Antes que nada aclaro que tuve que cambiar de drama a suspenso porque acabo de darme cuenta (al séptimo capítulo :v) que esa descripción va más con la historia.

En este capítulo me voy a explayar un poco en lo que ocurre esos minutos entre la entrada de Arenita a la casa y la llegada de la policía, y más avance de la historia al final.

Todavía falta atar cabos sueltos y aclarar cosas, así que serán un par de capítulos más de los que creía.

Here We Go...

Todavía afuera en el escondite de su elección, Calamardo vio una luz parpadeando a través de la ventana, imaginándose que era la linterna del intruso, que había ido a revisar a que se debía todo ese ruido.

Así que una parte de ese descabellado plan había funcionado, la distracción había servido de algo.

Esperaba que el resto de su plan funcionara tan fluidamente como ella le había asegurado.

Observó con impaciencia como la luz se movía de un lado a otro mientras el sujeto buscaba la fuente de la distracción durante varios segundos hasta que de un momento a otro, cayó al suelo y desapareció de su vista.

Esperaba que eso significara que la chica lo había conseguido.

Se sintió tentado entonces a salir corriendo e ir dentro de la casa a asistirlos, pero la chica le había dicho que hiciera guardia ahí afuera hasta que llegara la policía, para que no fueran a perder la casa.

Que por lo cierto se estaban tomando su tiempo.

Aunque estaba el asunto de la tormenta, que hasta la fecha estaba siendo la peor, eso estaba dificultando todo, de seguro también estaban lidiando con accidentes de tránsito y otros crímenes, los delincuentes no dejarían pasar la oportunidad del apagón para hacer de las suyas.

Ellos tenían el ejemplo ahí mismo.

Como fuera, todo iba a terminar pronto, se consoló.

Entonces, le pareció oír las sirenas todavía lejanas pero acercándose. Relajándose cuando creyó que todo había llegado a su fin, suspiró, toda la tensión y el agotamiento de la noche se fueron con esa exhalación de aire. Finalmente, los horrores que su mente había imaginado sucederían como resultado del efecto contraproducente que vendría con su plan siendo descartado.

Hasta que escuchó el sonido de un balazo.

Viniendo desde el interior de la casa.

Su corazón dio un salto dentro de su pecho tan fuerte que le dolió, y sintió que se quedaba atrapado en su garganta. De repente, todo su cuerpo se paralizó de miedo, y todo dentro de él se volvió más frío que las gotas de lluvia que lo golpeaban.

Durante unos segundos que se sintió como una eternidad, solo pudo mirar atónito a la casa silenciosa y oscura, queriendo lanzarse rápidamente adentro para ayudar de cualquier manera pero al mismo tiempo incapaz de moverse debido a la conmoción.

Fue sacado de su estupor por el creciente sonido de las sirenas de las patrullas de policía. El sonido fue en aumento hasta el momento en que alcanzó a divisar las parpadeantes luces rojas y azules reflectandose en los charcos de agua que se habían formado en los alrededores.

Inmediatamente, se levantó de su sitio en el suelo y corrió hacia la calle, quitándose la capucha de su abrigo, sin importarle estar empapándose por la feroz lluvia.

—¡Por aquí! —gritó para llamar la atención de los autos acercándose y que no pasaran la casa por alto.

Las patrullas, cuatro en total, se detuvieron en seco, las ruedas chirriando al frenar.

Las puertas se abrieron de golpe, y un grupo de oficiales masculinos y femeninas salieron de ellos, con linternas y sus armas desenfundadas.

Los operadores que habían atendido las dos llamadas ya los habían informado de la situación en la casa, advirtiéndoles a los oficiales que se trataba de algo muy grave, por ello la cantidad de oficiales, y que la vida de dos personas jóvenes estaban en peligro, un chico rubio llamado Bob y una chica de cabello castaño llamada Arenita.

Por lo tanto, tenían buena razón para desconfiar de un extraño aparentando unos treinta y tantos que se había arrojado en frente de sus vehículos en medio de la calle bajo la tormenta más extrema hasta la fecha.

—¡Alto ahí! —ordenó uno de los oficiales, el que estaba mas cerca.

Este lo estaba apuntando con su arma a la vez que lo iluminaba con su linterna.

Calamardo parpadeó en molestia por la repentina luz cegadora dándole de lleno en la cara, pero de todas formas se apresuró a alzar las manos en sumisión por razones de seguridad aunque el fuera inocente.

—Escuchen, soy Calamardo —se presentó rápidamente, tratando de ignorar las armas apuntando en su dirección—. Soy vecino del chico que hizo la llamada —explicó apuntando hacia la casa detrás de él—. Se llama Bob Esponja, esta ahí dentro, y hay un sujeto que lo tiene secuestrado, la chica, su amiga Arenita, esta allí también ¡Apresurense, el hombre tiene un arma y esta completamente desquiciado, acaba de disparar!

—Chester, quédate con él y asegurate de comprobar su historia —ordenó el oficial a uno de sus compañeros más jóvenes, luego volvió a dirigirse a Calamardo—: Quedese aquí.

Calamardo asintió rápidamente.

—Sí, lo que sea que necesiten, los ayudaré pero por favor, no pierdan mas tiempo —exclamó desesperado.

Uno de los oficiales se quedó con él y lo llevó del brazo hacia su patrulla. Abrió la puerta y sacó su radio para llamar a la estación.

Los demás oficiales se pusieron en posición afuera de la casa, con sus armas desenfundadas listos para entrar en acción, y uno de ellos se colocó frente a la puerta para patearla fuertemente y abrirla, y juntos se apresuraron a ingresar a la casa, con sus armas listas, preparados para cualquier cosa.


Un Poco Antes...

El intruso quedó estupefacto por unos instantes después de la repentina reacción del chico. No había creído que después de semejante paliza recibida y el trauma fuera capaz de moverse tan rápido y seguir arriesgando así su salud física, pero había oído una vez que la adrenalina podía hacer cosas increíbles en el organismo de una persona con la motivación suficiente. Y creer que iba a matar a su chica debió serlo.

No había apuntado a matar exactamente, solo quería herirla lo suficiente para debilitarla y así poder usarla contra el muchacho –si moría tan deprisa no tendría ningún sentido, la necesitaba viva para que sus chillidos de dolor fueran eficientes en sacarle la información al chico, además de que dudaba que cediera a ser cooperativo si el daño causado era irremediable–, pero claro eso el mocoso no tenía manera de saberlo.

Solo esperaba que la herida no fuera mortal, los cadáveres no hablaban y que hablara era vital para terminar de una vez este trabajo.

Y ahora que ambos estaban vulnerables –uno física y el otro emocionalmente– todo sería mucho más fácil.

Dejó ir una risa estridente y oscura, burlona, apuntando una vez más su arma hacia la chica ahora distraída por el acto heroico de su compañero y devastada por el resultado. Tenía al chico acunado en sus brazos, respirando irregularmente con gruesas lágrimas cayendo de sus ojos que observaban horrorizados como pequeñas cascadas, hablándole al muchacho en susurros mientras este libraba una batalla entre mantenerse despierto o caer inconsciente.

—Pobre bastardo, pero espero que sobreviva —comentó en falso tono de preocupación, haciendo que desviara su atención del joven herido por unos instantes para poner sus ojos furiosos en él— se veía muy ansioso por saber que tenía preparado para él, y la verdad tenía muchas ganas de mostrarle el resto de mis juguetes...

Volvió a poner el dedo sobre el gatillo, una sonrisa cruel torció sus labios detrás de la máscara que Arenita estaba segura en este punto la aterrorizaría en sus pesadillas durante muchas noches.

Su risa se sintió como una puñalada en su corazón, sus palabras retorcieron la hoja dentro de la carne, empeorando la herida. Y como si esa situación fuera real, sintió que su pecho se agitaba y le dolía por eso. Quería seguir mirando al hombre con todo el odio que pudiera amasar, pero al mismo tiempo, tuvo la necesidad de volver su mirada a Bob. Además, dudaba que tuviera la fuerza para incluso sostenerle la mirada acaloradamente. Era como si toda la fuerza que tenía disponible como para enfrentarlo hace unos momentos la hubiera abandonado en el momento en que aquella bala hubo impactado el cuerpo de Bob y este había tocado el piso junto a ella.

Inerte y cubierto de sangre.

—Tal vez te los pueda enseñar a ti —continuó con sadismo y crueldad— tal vez si gritas lo suficiente, puedas hacerlo despertar...

Sintió una ola de malestar extendiéndose sobre su organismo ante sus palabras, tragó saliva y todo su cuerpo se tensó. Sus ojos volvieron al hombre y un temblor visible sacudió su cuerpo.

Si este hombre era capaz de lastimar así a Bob, no dudaba que fuera a hacerlo con ella.

Se sintió completamente vulnerable e inútil.

En sus brazos, el chico se removió, abriendo los ojos ligeramente y haciendo un sonido con su garganta, lo que la hizo volver sus ojos hacia él.

Viendo que el chico trataba de volver en sí, el hombre se dispuso a acercarse a la pareja. Estaba a punto de levantar un pie para avanzar hacia ellos cuando el sonido de la puerta de entrada siendo abierta de una feroz patada lo hizo voltear a ver por puro reflejo.

—¡Policía de Fondo de Bikini, quieto!

El hombre se dio la vuelta sorprendido y enojado, entrecerrando los ojos ante las linternas que ahora apuntaban hacia él, junto con las armas. Parpadeando un par de veces para aclarar su visión, su rostro cayó al ver a siete policías con sus armas reglamentarias apuntando hacia él.

—¡Suelta el arma y date la vuelta, ahora! —uno de ellos ordenó en un grito enojado.

El hombre tragó saliva y apretó el puño en ira. Esa mañana debió de haberse levantado con el pie izquierdo, eso era lo único que podía explicar su racha de mala suerte, su tarea era solo sacarle una estúpida receta a un enclenque de cocinero, eso ni siquiera se oía difícil ¡maldita sea! Había conseguido sonsacarle información más delicada a sujetos mucho más rudos y entrenados...

Exhaló a través de sus fosas nasales, buscando con sus ojos una salida, pero al encontrarse rodeado y superado en número, tanto física como armamentísticamente, decidió jugar con calma, incluso si eso le hacía hervir la sangre de impotencia. Si llegaba a hacer un movimiento en falso, se vería acribillado por una ráfaga de balas.

Integridad física ante todo, su vida, aunque criminal, le importaba lo suficiente.

—¡Suelta el arma! —repitió otro oficial.

Resopló frustrado y furioso, pero obedeció y arrojó el arma al suelo a los pies de la policía.

—¡Date la vuelta, quítate la máscara, las manos en alto y al piso, ahora!

Apretando los dientes, maldiciendo internamente al hombre que lo había contratado para este trabajo, siguió las órdenes, se quitó la máscara de la cara, se puso las manos detrás de la cabeza y se arrodilló en el suelo.


Calamardo sintió como si su corazón se hubiera detenido durante esos segundos. No pudo hacer más que quedarse viendo en dirección a la casa en completo silencio y anonadado. Ni siquiera se dio cuenta cuando fue arrastrado por el oficial que había quedado a su cargo. Pero entonces volvió al mundo real y antes de darse cuenta, se había safado del agarre del policía y estaba corriendo desesperadamente hacia el interior de la casa, temiéndose lo peor.

—¡Alto! —gritó el oficial, yendo tras él, alcanzándolo y tomándolo del brazo justo antes de que diera un paso adentro—. Es peligroso, debe quedarse aquí.

Calamardo lo dejó detenerlo, después de todo el policía estaba en lo correcto. No sería ni inteligente ni seguro correr ciegamente a un lugar que podría convertirse tranquilamente en una balacera de un momento a otro.

Aun así, se negó a que lo alejaran de la puerta, y se quedó ahí, espiando el oscuro interior, oyendo a los oficiales gritándole a alguien –claramente el intruso– que soltara el arma y pusiera las manos en la cabeza.

Pero dejó de prestarle atención a eso cuando oyó entre todo el escándalo la desesperada voz de Arenita rogándole a Bob que se quedara con ella, siendo capaz de sentir sus lágrimas en sus palabras. Otra persona, uno de los oficiales estaba hablando con ella, diciéndole que ya habían llamado una ambulancia, que el chico iba a estar bien una vez que recibiera ayuda –aunque ellos no podían saberlo–, intentando consolarla.

Lo que confirmó lo que él ya se temía. El chico habia recibido aquella bala.

Quitándose de encima al oficial que le repitió que se quedara afuera, ingresó a la casa, esquivando a tres oficiales que se llevaban al criminal con ellos, ahora desenmascarado. Se le quedó viendo un instante, estremeciéndose ante su apariencia aterradora, de rasgos endurecidos, ojos fríos y dientes en punta que enseñó en un gesto de intimidación al pasar junto a él y pescarlo observándolo. Juraría que lo conocía de otra parte... El hombre no estaba oponiendo nada de resistencia, pero no iban a confiarse demasiado, de igual manera los oficiales que lo tenían capturado eran bastante fornidos así que había poca a ninguna posibilidad de que se les escapara.

Dejando eso de lado, pasó a través de la sala de estar y miró a su alrededor intentando descubrir donde estaba el resto, viendo finalmente luz y voces apresuradas provenientes de la cocina.

De inmediato se dirigió allí.

Lo que vio le heló la sangre y retorció sus entrañas.

Conocía al muchacho de años, y se había ya acostumbrado a verlo casi siempre alegre, con una sonrisa brillante, mejillas pecosas y mirada radiante, lleno de vida. Por lo que verlo en ese deplorable estado le quitó el aire como un golpe al estómago.

Piel pálida y enfermiza, horrendos moretones adornando su frágil cuerpo, y la sangre... ¡Cielos, la cantidad de sangre!

No era tanta como para ser grave, pero el solo verla acumulándose bajo su cuerpo en el piso...

Una oleada de malestar lo asaltó ante la vista y tuvo que tragar para evitar reflujo.

Su mirada pasó a la persona al lado de Bob, a Arenita quebrándose en desconsolas lágrimas, sollozando y rogándole que por favor se quedara con ella.

Y Bob revelándole con las pocas fuerzas que le quedaban que la amaba...

Contempló un tanto incómodo el beso que compartieron, que se vio más como ella presionando sus labios contra él que un beso propiamente dicho, y decidió apartar la vista no tanto asqueado como sintiendo que estaba invadiendo su privacidad aunque hubiera más personas a su alrededor.

Entonces la exclamación de Arenita chillando el nombre de Bob en desesperación lo hizo volver a mirar a la pareja.

No sabiendo exactamente que hacer entonces, escogió hacer lo más obvio en una situación como aquella, aunque no fuera algo a lo que estuviera acostumbrado. Todavía algo aprensivo, se arrodilló junto a ella y, con algo de vacilación, la rodeó con sus brazos en un intento de confortarla, haciendo todo en su poder para que el disgusto que sintió ante la sensación de la sangre caliente manchándolo no fuera tan evidente.

Eso pareció funcionar, ella le permitió abrazarla mientras lloraba, hundiéndose en su hombro.

Al mismo tiempo, una de las oficiales estaba arrodillada junto al cuerpo inerte del joven herido, revisándolo mientras mantenía una compresa de tela, sacada de quién sabe dónde porque no había estado prestándoles atención, sobre la herida de bala para detener el sangrado, reportando que el chico estaba con vida aún pero que debía recibir ayuda médica de inmediato.

Mientras hablaba, se oyeron más pasos apresurados provenientes de la sala de estar, y una figura empapada vestido en pijamas verde pastel con un desordenado y húmedo cabello rosa entró corriendo a la cocina, seguido de otro policía que estaba tratando de mantenerlo lejos de la escena del crimen.


Patricio había estado pacificamente durmiendo a pesar de la feroz tormenta y los truenos, pero fue el repentino sonido de un solo disparo el que lo despertó en un sobresalto.

Entonces fue que oyó el sonido de las sirenas de la policía cerca de su casa y el reflejo de las parpadeantes luces colándose a través de las aberturas de las cortinas de su ventana.

Por mera curiosidad, y una extraña sensación persistente en sus entrañas, había dejado su cama y caminado hacia su ventana para descubrir de qué se trataba todo eso.

Había descorrido las cortinas un poco para espiar afuera, encontrándose con que las patrullas de policías estaban en frente de la casa de Bob, que allí era donde todo estaba ocurriendo.

Eso le sentó mal, su barrio era muy seguro y tranquilo... Excepto por ellos dos que de vez en cuando se metían en problemas.

Con esa extraña y terrible sensación aun en sus entrañas, dejo su habitación y salió corriendo hacia la puerta. Ni siquiera se molesto en ponerse algún calzado, tomar un paraguas o al menos colocarse el abrigo que tenía colgado a un lado de la puerta para protegerse de la lluvia, el muchacho solo desbloqueó la puerta con la llave y corrió debajo de la lluvia hacia la residencia de su mejor amigo, con el corazón en la garganta y su estómago sintiéndose de repente con más peso.

Una vez que alcanzó el patio delantero, se estremeció al ver como un oficial colocaba la conocida cinta amarilla rodeando la casa. Sin detenerse a preguntar mucho, solo pasó por debajo de la cinta y siguió su camino.

Un oficial lo alcanzó antes de que pudiera alcanzar la puerta de la casa, y se plantó frente a el bloqueándole el camino.

—Lo siento, chico, esta es una escena del crimen, no puedo dejarte pasar —le comunicó tratando de tomarlo del brazo para empezar a escoltarlo lejos de allí.

—¿Escena del crimen? —murmuró asustado— ¿Qué sucedió? ¿Dónde esta Bob?

Comenzando a desesperarse, sus ojos se movieron buscando la distintiva cabellera rubia brillante de su amigo, mas su esfuerzo no rindió ningún fruto.

El oficial seguía arrastrándolo hacia afuera de la cinta, pero el no se iría de allí sin antes saber que había pasado, donde estaba su mejor amigo.

—¡No, espere! —pidió, plantando sus pies para evitar que siguiera alejándolo— El chico que vive aquí...Bob, el, yo...somos amigos, mejores amigos desde la infancia ¿dónde esta él?

El oficial suavizó sus rasgos al oír esa pieza información, mostrando empatia por el joven, y dándose cuenta de que estaba siendo muy rudo con alguien que solo estaba preocupado por un amigo, decidió aclarar los asuntos.

—Hubo una invasión de hogar, un hombre forzó su entrada en la casa y tomó de rehén al dueño —explicó.

Patricio jadeó de sorpresa y horror, mirando en dirección a la casa.

—¿Invasión de...de hogar? —repitió en voz baja.

Intentó tragar saliva para pasar el nudo que se había formado en su garganta pero se encontró con que su boca se había secado.

Ni siquiera sabía como reaccionar.

—¿Dónde...dónde esta Bob? —preguntó en un hilo de voz.

El oficial exhaló cansinamente, sintiéndose mal por ser quien debía darle las malas noticias al chico, pero se enteraría tarde o temprano.

—Lo siento —comenzó, posando una cálida mano sobre el hombro del muchacho para confortarlo—. Tu amigo, recibió una herida de bala, él...

Las sirenas de la ambulancia acercándose lo interrumpieron en medio de la explicación. El vehículo se detuvo a pocos metros de ellos, y el miedo que se había arrastrado bajo la piel de Patricio se volvió mas estremecedor.

Sin esperar a que el policía continuara con lo que estaba por decir, el joven se apartó de él apenas ver a los paramedicos saliendo de la ambulancia con una camilla y demás objetos y salió corriendo en dirección a la casa de nuevo.

El oficial que estaba con el suspiró penosamente al verlo alejarse, después de todo comprendía lo duro que debía ser para el oír que su amigo estaba herido, así que fue tras él pero a paso más lento.

Esquivando a los demás oficiales, cruzó la sala de estar y se encaminó a la cocina.

Allí encontró a Arenita llorando desconsolada mientras era abrazada por Calamardo de todas las personas, quien tambien lucía sombrío y entristecido, tratando de calmar a la chica castaña.

No tuvo tiempo de preguntarse que hacía Arenita allí a esas horas de la noche pues lo que vio después lo hizo congelarse por completo y le quitó el aliento, haciendo que su semblante se tornara verdoso y tuviera ganas de devolver su cena.

Desparramado en el suelo estaba su mejor amigo, inconsciente, con el torso desnudo exponiendo una cantidad inhumana de horrendos moretones y heridas, y sangre vertiéndose de una herida en uno de sus hombros, la herida siendo tratada por una oficial de policía.

Aturdido por el horror, cayó de rodillas junto a Arenita y Calamardo, con los ojos grandes y la vista borrosa debido a las lágrimas que empezaron a acumularse y a rodar por sus rellenas mejillas.

—¿Bob...? —murmuró, todavía incrédulo ante lo que estaba contemplando.

Justo entonces, el equipo de paramedicos que el había visto antes hizo su camino al interior de la cocina, ordenando a todos que hicieran espacio para que ellos pudieran poner manos a la obra.


Al igual que lo estaba haciendo Arenita, Patricio se arrojó sobre Calamardo, abrazándolo con más fuerza que la chica, cortando su habilidad para respirar por unos momentos y llorando sobre él y usando su abrigo para sonarse la nariz mocosa. El hombre, encajonado entre los dos amigos afligidos, frunció el ceño al chico de cabello rosado con los dientes apretados, pero tuvo que mantener la boca cerrada para no decir nada mordaz en su dirección o enfadarse con el por su reacción, al menos por el momento. Tenía que recordarse a sí mismo que el muchacho que ahora era bajado sobre la camilla por los paramédicos era su mejor amigo, por lo que tuvo que hacer un poco más de esfuerzo para controlar su mal humor. Se sentía horrible por el estado del cocinero, y era solo un compañero de trabajo y vecino, por lo que no podía imaginar cuán desgarradora era esta situación para el amigo de la infancia de Bob y la chica que amaba. Ambos compartían un vínculo profundo con el chico, por lo que iban a estar tan conmocionados y angustiados por esta situación.

Así que respiró profundamente y dejó que lloraran sobre él en paz.

Después de unos pocos minutos, los paramédicos se prepararon para llevarse al chico con ellos, por lo que la joven rápidamente se desenredó de Calamardo y secó sus ojos lo mejor que pudo, levantándose del suelo para ir tras ellos, olvidando todo el cansancio, el agotamiento mental y el dolor físico. El hombre intentó entonces quitarse al chico de pelo rosa de sobre él, pero el chico lo tenía abrazado como una garrapata, temblando y con el rostro escondido en sus ropas.

—Patricio, ya puedes soltarme, Bob esta siendo llevado de aquí —dijo mientras intentaba quitarse al muchacho de encima, su paciencia empezando a agotarse.

No necesitó intentar demasiado. Patricio, apenas oír que se estaban llevando a su amigo, soltó a Calamardo –no sin antes sonarse la nariz una vez más en su abrigo – para correr hacia donde lo llevaban, yendo tras Arenita.

—¿A dónde lo llevan? —preguntó con su voz todavía temblando.

—Al Hospital General de Fondo De Bikini —respondió una de las mujeres paramédico, ocupada comprobando que el tubo delgado unido al brazo de Bob estuviera bien puesto.

—¿Puedo ir con ustedes? —preguntó, mirando con tristeza a su amigo.

Era tan aterrador y desgarrador verlo así, con la cara en blanco, sin responder y completamente quieto, como... como si estuviera mirando un cadáver...

Se estremeció ante la idea, sintiendo más lágrimas cayendo como la lluvia a su alrededor.

—Podemos llevar a una persona con él —dijo otro paramédico con voz suave.

Arenita entonces puso una mano sobre el hombro de Pat, quitando su atención de su amigo para ponerla en ella.

Ella le sonrió con tristeza, las lágrimas silenciosas aún caían lentamente de sus ojos al ver a un Patricio asustado, todo ojos de cachorro pateado y cuerpo tembloroso. Ella entendía lo difícil que era para él, Bob era como un hermano para él después de todo, verlo en este estado lo había sacudido hasta los huesos. Sin embargo, en ese estado, no podía hacer mucho, menos cuidarlo, lo más probable era que entrara en pánico y luego los paramédicos tendrían que atenderlo a él en cambio.

Una sonrisa torcida ante ese pensamiento amenazó con aparecer en su rostro, pero lo contuvo, no era momento para eso, tal vez más tarde.

—Sé que quieres estar a su lado, pero te prometo que lo cuidaré mientras tanto —dijo, poniendo la otra mano sobre su otro hombro, mirando sus ojos rojos e hinchados mientras él lloraba de nuevo— Además, tienes miedo de los médicos, ¿estoy en lo cierto? —se mordió el labio pero asintió con la cabeza, mirando tímidamente al suelo—. Toda esta experiencia no sería buena para ti, pero si quieres ayudar, ¿por qué no mejor hacerte cargo de llamar a los padres de Bob?—sugirió en voz baja—. Estoy segura de que querrían saber qué le sucedió a su hijo —agregó, sacando el teléfono de Bob de entre sus ropas para dárselo.

Patricio tomó el teléfono roto y levantó los ojos del suelo, pero no la miró sino al cuerpo que yacía en la camilla que estaba en la parte trasera de la ambulancia. La sola vista de todos aquellos doctores con ropa manchada de sangre, guantes de látex y agujas lo hizo temblar, así que asintió ante la sugerencia de Arenita.

La Sra. y el Sr. Pantalones Cuadrados tendrían que ser notificados del estado de Bob, y ¿quién mejor que su mejor amigo para contarles la amarga noticia?

Él le devolvió sus ojos asustados y tristes. Entonces lo que él y Bob habían descubierto juntos sobre sus sentimientos por las chicas en las que no podían dejar de pensar volvió a su mente. Tal vez, despertarse para encontrar la cara de la chica que amaba sería mucho más atractivo que despertarse para encontrar a su mejor amigo llorando sobre él.

Sabía que a él realmente le gustaría despertarse con el rostro de cierta chica de cabello azul sonriendole después de una noche como esta.

—Por favor, asegúrate de hacerle saber que dije "hola" cuando se despierte, ¿de acuerdo?

Ella le sonrió una vez más, lo abrazó con todas sus fuerzas y lo soltó dando un paso atrás.

Patricio tomó eso como una señal para alejarse y entrar en la casa, mirando a través de la pantalla, buscando la foto de la sonriente y feliz pareja que se parecía a las características de su amigo. No era bueno en estas conversaciones serias, en absoluto, pero pensó que tenía que hacer un esfuerzo por Bob. Una llamada era mucho más fácil que tener que actuar estúpidamente para impresionar a sus padres.

Arenita suspiró agotada, sacando su mirada del muchacho de cabello rosa. Entonces vio a Calamardo caminando hacia ellos, luciendo exhausto y cada uno de los años que tenía pesando sobre sus hombros, solo para ser detenido por un oficial de policía con todas las intenciones de interrogarlo. Sentía sentimientos contradictorios sobre él, por un lado, se sentía mal por haberlo arrastrado a todo esto, pero al mismo tiempo, estaba agradecida por su ayuda y aliviada de que dejaría de lado su ligero disgusto por Bob para ayudarla en su loco plan.

Ella observó mientras él terminaba su conversación con el oficial para caminar hacia ellos nuevamente.

Había sido de tanta ayuda que ella se sintió avergonzada de pedirle una cosa más.

—Hey Calamardo —llamó.

El hombre la miró.

—Voy a acompañar a Bob al hospital —comenzó, luego se mordió el labio— ¿Te importaría ... ocuparte de las cosas por aquí mientras tanto? —suplicó, refiriéndose a los agentes de policía caminando por la casa, esperando más policías y todas esas cosas de investigación—. Sé que ha sido una noche loca, y probablemente solo quieras regresar a tu cama caliente y dormir durante las próximas diez horas , pero... Patricio va a llamar a los padres de Bob y él no es la mejor persona para encargarse de eso, así que... ¿te importaría?

El hombre se sentía completamente exhausto, y la chica tenía razón, lo único que le rondaba la cabeza era quedarse dormido durante las próximas horas, pero aún tenía que llamar a Don Cangrejo y notificarle sobre la situación con su cocinero dorado. Tendrían problemas para abrir el restaurante por la mañana, el chico a cargo de la cocina no podría hacer su trabajo por un tiempo, además tenía las llaves y no estaba en condiciones de decirle dónde las había dejado.

Él contuvo un suspiro, optando solo por un rápido asentimiento hacia ella.

Con todo lo que tenía que hacer, ser interrogado por los oficiales y volver a contar su parte sobre toda la historia no fue un problema para él.

Además, podía detectar la preocupación y el profundo amor que sentía por ese ingenuo chico rubio que brillaba claramente en sus ojos. Sabía que había pensado no involucrarse en todas esas cosas románticas que tanto despreciaba, pero no era tan cruel para mantener a la joven lejos del muchacho, menos en un momento como este después de recibir aquella declaración. Era claro que todo lo que ella quería hacer era estar al lado de Bob.

—Asegúrate de que te revisen por lesiones —le recordó.

Después de todo, había caído desde dos pisos.

Ella asintió con una pequeña sonrisa, luego se dio la vuelta y caminó rápidamente hacia la ambulancia.

Subió a la parte trasera del vehículo y tomó asiento junto a su inerte amigo, notando con tristeza lo pálida y enfermiza que lucía su piel siempre saludable y colorada.

Tomó su mano inerte entre las suyas, sintiéndola fría y húmeda, y sus ojos se llenaron de lágrimas nuevamente, pero esta vez controló sus emociones. Estar triste por su estado no le haría ningún bien, necesitaría que ella fuera fuerte para él y que soportara cualquier cosa.

El viaje al hospital fue rápido y silencioso. A ella la revisaron por heridas, pero solo habia sufrido moretones y golpes, nada roto o algo así. Su amigo había sido estabilizado pero necesitaría una cirugía porque la bala se había quedado dentro de su carne. Los paramédicos, seguramente sintiendo el ambiente cargado de incertidumbre y angustia entre ellos, no dijeron nada más que intercambiar términos médicos sobre del estado de salud de Bob entre ellos.

Pero ella no les estaba prestando atención, toda estaba puesta sobre él, su rostro pacífico incluso en un coma inducido, el color volviendo lenta pero constantemente a sus mejillas, esas largas pestañas que coronaban sus brillantes ojos azules ahora cerrados, su pecho subiendo y bajando a un ritmo constante, una señal de que todavía estaba vivo, aún estaba con ella.

Ella apretó su mano en una muestra de cariño y seguridad, rogando porque en su estado inconsciente, el chico pudiera sentir su afecto y conseguir fuerzas de ello para soportar lo que seguía.

Una vez que llegaron al hospital, ella fue con él hasta donde los médicos se lo permitieron, pero cuando llegaron a la sala de cirugía, lamentablemente tuvo que quedarse afuera y esperar a que se realizara la larga cirugía.

Así que se sentó en una de las sillas de plástico afuera de las puertas donde había visto desaparecer a su amigo en una camilla con una máscara para la anestesia y mangueras delgadas adjuntas a sus brazos.

Abrazándose y mordiéndose el labio, ignorando las miradas que estaba recibiendo de otras personas debido a su horrible aspecto –aún seguía enlodada y con el cabello echo un desastre –, esperó pacientemente a que los doctores hicieran su trabajo.

Sería un largo y agotador resto de la noche.


Uff... Este capítulo me costó más de lo que podrían imaginarse, más que nada las partes de Patricio, es difícil escribir un personaje tan alegre y despreocupado como él en una escena de angustia, pero al menos espero que haya quedado creíble, supongo que cualquiera quedaría en shock después de presenciar algo así...

En fin, como dije al principio, todavía queda camino por recorrer, cabos que atar y conversaciones que sostener entre ciertos personajes, así que...

¿Se libraron ya del intruso? ¿Qué pasará con Bob? ¿Cómo saldrá su cirugía? ¿Le descontará Don Cangrejo los días de licencia que se tome para recuperarse?

Nos leemos pronto :-)

H. C.