-Fluctuaciones-
Capítulo 3. Onírico
[Rated: K+]
«Yami…»
La voz, suave y cálida, llegó hasta su oído de forma tenue, como si estuviera dentro de una burbuja. Se encontraba en uno de esos momentos en los que se está entre la vigilia y el sueño, sin ser capaz de distinguir la realidad del mundo onírico.
«Yami…»
Escuchó aquella voz de nuevo y a lo lejos, vio dos siluetas de la misma altura, dos mujeres con el cabello completamente liso y que caía libremente por sus espaldas. Lo único que las diferenciaba era que una lo tenía dorado, resplandeciente como los rayos de luz que entran por la ventana cuando está amaneciendo, y la otra, completamente oscuro, con la negrura propia de una noche cerrada, sin luna ni estrellas.
«Yami…»
Andaban juntas y, justo en el momento en el que se iban a dar la vuelta para hablarle y así poder verles el rostro, se despertó.
—Yami —volvió a repetir la voz mientras sentía una ligera caricia en el brazo—, necesito ir al baño.
El hombre se dio la vuelta en la cama con pesadez. Había dormido realmente poco en los últimos días, pues sus encuentros con Charlotte cada vez eran más frecuentes. Su relación avanzaba a pasos agigantados; cada vez se conocían y confiaban más el uno en el otro.
Normalmente se veían en un sitio neutral, pero, el día anterior, la mujer de mirada clara tuvo que ir a la sede de los Toros Negros a llevar una documentación. Vale, no era estrictamente necesario que fuera ella, podría haber mandado a cualquier otra de las integrantes de su escuadrón, pero le sirvió de excusa para verlo.
Se sentía flotando. Habían pasado algunos meses desde aquel primer encuentro íntimo, pero todavía no podía creer que le estuviera pasando aquello con Yami. Muchas veces había escuchado eso de que si no lo intentas, las sensaciones agradables nunca llegan. Y qué razón había en esas escasas palabras. Había vivido siempre escondida en sí misma, creando una imagen que no le correspondía. Sí, era cierto que era una persona fría, un poco distante, y eso era algo inherente a su personalidad. Sin embargo, no entendía que pudiese llegar a ser tan vergonzosa y cerrada y que hubiese tardado tanto tiempo en declarar sus sentimientos. Incluso recordaba lo que sucedió la mañana después de aquel primer encuentro con Yami y se sentía estúpida. Al despertar, se vio desnuda junto a él, tapada con las mantas de su cama, envuelta en uno de sus brazos mientras Yami dormía plácidamente y sintió pavor. La vergüenza la recorrió completa mientras recordaba el sonido de sus propios gemidos, el roce de las manos callosas del hombre por su cuerpo y la cálida y gratificante sensación de cobijarlo en su interior. Y, de nuevo, intentó huir. Claro que esa vez ni ninguna más le fue posible escapar porque Yami no se lo permitió.
Por ese motivo, alegando que ella misma en persona debía entregar aquella documentación urgente al Capitán de los Toros Negros, aquella noche la pasó completa en su habitación. Tuvo suerte de ser recibida por él y no por otro integrante del escuadrón, ya que de esa manera nadie se enteraría de que había estado allí. Cuando le dio los papeles, pensaba realmente irse, pero ninguno de los dos se pudo resistir a la presencia del otro y acabaron enredados sin remedio, haciendo el amor extasiados en el suelo de la habitación. Y aquello volvió a suceder más veces durante la noche, por eso, ambos estaban exhaustos.
Yami abrió uno de sus ojos, tratando de enfocar la vista. Estaban muy cerca el uno del otro, por tanto, se acercó y rozó los labios con la punta de su nariz en un gesto repleto de ternura que se había convertido casi en un ritual cuando la sentía cerca.
—Pues ve. Si sabes perfectamente dónde está —le contestó con voz somnolienta mientras volvía a cerrar la pequeña ranura que se había abierto en su ojo.
—Por supuesto que no sé dónde está. Acompáñame, que podría verme alguien.
—Pues que te vean.
—¡Yami, venga ya! —reprochó en voz baja mientras le daba un ligero golpe en el brazo, intentando despertarlo completamente sin mucho éxito.
—¿No ves que es muy temprano? —dijo y Charlotte llevó su vista hacia la ventana de la habitación; era cierto, el amanecer apenas comenzaba a despuntar en el horizonte—. Te puedo asegurar que ninguno de esos idiotas está despierto a estas horas.
—Ya te he dicho que no sé dónde está el baño.
—Segunda puerta a la derecha saliendo de la habitación. Aquí te espero —profirió y se volvió a dar la vuelta para seguir durmiendo.
Charlotte suspiró fastidiada, se vistió solo poniéndose los pantalones y una camiseta, y salió de la habitación. Al acabar en el baño, se dirigió de nuevo hacia esa estancia para tratar de dormir algunas horas más. Siguió avanzando y, cuando sujetó el pomo de la puerta entre sus manos, escuchó una voz llamándola.
—¿Capitana… Charlotte…? —preguntó Asta con cara y tono de extrañeza, sin saber muy bien qué hacía allí a esa hora ni por qué se estaba adentrando en la habitación de su capitán.
La mujer volteó el rostro horrorizada por haber sido descubierta. Miró hacia abajo y vio su ropa desgarbada. Seguramente estaría despeinada y con cara de sueño. Y, lo más importante: todos iban a descubrir su relación con Yami. Entonces, inconscientemente soltó un grito desquiciado que puso en alerta a todos en la sede y se internó enseguida en el cuarto de Yami, dejando a Asta con cara de incredulidad en el pasillo.
Una vez entró, se puso a dar vueltas como un león enjaulado por toda la habitación. Yami se había despertado por completo no solo por el grito, sino por el revoltijo de nerviosismo que notó repentinamente en su ki.
—Mierda, mierda, mierda… —musitaba sin parar la mujer, llevándose de vez en cuando las uñas de los dedos a la boca para mordérselas.
—¿Qué es lo que te pasa? —preguntó Yami mientras se sentaba en la cama.
—¿Que qué me pasa? ¡Tu chico, el de la antimagia, me ha visto en el pasillo!
—¿Y cuál es el problema exactamente?
Charlotte frenó en seco su recorrido y le clavó sus ojos azules con fiereza. La gelidez de esa mirada era algo que Yami llevaba mucho tiempo sin sentir. Se levantó de la cama, se vistió con su ropa, que estaba arrugada en el suelo del cuarto, y encendió un cigarro para llevárselo a la boca justo después. Inhaló el humo y lo mantuvo algunos segundos en sus pulmones y, después, lo exhaló completo. No lo podía entender. A él le daba exactamente igual contar lo que tenía con Charlotte —aunque no sabía bien qué era porque no lo tenían demasiado definido— y no le entraba en la cabeza que ella estuviese tan alarmada.
—¡Pues que me ha visto y ahora se lo contará a todos!
—Vuelvo a repetir: ¿cuál es el problema?
Yami se levantó y aplastó el cigarro en un cenicero que tenía al lado. Se acercó hacia Charlotte y le posó las manos en los hombros, mientras los apretaba ligeramente para transmitirle cariño y tranquilidad y veía su rostro relajándose. Todavía estaba seria, pero al menos dejó de mirarlo con tanta molestia.
—¿Es que no quieres estar conmigo, Charlotte? —preguntó y subió después una de sus manos hasta su mejilla para rozar los dedos en la suavidad de su piel.
El corazón de Charlotte comenzó a latir con fuerza mientras su ki se revolvía incontrolable. ¿De verdad le había dicho que quería que estuvieran juntos como pareja o simplemente lo estaba malinterpretando todo? Sin pensárselo demasiado, condujo su mano hacia la de Yami, que estaba posada en su mejilla sonrojada.
—No… no es eso… —musitó nerviosa.
—Bien, entonces vamos a contárselo a mis idiotas.
Después de decir eso, el hombre se separó de Charlotte y sujetó su mano para llevarla hacia la sala de la sede, pero sintió la mano femenina tirando de la suya para frenarlo.
—Pero es que… Yami… ¿y si no me aceptan?
Así que era eso. Charlotte estaba preocupada porque sabía lo importante que eran esos chicos para él. Al fin y al cabo, eran su familia y era normal que quisiera encajar allí.
—¿Cómo no te van a aceptar? Claro que lo harán. Si no, los mato.
—Yami… —reprochó Charlotte mientras lo miraba a los ojos con desasosiego.
—Tú se lo has contado a tus chicas, ¿no? —Charlotte asintió—. ¿Y lo han aceptado?
—Sí —afirmó rotunda.
—Pues si ellas me han aceptado a mí, que soy mucho peor que tú, ¿cómo no te van a aceptar estos a ti? Es imposible.
Ante aquellas palabras, Charlotte redujo la distancia entre sus cuerpos a cero y lo besó. Y él por supuesto correspondió encantado. Le gustaba mucho besarla. Se sentía muy extraño cuando estaba a su alrededor porque jamás había sentido algo así, aunque no supiera qué era y ni siquiera quisiera pararse a pensarlo.
—¿Vamos? —preguntó cuando se separaron y Charlotte asintió mientras sonreía.
Así, ambos se dirigieron hacia la sala, donde ya se encontraban casi todos esperando una explicación y haciendo teorías, algunas más factibles que otras, por supuesto.
—Bien. ¡Venid todos aquí! —gritó Yami para que los que faltaban se incorporaran al grupo.
Luck, Charmy y Vanessa —los únicos que no estaban en la sala— llegaron y se sentaron. Todos los miraban con expectación y, comprobando la incertidumbre que Charlotte estaba experimentando, agarró su mano y la puso a su lado, gesto que no pasó desapercibido para nadie, en especial para Vanessa, quien compuso una cara de molestia. Probablemente, ella era quien más consciente estaba de lo que sucedía entre esos dos.
—A ver… —comenzó Yami con sorna—. ¿Por qué creéis que Charlotte está aquí?
La mujer rubia lo fulminó con la mirada y le dio un apretón en la mano como gesto reprobatorio. Se suponía que iban a contárselo de manera directa, como dos adultos responsables y no jugando a las adivinanzas.
—¡Se le olvidó algo otro día que estuvo aquí!
—Tiene hambre y viene a probar mi comida.
—¡Ha venido a luchar contra mí!
—Estaba perdida en el bosque.
—Tenía que hablar contigo de cosas de capitanes.
—Quiere ser mi amiga.
Yami comenzó a reírse con fuerza, mientras Charlotte lo miraba abochornada, deseando que aquella situación acabara.
—Está claro —espetó Zora sin pelos en la lengua.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué está tan claro? —preguntó Asta inocentemente.
—Mira que puedes llegar a ser idiota, enano. No te lo pienso decir.
—¡Venga ya, dímelo! —exigió el chico, poniéndose enfrente del otro, notablemente molesto.
Mientras Asta gritaba y Zora reía por su estupidez, Vanessa se puso de pie y se dirigió hacia el mueble donde estaban las bebidas alcohólicas para coger una botella de vino. Bebió un buen trago y espetó:
—Es evidente, están liados.
Los más inocentes del grupo se quedaron boquiabiertos, mientras que los que ya lo sospechaban sonrieron con autosuficiencia, menos Vanessa, claro, que no podía evitar reflejar el fastidio más profundo en su gesto; hecho del que se percató enseguida Charlotte, que la miraba fijamente, casi sin parpadear. En realidad, la entendía; ambas estaban enamoradas del mismo hombre y suponía que enterarse de que estaba con otra y de esa forma no era algo agradable ni fácil de digerir.
—Muy bien, Vanessa. Eso es, Charlotte y yo estamos juntos.
Toda la sala se quedó en silencio por la confesión de Yami. Él simplemente sonreía y miraba a la mujer rubia que, a su lado y sujeta aún de su mano, comenzó a sonrojarse con furia.
—¿Juntos… como novios o algo así…? —cuestionó Noelle también avergonzada, mientras se imaginaba a ella misma en esa situación con Asta.
—¡Qué vergüenza! —añadió Grey tapándose la cara con las manos.
—Mmm… sí, algo así —respondió tranquilo Yami.
A Charlotte casi se le salió el corazón por la boca en ese momento. Porque una cosa era hablar entre ellos —algo que habían hecho hacía algunos minutos después de meses de encuentros secretos— y otra muy distinta era confirmarlo tan abiertamente ante todos los miembros de ese revoltoso escuadrón. Y lo que más le impactaba era que lo decía tranquilo, completamente sosegado y sonriente, mientras apretaba su mano con delicadeza en un gesto de afecto. En cierta medida, eso también la ayudaba a relajarse y a entrar en confianza con ellos.
—Bueno… espero que nos llevemos bien, chicos —dijo Charlotte sonriendo, mostrando una cara afable que tenía desde siempre, pero que no solía expresar.
Mientras hablaba, vio a Vanessa abandonar la habitación, pero no le reprocharía nada ni la culparía. La empatía actuó y comprendió que, si ella se encontrase en la misma situación, tampoco querría presenciar esa escena.
—Entonces, ¿os vais a casar? —preguntó Luck enérgico—. ¿Vais a tener hijos? ¡Espero que sean muy fuertes para poder luchar contra ellos!
Charlotte enrojeció instantáneamente. Nunca se había parado a pensarlo en profundidad, pero quería ser madre en el futuro. Claro que hablar sobre eso cuando acababa de formalizar la primera relación de pareja que había tenido en su vida no parecía ser prudente.
Al ver el estado de nerviosismo de la mujer, Yami decidió cortar aquel revoltijo de preguntas de inmediato.
—¡Venga a callar ya todos! Os podéis ir a dar un paseo si queréis.
Y, sin titubear siquiera, todos salieron de allí. Cuando Yami daba una orden había que acatarla sí o sí; nadie quería verlo enfadado.
—Eh, tú no, Finral.
El chico se detuvo, suspiró con cansancio y se dio la vuelta hacia donde ambos se encontraban.
—Lleva a Charlotte —ordenó con autoridad.
—Oh, no, no es necesario. Mi escoba está en la puerta.
—¿Estás segura?
—Sí, sí, no te preocupes.
—Bien, entonces, puedes irte —dijo, pero Finral se había marchado en cuanto oyó las palabras de la Capitana de las Rosas Azules—. Ah… algún día lo mataré —susurró con ira.
Yami acompañó a Charlotte hacia la puerta de la sede y, una vez allí, la besó en los labios en repetidas ocasiones, hasta que ella lo separó de su cuerpo.
—En serio, me tengo que ir —le dijo con pesadumbre para apartarlo; lo último que quería en ese momento era irse, pero era lo que debía hacer—. Yami, muchas gracias. Me alegro de haber hecho esto.
La sonrisa resplandeciente y el brillo de sus ojos lo dejaron deslumbrado. Realmente quería seguir besándola, quería pasar más tiempo con ella; lo quería todo con ella. Pero ya habría tiempo de eso más adelante.
—Yo también me alegro.
Entonces, Charlotte se acercó de nuevo a él, lo besó brevemente, se montó en su escoba y se fue, mientras Yami la observaba surcar el cielo con una alegría y calidez inusuales inundándole el corazón.
El mismo sueño se fue repitiendo en varias ocasiones: dos mujeres, una de pelo oscuro y otra rubia, que estaban a su alrededor, pero a las cuales no podía verles el rostro. Esa suerte de premonición se presentaba cada cuanto tiempo, normalmente cuando pasaba la noche con Charlotte, y eso lo tenía algo contrariado porque no era alguien que les prestara mucha atención a los sueños, pero este, que se repetía constantemente —con ligeras variantes—, le había llamado mucho la atención por el misterio de no poder ver las caras de las mujeres que aparecían. Sin embargo, decidió que, por el momento, lo dejaría estar.
Llevaba un buen rato observando a Charlotte mientras dormía. Su gesto estaba completamente imperturbable, su respiración era suave y su flequillo caía libre por su frente. Llevó la mano hasta allí y le apartó aquel mechón de pelo con la yema de sus dedos.
Era extraño porque Charlotte solía madrugar casi siempre, pero había notado que, en los últimos tiempos, dormía más de la cuenta y siempre se la veía cansada.
Pasarían ya las diez de la mañana y por la tarde todos los capitanes habían sido convocados por el Rey Mago para una sesión de control. Y, aunque no le importaría tenerla todo el día durmiendo en su cama, sabía que debía despertarla para que se fuera a su sede a prepararse.
Deslizó los dedos desde el flequillo hasta la línea que separaba su cuello de su rostro, acariciándola lentamente, y ella frunció el ceño con molestia y soltó un quejido lastimero. Entonces, Charlotte abrió los ojos, con la claridad molestándola notablemente.
—¿Qué hora es? —preguntó con voz somnolienta y ronca.
—Serán las diez. Tal vez un poco más.
Al escuchar aquellas palabras, se levantó inmediatamente, casi como un resorte, y sintió un ligero mareo. A pesar de ello, lo disimuló y comenzó a vestirse con velocidad.
—¿Por qué no me has levantado antes? Es tardísimo.
Yami se levantó y la sujetó de la mano, parando su ajetreado ritmo.
—Porque pareces cansada.
Y era cierto. Llevaba días que dormía más de lo normal y unas inusuales ojeras habían empezado a aparecer debajo de sus ojos. Además, cuando se levantaba muy rápido se mareaba con facilidad.
Ella misma se había percatado de aquello. Lo primero que se le vino a la mente fue la posibilidad de que estuviera embarazada, pero rápidamente lo descartó porque su período había aparecido de manera exacta, sin retrasarse un solo mes. Podría ser una carga de estrés por la cantidad de trabajo que tenía.
—Lo estoy —respondió, llevando después sus manos hasta las mejillas del hombre—, pero no te preocupes, en general, estoy bien.
—Deberías ir a ver a Owen —aconsejó Yami mientras le miraba fijamente las ojeras oscurecidas y el rostro pálido.
—¿Tú crees?
—Sí —afirmó sin titubear—. Además, noto tu ki raro.
La noción del ki era algo que Yami ya le había explicado a Charlotte. Sabía que él, aunque alguien escondiera su energía mágica, podía sentir la presencia y la alteración de las sensaciones de la gente a su alrededor a través de su energía vital.
—¿Raro? ¿Por qué?
—No sabría explicarlo… En todo caso, ve a verlo —repitió.
—De acuerdo, iré —dijo y después compuso una sonrisa llena de ternura por su preocupación y lo besó en los labios.
Charlotte se marchó y las horas fueron pasando.
Yami, al llegar la hora citada, se encontraba ya sentado alrededor de la mesa junto con otros capitanes. Los últimos en llegar fueron Jack y Charlotte, a quien Yami veía cada vez más agotada.
La reunión comenzó y, mientras todos escuchaban las palabras del Rey Mago, Yami no le prestaba atención alguna. Empezó a mirar a sus compañeros, intentado descifrar cómo podían ser tan responsables como para no ponerse a pensar en sus cosas.
Entonces, su vista se detuvo en Charlotte, que estaba justo a su lado, y decidió que convertiría esa reunión en algo un poco más lúdico.
Empezó colocando su mano izquierda en el muslo femenino por debajo de la mesa para que nadie los viera, gesto del cual Charlotte se percató, pero decidió ignorarlo y centrarse en lo que debía. Después, subió lenta, tortuosamente, hasta colar la mano entre sus muslos, a pesar de que ella había intentado oponer resistencia sin mucho éxito.
Y fue entonces, cuando Yami empezó a frotar la intimidad de la mujer, cuando estalló de furia, se puso de pie y golpeó la mesa con las palmas de sus manos con fuerza mientras lo miraba amenazantemente. Bufó con molestia y salió de la habitación sin dar una sola explicación.
El Capitán de los Toros Negros comenzó a reírse abiertamente mientras todos los demás miraban la escena con desconcierto.
—¿Qué le has hecho ahora, Yami? —preguntó, hastiado, Fuegoleón.
—¿Yo? Nada. Iré a comprobar qué le pasa.
Después de unos segundos más de anomalía y sorpresa y de que ambos capitanes abandonaran la sala, la reunión continuó.
Fuera, Yami se dirigió hacia la esquina donde estaba Charlotte, quien lo miraba desde lejos como si quisiera matarlo. Él simplemente río con sorna.
—¿Eres imbécil o qué? —preguntó ella con un tono de enfado notable.
Yami, como respuesta, la llevó detrás de una columna y la pegó a su cuerpo, abrazándola por la cintura.
—Es que no me puedo aguantar las ganas de estar contigo —le susurró al oído y después la besó en el cuello lentamente.
Charlotte se estremeció completa, pero debía cortar aquella situación. En primer lugar, porque estaban en un lugar público y, en segundo, porque solo sus chicas y los de Yami conocían su relación. Y lo más prudente era que siguiera siendo así.
—Yami, para —exigió, levantándole la cabeza y mirándolo a los ojos.
—¿Nos metemos en un cuarto de estos y te hago el amor?
Después de decir aquello, empezó a besarla en los labios y, por unos segundos, se dejó llevar completamente. La calidez de su cuerpo y sus labios la envolvía, incluso el morbo de ser descubiertos la excitaba, pero sabía que aquel no era el sitio adecuado. Lo separó de nuevo, esta vez haciendo que soltara su cintura para no tener contacto y evitar así caer en tentaciones.
—Te he dicho que no. Además, todavía estoy enfadada por lo que me has hecho ahí dentro —profirió con algo de molestia, pero mucho más rebajada que antes.
—Ya…
—Es que eres un irresponsable. ¿Y si nos llegan a ver?
—Pues que nos vean —dijo Yami sin preocupación.
Charlotte se quedó pensando. Una cosa era que lo supieran los miembros de sus escuadrones, pero que se enterasen todos los capitanes de las órdenes y hasta el mismísimo Rey Mago era algo que aún no podían afrontar. Básicamente, porque eso significaría que toda la sociedad lo sabría, las habladurías comenzarían y se sentía demasiado agotada en esos momentos para aguantarlo.
—Es pronto para que todos se enteren.
—Pero si llevamos meses juntos —soltó Yami como si fuera la obviedad más grande del mundo.
—Es pronto aún.
Intentando no pensar demasiado en ese tema —porque todavía no entendía que Charlotte no quisiera reconocer ante todos lo que estaba sucediendo entre ellos—, Yami recordó el aspecto que aún podía observar en el rostro de la mujer de mirada clara.
—¿Has ido ya a ver a Owen? —preguntó mientras se acercaba de nuevo un poco a ella y le acariciaba la mejilla.
—Voy a ir ahora.
—Bien —espetó y se quedó mirándole los labios—. ¿Puedo darte un beso?
Charlotte sonrió por el comentario. A veces parecía un niño encerrado en el cuerpo de un hombre.
—Uno pequeño —indicó y después juntaron sus labios levemente—. Deberíamos volver a entrar.
La Capitana de las Rosas Azules se dispuso a tomar rumbo a la sala otra vez, pero Yami la sujetó por el antebrazo para detenerla.
—De eso nada. Tú te vas a ver a Owen.
—Pero…
—Pero nada —interrumpió con determinación—. Andando.
Resignada porque sabía que no podría convencerlo de lo contrario, acató su orden. Viéndola marchar, Yami se encendió un cigarro y se adentró en la reunión.
—Charlotte ha tenido que irse. No se encuentra bien.
Todos lo miraron expectantes, esperando una explicación más detallada; explicación que nunca llegaría, pues Yami se sentó en su sitio y siguió fumando. La reunión continuó mientras él escuchaba el murmullo de fondo, volviendo a perderse en sus pensamientos, sobre todo, en la repetición constante de ese sueño que lo tenía tan intrigado.
Nota de la autora:
¡Volví por aquí! Y eso que yo suelo tardar más en actualizar los fics, pero es que con este no me puedo contener y, cuando tengo un hueco, por pequeño que sea, me pongo a escribir, las palabras fluyen a través de mis dedos con una facilidad que hasta me sorprende.
Por supuesto, gracias infinitas por el apoyo. Me hace feliz escribir esta historia, me hace feliz que la estéis leyendo y siguiendo y me hace mucho más feliz que me digáis que os gusta.
Espero sinceramente que este capítulo también sea de vuestro agrado.
¡Nos leemos!
