una fácil, entonces? –bromeó.

–¡Cállate!

El hombre la miró un poco contrariado; quién lo diría. La señorita "todo se me resbala" parecía estarse molestando en serio. La miró detenidamente mientras se sentaba frente a ella. Tenía muchos años de conocerla y nunca la había mirado así. Era verdad que Helga no era una cualquiera, pero jamás la había visto interesarse en un hombre por más de una noche, y generalmente eran ellos quienes la buscaban. La despampanante ojiazul ya había tenido que sacar dos órdenes de restricción desde que la conocía, y eso la había hecho increíblemente desconfiada. Generalmente era él el que le buscaba algún chico guapo y de confianza con el que prácticamente la obligaba a salir, y ella nunca se interesaba por verlos de nuevo. Siempre bromeaba con ella sobre que seguramente ninguno había sido un buen amante, y que el día que encontrara a uno capaz de satisfacer todos sus caprichos, iba a caer irremediablemente enamorada de él.

Por eso ahora la molestaba con lo de estar enamorada. Pero, ahora que veía su comportamiento… ¿Acaso había acertado sin querer?

–Querida mía, bromeaba con lo de que estés enamorada, pero dime, ¿acaso sientes algo que no me has dicho por ese muchacho? –inquirió, con todo el tacto que le fue posible. Helga era como un animal salvaje, y al más mínimo movimiento brusco, iba a salir corriendo… o a atacar. Con ella no se podía dar nada por seguro.

Ella no le respondió con palabras, pero su silencio fue una afirmación más que contundente.

–Es mi ex novio.

–¿Tu ex novio? –Eso sí que era raro. La conocía desde que era prácticamente una niña, y nunca le había conocido ninguna relación –¿De cuándo? ¿De preescolar, acaso? –inquirió, divertido.

–De la primaria –apenas la escuchó susurrar.

No sabía si burlarse o conmoverse. La miró un momento sin saber qué decir. Esa era una faceta que definitivamente desconocía de ella.

–Y yo que creí que no tenías sentimientos –se cruzó de brazos mientras suspiraba, contrariado.

–Eres un idiota.

No lo veía a los ojos. Mala señal. Sabía lo impulsiva que era esa linda muchacha; era increíblemente inteligente, sí, pero cuando sus instintos afloraban, no había quién la detuviera.

Aún recordaba aquélla vez que esa tonta modelo celosa (una veterana que se sentía amenazada de la nueva flor salvaje de la agencia) la había empujado a propósito (aunque había tratado de fingir lo contrario) para hacerla caer de la pasarela en pleno desfile, y cómo esta loca se había dado vuelta en el aire como un gato, la había tomado de los cabellos y la había aventado hacia abajo.

Las habían despedido a ambas, y aunque la otra lloraba como magdalena, había visto a Helga limitándose a reírse en su cara y a decirle que, por estúpida, sus sueños de modelar en parís se habían ido por el caño junto con el desayuno que acababa de vomitar.

Y en efecto, la otra pobre había tenido que limitarse a partir de entonces a catálogos y uno que otro desfile de poca monta, pero, por otro lado, la fama de Helga (Helle, como la habían comenzado a conocer desde entonces en el medio) se había ido por las nubes.

La niña mala había contraatacado, y para contrarrestar el pánico que la rubia tenía de ser reconocida, había tenido que convertirla en morena y ondular su cabello.

Ahora ella tenía un buen renombre y él también, y juntos eran una bomba, pero la flama de Helle parecía comenzar a enfriarse, y él acababa de descubrir un muevo tesoro que, bien administrado, los podía llevar a la cima por todo lo alto.

…Pero un viejo amor podía llevarse todo por la borda si no la metía en cintura en ese momento.

–Puedes enamorarte todo lo que quieras después de la presentación –le dijo lo más suavemente que pudo –, ahora tienes qué concentrarte en nuestro proyecto, amor de mis amores.

Una triste, muy triste sonrisa atravesó las lindas facciones de su apagada interlocutora.

–No va a hacer falta –le dijo, desganada –, está casado.

–Oh…

¿Acaso iba a llorar? La miró por un largo rato, no muy seguro de si ir a abrazarla o darle su espacio. Nunca la había visto así de triste, a pesar de todo por lo que la había visto pasar.

–Está peleado con su esposa –continuó ella –, pero no será por mucho, lo sé. Arnold es un ser increíblemente bondadoso, y sé que la perdonará... Mira, hace siglos que me resigné a estar sin él, pero ahora el destino me está dando la oportunidad de tenerlo unos días… –. Se miraba las palmas de las manos, con los codos sostenidos sobre las rodillas –. Sólo quiero asegurarme de que va a estar bien… poder disfrutarlo sólo un momento, y después podré seguir con mi vida…

Cada vez estaba más anonadado. Esa era una faceta que definitivamente no conocía de ella. Es decir: sabía que la chica tenía un corazón, y uno muy grande. Pero nunca la había visto así de desprendida…

De hecho, siempre había sido bastante egoísta, había qué admitirlo.

–Vete –Le dijo luego de pensarlo con calma.

–¿Eh? –Su socia al fin lo miró.

–Largo de aquí. No vas a poder trabajar teniendo tantas cosas en tu cabecita loca. Ve con el chico, revive viejos tiempos y revuélcate o no con él, lo que quieras. Sólo no dures más de una semana, por favor, o todo por lo que hemos trabajado se nos irá a pique.

Al fin la caprichosa criatura le sonrió, y cuando menos lo pensó, le había echado los brazos al cuello y lo besaba en las mejillas.

-¡Eres el mejor de los dictadores, Karlo!

-Sí, sí, sí, sí –le dio un amistoso empujón –. Ya deja de babearme, y por favor –, la miró ya serio, y le dijo: –Sólo no dejes que te rompa tu corazoncito precioso, ¿quieres?

–No me haré ilusiones –Le dijo solemnemente ella.

-Claro, claro, querida. Iré apartándote cita con el siquiatra.

Helga sólo negó con la cabeza, tomó su bolso, y luego de besarlo por última vez, se fue.

Hermosa criatura era esa muchacha; ojalá ese tipo mandara al demonio a la bruja de su mujer y le diera una buena sacudida a su angelita, que vaya que le hacía falta.

"No dejes que te rompa el corazón" le había dicho el tonto.

No había manera de que rompieran algo que tenía siglos hecho añicos.

Sabía, desde que lo había dejado en aquella ocasión, que él la superaría y que conocería a otras personas, y que sí, eventualmente se casaría. Pero había creído que no le tocaría estar ahí para mirarlo.

Siempre había visualizado a Arnold como una especie de ángel guardián que la seguiría desde las sombras; una especie de niño eterno que le reconfortaría el corazón en sus momentos más oscuros, y hasta la fecha le había funcionado, por lo menos hasta que se lo había topado en esa estúpida ciudad; la ciudad más random que pudieron haber elegido para prepararse para ese estúpido desfile.

Lo había mirado por la calle, cuando iba en el auto con Karlo para elegir las telas.

No había podido creerlo en un principio, cuando se habían detenido en un semáforo, y lo había visto caminando a toda prisa por la acera. Pero, por más que había intentado negarlo, no había podido engañarse a sí misma; ese hombre alto, grande; fuerte. Ca dorada cabellera, mucho más oscura de lo que se hubiera imaginando, pero igual de indomable de lo que la recordaba, refulgiendo al sol. La mano grande y varonil sosteniendo ese celular contra su incipiente y sexy barba de un dos días. El entrecejo ligeramente fruncido, caminando totalmente ajeno a la tempestad que acababa de provocar con sólo un par de segundos de su presencia. Era él. Por todos los cielos que era él; lo habría reconocido así estuviera usando un disfraz de sándwich.

Desde ese momento no había encontrado paz.

Esa noche se había escapado de Karlo y su creciente histeria por el tono chillón de su máxima creación en las fotos, y había ido a el primer bar que se había encontrado, porque necesitaba sacarse a esa tonta aparición del pasado de las neuronas… y entonces, ¡Maldito y cruel hado de los infiernos! había ido a sentarse justo al lado de ella, había pedido mucha cerveza y se había puesto a pelear con su esposa por el teléfono.

Su esposa. Eso le había dolido en el alma, sí, pero también le había dado el valor para hablarle, ya que, al fin de cuentas, si ya no tenía a dónde huir, y si se iban a encontrar de todos modos (si el destino había decidido que volvieran a toparse), al menos sabía que no había manera de que pudiera volver a atarse a él.

Podría seguir siendo un raquítico árbol sin raíces por el resto de su vida, tal y como su estúpido sino había dispuesto desde el momento en que había nacido.

La confirmación de lo que siempre había sospechado había llegado para permitirle cerrar ese ciclo.

Él la había dejado atrás, y de tal magnitud que ahora tenía descendencia, mientras ella aún no sabía lo que era estar con un hombre…

"Muy trágico, tu caso, hermana". Se dijo a sí misma tratando de sonreír.

Al menos ese era un aspecto patético de su vida que ella había elegido.

"Al fin puedo decirte adiós como es debido", pensó. "Al menos tendrás con quién consolarte esta vez".

Llegó a su mugroso y gris nido de ratas, se tumbó en la dura cama y lloró por mucho tiempo.

oOo

Despertó desorientada, sin tener una idea clara de en qué momento se había dormido, y el recuerdo de su tormento la hizo ponerse de pié de nuevo. Tenía que entregarle las llaves.

Miró en el reloj y ya eran casi las seis de la tarde, así que se puso en pié y se dirigió a la residencia del cabeza de balón a ver si ya estaba ahí. Se le había ocurrido llamarle de camino, pero recordó que su celular se había quedado sin carga poco tiempo después de enviarle el mensaje, y como se había dormido en cuanto había llegado a su casa, pues obviamente seguía muerto.

"Bien, pues, si no está, lo espero", pensó sin darle demasiadas vueltas.

Cuando llegó a la dirección que el cabeza de balón le había entregado -"Anda, algún día querrás ir a visitarme y conocer a mi hijo, así que te anotaré mi dirección aquí en tu… folleto de pizzería" le había dicho con su trabada voz de borracho, y luego le había metido la lengua hasta las anginas- tuvo que mirar dos veces. No podía creer que el cabezón tuviera semejante casa siendo tan joven. Genial; Arnold tenía una hermosa casa, un hermoso coche, una hermosa esposa (le había mostrado fotos), un hermoso bebé, un trabajo que le encantaba, y ella tenía… a Karlo, su autonombrado "papá postizo"-jefe-mejor amigo-consejero-dictador.

Eso y una cuenta de ahorros con tal vez tres dólares en el banco y una resaca que nunca terminaba de curársele del todo.

Suspiró. Arnold estaba muy, pero muy bien sin ella. Pronto superaría el bache con su esposa y sería feliz de nuevo, y ella se reduciría en su mente a una rara coincidencia que rápidamente quedaría enterrada en el pasado.

…Y más rápidamente de lo que esperaba.

Lo supo cuando al abrir la puerta se topó de frente con una hermosa pelirroja (la misma de la foto) que la miraba directamente, con los ojos desorbitados.


Siguiente capi, aprovechando que me llegó el tiempo y las ideas… nadie comentó el capítulo anterior. ¿Serían tan amables, si es que alguien continúa leyéndome, de dejar algún comentario? Digo, para saber que no estoy escribiéndole al aire.

…Eso me pasa por tardarme TANTO tiempo en actualizar (les juro que no fue por gusto T_T).

En fin; ¡Hasta pronto, lectores imaginarios! ¿Qué tan patético puede ser eso, eh?

Igual los y las amo de aquí a la luna de ida y vuelta .3.