Hellooo! Finalmente aquí reportándome con el capítulo N° 7 :) otro capítulo largo pero que por tema de la trama no pude acortar. Que lo disfruten.

Advertencia: Más violencia moderada y más sangre... ¡Pero prometo que es la última vez!

Disclaimer: Solo imaginen como serían los capítulos si alguien como yo fuera dueña del show...exacto.

Here We Go...

Previously

Se olvidó del muchacho atado a la silla para ir a inspeccionar el ruido, con el cuchillo en alto, los sentidos alerta ante cualquier peligro potencial que pudiera existir.

Lo que encontró una vez que llegó a la sala de estar fue una piedra del tamaño de una mano que había sido arrojada contra la ventana, rompiendo el cristal en el proceso.

Todavía en la cocina, el cuerpo de Bob se relajó ante la ausencia del sujeto en la habitación, derritiéndose en su silla, sus extremidades volviéndose laxas. El corte en su pecho aún palpitaba y podía sentir su sangre tibia deslizándose sobre su piel, pero la herida ya no ardía, o tal vez estaba demasiado exhausto para notarlo siquiera. Como fuera, se dejó llevar por el cansancio, eligiendo hacer un buen uso del repentino pero bienvenido descanso.

Cerró los ojos y se desmayó.


Sacando también su arma, el hombre caminó con cautela, observando cuidadosamente a su alrededor, agudizando su audición para ver si podía detectar algo extraño. Se abrió paso sobre los pedazos de vidrio rotos, tratando de no pisarlos para no delatarse a quien estuviera afuera, y se acercó discretamente a la ventana ahora rota. Se arrimó y miró por el agujero, maldiciendo por lo bajo, pues ya se había hecho una idea de quién podría ser que estuviera allá afuera esperando para tenderle una trampa.

De seguro era esa maldita chica, la que se había escapado. Lo sabía, sabía que debería haber ido a buscarla fuera de la casa. Pero había caído desde dos pisos de altura, físicamente no parecía mucho, y el chico había sido su prioridad en ese momento, sacarle la verdad a como diera lugar, y había confiado en sus propias "habilidades de interrogación". Él había pensado que iba a sucumbir rápidamente, seguro de que sus métodos funcionarían en él, pero no, el chico tenía que ir y tratar de impresionar a la chica volviéndose todo valiente y audaz.

Y ahora tenía que lidiar con sus errores provocados por su propio orgullo.

Se prometió a sí mismo que iba a compensar sus errores.

Los iba a compensar de una manera muy dolorosa para los tórtolos.

Tan ocupado estaba regañandose mentalmente que no se percató de una figura caminando hacia él en la oscuridad, portando una palanca con la que se le acercó por las espalda y lo golpeó de lleno en la parte posterior de la cabeza, dejándolo aturdido por unos segundos, haciendo que soltara el arma y el cuchillo...


Varios Minutos Antes...

—¿Te importaría explicarme tu plan otra vez? —preguntó Calamardo a Arenita mientras la veía hurgar entre su caja de herramientas, haciendo quién sabe qué.

Estaba tan acelerada que ni siquiera había aceptado su ofrecimiento de un cambio de atuendo. La chica aun llevaba su ropa empapada y enlodada –un pijama que había visto usar a Bob una que otra vez cuando venía a su casa por alguna tontería, pero no iba a mencionar nada–. Ella solo habia ignorado su oferta, explicándole toda la situación apresuradamente y exigiéndole con todo el tacto posible que la llevara al cobertizo donde guardaba herramientas y cosas por el estilo.

Por supuesto que había tenido que estar de acuerdo con ella, con el chico Esponja en tantos problemas, incluso en riesgo mortal. Así que allí estaban, con él observando todavía confundido que era lo que estaba haciendo.

—Me escabulliré dentro de la casa y lo tomaré por sorpresa —respondió Arenita como si fuera lo más obvio, todavía ocupada en su misteriosa tarea.

Calamardo frunció los labios ante su respuesta corta e inútil.

—¿Y cómo planeas hacerlo? Disculpa, pero tu plan no me suena demasiado pulido —presionó.

La chica era inteligente y una buena persona, incluso si era amiga de los cabezas de percebe de sus vecinos, él se sentiría muy mal al dejarla ir allí para enfrentarse ella sola a un asesino sin antes intentar disuadirla haciéndola oír razones.

La joven exhaló exasperada, sin darse la vuelta para mirarlo. Podía manejar su actitud gruñona cualquier día, pero hoy no era exactamente conveniente.

—Solo confía en mí, sé lo que estoy haciendo —dijo con más dureza de lo que deseó.

Eso no impidió que Calamardo se preocupara por el resultado.

—Dijiste que la policía ya había sido advertida, déjalos manejarlo —insistió tratando de razonar con ella.

—Va a ser demasiado tarde cuando eso suceda —contestó la castaña en voz sombría.

Él contempló como sus hombros se derrumbaban a la vez que se inclinaba un poco hacia adelante.

—No viste lo que yo vi —agregó en voz baja y temerosa—. Este hombre parece ir muy en serio, y Bob está allí con él, solo y enfrentándose a quién sabe qué... —su voz ganó fuerza, ella cuadró los hombros—. No puedo quedarme aquí sin hacer nada sabiendo que él está sufriendo, haré todo lo que esté a mi alcance.

Con eso, jugueteó con sus herramientas un poco más hasta que finalmente la oyó murmurar un satisfecho 'Hecho', cerrando la tapa de la caja. Ella se levantó y se volvió hacia él con una expresión determinada en su joven rostro.

Calamardo fijó los ojos en el objeto que ahora tenía en las manos, levantando una ceja curiosa hacia este.

—¿Qué es eso?

Ella revisó el objeto para asegurarse de que estaba correcto.

—Una ganzúa —respondió después de ver que serviría—. Era en lo que estaba trabajando.

—¿Dónde aprendiste a hacer eso? —preguntó, impresionado mientras se inclinaba sobre la ganzúa para inspeccionarla.

Ella puso los ojos en blanco.

—Puedo construir una máquina en unas pocas horas, ¿y te sorprende que sea capaz de hacer una ganzúa casera en unos minutos con algunas herramientas? —apuntó.

Oh, claro. Genia de la ciencia.

—No lo entiendo, ¿por qué querrías una...? —la comprensión lo alcanzó entonces, y sus ojos se ensancharon.

—Bob cerró la puerta con llave, que yo no poseo —le informó ella, siguiendo su mismo pensamiento—. Así que, voy a entrar a la casa por la puerta con esto —agitó en el aire la ganzúa casera que sostenía.

—Pero... ¿qué pasará cuando estés dentro? —preguntó—. ¡Él te verá!

—No, él estará demasiado... ocupado... con Bob —cerró los ojos brevemente, tratando de no evocar todas las cosas horribles que estaba segura su mejor amigo estaba soportando—. No salió a buscarme al escapar, él me subestimó.

'Y ese será su peor error.' pensó con decisión.

—Supongamos que entras sin un rasguño, está bien, ¿qué pasa con el encuentro real con el intruso? —continuó Calamardo, todavía sin dar su brazo a torcer—. Dijiste que llevaba un arma ¿Cómo se supone que, no sé, lo capturaras o lo que sea que planees hacer?

Arenita le sonrió con confianza, echando el pulgar por encima del hombro para señalar al resto de sus herramientas perfectamente ordenadas contra la pared del cobertizo.

A una en particular.

—¿Puedes prestarme tu palanca?


Calamardo se estremeció de frío y se encogió más dentro del abrigo de lluvia gris que llevaba puesto. La lluvia caía sin piedad y el viento soplaba sobre él con su toque helado. Reprimió un estornudo, porque la discreción era la clave en su misión –como si el intruso pudiera oírlo estornudar desde el interior de la casa a la distancia que estaban el uno del otro– pero Arenita había sido clara con él. Quería que todo su plan suicida funcionara sin problemas y para eso tenía que estar callado y esperar su movimiento.

Así que, en lugar de estar a salvo en su cama caliente, estaba agachado sobre el barro frente a la casa de Bob a una distancia segura, con una roca en la mano.

Otro viento helado sopló sobre su rostro ya pálido y frío, haciendo tiritar hasta sus dientes.

Ugh.

Esto era lo que ganaba por ayudar a otros.

Aún así, una parte de él se alegraba de estar aquí porque estaba un poco preocupado por la chica, y el muchacho también, sobretodo después de oír de boca de la joven el trato abusivo del que estaba siendo objeto, porque no era como que realmente odiara al molesto chico rubio o algo así, Bob era demasiado entusiasta y alegre, totalmente lo opuesto a él, siempre sombrío y gruñón, eso era todo, esa era la razón por la que chocaba con él tan a menudo, aunque en realidad era solo él, Bob era totalmente ajeno a todo eso.

Entonces, sí, estaba preocupado por el chico que fuera como fuera no merecía estar pasando por eso, por lo que había aceptado tomar parte en todo este 'plan' que la chica había ideado en solo unos minutos.

Afortunadamente, la tercera rueda de cabello rosado no había sido arrastrado en todo esto, porque tenía ya suficiente como para tener que vigilarlo a él también.

Solo esperaba que la policía llegara a tiempo, preferiblemente antes de que Arenita tuviera que enfrentarse a ese trastornado sujeto.

Lamentablemente, sus esperanzas en eso se hicieron añicos cuando vio a la chica que finalmente forzaba la cerradura con su ganzúa casera.

Sin dudarlo ni un instante, Arenita entró en la casa con el mayor silencio, como un hábil ninja, y cerró la puerta detrás de ella de la misma manera.

En su lugar, Calamardo comenzó a contar en su cabeza.

Una vez que llegó al minuto, tomó aliento y echó el brazo hacia atrás, fijando los ojos en su objetivo, luego llevó el brazo hacia adelante y arrojó la piedra con toda la fuerza que pudo reunir.

La roca atravesó el cristal de la ventana como si nada, destrozándolo en un estruendo, que seguramente llamó la atención del hombre que estaba dentro.

"Buena suerte" murmuró al aire.


Se arrastró encorvada dentro de la casa, abriéndose paso a través de la oscuridad, cuidando de no hacer ningún ruido. Viniendo desde la cocina, pudo escuchar su voz ronca y áspera, acompañado de lo que supuso que eran los gemidos de dolor de Bob. Poniendo eso en el fondo de su mente por el momento, buscó un lugar para esconderse y lo encontró detrás de un mueble. Rápidamente, se cubrió detrás de este, con la palanca firmemente sujeta en sus manos, conteniendo la respiración mientras esperaba la distracción de Calamardo.

Que vino como una roca que atravesó con un estruendo el panel de vidrio de la ventana.

Muy pronto, escuchó sus pasos pesados y rápidos acercándose, la luz de su linterna lo precedió antes de que entrara en la habitación. Ella siguió cada uno de sus pasos con la mirada, con el corazón latiendo velozmente en sus oídos, esperando el momento adecuado hasta que lo vio caminar hacia la ventana.

Ahí saltó a la acción.

Saliendo de su escondite, caminó rápida pero silenciosamente hacia él, levantando la palanca para bajarla y conectarla directamente en la parte posterior de su cabeza con todas sus fuerzas. Eso funcionó a la perfección, el hombre dejó caer sus armas y su cuerpo cayó de rodillas, estupefacto por el golpe y aturdido momentáneamente.

Ella se aprovechó de eso, pateando sus armas para alejarlas antes de que él pudiera recuperarse del golpe. Luego procedió a golpearlo nuevamente en la espalda, provocando otro gruñido de dolor, pero eso no la detuvo. Gritando con cada golpe, bajó la palanca sobre él una y otra vez, golpeándolo en la espalda, las piernas, los brazos y cualquier lugar de su cuerpo con el que pudiera conectar su arma.

Se detuvo una vez que se dio cuenta de que el tipo había dejado de gruñir o moverse. Cubierta de sudor y sin aliento, se acercó al cuerpo en el suelo, temiendo lo peor –estaba llena de ira por lo que los había hecho pasar pero no quería matarlo, sino sacarlo del asunto por un momento para luego entregarlo a la policía–. Se sintió aliviada cuando vio que su pecho subía y bajaba lentamente.

Ella lo había logrado, lo había derrotado, al hombre que había hecho sufrir tanto a Bob. Pero no había tiempo, ni era el momento de sentir ninguna sensación de logro por eso. Tenía que ir a buscar a Bob.

Tenía que asegurarse de que él estuviera bien.

Entonces tiró la palanca y corrió hacia la cocina, olvidando al hombre tendido en el suelo. No iba a despertarse pronto.

La imágen que la recibió hizo que su corazón se agrietara y se rompiera en pequeños pedazos. Jadeó de tristeza y horror, deteniéndose en el umbral, cubriéndose la boca con ambas manos sorprendida mientras miraba con los ojos grandes e incrédulos la forma frágil y laxa de Bob sentada en la silla, húmedo, cubierto de moretones, de sangre seca y fresca. No podía ver su rostro, su cabeza colgaba baja, su barbilla tocaba su pecho, su cabello siempre bien cuidado ahora desordenado y enmarañado.

Era un chico de contextura delgada, y siempre había lucido mas joven que su edad real, pero ahora, en ese estado desgarrador, ella no pudo evitar notar cuán joven y vulnerable se veía, cuán roto y herido. Sintió que algo caliente y húmedo bajaba por sus mejillas, humedecía sus manos y cruzaba por sus labios, dejando un sabor salado en ellos. Eran lágrimas, se dio cuenta, que habían caído de sus ojos acuosos sin su consentimiento.

—Bob... —susurró con angustia.

Recuperando sus sentidos, descubrió su boca y corrió hacia él, sin molestarse en limpiarse las lágrimas de las mejillas, era inútil, de todos modos continuarían escapando de sus ojos.

Ella lo alcanzó y se arrodilló frente a su cuerpo frío, ignorando el agua helada mezclada con sangre acumulada bajo sus rodillas y manchando el pantalón del pijama. Tomó su cabeza en sus manos para levantarla y echarle un vistazo a su cara. Lo que encontró hizo que su estómago se retorciera dolorosamente y que su cuerpo entero se estremeciera. Un labio estaba roto e hinchado, su mejilla mostraba un color negro azulado, uno de sus ojos estaba hinchado y negro, la sangre aún goteaba de su boca...

Ella colocó dos dedos en su pulso, exhalando de alivio cuando encontró su pulso, lento pero constante.

—Bob —llamó, sacudiéndolo ligeramente—. Bob —repitió, palmeando su rostro para hacerlo volver en sí—. Por favor, despierta, por favor —suplicó a su forma inconsciente, ahogándose en sus lágrimas.

Su mente le recordó que llorar no era de ninguna ayuda, además de que él estaba vivo, eso ella lo habia comprobado, que no debería estar tan devastada por él, que tal vez solo estaba descansando después de haber sufrido tanto dolor y sufrimiento, que tal vez era solo una forma en que su cerebro había reaccionado, para dejarlo fuera de la realidad por unos minutos y que se recuperase, y sin embargo... Ningún hecho frío o lógico iba a cambiar la forma en que su corazón, el figurativo, se sentía al presenciar los horripilantes resultados de las cosas malas que había tenido que enfrentar solo.

Delante de ella, lentamente, el chico abrió un ojo, el que todavía estaba en buena forma. Gimió por lo bajo, luego dio un quejido y miró directamente frente a él. No podía recordar cuándo había caído inconsciente, o cuánto tiempo había estado fuera de combate, pero de lo que estaba seguro era de que todo le dolía como el infierno.

Arenita había bajado la cabeza, sollozando suavemente, cuando el suave gemido llegó a sus oídos. Ella levantó la cabeza rápidamente, viendo cómo su amigo volvía lentamente a sus sentidos.

—¡Bob! —chilló de alivio y emoción al verlo despierto.

Sin siquiera pensarlo, se arrojó sobre él, envolviéndolo en un fuerte abrazo, escondiendo su rostro en su cuello, humedeciendo su piel con sus lágrimas, ahora de diferentes emociones.

Atrapado entre sus brazos pero todavía un poco mareado, el muchacho gruñó de dolor.

Abriendo los ojos de golpe, recordando el lastimoso estado del chico y dandose cuenta de como su toque debia de estar afectando a sus heridas, ella se separó un poco de él, pero dejando sus manos sobre sus hombros. Se hizo un poco hacia atrás y lo observó esperanzada a través de sus lágrimas.

—¿Qué... dónde...? —habló arrastrando las palabras, todavía algo aturdido.

Luego, cuando sintió el toque de unas manos sobre su piel desnuda, se estremeció y trató de alejarse de quien lo estaba tocando, aún ajeno a lo que estaba sucediendo, empeorando sus heridas y el estado de su piel donde la cinta rodeaba su carne.

De inmediato, viendo lo que el contacto piel con piel le estaba provocando y sintiéndose un poco triste y dolida por eso, ella dejó ir sus hombros, levantando sus manos para mostrar que ella no significaba ningún peligro.

Nunca para él, de todos modos.

—Está bien, soy yo, Arenita —dijo suavemente para calmarlo—. Ahora estás a salvo, cálmate.

Finalmente se tranquilizo y dejo de retorcerse, por lo que pudo prestar mejor atencion a la voz, su voz, y sacudió la cabeza como si fuera capaz de despejar su mente borrosa de esa manera. Luego hizo un esfuerzo por levantar la cabeza y mirar hacia delante de él.

A través de su ojo medio cerrado y el magullado, pudo ver, para su gran alivio, el rostro de la mujer que tanto amaba, con sus mejillas de manzana, labios rosados y cálidos ojos color chocolate.

Una enorme ola de alivio del tamaño de un tsunami lo cubrió, y aunque estaba golpeado, magullado y con mucho dolor, pensó que nunca se había sentido tan feliz en su vida.

—Arenita... —exhaló, sus labios heridos temblando en una pequeña sonrisa, o tratando de.

Su intento de sonrisa salió como una mueca de dolor más que nada, pero ella entendió lo que él había querido hacer. Ella le devolvió el gesto, esta vez colocando sus manos sobre sus antebrazos.

—Sí, soy yo —repitió, y al ver la pregunta no formulada en su magullado rostro, agregó:—Estoy bien.

—Gracias al cielo... —murmuró, recostándose hacia atrás en la silla.

El movimiento hizo que su cuerpo le doliera con todas las heridas que había recibido, pero lo ignoró, eligiendo en cambio disfrutar del suave toque de las manos de Arenita sobre su piel, del calor que traían, extendiéndose sobre su cuerpo, combatiendo el frio que lo embargaba, y una muestra de que ella estaba bien. Pero entonces, un pensamiento repentino lo hizo jadear ruidosamente, y se enderezó en su lugar, su único ojo lo suficientemente bueno como para ensancharse, de hecho lo hizo.

—¡Espera! ¿Dónde está ese tipo? ¿Todavía está cerca? Tienes que esconderte, podría hacerte daño... —un ataque de tos lo asaltó, interrumpiendo su cadena de palabras de preocupación.

Arenita soltó sus antebrazos, hecho que el lamento distraídamente, y se levantó del suelo.

—Está fuera de combate por ahora —dijo ella, yendo a donde el hombre había dejado su bolso.

Había visto un par de tijeras adentro antes, cuando el hombre había estado hurgando entre los contenidos. Eligiendo ignorar todos los dispositivos de aspecto aterrador, tomó las tijeras y regresó con Bob.

—¿Qué quieres decir? —preguntó, tratando de ignorar el dolor que venía con la respiración, porque cuando inhalaba, le dolían las costillas rotas

La sintió moviendose detrás de él, trabajando para cortar la cinta que sujetaba sus muñecas. Una vez hecho eso, ella los despegó, con el mayor cuidado para no dañarlo o hacerle sentir dolor.

Lo que había soportado esa noche fue suficiente para toda la vida.

—Peleamos —explicó rápidamente, tomando el último trozo de cinta y tirándolo a un lado—. Y gané.

Finalmente sintió sus muñecas liberadas, así que movió sus brazos y los llevó de regreso al frente, flexionándolos y rotándolos mientras suspiraba aliviado. Realmente se sentían agotados y doloridos, como todo su cuerpo, pero habían estado atrapados en una posición incómoda durante lo que le parecieron horas, aunque no estaba muy seguro, después de todo había estado fuera de combate un par de veces ya.

Su amiga se dio la vuelta y se arrodilló delante de él, con las tijeras en la mano para comenzar a sacar la cinta alrededor de sus tobillos. Ella alcanzó a cortar uno con éxito y lo despegó de la piel con el mismo cuidado.

—Estamos a salvo ahora.

Estaba a punto de comenzar con el otro tobillo cuando de súbito escucharon una voz ronca a la cual ambos aprendieron a tener aprensión.

—Yo no estaría tan seguro.

El corazón de Bob saltó a su garganta, y de repente no había suficiente aire a su alrededor para llenar sus pulmones. Sus ojos asustados estaban puestos en el hombre que lo había golpeado y torturado, que ahora estaba parado en la puerta de la cocina, cubriendo la única salida, con los ojos grandes y locos, la mano levantada con una pistola, la misma arma con la que lo había amenazado antes, pero que ahora apuntaba a la mujer castaña a sus pies.

Arenita dejó de hacer lo que había estado haciendo, dejando caer las tijeras que resonaron en el suelo y se dio la vuelta, sintiendo que su corazón comenzaba a golpear dolorosamente en su pecho al ver al hombre.

Si antes parecía un loco, ahora parecía completamente trastornado, sus fosas nasales se escuchaban flameantes como los de un toro listo para pisotear una bandera roja, sus ojos brillaban perversamente, enrojecidos, y toda su aura exudaba odio y furia.

Estaba realmente enojado, y eso era expresarlo suavemente.

Arenita se puso de pie rápidamente, con la gracia por la que era conocida en artes marciales, adoptando una postura de lucha, los ojos enfocados, los dientes apretados, lista para luchar y proteger a su amado una vez más, independientemente de que el hombre tuviera un arma.

—Me tomaste por sorpresa —aceptó, aunque enojado por ese hecho—. Eres bastante fuerte para alguien tan ligera y delgada.. Veamos cuánta pelea puedes poner —dijo en voz baja.

Detrás de ella, Bob no pudo evitar notar lo impresionante y poderosa que lucía, incluso con su cabello desordenado y su ropa empapada por la lluvia y el barro, pero decidió dejar esos pensamientos a un lado cuando encontró su voz nuevamente.

—¡No! ¡Por favor, déjala fuera de esto! —le suplicó al hombre, estirando una mano abierta como si pudiera detenerlo así—. ¡Tu pelea es conmigo, no con ella!

El hombre inclinó la cabeza un poco para hacer como si estuviera mirando al muchacho en la silla sobre los hombros de la muchacha.

—Estás equivocado —gruñó, luego agitó la mano que sostenía su arma hacia la chica—. Ella es importante para ti, así que... —de repente, sintieron que el aire en la cocina bajaba un poco, volviéndose más frío que nunca—. Tal vez te convenceré de que hables, después de todo —terminó, poniendo sus ojos oscuros en ella, una sádica sonrisa torciendo sus labios debajo de la máscara que pudieron imaginarse.

A Bob no se le pasó de la mente a lo que se refería, y sintió que más lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos junto con un miedo frío que congelaba su cuerpo desde el interior al pensar que la haría pasar por todo lo que lo había hecho pasar a él antes.

La idea de verla sufrir dolió más de lo que toda su terrible experiencia lo había lastimado.

No pudo evitar sentirse como un gran fracaso. Se había entregado para que ella pudiera mantenerse a salvo y, aún así, ella estaba allí, a merced de un hombre despiadado, solo por tratar de ayudarlo.

El había fallado.

—No, por favor —murmuró, sintiéndose más desesperado y desesperanzado que nunca, comenzando a tratar de quitarse la última pieza de cinta adhesiva en el tobillo que aún tenía atrapado, con manos temblorosas y un cuerpo agotado y dolorido que lo hacían aún más difícil.

A lo lejos, le pareció oír sirenas de policía acercándose, solo debían aguantar un poco más...

Aún en posición de alerta y con una mirada decidida, Arenita ni siquiera se estremeció ante esa amenaza hacia su salud física.

Era su turno de ayudar a su amado chico rubio.

—Te derroté una vez, lo volveré a hacer —le recordó—. No necesito ser una gran masa sin cerebro para trapear el piso contigo —lo amenazó.

El hombre se rió sombríamente, apuntando su arma hacia ella con el pulgar suspendido sobre el gatillo.

—Comprobemoslo —exhaló mortalmente.

Y apretó el gatillo...

El siguiente latido pareció extenderse para siempre. Oyó el chasquido del gatillo que se hacía eco en las paredes de la cocina, resonando en sus oídos. Vio que la bala viajaba directamente hacia ella, siseando mientras rasgaba el aire.

Sin embargo, antes de que la bala pudiera abandonar el cañón, ya había roto la cinta alrededor de su tobillo con la tijera en un tiempo récord mientras el hombre estaba distraído hablando con ella y saltado de su silla, arrojándose sobre ella sin importarle su propio dolor.

Su movimiento había funcionado, ella estaba fuera de la línea de peligro.

Pero entonces un dolor agudo y ardiente le atravesó el torso, y él gruñó, cayendo de rodillas junto a ella.

Todo después del sonido del disparo fue borroso. Sintió dolor que se extendía desde su hombro y luego se desvanecía. Escuchó un fuerte golpe, la voz desesperada de Arenita, pero no pudo entender lo que estaba diciendo. Escuchó voces, muchas voces provenientes de su sala de estar, vio formas empañadas moviéndose a su alrededor, voces que parecían preocupadas, estresadas. Olió su champú avellana incluso con todo el barro que la cubría, y luego sintió sus manos, agarrando las suyas. Sus manos eran tan cálidas, ella era tan cálida. Ansiaba más de eso.

Y luego se dio cuenta de que estaba llorando. ¿Era por él? ¿Por todo? No estaba en posición de comprenderlo, pero daría cualquier cosa por detener sus lágrimas, por hacerla feliz de nuevo. Quería alcanzarla, tocar su rostro, pero sus manos no respondían a las órdenes de su mente.

Junto a él, Arenita apenas registró el caos que estalló a su alrededor una vez que llegó la policía, con toda su atención puesta en el muchacho rubio ahora tirado en el piso, con sangre brotando de su hombro y mientras estaba bastante segura de que la bala había fallado su corazón estaba cada vez más pálido.

Lo había hecho, nuevamente, se había sacrificado para que ella pudiera estar a salvo, incluso después de toda la tortura que había enfrentado, todavía estaba dispuesto a poner su vida en riesgo por ella. El amor que sentía por él creció al mismo tiempo que las piezas su corazón se desintegraban ante la vista desgarradora.

Y con la angustiosa idea de que perdería la oportunidad de confesar su amor, sintió que ya no podía reprimir sus sentimientos por él.

—Quédate conmigo —rogó entre lágrimas que creyó ya no tener, inclinándose sobre él, comenzando a hacer uso de toda el conocimiento en asistencia médica que conocía hasta que llegara la ambulancia—. Por favor, no puedes irte, ¡te amo! —gritó.

¿Por qué no lo había dicho antes? ¿Por qué había tenido que esperar un momento como este para reunir el coraje?

—¿Me estás escuchando, Bob?

Él escuchó eso. Una vez más, luchó por concentrarse en ella. ¿Ella acababa de ...? Sus labios temblaron un poco, curvándose muy ligeramente.

—¿Me...amas?

—¡Sí! Así que no puedes morir, ¿de acuerdo? Porque no te dejaré ir. Te amo y eso significa que no estoy lista para decirte adiós.

Ella no podía perderlo. Ella no lo haría.

—A-arenita.

Su propia voz sonaba lejana, débil y temblorosa, como si perteneciera a otra persona.

Ella comenzó a hablar de nuevo, pero la sangre le latía en los oídos y él no podía escuchar lo que ella le decía, aunque Bob pensó que tal vez le estaba diciendo que ahorrara energía, pidiéndole que se quedara con ella. Como si quisiera irse después de oír tan impactantes y maravillosas noticias...

—Yo... también... te amo —reveló entre jadeos, las palabras apenas saliendo de su boca.

Él parpadeó, tratando de aclarar sus ojos, tratando de verla mejor, ver su reacción.

Ella se inclinó hacia adelante y presionó sus labios contra los de él, besándolo entonces, con los labios húmedos por sus propias lágrimas. No era así como ninguno de ellos había imaginado que sería su primer beso compartido, pero ambos pensaron que era mágico, incluso dadas las circunstancias. Bob también quería devolverle el beso, pero le faltaba la fuerza para hacerlo. Ni siquiera tenía la fuerza suficiente para evitar que sus ojos se cerraran.

La oscuridad tiraba de él, nuevamente, y como antes, no podía luchar contra ello. Estaba cansado, muchísimo, exhausto, solo quería que esta noche terminara ya. Cuando la oscuridad finalmente lo hundió y la negrura se hizo cargo, escuchó a Arenita gritar su nombre una vez más.

'Espero que esto no se convierta en un hábito mío' fue su último pensamiento antes de caer inconsciente.


Yujuuu! Por fin las confesiones y el primer beso... Que espero compense el haber hecho que le disparasen a Bob, ¡eh! Pero recibió esa bala como un héroe.

¿Qué les deparará el resto de la noche? ¿Se revelará quién es el asaltante? ¿Dejará Bob de recibir heridas y desmayarse cada capítulo?

Todo eso y más en el capítulo siguiente... :v

Nos leemos.

H. C.