Episodio 6: "Nosotros"

–No sé si en verdad está loca, o solo es muy estúpida; pero te juro una cosa, Karlo: si un día vuelve a poner su maldita cara pecosa frente a mí, voy a estrangularla.

Su interlocutor la miró con una ceja levantada, y luego rió, volviendo a la costura de esos pliegues que nada más no quedaban como su visión le decía. Comenzaba a preguntarse seriamente si Helga en verdad estrangularía a esa pequeña periodista "madre del año" o solo sería figurativamente… después de todo, tal vez podrían sacarle ventaja a la situación y, con una buena campaña de publicidad, la nueva colección: "Moda asesina" (como podrían llamarla), de seguro sería un éxito de ventas.

–¿De qué diablos te ríes, Karlo?

Lo miraba, enfurruñada. El hombre la miró y le tiró un beso.

–Por favor, princesa; si en verdad vas a matar a esa tipa, que sea de una forma no muy sangrienta. Si logramos sacar una hermosa foto de su cadáver, podríamos usarla para las etiquetas de tu flamante nueva colección: "Killer fashion" ¿Qué te parece.

Helga esbozó una retorcida sonrisa.

–Creo que "murder fashion" se escucharía mejor, ¿no crees?

El hombre se encogió de hombros.

–Eso ya se lo dejaríamos a los publicistas –dijo –¿en serio es bonita la tipa esa?

Helga asintió sin dudarlo.

–Lo es –reconoció –, y mucho. Su cara es preciosa y su cuerpo está muy bien formado, a pesar de que prácticamente acaba de parir, y por un momento pensé que era lista también, pero bueno; no se puede tener todo en esta vida, supongo –se encogió de hombros.

–A mi parecer, solo es una cobarde –dejó la tela a un lado y la miró directamente con sus grandes ojos castaños, recargando sus huesudos codos sobre sus largas piernas –¿Por qué crees que se fue de casa, mi querida Helle?

La otra torció la boca.

–Creo que ambos lo sabemos, mi adorado dictador. Sólo Arnold puede ser TAN idiota para no darse cuenta.

El hombre soltó una risita.

–Los hombres suelen ser densos, querida reina vagabunda mía; mi pregunta es: ¿Se lo contarás?

Helga negó, al tiempo que suspiraba.

–No voy a meterme entre ellos, Karlo.

–¿Por qué no?

–¡Porque no soy una maldita arpía, por eso! –dejó las telas a un lado y lo miró directamente. Tenía fruncido el entrecejo y los labios contraídos.

–Pero tú lo amas, ¿no?

–Al demonio con eso. Arnold es un tarado y ya tiene suficientes problemas, y he decidido no darle más, yo no tengo nada qué ver en su vida así que no voy a volver a buscarlo.

–¿Segura?

–Definitivamente.

–¿Y si él vuelve a buscarte a ti?

Helga, que había vuelto a sus labores de costura, volvió a dejar todo a un lado y clavó sus enormes ojos en los de él, pero no dijo nada.

oOo

–No, no, no. No me vengas con excusas, Shannon, ¡Lo que hiciste fue horrible e increíblemente negligente!

–¡Oh! Por favor, Arnold. Estabas a punto de llegar cuando me fui; seguro que ni se había dado cuenta que no estaba hasta que llegaste.

–¡Cuando llegué Philip estaba ronco de tanto llorar y Helga incluso había tumbado la puerta del baño buscándote!

–¿Helga? ¿Quién diablos es Helga?

–¿A quién dejaste con el bebé, maldita sea?

–A Helle, obviamente.

–¿A quié… –Oh, al demonio –No me cambies la conversación; dejaste a tu hijo con una completa extraña.

–No es una completa extraña, Arnold. Es tu novia.

–¿De dónde demonios sacas que es mi novia?

–Ah, ¿no? ¡¿Entonces con quién coqueteabas por el teléfono cuando te llamé? ¿Por qué luego llegó y se metió a la casa con todo y llaves?!

Arnold resopló, mientras se sacudía su ya de por sí revuelta cabellera.

–Eso no importa: ¡Dejaste solo a Philip con una persona que no conocías!

–Sí que la conozco, ¿Y por qué llamas Philip a nuestro bebé?

Arnold torció el gesto.

–Debo llamarlo de alguna manera, y como ni siquiera hemos podido ponerle nombre con todas estas es…

–Se llama Hunter –lo interrumpió.

–¿Eh?

–Ya lo registré hace un mes, no podía esperar hasta que accedieras al divorcio para ponerle un nombre al pobre.

¿Había registrado a su bebé sola? ¿Había escogido un nombre para él sin consultárselo? …Y lo más importante…

–¿Llamaste a nuestro hijo como el imbécil de tu ex-novio?

–Lo llamé como mi padre.

Pudo escuchar su voz quebrarse del otro lado de la línea, y el rubio se mordió la lengua.

–¿Al menos me pusiste como su padre? –soltó, lo más calmado que pudo.

–Sí –respondió ella, era obvio que había comenzado a llorar –, lo siento…

–Está bien –respondió él lo más calmado que pudo –¿En serio no podríamos vernos, Shannon? No podemos tener una conversación decente por teléfono.

–Está bien –respondió ella, que ya parecía un poco más calmada –pero dame algo de tiempo; aún no estoy lista.

–Que sea lo más pronto posible, por favor. Hay muchas cosas que aclarar.

Quería llevar la fiesta en paz; por todos los dioses que sí, pero Shannon, al parecer, quería guerra.

–¿Cómo por qué llegaste tarde de tu trabajo aun cuando sabías que tu hijo estaba esperándote en casa?

Arnold no quería enojarse, en serio. Pero esa mujer tenía algo capaz de transformarlo en una persona completamente distinta en cuestión de segundos.

Apenas reprimió una grosería muy, muy fea.

–En serio; ¿eres tú la que deja a… a… –ni siquiera podía pronunciar el maldito nombre – eres tú la que lo deja abandonado y soy yo el malo por quedarme atrapado en un accidente de tráfico?

–Ay, Arnold; ambos sabemos que perderás si seguimos con esta inútil discusión. Nos vemos –y colgó.

Y Arnold estrelló el pobre teléfono contra la mesita de centro de la sala.

¿En serio? ¿Para eso había pagado la maldita cuenta del teléfono? ¿Para que esa… esa…

Se sentó en el sillón, respiró muy profundo y escuchó el transmisor del bebé; al parecer, seguía dormido.

No iba a dejar que Shannon jugara con su cerebro. Hacía todo eso para sacarlo de quicio; lo sabía. Para hacerlo que la odiara y así impulsarlo a firmar ese estúpido divorcio…

Recargó la cabeza en el borde del respaldo y respiró hondo, lento, con una mano sobre los ojos…

No iba a darle el divorcio así de fácil; no hasta que al menos lo encarara y le dijera qué demonios había hecho mal, en qué había fallado tan garrafalmente para merecerse aquello…

¿Por qué no se había casado mejor con Helga?

Ah; sí. Porque ella también lo había abandonado. Ella no se había llevado a su bebé, pero sí su corazón.

Y al menos Shannon ahora le había regresado lo que se había llevado…

Pero Helga no. Ella aún lo tenía en su propiedad.

Aún sentía algo por Helga, y verla de nuevo había vuelto todo peor.

¿La solución? No verla de nuevo. Olvidarse de todo ese drama absurdo y seguir con su vida; enfocarse en Shannon y su hijo. Dejar a la hermosa fiera seguir con su caótica vida y él quedarse con su muy pulcro caos…

Sí. No le quedaba de otra.

No le quedaba de otra; y aún así, comenzaba a buscar su número para marcarle.

oOo

–¿No vas a responder?

–Nop.

Dejó de sonar. Ambos volvieron los ojos a la tela, y comenzó de nuevo.

–Segura que no vas a responder.

–Así es.

Terminó, y sonó de nuevo.

–Estoy en medio de un procedimiento quirúrgico aquí, Helga, y si no vas a atender esa llamada, entonces apaga ese maldito artefacto del infierno o juro por dios que lo arrojaré por la ventana.

No había levantado la voz. Karlo nunca levantaba la voz, pero casi podía cortarte la respiración solo con una mirada.

Le dolió en el alma ignorar la pantalla azul encendida con el nombre de "Arnoldo" en ella, pero, sintiendo que el bello cadáver de la etiqueta de la próxima colección estaba a punto de ser ella, mantuvo el pequeño botón apretado y la pantalla se volvió negra, y el cuarto, silente.

–Gracias, tesoro.

–De nada –suspiró, y siguieron en lo suyo.

"Lo siento, Arnold. En serio, lo siento."

oOo

El timbre de la puerta sonó, y ambos voltearon a mirarla.

–¿Esperas a alguien? –inquirió Helga, sosteniendo la suave tela sobre sus pechos con la mano derecha, y, con la izquierda, el borde de la blusa aún en proceso de desarrollo.

–¿Serán los cristales que pedí? –inquirió el otro, mientras se sacaba un par de alfileres de la boca y los clavaba en el respaldo del sillón.

Helga se encogió de hombros y él fue a abrir. Helga se volvió de espaldas al recordar que la tela era transparente y no traía nada abajo -Karlo no permitía nada que interfiriera con las medidas- y entonces lo escuchó.

–¿Se encuentra Helga?

Volteó a mirarlo, anonadada.

Arnold estaba en el marco de la puerta; traía una gran pañalera colgando del hombro izquierdo y un bebé dentro de un porta-bebé en el brazo derecho.

Ella lo miró a él, y él la miró a ella. La boca ligeramente abierta y las mejillas ligeramente coloradas, y entonces recordó la tela transparente, y trató de cubrirse los pechos, pero recordó que la tela perdería la forma, y trató de acomodarla como estaba y un alfiler se le clavó entre el cuello y la espalda, y soltó todo al tiempo que daba un grito y Arnold desvió la mirada más rojo que un tomate y el bebé comenzó a llorar y Karlo se puso furioso.

Tomó una tela sobre el sillón y se la echó encima, luego la empujó hacia uno de los cuartos y cerró la puerta tras ella.

–Quítate mi obra de arte y ponla sobre el maniquí, y por el amor de dios, ponte una blusa o a este hombre le dará un infarto o ese bebé nos dejará sordos.

Cuando Helga salió, Arnold le daba palmaditas al bebé sobre su hombro y Karlo había encendido un cigarro, sentado sobre el sillón.

–¡Qué asco, Karlo, quedamos en que no fumarías adentro cuando yo estuviera aquí!

–Y yo te dije que no arruinaras mis obras maestras; pero hoy es día de deshacer tratos, mi querida Helléne, así que puedes faltar al de trabajar esta tarde y largarte de aquí.

Helga lo miró con los ojos desorbitados.

–Pero yo no quiero irme, Karlo.

Estaba aterrada, eso pudo notarlo sin problemas, pero no le importó.

–Ese no es mi problema, lindura. Saca tu hermoso traserito de este recinto y no se te ocurra poner un pié por aquí hasta mañana.

–¡Karlo! –Cada vez se veía más asustada, pero él se limitó a arrojar el humo hacia un lado mientras ella le acercaba la cara –tenemos mucho trabajo, ¿lo olvidaste?

–Tú olvidaste que no debes destruir algo a lo que le he invertido horas de trabajo, queridita, así que no me importa.

–Eh… disculpen, yo…

–¡Tú te callas! –Helga había volteado a mirarlo. El rubio solo afianzó el agarre de la camisita de su hijo y Helga volvió a sus asuntos –No puedes correrme, Karlo –continuó –, sabes que no pue…

Pero se interrumpió cuando una nube de asqueroso humo se estrelló contra su cara y le inundó los pulmones. Un ataque de tos la dejó fuera de combate al tiempo que, el otro, aprovechando su momentánea indefensión, la empujaba por la espalda hacia la salida.

–Y la próxima vez que destruyas mi trabajo, te sacaré por la ventana.

Una vez que Arnold y su retoño hubieron salido también, les cerró la puerta casi en la cara.

–Helga, yo lo sien…

–Oh, cierra la boca –lo interrumpió, cuando al fin pudo respirar de nuevo. Y se dirigió hacia las escaleras echando chispas, con Arnold pisándole los talones.

–Oh, vamos, Helga, ya te dije que lo siento; ¡no era mi intención provocarte problemas!

Helga se detuvo en seco (acababan de salir del edificio) se dio media vuelta y lo miró directo a los ojos. Estaba muy, MUY enfadada, pero Arnold tenía la sospecha de que igual lo hubiera estado si no hubiera provocado ningún accidente con su intromisión, y tenía razón.

–No me importa lo que pretendías o no, Arnold. ¿Qué demonios haces aquí?

–¿Buscarte? –en verdad no entendía el repentino cambio de actitud de Helga. ¿Acaso seguía molesta por lo de Shannon? Después de todo, no era como si fuera su culpa, tampoco.

–Interrumpirme –le respondió ella –; Estaba trabajando, Arnold, y en algo muy importante, ¡por eso es que incluso apagué el estúpido teléfono!

–¿Y te costaba mucho decirme eso? –le respondió, ofendido –pensé que tal vez te había pasado algo.

El bebé empezó a llorar de nuevo, y Arnold se dirigió hacia la sombra proyectada por el edificio que tenían tras ellos. Helga se llevó una mano en la cabeza, pero no se movió de donde estaba.

–No hace falta que te preocupes por mí –le dijo levantando mucho la voz, tratando de hacerse oír por encima del llanto del bebé y los ruidos de la calle intensificados por la distancia ahora mayor –; mejor preocúpate de esa irritante criatura imprudente y parásita con la que tienes que cargar, y por tu bebé.

¿Acaso se refería a Shannon? Debía de indignarse, lo sabía, pero no pudo evitar reprimir una carcajada.

–Eres el demonio, Helga –soltó, ya más calmado, mientras intentaba, a su vez, calmar a su escandaloso bebé, Helga se le acercó al fin.

–El maldito eres tú por tener a este mequetrefe en estas condiciones… vamos, entremos a esta… cafetería, o lo que sea.

Entraron en el establecimiento que tenían a un lado, que, en efecto, resultó ser una cafetería. Un sonriente chico les ofreció una mesa y se sentaron. Arnold agradeció el aire acondicionado, y al parecer el pequeño también, porque dejó de llorar y comenzó a chuparse su pequeña mano regordeta.

El chico les dejó una carta con bebidas sobre la que ya había en la mesa con el menú de aperitivos, y se alejó luego de las cortesías correspondientes.

Arnold suspiró muy fuerte mientras dirigía su mirada a Helga, que en ese momento tenía la nariz hundida en el menú de bebidas.

–Tengo calor –soltó, entre dientes –. Estúpido Karlo.

Arnold no pudo evitar sonrojarse al recordar el numerito que se acababa de armar por su culpa.

–En serio lo siento, Helga –se disculpó de nuevo, mientras revisaba distraídamente el fino cabello de la cabeza de… Sí, demonios; "Hunter". Tonta, descarada y totalmente incomprensible Shannon.

La otra lo miró con expresión irritada sobre la carta.

–Como sea, dime qué demonios quieres, cabeza de balón.

Arnold frunció el ceño. ¿En serio? ¿Cabeza de balón? ¿Después de tantos años…?

…En fin.

Se encogió de hombros, incapaz de mirarla fijamente aún. Le ardía la cara de la vergüenza.

–Quería invitarte a comer… –Soltó.

–Pues mira cómo es la vida –soltó, sardónica –es justo lo que vamos a hacer –y volvió a su aparentemente interminable lectura de la carta de bebidas.

Arnold llamó al mesero y le pidió una soda bien fría. Helga pidió una bebida con alcohol y Arnold se mordió la lengua para no reclamarle por estar bebiendo a esa hora del día. En su lugar, sacó el contenedor con la fórmula del bebé y le preparó una mamila.

Helga lo miraba fijamente, con el ceño fruncido.

–No me veas así; no puedo darle el pecho –soltó intentando que sonara como un chiste, pero Helga no cambió su expresión.

–Me importa una mierda si le das tequila, o cloro –soltó, clavando ahora su vista en el bebé de manera nada tierna –, y en general me importa una mierda lo que hagas con tu vida, Arnoldo.

En verdad lo ofendió su comentario, pero trató de que no se le notara.

–Es gracioso, parecías muy interesada en mí apenas ayer –dijo levantando una ceja.

Helga soltó un pequeño bufido.

–¿Te refieres a ayer a mediodía? –una sonrisa nada amistosa recorrió su rostro –por supuesto que ayer estaba interesada en ti. Podíamos emborracharnos y besuquearnos y tontear todo lo que quisiéramos; aún no me habías abandonado en el tonto restaurante y no me habían obligado a cuidar a tu pequeño monstruo y sus pulmones súper potentes… Y lo más importante; ayer a mediodía no había conocido aún a la estúpida de tu mujer.

Arnold suspiró, agradeció al mesero por su bebida y retiró la mamila de la boca de su pequeño.

–Mira, Helga. Sé que mi vida no es perfecta justo en este momento, pero creo que debemos aprovechar que el destino nos juntó después de tanto tiempo, ya que quién sabe si alguna vez se vuelva a repetir, ¿no crees?

–El destino –soltó Helga en tono despectivo mientras sostenía su bebida y volteaba hacia otro lado –; qué infantil que creas en esas tonterías, Arnoldo.

El otro se encogió de hombros.

–Siento que fue una señal encontrarte en este momento, no importa lo que tú pienses.

–Arnold el soñador… casi me olvido de eso –bufó, al tiempo que le daba un trago a su bebida -¿sigues creyendo que teniendo fe se puede lograr lo que sea, Arnoldo? –clavó sus grandes ojos en los de él, al tiempo que dejaba su vaso sobre la mesa.

–Por supuesto –le soltó su mejor sonrisa, pero se derritió en el muro de hielo que ella estaba formando.

–¿Entonces no estás invirtiendo la suficiente luz de sol con tu esposa, o qué?

Y sí, logró que todo su optimismo saliera por un resoplido que soltó sin darse cuenta.

Había olvidado esa habilidad especial en Helga; esa especie de súper poder que tenía para quebrar su buen humor con solo un par de palabras, sin importar lo bien que se estuviera sintiendo.

–Vine aquí a hablar de nosotros, Helga. No de mi esposa.

La fémina, que había estado dándole otro trago a su bebida justo en ese momento, se atragantó ruidosamente y comenzó a toser de manera increíblemente exagerada al tiempo que se ponía de pie; provocando a su vez que Arnold se pusiera también de pié, y con esto, cómo no, provocar que el pequeño comenzara a llorar de nuevo.

–¿De qué "nosotros" hablas, tarado? –soltó mirándolo, furiosa, una vez que pudo recuperar la respiración, sin importar que la totalidad de los comensales los miraran con semblante irritado y/o azorado –No existe un "nosotros" para que lo sepas. Se acabó el día que contrajiste matrimonio.

–Ah, ¿en serio? ¡Creí que se había terminado cuando decidiste desaparecer de mi vida en medio de la noche!

Lo miró con ojos muy abiertos por un momento, aun ligeramente inclinada por el reciente ataque de tos. La miró clavar muy fuerte los dedos en el acolchado respaldo del asiento en el que hacía tan poco había estado y su cara pasó a un estado de furia que apenas pudo recordar de su más tierna infancia, y sí, le dio escalofríos.

–Tú… –-soltó, con voz estrangulada –tú…

Pero al parecer no pudo –o no quiso- decir nada más. Se dio la media vuelta y salió de la cafetería estrellando los pies. Arnold intentó por un segundo ir tras de ella hasta que recordó que la bolsa del bebé aún estaba en el asiento y que no había pagado las bebidas. Tomó el bolso lo más rápido que pudo y arrojó un billete a la mesa al tiempo que salía a toda prisa tras ella, sin darse cuenta –ni importarle- que había dejado la mamila del bebé (y el mismo porta bebé) sobre esta.

¿Por qué la seguía? No lo sabía con certeza. Pero esa manera en la que lo había mirado le daba la impresión de que, si la dejaba ir, no volvería a verla de nuevo, y eso no iba a volver a permitirlo; no, señor.

El tiempo que había perdido en recoger sus cosas del establecimiento le había dado una enorme ventaja a la ahora morena, y por momentos llegaba a perdérsele de vista, pero tenía una idea bastante clara de hacia dónde se dirigía.

..

Él había tomado el ascensor y ella, tal como lo había previsto, las escaleras, así que llegaron prácticamente juntos.

Helga lo miró en la puerta de su departamento e hizo la finta de darse la media vuelta, pero pareció pensarlo mejor y lo pasó de largo y abrió. Sin pedirle permiso el rubio se introdujo al recinto.

La mujer se llevó una mano a la cabeza.

–¿Qué rayos quieres? –Soltó, exasperada, pero él, por toda respuesta, puso a la pequeña y escandalosa criatura sobre el sillón y empezó a quitarle la ropa. –¡Oh, demonios! –exclamó al tiempo que se daba media vuelta cuando Arnold comenzaba a soltar las cintas adheribles del pañal.

Helga estaba sentada en el suelo junto a la puerta, con las manos sobre la cabeza, mientras Arnold hacía hasta lo imposible por hacer que el bebé dejara de llorar. Ya le había dado de comer y le había quitado el sucio pañal; ¿Ahora qué?

–Arnold, ¿por qué me odias? –Soltó luego de unos diez minutos de llanto incesante de bebé. Internamente, Arnold le preguntaba lo mismo a su hijo -¿Qué hice para merecer esta tortura?

-Oh, vamos, Helga –soltó, tratando de sonar tranquilo, aunque la verdad, luchaba por no soltarse a llorar él también –sólo está un poco molesto; ya se le pasará.

–¿Cuando se quede mudo, tal vez? Acéptalo, no sabes qué demonios tiene, llama a la idiota de su mamá, supongo que al menos para eso servirá.

Arnold la miró con el ceño fruncido; y aunque en su fuero interno le daba la razón, no iba darle el gusto a Shannon de admitir que no sabía qué hacer con el bebé.

–Solo… está… debe tener sueño; sí. Eso.

–¿Y por qué no se duerme?

–Tal vez esté molesto.

–Y supongo que eso no tendrá nada qué ver con que su padre lo cargue como badajo de campana en medio de la maldita calle con este calor infernal y que se la pase discutiendo y levantando la voz a la menor provocación.

Arnold iba a responderle, pero al final de cuentas le dio la razón. Por tratar de tener contacto con ella, estaba quedando bastante mal como padre.

Helga lo miró un momento y se puso de pié. En cuanto Arnold no le respondió, ella pareció calmarse también.

–Trae acá –soltó al tiempo que le quitaba al bebé de los brazos, se lo recargaba en el hombro y comenzaba a darle palmaditas un tanto fuertes en la espalda; Arnold iba a reclamarle cuando el bebé soltó un gran eructo e inmediatamente dejó de llorar.

–Lo vi en televisión, creí que era una tontería, pero funciona –dijo a un azorado Arnold mientras le ponía al bebé en los brazos de nuevo –. Tienes qué relajarte, cabeza de balón, ¿recuerdas que ayer yo estaba como loca y tú lo tranquilizaste en un dos por tres? –Lo miró muy significativamente – Ese eres tú, no este loco que me persigue por todos lados tratando de recuperar el tiempo perdido –se sentó en el sillón y clavó una mirada cansada en él; lucía triste –… no podemos recuperar nada ya, Arnold. Hace mucho que tú y yo somos historia; no sé por qué tengo que recordarte que ya tienes una familia… No hay ningún "nosotros" qué discutir, Ar…

Pero "Ar", con todo y bebé, se había acercado a ella y le había puesto los cálidos labios sobre los suyos, al tiempo que una veloz lágrima se deprendía de sus hermosos ojos esmeralda.


Nuevo capi servido; en el próximo veremos que tiene qué responder nuestra rubia favorita (que aquí de momento no es rubia) al beso de este sentimental y sobrio Arnold.

Y ahora, mi parte favorita (¡yey!) mis agradecimientos especiales a:

Guest: Que bueno que te haya parecido tierno el capi, pero aún más que te haya parecido raro, me gusta escribir cosas que generalmente el resto no escribe.

ELISA LUCIA V 2016: Tienes toda la razón: qué horror que una madre haga algo así. Pobre Helga, le removieron varios traumas, y sí, ella no quiere meterse entre Arnold y su esposa. A pesar de lo que siempre intenta aparentar, ella es una buena chica.

nitamaricl: Sip, pobre Arnold, su mujer es todo un caso, la verdad.

Kaialina: me encanta que te encante lo que escribo, cariño. Intenté hacer este capi más largo, espero que te guste. Y por supuesto que sigo escribiendo, ahorita que pude meter a la sádica de mi musa en una jaula, y la alimento con sus reviews, para que no muera.

.Shoma: ¡Nueva lectora! Bienvenida, cariño, qué bueno que te gusten las locuras que escribo.

Sakura. Ayase: Mi amadísima Sakura, cuánto tiempo sin saber de ti, es un gran honor tenerte por acá también. En cuanto a la duración de la historia… bueno, con esta si tengo BIEN claro lo que pasará, espero que no quede demasiado cortita. Y sobre lo del hambre de palabras… tienes toda la razón, y lo lamento, esta vez trato de revisar muy bien cada cosa que voy a subir, pero generalmente no veo los errores hasta que reviso la historia ya publicada… soy todo un caso; lo lamento. En fin; seas muy bienvenida de nuevo.

.Shoma: Hola de nuevo. Estoy feliz de que te encante la historia hasta donde va, espero que te guste este nuevo capi, y tienes toda la razón, más vale tarde que nunca. Y la verdad es que no importa demasiado cuándo me lean, siempre son bienvenidos por acá, y no te preocupes, que he capturado a mi escurridiza y sádica musa y la tengo alimentada única y exclusivamente con reviews xD

ABMN: Muchas gracias por tu comprensión :) Muchas gracias por tus palabras de apoyo y que bueno que te guste esta cosa.

Anjiluz: No sabes cómo me halagas al decirme que mi historia se sale de lo típico, qué genial. La verdad yo también conozco esa sensación con los capis cortitos, a veces se vuelve una tortura, pero, bueno, esta historia así es; igual este está un poquito más largo, creo. Que genial que te haya hecho reír. Bonito día.

En serio, muchas, muchísimas gracias a todos por leer esta historia, no tienen una idea de lo que sus amables palabras significan para mí :3

Le dejo este capi y quedo a la espera de sus adorables opiniones. Un abrazote mega apachurrado para todas y todos.

¡Recuerden que los y las amo!