Antes que nada, subí dos capítulos juntos; ¿Ya leyeron el anterior?

Si ya lo leíste, ahora sí:


Ep. 8

Un buen equipo.

Esa sonrisa amplia, dilatada, extraña, que hacía siglos no miraba apareció entonces. Tuvo que darse vuelta porque sentía que la cara comenzaba a encendérsele como una braza, y no le quedó otro remedio que tomar al mocoso en brazos para justificar su súbito movimiento.

–Por supuesto –lo escuchó decir tras ella. El repentino ánimo de su voz, y el saberse responsable por este, la hizo sonreír aún sin proponérselo.

–Que me prestes tu auto –le respondió, ya con el bebé en brazos –. Tal vez Karlo me deteste menos si le lleno la despensa; En la mañana no le quedaba más que café y un sobrecito de mostaza, así que cuando salga de su nube y su estómago le recuerde que necesita mantenerse vivo, me verá llegar con muchos alimentos y eso reavivará su amor por mí… o eso espero.

El rubio asintió, ahora con una tierna sonrisa en el rostro, mientras el pequeñuelo, que acababa de despertarse ante el súbito cambio de locación, demostraba su acuerdo dándole una palmadita a su nueva nana en el pecho izquierdo.

Se acercó un par de pasos y le pasó las llaves.

–¿Te molestaría dejarme en el museo primero?

–Estás abusando de tu suerte, Arnoldo, pero está bien, vámonos –. Dijo al tiempo que le arrebataba las llaves y se adelantaba. Encantado, el otro la siguió con paso ligero y una embelesada sonrisa.

Abrió el auto, y ya que ella traía al bebé en brazos, se ocupó de una vez en ponerlo en su pequeño asiento de mocoso.

–¿Necesitas ayuda? –lo escuchó preguntarle sobre su hombro, y el ligero tono de preocupación en su voz la irritó bastante.

–No es física cuántica, cabezón; puedo arreglármelas yo sola.

El otro la dejó hacer sin volver a entrometerse, pero lo vio inspeccionar cuidadosamente su trabajo por el espejo retrovisor cuando se sentó en el asiento del copiloto.

–¿Estás bien con manejar estándar? –inquirió el susodicho súbitamente.

Helga soltó un bufido.

–Aunque la palanca de cambios pueda parecer un reto demasiado grande para mi pobre e inferior cerebro femenino, puedo arreglármelas yo sola, lo juro –el dejo irritado era cada vez mayor.

Ahora fue el turno de él de suspirar.

–No lo decía por eso, es que Shannon…

–¡Ah, no! –lo interrumpió ella, cada vez de peor humor –te soporto que dudes de mi capacidad para cerrar un broche o distinguir entre las velocidades, pero si comienzas a compararme con la inútil de tu esposa, se acabó el trato y vas a tener que arreglártelas solo.

Volteó a mirarlo con la cara encendida pero ahora de rabia, sin embargo se le derritió inmediatamente al toparse con las claras y limpias agua en calma de sus ojos.

–No dudo de tu capacidad para nada, en lo absoluto –soltó con el más poderoso de sus tranquilizadores discursos, mientras le ponía una mano sobre la mano que tenía en la palanca –¿crees que dejaría a Hunter contigo si dudara de ti de alguna manera?

"Pues no pareces muy seguro de mí, de hecho". Pensó, pero en vez de eso le soltó un "entonces déjame hacer" mientras daba reversa a toda velocidad y lo veía ponerse tieso en su asiento, mientras el pequeño mequetrefe "Hunter" soltaba una risita acompañada de una burbuja de saliva. Comenzaba a sospechar que todo lo que había hecho "cool" a Arnold alguna vez, había terminado pasándosele a su hijo… claro, si es que su hijo en verdad era… En fin. Ese no era problema de ella.

El tráfico estaba un poco denso a esa hora, y los conductores se desvivían por adelantar todo lo posible a sus competidores (sí, esto parecía más una carrera que cualquier otra cosa), sólo para quedar un par de metros más adelante atrapados en el semáforo con el resto de perdedores. Helga lo sabía, se burlaba de ellos por su estupidez, pero no por eso dejaba de participar en esa carrera sin sentido. No había como ver rabiar al tipo que no pretendía dejarla pasar, y que aún así, se las ingeniara para ponérsele enfrente.

–¡Rojo! ¡Rojo!

–¡Ya lo sé! –una frenada un tanto brusca y estaban a salvo del semáforo y, al parecer por la actitud de él, su malvada barrera invisible que los haría mier… si se pasaban el alto –¿No que tenías prisa por llegar a tu adorado museo? –. Agregó.

–Sí, pero recuerda que traemos un bebé –repuso él al tiempo que volteaba a ver al susodicho, quien lucía más que feliz ante todo el alboroto.

–¿En serio? –repuso ella –porque parecería que le das más importancia a tus estúpidas estatuillas sumerias que a él.

Lo miró voltear a verla con algo muy parecido a la furia brillando en sus ojos, pero así como apareció, se fue, para dar paso a una expresión que, aunque quería lucir ofendida, se veía más bien acongojada.

–Yo… lo siento –masculló ella, apenada –, yo no…

–Ya está el verde –la interrumpió ahora él, mientras desviaba la mirada hacia la ventanilla.

Puso en marcha el auto de nuevo ahora a una velocidad moderada, mientras veía de reojo al pequeño que comenzaba a dar cabezadas mientras bostezaba, totalmente ajeno al repentino cambio de ánimo de los otros ocupantes del vehículo.

Arnold no volvió a decir nada durante el resto del camino y ella, en el último segundo antes de detener el auto para dejar a su copiloto en su centro de trabajo, mientras miraba, ya por reflejo, al pequeño ocupante del diminuto asiento de atrás, ahora profundamente dormido, tuvo el fugaz pensamiento de que así se debería sentir tener su propia familia.

Abrió la puerta y se bajó, y antes de cerrarla, se asomó a mirarla y le sonrió.

–Yo soy el que debería disculparse –le dijo –, estás haciéndome un favor y yo todavía me pongo a criticarte. Lo lamento.

–Prometo conducir con cuidado, asegurar bien al bebé en la sillita y cuidarlo mucho mejor de lo que me cuido a mí misma –juró solemnemente mientras levantaba una mano.

Repentinamente él sonrió, se recargó con una mano en el asiento ahora vacío y con la otra la tomó por la nuca y la atrajo hacia sí para plantarle un suave beso en la frente.

–Yo sé que sí –le dijo sonriente una vez que la soltó, pero sin acortar su distancia –. Te debo la cena –, agregó para después marcharse a toda velocidad hacia el interior del edificio.

–Idiota –masculló a su espalda que se alejaba cada vez más mientras subía las enormes escaleras de piedra –, lo que quiero es que me dejes trabajar y ya no me quites el tiempo.

Sí, eso dijo, pero sabía que se iría de cabeza con él en cuanto se lo recordara esa noche.

–Muy buenas tardes, señora, ¿conoce usted la nueva leche para bebés de la marca *nombre de marca famosa de productos de bebé*? Cuenta con todos los requerimientos nutricionales que necesita su pequeñín, además de probióticos que ayudan a…

Bla, bla, bla. La mujer sacudía la estúpida lata frente a su cara mientras le recitaba un discurso sobre los probióticos y megabióticos y superbióticos y quién sabe qué más, y que de seguro ni ella misma entendía, mientras el bebé, sentado en la sillita del carrito de super, soltaba prodigiosas cantidades de baba mirando como hipnotizado la lata y ese pequeño sonajero adherido a ella como regalo y al que parecía rogar con toda su diminuta existencia por hincarle los inexistentes dientes.

–Lo siento, pero no…

–De hecho, tenemos una política de satisfacción al cliente en la que si no está satisfecha con…

Bla bla bla, y no parecía querer dejarla pasar hasta que agarrara una estúpida lata.

Podía hacer lo que el resto y seguirle la corriente, agarrar una y dejarla en el siguiente pasillo, pero al ver la inmensa cantidad de baba del pequeño y la forma casi hipnotizada en la que la miraba, decidió algo más divertido.

–Le aseguro que esa cosa no satisface las necesidades nutrimentales de mi bebé –soltó, lo más seriamente que pudo.

–Le aseguro que…

Iba a empezar de nuevo cuando Helga la interrumpió:

–Es que esta criatura sólo come carne cruda.

–… ¿Eh?

La miró, confusa, seguramente esperando la sonrisa, la palmadita al aire y el "es una broma" que exigía una situación de esa naturaleza, pero lo único que obtuvo de esos grandes ojos azules fue una gélida mirada de regreso. Pasaron un par de segundos de absoluto silencio, y fue glorioso ver como el asombro mezclado con perpeljidad y una pizca de creciente horror la dejaba -por fin- sin palabras.

–Sí –asintió Helga, rompiendo por fin el pesado silencio mientras fruncía un poco la boca, con la mirada clavada en la pequeña y revuelta cabellera castaña del aludido –seguro fue por culpa de ese ritual que hicimos durante su alumbramiento… ¿O habrá sido el de su concepción? –Se encogió de hombros; –la verdad es que pretendíamos darle poderes sobrehumanos, pero creo que se le metió algo –negó mientras dejaba que un ligera y fingida expresión de pesar se asomara a su cara –… Pero qué más queda que amar a nuestros hijos, aún con sus peculiaridades, ¿no? –y le revolvió con un fingido estremecimiento los finos cabellos alborotados.

Los ojos de la mujer se dilataron mientras los miraba, confusa, y el pánico al fin apareció cuando, por primera vez desde que lo conocía, el pequeño rufián soltó una carcajada llena de babas, mientras estiraba sus manitas tratando de alcanzar las manos de la odiosamente insistente vendedora, que al fin se hizo a un lado mientras la otra, aprovechando que ahora tenían el camino libre, retomaba el paso, y el pequeño Hunter, con la cabeza torcida hacia donde se había quedado la ahora petrificada mujer, seguía mirándola y carcajeándose mientras la baba le escurría cada vez más.

No fue hasta tres pasillos más adelante que Helga detuvo el carrito para limpiarle las babas al pequeñuelo con una toallita que sacó de la odiosamente estorbosa pañalera (ya que vio que no sería suficiente tuvo qué cambiarle de camiseta), mientras soltaba la carcajada, provocando que el otro volviera a reírse.

–Tú y yo hacemos un gran equipo –le dijo al ahora sonriente bebé, mientras tomaba una de las tantas latas con el sonajero abandonadas y se la pasaba al nene –. Toma –le dijo mientras se la ponía en el regazo –, te la ganaste con creces.

oOo

-Tenía catorce años en ese entonces.

El humo del cigarrillo enmarcaba sus enormes y expresivos ojos castaños mientras una tenue sonrisa se asomaba por las comisuras de su pequeña boca de finos labios. Parecía embelesado ante el recuerdo de una Helga adolescente enfundada en un uniforme de heladería.

-Recuerdo que me dio la bienvenida con una increíblemente falsa sonrisa (casi daba miedo) y me preguntó qué iba a llevar, yo le respondí: "Quiero saber tu nombre" y ella dijo "eso no está en el menú" –sonrió aún más –ahí me dije "es ella, definitivamente es ella". Tenía buscando una modelo todo el día. Verás: había estado tan ocupado con el lanzamiento de mi colección, que había olvidado ese tonto catálogo, te imaginarás mi sorpresa cuando chequé mi agenda y me di cuenta que tenía qué entregarlo en tres días. ¡Tres días! –soltó un suspiro mientras paseaba la mirada por el techo de la habitación –Y lo peor es que no podía simplemente cancelarlo, porque ya me lo habían pagado y me había gastado el dinero, y tampoco tenía ya nada para reponerlo, (en ese tiempo, debo admitirlo, pasaba por una leve crisis económica), así que tenía qué encontrar una modelo que no costara mucho, así que no podía acudir a las profesionales, pero tampoco podía tomar a una chica cualquiera –negó suavemente con las manos y con la cabeza –porque mi reputación estaba en juego, –agregó, llevándose una mano al pecho –así que había estado en una encrucijada terrible hasta que repentinamente me encuentro en la heladreía más "equis" del mundo a esta extraña ninfa de enormes ojos y aún más enormes cejas, que además contrastaban magníficamente con su cabello, y esa cara fresca y a la vez malvada; esa nariz, esos labios…

Se recargó en el asiento para darle una gran calada al cigarro, que terminó por extinguirlo, retorció la colilla en el cenicero y volteó a mirarlo con una dilatada sonrisa en esa boca minúscula de grandes dientes en ese momento forrados de humo. Sus ojos chispeaban.

–Le dije que quería una nieve de vainilla bañada de chocolate y se retiró a cumplir mi orden, y ahí aproveché para echar un vistazo a su complexión; ya había notado que era alta y delgada, pero quería ver el resto de su cuerpo, y comprobé que tampoco estaba mal –Gesticulaba cuando hablaba, sonreía o fruncía el ceño según lo ameritara la situación. Era un gran contador de historias, en definitiva –, tal vez un poco demasiado delgada para el gusto común, pero perfecta para mí. Cuando regresó le pregunté su edad y me dijo que la pregunta correcta era el precio del helado –sonrió mientras rodaba ligeramente los ojos –, pero un tipo, que parecía el jefe ahí, le dirigió una mirada nada amistosa y ella entonces me respondió entre dientes que diecisiete. Por supuesto que no le creí, su cara era casi la de un bebé aunque estuviera tan alta. Tal vez el tarado que la contrató ahí se la creería pero yo no. Yo conozco de edades; la mayoría de las modelos son casi niñas cuando comienzan en esto.

Sacó otro cigarrillo del empaque y lo encendió.

–No te molesta que fume, ¿verdad? –preguntó como a la pasada y ni siquiera esperó su respuesta cuando continuó (tanto su relato como si ingesta de humo, por supuesto): –luego le pregunté cuánto le pagaban ahí, ella dijo "una miseria" y yo le dije que le pagaría lo de tres semanas por una sola tarde de trabajo conmigo –sonrió mientras levantaba las muy perfiladas cejas –. Ya me imagino lo que pensó, porque me miró de una manera que incluso el encargado se acercó a ver qué estaba pasando. ¿Te imaginas la escena? Un hombre de cuarenta y tantos años mirando insistentemente y haciéndole preguntas personales a una jovencita y luego ofreciéndole dinero –una risita contuvo su relato por un tiempo, y Arnold se preguntó si no habría terminado en la comisaría, o al menos en las oficinas de seguridad del centro comercial –. Tuve que sacar una tarjeta de presentación –continuó él – y mostrárselas (más al hombre que a ella) y decirle que necesitaba una modelo para una sesión de fotos de ropa común y corriente para un catálogo de la tienda… no recuerdo el nombre de la tienda, pero era bastante conocida por esos rumbos, el hombre dijo: "A ella no le interesa eso, gracias". Pero los ojos de Helga chispearon y le dijo "Habla por ti" –imitó la voz de la chica bastante bien, con todo y sus gestos. En serio que este tipo la conocía –y luego se me acercó y me dijo: "Acepto, pero llevaré a mi papá". Le respondí que por mi podía llevar a toda su familia, y que de todas maneras no podía ir ella sola porque necesitaba que llevara un tutor para que firmara un permiso para dejarla trabajar, así fue como le di la dirección y quedamos de vernos una hora después de que terminara su turno.

–Dos horas después estaba en mi pequeño departamento acompañada de una chica con la que saltaba a la vista el parentesco, pero que, a la vez, no se parecían casi en nada. Avanzó a grandes zancadas hacia mí mientras Helga se quedó en el umbral de la puerta mirándola con cara de pocos amigos y brazos cruzados.

"Hola, soy Rebeca, su hermana"–También la imitó bastante bien, aunque, si mal no recordaba, la hermana de Helga se llamaba "Olga", pero dejó pasar ese detalle de momento –. Me dijo con su dulce vocecita perfectamente fingida y extendió una mano mientras me miraba fijamente. ¡Oh! Conocía esa mirada. Estaba esperando que le dijera, anonadado, que mejor le tomaba las fotos a ella. Conozco a las de su clase –una ligera mueca de desprecio surcó momentáneamente sus facciones –. Están tan acostumbradas a ser idolatradas por el vulgo que piensan que también harán que los artistas caigan a sus pies. Vaya tontas. Las conozco a todas ellas, y puedo reconocerlas a kilómetros de distancia. Mira, no te voy a negar que la mayoría son bonitas, y en su caso, ella lo era, y mucho. Pero su belleza era bastante común- dio un ligero manotazo al aire –, casi básica: Facciones finas, armónicas; casi perfectas. Qué fastidio. Su hermana, por otra parte –al fin pareció volver de su ensueño y clavó los ojos en él –: Ella era fuego, pasión, insolencia. Tenía rasgos grandes, fuertes; imponentes. Toda ella era como un volcán, nada qué ver con la insípida florecita de su hermana mayor. A la cual solo volví a dirigirle la palabra para que firmara el permiso.

Sacudió ligeramente la cabeza y continuó:

–Batallé menos de lo que pensé para tomarle las fotos, pensé en ese momento que casi parecía una profesional, -otra risita –vaya tonto que fui. En fin; para no aburrirte con tanta cosa, el punto es que el catálogo fue entregado a tiempo y a los encargados les gustó tanto que me preguntaron si podía hacer el siguiente catálogo con la misma chica; yo les dije que tal vez, pero que tuvieran la seguridad de que ya no les saldría tan barato porque para cuando sacaran el siguiente, ella sería una profesional famosa y les cobraría una fortuna (y yo también, porque para entonces ya habría salido de mis problemas financieros, aunque, claro, eso no se los dije). Se rieron porque pensaron que era una broma, pero vaya que fue real. ¡Oh! –levantó una ceja –Pero parece que ahí viene la susodicha, así que si quieres saber el resto de la historia, tendrás que venir otro día que no esté ella, porque me ahorcaría si sabe que le estoy contando su historia a alguien, y ni vayas a decirle que te lo dije, por favor. Ella cree que me teme, pero yo soy el que está constantemente horrorizado de ella.

Otra risita y la puerta se abrió. En efecto: era Helga con el pequeño Hunter en brazos, profundamente dormido y con una sonaja fuertemente agarrada en sus pequeñas manecitas, y a su lado un pobre chico de no más de quince años que parecía una palmera en pleno ventarrón, doblado bajo el peso de tantas bolsas de supermercado que venía cargando.

Arnold se apresuró a ayudarle con casi todas y el muchacho pareció recobrar el color de su cara mientras le lanzaba una agradecida mirada.

Karlo se puso de pie de un brinco.

–¡Mi amadísima Hellene! ¿Pero qué es todo esto?

–Mi ofrenda de paz –le respondió ella con una sonrisa ladeada –. Te intercambio comida por trabajo, ¿aceptas?

Por toda respuesta, el hombre le dio un suave abrazo a la altura de los hombros para no incomodar al bebé y le dijo algo al oído que la hizo reír, luego ponerse roja.

Casi pegó un brinco cuando el chico que venía con ella le preguntó: "¿Puedo retirarme?"

Helga asintió, le dio un billete y las gracias y el chico salió de ahí a toda prisa, e iba a cerrar la puerta cuando Karlo la detuvo.

–¡Ah, no! –exclamó –Ni lo sueñes. ¿Qué te dije?

–Pero Karlo…

–¡Sin peros! Largo de aquí.

Y sin mediar otra palabra volvió a sacarlos a empujones a ambos, y luego le gritó tras la puerta cerrada:

–¡Pero aquí te quiero mañana tempranito, sin pretextos!

–¿Y ahora qué pasó? –preguntó él.

Helga se encogió de hombros.

–No me quiere aquí por hoy. Creo que me iré a mi departamento.

–Pero creí que iríamos a cenar –soltó el rubio algo decepcionado.

–Sí, lo mismo me dijo él –le respondió ella –, pero estoy muy cansada para ir a un restaurante, Arnold –soltó mientras le pasaba con mucho cuidado al bebé.

El aludido se encogió de hombros.

–Pedimos que nos lleven la comida a casa.

–¿Tu casa?

Él asintió.

La otra resopló, desganada; resignada, tal vez.

–Al menos asegúrame que no se aparecerá tu mujer de nuevo.

El rubio sonrió.

–No lo hará, y en el hipotético y casi imposible caso de que lo hiciera, te juro que esta vez no estarás sola. Ya hice todos los preparativos y metí la colección a la bóveda para que nadie vaya a tocarlas hasta que llegue yo mañana.

Helga lo miró sin mucha convicción pero se limitó a seguirlo escaleras abajo. Podría haberle dicho que, cuando llegó, se volvió a hacer el recuento y que, en efecto, las estatuillas estaban completas, así que él les había dado tamaña regañada a todos que estaba seguro de que no volverían a molestarlo al menos en una semana, así el museo estuviera incendiándose. Pero no podía hacerlo porque entonces tendría qué explicarle que se había ido directamente con Karlo a esperarla a que llegara, pero también para preguntarle algunas cosas que aún no se atrevía a preguntarle a ella, como el cómo era que ella, luego de su repulsión a ese medio cuando niña, terminara tan metida en él de nuevo. Aunque la pregunta que en verdad lo carcomía era qué había pasado esa noche de verano, hacía ya tantos años, que había cambiado tan violentamente el curso de sus vidas.

¿O debería mejor preguntarse qué iba a pasar esa noche?

El estómago se le revolvió exageradamente fuerte, e iba a comenzar el debate moral interno de nuevo, cuando decidió dejar de pensar en eso y mejor recordar cuál era el mejor restaurante de comida para llevar que recordara, después de todo, conocía varios, porque Shannon nunca había sido muy afecta a cocinar que digamos… ¡Y un demonio con Shannon! no era momento de pensar en ella, ¡rayos!


Lamento, de nuevo, el retraso. Tuve problemas técnicos, el acceso a internet a cuentagotas, nuevos proyectos personales… en fin. Sí he estado trabajando en mis historias, pero no he podido actualizar como quisiera.

Como sea, aquí están mis actualizaciones. Los agradecimientos personales se los debo hasta que tenga internet en la comodidad de mi hogar, de igual manera ya saben que sus opiniones son las que mantienen respirando a mi malvada y voluble hada de la inspiración, así que si me quieren dejar review, se los agradeceré en el alma y luego por escrito.

P. D. Si me dejan uno de cada capi, no me enojo, jejeje… ;)

¡Ya saben que los y las amo con locura! ¡Nos leemos!