Ep. 7

Cosas asquerosas, cosas indecentes y cosas estúpidas.

No había sido nada del otro mundo: solo los labios de él sobre los de ella, con apenas un poco de presión. Nada más allá de lo que hubieran hecho de niños. Definitivamente nada del otro mundo.

Había besado muchas bocas antes, por supuesto. La mayoría de sus citas habían intentado besarla, y como a la mitad se lo había permitido. Había probado muchos tipos de bocas, muchos tipos de besos, y este era, de lejos, el más sencillo y simple.

Sí. El más sencillo y simple, y sin duda, el único que le había movido el piso, llenado de una sensación hormigueante el cuerpo y puesto las piernas de goma.

Era el único que la había hecho que se derritiera, por supuesto, sin contar los que había tenido de niña, que, coincidentemente, también habían sido de él. Y ni siquiera era que no se hubieran besado ya de adultos; sí que lo habían hecho la noche de su reencuentro; pero ella estaba medio borracha y él borracho y medio. Habían sido besos de "voy a mandar todo al demonio con esta loca"; Todo saliva y nada sentimientos. Así no sabían a nada.

Cerró los ojos, y sonrió.

No era el primer beso que iba acompañado de unas manos curiosas, pero generalmente abarcaban mucho más que estas. Aunque, estas, eran en definitiva MUCHO más directas.

Sí. El pequeño niño sin nombre (al menos ella no tenía ni p* idea de cuál era) le sobaba y apretaba la delantera como si se preparara el almuerzo.

Él la sintió sonreír, y, justo al momento que abrió los ojos, aún sin separarse de ella, sintió algo caliente y húmedo en su mano, y casi por reflejo se hizo para atrás, rompiendo por completo aquél mágico momento.

Arnold la miraba con los ojos muy abiertos y la boca a juego, y el pequeño granuja por primera vez desde que lo conocía, la miraba con una gran sonrisa desdentada de mejillas regordetas y ojitos azules y brillantes.

–Oh, Helga, lo siento tan…

Lo dejó a media frase. La chica se dirigió corriendo a su cuarto y se sacó la blusa mojada sin siquiera cerrar la puerta. El vómito blanco y apestoso había traspasado la tela, por supuesto, así que se sacó también el brassiere, y luego comprendió que tendría qué bañarse.

E inmediatamente cayó en cuenta, a su vez, que estaba haciéndole un striptease a sus invitados, pero de inmediato supo que el pudor le salía sobrando porque el rubio estaba de espaldas a ella sacándole la camisita al insolente y pequeño rufián, quién de nuevo (qué raro), había comenzado a llorar.

Se metió al baño y cerró la puerta, con el corazón aún acelerado. No quería ni imaginarse lo que hubiese sucedido si el pequeño mequetrefe no hubiera hecho su oportuna aparición en el momento, aunque, a menos que hubiera desaparecido mágicamente, dudaba mucho que hubiesen llegado muy lejos de todas maneras con un bebé en el medio.

Cerró los ojos mientras el agua le corría encima… De todas maneras eso había sido peligroso; muy peligroso.

¿Qué rayos pretendía ese tarado?

Arnold escuchó el agua correr, y sonrió. Si él corriera a bañarse cada vez que el pequeño lo vomitara, se acabaría al menos dos tinacos de agua todos los días.

-Listo, ya terminé –dijo al bebé mientras lo sentaba en el sillón, y este dejaba, a su vez, de llorar (o de quejarse, más bien) –Sí que la hiciste buena –le dijo en voz baja, mientras veía los grandes ojos abiertos de par en par del infante –¿Acaso eres un espía de tu mamá, o qué? –el pequeño sonrió (una sonrisa hermosísima que podría derretir glaciares) e hizo el sonidito más adorable del mundo mientras le daba una palmadita con su mano minúscula que, en comparación, hacía que la suya pareciera la de un gigante.

Suspiró. ¿Cómo se le ocurría intentar serle infiel a su esposa con el producto de ambos en los brazos?

Levantó al pequeño y se lo sentó en las piernas, al tiempo que él se sentaba en el sillón. Por todos los cielos. ¿Qué estaba haciendo?

La miró salir envuelta en una toalla sin siquiera voltear a verlo, y un rato después salió de su cuarto con ropa limpia y el pelo húmedo. Se cepillaba de una manera algo tosca y lo veía con el entrecejo fruncido.

–Lamento lo de hace un momento –le dijo.

–¿El beso o la vomitada?

–Ambos.

Ella resopló.

–No importa –dijo –, los bebés por regla general hacen cosas asquerosas y los hombres cosas estúpidas, así que… –ya no dijo más, simplemente se encogió de hombros.

Ninguno habló por un buen rato. Ella terminó de cepillarse el pelo y lo dejó sobre la mesita. El bebé se estiró para intentar agarrarlo mientras la baba le corría como si ese armatoste lleno de pelos fuera el mayor manjar existente sobre la faz de la tierra.

–¿Crees que fue una estupidez? –soltó luego de mucho pensarlo, después de asegurarse de que su vástago no alcanzase el cepillo.

–¿Cómo lo llamarías tú? –preguntó a su vez ella.

Ahora fue el turno del rubio para encogerse de hombros.

–No tanto, la verdad. Hacía siglos que no disfrutaba tanto un beso.

Ella pensaba igual, obviamente, pero no se lo dijo.

–¿Y qué sigue ahora? –Articuló en su lugar.

Él se removió, incómodo, en el asiento.

-No lo sé –respondió con sinceridad.

¿Qué seguía ahora? Si le hacía caso a sus pantalones, lo que seguía era tirarla sobre ese sillón y… bueno, primero habría qué acostar a Hunter en el porta bebé, dormirlo inmediatamente de alguna mágica manera, luego asegurarse de dejarlo en un lugar en que no fuera a verlos en caso de despertarse, pero que él sí pudiera verlo si se despertara… Ahora que lo pensaba, tendría qué ser en un lugar donde no le llegara el ruido, o tendrían qué ser ellos los que no hicieran ruido. ¿Tendría qué decírselo a ella, o sola lo comprendería? ¿Sería ella ruidosa, para empezar?

Maldita sea. ¿En qué estaba pensando, con esa inocente criatura en brazos?

¿Y qué lo hacía pensar que ella iba a estar de acuerdo con todo eso, en primer lugar?

La escuchó resoplar al tiempo que se cruzaba de brazos y apartaba la vista.

–Esto es muy estúpido, y lo sabes –soltó la ahora peli castaña.

…Pelo castaño, piel muy blanca y ojos azules. Vista así, ella parecía más la madre de Hunter que Shannon, que era pelirroja, pecosa y de ojos café verdosos.

–Tú deberías haber sido la madre de mi hijo.

Lo dijo sin pensar. Ni siquiera pretendía hablarle. Simplemente había pensado en voz alta, al parecer.

Volteó a mirarla mientras la cara comenzaba a arderle como una braza. Ella lo miraba con expresión atónita.

Un estrangulado "¿yo?" fue todo lo que pudo articular.

Él dio un gran trago de saliva, y asintió.

-Lo siento por la brusquedad, pero es algo que he pensado mucho últimamente –ya había hablado sin pensar; lo menos que le quedaba era ser sincero –si me hubiera casado contigo… si te hubiera encontrado unos años antes…

–Shannon aún no hubiera hecho nada de esto y tú te habrías puesto contento de encontrarme, me la habrías presentado como tu novia y le hubieses dicho que yo fui una amiga de la infancia, me habrías preguntado qué me hice sin que realmente te importara y cada quién habría seguido su camino. Eso es lo que habría pasado.

Arnold la miró con las cejas levantadas. No podía creer lo que acababa de escuchar.

–¿Y en tu hipotético mundo, querida ¿Qué habrías hecho tú? –se estaba enfadando.

–Habría seguido con mi vida, ¿Qué más? –Bien, su estado de ánimo se le estaba contagiando -¿O qué propones, que siguiera sufriendo por ti como lo he hecho desde el primer momento en que nos conocimos?

–¿Y crees que yo no he sufrido por ti?

–¿Qué es esto, una competencia?

–¡No! ¡Solo quiero que comprendas que aún te amo!

En ese momento pareció que le hubieran plantado un puñetazo en el rostro. Sus enormes ojos azules se humedecieron en el acto.

–¿Por eso te casaste?

–Lo hice para intentar seguir con mi vida.

–Eso es lo que intento yo también –le respondió ella, con la voz cada vez más estrangulada –Pero no sé por qué te empeñas en hacerlo todo aún más difícil. ¿Vas a dejar a tu esposa por mí? ¿Vas a renunciar a tu hijo; te conformarás con verlo una vez a la semana, si bien te va? ¿Eh? ¿Y por qué de repente estás tan decidido a tirarlo todo por la borda? Cuando hablamos aquí, en este mismo sillón, no hace ni dos días, no hablabas de otra cosa más que de lo que extrañabas a tu familia y lo que quería recuperarla. Te culpabas de lo que había pasado aunque no sabías ni qué era. ¿En serio cambiaste de idea tan rápido? ¿En serio crees que yo valgo todo esto? –Su rostro era una extraña mezcla de tristeza y enojo. Hizo una pausa para esperar alguna respuesta, pero una tonta mueca de obstinamiento fue todo lo que obtuvo a cambio –. Supongamos que firmas el divorcio –continuó, tratando de aterrizarle las cosas, a ver si así recapacitaba un poco –, supongamos que luego me caso contigo. ¿Y después, qué? Ya viste el desastre que soy: no sé cocinar ni un huevo, odio arreglar la casa y bebo todo el tiempo; además de que no duro viviendo en un lugar más de tres meses, jamás. ¿Qué vas a hacer; dejar tu trabajo y seguirme para vivir en pocilgas junto conmigo y dedicarte a coser y a dibujar junto al loco de Karlo todo el día? ¿Eso quieres? ¿Acaso crees que valgo tanto la pena, eh?

El bebé se había quedado dormido sobre sus piernas; al parecer, comenzaba a acostumbrarse a las discusiones, pero él, no. Aún no sabía por dónde empezar de toda la perorata que acababan de soltarle.

Tenía razón. Ella tenía razón en todo lo que decía. Ya había considerado algunas cosas, otras, no. Y aún así, solo con mirar su hermoso rostro a punto del llanto lo hacía querer tirar todo por la borda.

Sí. Que Dios lo perdonara, pero hasta el convivir normalmente con su hijo. Al fin de cuentas, era algo que había tenido que ir aceptando desde que había comprendido que Shannon se volvía cada vez más y más molesta. Cada vez dudaba más que fuera la mujer con la que quisiera vivir. ¿Qué, iba a luchar por su matrimonio solo para tener cerca a su hijo? ¿Y cómo iba a crecer su hijo en esas circunstancias? ¿Qué iba a aprender de las relaciones sentimentales y el matrimonio? ¿Qué era algo que las personas hacen por obligación y rutina?

No quería volver con Shannon; la quería a ella. Qué más daba si tenía que contratar a alguna persona para que hiciera el aseo en la casa. ¿Y que bebía? Dejaría de hacerlo una vez que fuera feliz con él. ¿Y su estilo de vida? Ya verían quién mandaría todo al demonio por el otro, o encontrarían un punto intermedio, pero no se separarían por eso.

Ella lo miraba esperando una respuesta, y él no sabía cómo acomodar todo eso en su boca sin sonar como un loco desesperado.

–Haremos que funcione –fue lo que dijo, en su lugar –porque te amo y yo sé que me amas, y porque todo parece muy complicado ahora pero las cosas se arreglarán con un poco de paciencia.

Ella sonrió amarga, cansadamente.

–Eres un tonto optimista, igual que antes –soltó –pero cuando eras niño tenían más sentido las cosas que decías.

Él sonrió también, dejó al bebé con cuidado sobre el sillón y se arrodilló frente a ella, mientras la tomaba de las manos.

–Mi vida era genial entonces, y sencilla –le dijo –, ahora tengo problemas de adulto y necesidades de adulto. Pero una cosa sí te digo: lo que siento por ti no ha cambiado nada… déjame demostrártelo, por favor.

Miró cómo la piel de sus brazos se erizaba; miró lo impactado en sus ojos. Sintió el repentino temblor en sus manos, y miró la lágrimas al fin correr por sus mejillas.

–Quisiera creerte –le dijo ella con la voz ahogada –pero creo que estás muy, muy confundido y lastimado. No sabes lo que dices.

–Se lo que siento.

–A veces el sentir no lo es todo… tienes que escuchar a tu cerebro.

–Lo hago –le dijo –escucho a mi cerebro, a mi corazón, a mi piel y a mis huesos. Todo me grita que te escoja a ti. Aún si hubiera estado bien con ella… Aun cuando estaba bien con ella –se corrigió, dando una leve sacudida a su cabeza –siempre fuiste tú… pero tú habías desaparecido y yo no soportaba tener el corazón roto por más tiempo.

Helga resopló. Conteniendo por nada una irónica risita. Así que por eso había pasado todo. Él levantó la ceja un poco ofendido e iba a preguntarle qué era lo gracioso de todo eso cuando sintió vibrar el celular en la bolsa del pantalón.

"El trabajo". Ni siquiera necesitaba verlo. Lo sabía. Menos mal que le había quitado el sonido para evitar que pudiera despertar a su bebé en caso de que estuviera dormido cuando sonara, como había sucedido. Pero debería de haberlo apagado para que no lo interrumpiera en medio de su ardiente confesión, pero claro, la parte de la confesión no la había previsto.

–¿No vas a responder? –preguntó ella, que había escuchado el zumbido.

–No.

–¿Y si es Shannon?

–¡Al diablo con Shannon!

–¿Y si es el trabajo? –alzó una ceja.

–También.

–¿Seguro?

El teléfono se quedó quieto, y luego sonó otra vez.

La maldita exposición nueva. Algo había pasado con una de las piezas, seguro. Si dañado alguna de las piezas prestadas podía haber hasta un conflicto diplomático entre países. ¿Qué no había otra persona competente en ese maldito lugar más que él? ¿Para qué servía el idiota del director? Para delegarle todo a él, por supuesto.

Resopló. De repente Karlo y sus agujas no le parecían tan mala idea.

El celular se calló y volvió a sonar, de nuevo, inmediatamente.

Lo sacó de su bolsillo de un movimiento brusco luego de ponerse de pié y respondió increíblemente irritado. Y sí, era el museo. Y no, no habían roto ninguna de las antiquísimas figurillas sumerias, pero sí faltaba una que él mismo había inventariado.

¡Demonios!

–Tienes que irte, ¿verdad? –adivinó la otrora rubia con semblante fastidiado, luego de que el aún rubio colgara el teléfono y se le quedara mirando.

Asintió.

–Y necesitas que cuide al bebé.

Volvió a asentir.

–No.

Lo sabía.

–Por favor –dijo –está dormido, soltó, con la expresión más conciliadora de su arsenal.

–Estaba dormido la vez pasada –soltó ella –…al principio.

–Sólo serán unos minutos –le rogó.

–¿Cuántos?

–Unos veinte… –respondió inmediatamente –o ciento veinte, no lo sé –. No le iba a mentir.

–¡Lo sabía!

–Te lo compensaré, lo juro!

–¡No!

Ella se había puesto de pié también, él la tomó por los hombros.

-Por favor, Helga, te lo suplico.

–¿Es en serio, Arnoldo? ¿Para eso hiciste que Karlo me corriera?

–Son estatuillas sumerias, Helga. No pueden extraviarse, simplemente no pueden –le respondió con aire compungido, como si eso lo explicara todo.

Maldita sea. ¿Cuántos años habían pasado? ¿Quince? ¿Veinte? Y aún seguían, esos ojos, dejándola sin defensas en menos de lo que duraba un parpadeo.

–Con un demonio –lo miró con el entrecejo fruncido –. Lo haré, pero con una condición –. Soltó finalmente, derrotada.


Sí, siglos sin actualizar, y lo lamento. Ahora sí fue por problemas técnicos. Para disculparme, les dejo dos capis juntitos :3

Sipi, hay otro esperándolos, así que ¡A leer! (O no, es su elección, jejeje…)

Les recuerdo formalmente que los y las amo ;)