-Fluctuaciones-
Capítulo 4. El resultado
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Después de dos suaves toques, la puerta se abrió con duda, cautela y algo de recelo.
—Hola Owen. ¿Puedo pasar? —preguntó Charlotte con voz firme, pero suave, desde el umbral sin internarse aún en la sala.
—Charlotte —saludó el hombre con simpatía—. Por supuesto, pasa, pasa.
La mujer, entonces, entró y después cerró la puerta. Se sentó justo enfrente del médico, en una silla que estaba puesta en uno de los lados del escritorio donde Owen rellenaba algunos papeles.
No era su primera visita al hospital de Caballeros Mágicos, pues la última vez que estuvo allí, recordaba que había sido al acabar todo el embrollo de la posesión de los elfos. No fue su mejor día aquel sin duda. Salir despavorida del lugar al pensar que Yami había descubierto lo que sentía no parecía corresponder mucho con su comportamiento sosegado y sereno al que todos estaban acostumbrados, pero, en efecto, todo se había desarrollado de aquella manera. Habían pasado tantas cosas desde aquel momento que ya casi no se acordaba de todas con claridad.
—¿Qué te trae por aquí? —preguntó el médico con una sonrisa tenue, cortando así su hilo constante de pensamientos.
—Ah, sí, claro —titubeó un poco; realmente llevaba mucho tiempo sin que la examinara un doctor porque no era normal que se enfermara—. Bueno, he venido porque últimamente no me siento muy bien. Estoy más cansada que de costumbre y si me levanto algo rápido, me mareo un poco. No es algo muy grave, pero alguien —detuvo su discurso un segundo, recordando la preocupación que vio en los ojos de Yami, y una sonrisa, inevitable e instantáneamente, se instaló en sus labios— me convenció para que viniera.
Owen la miró a los ojos. Le extrañó verla con el gesto tan relajado y feliz, porque si por algo se caracterizaba la Capitana de las Rosas Azules era por la severidad y el distanciamiento que profesaba a casi todo el mundo. Pero sí que era cierto que en los últimos tiempos todos destacaban que algo se veía distinto en el reflejo de su mirada color océano, como si se hubiese quitado un gran peso de encima o hubiese logrado algo que llevaba persiguiendo durante mucho tiempo.
—Eso está bien. La salud es algo importante y no es bueno dejarla de lado, aunque sea algo leve —explicó y luego se puso a pensar en los síntomas que le había detallado Charlotte—. Dime, ¿has mantenido relaciones sexuales sin protección en los últimos meses?
El sonrojo la cubrió por completo al oír la pregunta de aquella forma tan directa. ¿Cómo iba a ser capaz de contestar a eso? Le daba demasiada vergüenza.
—Yo… bueno… yo…
—Vamos, Charlotte, que ya somos adultos. Además, soy un profesional de la medicina. Contéstame —exigió de forma afable, siempre sonriendo y mirándola directamente.
Charlotte suspiró. Era cierto. Simplemente Owen estaba haciendo su trabajo correctamente y era normal que, con lo que le había contado, le hiciese esa pregunta.
—Sí —afirmó—, pero mi menstruación ha sido regular en todo momento.
—Bien. Tal vez se trate de un cuadro de estrés por el exceso de trabajo o de anemia. Eso explicaría el cansancio y los mareos —explicó mientras se ajustaba las gafas sobre el puente de la nariz.
—Sí, eso había pensado yo.
El hombre se puso de pie e hizo un gesto con su mano derecha para que Charlotte lo acompañara a otra parte de la habitación.
—En cualquier caso, te voy a examinar mejor. Pasa a la camilla y túmbate, por favor.
La mujer se levantó de la silla, la colocó en su sitio y se dirigió hacia donde Owen le acababa de indicar. Se quitó el casco, la capa, las botas y la armadura para estar más cómoda y que la exploración fuese más sencilla, y se tumbó.
Tenía un presentimiento extraño, como si fuera una sensación que no había experimentado nunca, y sentía el corazón latiéndole con insistencia en la garganta. No lo podía negar; estaba algo nerviosa. ¿Y si era más grave de lo que pensaba? Suspiró de nuevo, cerró los ojos y sintió a Owen desplegando su magia alrededor de su cuerpo.
Se sintió algo más aliviada al sentir la calidez de la magia envolviéndola. Seguro que todo iría bien.
Mientras tanto, Owen recorrió todo el cuerpo de la mujer con su magia y, después, la centró por completo en la parte del vientre. Sonrió al descubrirlo. Era justo lo que pensaba. Eliminó el hechizo y fijó su vista en Charlotte, quien mantenía sus ojos cerrados. Ella, al sentir la magia retirándose de su cuerpo, volvió a abrirlos y se quedó mirándolo con expectación.
—No estás enferma, Charlotte.
—¿Ah, no? —preguntó ella, algo contrariada. Entonces, ¿qué significaban esos síntomas?
—No. Lo que te provoca los mareos y el cansancio es que estás embarazada —informó, sonriendo de nuevo.
Charlotte se sentó rápidamente en la camilla y, al hacerlo, sintió un nuevo mareo. Se sujetó la cabeza con la mano derecha.
—Pero… eso no es posible… si yo… si mi período estaba bien.
—Bueno, eso tiene una explicación. No es muy común, pero algunas mujeres tienen algo que se llama sangrado de acoplamiento. Se produce al asentarse el feto en el útero.
Qué confundida se sintió en ese momento. Evidentemente, era una noticia grandiosa. Estaba en una relación con el hombre al que llevaba amando durante más de diez años, sentía que sus sentimientos eran correspondidos por completo y ahora iba a tener un hijo con él. Era casi como una fantasía, una especie de cuento de hadas y con lo que todas las niñas sueñan cuando son pequeñas.
Sin embargo, la realidad es mucho más compleja que todo eso.
Porque ella se sintió asustada al principio, sí, pero también la embargó la ilusión y la calidez se instaló en su pecho. Pero ¿cómo se sentiría él? ¿También recibiría la noticia como algo positivo? Desde luego, solo podía salir de dudas contándoselo.
—No pongas esa cara, mujer —reprochó ligeramente Owen al verla tan pensativa y seria—. Traer al mundo una nueva vida es algo maravilloso.
La sonrisa de esperanza del hombre contagió a Charlotte y pudo relajarse, aunque fuera un poco, por fin.
—No sé si lo sabes, pero por protocolo debo comunicar esto a Lord Julius. A no ser que quieras hablar tú con él.
—Sí, claro, no te preocupes. Yo misma se lo contaré —informó mientras se levantaba de la camilla y empezaba a colocarse las prendas que anteriormente se había quitado.
Después, Owen le explicó cómo sería todo el proceso del embarazo, el parto y las revisiones a las que debería someterse, además de algunas normas que debería seguir. Por ejemplo, las misiones en las que tuviese que realizar esfuerzo físico debían ser suspendidas de inmediato.
Cuando terminó la explicación, se despidió con cortesía de él y se dispuso a salir de allí, pero la voz rasposa del hombre la detuvo.
—Enhorabuena, Charlotte.
Se giró un poco para mirarlo y sonrío de forma tenue.
—Gracias —le contestó sinceramente.
—Nos veremos en la revisión.
—Sí.
Justo después de aquella escueta afirmación, Charlotte se fue camino hacia el despacho del Rey Mago. Suponía que a él no le parecería mal, aunque tal vez le sorprendiera saber la identidad del padre de su futuro hijo.
El problema, en realidad, no residía en la opinión de Julius, en la de su escuadrón o en la de los integrantes del de Yami, sino en la clase noble, en sus padres, en el resto de Capitanes y Caballeros Mágicos. Realmente todavía quedaba un largo y arduo camino que recorrer, pero sabía que, si Yami la apoyaba, todo sería mucho más fácil de sobrellevar.
Todos esos pensamientos la fueron conduciendo casi sin darse cuenta hacia el despacho del Rey Mago. Al llegar a la puerta, respiró hondo e intentó serenarse, con el fin de convencerse a sí misma de que todo estaría bien.
No tardó mucho en escuchar la invitación desde dentro para que pasara después de tocar la puerta con sus nudillos. Desde allí, la mujer se puso firme y lo saludó de la forma apropiada en que todos los Caballeros Mágicos y los Capitanes debían hacerlo.
—Oh, Charlotte, qué alegría verte. No es necesaria tanta formalidad. Vamos, pasa y te sientas —ofreció alegremente Julius con un gesto completamente lleno de paz.
—Lord Julius, no tomaré demasiado de su tiempo —contó Charlotte seria una vez que aceptó la propuesta y se sentó.
El Rey Mago se quedó mirándola, dándole pie a que hablara y ella no sabía bien qué palabras escoger para comunicárselo.
—Vengo porque me he estado sintiendo mal desde hace algunas semanas y hoy he ido a ver a Owen para resolverlo.
Julius cambió su cara de alegría por otra de preocupación y se incorporó un poco en su silla.
—¿Está todo bien?
—Sí, sí —la pausa que hizo le resultó tan necesaria como el aire que entraba en sus pulmones—. Lo que sucede es que… bueno… estoy embarazada —dijo desviando un poco la mirada y sonrojándose ligeramente.
Al no escuchar respuesta alguna, alzó la vista de nuevo para posarla en el rostro de su interlocutor, que la miraba con un brillo especial en sus ojos.
—¡Qué maravilla! Genial, genial, me alegro mucho por ti. ¡Felicidades! —exclamó entusiasmado.
—Sí… gracias… —murmuró ella con un tinte de inseguridad.
—¿Se lo has dicho a Yami ya?
Charlotte abrió los ojos, completamente sorprendida por aquella aseveración. ¿Cómo se había enterado de que estaban juntos? Intentó relajarse y no sacar conclusiones precipitadas. Tal vez, lo estaba interpretando de forma incorrecta.
—¿Por qué debería saberlo él? —preguntó, reconstruyendo su fachada de indiferencia y frialdad.
—Pues porque es el padre —afirmó con tanta seguridad que Charlotte sintió su boca seca y un ligero mareo apretándole la sien.
Sus miradas volvieron a cruzarse; la de ella, temerosa y la de él, completamente calmada.
Sabía que Yami y Julius tenían muy buena relación, pero ¿era necesario contarle que estaban juntos sin siquiera consultarle? Es decir, después de todo, podría ser su amigo, pero no era cualquiera, sino que se trataba del Rey Mago del Reino del Trébol y del jefe más directo que ambos tenían; una figura a la que debían guardar respeto y lealtad.
—¿Cómo lo sabe? —inquirió ella de forma directa, sin dar rodeos.
—Sé lo que estás pensando y no, no me lo ha dicho él —informó antes de que Charlotte creyera lo que no era—. Yami es alguien muy reservado con su vida privada, aunque no lo parezca. Simplemente… lo he notado.
Sí, lo había notado todo. Las miradas cómplices que se buscaban, inquietas, en cada momento por parte de ambos, algunas sonrisas tímidas que se habían dedicado y que él había captado y lo que terminó por confirmarlo todo: el incidente de ese mismo día en la reunión de Capitanes que había tenido fin hacía apenas una hora.
—Oh… —soltó ella casi involuntariamente.
—No te preocupes. Lo tomará bien —aseguró Julius de forma comprensiva, intentando calmar el estado de nervios en el que sentía que ella se encontraba.
—Eso espero.
—Ya verás que sí —dijo y después empezó a buscar unos documentos—. No sé si te lo habrá dicho Owen pero tus misiones se verán suspendidas de inmediato. Te seguirás ocupando del trabajo que puedas hacer desde la capital o desde tu sede, pero nada de esfuerzos físicos, ¿entendido?
—Sí —dijo, un poco más tranquila después de aquella corta charla con Julius.
Después de aquella conversación, tardó cuatro días en decidirse a ir a la sede de los Toros Negros para contárselo a Yami. Quería hacerlo, lo haría, por supuesto que sí, pero se imaginaba el momento y se quedaba completamente bloqueada, sin ser capaz de articular ni siquiera un discurso lógico y coherente en su cabeza. ¿Cómo le iban a salir las palabras de los labios si no podía imaginárselas en su mente?
Había informado a todas las integrantes de su escuadrón y, en general, la noticia había sido bien recibida. Se sentía bastante aliviada por ello, porque si no hubiese sido animada por ellas, las cosas se habrían puesto mucho más cuesta arriba.
No obstante, ese día decidió que no podía dejarlo pasar más. Debía contárselo porque aquello tenía mucha relevancia para la vida de ambos y porque Yami tenía el derecho y el deber de saberlo.
Una de sus chicas la trasladó hasta allí con su magia espacial para que no tuviera que recorrer la distancia que separaba las dos sedes en escoba.
—Espérame aquí, Mirai. No voy a tardar mucho —después se lo pensó dos veces y añadió—: Bueno, tal vez sí, pero en ese caso te avisaré para que te marches.
—Sí, capitana.
Otra vez se encontró enfrente de una puerta. Esa sensación le ponía el vello de punta. Los nervios se la comían por dentro cada vez que se tenía que enfrentar esa situación, más bien, cada vez que tenía que revelar la situación en la que ahora se encontraba. Y eso se acrecentaba en ese momento mucho más porque no se trataba ya de contárselo a Julius o a sus chicas, sino al padre de su hijo.
Sintió algo de calor y sofoco, pero lo ignoró y tocó firmemente.
—Oh, Capitana Charlotte, tan guapa como siempre —saludó Finral luego de abrir la puerta.
—Hola, Finral. ¿Puedo pasar a ver a Yami?
—Te diría que está trabajando en su despacho y que no quiere ser molestado por nada del mundo, pero te va a dar igual y vas a ir de todas formas, ¿verdad?
La mujer de ojos azules sonrió y entró después. Saludó a Asta, Charmy, Luck, Magna y Noelle, es decir, a los que se encontraban allí presentes, conversó un breve rato con ellos y después subió las escaleras.
Con cada peldaño que subía, la incertidumbre que sentía se acrecentaba un poco más en su interior.
Al llegar, entró sin llamar, porque así lo tenían ambos establecido, y vio a Yami sentado en su escritorio y mirando con fijeza unos papeles, algo que le llamó poderosamente la atención ya que casi nunca se ocupaba de esos quehaceres, a pesar de que eran los propios de un Capitán de Orden.
—¿Estás trabajando? —preguntó con asombro en forma de saludo.
Yami levantó la vista de la mesa y la posó en los ojos azules de Charlotte. La calidez que le inundaba el alma cada vez que eso sucedía era algo inexplicable, algo que, desde luego, nunca había experimentado.
—Ey, hola preciosa. Ven aquí —le dijo mientras le señalaba su regazo.
Charlotte sonrió con ternura, olvidándose por un momento del verdadero motivo de su visita. Le hizo caso y se acercó hasta él. Después, se sentó sobre sus piernas y se puso a observar con atención la documentación que tenía anteriormente absorto a Yami.
—¿Qué es esto? —preguntó intrigada.
—Nada, nada —aunque en realidad, sí lo era. Se trataba del descubrimiento de una secta en las afueras del reino de la que él mismo debería encargarse, pero aquello era información confidencial—. Acércate —le dijo, quitándole los papeles de las manos y colocándola de lado, aún sentada sobre sus piernas, para darle un beso en los labios.
Al detenerse para tomar algo de aire, Charlotte juntó su frente con la de Yami, intentando encontrar todo aquel valor del que normalmente se jactaba y que parecía que ahora se había esfumado y drenado por completo de su cuerpo.
—Has estado algunos días sin venir por aquí. ¿Ha estado todo bien? —la interrumpió Yami justo cuando iba a hablar.
—Sí, todo bien. El otro día fui a ver a Owen.
—Cierto. ¿Qué te dijo? —preguntó mientras le apartaba de la cara un mechón de pelo rubio, que ese día llevaba suelto, y se lo colocaba detrás de la oreja.
Charlotte se levantó y le extendió las manos a Yami para que la acompañase. Respiró hondo, muy profundo, intentando que la máxima cantidad de aire posible se adentrase en sus pulmones y la impulsase a hablar por fin.
—Yami —pronunció su nombre mientras lo miraba directamente a los ojos, casi sin parpadear—, estoy embarazada.
Al decirlo, se sintió totalmente liviana. Lo dijo sin muchos rodeos, sin darle vueltas al asunto, y así le resultó mucho más sencillo.
—¿Qué? —cuestionó él, completamente incrédulo.
—Que estoy embarazada.
—Ya, pero… ¿cómo?
Sin duda alguna, esa no era la reacción que esperaba de su parte. Claro que siendo Yami tampoco pensaba que fuese a saltar de alegría por la noticia, así que podía llegar a comprender que le hubiese sorprendido un poco.
—Yami, tú sabes cómo se hacen los bebés, ¿verdad? Y también debes saber que hemos practicado mucho durante los últimos meses —comentó divertida, intentando relajar el ambiente, pero el semblante que compuso Yami no le gustó nada.
El hombre le soltó las manos, las cuales aún tenían agarradas, y se encendió un cigarro, que consumió en un período de tiempo récord. Se sentó con pesadez en un sillón que tenía cerca de la ventana de la habitación y Charlotte fue hasta allí para colocarse enfrente de él, esperando otro tipo de reacción que nunca llegaría.
Todo ahora cobraba sentido. Por fin podía entender la rareza en el ki de Charlotte, ese matiz especial que no podía identificar porque nunca había estado en contacto directo con una mujer embarazada. Se sentía como una duplicación del ki, una sensación extraña que ahora podía comprender con totalidad.
—Joder, menudo problema —espetó con hastío, mirando hacia la nada.
Charlotte sintió como si el alma se le cayera al suelo. Se esperaba muchos comportamientos de su parte, pero no algo así. Había definido a su hijo como un problema y eso hizo que se enfureciese notablemente.
—¿Cómo que «menudo problema»? —cuestionó ella con ira en cada una de sus palabras, haciendo que Yami la mirara de nuevo.
—Vamos, no me dirás que esto estaba entre tus planes.
El vocabulario que estaba usando le resultó de lo más hiriente en ese momento a Charlotte. El bebé no solo era un problema, sino que ahora también se había referido a él como «esto», como si la vida que juntos habían creado no estuviese creciendo ya en su interior.
—Puede ser que no estuviera entre mis planes, pero no vuelvas a decir que mi hijo es un problema —en ese momento, Yami pudo observar nuevamente su mirada gélida y furiosa. Supo que se había equivocado estrepitosamente—. Iba a decirte que no llamaras así a nuestro hijo, pero parece que es alguien que no te incumbe —escupió, repleta de dolor—. Me voy.
Yami se quedó unos segundos sentado, sin que a sus músculos llegara la orden procedente de su cerebro para levantarse. Cuando lo consiguió, Charlotte iba ya bajando las escaleras.
Salió rápidamente de la habitación y la llamó para que se detuviera, para hablar mejor y con más tranquilidad de aquel asunto, para intentar resarcirse.
—Espera, Charlotte.
La mujer no se detuvo en ningún momento, sino que, por el contrario, alzó su mano derecha y después su dedo corazón, indicándole con el gesto que no quería saber nada de él.
Toda la escena se desarrolló ante la mirada atónita de los chicos que se encontraban allí, que no sabían qué diablos estaba pasando entre Yami y la Capitana de las Rosas Azules.
Yami la siguió hasta la salida de la sede y, justo cuando se iba a ir usando la magia espacial de una de sus chicas, volvió a hablarle.
—Charlotte, vuelve a entrar para que hablemos las cosas con más detenimiento —rogó prácticamente, intentando convencerla.
—No tenemos nada de qué hablar –espetó sin volver a voltearse para dirigirle tan siquiera la mirada—. Tú ya has dejado clara tu posición al respecto. Vámonos, Mirai —ordenó mirando a la chica de cabello castaño que la había acompañado y esta lo cumplió.
Yami la vio desaparecer y se quedó mirando al horizonte después. Inmediatamente, se encendió otro cigarrillo.
Esta vez había metido la pata hasta el fondo y no sabía qué iba a hacer para remediarlo.
Habían pasado algunas semanas desde aquel incidente y la comunicación con Charlotte se había cortado por completo. No le contestaba las cartas que le enviaba ni tampoco lo dejaba pasar cuando iba a verla a su sede. De hecho, el edificio en el que residían las Rosas Azules estaba prácticamente precintado, casi nadie podía entrar y salir con libertad.
Yami no le había contado a nadie sobre el embarazo de Charlotte. A absolutamente nadie. Después de haber hablado de esa forma tan despectiva sobre el tema, no se sentía con derecho de hacerlo.
Todos en su escuadrón le preguntaban constantemente por la ausencia de la mujer. Llevaban unos cuantos meses juntos y Charlotte había pasado bastante tiempo con ellos en la base. El roce, inevitablemente, hace el cariño y los chicos se preguntaban qué había pasado con la relación entre los dos capitanes, si se veía que se entendían bastante bien.
Aquella mañana, cansado de toda la situación, Yami llamó a Finral para enviarlo a la sede de las Rosas Azules. Si no lo recibían a él, tal vez al chico sí. Pensó en llevar a Asta, pero aquel mocoso era demasiado ruidoso y contarle que Charlotte estaba embarazada era como contárselo a todos en el reino. Tal vez ella no quería extender la noticia demasiado.
Suspiró hastiado. La separación entre ellos le estaba pasando factura. Se arrepentía mucho por toda la porquería que había salido aquel día de su boca. Era obvio que tener un hijo es algo que te puede llegar a sorprender –más aún si no lo estás buscando–, pero ¿en serio tenía que haber sido tan desconsiderado con Charlotte? Se sentía la peor mierda del universo. La vida sin ella parecía un sinsentido y no sabía qué hacer, qué decir o cómo recuperarla. Y eso era un gran problema, algo que lo atosigaba en demasía porque no se sentía capaz de estar sin ella; no después de haber compartido tanto juntos.
—Finral, necesito que vayas a ver a Charlotte y le digas algo… o le des una carta, tal vez… —informó pensativo, sin saber muy bien qué hacer.
—¿En qué quedamos? —preguntó el chico con sarcasmo.
—¿Alguna objeción?
Finral negó rápidamente. Lo último que le faltaba era tener problemas con su capitán, más aún con el mal humor que tenía desde las últimas semanas.
—Yami… —llamó, dudoso, sin saber si se atrevería a seguir hablando. Después de una breve pausa, lo logró— ¿no crees que deberías ir tú?
—A mí no quiere recibirme —relató serio, mientras fumaba otro de sus inagotables cigarrillos.
—Y… ¿puedo preguntar por qué? —dijo Finral con cautela.
El hombre de cabello oscuro lo fulminó con la mirada por atreverse a intentar meterse en sus asuntos. Luego, recapacitó. Quizás era bueno contárselo a alguien, desquitarse de todos los errores que había cometido aquel día.
—Charlotte está embarazada —contó, directo, sin inmutarse, ante la sorpresa que se reflejó en los ojos del chico— y no supe reaccionar adecuadamente cuando me lo dijo. De hecho, dije cosas de las que me arrepiento y comprendo que no quiera ni verme.
Así que era eso. Finral se quedó mirando con insistencia a su capitán. La verdad era que la situación estaba complicada, pero se le ocurrió algo: simplemente tenía que ser él mismo para arreglarlo todo.
—De todas formas, creo que deberías ir tú.
—¿Eres idiota? ¿No te he dicho que no me dejan entrar? —dijo con furia en sus ojos.
—¿Y desde cuándo a ti te importa lo que te digan o acatas las normas?
Ante las palabras, Yami sonrió con autosuficiencia. Oh, qué razón llevaba ese idiota. Bien era cierto que la sede que capitaneaba Charlotte estaba completamente fortificada, pero no le importaba.
Esa misma tarde puso rumbo hacia allí. Fue solo en su escoba porque no quería entrometer a nadie de su escuadrón. Este era un asunto del que se debía ocupar él exclusivamente.
Al llegar, un ejército de chicas rodeaba todo el edificio. Sopesó las posibilidades que tenía para poder entrar. Tenía la opción de trepar por la pared hasta la ventana del cuarto de Charlotte, pero, en realidad, no sabía cuál era con exactitud. Así que entraría haciendo ruido, es decir, justo como más le gustaba.
Se fue aproximando hacia la puerta entre las advertencias de las mujeres que había custodiándola. Le repetían una y otra vez que no podía pasar nadie —precisamente ese nadie era él—, pero aquello no le importó. Se deshizo de ellas sin mucho esfuerzo, por supuesto sin lastimarlas en absoluto, y entró.
Justo allí se encontró con Sol, quien compuso un gesto de malestar al verlo. Era más que probable que estuviera al tanto de todo lo que había pasado entre él y Charlotte.
—Llévame a ver a tu capitana —ordenó mientras la miraba directamente a los ojos con intensidad, algo que solía achantar bastante a quien le dirigía ese gesto, pero que con la chica no funcionó.
—No recibe visitas por su condición. Deberías saber cuál es, ¿no?
Yami la miró con furia. Evidentemente no se lo iba a poner nada fácil, así que decidió que volvería a hacer las cosas a su manera. Comenzó a abrir todas las puertas que se encontró en el pasillo, de las cuales salían gritos de sorpresa o miradas atónitas, intentando dar con el cuarto de la mujer de mirada clara, hasta que Sol posó su mano en su antebrazo con fuerza.
—¡¿Quieres parar de una vez?! —exigió furiosa.
—Pienso abrir todas y cada una de estas malditas puertas hasta poder hablar con Charlotte, así que lo mejor será que me lleves con ella.
—No puedo hacer eso —informó Sol, siendo consciente de que no podía romper la confianza que su capitana había depositado en ella.
—Pues entonces, seguiré con lo que estaba haciendo —dijo y se dirigió hacia otra puerta para abrirla.
—¡Espera! —exclamó la chica deteniéndolo de nuevo—. Está bien, te llevaré. Pero para de una vez.
Yami se dio la vuelta, la miró de nuevo de forma serena y vio cómo la chica comenzó a andar. La siguió hasta que se detuvo enfrente de una puerta. Llamó y esperó a la contestación proveniente desde dentro de la habitación.
—Nee-san, el Capitán de los Toros Negros quiere verte. Está… justo aquí —informó y lo último lo dijo titubeando, presintiendo que no estaba haciendo las cosas adecuadamente.
Desde dentro, Charlotte suspiró derrotada. Lo había escuchado todo y también había sentido su maná aproximándose desde hacía unos minutos. No podía creer que hubiese sido tan ingenua; era obvio que sus chicas no podrían contener el poder oscuro de Yami. Sin duda alguna, no en vano era el Capitán de una Orden de Caballeros Mágicos inaugurada por el mismísimo Julius Novachrono.
—Está bien, Sol. Déjalo pasar.
Lo hizo, principalmente, porque sabía que, si había llegado hasta ahí, no se iría sin conseguir lo que quería. A esas alturas lo conocía demasiado bien. Claro que eso no hacía que estuviese menos dolida o que pensara que su relación había llegado a un punto de no retorno y que sería muy difícil de recuperar.
Mientras lo escuchaba entrando con decisión, Charlotte seguía ocupándose de ordenar unas estanterías de su habitación, justo como había estado haciendo, intentando evidenciar que su presencia no la perturbaba, que le daba exactamente igual, aunque fuera totalmente al contrario.
—Charlotte —la llamó, observando que no le hacía caso; seguía ocupada colocando unos libros, como si él ni siquiera estuviese allí.
—No tengo todo el día. Di lo que hayas venido a decir y vete.
Las palabras le dolieron mucho más que las miradas frías y de indiferencia que siempre le había dedicado. Se le clavaron como dagas en el pecho y entonces comprendió la gravedad del asunto y la intensidad de sus sentimientos.
—Charlotte, mírame —pidió mientras ella no detenía su actividad.
Entonces, Yami se acercó hacia ella y la sujetó por el brazo, dándole la vuelta para que sus miradas se entrelazaran por fin. La afabilidad y el amor que sus ojos azules solían destilar en los últimos meses ya no estaban por ningún sitio. En cambio, el dolor, la soledad y la incertidumbre lo impregnaban todo.
—Mírame, joder —exigió, poniéndose aún más serio de lo que ya estaba.
—¿Qué es lo que quieres?
La soltó con delicadeza e intentó calmarse. No era culpa de ella, toda la responsabilidad recaía sobre él, que era quien se había equivocado arrastrado por el miedo a lo desconocido y a lo imprevisto. Lo mejor era hablarle directa y francamente para intentar arrancar esa frialdad de su alma, que ya se había derretido hacía tiempo. Sabía que sería capaz de extender la calidez de nuevo en ella porque ya lo había logrado anteriormente.
Siguieron mirándose intensamente y sin decir ni una sola palabra; absolutamente nada.
—He venido a pedirte perdón.
—Oh, qué detalle –le soltó con sarcasmo—. Si has acabado, ya te puedes ir.
Se giró de nuevo, dirigiéndose esta vez hacia el escritorio, y empezó a revolver unos papeles sin sentido alguno. Estaba mucho más nerviosa de lo que su razón estaba dispuesta a admitir. Claro que los designios del corazón no hay quien los detenga.
Sintió a Yami acercándose hacia ella por detrás, pero su orgullo todavía prevalecía en aquella lucha en la que no quería ceder. Estaba realmente dolida y, en realidad, no sabía si sería capaz de perdonarlo.
—¿Qué tengo que hacer para que me perdones?
—¿Puedes volver el tiempo atrás para no decir la estupidez que dijiste? —cuestionó con sorna, poniéndose aún más nerviosa al sentir que la proximidad entre sus cuerpos era cada vez menor.
—Sabes que no —dijo él con obviedad.
—Entonces no tienes nada que hacer aquí.
Fue entonces cuando Yami decidió que haría lo que fuera por recuperar lo que tenían porque se había dado cuenta de que no estaba dispuesto a perderlo. No era alguien de palabras, pero si necesitaba usarlas para conseguir sus objetivos, lo haría. Además, lo que tenía pensado decir no era ninguna mentira.
Se acercó y llevó su mano hasta la mejilla de Charlotte para esconderle algunas hebras de cabello dorado detrás de la oreja desde la parte de atrás. La sintió estremeciéndose bajo su tacto y eso lo alivió de forma increíble. Si todavía reaccionaba a sus estímulos, eso significaba que no todo estaba perdido. Aproximó su rostro hasta el oído de la mujer y le susurró bajo, pero con firmeza:
—Te quiero, Charlotte. Sé que soy un idiota y me arrepiento mucho de lo que te dije. No creo que nuestro hijo sea un problema, te lo juro.
En ese momento, para Charlotte el mundo se redujo a ellos, a aquella habitación, al contacto de sus cuerpos y a aquellas palabras, que lo significaron todo para ella. Se dio la vuelta y lo encaró directamente y, aunque seguía con el semblante serio, sus ojos comenzaron a irradiar un rayo de cariño y amabilidad.
—Me hiciste mucho daño con aquellas palabras —expresó con la voz ligeramente quebrada, ya con la máscara de frialdad arrancada por completo de su rostro.
—Lo sé y lo siento —Yami colocó una de sus manos en la mejilla tibia de la mujer, acariciándola con suavidad—. Quiero vivir esto —dijo llevando su otra mano hasta el vientre femenino— contigo.
Al fin y al cabo, el amor es eso; encontrar el equilibrio perfecto entre ambos. Cuando uno ama se expone a que la otra persona vea lo peor de su personalidad, sus verdaderas flaquezas y defectos, y lo acepte todo. Y eso, obviamente, causa algo de incertidumbre. Por eso, también es importante reconocer nuestros errores e intentar subsanarlos. Y ese hecho era algo que Charlotte valoraba tremendamente.
Al entenderlo, se le saltaron las lágrimas, pero las retuvo en sus ojos. En cambio, sonrió ampliamente bajo la atenta mirada oscura de Yami, quien le correspondió al gesto. La impulsó contra él y presionó los labios contra los suyos. Cómo había necesitado hacer eso, cómo se arrepentía de todo lo que había estado haciendo últimamente, de aquellas palabras, de haber tardado tanto en decidirse en ir a buscarla.
Al separarse, Yami rozó los labios contra la punta de su nariz y después contra su mejilla, que estaba ligeramente sonrojada.
—¿Por qué has tardado tanto en venir, idiota? —musitó Charlotte despacio.
Como respuesta, él simplemente la abrazó.
—Quiero que vayamos a contárselo a todos.
—De acuerdo —cedió la mujer, sabiendo que se trataba de hablarlo con los Toros Negros.
Causaron gran expectación entre las integrantes de las Rosas Azules al salir juntos tomados de la mano. La inmensa mayoría sonreía bobamente, alegres de que todo se hubiese arreglado entre los dos capitanes.
Una vez en el hogar de Yami, reunieron a la plantilla del escuadrón al completo. No faltaba absolutamente nadie y todos los observaban preguntándose qué había pasado entre ellos, cómo es que lo habían solucionado tan de repente y qué sería aquello tan importante que tenían que decir.
—Bueno… —comenzó Yami algo dubitativo— queríamos hablar con vosotros porque… bueno… Charlotte…
—Estoy embarazada —interrumpió ella sin rodeos, observando que Yami se estaba trabando con las palabras—. Yami y yo vamos a tener un hijo.
El silencio fue sepulcral. Parecía mentira que en un sitio que solía ser tan ruidoso no se escuchara absolutamente nada.
Pero eso fue hasta que Asta habló, quebrando así la tensión que se había instalado en el ambiente.
—¡Oh, eso es genial! ¡Los Toros Negros van a recibir a un nuevo integrante!
Todos comenzaron a gritar como locos y, por fin, las cosas empezaron a seguir su transcurso, lo que debía ser, al fin y al cabo.
—¡Qué vergüenza! Pero… felicidades… —añadió Grey mientras se tapaba la cara, la cual estaba completamente enrojecida.
—¡Ojalá sea fuerte para poder luchar contra él! —exclamó Luck moviendo sus puños en posición de combate.
—Seguro que tendrá hambre cuando nazca, ¡voy a prepararle algo de comer! —dijo alegre Charmy.
—Si todavía le queda mucho para nacer, Charmy —le reprochó Vanessa.
Justo después, la mujer de cabello rosado fijó su vista en los ojos azules de Charlotte y, en contra de lo que ella pensaba, le sonrió.
—Enhorabuena —felicitó sinceramente, algo que alivió totalmente el ánimo de la mujer de mirada clara, que respondió con un asentimiento amable y comprensivo.
Yami y Charlotte se miraron y sonrieron complacidos y tranquilos. Sabían que, si estaban juntos, todo iría bien.
Los meses trascurrieron entre los nervios y la incertidumbre normales de unos padres primerizos.
Aunque Charlotte tenía ya siete meses de embarazo, Owen no había podido ver con claridad el sexo del bebé en las revisiones que le había ido haciendo periódicamente.
Ella seguía ocupándose del trabajo más básico, mientras que las misiones presenciales habían sido relegadas a las Rosas Azules más fuertes y capacitadas.
Yami, por su parte, seguía trabajando.
Se encontraba en las afueras del reino porque había ido a encararse con el líder de la secta a la que llevaba meses investigando y persiguiendo.
La noche se desarrollaba calma, con un silencio extraño que le sugería que las cosas no iban del todo bien. Sin embargo, siguió caminando por las calles vacías con cautela.
Nunca llegó a sentir ningún tipo de maná ni ki; por el contrario, lo único que experimentó aquella noche fue un corte profundo que atravesó gran parte de su costado hasta llegar a su pecho, sus piernas fallándole, haciendo que su cuerpo se desplomara en el suelo, y un reguero de sangre que brotaba con insistencia de la herida que le acababan de provocar.
Después, todo se volvió negro.
Nota de la autora:
O_O
Bueno, paso fugazmente por aquí para agradecer todo el cariño que me dais. Gracias por apoyar esta historia. Espero con todo mi corazón que esté siendo de vuestro agrado. Y si eres autor o autora, anda, no seas tacaño/a y escribe algo de ellos. Hacen falta muchos fics de esta pareja y, aunque me guste mucho escribir de ellos, también quiero leer.
Por cierto, sí, me habéis pillado. No soy nada buena preparando sorpresas, xD.
Todo lo que queráis, a los comentarios.
Mil gracias por leer.
¡Hasta la próxima!
