Disclaimer applied.
SWEET DRUG
IV
Show me the scary parts
"I know that you feel me, you're
runnin', runnin', runnin', runnin'.
Making the rounds with all your fake friends.
Runnin', runnin' away from it.
You can strip down without showing skin".
Desde unas semanas atrás, era común ver una sonrisa en Ayase Sakura, la pequeña tercera base que ya superaba el mes de noviazgo con el pitcher zurdo, Narumiya Mei. Ella, con un nuevo peinado cada día, llegaba alegre a clases y, por supuesto, era más feliz cuando veía a su novio durante el almuerzo.
Incluso más tarde, cuando llegaba la hora del entrenamiento, Sakura dejaba relucir toda su capacidad y entregaba todo su esfuerzo para alcanzar esa meta que sus superiores le impusieron. Llegaría al primer equipo ese año, tenía que hacerlo.
Así, Mei se sentiría orgulloso de ella y la admiraría más de lo que admiró a Harada Annaisha. Si conseguía mejorar incluso más que ella, si conseguía superar en el ámbito del bateo además…
El sonido de un largo batazo detuvo el entrenamiento de todas por un momento. Quien estaba en la caja de bateo en ese momento era la cátcher titular, que sonreía apenas, orgullosa de esa pelota que golpeó el extremo de la barda del jardín izquierdo.
—Algo atrasado, pero bueno —musitó Annaisha.
—¡Eso fue como mínimo un doblete, Harada-san! —exclamó la nueva estudiante de intercambio, pitcher, Kang So-hee. Su japonés no era para nada un problema, mas su pronunciación a veces hacía difícil la comunicación.
—¡Tienes que decirnos cómo conseguiste mejorar así, Isha! —exclamó la primera base.
Anna se dedicó a sonreír y a pedir otro lanzamiento. Por supuesto, la lanzadora coreana se negó a hacerlo hasta que revelara su secreto.
—Dijeron que no sabías hacer más que rolas al cuadro —reclamó ésta.
—¿Fue un entrenamiento especial? —insistió la segunda base.
—Algo así, recibí algunos consejos de alguien del equipo de béisbol. Eso fue todo —respondió Anna antes de golpear el home con el bat, presionando a la pitcher.
—¿El equipo de béisbol? —musitó Sakura.
—¡Debió ser Narumiya-san! —exclamó alguna.
—¡Por supuesto que fue Narumiya! ¿Qué otro miembro del equipo de béisbol se le acercaría?
—¡Silencio todas y a entrenar! —espetó la capitana, Minako Takei.
A Sakura, empero, no se le escapó la minúscula sonrisa de Anna al volver a batear. Entonces era cierto… Narumiya Mei, su Narumiya Mei la ayudó a mejorar. A ella, a la que lo rechazó en más de una ocasión, a la mujer que menos lo valoraba.
¿Por qué? ¿Cuándo?
Para cuando la práctica concluyó, Sakura apenas podía pensar en otra cosa que no fueran esas buenas demostraciones al bat de la cátcher. Y de lo que su sonrisa significaba.
Sakura se percató de que Anna solía quedarse más tiempo en la bañera que otras de sus compañeras. A veces, incluso tenía el atrevimiento de poner su propia música en el reproductor; como si se tratara de la dueña del lugar, como si todas disfrutaran de lo que ella escuchaba.
Pero esa tarde, la tercera base se encargó de quedarse a solas con Harada en la bañera. No quería que nadie escuchara su conversación, no quería que nadie se burlara de ella al día siguiente o que alguien le contara a Mei al respecto.
—Me gusta mucho el soundtrack de Majora's Mask para después de un largo entrenamiento —mencionó Anna—. Es relajante, ¿no lo crees? —cuestionó cerrando los ojos.
Sakura no se molestó en prestarle atención a la extraña melodía que ambientaba la situación. Entre más conocía a la afamada cátcher, más la detestaba. Egoísta hipócrita.
—No tienes que fingir conmigo, Harada —contestó ella—. Y ahora que estamos solas, háblame de ese entrenamiento especial con mi novio.
Anna abrió los ojos, apenas un poco.
—No fue nada especial, pierde cuidado. Sólo me dio un par de consejos —aclaró.
—¿Te tocó? —Anna la miró ya con los ojos completamente abiertos, un tanto asombrada— Así que lo hizo. Y tú lo permitiste, maldita zorra.
—No fue nada de eso; por favor, no lo malinterpretes. Sólo tocó mis hombros y mi cintura. Necesitaba acomodar mi postura, eso es todo. Jamás permitiría que me tocara de otra forma; yo respeto su relación.
—Y una mierda. ¿Por qué tenía que tocar tu cintura? ¿No podía enseñarte a base de la imitación o acaso querías que pusiera sus manos sobre ti?
—Fue por mi postura, ya te lo dije. Y en todo caso, no creo que yo sea la culpable. Si no confías en tu novio, no es mi problema.
—Ah, entonces buscas que me pelee con Mei. Ésa es tu jugada, perra.
Anna suspiró. No era la primera vez que la insultaban por un malentendido, pero tampoco le agradaba mucho que lo hicieran. Y parecía que Sakura era especialmente celosa.
—Si te soy honesta, no me importa —contestó mientras se ponía de pie y salía de la bañera—. Pero me gustaría que tú sí valoraras a Narumiya-kun. Nos vemos después, Ayase. Buen entrenamiento. —Se despidió una vez con la toalla enrollada en su cuerpo.
Sakura la miró de pies a cabeza. Además de todo, esa chica solía presumir su cuerpo cada vez que tenía la oportunidad. Pantalones ajustados que resaltaban sus glúteos, blusas entalladas… Ni siquiera poseía el mejor cuerpo del instituto; su copa B no sorprendería a nadie.
Al menos, Sakura estaba segura que en cuanto a curvas, ella la superaba. Y Mei lo disfrutaba, por supuesto que sí.
.
De vez en cuando, Seiya encontraba una forma para que Anna lo ayudara a tareas que en realidad le pertenecían al Consejo Estudiantil o, en ocasiones, al profesorado. Anna estaba acostumbrada a que su mejor amigo hiciera algunos favores para ganarse la simpatía de la autoridad; ella sabía que él era un excelente manipulador y que su inteligencia no sólo radicaba en los números de sus boletas. Si estaba o no de acuerdo con lo que él hacía, estaba de más; lo cierto era que la posición de Seiya muchas veces la benefició a ella misma.
Así que, cuando él la invitó a almorzar en una de las mesas afuera de los edificios principales, ella adivinó que se trataba de una tarea pendiente de la cual nadie debía saber. Mas no esperó que se tratara de algo tan especial…
—¿No nos pasará nada si nos ven calificando los exámenes de los de tercero? —cuestionó Anna comparando las respuestas de dos pruebas de Historia Universal.
—Por eso te traje aquí, nadie viene a esta zona. De cualquier forma, las preguntas cambian en cada prueba. No es como si pudiéramos hacer trampa siquiera —respondió Seiya sin darle real importancia—. Por supuesto, no te recomiendo que le cuentes esto a tu querida amiga Suzume.
—Creí que ella te agradaba.
Seiya se alzó de hombros.
—No me desagrada, pero no me gusta su insistencia con Narumiya y sus relaciones. ¿Qué intenciones tiene al hablarte de ello?
—Le gusta ver mis reacciones, supongo. Quiere verme celosa.
El chico dejó de calificar y miró a Anna. Días atrás, le mencionó que Narumiya la ayudó a mejorar su postura para batear; sin pensar siquiera en las intenciones ocultas por las cuales el pitcher pudo ayudarle. Era demasiado ingenua…
—No confío en ese jugador.
—Sí, ya lo has mencionado unas veinte veces —contestó Anna entre un suspiro.
—No me gusta que se te haya acercado tanto esa noche. Sobre todo porque dijiste que te tocó —advirtió sin alterar su tono sereno.
Anna hizo un mohín.
—¿Por qué todos lo ven de esa forma tan pervertida? Sólo estaba ayudándome a mejorar mi postura; no fue nada malo.
—Claro, tomarte de los hombros es una cosa; ¿pero acariciar tu pierna? Ni siquiera yo me he atrevido a tanto. Pásame ese montón.
Seiya no sólo preguntó hasta el hartazgo por los detalles de esa noche, también se encargó de memorizar cada gesto de Anna al contarle. No olvidaba, sobre todo, ese ligero sonrojo cuando le contó del dedo de ese estúpido pitcher en su pierna. Maldito abusivo.
—No inventes cosas, él no me acarició nada —espetó Anna tomando el fajo de hojas al que Seiya se refería—. Narumiya-kun tiene novia, no lo olvides.
—Y esa novia no eres tú; no tiene por qué pasar tiempo en la noche contigo, ¿sabes? Sólo te dará mala reputación. —Pasó su mirada ante los exámenes en sus manos, como asegurándose de que estuvieran bien calificados— Chico egoísta.
Anna dejó a un lado los exámenes que le faltaban por revisar y tomó su bento para comenzar a comer.
—Por favor, no te refieras de esa forma a Narumiya-kun. No hicimos nada malo. —Tomó un poco de nimono para comenzar. Al menos, el bento de ese día era uno de sus preferidos.
—No creo que tú hayas hecho nada malo, Anna; pero es que tú eres muy ingenua como para darte cuenta de las intenciones de esa clase de hombres.
Anna dejó de comer enseguida.
—¿Esa clase de hombres? —repitió.
Seiya asintió.
—Tú sabes a lo que me refiero. Ellos no piensan en otra cosa que no sea para su propio beneficio.
La muchacha sintió cómo el coraje poco a poco la llenaba, adivinando a qué dirección iban las palabras de su amigo. Dejó escapar una vez más un suspiro y asintió para sí misma.
—¿Quieres ser más específico? Espero que no estés insultando de ninguna forma a Narumiya-kun —dijo casi esperando que Seiya se retractara.
—Los beisbolistas, sobre todo los más arrogantes como él, sólo se dedican a satisfacer a lo que tienen en sus pantalones. Tú lo sabes bien, y deberías evitar que Narumiya siquiera se acerque a tu cuer…
El sonido de la pluma rayar una hoja fue interrumpido por un sonido seco y profundo, seguido de una caída estruendosa por parte del miembro del Consejo Estudiantil. De pie, entre la mesa y él, se encontraba Anna. Agitaba su mano, tratando de superar el dolor de sus heridas recién hechas.
En el césped, sosteniéndose la mejilla, y con un hilo de sangre en su boca, la miraba un enojado Seiya.
—¡¿Qué demonios te ocurre?! —Le gritó luego de ver la sangre que limpió el dorso de su mano.
Anna lamió las heridas en sus nudillos, sin quitarle la mirada.
—Te advertí que te abstuvieras de insultar a Narumiya-kun. Serás mi mejor amigo, pero no te permitiré que digas esas cosas de él.
Seiya se sostuvo de la banca de madera para levantarse poco a poco. No era la primera vez que ella reaccionaba de esa forma, y a decir verdad tampoco era la primera vez que sentía de primera mano su enojo. Empero, no podía acostumbrarse; esa chica era demasiado ruda cuando lo deseaba.
—Sí sabes que si voy a la dirección con un golpe así, será tu final en el equipo de softball, ¿verdad? —mencionó, mas los ojos duros de Anna no cambiaron.
—Hazlo, acúsame, y entonces no volveré a dirigirte una sola palabra y mucho menos volveré a mirarte. Será como si jamás te hubiera conocido.
Enseguida, tomó el resto de su almuerzo y abandonó a Seiya a su suerte. Ya era hora de que le pusiera un alto; sus aires de grandeza rebasaron por completo los límites permitidos.
.
Durante los siguientes minutos, Anna permaneció intranquila, observándose los nudillos lastimados y mirando a su alrededor. Tragaba saliva cada tanto, con el temor a flor de piel.
Empero, no temía a que Seiya la acusara; sabía que él no se atrevería a hacerlo. No, a lo que Anna le temía era a que alguien la hubiera visto, a que alguien conociera esa "otra parte suya". A que supieran quién era ella en verdad…
Desde que era muy chica, su madre le dio la tarea de proteger a su hermano mayor; le dijo que en la escuela sólo se tenían el uno al otro. Y aunque su progenitora se refería a un apoyo moral, Anna no supo qué más hacer cuando se enteró de que su hermano era víctima de bullying y simplemente optó por empujar a aquellos agresores y golpearlos con lo que tuviera en la mano. Ella sólo buscaba proteger a su hermano, buscaba cumplir con lo que su madre le encargó.
No obstante, conforme fue creciendo, y a pesar de la severa educación por parte de su madre, Anna no pudo reprimir esos impulsos que de vez en cuando la llenaban. Y es que lo que en un principio se trató de defender sólo a su hermano, más tarde fue llevado a proteger a sus amigos cercanos, a su primer amor… Y ahora a un chico que fue su pretendiente por más de un trimestre.
Tal vez estaba descontrolándose un poco… Una dama no debía comportarse de esa forma tan salvaje.
El timbre del segundo descanso sonó y Anna soltó la pluma de inmediato para cubrir sus nudillos. Necesitaría hielo para desinflamar su mano.
Se levantó con rapidez, casi sin fijarse que frente a ella otro alumno había hecho lo mismo, y apenas se disculpó. Era menester salir del salón de inmediato.
Como era de esperar, no notó la mirada del pelirrojo que se sentaba detrás de ella y con quien había chocado momentos atrás.
Ella simplemente caminó y caminó hasta encontrar una máquina expendedora de bebidas. Estaba cerca de uno de los patios de entrenamiento; por lo que una considerable cantidad de gente se encontraba cerca.
Sin prestarle mucha atención, miró las opciones y metió algunas monedas. Cualquier cosa fría estaría bien.
Estiró el brazo derecho para seleccionar la bebida predilecta y esperó unos segundos.
—Así que lo derribaste con un puñetazo. Interesante —mencionó una voz a sus espaldas, congelándola en el acto.
Debía ser una broma. Miró apenas por encima de su hombro y se encontró con los fríos ojos de un chico pelirrojo cuyo fleco cubría un cuarto de su rostro. Maldición, era Shirakawa Katsuyuki, el parador en corto del club de béisbol.
No era famoso por ser agradable…
Inmediatamente, Anna se aseguró de que nadie a su alrededor lo hubiera escuchado y lo tomó de la muñeca, asustada.
—¡No digas nada! —suplicó antes de jalarlo hacia la sombra de la máquina— ¿Cómo lo sabes? ¿Alguien te lo dijo? —susurró.
Shirakawa se soltó del agarre de la cátcher y recargó la cabeza en la pared.
—Me gusta descansar entre los pastos de la zona donde el intelectual y tú estaban. Mi reproductor se quedó sin pila, por lo que me vi obligado a escuchar su absurda conversación. Escuché un golpe y por curiosidad miré. Debo reconocer que no esperaba que lo tiraras de ese modo —explicó casi con aburrimiento.
Anna sintió cómo se coloreaba al mismo tiempo que la embargaba el terror. Maldita sea, eso no estaba en sus planes.
—No le digas a Narumiya-kun de esto. No, no le digas a nadie, por favor.
—¿Es una amenaza?
—No, no lo es, para nada. Es-es un favor.
—Mei dejaría de interesarse en ti si le contara que eres capaz de derribar a alguien de un puñetazo.
—Nada de decirle a Narumiya-kun. Te pagaré con algo, compraré tu silencio —insistió ella sosteniéndose la cabeza—. Por favor, nadie debe saber de esto.
Shirakawa percibió de inmediato el terror de esa chica. Era como si temiera que se conociera su verdadera personalidad. Interesante.
—Para ser alguien que acaba de derrumbar a un miembro del Consejo Estudiantil, te ves muy asustada.
—Por favor, deja de repetirlo —suplicó Anna sacudiendo los brazos—. Haré lo que sea por ti, pídelo. Tu tarea, tu… ¿Comida?
—¿Qué tal un reproductor nuevo? —cuestionó el chico.
En realidad, no estaba interesado en revelar el aparente abrumador secreto del antiguo interés romántico de Mei; no obstante, sabía que ella no lo dejaría en paz hasta que hiciesen un trato. Sería un desperdicio no aprovechar esa oportunidad que la vida le entregaba.
Anna bajó las manos y mordió sus labios.
—No tengo suficiente dinero para eso, pero ¿qué tal si te invito una comida en un sitio lindo?
—No me interesas en lo absoluto. ¿Por qué querría una comida contigo?
—Te daré el dinero para que vayas con quien tú desees.
—No estoy interesado en nadie.
—¡Para que disfrutes la cena tú solo! —sugirió exasperada— No lo sé, sólo... Tiene que haber algo que pueda ofrecerte.
El jugador se alzó de hombros. En verdad esa chica era demasiado dramática; tal vez fue precisamente eso lo que vio el pitcher rubio para invitarla a salir con él.
Suspiró. Aún quedaba algo que podía resolverlo.
—Somos del mismo grupo, ¿no? ¿Clases de Historia?
Anna desvió la mirada. Solía confundir las fechas y los acontecimientos importantes de cada periodo…
—¿Qué me dices de Lengua moderna? —inquirió Shirakawa.
—¡Excelente! Iré a la facultad de lengua, en eso soy muy buena.
—Y haremos juntos los trabajos de Literatura Universal, no volveré a permitir que Mei arruine mi futura entrega.
—Tenemos un trato —dijo antes de volver a tomar su mano para cerrar el acuerdo—. Te daré las clases que necesites, pero estás comprometido a no decir nada de lo que viste.
—Bien, pero no vuelvas a tocarme con las manos ensangrentadas. Ni siquiera las has lavado. —Se quejó el short stop, apartándose de inmediato del contacto.
.
Unas tres horas después, Anna apenas podía creer que se encontraba encerrada en uno de los cubículos de la biblioteca, con Shirakawa Katsuyuki a su lado. El chico resolvía unos pequeños ejercicios que Anna le propuso al inicio de la sesión; no parecía especialmente atento, pero tampoco parecía preocuparle en demasía. Su asesora temporal, entre tanto, lo miraba con cierto nerviosismo.
No era la primera vez que ella daba tutorías; solía hacerlo cuando estaba en la secundaria y en ocasiones las dio acompañada de Seiya. Así, no era el asunto de las clases particulares lo que le preocupaba. Y, a decir verdad, no era que algo le preocupara en realidad.
Lo que sucedía, lo que en realidad le incomodaba se debía al inmenso y alargado silencio que dejaba ese chico. La aterraba… ¿Podía confiar en su palabra? ¿Serían suficientes las tutorías?
—Éstos son temas de primer año, ¿por qué tengo que resolverlos? —cuestionó Shirakawa, por fin, sobresaltando a la ya asustada Anna— ¿Ahora qué te pasó?
—Estuviste callado por casi media hora, me asustaste —contestó ella antes de tomar el cuaderno del pelirrojo para comprobar sus respuestas—. Y respecto a lo de los ejercicios de primero, aún tienes fallas en este tipo de construcción, ¿ves? Las construcciones modales siempre son complicadas.
Shirakawa resopló. Temas menores; nadie debía darle importancia a esas tonterías.
—Como sea, ¿las tutorías serán sobre esa cosa? ¿No deberías enfocarte en lo de este año?
—Tendrás una mejor retención si tienes claros los temas anteriores. Y, mira, aquí dudaste. Podríamos hacer un corto repaso del año pasado, no será gran problema para ti —mencionó la chica y Shirakawa estuvo a punto de gritarle que tal vez no necesitaba nada de eso. Pero por experiencia sabía que una dramática como ella no se dejaría convencer de esa forma.
—¿Y para eso necesitaremos dos horas? ¿No habrá un descanso? —reclamó y sus ojos fríos obligaron a Anna a desviar la mirada. Nadie podía negarle nada si usaba esa mirada…
—Claro que sí, pon el tiempo de descanso —accedió mientras jugaba con su lápiz.
—Justo ahora, que sea media hora —dijo él antes de abrir su mochila para sacar su reproductor.
—Tal vez media hora sea demasiado… —musitó Anna y como respuesta recibió de nuevo esa mirada que no permitía rechazos— Bien, pero en la biblioteca no se permite el uso de audífonos. No son mis reglas —añadió para evitar que el chico se molestara con ella.
Con una expresión que evidenciaba su enojo, Shirakawa guardó su reproductor y se cruzó de brazos, mirándola.
—Bien, ya lo guardé. ¿Cuál es tu siguiente idea?
Anna apenas lo miró unos segundos antes de sonreír. Tenía la actividad perfecta para él. ¡Le iba a gustar!
Emocionada, sacó de su mochila el box score de su equipo y lo colocó en la mesa.
—¡Tienes que darme tu opinión sobre el partido de entrenamiento del…!
—Ni lo sueñes. —La interrumpió— De lo único que habla Narumiya es de béisbol y de Miyuki Kazuya; esos temas están vetados. Y Carlos sólo me habla de chicas, así que tampoco quiero esos temas aquí.
Anna hizo un mohín. No tenía problema alguno sobre no hablarle de chicas, pero ¡vamos! Ambos amaban ese deporte, ¿cuál era el problema de conversar sobre lo único que compartían?
—¿Y de qué más podemos hablar entonces? —susurró un tanto molesta— Sólo quería tu opinión sobre un par de lanzamientos.
—Sí, eso supuse. Mei no deja de hablar de lanzamientos raros y "nuevos" que está probando; eres igual a él.
—¡Bien! Si no te hablo de lanzamientos, ¿entonces…?
—No.
—¡¿Pero por qué no?! —exclamó alzando los brazos. Shirakawa volvió a mirarla con enojo, mas ella no cedió— Eres un jugador de béisbol y yo una de softball, es normal considerar que…
—Mi vida no es sólo el béisbol a diferencia de la tuya —atajó alzando un poco la voz—. ¿Acaso no tienes más intereses?
Anna mordió sus labios y bajó su mirada. Bien, eso fue suficiente. Shirakawa no hablaría de béisbol.
—Me gustan los gatos, los tiburones y los flamingos. Mi banda favorita son Los Beatles y me gusta la saga de Zelda. ¿Feliz? —espetó la cátcher limitada, también cruzándose de brazos.
—Satisfecho, al menos —respondió Shirakawa mientras cerraba los ojos—. Tiburones… Me esperaba que te gustara algo tan salvaje.
—¡Espera un momento! ¡No hables de ellos de esa forma! —exclamó Anna un segundo antes de sumergirse en un discurso sobre la pésima perspectiva que se tenía sobre su segundo animal favorito. Olvidándose por completo, que momentos atrás se había jurado que era imposible hablar de algo ajeno al béisbol con un beisbolista.
.
Los días transcurrieron casi sin novedades por parte del equipo de béisbol. Sobre todo para el pitcher que se posicionaba como el mejor de ese año, todo parecía marchar bien. Sus lanzamientos mejoraban, y esa nueva arma suya evolucionaba a gran escala. Las cenas desagradables y los entrenamientos continuos sólo eran un precio a pagar.
El Koshien, su única meta, sería suyo ese año. No podía dudar, no podía distraerse; nadie debía sacarlo de ese objetivo.
—¡Mei-kun!
Pero, claro, no todos respetaban lo que él deseara. Y aunque esa chica que saltaba hacia su cuello era de lo más tierna y particular, Mei no siempre estaba de humor para recibirla con el mismo cariño de siempre.
—Sakura, creí que estarías entrenando. —Le dijo mientras apartaba de ella el balón medicinal de seis kilos.
La chica, ajena al esfuerzo que hacía su novio para evitar que el balón cayera al suelo, se dedicó a besar su rostro y a abrazar su cuello, alzada de puntas.
—Seguro trae buenas noticias —musitó Yamaoka, a unos tres metros frente a Mei, esperando que le arrojara el balón para continuar con el entrenamiento.
—Es que te extrañé, Mei-kun. Y hoy me felicitó el entrenador, dijo que lo hice bien —mencionó ella. Y el pitcher trató de sonreír. El balón era demasiado para su brazo derecho.
Con cuidado de no ser brusco, la apartó y por fin pudo sostener el objeto de entrenamiento con ambas manos.
—Por supuesto que lo hiciste bien, has estado entrenando duro, Sakura —respondió Mei antes de arrojarle el balón a Yamaoka. La práctica debía continuar.
Sakura, a unos pasos de Mei, se dio cuenta de que tal vez esa noche él no querría caminar con ella. Ella entendía, Mei estaba mejorando a una velocidad increíble y estaba peleando el puesto del as; pero no podía negar que ansiaba un poco de su atención. Esa tarde en el entrenamiento, le festejaron una difícil atrapada y aludieron a su voluntad para reforzar sus habilidades. Estaba feliz y quería celebrarlo con su novio.
Pero éste sólo miraba ese balón y a su compañero. Tras un corto segundo, Sakura recordó algo que escuchó esa tarde en las bañeras, un rumor sobre uno de los compañeros de Mei.
Giró el cuello y buscó entre los presentes esa inconfundible cabellera pelirroja; y al no encontrarla, soltó casi en un susurro:
—Tal vez esté con ella… Mei-kun, —Lo llamó— ¿No está Shirakawa-kun esta vez?
Mei recibió el balón medicinal y miró a su alrededor.
—¿A dónde fue? Estaba aquí hace unos momentos, ¿no?
—Fue a su habitación, dijo que estaba cansado —contestó Carlos desde el press de banca.
—¿De nuevo? —cuestionó Mei antes de continuar su entrenamiento— Está raro últimamente, y eso que él es raro por excelencia.
Sakura se agarró el labio inferior, sopesando si sería adecuado revelarles ese secreto a voces que comenzaba a correr en la escuela. Y es que, no era para menos: ambos sujetos tan reservados con sus relaciones sociales…
—¿Por qué preguntaste por él, Sakura? —cuestionó Mei, más extrañado que celoso.
—Ah, es… —¿Por qué no lo veía celoso? ¿Por qué parecía preguntar sólo por un deber? ¿Sería que todavía pensaba en esa otra mujer?— Me dijeron que está saliendo con Harada-san.
El efecto fue inmediato. Mei apenas pudo agarrar el esférico y durante unos segundos parpadeó repetidamente. Eso era imposible.
—¿Shirakawa saliendo con alguien? ¿Eso es posible? —cuestionó Yamaoka.
—Por supuesto que no es posible que él tenga novia y yo no —contestó Carlos, mas dejó a un lado el ejercicio para sentarse sobre la tabla—. Aunque escuché que los vieron llegar juntos a los campos de entrenamiento, y eso ya es un avance para nuestro amigo.
—¿Con Anna? —cuestionó Mei, olvidándose del trato que se hizo a sí mismo— ¿Están seguros?
Sakura sintió un enorme nudo en la garganta al ver esa expresión en su pareja, tan llena de incomprensión, frustración y algo de coraje. Celos, definitivamente eran celos, provocados por alguien más.
—No lo sé, viejo. Debe haber alguna explicación —continuó Carlos—. Harada dijo que no salía con jugadores.
—Eso la convertiría en una mentirosa, ¿no es cierto? —cuestionó Sakura con fingida inocencia. Enseguida, el pitcher la miró— Ella los rechazó a ustedes bajo el pretexto de que son beisbolistas, juzgándolos mal; pero va sin problemas con Shirakawa-kun. Incluso ahora… No recuerdo haber visto a Harada-san en la cena.
Carlos y Yamaoka soltaron una corta carcajada. No, eso sería demasiado.
—Shirakawa ni siquiera ha dado su primer beso, ¿cómo sabría llegar a segunda base? —inquirió Yamaoka— Mei, el balón.
El pitcher, apenas sin mirarlo, arrojó el objeto y sacudió sus manos.
—He terminado por hoy. Iré a bañarme; nos vemos mañana, Sakura. —Se despidió con apenas un beso en la mejilla y, sin mirarla a los ojos una vez más, caminó hacia la salida.
"Una mentirosa"… ¿Eso era todo? ¿Anna le había mentido? ¿Ésa era su naturaleza, después de todo? Bueno, su mejor amigo no era conocido por ser la persona más honesta del plantel; pero Anna no era como él. Anna no podía ser así. Pero si incluso Carlos tenía testimonios de ellos dos…
Se detuvo frente a las regaderas.
—Ay… —musitó con una mano en el pecho. Cuánto dolía todavía…
.
Al día siguiente, el sol calentaba a los estudiantes a través de los enormes ventanales, los murmullos matinales ambientaban el lugar y las risas abundaban. Una mañana tranquila, una mañana sin aparentes novedades.
Una mañana en la cual Mei se detuvo frente a la puerta de su salón.
Anna sostenía un libro en sus manos y se encontraba parcialmente volteada hacia el asiento de Shirakawa, mostrándole algunos párrafos y mirando de vez en cuando su rostro. Tan cerca de él, sin importarle que fuera beisbolista; charlando de cualquier cosa, esperando su reacción…
Ella… Chica mentirosa.
Mei, molesto por lo recién descubierto, se sentó en su banca y sacó una de las revistas deportivas que cargaba con frecuencia en el último semestre. Cualquier cosa para evitar mirarlos de nuevo.
Y mientras el lanzador trataba de evadir la escena vista, Anna trataba de convencer a Shirakawa de trabajar sobre The catcher in the Rye de J.D. Salinger para el proyecto final de Literatura Universal. La temática era sencilla, pero adecuada para chicos de su edad y podría servir como un impulso para aquellos que se sentían confundidos consigo mismos.
—Sí, pero la narrativa es floja. The Goodfather es mucho más entretenido —respondió Katsuyuki, sin esforzarse más en sus argumentos.
—Lo dices sólo por los enfrentamientos de la mafia, no seas mentiroso —acusó Anna—. No niego que sea un buen libro, pero es muy largo. No alcanzaremos a analizar todo en unas cuantas semanas; tenemos otras materias, ¿sabes?
—Están las películas. La primera y la segunda abarcan por completo el libro.
—¡Pero en la película no desarrollan a Johnny Fontane, uno de los mejores personajes del libro! Anda, usemos The catcher in the Rye, podremos dividirnos con mayor facilidad los temas.
—No usaré nada que tenga la palabra "cátcher" en el título. Te lo advertí —espetó Shirakawa y Anna dejó caer el rostro en el libro.
—Apenas y menciona un campo de béisbol en toda la trama… —susurró— Pero tú ganas, hablaremos de Don Corleone y su arrogante familia.
Por supuesto, sin importar lo banales y terrenales temas que estos dos trataban, los rumores acerca de su cercanía se hacían cada vez más notorios. Pues aunque ninguno de los dos lo notaba, no sólo se trataba de acuerdos entre clases y las tardes en las tutorías; se trataba además de salir y entrar juntos a la biblioteca, se trataba de que Shirakawa rechazó un considerable número de citas porque afirmaba no estar interesado en las relaciones, se trataba de que Anna declaró que no saldría con un beisbolista.
Pero aun con todo eso, aun con todo lo que estaba sobre sus espaldas, los dos chicos continuaron con lo que se convirtió en rutina:
Encerrados en uno de los cubículos de la biblioteca, con ejercicios resueltos y repasos creados con minuciosidad. Con un Shirakawa ya acostumbrado a la seriedad de Annaisha y una serie de explicaciones que él ya comprendía.
Y con media hora de descanso, en la cual Anna aprendió a evitar su tema favorito para contarle de cosas que ni siquiera consideraba importantes.
—Se descompuso la máquina dispensadora del ala norte de los dormitorios. Es horrible —contaba ella mientras abría una bolsa de cacahuates—. Ahora tengo que cruzar por los baños, pasar por el comedor y llegar casi a la entrada si se me antoja un café a medianoche.
—¿Por qué no vas al de la parte trasera del ala sur? Creí que había una ahí —contestó su alumno, quitándole un cacahuate de la mano.
Anna, ya acostumbrada a que su acompañante parecía tratarla como un hombre más, tomó otro cacahuate y se lo metió a la boca.
—Porque ése sólo tiene frituras, como esto… Por cierto, ¿cómo sabes que hay una máquina expendedora en el ala sur del dormitorio de chicas? —cuestionó todavía con la semilla en la lengua.
El short stop se alzó de hombros, sin darle real importancia.
—Mi madre estuvo en una de las primeras generaciones de softball de Inashiro, ella me contó cómo vivía y me dijo que en algún punto les prometieron una máquina expendedora en esa zona.
—¡¿De verdad?! ¿Tu madre jugaba softball? ¡¿Qué posición?! —cuestionó Anna al fin tragándose el cacahuate. Shirakawa desvió la mirada antes de quitarle la bolsa de frituras.
En verdad era igual a Mei. Tan malditamente obsesionada…
—¿Qué más sería? Parador en corto, obviamente. Y no te diré sus estadísticas, sólo jugó un año.
Anna resopló, derrotada. Estiró la mano para que le diera al menos una porción de los cacahuates que ella misma compró y el jugador inclinó la bolsa para que cayeran unos cuantos sobre su palma.
—¿Y por qué dejó de jugar? ¿Se lesionó?
—Podría decirse que… La obligaron. No había división entre dormitorios de hombres y dormitorios de mujeres; hubo un altercado en su dormitorio —relató con una mirada incluso más aterradora que la que acostumbraba.
Anna dejó de masticar, sin saber qué debía responder ante esa declaración. Qué situación tan feroz…
—Cometida por beisbolistas… —susurró, pensando en voz alta. Cerró los ojos, creyendo que Shirakawa se ofendería y le reclamaría; mas este no contestó en largos segundos.
—Sí, así fue. Unos enfermos totales. —Dejó a un lado las frituras a un lado— Detesto a esa clase de personas.
—¿A los beisbolistas? Pero tú eres…
—A los enfermos, lo acabo de decir. El ser un beisbolista no te convierte automáticamente en un acosador y no todos los acosadores son beisbolistas. No seas tan ingenua.
Anna bajó el rostro. Claro, tenía razón. Un acosador podía venir de cualquier lado…
—Lo siento —murmuró.
—Es increíble que hayas defendido a Mei de ser un acosador y aun así poseas una mentalidad tan equívoca. ¿Que acaso él es el único que entra en tu círculo de confianza?
—No, no quise… Lo siento, ¿bien? Me educaron de una forma un tanto estricta y tal vez un tanto extremista; pero…
—No puedes ir por la vida poniendo pretextos así. No voy a discutir tu negación ante Mei; de cualquier forma, es una persona complicada. Pero tienes que buscar otra mentalidad; tu extraña discriminación a los beisbolistas combinada con tu obsesión al béisbol es desagradable.
Anna se rascó la nuca. Sí, suponía que era por mucho una gran ofensa; que para Shirakawa debía ser desagradable estar con una persona que lo prejuzgaba sin conocerlo. Pero no era como si fuera tan sencillo renunciar a tu educación…
—Lo siento, trabajaré en eso.
—Lo digo en serio, ¿por qué defendiste a Mei si tú misma crees en eso? ¿Por qué a él? Podrías haberlo llamado "acosador" y nadie lo pondría en duda.
—Él no me acosaba; sólo quería que le diera una oportunidad para conocerme —atajó ella, nuevamente ofendida. De nuevo, defendiendo a ese rubio arrogante.
—Como digas. No necesitas golpearme; de todas maneras no me importa lo que creas de Mei; aunque creo que estás cayendo en una contradicción al defenderlo con tanta fuerza al mismo tiempo que dices no te importa como algo más que un beisbolista.
—Quiero que otras personas lo conozcan como lo que es.
—Mei también es un beisbolista.
—Y nadie lo ataca por eso, excepto yo.
—Sin embargo, lo defiendes como persona, no como beisbolista.
Enseguida, Anna sintió cómo un escalofrío la recorría, cual verdad entrando a su corazón. Maldición, detestaba hablar con Shirakawa; detestaba que siempre conseguía ganar en cada conversación.
.
Las sesiones de tutoría terminaban a las cuatro de la tarde. Les daba tiempo suficiente para entrenar a sus anchas, para comer, para descansar. Ambos hacían actividades distintas; mas en punto de las ocho de la noche, los dos chicos se encontraban en los comedores de sus respectivos dormitorios.
Rodeados de compañeros que conocían, de conversaciones alegres y de chistes locales. Rodeados de una entera confianza que creían nada podía desestabilizar.
Anna, por ejemplo, charlaba con So-hee sobre sus lanzamientos y cómo podían usarlos para futuros partidos. Esa chica, de hermoso cabello largo y labios delgados, era demasiado carismática como para ignorarla. Y Anna, aun con sus fuertes intenciones de expresar su admiración por los lanzamientos que controlaba, admitía que la joven le agradaba en demasía.
—En Corea llegué al promedio de .3; creo que ha sido el mejor promedio que he tenido —dijo la jugadora extranjera.
—¿En serio? Entonces tiene que ser nuestra meta superar ese récord.
—Harada-san, Harada-san. —La llamó una voz a su derecha. Era Sakura, quien se encontraba de pie, justo frente a la mesa.
Eso no podía significar nada nuevo, menos cuando la chica le sonreía con falsa amabilidad; Anna sabía a la perfección que la infielder no la apreciaba, que desconfiaba de ella. Y el que la buscara así, tan abiertamente…
—¿Pasa algo, Ayase? —cuestionó con cierta reserva. Lo de ser amable con esa chica estaba fuera de lugar luego de cómo Sakura la insultó en los baños.
—Sólo tenía curiosidad. ¿Es cierto que estás saliendo con Shirakawa-kun? —Sonrió.
—¡¿Con Shirakawa, yo?! ¡No, no, no, no! Absolutamente no, ¡no!
Su negación, lejos de calmar la curiosidad de Sakura y de quienes la rodeaban, la incrementó. Anna sintió cómo varias miradas se posicionaban en ella y los nervios empezaron a sobrecogerla.
—¿Entonces también lo rechazaste, Harada-san? —cuestionó Sakura— Sería al tercer beisbolista al que rechazas.
—¿Al tercero? —repitió So-hee— Vaya que eres popular entre los deportistas.
—Eh, no. Yo-yo no lo rechacé.
—¿Entonces sí están saliendo? —insistió la tercera base, acercándose a ella.
Anna notó, entonces, que Sakura obstruía su camino para huir. Parada tan cerca de ella, arrinconándola. Presionándola con tanta fuerza, ganándose las miradas y la curiosidad de las demás.
—No, nosotros no… No estamos saliendo, en verdad —aseguró mientras miraba sobre su hombro, justo a donde estaba la puerta.
—Pero se les ha visto muy juntos últimamente. Creí que dijiste que no querías relacionarte con beisbolistas.
Maldición. Ahora había puesto una mano sobre la mesa. ¿Es que quería matarla de un ataque de ansiedad?
—No, no, pero nosotros…. Yo-yo sólo le doy clases, ¡asesorías! Son asesorías de Lengua Moderna, no es otra cosa.
—¿Asesorías? No creí que Shirakawa-kun lo necesitara —musitó Sakura colocando una mano en su barbilla— ¿Y acaso te paga?
Anna enmudeció con esa pregunta. Lo lógico habría sido responder que sí, que lo hacía. Mas lo cierto que de tener un ingreso económico, ella habría comprado unas nuevas guanteletas; el equipo entero sabía que deseaba unas, que las suyas ya estaban bastante desgastadas… Aunque podía decir que estaba ahorrando para comprarse las de mejor calidad… Pero ya había transcurrido el suficiente tiempo para que esa respuesta no fuese creíble…
—Por favor, déjame en paz —pidió Anna antes de levantarse y, con un movimiento algo brusco, hacer a un lado a Sakura.
Su incomodidad era visible. Y la forma como esa chica la presionó, también.
.
Shirakawa, por su parte, sostenía su bandeja vacía de comida en tanto Mei le reclamaba el haberle ocultado un secreto tan importante.
—Honestamente no tengo idea de qué hablas. Y tampoco me interesa —refutó.
—¡Claro que lo sabes! ¡Estás saliendo con Anna-chan y no me lo dijiste!
El short stop abrió los ojos, asombrado por tal acusación.
—¿Te refieres a mí? ¿Estás seguro? —cuestionó, casi asqueado.
En ese momento, sintió cómo Carlos colgaba un brazo sobre sus hombros.
—Tienes que decirnos cómo le hiciste, hombre. ¿Cuál es el secreto para salir con Harada Annaisha?
Asqueroso. Esa chica tenía de delicada lo de él de amable; no había siquiera una posibilidad de…
—¿Qué clase de mierda se les metió en la cabeza? —cuestionó Shirakawa deshaciéndose del contacto de Carlos— Me está dando asesorías de Lengua y hacemos un trabajo juntos. Eso es todo.
—Sí, claro. Esas mentiras no te las cree nadie —espetó Mei—. ¿Por qué tú dejarías que una chica te diera asesorías? Jamás le hablaste antes, ¿qué fue lo que cambió? ¿Ah? ¿Por qué ella sí sale contigo?
Narumiya Mei era el mejor pitcher de Inashiro y el sujeto más patético también. Paseaba por la escuela con su novia de la mano, fungían como una pareja feliz que se apoyaban y se querían… Pero esos ojos no mentían. Seguía tan estúpidamente enamorado de esa chica que escondía su verdadera personalidad para salvarlo a él.
Patéticos ambos. Y patético él por formar parte de ese asunto.
Suspiró. Y antes de que pudiera inventar una barata excusa, el celular en su bolsillo vibró. Le entregó su charola a Carlos y miró el remitente del mensaje. Era el colmo de sus males… Pero tal vez debía hacerlo para quitarse de encima a esos dos.
—Me largo —dijo antes de guardar el teléfono. Mei, por su parte, mantenía el cuello alzado para tratar de leer el mensaje.
—¿Vas a verla?
—Vete a dormir.
.
Mei detestaba las mentiras, detestaba que le mintieran o le ocultaran algo. Lo detestaba sobre todo cuando se trataba de personas cercanas a él, de personas que él se atrevió a llamar "amigo". Lo detestaba en demasía.
Pero Shirakawa era uno de los sujetos más herméticos que conocía. Aun cuando le insistió, después de que regresó tras una extraña salida, que le contara la verdad sobre Anna, el parador en corto no dijo una palabra siquiera. Incluso tuvo el atrevimiento de ponerse los audífonos.
Bien, como lo deseara. No le rogaría.
Empero, estaba seguro de que la anormal excusa que le entregó la noche anterior era una completa farsa:
—Hicimos un trato. Ella me da tutorías de Lengua y yo de Estadística. Eso es todo.
Sí, por supuesto. Harada Annaisha era una de las mejores estudiantes del grupo; ella no necesitaba asesorías de nadie. Mucho menos de Shirakawa. Mentirosos. Par de mentirosos.
Mantenía los brazos cruzados mientras dos alumnas recogían la tarea de Inglés. Se dedicaba a pensar en lo que le ocultaban, en cómo también Kazuya se atrevía a ocultarle qué sucedió con la tal Oshiro. ¿Sólo un mensaje que le advertía que no hablara con ella? ¿Esperaba que con eso su curiosidad se llenara?
De forma distraída, vio un brazo derecho estirarse frente a su banca y, enseguida, notó que en la muñeca de la chica se vislumbraba una horrible marca rosácea. Alzó el rostro y vio cómo Harada Annaisha tomaba su cuaderno de inglés. Y, sin pensarlo, tomó su mano para ver con mayor atención ese futuro moretón.
—¡Eh! —exclamó Anna como un reflejo. Eso fue demasiado sorpresivo.
—¿Qué es esto? —cuestionó Mei mirándola con susto— ¿Quién te hizo esto?
Vio en su rostro, colorado, el miedo y la indecisión.
—Gajes de cátcher —dijo retirando con rapidez su muñeca—. No es nada —aseveró.
Mei, sin embargo, no le quitó la vista aun cuando ella continuó recogiendo, ahora con la mano izquierda, las libretas. ¿"Gajes de cátcher"? No era la primera vez que le decía algo así.
En aquella ocasión, sus nudillos mostraban cicatrices frescas y aludió también a las ocupaciones de los receptores. Empero, cuando Mei le preguntó a Masatoshi e incluso a Kazuya, ambos negaron haber pasado por algo similar. Aludieron al hecho de que sólo un pésimo cátcher podría tener raspones siquiera en las palmas de la mano; mas Anna no entraba en esa categoría.
Y aunque Mei sabía que en ocasiones los cátchers recibían golpes que dejaban una marca en sus cuerpos, también era consciente de que lo que vio en la muñeca de Anna no parecía nada cercano a un encuentro en el béisbol. Además, el golpe lucía bastante fresco, como si se hubiera hecho esa misma mañana…
Miró hacia donde Shirakawa se encontraba. Su especialidad no era precisamente la paciencia; a nadie le extrañaría si se peleaba en algún punto. Pero… ¿Él sería capaz de hacerle eso a una chica?
No, imposible. No después de lo que le ocurrió a su madre.
.
Cuando el primer descanso inició, justo después de la clase de Literatura Universal, Mei se colocó a un lado de Shirakawa con la intención de planear el proyecto final de dicha materia. Por supuesto, el pelirrojo le informó que ya tenía un compañero de trabajo.
—¡¿Pero qué estás diciendo?! ¿Quién podría ser mejor compañero que yo? —espetó Mei.
Entre tanto, Anna apuntaba algunas cosas en una libreta delgada, sin reaccionar a la conversación establecida a unos centímetros de ella. Mei no podía dejar de notar los pequeños espasmos en la muñeca de la chica cada vez que presionaba la pluma. Ya interrogaría a Shirakawa en otro momento…
—En este momento, se me ocurren al menos cinco personas mejor que tú para un trabajo de literatura —contestó Katsuyuki sin darle real importancia.
—¡¿Cómo dices?! Además, ¿no ves que te estoy haciendo un favor? ¿Quién más se ofrecería para ser tu compañero de trabajo?
—¡Mei-kun! —exclamó la voz de Sakura desde la puerta.
Y de inmediato, tras un sonoro resoplido de enojo, Anna se levantó de su asiento. Pasó frente a Mei, sin mirarlo, sólo para entregarle a Shirakawa la libreta en la que estaba escribiendo.
—Elaboré algunas propuestas para trabajar sobre The goodfather; selecciona la que te interese más. Lo veremos más tarde.
—Dijiste que lo veríamos ahora. No voy a seguirte —contestó Shirakawa.
—Escoge lo que quieras —replicó Anna mirándolo, por vez primera para Mei, con enojo—. Yo no aguanto estar aquí —musitó antes de dirigirse a la puerta del extremo inferior.
Mei la vio caminar hasta encontrarse de frente con la que, él sabía, era su mejor amiga.
—¡Anna! ¿Por qué no respondes mis mensajes y llamadas? —cuestionó Suzume, bloqueándole la salida.
Para ese momento, Sakura ya había llegado hasta Mei y rodeaba su cintura, con cariño; empero, el pitcher seguía abstraído por la escena en la puerta.
—¿Y todavía lo preguntas? Tú único interés es saber si estoy saliendo con Shirakawa y la respuesta es ¡no! ¡No! ¡Y mil veces no! Ya estoy harta de eso. Ahora, déjame salir.
—Pero es que tampoco me quieres decir qué pasó con Kimura-kun. ¿Por qué ya no se hablan, Anna?
—¡Porque no quiero, ¿de acuerdo?! ¡Sólo déjame salir! —exclamó al tiempo que la empujaba para salir, de una vez por todas, del salón.
No era sólo Mei el testigo de aquella dramática conversación, todos los presentes a excepción de Shirakawa mantenían una expresión de asombro ante la explosión de una de las alumnas más tranquilas del instituto. Suzume, por su parte, bajó la mirada y retomó sus pasos a su respectivo salón.
—No me sorprende que se comporte así después de lo que me hizo —dijo una aparentemente inocente Sakura, todavía abrazada a su novio, quien la miró confundido.
El parador en corto suspiró y se colocó los audífonos. No sería testigo de un drama más. No en ese día.
—¿Qué dijiste? ¿Qué te hizo Harada? —cuestionó Mei.
—Ella es muy envidiosa, Mei-kun. No sólo es una mentirosa; le dijo al entrenador cosas muy feas de mí y me amonestaron por su culpa. Supongo que esperaba que me sacaran del equipo y por eso está tan molesta.
—¿Estás segura de que fue ella? No creo que sea capaz de…
—¡Pero, Mei-kun! Acabas de ver cómo trató al chico con el que sale y a la que decía ser su mejor amiga. Además de que ya vimos que también fue grosera con Kimura-kun. ¿Qué esperas que haga conmigo, tu novia?
Como efecto de sus palabras, varios murmullos se escucharon en el salón. Los argumentos de la chica tenían sentido. A decir verdad, Harada Annaisha era un secreto para todos; nadie podía decir que la conocía en realidad. Nadie excepto Kimura Seiya, quien aparentemente llevaba un par de semanas sin dirigirle la palabra, cuando antes parecía interesado en ella en más de una forma.
¿Quién podía asegurarles que su verdadera personalidad no era huraña? ¿Y si en realidad siempre había sido celosa respecto a las relaciones de Narumiya?
Mei sintió la insistente mirada de su novia, como si estuviera esperando una reacción en específico. Mas simplemente tragó saliva y bajó un poco el rostro. No quería creerlo, pero parecía que todo se inclinaba a esa posibilidad: la chica de la que se enamoró algunos meses atrás, no era más que una farsa.
Un suspiro alargado lo distrajo. Shirakawa se quitó los audífonos y se cruzó de brazos.
—Detesto cuando mi reproductor se queda sin batería —musitó.
Y entonces Mei lo recordó, ese moretón en la muñeca de Anna…
—¿Tú le hiciste esa marca a Harada? —espetó.
—¿Marca? —inquirió Sakura.
—¿Ahora de qué me acusas? —farfulló el pelirrojo.
—La marca en su mano, en su muñeca. ¿Fuiste tú? —Su voz podía pasar curiosa para el resto de los mirones, pero Shirakawa notaba cierta amenaza.
Si supiera que esa chica podía tirarlo de un solo golpe…
—No, no fui yo —contestó mirando de reojo a una pálida Sakura. Suspiró y abrió la libreta que Annaisha le había entregado—. Y, ultimadamente, ella tiene razón. No estamos saliendo y los dos estamos hartos del tema, ¿de acuerdo?
Mei abrió la boca para replicar, mas Shirakawa añadió:
—Ella no es lo que tú creíste que era; eso es verdad. —Sakura sonrió, pero la expresión del rubio parecía cada vez más desilusionada— Pero tampoco es lo que todos ellos te están haciendo creer —aludió, mirando directamente a Ayase, quien escondió el rostro en el brazo del lanzador.
.
Porque mientras esta conversación se desarrollaba, Anna se encontraba en uno de los baños de la escuela, con el agua helada del lavabo cayendo sobre su muñeca derecha.
Lo odiaba, lo odiaba y mil veces lo odiaba. El llanto por coraje era uno de sus mayores problemas y lo odiaba con todo su ser. La gente creía que era débil, que era por sufrimiento, que era muy delicada. Ella sólo tenía deseos de abanicar hasta que su cuerpo le doliera, quería liberar todo el coraje que fue adquiriendo en las últimas semanas.
Pero sólo podía llorar… Llorar sin poder contárselo a nadie, llorar sin tener el hombro de Seiya ahí, llorar sin poder abrazar a su hermano… Llorar, llorar tan sola. Maldición. Detestaba llorar.
De no haber sido por esa chica, de no haber sido por su visita esa mañana:
Anna se encontraba frente al espejo de su dormitorio, cepillándose el cabello mientras Know your enemy de Green Day se oía a lo lejos. Su compañera de cuarto había salido antes para verse con unas amigas suyas; así que Anna se dio la libertad de cantar unas cuantas canciones.
Estaba tan inmersa en escoger qué haría con su cabello ese día, que apenas escuchó el ruido de la puerta al abrirse. Isihara no solía ser una persona olvidadiza, pero siempre había una primera vez.
—No sabía que te encontraría sola, eso es una bendición —dijo Sakura a sus espaldas. Anna la miró por el reflejo del espejo.
No le sorprendía. La noche anterior, después de encontrarse con Shirakawa para acordar una excusa más sólida, Isihara le dijo que el entrenador quería verla.
—Yo no le dije nada; tú fuiste demasiado evidente anoche —contestó Anna a un reclamo todavía no hecho.
—Como si fuera a creerte, zorra mentirosa.
—¿En serio no conoces otro insulto? —espetó Anna encarándola. Y es que le molestaba que la incordiaran a tan temprana hora— Al menos podrías usar un sinónimo.
—¿Qué fue lo que le dijiste al entrenador? ¡Me amonestó por tu culpa, puta!
—Ah, sí conoces un sinónimo. Menos mal, no tendré que darte asesorías sobre eso. Y yo no le dije nada, pero ya estoy acostumbrada a que no me creas —dijo antes de estirar su brazo para colocar el cepillo sobre una de las cajoneras. Empero, la veloz mano de Sakura agarró su muñeca y la apretó con fuerza, esperando una expresión de dolor por parte de Anna. En cambio, obtuvo un extraño gesto de asombro y victoria.
—¡Deja de meterte en mi vida! ¡Aléjate de Mei-kun y no te entrometas en mis prácticas! ¿Es que me tienes envidia o qué mierdas te pasa? —cuestionó apretando con más fuerza el agarre en Anna.
—Te recomiendo que no me aprietes de esa forma, mi piel es muy delgada.
—¡No te salgas del tema!
—Si te digo que no tengo intenciones así con Narumiya-kun no vas a creerme, ¿qué sentido tiene que te responda sobre el mismo tema? Pero, ¿sabes? Sí voy a decirte algo aludiendo a la mala fama que me estás creando. —Sin miedo, se acercó unos pasos a esa pequeña tercera base— Una persona que agrede de esta forma a otra, fácilmente puede lastimar a su pareja.
—¡Yo no dañaría a Mei-kun, perra! ¡No soy como tú, cazadora de hombres!
Anna la miró a los ojos, permitiendo que su cabello suelto cubriera parte de su rostro.
—Te atreves a hacerle algo mínimamente parecido a Mei, y, puedo prometértelo, no volverás a tocar a nadie en tu vida.
Actuando casi por un reflejo, Sakura la soltó y se alejó varios pasos de ella. Esa voz, esas palabras, esa mirada… ¡¿Qué clase de monstruo era esa mujer?!
—¡Nunca le haré daño a Mei-kun! ¡Ya te dije que no soy como tú!
Anna caminó hacia ella, en tanto Sakura retrocedió hasta topar con pared.
—Yo sé que no, no quieres saber quién soy en verdad, pequeña cobarde —advirtió recargando el brazo lastimado a un lado de su rostro—. A mí puedes hacerme esto y todo lo que quieras, no me importa; pero si te atreves a ponerle un dedo encima a ese chico, no tendré otra opción. Por favor, te lo suplico, no me provoques, porque no tienes idea de cuántos deseos tengo por hacerte pagar. —Sonrió, satisfecha por el miedo que Sakura dejaba ver en su rostro, en sus labios temblorosos— Deberías sentir lástima por la siguiente persona que se meta con Mei.
Y tras el mensaje entregado, Anna por fin la liberó de esa presión física y le dio la espalda, segura de que Sakura no se atrevería a volver a tocarla.
—¡Les diré que me has amenazado! ¡Se lo diré a todos! —exclamó la infielder, caminando con temor hacia la puerta.
—¡¿Y qué estás esperando?! ¡Hazlo! —gritó Anna mirándola con todo el coraje posible— Yo no ocultaré esto. —Advirtió alzando el brazo. Sakura vio con terror la coloración tan extraña en la muñeca derecha de la receptora— Diles lo que hice, por favor, y Seiya y yo iremos con el director. Le mostraremos éste y otros moretones.
—¡Yo no te hice nada más! —Se defendió Sakura, buscando la perilla de la puerta, sin dejar de mirar a la persona a la que ahora le temía.
—¿Y qué te hace pensar que van a creerte? —espetó casi entre risas— Soy la cátcher titular del equipo, probablemente la futura capitana, mis calificaciones rozan con la perfección y mi mejor amigo es el vicepresidente del Consejo Estudiantil. Anda, cobarde, ve a contárselo a todo el mundo. Estaré esperando.
No pasaron dos segundos para que Sakura saliera de la habitación dejando atrás un portazo. Sonido que sobresaltó a Anna y la hizo reaccionar.
¡¿Qué demonios había hecho?! ¡¿Amenazar a la novia de Narumiya Mei?! ¡¿A la loca que llevaba todo el trimestre insultándola y arruinando su estadía?! ¡Idiota! ¡Sólo le había entregado más armas para atacarla!
Y mientras Anna seguía mojando su moretón, para disminuir la inflamación, mientras sentía cómo sus anteojos se empañaban a causa de las lágrimas, se dio cuenta de que todo lo hizo por él, por Mei.
Cerró la llave y recargó la frente en el espejo.
Maldición. En definitiva se estaba descontrolando.
.
Para cuando las clases concluyeron, el ambiente en el salón todavía se notaba tenso. Annaisha y Shirakawa no se dirigieron la palabra, mas lo cierto es que tampoco le dirigieron la palabra a nadie más. El que Shirakawa no hablara mucho no era extraño, mas todos estaban acostumbrados a los comentarios de Anna. Sus participaciones en clase solían ser productivas.
Mas esa tarde, Anna apenas hizo algunos apuntes. Su expresión denotaba hartazgo, tristeza, cansancio…
Pero ésta cambió de inmediato en cuanto escuchó que Shirakawa se levantaba del asiento apenas tocaron el timbre que anunciaba el fin de clases.
—¡Eh! ¡Espera! Tenemos que ver lo del proyecto —exclamó con fingido coraje. Mas el chico simplemente siguió caminando. Ella tomó sus cosas casi sin mirarlas y salió detrás de él—. ¡Siempre haces que te siga! ¿Podrías detenerte al menos un segundo cuando te hablo?
—No —respondió Shirakawa mientras bajaban las escaleras—. Quiero hablar de la falsa hermandad comandada por el miedo que se esconde detrás de la familia Corleone.
—¿Lo dices en serio? Es un muy buen tema, pero tendríamos que analizar básicamente todos los capítulos. ¿Por qué no hablar sobre el papel femenino en la familia italiana?
—Porque es el mismo que en casi todas las familias conservadoras. ¿Cuál es la novedad ahí?
—Bien, ¿entonces de la monarquía dentro de la mafia? Eso también es interesante, ¿no crees?
Habían llegado a los casilleros donde cada estudiante tenía sus zapatos. Y en cuanto Anna se percató de que Shirakawa no se detendría, corrió a su propio casillero para cambiarse el calzado y volver hacia donde el chico se dirigía: el camino a los campos de béisbol.
—¿Y? ¿No te gusta? ¡¿Eh?! ¿A dónde vas? —cuestionó mientras veía cómo Shirakawa se desviaba hacia los dormitorios de hombres.
—Tengo sed, compraré algo —contestó—. Tú me diste una lista para elegir y ya elegí.
Anna se agarró la cabeza. Imposible, era imposible negociar con ese sujeto; entendía a la perfección que fuera tan aficionado a la familia italoestadounidense.
—¡De acuerdo! Tú ganas, como siempre.
—Hablando de ganar, ¿volviste a pelear?
—No me he peleado, y baja la voz; alguien podría escucharte.
Shirakawa se detuvo frente a una máquina expendedora y compró un té con leche. No se le veía en lo mínimo preocupado o afectado por la advertencia de su compañera.
—Éstos ya son territorios del club de béisbol, y seguro que esos obsesivos todavía no llegan. Y si ya lo hicieron, están en los vestidores.
Anna se recargó en la máquina expendedora y suspiró. El efecto de la soledad seguía presente en ella. Extrañaba a Seiya y detestaba cuando a Suzume se le metía una idea, porque entonces no podía conversar como le gustaría con ella.
Sólo quería a alguien con quien pudiera hablar un rato.
—¿Entonces qué es ese moretón en la muñeca? ¿Peleaste con un mapache por tu desayuno?
La cátcher resopló. Por ahora, tenía que conformarse con ese grosero sujeto que no hacía más que tratarla como un salvaje pandillero.
—Ya te dije que no me peleé. Fue culpa de la Ayase Sakura, ella fue la que me hizo esto.
Shirakawa dejó de beber y miró con extrañeza a su acompañante. ¿Le estaba diciendo que Mei tenía un fetiche por las chicas agresivas y ni siquiera lo sabía? Pobre hombre, terminaría por renunciar a las mujeres en cuanto lo descubriera.
—Ahora sí estoy intrigado. El equipo de softball parece tener más de un animal en sus filas.
—Ella es más una habladora. No es la primera vez que me enfrenta, pero sólo hoy se atrevió a ponerme una mano encima.
Shirakawa bebió un largo trago. Pasó todo el día añorando ese sabor…
—Siendo tú, pudiste haberla desmayado de un solo golpe, ¿qué te detuvo?
—No suelo defenderme de otros; sólo me importa defender a los demás.
El parador en corto tiró la lata vacía en un bote cercano y negó con la cabeza. Ridículo.
—Qué estupidez.
—Sin embargo, —Comenzó Anna, siguiendo a su compañero— creo que esta mañana hice algo que no debía. Si ella me hizo esto a mí, sólo por celos, implica que puede lastimar a Narumiya-kun en algún punto, ¿cierto?
—Si estás hablando de una celópata sin consciencia alguna de su fuerza, sí, supongo que es posible.
—Entonces no estuvo tan mal el advertirle que no le hiciera nada de eso a Narumiya-kun, ¿verdad?
Shirakawa se detuvo.
—¿Amenazaste a la novia de Mei? ¿Físicamente? ¿No sabes que eso podría hacerte perder tu titularidad?
—¡Nunca la toqué! —Shirakawa alzó una ceja; sabía que no necesitaba tocarla para infundirle el peor temor posible— Bien, sí, la amenacé. ¡Pero ¿qué otra cosa podía hacer?!
El pelirrojo suspiró antes de caminar a mayor velocidad. Su acompañante de inmediato lo alcanzó. Ella era el límite de lo patético. Y ya era suficiente.
—¡¿Ahora a dónde vas?! ¡Espera!
—¿Supones que también voy a guardarte ese secreto?
—En realidad ni siquiera pensé que tenía que pedírtelo, ¿no es obvio?
—Si él supiera todo esto, tu vida y sobre todo la mía, sería más fácil —señaló. Anna comenzó a ver a su alrededor a algunos jugadores que, a su vez, le devolvían la mirada, extrañados.
—Sí, pero tienes que prometerme que no le dirás nada —suplicaba a un volumen moderado.
—Detesta a las chicas rudas, ¡te ahorrarías todo esto si él…!
—No lo hagas, por favor. ¡Yo haré todo el trabajo de Literatura!
—No quiero más tratos contigo —indicó antes de abrir una puerta. Y Anna, más osada y sin siquiera fijarse a dónde entraba, le bloqueó el paso a Shirakawa.
—De acuerdo, no más tratos; pero no le digas nada.
—¿Acaso no te das cuenta? Arriesgaste y mandaste a la basura tu reputación, casi sucede lo mismo con la mía, arriesgaste tu posición en el equipo y arriesgaste tu salud, sólo por él. ¿Sabes qué significa eso?
Anna abrió la boca, queriendo responder. Pero no, no quería decir que era eso, a pesar de que sus mejillas se coloraron.
—Estupidez. Y yo no seré partícipe de eso. Te libero de todos los tratos que tenemos; pero déjame en paz.
Anna lo miró con asombro y casi una sonrisa.
—¿Te refieres a todos? ¿Incluso la de Literatura Universal?
—Eso es imposible, la profesora ya tiene nuestros nombres, ahora que lo recuerdo. Pero no hablaremos de nada que no tenga que ver con el proyecto.
—¡Hecho!
—Quítate.
—Sí, sí, pero, tienes que prometerlo —insistió mientras se hacía a un lado.
—Haré como si nunca lo hubiera sabido, ¿contenta?
Anna sonrió.
—¡Satisfecha al menos! ¡Gracias! —Enseguida, Anna se dio la vuelta y se topó de frente con el torso desnudo de Carlos— ¡Ah! Rayos, perdón, Kamiya-kun.
El jardinero la dejó salir, más extrañado que esperanzado.
—Descuida, preciosa… Shirakawa, ¿qué hacía tu novia en el vestidor de hombres?
El aludido, de un terrible humor, ignoró la pregunta de Carlos y las miradas de sus compañeros. Algunos de ellos, llevaban apenas los bóxers y otros tenían la casaca desabrochada. Entre los últimos, se encontraba Mei, quien escuchó la conversación con claridad a pesar de no haberla comprendido.
Sólo sabía, sólo podía entender que Shirakawa no le mintió, que Anna tampoco lo hizo. No había forma alguna de que esos dos fueran pareja, el trato que Shirakawa mencionó la noche anterior estaba ahí, frente a él. Y la insistencia de Anna, tan presente en sus acciones que ni siquiera se percató de dónde estaba, para asegurarse de mantener un secreto a salvo… Por alguien…
Si las palabras de Shirakawa eran ciertas, ella lo arriesgó todo por una persona… Pero entonces, ¿por qué meterse con Sakura? ¿Ella qué figuraba en todo eso? ¿Y qué era ese moretón en su muñeca?
—Aún me debes una explicación, ¿sabes? —espetó al short stop, quien lo miró con todo el hartazgo que cargaba desde la mañana.
—Me equivoqué. Tú eres el límite de lo patético.
.
La soledad, el saberse sin un hombro de compañía, en ocasiones era absorbente. La sensación de no tener un amigo con quien desahogarse, una persona que escuchara lo que uno deseara expresar… En momentos así, las amistades perdidas se añoraban con fuerza.
En momentos así, cuando el final del trimestre se acercaba y el torneo de verano comenzaba a asomarse, Annaisha incluso extrañaba la compañía de Shirakawa.
El trabajo de Literatura Universal apenas implicaba un intercambio de palabras, y el short-stop aclaró que no quería una conversación fuera de ese tema. De la última vez que había conversado con Seiya y con Suzume ya había pasado más de un mes. Sin importar cuánto hubiese mejorado en el ámbito deportivo, Anna añoraba a sus amigos.
Se recargó en la pared de la bañera. La práctica de esa tarde sólo implicó a los miembros oficiales del primer equipo; el entrenador tenía la intención de organizar distintas estrategias con las personas a las que usaría durante el verano. Obviamente, eso significaba que las chicas terminarían tan agotadas de cada entrenamiento que apenas tendrían energías suficientes para no dormirse en la bañera. En general, había silencio; apenas unas cuantas mujeres intercambiaban palabras de consuelo y empatía.
—Supe que Ayase-kun tuvo problemas con el entrenador —mencionó So-hee a su lado. Anna la miró con cierto asombro—. Se le acusó de molestar a un miembro importante del equipo titular y de agredirla físicamente.
Anna bajó la mirada. Días atrás, las oportunidades para que Sakura ascendiera al primer equipo desaparecieron por completo y fue castigada. El entrenador afirmó que, de haberse presentado una queja formal, la expulsión del instituto habría sido su realidad. Pero en ese caso, las ventajas que Anna tenía sobre Sakura desaparecerían y la tercera base podría vengarse a sus anchas.
Así, no fue otra cosa sino la precaución la que llevó a Anna a no presentar una queja formal. Eso no la enorgullecía en realidad…
—Sí… —respondió con simpleza— Pudo ser una gran barrera; sus saltos siguen pareciéndome muy buenos.
So-hee le sonrió.
—No tienes que engañarme, Harada-san, noté que ella te molestó esa noche cuando insistió sobre Shirakawa-kun y tú. Fui yo la que le dije al entrenador, no me pareció correcta su actitud; independientemente de si son de la misma generación o no —admitió.
Y por un segundo, Anna estuvo tentada a reclamarle, a espetarle que fue culpa suya que Sakura enloqueciera de ese modo… Mas luego de ver el rostro amable de la pitcher, su honesta preocupación, no pudo hacer más que agradecer en voz baja.
Le alegraba tener a alguien de su parte, aunque fuera momentáneo.
—Sé que no nos conocemos mucho, Harada-san. Y, en realidad, lo único que sé de ti es lo que he escuchado en los pasillos; pero… Si en algo puedo ayudarte, yo…
—¡¿Qué fue eso?! —exclamó Eiichi Nanami señalando a una de las ventanas del baño. Ella estaba de pie, completamente desnuda, frente a la tina.
—¿A qué te refieres? —cuestionó otra chica.
—Creí haber visto a alguien…
—¿Alguien? —repitió Anna, cubriéndose el pecho— ¿Estás segura?
Nanami miraba con atención la ventana. De entre todas las jugadoras, ella era la que poseía la voz más potente; por lo que todas ahí la escucharon gritar.
—Tal vez fue tu imaginación —sugirió una.
—¿Hay fantasmas en Inashiro? —inquirió So-hee— Me han contado tantas leyendas japonesas que no puedo evitar pensarlo. —Algunas sonrieron por la curiosidad e inocencia de la extranjera.
—Dentro de la escuela no he escuchado nada, pero cerca de la estación se dice que aparece Teke-teke —contestó Anna.
—¡¿La que está partida por la mitad?!
—Esa misma. ¿Quieres ir esta noche a verla? —Sonrió. Unas cuantas chicas rieron por la extraña afición de la cátcher por el terror.
—¡Para nada! Ni siquiera aguanto a las apariciones de mi país.
Así, lo que comenzó como una preocupación por parte de Nanami, terminó en una charla sobre fantasmas y aparecidos orientales.
.
Los rumores sobre ellos nacieron casi al mismo tiempo que se conocieron. Un sinfín de cosas se dijeron; las mentiras y las verdades se combinaban sin permitir saber cuál era la realidad de su relación. Porque, a decir verdad, ni siquiera ellos conocían una definición para lo que compartían.
Seis semanas transcurrieron desde que ella lo golpeó, desde que ella defendió al lanzador rubio. Desde la última vez que se dirigieron la palabra. Y en esas seis semanas, Anna se vio involucrada en una serie de rumores que incluían a otro jugador. A uno más extravagante que atractivo. Uno que, por suficientes razones, jamás podría llamar la atención de Harada Annaisha.
Por lo cual, Seiya en realidad no se interesó en todo lo que dijeron respecto a ambos. La conocía tan bien que podía asegurar que sólo se trataba de un trato, de una conveniencia mutua.
Y luego de seis semanas de no hablar con ella, al fin había llegado el momento de pasar la página y retomar su extraña relación.
Annaisha pocas veces bajaba al comedor durante los recesos; mas Seiya conocía la máquina expendedora favorita de la chica. Y cuando la vio escogiendo sus chocolates predilectos, se colocó a su lado.
—¿No te parece que consumes mucho ese chocolate? Tiene mucha grasa —Le dijo. Ella se sobresaltó un momento y luego lo miró. Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.
—Para algo hago tanto ejercicio. Silencio —contestó—. ¿Cuánto tiempo pasó esta vez? ¿Un mes y medio?
—Así es. Me alegra que me hayas extrañado lo suficiente como para recordar la fecha exacta. —Se burló. Anna recogió el chocolate y abrió la envoltura.
—Espero que estas semanas te hayan hecho madurar. Debes reconocer que te lo advertí —dijo antes de darle una mordida a su dulce.
—Por completo, pero no esperé a que esa situación te mandara a los brazos de otro beisbolista. ¿Vas a hablarme sobre Shirakawa Katsuyuki o lo averiguo por mi cuenta?
Anna sonrió. De alguna forma, extrañaba esas conversaciones tan inverosímiles. Mordió de nuevo su chocolate y comenzó a caminar hacia su salón.
—Es una buena persona, no hables mal de él.
—¿"Persona"? Vaya, eso sí es nuevo —mencionó y Anna se detuvo.
—¿A qué te refieres?
—Shirakawa Katsuyuki es un jugador, normalmente te refieres a ellos como beisbolistas; nunca lo haces como personas. ¿Qué fue lo que te hizo ese sujeto?
Anna no respondió. Eso era cierto. En las semanas en las que Shirakawa y ella convivieron de forma cercana, éste la obligó a mirarlo como una persona más, prohibiéndole que hablara sobre béisbol. Las conversaciones con el pelirrojo se dieron a nivel personal, se dieron a un nivel lleno de tonterías sin importancia… Casi como si se tratara de un… ¿Amigo?
—Harada-san, no creí encontrarte en el comedor —dijo So-hee frente a ella. ¿En qué momento llegó?
Seiya se colocó a su lado y entonces la coreana lo miró con curiosidad, hasta que pareció comprender de quién se trataba y se inclinó un poco para saludarlo.
—Es Kimura Seiya, un viejo amigo. Ella es So-hee, estudiante de intercambio y pitcher del equipo —presentó Anna—. Vine por esto— añadió mostrándole el chocolate—, es muy rico.
—Tendré que probarlos más tarde. Pero, dime algo, ¿es normal en Japón recibir tres confesiones en un día?
Seiya miró de inmediato a Anna, esperando su reacción. Ella se sonrió y negó con la cabeza.
—No es muy normal —contestó la cátcher.
—Es probable que se trate de tus rasgos faciales —intervino Seiya mientras tomaba a Anna del brazo—. Las clases comenzarán pronto, será mejor que te lleve a tu salón.
—Es raro. Me encontré a Nanami-san y a ella le han hablado al menos cuatro sujetos. ¿No te han dicho nada a ti? —insistió So-hee.
Anna se rascó la nuca y se limitó a alzarse de hombros.
—No en realidad, aunque creo que unos chicos me miraron demasiado en el salón… Pero probablemente sólo me estoy sugestionando.
—Es probable —correspondió Seiya—. Debemos irnos, Anna.
Tenía que sacarla de ahí. Tenía que asegurarse de que ella no se enterara de que…
—¡Anna! ¡Anna, por todos los cielos, estás aquí! —exclamó Suzume y entonces Seiya supo que ya no había forma de evitarlo. Esa chismosa...
Suzume tomó las manos de Anna, importándole poco que llevaran tanto tiempo sin conversar y la jugadora, igualmente extrañada, trató de deshacerse del agarre.
—¡Es Shirakawa! ¡Está en la dirección! ¡Se peleó con dos sujetos! —explicó Suzume.
De inmediato, la expresión de Anna se alteró drásticamente.
—¡Idiota! ¡Podrían sacarlo del equipo por eso! —exclamó antes de echarse a correr hacia las escaleras.
Como era de esperarse, sus tres interlocutores la siguieron. So-hee, al ser también una deportista, fue la única en alcanzarla de inmediato.
—¿Sacarlo del equipo? ¿No te preocupa que puedan expulsarlo de la escuela? —cuestionó la pitcher, un tanto divertida.
—¡Anna, espera! ¡Anna! —exclamaba Suzume mientras trataba de seguirle el paso— ¡Déjame explicarte qué fue lo que pasó!
Detrás de Suzume, con la peor condición física de los cuatro, Seiya se esforzaba por al menos respirar adecuadamente para no perder el ritmo. Tenía que evitar que Anna supiera sobre lo ocurrido esa mañana, sobre lo que estaba divulgándose.
Debía llevarla a su salón antes de que algo más sucediera.
Y para su mala fortuna, la dirección se encontraba en el primer piso; así que cuando él llegó, Suzume ya la sostenía de nuevo de los brazos.
—Dijeron que les reclamó sobre un video que está circulando en la escuela —dijo Suzume—. Es sobre las del primer equipo de softball.
Inmediatamente, Seiya tomó a Suzume de los hombros.
—Ella no necesita saberlo.
—¿De qué es el video? Eso también me incluye a mí —intervino So-hee, ya sin sonreír como siempre lo hacía.
—Pero no necesitan saberlo, créanme. Anna, confía en mí.
La receptora, entre asustada y confundida, miró a Seiya y, replicando todos esos momentos donde él la protegió de una o de otra forma, asintió una vez. Empero, Suzume negó con la cabeza.
—No importa quién se lo diga, lo sabrá —alegó—. En su salón, en los pasillos, cualquiera va a gritárselo. No hay forma de ocultárselo.
Pero si podía protegerla, si podía protegerla hasta que todo se resolviera.
—¿Traes tus audífonos? Podrías ponértelos en los recesos y no…
—Sólo díganlo —exclamó So-hee.
—¡Las grabaron en las duchas, cuando todo el primer equipo estaba bañándose! —soltó Suzume, pese a los esfuerzos de Seiya para silenciarla.
—¡¿Qué?! —gritó una voz no muy lejos de ellos.
La oficina del director se encontraba a unos escasos pasos, y a un lado de la puerta de acceso, Kamiya Carlos Toshiki, Narumiya Mei y Ayase Sakura. El que gritó, como no podía ser de otra forma, fue el pitcher.
Por supuesto, el que Shirakawa se hubiera peleado sólo implicaba que sus amigos cercanos fuesen a abogar a su favor. No era de sorprender, entonces, que esos dos jugadores estuvieran ahí. Empero, Seiya no se sentía cómodo con la presencia de ese rubio.
—Anna, tenemos que irnos de aquí —dijo a una chica que perdió todo el color en su rostro.
Él lo entendía. Annaisha venía de una familia sumamente conservadora, cuyos valores apenas le permitieron vivir en los dormitorios de Inashiro; ella fue educada de tal forma que jamás permitiría que un hombre que no fuese su futuro esposo la mirase o tocase de forma erótica. Su cuerpo, entendido como un templo que había de proteger y preservar puro, ahora estaba expuesto frente a toda la escuela.
Esos comentarios, esas miradas recibidas en el salón de clases, ahora tenían todo el sentido del mundo…
—¿Tú lo sabías, Kimura? —cuestionó Narumiya. Ante la pregunta, la receptora miró al lanzador. Y el miedo llegó a sus ojos.
Seiya se colocó entre ambos y encaró al beisbolista.
—La noticia llegó al Consejo Estudiantil en cuanto el video empezó a circular, por supuesto que lo sabía.
—Entonces por eso me llegaron tantas confesiones —comentó So-hee, quien a pesar de la vergüenza, no lucía tan afectada.
—¿Tú viste el video? —espetó el rubio, avanzando un paso hacia Seiya.
Qué insensato.
—Sólo los primeros segundos, teníamos que asegurarnos de que se tratara de nuestra escuela. Las mujeres del Consejo se encargarían de identificar a las afectadas mientras nosotros buscábamos a los responsables.
—No lo sé, ¿era necesario que todos vieran el video? —inquirió Carlos un tanto desconfiado.
—¿Tú lo tienes, Kimura-san? —dijo So-Hee— ¿Están seguros de que son todas las del primer equipo?
—Pusieron el video en la pantalla, no creímos que fuese tan explícito. —Se defendió Seiya, molesto por la pregunta de Carlos. Porque a pesar de guardar sentimientos afectivos hacia Anna, jamás se aprovecharía de bajas oportunidades para acceder a lo que ella le negaba—. Y hay una lista no exhaustiva sobre las implicadas; por lo que sé, todas son del primer equipo, pero no estoy seguro de que sean las veinte chicas. El video fue grabado el viernes pasado. Es lo único que sé.
—Ah, vaya. Entonces yo no estoy en ese video. —Suspiró Sakura— Es un alivio, ¿no es así, Mei-kun?
El aludido, empero, no respondió. Su mirada estaba fija en alguien más.
Anna, quien no había dicho nada desde que le revelaron la noticia, se abrazaba con fuerza y no dejaba de parpadear, confundida, aterrada, avergonzada, culpable… No lo podía controlar, pero sus labios entreabiertos denotaban sus rápidas respiraciones. No sólo parecía estar al borde del llanto; se derrumbaría en cualquier momento.
—¿Ahora entiendes por qué no debiste decírselo? —espetó Seiya a Suzume— Anna, vámonos de aquí —repitió tomándola del brazo—. No deberías estar cerca de ellos, son los primeros sospechosos.
—¿Qué? —cuestionaron Carlos y Narumiya al mismo tiempo.
—Tiene sentido, el video se grabó en la noche. Ustedes duermen a un lado de nosotras… —contestó So-hee.
Y como si Anna necesitara un motivo más para derrumbarse, miró a Mei directamente, con miedo, con terror, con todo lo que él no quería que lo mirara.
—No, no, no. Ninguno de nosotros haría eso —advirtió el pitcher, soltándose del agarre de su novia para responderle a Anna esa pregunta muda.
—Mucho menos con las chicas de softball, las respetamos mucho. Puedes estar segura de eso, Harada. —añadió Carlos.
—Sí, no creo que ellos… —Comenzó Suzume, mas Seiya la interrumpió.
—Un acosador puede venir de cualquier lado. ¿Por qué no te mueves, Anna? ¡Sólo vámonos de aquí!
En ese momento, la puerta de la oficina se abrió. Y por ella salieron dos muchachos, desaliñados y con sangre seca en el rostro. Ambos miraban hacia el suelo y uno de ellos apretaba con fuerza un teléfono celular.
Anna no los reconocía, pero Seiya sabía con exactitud quiénes eran. Ugori Mokomishi y Nakagawa Hiroyuki, estudiantes de tercer año con un promedio respetable. Miembros del club de teatro.
Y detrás de esos dos sujetos, surgió Shirakawa, con una apariencia semejante. En sus ojos todavía se veía el coraje.
—Hombre, no debes relacionar a tu madre en todo lo que sucede en la escuela —dijo Carlos.
—Detesto a esos enfermos —farfulló el pelirrojo.
Y en cuanto Ugori, el que traía el celular en la mano, pasó a un lado de Narumiya, éste lo tomó de la muñeca para detenerlo.
—¿Ustedes fueron los que grabaron eso?
—Mei, déjalos ir. Se evaluará su expulsión en la semana —dijo Shirakawa.
—Entonces sí son ustedes. —Continuó Mei, y antes de que pudieran responderle algo, le quitó el aparato electrónico— ¿Lo grabaron con esto?
—El video fue borrado, no te esfuerces y devuélveme mi teléfono —contestó Ugori extendiendo la mano.
Empero, Mei miró el celular y alzó un hombro antes de tomarlo con ambas manos. Y frente al asombro de todos los presentes, fue capaz de doblar el Smartphone al menos unos treinta grados, convirtiendo el electrónico en un objeto completamente inservible y rompiendo tanto el plástico como la pantalla.
—¡¿Qué demonios te sucede?! —espetó Ugori.
—Envíame la factura, te compraré otro teléfono —contestó Mei con total tranquilidad antes de devolverle el celular—. Pero, claro, si vuelves a hacer un uso indebido de él, volveré a romperlo tal y como lo viste ahora. ¿Está claro?
No era sólo su voz tranquila, era su mirada calma y su general apariencia la que contrastaban con las acciones y las palabras presenciadas. De todos los testigos, sólo Shirakawa sonreía satisfecho.
La mirada aterrada de los dos responsables empeoró cuando Mei sonrió y colocó su mano derecha sobre el hombro de Ugori.
—Ya puedes retirarte, basura.
—Tu mano… —susurró Anna. Y es que en cuanto Mei dejó de tocar al acosador, una mancha de sangre se instaló en su camisa blanca.
—¡Mei-kun! —exclamó Sakura, tomando sus dedos para exponer su palma. En algún momento, los vidrios rotos de la pantalla cortaron la piel del pitcher— ¡Debemos ir a la enfermería! ¡Vamos! —insistió mientras lo tomaba de la muñeca para alejarse, por fin, de todo ese asunto.
Enseguida, sin un antecedente claro de cuándo se recuperó, Annaisha se colocó frente a Seiya y tomó sus brazos, al mismo tiempo que pedía:
—¡Seiya, por favor! ¡No digas nada en el Consejo Estudiantil! Él ya está lastimado, ¿no lo ves?
Mei detuvo su caminata y, todavía con la mano de Sakura sobre su muñeca, miró hacia donde todavía aguardaba el grupo de interesados. Carlos aludía que seguramente el pitcher sería amonestado por el mismo entrenador, así que no había necesidad de reportarlo directamente. Pero el jardinero apenas cambiaba su expresión; era Anna quien parecía desesperada para convencer a un Seiya que la miraba extrañado.
Entonces Mei recordó las palabras de Shirakawa algunos días atrás:
—Arriesgaste y mandaste a la basura tu reputación, casi sucede lo mismo con la mía, arriesgaste tu posición en el equipo y arriesgaste tu salud, sólo por él.
La expresión de Anna era de súplica, de preocupación. Su rostro apagado, derrumbado tras la noticia de los videos apenas tenía un rastro en lo que ahora veía… Esa chica enérgica se aferraba a los brazos de su mejor amigo para rogarle que no hiciera nada contra él, contra Mei…
—¡Mei-kun! —Lo llamó Sakura— Tu mano, debemos atender tu mano.
El pitcher miró un segundo a su novia. Sus ojos apenas podían con la preocupación y el presunto llanto que se asomaba en ellos. Esa chica estaba tan preocupada por él.
Asintió, dejando tras de sí su interés por Anna.
.
La enfermera que lo atendió lo hizo con cierta molestia: dijo que ese día parecía que todos los alumnos decidieron pelearse a la misma hora, cargándola de trabajo innecesario y aburrido. Mas, en tanto ella atendía las mínimas heridas de Mei, éste no dejaba de pensar, no dejaba de analizar en todo lo ocurrido en los últimos meses.
No dejaba de pensar en las palabras de Shirakawa, en las palabras que recibió de Anna al inicio del trimestre. En las atenciones que ella le dio a las chicas con las que salió, en el pretexto que le dio cuando le preguntó el motivo, en su extraña actitud con Shirakawa, en todo lo que le dijeron de ella, en todo lo que no le dijeron… En lo que él mismo hizo momentos atrás, importándole sólo esos ojos tan llenos de dolor, de impotencia, de pánico…
Porque, entonces Mei se dio cuenta, a él no le importaba si todo lo que le dijeron sobre Anna era verdad o no. No le importaba si salió o no con Shirakawa, si ella le había mentido o si era una tramposa. Él simplemente sabía que no quería verla de esa forma, simplemente sabía que no quería saberla sufriendo.
Simplemente sabía que ella…
—Mei-kun, no lo entiendo —dijo Sakura, irrumpiendo en sus pensamientos.
La enfermera ya no se encontraba con ellos; ahora estaban solos en la amplia habitación. Mientras el pitcher permanecía sentado en la camilla, la tercera base estaba sentada en una silla a unos cinco pasos de él. En sus manos tenía su celular; ella miraba fijamente la pantalla y Mei apenas podía escuchar los ruidos de la noche combinados con voces femeninas y el sonido de algunas regaderas abiertas.
—¿Qué haces con ese video? ¿Cómo lo conseguiste?
—No hay forma de eliminar este video de la red, Mei-kun. Ahora está en Youtube, incluso —respondió volteando el celular para enseñarle a su novio, quien desvió rápidamente la mirada. Fruncía el entrecejo, volvía a estar enojado.
—Quítalo ya.
—Yo no aparezco en este video, pero eso tú ya lo sabías. Sólo grabaron a las del primer equipo; no hay forma de que yo esté aquí. Así que… tú no me defendiste a mí, ¿verdad? Lo del celular, no fue por mí, ¿cierto? —cuestionó ella volviendo a mirar la pantalla. Mei se extrañó, Sakura lucía demasiado tranquila; incluso balanceaba sus piernas cual niña pequeña— Pero ¿sabes a quién sí grabaron? —inquirió casi sonriendo.
Algo no estaba bien, algo no estaba nada bien.
—Basta —ordenó el lanzador.
Sakura se levantó de la silla de un salto y volvió a mostrarle a su novio el celular. Esta vez, estirando el brazo para que la pantalla quedara frente a sus ojos y así no pudiera desviar su atención.
De inmediato, Mei cerró los ojos. Mas el sonrojo en sus mejillas lo delató.
—Sí, es ella, Harada Annaisha —declaró Sakura retomando el control de su teléfono—. Para su fortuna, no la grabaron de cuerpo completo, pero creo que está lo que le gusta a ustedes los hombres, ¿no es así?
—¿A dónde quieres llegar? —espetó Mei volviéndola a mirar— Tengo dos hermanas, Sakura. Era de esperarse que me molestara lo del video; no te hagas escenarios innecesarios.
—Sí, también pensé en esa posibilidad —contestó ella por fin guardando el aparato electrónico—. Shirakawa-kun lo hizo por su mamá, después de todo. Pero, ¿sabes qué? ¡Vi cómo la mirabas! ¡¿Crees que no me di cuenta de que la miras como deberías mirarme a mí?! —explotó— ¡¿A ésa?! ¡¿A la zorra que te rompió el corazón más de una vez, que te usó, te humilló?!
—¿Cómo la llamaste? Sakura, sabes que no me gustan las mujeres violentas.
Sakura retrocedió. Empero en su expresión no encontraba miedo o culpa; el asombro y la burla se asomaban con claridad.
—Entonces Harada no debería interesarte, Mei-kun. Ella no es la tierna palomita que les hace creer a todos. Esa puta arrastrada me amedrentó en su habitación, me acorraló y casi me golpea.
Mei, totalmente confundido, sacudió la cabeza. Las groserías en el vocabulario de su novia lo distraían. En serio odiaba esas palabras y las odiaba más en las mujeres que le llegaran a interesar.
—¿Qué hacías en su habitación, Sakura? Dijiste que querías permanecer alejada de ella tanto te fuera posible.
Enseguida, la chica ahogó un gemido de asombro y miedo. Tragó saliva y desvió la mirada, deshaciéndose de ese porte de seguridad que demostró apenas hacía unos segundos.
Mei la vio dudar y entonces ya no le creyó.
—Fui-fui a preguntarle por qué le dijo cosas horribles al entrenador, por su culpa me sacaron del primer equipo; ya lo sabes, Mei-kun. Yo te lo conté.
—No me contaste que ella te amenazara, ¿por qué? —Sakura miró un instante a Mei y luego fijó su vista en uno de los muebles del cuarto— ¿Por qué no lo hiciste? —insistió bajando de la camilla. Sakura retrocedió y, cual flashback, Mei se adelantó hacia ella— De cualquier forma, voy a terminar contigo; así que sé honesta conmigo.
—¡¿Qué?! —exclamó la chica, deteniéndose. Mei estaba a menos de medio metro de ella, la miraba con enojo— ¡¿Por qué a mí?! ¡¿Por qué me miras a mí de esa forma si acabo de decirte que ella…?!
—¿Qué fue lo que sucedió en esa ocasión? —cuestionó Mei mirándola desde arriba.
—¡No termines conmigo, por favor! ¡Te lo suplico! ¡Fue ella! ¡Ella siempre ha sido una cínica conmigo! ¡Yo sólo quería alejarla de ti! ¡Yo no esperé que fuera a quedar esa marca en su mano!... —Se calló de inmediato y al ver el momentáneo asombro de Mei, añadió tomando sus brazos— ¡Ella no te merece! ¡Jamás lo haría!
—¿Fuiste tú quien le dejó ese moretón en la muñeca? —farfulló entre dientes. La mirada en sus ojos ya no era de simple enojo, y Sakura lo soltó, asustada.
—M-Mei-kun, fue un accidente. E-¡Ella me golpeó! —exclamó volviendo a la secuencia de retroceder y avanzar.
—¿Dónde?
—Eh, eh… Yo… ¡En el pecho! ¡Por eso no lo viste! ¡Fue en los senos, de verdad!
—¿En serio? ¿Y por qué no me lo dijiste? —Mei sonrió.
Asustada, Sakura retrocedió con más ímpetu hasta tropezar con una de las patas del escritorio y caer al suelo. Desde ahí, el pitcher lucía mucho más imponente y orgulloso. Su mandíbula apretada, su barbilla alzada y esa mirada tan cargada de odio… ¿Quién era él?
—¡Estaba asustada! ¡Por favor, deja de mirarme así!
—¿Te asusto? ¿Eso es lo que pasa? ¿Te sientes asustada, Sakura? —preguntó fingiendo sorpresa.
La chica, con el corazón acelerado y el llanto corriendo por sus mejillas, luchó por levantarse pese al terror que la invadía.
—¡Te denunciaré si me pones una mano encima! —advirtió aferrándose al respaldo de una silla.
—Descuida, no volveré a tocarte. Ahora mismo sólo siento repulsión hacia ti; no tienes idea de cuánto me arrepiento de haberte besado tantas veces.
Sakura, al fin de pie, volvió su mirada hacia él. No lo entendía, ¿cómo era que una persona tan cruel se escondía en un rostro tan hermoso? ¿Cómo era que el hombre que la acarició con tanta dulzura era el mismo que ahora la trataba como una basura? ¿Qué clase de bestia habitaba en ese cuerpo del que tanto disfrutó?
—¡Eres igual a ella! ¡Salvaje!
—¿Salvaje? Es la primera vez que me llaman de esa forma fuera del campo; pero creo que puedes tener razón.
—¡Aléjate de mí! ¡Les diré a todos que…! —A su memoria acudió la asesina mirada de Annaisha, tan similar a la que tenía frente a ella, y tragó saliva.
—¿Entonces? ¿Qué les dirás?
No, no podía decir nada en contra de Mei o esa perra loca la mataría. Era capaz de eso, lo sabía. No podía decir nada… No podía hacer nada.
No podría vengarse del sujeto que la trató como un consuelo amoroso, como un entretenimiento, como un simple objeto al que podía besar y tocar cuando deseara…
—Sólo una cosa, Sakura —dijo él al tiempo que le abría la puerta de la enfermería—. Quiero que te alejes de Anna, que no vuelvas siquiera a hablarle.
—¿Qué? Pero… pero… —Su corazón se sintió estrujado. De entre todo el odio que el rubio emanaba, figuraba a su vez un sentimiento que Sakura nunca conoció para sí— ¿Todavía la quieres? —susurró.
Mei se alzó de hombros.
—Eso es algo que, francamente, ya no te incumbe. Sólo quiero asegurarme de que no volverás a tocarla. Y no lo harás. —Se paseó la mano izquierda por el cuello— "Arriesgaste tu salud, sólo por él." Eso fue lo que Shirakawa le dijo hace unas semanas. ¿Crees que yo sea esa persona por la que Anna hizo todo eso?
Sakura apenas podía mantenerse de pie. No, no, no. Él no podía perdonar a Harada, no podía quedarse con ella. No, tenía que evitarlo. ¡Ella no lo merecía!
—Mei-kun, por favor, no vayas con ella. ¡No con ella! ¡Ella no…!
—Sí, todavía no me merece. Pero si soy yo esa persona a la que Shirakawa se refiere, será mejor que no te acerques a ella. Desconozco cómo fue que ella te amenazó, pero creo que quedó muy grabado en tu memoria. Bueno, si tú te acercas a ella, si tú le hablas, si acaso ella se cae y tú estabas en un radio de diez metros… —Sonrió— Bueno, ya sabes qué puede ocurrir.
.
Desde que iba en la secundaria, Ito Suzume fue conocida como la chica que sabía todo lo ocurrido en la escuela. Poseía, por algún extraño motivo, el don de estar en el sitio y a la hora adecuada; por lo que todo lo que llegaba a oídos de otros, solía ser corroborado con Suzume.
Empero, al ingresar al bachillerato, se encontró con una chica que jamás le preguntó sobre uno u otro rumor; una chica a la que sólo le interesaba hablar de béisbol y que, a pesar de eso, la escuchaba a ella. Una chica que le permitía hablar de lo que deseara, fuese un rumor o fuese su propia experiencia; una chica con la que pudo ser honesta y que fue honesta con ella.
Una chica que, más tarde, fue objeto de ciertos rumores que no dejaba dormir a Suzume. Los demás decían que la vieron tomada de la mano con Shirakawa, escondida detrás de una máquina expendedora; mas el don de Suzume no pudo corroborarlo y, cuando le cuestionó a Anna sobre dicho rumor, ésta simplemente se interesó en saber si acaso alguien escuchó su conversación.
El comportamiento de Anna, por primera vez tan hermético que sólo incrementaba las sospechas de quienes la rodearan, provocó que Suzume se esmerara por saber la verdad. Estaba preocupada, quería saber si algo le sucedía. Prometía no revelar la verdad a los demás chismosos; sólo quería asegurarse de que ella estaba bien, de que ese chico tan extraño no la estaba lastimando.
Empero, la insistencia de Suzume sólo provocó que Anna se enfadara con ella, le gritara y dejara de hablarle por semanas. Que dejara de hablarle hasta que Suzume vio a un puñado de compañeros suyos reunidos al fondo del salón, con un celular frente a ellos y el volumen bajo. Todos sonreían de una forma un tanto alarmante. Mas no fue hasta que uno de ellos mencionó lo bien preparado que estaba el equipo de softball, que Suzume sospechó qué era eso que escondían.
Averiguarlo no fue cosa difícil: apenas al salir del salón, se encontró con unos estudiantes que corrían en dirección a las escaleras de emergencia. Y tras seguirlos y encontrar a dos profesores separando a Shirakawa Katsuyuki de dos alumnos de tercero, oyó los susurros a su alrededor:
—¿Estás segura de que fue por el video del equipo de softball?
—Sí, Shirakawa-kun fue el que empezó todo.
—Seguro fue por su ex novia, Harada Annaisha.
—¿Sobre qué era el video? —cuestionó Suzume.
—Es todo el primer equipo de softball bañándose; dicen que es reciente.
—Tú eres la amiga de Harada Annaisha. ¿Shirakawa-kun lo hizo por ella? ¿Tú qué crees?
No respondió. Anna debía saberlo. Tenía que saberlo. Tenía que advertirle.
Y tenía que recuperar su sonrisa. Tenía que eliminar esa tristeza que la embargaría en cuanto supiera la verdad, en cuanto supiera sobre la falta que cometieron contra todo su equipo. Tenía que hacerlo, tenía que entregarle de alguna forma todo lo que no pudo durante esas semanas.
Anna la necesitaba.
Para su fortuna, el interés de Carlos Kamiya hacia Suzume nació inmediatamente después de conocerla; por lo que le prometió encontraría un modo para alegrar a Anna.
Y a la mañana siguiente de que ese video se popularizara, Suzume entró al salón de Anna en el segundo descanso. No sólo tenía la excusa perfecta, también llegó con las mejores noticias, confirmadas de primera mano por Carlos.
—¡Anna! —exclamó antes de sentarse a su lado. La aludida la miró con cierto asombro— Celebremos nuestra reconciliación y vayamos a un karaoke, ¿qué te parece?
—¿Qué? —cuestionó ella, inmensamente confundida por todas las palabras de su amiga. Suzume sonrió.
—Seremos solamente Kamiya-kun, Shirakawa-kun, tú y yo. ¿No suena divertido?
La confusión en Anna se incrementó.
—¿Cómo fue que se formó ese extraño grupo? ¿Estás saliendo con Kamiya-kun?
—Por supuesto que no, pero creímos que sería una grandiosa idea para alegrarte y para que todos olvidemos el incidente de ayer.
La receptora tardó en responder. Y en lugar de dirigirse a Suzume, volteó a ver al chico sentado detrás de ella, quien traía los audífonos puestos y los ojos cerrados.
—Tú, Shirakawa, —Lo llamó; éste abrió los ojos y se quitó un audífono— ¿en serio irás a un karaoke? ¿Tú?
El short-stop la miró con cierta molestia.
—¿Por qué te sorprende? Me gusta la música y me dejaron escoger el lugar —respondió.
—Si ése es el caso, entonces iré. No me perdería la oportunidad de ver a Shirakawa cantando.
Suzume aplaudió, feliz.
—De acuerdo, nos veremos a la salida después de clases. Hoy no hay entrenamiento, después de todo.
Y antes de que Anna pudiese arrepentirse, Suzume se puso de pie y salió del salón. Qué fortuna, Narumiya Mei no se encontraba en el salón, por lo que no sospecharía que sería víctima del plan de Carlos. Nada mejor para alegrar a Anna que reconciliarse por fin con el talentoso pitcher.
Debía celebrarlo, tenía que comprarse una enorme barra de chocolate.
Suzume bajó las escaleras, despacio y tarareando una canción en su cabeza hasta que una voz conocida en el descanso de la escalera la distrajo:
—Si tanto dices cuidarla, ¿cómo fue que el video se propagó tan rápido? ¿Qué hiciste para protegerla?
¡Ése era Narumiya Mei!
Suzume se recargó en la pared contigua a donde escuchó al lanzador y esperó la respuesta del interlocutor.
—En este siglo es imposible impedir que algo se difunda; no somos dueños del internet. — Suzume se cubrió la boca para evitar gritar. Era la voz de Seiya— Aunque ya estamos trabajando para bajar ese material de internet. Como podrás ver, mi estilo no es el de la agresión física.
—Pudiste al menos abrazarla, ¿acaso no viste la expresión en su rostro?
Seiya dejó escapar una corta risa.
—Tú no conoces a Anna; un abrazo sólo habría conseguido que ella me alejara. Y yo la protejo, por supuesto que lo hago, manteniéndola alejada de sujetos como tú, que la idolatran hasta que conocen a la verdadera Anna.
Suzume asomó un poco el rostro, para tener un mayor conocimiento de lo que ocurría en el descanso de la planta baja. Narumiya permanecía recargado en el ventanal, en tanto Seiya estaba frente a él. Ambos lucían orgullosos, seguros de sus palabras; molestos el uno con el otro. Empero, en los ojos de Narumiya se reflejaba un sentimiento más, uno que Suzume no conocía.
—¿Y acaso crees que porque tú la conoces de unos cuantos años antes, tienes el derecho de elegir con quién saldrá Anna-chan? ¿Tanto miedo tienes de perderla? Podré no conocerla como tú; pero sí sé que si ella estuviera interesada en ti, no tendrías que mantenerme alejado de ella.
Seiya, que permanecía con los brazos cruzados, apretó los puños. Ése fue un golpe bajo y lo sabía.
—Puedes hablar cuanto lo desees, pero estoy seguro de que un chico tan débil como tú no soportaría una hora con la cara que Anna esconde. ¿Por qué no regresas con tu obsesiva novia y dejas en paz a Anna? Seguro que te va mejor con esa otra chica; te gustaba mucho su cuerpo, por lo que escuché.
Mei suspiró y cortó el contacto visual. Dio un paso adelante y Suzume retrocedió un escalón, preparada para subir en cuanto lo escuchara acercarse.
—Sólo digo que creo que deberías estar más pendiente de Anna-chan y no de mi vida, ¿sabes?
—¿Estás amenazándome?
—Por supuesto que no. Eres una persona valiosa para Anna-chan y lo respeto. No metas palabras en mi boca y encárgate de que ella esté bien.
Antes de que su pie tocara el primer escalón, Suzume ya se encontraba en el piso de arriba, con la respiración entrecortada y la adrenalina corriendo en sus venas. ¡Qué pedazo de conversación acababa de escuchar! ¡Ya extrañaba esa sensación!
.
Anna, Shirakawa y Carlos conversaban en la entrada de la escuela mientras esperaban a Suzume. Dado que Carlos no tenía prohibición alguna sobre un tema en particular, Anna pudo sacar su box score con confianza y mostrárselo para que le diera su opinión respecto a los lanzamientos de So-hee.
—Parece que su fuerte son los enfrentamientos contra diestras; le cuesta menos trabajo guiarlas al out —mencionaba Carlos.
—Las estrategias que le enseñaron en Corea son muy eficaces. Desarrolló casi por su cuenta un estilo completamente distinto cuando se enfrenta a zurdas y diestras —explicó Anna, completamente emocionada.
Shirakawa, como era de esperarse, se mantenía a un par de pasos, con los audífonos puestos, y totalmente ajeno a esa conversación. Mas cuando Suzume llegó corriendo, gritando el nombre de Anna, no le quedó otro remedio que descubrir sus oídos. No valía la pena desperdiciar la pila de su reproductor cuando seguramente esas mujeres no lo dejarían escuchar ni sus pensamientos.
—¡Jamás adivinarás qué escuché hace rato! —exclamó tomándola de los antebrazos— ¡Narumiya-kun le reclamó a Kimura-kun el no haberte protegido ayer!
—¡¿Qué hizo qué?! ¿A qué te refieres con "reclamarle"? ¿Qué fue lo que le dijo? ¿Lo amenazó? —interrogó Anna, cogiéndola del mismo modo.
—No, no necesitó hacerlo. ¡Derrotó a Kimura-kun en esa discusión! ¡Fue un K.O. clarísimo!
El rostro de la receptora nuevamente se llenó de susto.
—Maldición. ¿Dónde está Seiya? ¿A dónde fue después de clases?
El miedo era plausible; mas no parecía ser el mismo tipo de miedo que el del día anterior. Este sentimiento parecía más cercano, más tangible, más preocupante.
Suzume balbuceó algunas vocales, incapaz de responder esa pregunta.
—Yo tuve que llevar unas tareas a la sala de maestros, no pude fijarme…
Anna se soltó enseguida del agarre.
—Adelántense, los alcanzaré más tarde. Tengo que ver a Seiya.
Y, sin apenas permitir que alguno cuestionara su decisión, Anna se dirigió tan rápido como pudo hacia el piso de arriba. Sabía que el calzado que usaba en ese momento no era el adecuado, mas no le importó. Tenía que encontrar a Seiya antes de que fuera demasiado tarde.
Casi cuatro años atrás, Anna conoció a Seiya. Él se presentó como un estudiante modelo que solía llevarse bien con los profesores; un sujeto amigable que ayudaba a sus compañeros a comprender los temas más complicados, un chico al que le gustaba el reconocimiento y los halagos. Un adolescente un tanto ególatra, pero que se esforzaba por merecer cada uno de los premios que recibía.
Mas, luego de casi un año de intercambiar la primera palabra con él, descubrió un lado más de ese arrogante chico. Una inteligencia para manipular a personas de altos cargos para crear situaciones a su favor, para salir impune de ciertas circunstancias y, sobre todo, para hundir a otras personas en la desgracia.
Era un chico brillante, una persona académicamente digna de admirar; aunque también se trataba de alguien a quien era mejor no molestar.
Después de todo, se trataba del muchacho que en su primer año de preparatoria consiguió la vicepresidencia del Consejo Estudiantil. Sus influencias para ese momento ya le permitían elegir al siguiente expulsado del instituto. Que por algo Ugori y Nakagawa recibieron su carta de expulsión esa misma mañana.
A Seiya sólo le bastaba con inventar una grandiosa excusa y señalar al responsable para que la academia no volviera a considerar a esa persona para ningún asunto.
Eso por no hablar del poder que tenía fuera de la escuela, del poder que tendría en el distrito de Tokio…
Anna tropezó con el último escalón y cayó al suelo de forma estrepitosa. No se quejó, después vería el golpe en sus rodillas; necesitaba llegar a donde se encontraba Seiya.
El salón del Consejo Estudiantil se encontraba en el segundo piso, justo arriba de la oficina del director. Debía estar ahí, debía…
La puerta del aula a la que Anna apuntaba se abrió. Salieron dos personas; una de ellas no le importó a la chica, pero de inmediato tomó el brazo de la segunda. Seiya la miró de inmediato y, tras percatarse del estado de su amiga, se escandalizó. Le hizo una seña a su compañero para que los dejara solos y acarició la mejilla de Anna.
—Dime que no te peleaste, por favor —susurró señalando sus rodillas. Anna entonces se dio cuenta que de ambas resbalaba un hilo de sangre.
—No, y eso no importa. Tienes que prometerme que no le harás nada a Narumiya-kun —suplicó tomándolo de las manos—. Él no te amenazó, ¿cierto? No te agredió físicamente ni te insultó, ¿no es así?
Trataba de sonreír, trataba de parecer la chica linda de la que Seiya se enamoró, trataba de aludir a los sentimientos del chico. Trataba de hacer cualquier cosa para evitar que lastimaran a Mei.
Empero, la mirada de Seiya se endureció de inmediato. Y, sin esfuerzo alguno, se quitó las manos de Anna de encima.
—Ya le he perdonado bastante, ¿no lo crees? —cuestionó antes de caminar hacia los escalones por donde Anna venía— Me pediste que no lo acusara de acoso cuando te iba a ver por las tardes a los entrenamientos y me pediste que le perdonara el incidente con el celular; dime por qué habría de disculparle, además, una agresión directa a mi persona.
Anna lo siguió y nuevamente tomó su mano derecha para detenerlo.
—Bien, tienes razón. Pero todo eso ha sido por mi causa, ¿verdad? Si él no sintiera nada por mí, no tendrías que molestarte tanto. Hazlo por mí, por favor.
—¿Vas a comprar su perdón con tu propia persona? —Bufó— No estoy tan desesperado, Anna. Le dije al director que lo vería en diez minutos; así que, si me disculpas…
—¡Entonces cúlpame a mí! ¡Lo que sea que vayas a hacerle a Mei, que sea para mí! —exclamó, alcanzándolo al comienzo de las escaleras.
—¿Lo que sea? Anna, tenía planeado simplemente sacarlo del club de béisbol. ¿Estás segura de tus palabras? ¿Tu estancia en el club por la suya? —Anna abrió la boca sin poder emitir una palabra. Su vida era el béisbol, era el softball; Seiya era consciente de eso— Lo sabía.
Avanzó unos pasos más.
—¡Lo haré! ¡Renunciaré al softball si lo dejas ir!
Seiya volvió a detenerse y miró a Anna. Desde donde se encontraba, a unos pasos por debajo de ella, podía ver todo su cuerpo temblar, todo ese dolor que implicaba abandonar su posición, su titularidad, su vida entera… ¿Sólo por ese pitcher? ¿Qué lo hacía tan especial?
En realidad, ni siquiera Anna lo sabía. Ni siquiera entendía por qué sus acciones eran tan drásticas cuando se trataba de Mei. No era capaz de percibir qué era lo que le ocurría cada vez que permitía que su cuerpo y sus labios reaccionaran de esa forma cada vez que sentía que Mei estaba en peligro.
Lo único que tenía claro, lo único a lo que podía aferrarse, era a la esperanza de saberlo a salvo.
—La única razón por la cual estudias en Inashiro es por tu beca deportiva, Anna —alegó Seiya, con tranquilidad—. Si dejas el club, perderás la beca y sabes que tus padres no tienen suficiente dinero para pagar esta escuela. Ese detalle no lucirá muy bien en una entrevista para la Universidad de Tokio, así que perderás también ese sueño por el que te has esforzado todos estos años. ¿Cómo le dirás a tu madre que abandonaste la oportunidad de tu vida sólo por un beisbolista?
El rostro de Anna se contrajo en dolor. No, ella no medía las consecuencias de sus palabras. Ella no estaba dispuesta a perderlo todo, absolutamente todo, por Narumiya Mei.
—Está decidido, Anna. Narumiya Mei dejará el club de béisbol —declaró mientras retomaba, una vez más, el camino a la dirección.
No, no, ¡no! ¡No podía permitirlo!
Anna sacó rápidamente su celular y presionó un botón antes de correr escaleras abajo para alcanzar a Seiya justo en el descanso. Lo tomó del cuello de la camisa, lo giró de espaldas al ventanal y finalmente lo estrelló con fuerza en éste. Seiya apenas soltó un gemido de dolor porque de inmediato sintió sobre su cuello el brazo de Anna, presionando su garganta. La mirada de Anna entonces dejó de ser de súplica, de terror, y se transformó en una de coraje.
—Mentirás, ¿cierto? Dirás que él te agredió cuando sabes bien que no fue así, ¿verdad? —farfulló, acercando su rostro al de él— Responde, Kimura Seiya.
El agredido apenas consiguió asentir, mas la presión en su garganta incrementó.
—Dilo —ordenó ella.
Seiya se resistió unos segundos, mas luego dejó escapar un muy débil "sí". A pesar de ser una mujer y a pesar de que él la superaba en tamaño, se sabía inferior en fuerza y agilidad. Asimismo, jamás se atrevería a lastimarla de forma física. No había forma de que pudiese escapar de su agarre…
—Más fuerte, Kimura Seiya. ¿Mentirás acerca de tu acusación?
—S-sí.
—¿Él te agredió? ¿Te amenazó?
—N-no.
—Exactamente. Él ni siquiera te tocó. Pero ¿sabes qué? ¿Sabes quién sí te agredió? ¿Sabes quién sí te amedrentó hasta estrellarte en la pared y presionar tu garganta con su antebrazo? —Los ojos de Seiya se abrieron ante la sorpresa. Comenzaba a entender la situación— Harada Annaisha, miembro del club de softball y tercer lugar en el mejor promedio del salón. Yo te agredí y disfruté de haberlo hecho, Kimura Seiya. Y lo volveré a hacer, lo sabes a la perfección, porque yo sí te estoy amenazando. Lo haré cuando lo desee, sin motivación alguna ni horario específico. Es mi promesa.
Anna alzó la mano libre y, frente a los ojos de Seiya, presionó un botón en la pantalla antes de guardarse el teléfono en el sostén. Entonces, y sólo entonces, liberó a Seiya, quien se limitó a toser.
—E-estás loca… —musitó el muchacho, apenas recuperando el aliento.
—Te lo advierto, Seiya. Dile cualquier cosa al director, métete en el camino de Mei, y yo mostraré esta grabación en la dirección. No sólo me expulsarán de Inashiro sin piedad alguna, sino que expondré tu culpabilidad al respecto. Mi madre, entonces, sabrá que no fue sino gracias a ti que mi futuro quedó arruinado.
I can see you're scared of your emotions. […]
I can see you're tired of the acting.
So why can't you show me?
Who are you in the dark?
Nota de la autora:
¿Pueden creer que se han leído más de diez mil palabras en este capítulo? Por todos los cielos, Nayla, te pasaste. Pero, con total honestidad, me gustó el resultado.
Manejar a todos estos personajes en un ratito me rompió la cabeza. Shirakawa, cosito adorable, eres muy problemático. Te amo.
Muchísimas gracias por leer y aguantar este monstruo.
Pista para el siguiente capítulo: "Used to this". ¡POR FIN!
Abrazos. Nayla.
