Hey, aquí Haru con otro capítulo ¡yay! Muchísimas gracias a quienes dejaron su review, el apoyo que recibo es un aliciente para dar lo mejor de mi.
La historia ahora tiene una imagen de portada, es mas o menos como me imagino a Bob para esta historia n_n No se de quien es el arte lamentablemente, lo encontré en Pinterest, pero si lo saben, vayan a darle las gracias por su creación. (Espero q no me demanden x eso :v)
Antes de continuar, en el primero me olvidé mencionar que esta ambientado en un mundo humano, así que quedando claro eso, vamos a la historia :)
Disclaimer: No poseo nada :')
Here We Go...
Arenita insistió en pagar la mitad de la factura del viaje en el taxi, y Bob no discutió con ella, lo bastante satisfecho de que aceptara quedarse con él.
Desafortunadamente, el vecindario de Bob era uno de los cuales no tenía electricidad, así que cuando abrió la puerta y presionó el interruptor para encender las luces, no sucedió nada.
—¡Percebes! —maldijo en voz baja.
—El suministro de electricidad debe haberse cortado debido a la tormenta —observó su amiga.
Ambos sacaron sus teléfonos móviles y usaron las linternas para iluminar el interior de la casa.
Una vez adentro, resguardados del viento helado y el agua de lluvia fría, ambos se quitaron sus abrigos mojados, los colgaron de la percha junto a la puerta, y Bob caminó por la casa, guiándose con la luz de su teléfono.
—Estoy seguro de que tenía velas en algún cajón, —murmuró, luego se volvió para mirarla—. Espera aquí, los buscaré.
Mientras lo hacía, ella se sentó en el sofá, y de súbito algo esponjoso saltó sobre ella y se sentó en su regazo, maullando.
Arenita le sonrió al gato, acariciando su pelaje con su mano a lo largo de su espalda.
—Hola, Gary —lo saludó con voz suave.
En respuesta, el animalito rozó su cabeza contra su mano, y luego levantó la cabeza hacia ella, maullando más.
—Debe de tener hambre —le llegó la voz de Bob desde detrás.
Le dio la vuelta al sillón, con el teléfono todavía en la mano y se paró frente a ellos.
—Su plato esta casi vacío, y ya sabes como son con esas cosas —añadió con una sonrisa, estirando la mano y acariciando sus orejas.
Arenita estaba acariciando ese mismo punto también, y sus dedos se rozaron por la acción. Al sentirlo, sintió cosquillas, y apartó los suyos con sutileza para rascar el lomo del animalito y bajo el hocico.
—¿Tienes hambre amiguito?
El gato maullo más fuerte, y, como si hubiera entendido sus palabras, saltó de su regazo al suelo, girándose para maullar una vez más antes de darse la vuelta y salir corriendo hacia la cocina.
—Yo puedo alimentarlo, si quieres, no me molestaría —se ofreció su amiga, notando que el chico todavía no había encontrado ninguna vela.
Bob le sonrió con alivio, asintiendo.
—Sí, gracias, su comida esta en uno de los estantes superiores de la alacena... Yo seguiré buscando esas velas... —él se giró de nuevo, comenzando a caminar— Estoy seguro de que los puse en alguna parte... —lo oyó murmurar mientras se alejaba.
Arenita fue a la cocina y con la ayuda de la linterna de su celular buscó entre la alacena por la lata de comida. Finalmente la encontró, estaba abierta, así que solo la tomó y volcó un poco dentro del plato de Gary, quien había estado todo el rato caminando entre sus pies en el piso, maullando y frotando su cuerpo contra ella.
—Aquí tienes, Gary, disfrútalo —dijo al animalito, poniéndole el plato lleno en el piso para que comiera.
El gato comenzó a devorar su alimento con entusiasmo, olvidándose de la chica o su dueño completamente.
En eso, Bob entró a la cocina, sonriendo orgulloso con el paquete de velas alzado en el aire en su mano.
—¡Lo encontré! —anunció con entusiasmo—. Aunque todavía tengo que encontrar los fósforos... —añadió con una pizca de pena.
Arenita sonrió con diversión.
—Te ayudaré a buscarlos.
La caja de fósforos resultó estar en el fondo de uno de los cajones. Encendieron un par de velas y regresaron a la sala de estar.
—Bien, algo de luz al fin —exhaló Bob con alivio, dejando la vela en la mesita de café y tomando asiento en el sillón junto a su amiga—. Aunque me gustaría poder usar la calefacción ¡este lugar esta helado!
Ambos se abrazaban a si mismos, temblando ligeramente, mientras frotaban sus manos en sus antebrazos para ayudar a mantener el calor en sus cuerpos. Bob se había puesto un suéter para ayudar a mantenerse caliente, pero se dio cuenta de que su amiga todavía estaba abrigada solo con su blusa verde que estaba algo húmeda.
¡Ella debía de estar congelándose!
—¡Qué modales los míos! Aguarda, te traeré un suéter —dijo mientras se levantaba del sofá.
Pero ella lo detuvo con una mano en su brazo.
—Eso no es necesario —se negó—. No quiero aprovecharme de tu amabilidad.
Sin embargo, el joven insistió.
—Sí lo es, este sitio es una heladera —insistió—. Eres mi invitada, y no te estás aprovechando si yo te lo ofrezco, ya lo dejé claro... además... no sabemos cuándo volverá la electricidad, no hay calefacción, hasta entonces, te acabarías congelando —sacudió la cabeza, decidido—. Te traeré ese suéter.
Con eso dicho, se levantó del sillón llevando consigo una de las velas y se encaminó a su habitación, en busca de un abrigo para su amiga.
Una calidez que no parecía posible con el frío que inundaba la sala de estar se extendió por su cuerpo comenzando por su vientre, como si un abrigo la hubiera envuelto desde su interior, pero que ella sabía que era debido a la actitud de su amigo. No podía evitarlo, no con la manera tan protectora con la que la trataba. No era el caso que él creyera que ella no podía protegerse sola, porque Bob la conocía muy bien y sabía perfectamente lo fuerte que era tanto física como mentalmente, sino más bien que se preocupaba por su bienestar, porque estuviera cómoda y saludable, porque estuviera bien. Y... bueno, ella eso lo encontraba tierno y dulce...además de que aquellos gestos hacían que la admiración y el enamoramiento que ella sentía por él se acrecentaran aún más.
Pasos provenientes de la escalera la hicieron levantar la vista hacia a un lado para ver al chico regresando con dos prendas de ropa en lugar de una. Una era una camiseta gris de mangas largas y la otra un suéter a colores rojo y marrón y patrones de copos de nieve en blanco tejidos por toda la tela.
—Ten, este es para que reemplaces tu blusa antes de que te dé un resfriado —comenzó una vez llegar hasta ella, tendiéndole la camiseta.
El estómago se le encogió ante la idea de llevar puesto algo de él. Si hubiera sido tan solo el suéter, no habría sido un problema, pero teniendo la prenda aun en sus manos podía percibir el tenue aroma que se desprendía de la tela, una mezcla de pino y menta, seguro gracias a los productos que el chico usaba para eliminar el olor a frito que obtenía en su trabajo diario, y aunque no fuera un aroma inherentemente suyo, no podía dejar de relacionarlo con él, pues lo respiraba cada vez que le daba un abrazo o lo tenía lo suficientemente cerca para inhalarlo.
—Sé que no es 'lindo' exactamente —continuó el chico, haciendo una mueca de lamento ante el horrendo diseño del suéter mientras lo sostenía en el aire—, pero es lo más abrigado que tengo en el armario y te servirá.
El chico se sentó a su lado, pasándole el suéter a su amiga, quien lo tomó de sus manos con un gracias.
Arenita tomó ambas prendas con ella y se marchó hacia el baño de la planta baja, donde se cambió en las ropas que Bob le había prestado, deleitándose con la suavidad de la textura de la camiseta contra su piel, ruborizándose ante el súbito pensamiento de que estaba llevando las mismas ropas que su amigo pudo haber llevado alguna vez.
Luego le siguió el suéter de lana, cuya tela picaba un poco.
Y sí, el diseño era bastante... desagradable a la vista, pero era cálido y cumpliría con su cometido.
Además, al igual que la camiseta, desprendía un agradable aroma que le hacía recordar a su dueño, lo que recibió con gusto.
Sin embargo, se preguntó donde lo había conseguido su amigo, pues por más cursi que algunas de sus decisiones o acciones parecieran, tenía un relativo buen gusto en ropa, así que no se lo imaginaba en una tienda comprando ese suéter.
—¿De dónde lo sacaste? —decidió preguntar, regresando a él en la sala.
El cocinero se rascó el antebrazo algo avergonzado antes de responder.
—De mi madre... ella lo tejió para mi en el primer aniversario de mi estancia aquí por mi cuenta —hizo una mueca—. No tuve corazón para decirle que no ¿sabes?
La muchacha alisó la tela con sus dedos. Le hacia picar donde la lana rozaba su piel y era claro que había sido tejido para Bob, sin curvas y con los brazos más largos, pues las mangas le llegaban a la mitad de la palma. Pero era calentito y un bonito detalle de parte de la madre del cocinero.
—Fue un obsequio práctico, y muy dulce de su parte —comentó, con otra suave sonrisa.
Él la miró de nuevo, sintiendo la vergüenza que había surgido en su interior al revelarle aquello desvanecerse lentamente para ser reemplazada por tranquilidad ante el candor de su gesto, y una nueva sonrisa curvó sus labios, haciendo que sus adorables hoyuelos hicieran acto de presencia.
En ese instante no hicieron más que mirarse bajo la tenue luz que los envolvía, sumiéndose en un silencio que se entremezcló con una extraña tensión que se formó en el ambiente entonces, una que hizo los interiores de Bob cosquillear ligeramente. De inmediato se encontró absorto en contemplar las sombras que la luz de las velas dibujaban en las suaves mejillas de su amiga y en lo oscuro que se habían tornado sus ojos por la iluminación del ambiente. Mas Arenita agradeció que la luz de la vela no fuera lo suficientemente fuerte para alcanzar a iluminar por completo su rostro, porque estaba segura de que estaba tan roja con el suéter que traía puesto. Los ojos azules de Bob reflejaban la luz de la flama, haciendo que fueran más fulgurantes en la oscuridad y que la intensidad con la que la observaba fuera más evidente, enviándole una mirada que ella jamás había visto en él.
En un momento le pareció que lo vio inclinarse lentamente hacia su dirección, pero con la poca luz que los rodeaba, no podía estar completamente segura. Sin embargo, su corazón latió más rápido de la emoción ante la simple idea. Sus manos se enredaron en su regazo y se sintió más cálida debajo del suéter. Pero sus ojos no podían apartarse de su mirada azul. Entonces fue testigo de cómo su mirada parpadeó brevemente en dirección a sus labios, una acción que la hizo sentirse repentinamente ansiosa y más emocionada que antes.
—Bob ...— susurró la castaña, una mezcla entre una pregunta de duda y un exclamación de bienvenida, sintiendo como si una fuerza extraña la estuviera empujando en su dirección.
Pero esa única palabra rompió la gruesa tensión entre ellos como un martillo contra un espejo. Sus ojos azules se abrieron en un instante como si el chico hubiera despertado de una especie de trance momentáneo para darse cuenta de donde estaba y que ocurría –o más bien lo que estaba a punto de ocurrir– antes de sacarlos de ella con el rostro ardiendo.
—Eh... Iba a preparar algo caliente para ayudar con el frío... ¿Te apetece un poco de chocolate? —preguntó con repentino nerviosismo que trató de ocultar con su característica personalidad alegre, alzándose del sillón.
—Sí, me gustaría mucho —respondió la joven, sintiéndose un tanto decepcionada de repente, sin tener idea de porque pero no queriendo que se hiciera muy notorio en su voz.
Él chico asintió con más entusiasmo del necesario, y sintiendo que debía poner algo de espacio entre ellos, salió de allí casi como huyendo de su propia sala y de la presencia de su amiga hacia la cocina.
'Calma, Bob, calma, no ocurrió nada, todo está bien, todo está en orden.' iba repitiéndose en su cabeza en su camino hacia la cocina, caminando lo suficientemente rápido como para alejarse lo más pronto posible pero no tanto como para que fuera demasiado obvio para su amiga.
'¿En qué estabas pensando?' se preguntó en reproche a si mismo mientras abría su alacena y revisaba en búsqueda del dichoso chocolate –al menos tenía un poco para usar como excusa para su apresurada salida–.
Otro rubor invadió sus mejillas. Tenía muy claro en que había estado pensando en ese momento, la piel café de Arenita que tomaba una tonalidad más cálida bajo la luz de la vela, el color oscuro de sus ojos que se veían más grandes y definidos, pero sobretodo, la forma en que esos labios se curvaron suavemente y como por unos instantes tuvo el deseo de descubrir a que sabían exactamente...
'¡No! No, no, no, no, no... Es tu mejor amiga, mal, mal, mal Bob Esponja.' Volvió a reprenderse.
Dando un hondo suspiro entre frustrado y resignado, encendió la cocina y echó agua en la tetera para ponerla a calentar al fuego, para luego apoyarse contra la mesera de la cocina a esperar y poner sus pensamientos en orden.
No sería esta la primera vez que tenía esos sentimientos conflictivos y confusos concernientes a su amiga. Cuando entrenaban durante la semana, había notado ciertas reacciones producidas por su cercanía, ya sea que lo arrojara al suelo con una llave o por un simple roce de su piel. Un intenso candor desplegándose a través de su cuerpo, un aumento de su torpeza sin una razón aparente y dificultad para hablar con claridad cuando se ponía nervioso por algún cumplido de su parte, como en el restaurante.
'¿Será acaso que...?' dio un chasquido con la lengua ante el fugaz pensamiento que invadió su mente. 'No, es imposible que yo... Es decir... Yo no podría... Ella jamás... Nosotros solo...'
A pesar de su aparentemente adorable inocencia, Bob no era tan ingenuo como muchos creían. Era algo crédulo e inocente, sí, pero no era un completo tonto. En cuanto hubo empezado a tener esas...sensaciones cerca de ella de manera frecuente, primero se lo confesó a su mejor amigo, quien aunque no pudo darle una respuesta o explicación satisfactoria –era Patricio, después de todo–, sí le confesó que él también sentía lo mismo que él pero por otra muchacha, que no podía dejar de pensar en ella. Luego le sugirió que investigaran en Internet a que podían deberse esas sensaciones, tal vez otras personas podrían darles una idea, y al hacerlo, las respuestas que obtuvieron...bueno, no fueron exactamente lo que se hubieran imaginado que podría ser.
Patricio lo aceptó con total naturalidad, incluso con más entusiasmo que él. A Bob, sin embargo, no le fue tan fácil digerirlo, y no podía dejar de darle vueltas.
'¿Podría ser que de verdad estoy...enamorado...de ella?'
Se lo había preguntado una y otra vez las últimas semanas, dándole vueltas al asunto incluso en horas del trabajo, lo que había llevado a ciertas distracciones de su parte que retrasaban ligeramente el desempeño de sus labores, ganándose conversaciones con su jefe. Don Cangrejo no lo había regañado exactamente, pero si le había llamado la atención. También lo había cuestionado por la causa del problema, pero no se había sentido tan cómodo y seguro como con Patricio para hablar de ello.
Una cosa era hablar con el hombre sobre temas triviales y problemas menores, pero de asuntos del corazón, tan íntimos...le daba algo de vergüenza tratarlo, la verdad.
El sonido de la tetera con el agua ya caliente lo trajo de nuevo al presente, y apagó la cocina para a continuación buscar dos tazas y todo lo demás necesario para preparar la bebida, haciéndolo lo más despacio posible para no tener que confrontar a su amiga tan pronto luego de aquel desliz en la sala y a la vez controlar sus nervios.
Entretanto en la sala de estar, Arenita le daba vueltas en su mente a lo que acababa de ocurrir, sin todavía poder creerlo. ¿De verdad su mejor amigo estuvo a punto de...? Pero...él no la veía de esa manera ¿no? La castaña posó su mano en su corazón, que todavía latía a un ritmo más rápido que lo normal, sintiendo una llama de esperanza chispeando en su interior pero de inmediato trató de extinguirla. Tener sentimientos por él era una cosa, pero alimentar sus esperanzas de que los correspondiera era otra. Él estaba siendo el amigo diligente, amable y cariñoso de siempre, era solo eso. Había sido solo una ilusión creada por la iluminación del ambiente y el deseo de su parte de que él la viera de la misma manera ¡Percebes! Puede que ella hubiera interpretado mal todo y lo hubiera espantado. No podía buscar señales donde no las había, mucho menos de algo que no existía.
Pensar de aquella forma, lejos de tranquilizar sus nervios y calmar su corazón, solo la hizo sentir vergüenza de ella misma y la entristeció.
Bob tomó las dos tazas con una mano y la vela que tenía con él en la otra, y armándose de valor caminó con toda la tranquilidad de la que fue capaz hacía la sala de estar, decidiendo que ya no podía hacer tiempo ni seguir escondiéndose en la cocina como un cobarde, debía salir y enfrentar las consecuencias de sus acciones.
Al cruzar el umbral, sus ojos se fijaron en su amiga, cuyo rostro estaba iluminado levemente. Estaba mirando hacía el suelo, como pensando en algo, y la vio tomar aire y liberarlo suavemente, asintiendo para sí misma ante cualquier decisión a la que hubiera llegado, aunque pudo distinguir algo de dolor en ese simple gesto.
Se preguntó si en lo que hubiera estado reflexionando tenía algo que ver con ese episodio vivido momentos antes.
—Como lo prometí —dijo, anunciando su arribo a varios pasos de distancia del sillón para no tomarla por sorpresa—, chocolate caliente para el frío.
Ella se acomodó en el sillón y alzó la mirada hacia él, sonriendo con algo de dificultad. Ver su rostro irradiando calidez dirigida a ella no hacía más que alimentar el fuego, lo que menos necesitaba en ese momento, mas tenía que hacer un esfuerzo por él, después de todo no era culpa de su amigo que ella hubiera desarrollado esos sentimientos por él... bueno, él era el causante, pero no adrede.
Bob se acercó al sillón y después de dejar la vela nuevamente sobre la mesa, le tendió su taza, la que ella aceptó tratando de no volver a rozar sus dedos ni por accidente. Luego él tomó asiento en el mismo lugar que antes pero un poco alejado de ella para no incomodarla aún más.
Sin saber que su amiga, lejos de ver el gesto con agradecimiento, se sintió aun más desalentada pensando que él no la quería tan cerca por el momento debido a lo ocurrido.
Para ocultar su desdicha, Arenita acercó la humeante taza a su rostro, aspirando el dulce vapor que salía de su bebida al alcanzar sus fosas nasales, para suspirar en contentamiento, era agradable tener algo cálido después de sentir el agua fría salpicando su rostro, antes de llevar la taza a sus labios y beber.
El chico podía sentir una nueva tensión formándose en el ambiente, como una niebla espesa pero invisible, tan pesada como piedras sobre sus hombros, diferente de la que minutos atrás hubo existido entre ellos.
Era incomoda, eso podía percibirlo, y no solo él, pues al observar de soslayo a su amiga, notó cierta inseguridad e inquietud en su lenguaje corporal, lo que lo hizo preguntarse con algo de culpa si su desliz era lo que hubo puesto así de extraña a su amiga.
—¿Te gustó? —preguntó entonces para romper el agobiante silencio luego de dar unos sorbos a su bebida.
—Esta muy rico, y era lo que necesitaba, me siento mejor —su tono se oía igual de siempre, calmado y animado, pero ella no lo miraba a los ojos.
Arenita no podía, a menos que estuviera dispuesta y segura de que podría mirar directamente a esos brillantes ojos sin revelar su secreto. Mejor mantendría la mirada en la oscuridad de la sala, y el rostro apartado de él hasta que las aguas se calmaran.
Sí, era lo mejor si quería sobrevivir esa noche con solamente la compañía de la persona que le arrebataba el sueño.
¿Les gustó? Tuve q cortarlo ahí por razones de extensión...de nuevo :v Espero que el capi haya sido de su agrado n_n
¿Qué les deparará el resto de la noche a nuestros protas?
Pues habrá que esperar hasta el próximo capítulo ;)
Nos leemos pronto :D
H. C.
