Una historia y una promesa
Por un momento solo el sonido de los cubiertos inundó la pulcra cocina. Hunter, desde su sillita de bebé, no perdía detalle de lo que hacía Helga; la miraba como hipnotizado.
Arnold, desde su silla de adulto, se encontraba en las mismas circunstancias.
Helga, por otro lado, solo estaba interesada en el contenido de su plato, cada vez más exiguo.
Al fin el plato quedó vacío. La chica se llevó el último pedazo de pan blanco a la boca y volteó a ver al hombre frente a ella. Sonreía.
-Quién lo diría; eres un buen cocinero, Arnoldo.
-No lo soy -declaró él inmediatamente. Mientras negaba con la cabeza abrió la boca para seguir hablando, pero se dio cuenta apenas a tiempo que estaba a punto de decir que Shannon siempre le decía que le faltaba sal a sus comidas, pero alcanzó a frenarse a tiempo. En cambio, se le ocurrió hacer una broma -. Tal vez te sepa tan bien porque el jamón aún tenía margen de caducidad de una semana.
La otrora rubia le respondió la sonrisa.
-Te sorprenderá lo bien que llegan a saber las cosas caducadas cuando no hay nada más en el refrigerador y tienes demasiada flojera de ir a la tienda por algo más fresco.
Hunter soltó una risita en ese momento, y ambos voltearon a mirarlo, sorprendidos.
-¿Tú también has comido cosas caducadas con tal de no ponerte ropa y salir a la tienda? ¿Eh, mequetrefe?
El nene volvió a reír mientras hacía una burbuja de saliva. Arnold sonrió embobado y al voltear a un lado, se encontró con una idéntica sonrisa en el rostro de Helga.
-Veo que ya te llevas mejor con Hunter, ¿eh?
-Y veo que tú ya dices su nombre con más soltura.
Arnold torció la boca, y Helga le levantó una ceja de una forma entre pedante y juguetona.
-¿Quién es Hunter? -inquirió de pronto, suspicaz.
-Te lo diré si me dices quién es Bert -Arnold le regresó el gesto.
-Te lo diría -dijo Helga, mientras se estiraba sobre la silla -. Pero creo que ya es hora de que entres a trabajar, ¿no?
-No -respondió Arnold, llevándose el tenedor con los últimos restos de desayuno a la boca -, hoy no iré a trabajar.
Ella lo miró con las cejas levantadas.
-¿Es en serio?
Él asintió.
-Aún falta una hora para que abran; les hablaré entonces.
-¿Por qué no irás?
-Porque no tengo ganas y tampoco tengo con quién dejar al bebé, y no creo que tú quieras cuidármelo.
Helga negó enérgicamente con la cabeza y Arnold sonrió.
-Ahí tienes. Ahora dime quién es Bert.
Helga se puso de pie, llenó su vaso en el grifo y volvió a sentarse.
-Bert es el inútil bueno para nada, irresponsable y tarado esposo de Olga.
Arnold levantó las cejas.
-¿En serio? -Helga asintió -Siempre pensé que el esposo de Olga Pataki sería alguien muy sobresaliente.
-Tal vez lo hubiera sido -afirmó Helga mientras se encogía de hombros -. Pero Rebeca Stevens solo pudo conseguir eso.
Arnold recordó que Karlo le había contado que Olga se había presentado ante él como "Rebeca", pero no pudo decirlo.
-¿Rebeca?
-Stevens -Completó ella.
-¿Y Rebeca Stevens es Olga?
-Y yo soy Elizabeth Marie Stevens, legalmente.
-¿Qué?
-Como lo oyes -repuso Helga -. Cuando nos mudamos de casa, no solo dejamos atrás el edificio... -clavó sus ojos en los de él, y lo miró con una extraña mezcla de ira y tristeza - Dejamos absolutamente todo lo que teníamos, hasta nuestro nombre.
Arnold iba a preguntar algo más, pero vio a Hunter cabeceando, y tuvo qué ir por él así estuviera en medio de descifrar el más grande enigma de su vida.
-Pero.. ¿por qué? -inquirió mientras sacaba al bebé ahora dormido y repegaba su carita contra su pecho.
-Por culpa de Bob -respondió secamente, desviando la vista -. Verás, resulta que el gran empresario que era mi padre, cuando mejor parecía que le estaba yendo, estaba completamente quebrado. Creo que no hizo a tiempo el salto de los beepers a los celulares. Estaba demasiado lleno de sí mismo para darse cuenta que su "imperio" no iba a durar mucho si no se actualizaba; estaba tan posicionado en el mercado que, bueno, supongo que se confió -. Arnold no le quitaba la vista de encima ni emitía sonido; se limitaba a asentir cada tanto tiempo con la boca medio abierta -. Así, pues, el gran Bob se llenó de deudas y pidió préstamos que no pudo pagar, y en lugar de hacer lo que cualquier persona sensata hubiese hecho: Declararse en bancarrota e intentar comenzar de nuevo, fue a pedirle ayuda a la mafia.
-¿Qué? -Al fin abrió la boca completa.
Helga estaba cruzada de brazos y con el ceño muy arrugado. Lo miró con una mirada llena de rencor, aunque no precisamente hacia él, y continuó.
-Como lo oyes: le pidió dinero a la mafia, y ni aún así pudo levantar el negocio. De alguna manera los engañó para que le dieran más, y lo volvió a perder, mientras hacía creer a todo el mundo que todo iba viento en popa.
Arnold se imaginaba lo que venía.
-Iban a matarlo, creo. O al menos eso creyó él -Soltó secamente, confirmando al instante las suposiciones del rubio -. No sé qué tanto se había metido en los negocios de esa gente, pero sabía un par de cosas que les interesaban a los federales, y cantó a cambio de una nueva identidad para él y su familia. Yo no supe nada de eso hasta esa noche que me acosté preguntándome a dónde iríamos tú y yo al día siguiente a pasear, si debía llevarme el impermeable en caso de que lloviera, y si podría encontrar el lugar idóneo para besarte sin que nadie nos viera... -La pequeña sonrisa que se había formado en su rostro hacia esa fugaz pero increíblemente abrumadora felicidad que le traían también a él esos gloriosos recuerdos se esfumó de golpe, al tiempo que entornaba mucho los ojos -De pronto desperté caminando por la escalera, mi madre me decía en susurros que no hiciera ruido y que todo iba a estar bien. Pero, por supuesto, nada estuvo bien -Suspiró mientras parecía luchar por evirar su mirada -. Nos mudamos a otro estado, y de repente todos teníamos otros nombres; me dieron una historia para que la memorizara y me dijeron que tenía qué olvidarme de todo lo que había conocido en mi anterior vida, porque ya no era mía.
Los ojos de Helga al fin se llenaron de lágrimas, y Arnold la hubiera abrazado de no tener al bebé en brazos.
Igual Helga no parecía querer que la interrumpieran. Ni siquiera estaba mirándolo mientras hablaba. Tenía la vista clavada en el respaldo de la silla frente a ella.
-Para Big Bob fue fácil adaptarse a su nueva vida; Ya que había hecho mierda la anterior... Y para Miriam... bueno, solo significaba beber hasta olvidar su nuevo nombre; qué más le daba. Yo hubiera aventado todo por la borda felizmente de no haber sido por ti y por Phoebe. Me rompía el alma tener qué dejarlos, y peor aún, sin decirles nada. Recuerdo que una vez, mientras hablaba con uno de los oficiales del programa de testigos protegidos del que me había hecho algo así como amiga, le platiqué mi situación y le pregunté si no podría al menos enviarles una carta, solo a ustedes dos. El hombre, que era un buen tipo, se conmovió conmigo y me sugirió lo de la nota. Se la envió a su tía, su tía a un amigo y el migo quién sabe a quién, para que al final se las enviara a ustedes.
Arnold estaba anonadado. No podía negar que había llegado a imaginarse algo así... pero nunca nada tan complicado...
Curiosamente, recordó a Curly una vez especular sobre que tal vez habían entrado al programa de testigos protegidos y ahora tenían una nueva identidad, y todos se habían reído de él... Quién lo diría...
...
Quería preguntarle algo, pero no sabía muy bien qué. Por su parte, una vez que había comenzado a hablar, Helga no parecía querer parar, y él la dejó decir todo lo que quisiera.
-Éramos pobres en nuestra nueva vida -Continuó con una sonrisa retorcida. Las lágrimas, tan raudas como habían llegado, se habían esfumado. -; papá tenía un trabajo bastante patético pero al menos nos daba para subsistir. El problema fue que todos se volvieron paranoicos: No me dejaban quedarme a jugar en ningún lugar después de la escuela, y tampoco me dejaban tener amigos, aunque tampoco era muy buena para hacerlos, de todas formas -Se encogió de hombros -. Rara vez salíamos de la casa, y todos en general sentían pánico de ser vistos. A mí me parecía estúpido tener qué hacer todo eso, pero debo admitir que también tenía miedo... Aún a veces pienso que alguien me sigue... Evito los lugares encerrados, los callejones casi por instinto... -Se llevó las manos a la cabeza -. No he podido usar mi color real de cabello desde los dieciséis años, Arnold. Todo por ese estúpido miedo que se me quedó grabado en lo más profundo de la cabeza...
Hizo una pausa en la que tomó aire, volteó a verlo y le sonrió un tanto cansada.
-Pero me preguntaste por Bert, ¿verdad? Y por qué termino Olga con semejante perdedor.
- Yo...
Arnold no sabía ni qué decir. Apenas tenía espacio en la cabeza para acomodar todo aquéllo. Helga siguió:
-Olga, o debería decir, Rebeca -frunció el gesto al pronunciar el nombre -, fue la que peor se lo tomó. Y no porque tuviera un novio sin el que le costara trabajo incluso respirar, o una única amiga que quisiera más que a su propia familia y de la que no hubiera podido ni despedirse, ni un negocio que le significaba todo en la vida, ni... Bueno, lo que sea que le haya pesado a Miriam. Olga tenia solo una persona sin la que no podía vivir, y esa era Olga. Pasó toda su vida construyéndose una reputación intachable, un récord de calificaciones perfecto; amigos perfectos... Todo en su vida había sido milimétricamente construido... Y de pronto Olga Pataki dejó de existir, y ahora era Rebeca, la hija de un mecánico de Wisconsin al que le gustaba la cerveza y salir a pescar los fines de semana. Rebeca, que tenía toda una vida en blanco para comenzar de nuevo, pero como no encontró nadie que idolatrara la tierra donde pisaba por el simple hecho de ser quien era... se derrumbó.
Terminó de beberse el vaso con agua y se levantó a llenarlo de nuevo. Arnold aprovechó para poner al dormido Hunter en su moisés y luego este sobre la mesa. Helga se sentó de nuevo y lo miró.
-¿Quieres preguntar algo? -inquirió.
Arnold negó con la cabeza.
-Helga -dijo -. He esperado saber qué pasó con ustedes, especialmente contigo durante toda mi vida. Solo quiero que me cuentes tanto como quieras, y yo voy a escucharte.
-¿No vas a llamar a tu trabajo, para avisar que no irás?
-Que se vayan al demonio todos los del museo con todo y edificio, por favor continúa.
Helga asintió, y parecía intentar reprimir una sonrisa cuando lo hizo.
-Si bien yo compartía algo de la fobia al mundo exterior, (regalo de mi padre y sus excelentes decisiones), le tenía más fobia a la pobreza. Así que, aún cuando todos se negaron rotundamente, busqué trabajo a los trece años; Mentía sobre mi edad y generalmente me creían. Nunca era nada importante, y generalmente eran trabajos de temporada, así que rara vez se ponían a investigar a fondo quién era, y fue en una heladería de un centro comercial cuando conocí a Karlo y me sugirió volver al mundo que más odiaba Helga Pataki: el modelaje. Pero yo ya no era la soberbia y altanera Helga Pataki, sino la pobre como una rata (y soberbia y altanera) Elizabeth Stevens, así que le di una oportunidad... y funcionó. Toda mi familia se negó cuando se enteraron de que quería regresar, pero yo ya estaba suficientemente cambiada para que nadie me reconociera, y como no era la gran cosa lo que estaba haciendo, y como comencé a llevar más dinero a la casa que Bob, terminaron por aceptar.
"Recuerdo que Olga me llevó con Karlo la primera vez, y creo que le dolió en el alma que no le pidiera a ella que modelara también. Y cuando comencé a hacerme conocida y a ganar bien... ya no lo soportó. Ya no solo no era más la todopoderosa e idolatrada Olga Pataki, sino que era ahora una hermana mayor opacada por su "hermanita bebé"... que por cierto, no volvió a llamarme así una vez que mis padres comenzaron a ponerme más atención a mi. Olga, como la acaparadora que era, quería que la miraran otra vez, pero como "Rebeca" era demasiado gris y tenía terror de dejar salir a Olga de nuevo... Encontró la manera de llamar la atención de mis padres de nuevo... de la peor manera -Se llevó una mano a la cara -. Comenzó a beber, justo como mamá, y luego, como eso no le traía los suficientes problemas, comenzó a drogarse. Yo misma le pagué el tratamiento de desintoxicación, y ahí conoció al imbécil ese de "Bert"."
Se llevó ambas manos a la cara, subió los pies al asiento de la silla y suspiró muy fuerte, volvió a mirarlo y continuó:
-Para no hacerte muy larga la historia, más que nada porque ya estoy exhausta, Big Bob murió de un infarto cuando yo andaba fuera del país, Miriam quién sabe dónde andaba y a Olga le tocó hacerse cargo de todo, al menos hasta que llegamos nosotras. Nos dolió, por supuesto, pero también nos liberó de tener qué escondernos, así que Olga al fin decidió salir de su capullo, y no se le ocurrió una mejor idea de nueva buena vida que casarse con el tarado ese y ponerse a parir hijos como coneja viviendo en una comuna hippie -. Rodó los ojos y ya no dijo más.
Pasaron como quince minutos de silencio total. Hasta la acompasada respiración del bebecito sonaba amplificada en el silencioso y amplio salón que albergaba la amplísima sala y el comedor.
Arnold quería escuchar más; Quería saberlo todo, pero Helga ya no habló. Respiraba pesadamente, como si acabara de hacer un esfuerzo considerable (y seguro lo había hecho contando todo eso) y tenía la vista ahora clavada en el techo, con un brazo recargado en el respaldo del asiento y los desnudos pies aún recargados a la orilla de la silla sobre la que estaba sentada.
Arnold quería hablar, pero no sabía qué decir, así que se puso de pié y fue a abrazarla a la altura de los hombros. Helga solo cerró los ojos y recargó la cabeza contra su mejilla.
-Ve a hablar al museo -dijo mientras la soltar un ligero resoplido que sabía que estaba acompañando una sonrisa -o seguro llamarán a la policía si ven que faltan cinco minutos para abrir y tú aún no llegas.
Arnold sonrió también y fue a hacer lo que le dijo. Pensó que harían miles de preguntas, sin embargo, le dijeron inmediatamente que sí, y que se tomara todo el tiempo que necesitara.
Tal vez se debiera al hecho que nunca había faltado a trabajar ni un solo día en todos los años que llevaba laborando ahí.
-Soy libre -soltó mientras entraba de nuevo al comedor -, ¿Qué quieres hacer? -Helga clavó los azules ojos en su rostro y le sonrió de forma un tanto maliciosa.
-Yo quiero irme a trabajar, Arnoldo.
-¿Eh?
La hermosa fémina levantó las cejas.
-Estoy muy atrasada en mi proyecto, Arnoldo. Tengo una fecha límite para entregarlo y tanto Karlo como yo nos estamos jugando el pellejo en él; literalmente invertimos todo lo que teníamos para entrar -Arnold abrió la boca para protestar, o preguntar, la verdad era que ya ni sabía, pero Helga no lo dejó -. Prácticamente ya estamos en la calle ambos -continuó -, y si sigo perdiendo el tiempo, Arnoldo, seguiremos así hasta el final de nuestros días, que no serán muchos porque Karlo me asesinará si hecho a perder esto y luego se suicidará porque no puede vivir sin mí -. Rodó los ojos, pero parecía divertida ante la idea.
Se puso de pié y se dirigió a la recámara. Arnold la siguió totalmente descolocado; Se había tomado el día precisamente para estar con ella, si era sincero.
Helga tomó los tennis del suelo junto a la cama y se sentó en esta para ponérselos.
-Si quieres puedes venir en unas horas a comer con Karlo y conmigo a su departamento. Claro que tendrás qué traer tú la comida porque nosotros no tenemos tiempo para cocinar ni dinero para pedir algo -. Volteó a verlo y le sonrió, pero a Arnold le dio la impresión que había mucho de verdad, sobre todo en esa última afirmación.
-O...okay -respondió él, algo confundido, mientras la chica se dirigía a la puerta -Permíteme llevarte.
Helga negó ligeramente.
-Seguro tienes qué preparar mil cosas para el mequetrefe antes de salir a la calle, y para entonces yo habré llegado ya en el autobús.
Arnold ya la había alcanzado y para entonces estaba frente a ella, ambos frente a la puerta medio abierta por Helga. El rubio la tomó suavemente por la muñeca.
-No tardaré nada, lo prometo -le dijo.
Helga negó, con los ojos clavados en donde él la tomaba en ese momento.
-No me pasará nada por tomar el autobús, Arnold, en serio -lo miró a los ojos -. Tómate las cosas con calma, lleva a tu hijo a ese parque donde los padres llevan a pasear a sus perros y a sus mocosos; miren las flores... yo que sé. Aprovecha el tiempo que tienes con tu hijo y el primer día libre que te tomas en toda tu vida adulta.
Arnold se mordió el labio, dándole silenciosamente la razón aún en contra de su voluntad. Demonios.
-Entonces te veo al rato -sonrió mientras se inclinaba para besarla, pero Helga retiró la cabeza sin dejar de sonreírle.
Arnold le soltó la muñeca, incómodo, y a Helga se le borró la sonrisa.
-Te veo al rato -dijo ella, pero no se fue. Su mano derecha segía sobre la perilla.
-¿Pasa algo? -inquirió él, Helga asintió lentamente. Había clavado la vista de nuevo en el suelo.
-Prométeme algo, Arnold -. Soltó.
Arnold levantó una ceja.
Prométeme que hablarás con Shannon.
-¿Eh?
La miró morderse el labio, con la vista aún clavada en el piso, y él le tomó la barbilla y la hizo mirarlo a los ojos.
-Ya te dije que yo...
-Prométemelo -Lo interrumpió ella; su mirada se había endurecido un poco de pronto éteme que antes de decidir nada sobre mi, hablarás con Shannon.
-No tengo nada qué pen...
-Prométemelo, Arnold -lo interrumpió de nuevo -. Por favor -la súplica salió de sus labios, pero fueron sus ojos los que terminaron de convencerlo -. Quiero que en verdad estés seguro de lo que estás diciendo; no quiero que haya lugar a dudas la próxima vez que me digas que soy yo... si es que la hay... No soportaría volver a perderte, Arnold... Simplemente no podría...
Su voz se ahogó dentro de su garganta, y él ya no pudo decir más.
Él tampoco soportaría perderla de nuevo.
-Si es tan importante para ti, Helga, hablaré con Shannon -Cedió al fin, derrotado.
-Pero habla en serio con ella - insistió -, y por favor olvídate de mí cuando lo hagas; piensa en tu familia, en tu hijo. Ustedes tienen una vida en común; una relación de verdad, un matrimonio, una casa... Un hijo. Nosotros solo tenemos una semana de cuando teníamos diez años...
-Aún así, tú no estás titubeando -soltó él.
-Porque contrario a ti, yo no tengo nada, Arnold... ¿Qué demonios tendría qué hacerme dudar? Pero tú, ¿En serio vas a tirar por la borda todo lo que tienes por una relación que tuviste cuando tenías diez años?
-Yo tenía nueve -afirmó él, con una sonrisa algo triste.
La aludida desvió la mirada, sin respondérsela.
-Peor aún.
-Tal vez solo fue una semana de infancia, Helga. Pero para mí fue la más intensa semana de mi vida... Una que no he podido borrar ni con todas mis siguientes relaciones, por muy de adulto que fueran... y aunque no lo digas, sé que para ti también fue importante.
Helga dirigió sus ojos a su cara de nuevo.
-Por supuesto que para mí fue importante, pero eso fue porque estaba enamorada de ti desde los tres...
Arnold no supo qué responder a eso. Eso sí que no lo sabía, pero por la cara de ella, no estaba bromeando.
-Razón de más para elegirte a ti, Helga -soltó al fin -. Creo que la relación de Shannon y yo se dio más por producto del despecho y la soledad que del amor... Ella y yo éramos huérfanos, Helga. También pasábamos por una etapa en la que prácticamente no teníamos amigos, producto de pésimas relaciones; otra cosa que teníamos en común... Éramos excelentes amigos, pero creo que como pareja siempre dejamos mucho que desear... Nunca ha habido verdadera pasión entre nosotros, Helga. Ambos gozábamos de vivir con una persona equilibrada y tranquila, cosa con la que nunca habíamos contado antes -Helga lo miró de reojo y Arnold rió por lo bajo. Sin pensarlo, la había metido a ella también en ese paquete, pero no había tiempo de desviar la conversación... además, había qué admitir que Helga sí estaba en ese paquete, la metiera él o no -. Pero nunca nos importó realmente el otro. Cuando salíamos, nos divertíamos más con otras personas;Nunca peleábamos pero tampoco teníamos una conversación apasionada... parecíamos más una pareja de compañeros de cuarto que tenían sexo intrascendente de vez en cuando, hasta que comenzamos a pelear y nos convertimos en compañeros de cuarto que casi no se llevan y que tienen sexo muy rara vez.
Helga bufó.
-Nunca peleaste con ella y te la pasaste tranquilo. Qué terrible...
Arnold la imitó.
-Tan terrible que ella decidió que ya no quería más... y creo que tiene toda la razón.
Helga volteó a mirarlo, cansada. Había cerrado la puerta y lo miraba de frente.
-Prométeme que hablarás con tu compañera de cuarto entonces, Arnold. Conoce su punto de vista. Deja que ella te cuente su versión de la historia. Si ya que junten las dos siguen pensando que ya no tienen otra opción, entonces háblame... Pero mientras aún no aclares tu mente, por favor no vuelvas a buscarme.
-¿Que no vuelva a... ¿Qué?
Hacía un par de minutos estaba invitado a comer con ella y Karlo, y ahora...
-Estaré donde siempre -Volvió a abrir la puerta -. Y estaré trabajando. Por favor no me molestes más si no es para platicarme lo que te dijo Shannon. Antes de eso, no quiero hablar contigo.
-Pero Helga...
-Estuvimos a punto de tener sexo, Arnold. Y aún cuando no se consumó, no podemos decir que no pasó nada. -Su semblante se endureció, pero no parecía que para con él precisamente -. No quiero ser "la otra" en la relación de nadie, así te involucre a ti -ahora su cara lucía más bien triste -. Quería pasar tiempo contigo, y ya lo hice. Ahora voy a alejarme antes de que la frágil vida que he construido se me desmorone ante los mugrosos pies.
-¡Helga!
El bebé comenzó a llorar, asustado por el grito de su padre que lo había despertado.
-No es un hasta nunca, Arnold. Solo hasta que se haya calmado tu tormenta.
No volteó a verlo, y dicho eso, salió de la casa. Él estuvo a punto de seguirla, pero en lugar de eso se dirigió a tomar al pequeño en brazos e intentó calmarlo, mientras la veía desaparecer por el umbral.
Supongo que se cancela la comida, ¿eh? Le preguntó a su ausente figura que solo habia dejado tras de sí una puerta cerrada.
...
A menos que le hable de una maldita vez.
Suspiró.
Después de todo, le gustara o no, y aunque no fuera por las razones que decía, Helga tenía razón. Había llegado el momento de aclarar las cosas con Shannon; así tuviera qué ser por teléfono.
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Bien, debo confesarles que me he visto aquejada durante toda la realización de esta historia por una serie de eventos desafortunados liderados principalmente por las computadoras y su renuencia a dejarme escribir esta cosa.
Ha habido otros motivos, sí. Pero, por más tonto que suene, los técnicos han sido los principales en esta historia.
Tengo toda la trama bien estructurada en mi cabeza, evento por evento, y por supuesto el final.
Tengo las ideas y los acontecimientos principales en papel incluso, pero bueno. Este capítulo lo tenía ya casi terminado prácticamente el día que publiqué el anterior, pero no me había dejado este maldito aparato -ni su repuesto- seguir escribiendo, y ahora ya no tengo tiempo de escribir los agradecimientos, y como me aterra volver a dejar esto a medias y que pasen otros quién sabe cuántos meses, publicaré esto como está y luego (espero) podré agredecerles de uno en uno como se debe hacer.
De momento me limitaré a agradecerles con todo el corazón por seguir leyendo esta cosa y sobre todo por comentar (en serio, MUCHÍSIMAS GRACIAS por hacerlo, no saben la diferencia tan abismal que hace para los escritores ver que se tomaron un momentito para escribirnos en respuesta) Unas simples palabras de ustedes nos traen una alegría infinita y en verdad hacen toda la diferencia. (Hacen que haya valido la pena escribir, pues).
Y ya sin más por el momento,
¡Nos leemos pronto! (espero).
Ya saben que los y las amo demasiado.
