Hey! Perdón la tardanza, este fue otro capítulo que me dio trabajo, uff! Y hasta ahora esta siendo uno de los más largos.
Por razones de la trama, hice a los padres de Bob vivir en otra ciudad.
Se que dije que no habría más violencia... Pero no pude resistirlo, el personaje se presta T_T
Y al final verán porque lo digo ;-)
Así que... Advertencia por violencia y sangre...de nuevo.
Disclaimer: Bob Esponja no me pertenece.
Here We Go...
Chester iba mirando el paisaje por la ventana, que se reducía a casas tras casas suburbanas empañadas por la lluvia que seguía cayendo como a baldes e iluminadas intermitentemente por relámpagos. Eso también dificultaba la visión para el conductor –un oficial experimentado pero muy reservado para mantener aunque sea una conversación ligera con el novato que lo acompañaba– que a pesar de tener el limpiaparabrisas activado, aun así tenía que achicar los ojos en un intento de ver mejor el camino para no formar parte de la larga lista de automovilistas que esa noche habían sufrido un accidente.
Eso hacía que su viaje fuera sereno y lento, lo que en realidad no ayudaba en nada a calmar los nervios del joven novato, cuyos ojos se debatían entre mirar al opaco paisaje afuera para distraerse u observar a su silencioso y peligroso pasajero en la parte trasera por medio del espejo retrovisor.
Aún estando esposado de pies y manos, aparentemente inmovilizado, ese hombre le hacia estremecerse de temor. El joven no había sido parte del equipo de oficiales encargado de capturar al fugitivo –como luego se enteró por conversaciones de sus compañeros–, pero si que había oído suficientes historias sobre él de los otros policías en la estación para que no tuviera que verlo en persona para desarrollar ese sentimiento de repulsión y aversión hacia él, y claro, verlo en persona mientras su alta e imponente figura era sacada de la casa por sus compañeros no hizo más que cimentar el miedo que solo pensar en su historial criminal le causaba.
Al principio, había creído que esas historias no eran más que inventos de los más veteranos para poner a los novatos en su lugar y echarse algunas risas por medio de sus reacciones, pero a medida que iba trabajando y aprendiendo más y más, se dio cuenta de que, a pesar de tener como objetivo asustar a los nuevos, muchas de esas historias eran reales. Existían informes y fotografías para probarlo.
Y Chester había visto los que correspondían a el hombre que llevaban en su patrulla.
Su mente le trajo a flote las memorias de aquellas imágenes, el resultado de los 'trabajos' de este hombre, y otro escalofrío le recorrió el cuerpo y lo hizo abrazarse a la vez que apartaba la vista de esos ojos helados y atemorizantes.
No había alcanzado a ver a la persona que había sido su objetivo esa noche, pero eso no le impidió sentir pena por el pobre desafortunado.
Por lo que había oído, estaba en camino al hospital, estabilizado y siendo preparado para recibir una cirugía –dentro de lo que se podía estar después de haber sido torturado de tal manera y en comparación a otras de sus víctimas, Chester decidió que estaba bien–.
Exhaló en silencio, atreviéndose a echar otra rápida mirada al victimario a través del espejo, que seguía con la mirada dura puesta en la nada. Inconscientemente, su mano se posó sobre su arma reglamentaría asegurada en el estuche de su cinturón, el tacto haciendo que una oleada de alivio lo bañara, haciéndolo relajarse como el repiqueteo de la lluvia era incapaz de conseguir.
Ya no había que temer, el hombre cuyo paradero había quitado el sueño a más de un oficial y superior en la estación estaba ahora bajo custodia policial, esposado. Una vez que alcanzaran la estación, sería encarcelado y ya sería incapaz de lastimar a nadie más.
O de acechar en sus pesadillas.
Se acomodó mejor en el asiento, volviendo su mirada a las zigzagueantes formas que tomaban las gotas de lluvia al resbalar por el cristal, ocupando su mente con pensamientos más agradables que un asesino, como su novia, a la que debería llamar una vez que terminara su turno. Ella temía por el trabajo que él realizaba, sobretodo cuando su turno era por las noches, noches como estas, que implicaban encuentros con asesinos y balaceras.
Una pequeña sonrisa curvó sus labios al pensar en lo histérica que se pondría una vez que él le contara la experiencia vivida esa noche y que había transportado a un peligroso criminal.
No notó como la mirada del criminal se desviaba ligeramente hacia el espejo retrovisor también, o como este posaba su mirada unos instantes en el reflejo del joven oficial, su rostro impasible, pero su mente trabajando velozmente en un plan.
A veces, aunque le resultaba insoportable, actuar como un detenido que se portaba bien tenía sus beneficios, pensaba mientras lo transportaban a la estación de policía en los asientos traseros de una vieja patrulla.
Para empezar, tranquilizaba a la gente a su alrededor, al menos un poco, no lo suficiente como para ser completamente descuidado, después de todo, era un asesino, pero lo suficiente como para que fueran menos cautelosos con él, estuvieran menos asustados y más relajados.
Eso le molestaba pero también le complacía. Significaba que podía encontrar una manera de escabullirse y tomarlos por sorpresa.
Como estos dos lamentables oficiales encargados de llevarlo.
El conductor era el mayor, un oficial experimentado, con los pelos comenzando a ponerse grises alrededor de las orejas, ojos cansados que habían visto suficiente y reservado. Apenas había hablado con el policía sentado en el asiento del pasajero, un muchacho joven, más joven que su última casi-víctima, todavía fresco e inexperto, con un espíritu entusiasta pero no suficiente trabajo de campo para poder mirar a los hombres como él a la cara a esos ojos ardientes y no retorcerse de miedo.
Quería sonreír con desdén y reírse ante la reacción anterior del joven oficial, ni siquiera había sido lo suficientemente valiente como para mantener su mirada en él a través de un espejo, ese cocinero rubio y flaco que había torturado tenía más espina y fuerza para enfrentarlo y desafiarlo, sin embargo, un supuesto agente de la ley entrenado que llevaba un arma con él y lo tenía esposado y restringido ni siquiera pudo mirarlo por más de unos segundos.
Sería fácil de romper.
Sin embargo, se mantuvo en silencio y con la cara en blanco. No era necesario hacerlos sospechar y dar a conocer sus retorcidas intenciones.
Todavía.
El viaje estaba siendo tranquilo y lento, lo que le daba tiempo para pensar y planificar. Sabía que sería fácil vencer a estos dos, una vez que se liberara de sus esposas y encontrara una manera de alcanzarlos a través de la ventana de rejas que lo separaba de los asientos delanteros.
Porque no había forma de que terminara tras las rejas otra vez.
Así que solo mantuvo su fachada por un tiempo, mirando silenciosamente nada mientras enviaba miradas rápidas a sus transportadores, mirando discretamente a través de las ventanas y esperando el momento en que la patrulla llegaría al camino abierto.
Entonces él haría su movimiento.
A un par de ciudades de allí, dentro de una casa de dos pisos con un jardín bien cuidado y una valla blanca y perfecta, el Sr. Pantalones Cuadrados estaba acurrucado de forma segura en su cama junto a su amada esposa, ya profundamente dormido cuando el timbre de su teléfono sonó. El teléfono interrumpió la quietud que reinaba en la habitación y lo despertó.
Se removió en la cama, abriendo los ojos lentamente. Con cuidado de no despertar a su esposa, que se había movido un poco pero aún dormía tranquilamente, se sentó derecho sobre su parte de la cama y bostezó, estirando su mano para tomar sus lentes de la mesilla de noche junto con su teléfono.
Se puso las gafas después de quitarse el sueño de los ojos y acercó el dispositivo a su cara para mirar la pantalla parpadeante, encontrando la imagen de sus sonrientes esposa e hijo abrazándose, sus caras brillantes mirando directamente a la cámara.
Se trataba de una llamada entrante de su hijo.
Alzó una ceja curiosa ante eso, sintiéndose un poco extraño al comprobar la hora.
Era muy tarde para hacer una llamada, así que se imaginó que debía de ser algo serio si Bob los estaba llamando a esta hora.
Deslizó el ícono a verde para aceptar la llamada y acercó el dispositivo a su oído.
—¿Hola, hijo? —respondió— ¿por qué llamas tan tarde? ¿Sucedió algo? —preguntó, bajando la voz para no molestar a su esposa.
Sin embargo, lo que escuchó al otro lado de la línea no fue la voz de su hijo.
—Señor Pantalones Cuadrados —saludó la voz temblorosa y decaída de Patricio.
Eso puso al hombre mayor en alerta, cualquier rastro de sueño se fue volando y abrió los ojos más despierto. Ese chico había sido el mejor amigo de su hijo desde la infancia, por lo que lo conocía bastante bien. Era despreocupado y rara vez perdía su buen humor o se oía así de serio. Por lo que escuchar su voz llena de emoción y con un toque de tristeza le hizo sentir que se le formaba un nudo en la boca del estómago.
—¿Patricio? —él respondió— ¿por qué estás llamando desde el teléfono de Bob?
Hubo silencio durante unos segundos, pero pudo escuchar la suave respiración del chico de cabello rosado a través de la línea. Esperaba que la respuesta fuera algo simple y explicable, como que su hijo había perdido su teléfono y su amigo estaba llamando para devolverlo, o algo así.
Pero algo le decía que la respuesta no sería para nada así de sencilla.
—Señor Pantalones Cuadrados... lo... lo siento, pero tengo algunas malas noticias que ... que entregarle —comenzó el joven, un sollozo rompiendo su respuesta.
—¿Malas noticias? —un miedo frío arañó su interior por esas palabras, pero el hombre tragó saliva y trató de mantener la calma— ¿De qué estás hablando?
Al otro lado, a muchos kilómetros de distancia, Patricio luchó por encontrar las palabras correctas para explicar todo lo que había sucedido esa noche con su amigo, pero estaba encontrando esa tarea más difícil de lo que debería ser.
—Un hombre se escabulló dentro de la casa de Bob —comenzó, decidiendo que comenzar al principio era más fácil—. Él los tomó a él y a Arenita como rehenes, luego golpeó y le disparó a Bob, él... él está en el hospital ahora mismo, recibiendo una cirugía para quitarle la bala —terminó, sintiendo nuevas lágrimas comenzando a correr por sus mejillas de solo recordar la deplorable apariencia de su amigo recostado sobre esa camilla.
Se estremeció como si una oleada de viento gélido hubiera barrido su alrededor.
El hombre se quedó sin aliento ante la repentina noticia, que le pareció como un cubo de agua congelada. El jadeo que emitió logró despertar a su esposa, que parpadeó adormilada y se frotó los ojos.
—Cariño, ¿quién está al teléfono tan tarde? —arrastró las palabras, todavía entre sueños.
Comenzando a temblar debido a las noticias inesperadas, Harold presionó sus labios, mirando con recelo a su esposa, pensando rápidamente en decidir cómo darle esa noticia.
—Es Patricio —respondió, todavía en estado de shock.
Ella bostezó y se dio la vuelta en la cama, sus ojos hinchados y dormidos lo miraron perplejos.
—¿Patricio? —ella repitió— ¿Qué necesita él tan tarde?
Bajó la mirada hacia su rostro, suave y amable, una expresión adorable en su rostro aún encantador, y su corazón se quebró cuando se dio cuenta de lo destruida que iba a estar una vez que escuchara las impactantes noticias sobre su único hijo.
—Se trata de Bob, cariño —respondió suavemente, la tristeza entrelazó su voz.
Margaret se dio cuenta del cambio en su tono de voz, y frunció el ceño, levantándose sobre un codo en la cama.
—¿Bob? —su voz se volvió preocupada— ¿qué le pasó a mi niño?
Harold estiró su mano hacia ella y tomó una de las suyas, apretándola con cariño para darle un poco de apoyo antes de darle las noticias que iba a compartir con ella.
—Algo terrible sucedió —comenzó con cautela—, un hombre entró en su casa, nuestro niño recibió un disparo...
Un jadeo fuerte y asustado lo interrumpió. La señora Pantalones Cuadrados se llevó las manos a la cara, cubriéndose la boca, las lágrimas brotaron de inmediato de sus ojos y comenzaron a correr sobre su rostro.
—¿Qu-qué? —ella preguntó, con voz apagada.
Él abrió la boca para decir algo, pero ella se arrojó sobre él y le quitó el teléfono de la mano. Él se sobresaltó ante su movimiento rápido, pero dejó que ella tomara el dispositivo.
Margaret se lo puso en la oreja y comenzó a hablar apresuradamente.
—¡¿Patricio?! ¿Qué le pasó a mi bebé? ¿Está bien? ¿Dónde está? ¿Quién le disparó?
Margaret lanzó una pregunta tras otra al pobre chico de cabello rosado cuyo cerebro no era lo suficientemente rápido como para seguir la avalancha de palabras desesperadas que abandonaron su boca y descifrar lo que estaba diciendo.
Así que su cerebro simplemente respondió cerrándose completamente y se quedó en su lugar, en silencio, con la mirada desenfocada y los labios entreabiertos, con baba goteando por una esquina de su boca.
El teléfono permaneció cerca de su oído, afortunadamente.
Entonces, cuando la Señora Pantalones Cuadrados no escuchó una respuesta de él, gritó a través del micrófono.
—¡¿Patricio?!
Eso lo despertó de su estado apagado y volvió a la realidad.
—¿Qué, cómo de qué? —balbuceó, mirando a su alrededor sobresaltado.
Luego recordó el teléfono que tenía en la oreja y trató de prestar atención a lo que decía la mujer.
—¿Dónde está mi bebé? —estaba preguntando, sonando completamente desesperada y enferma de preocupación.
—Ah... él está en el Hospital General de Fondo de Bikini, bajo cirugía —respondió—. No sé mucho más, Arenita está allí con él, pero no tiene su teléfono.
Aunque la respuesta no calmó la angustia de la madre de Bob por su hijo, saber que no estaba solo ayudó a calmarla un poco. Había conocido a esa chica inteligente y amable hacia unos años, y se sintió un poco mejor acerca de toda la situación al enterarse de que estaba allí para cuidar y apoyar a su amado hijo.
Bob siempre hablaba maravillas sobre ella y ella podía ver que realmente confiaba en ella y apreciaba su amistad.
El Señor Pantalones Cuadrados recuperó su teléfono de las manos temblorosas de su esposa una vez que ella recibió las respuestas que tanto había deseado. Sin embargo, aun sabiendo que su hijo estaba siendo tratado por su lesión, ella no podía dejar de llorar por él, por lo que la abrazó con un brazo sobre su hombro y la atrajo hacia su costado, dejándola llorar sobre su pecho mientras la acariciaba en el antebrazo de forma relajante sobre la tela de su pijama.
—¿Hay algo más que debamos saber, Pat? —preguntó el hombre, luchando contra su propio deseo de echarse a llorar.
—Ah, no, creo que no —respondió en voz baja, acariciando distraídamente el pelaje de Gary alrededor de sus orejas puntiagudas.
Tenía a la pequeña mascota acunada en su regazo mientras estaba sentado en su sofá. Lo había encontrado antes en la casa de Bob, escondido debajo de un mueble, temblando y visiblemente asustado.
Así que había decidido llevar a Gary con él a su casa porque alguien tenía que cuidar a la mascota mientras su dueño no podía hacerlo. Bob amaba a Gary y estaría devastado si lo perdiera. Y quién mejor que su mejor amigo para velar por él. También había tomado consigo una lata de comida para gatos y una bolsa de cacahuetes del armario de Bob para sí mismo –sabía que a Bob no le molestaría, era realmente un gran amigo–.
—Bueno, gracias por informarnos sobre esto, hijo, de verdad —dijo el Señor Pantalones Cuadrados.
—Partiremos inmediatamente a Fondo de Bikini —decidió la mujer, secándose las lágrimas—. Para que podamos llegar temprano en la mañana para ir a verlo.
Su esposo le hizo un gesto con la cabeza en concordancia, quitándole el brazo para dejarla salir de la cama y comenzar a prepararse para el viaje.
—¿Podrían recogerme en su camino? —Patricio preguntó un poco vacilante—. Me gustaría ir a verlo también...
Si bien era cierto que los hospitales y los médicos le daban cierta aversión, quería ver a su amigo, no podía solo abandonarlo en un momento como este. Además no estaría solo, Arenita y ahora los padres de Bob estarían ahí, eso debía ser suficiente para mitigar su miedo.
El rostro del Señor Pantalones Cuadrados se suavizó ante la clara preocupación en la voz del jovencito, y no vio una razón para negarle su deseo.
—Por supuesto, muchacho, prepárate a tiempo.
Pat asintió incluso cuando el hombre no podía verlo.
—Estaré listo —prometió.
—Bueno, entonces, nos vemos en unas horas —dijo el hombre como una despedida.
—Nos vemos —Pat respondió, y colgó.
Harold suspiró y se estremeció, sintiendo sus ojos llenos de lágrimas que aún no había derramado, y dejó su teléfono en la mesita de noche nuevamente, quitándose las sábanas para levantarse de la cama y comenzar a buscar ropa apropiada para ir a ver su hijo.
Su esposa ya había comenzado a empacar cosas, llevándose una nueva ropa para vestirse. Podía oírla sollozar suavemente mientras elegía qué ponerse, así que caminó hacia ella y la rodeó en un cálido y acogedor abrazo.
—Shhh —la hizo callar, besando la parte superior de su cabeza—. Nuestro chico es fuerte, va a estar bien —trató de consolarla.
—Estoy tan asustada —susurró, sollozando—. Mi pobre dulce bebé, debe haber estado tan asustado...
La apretó entre sus brazos.
—Pero pronto tendrá a sus padres a su lado para que no se asuste más —le recordó—. Vamos, querida, si queremos llegar rápido, mejor nos vamos pronto, Fondo de Bikini está sufriendo una fuerte tormenta, y las carreteras serán difíciles de sortear.
Ella asintió, secándose los ojos nuevamente y dejando los brazos de su esposo para continuar con su tarea. El Señor Pantalones Cuadrados imitó a su esposa, yendo a su lado del armario para buscar ropa para ponerse. Se hizo una nota mental para sí mismo de que tenía que llamar a la oficina más tarde y explicarle a su jefe que no podía ir a trabajar por unos días. No sabían cuán grave era el estado de su muchacho, cuanto tiempo tendría que quedarse en el hospital o como saldría de la cirugía y si esta sería suficiente, pero eso vendría después. Primero tenían que ir a su lado, luego se preocuparían por lo demás.
Sería un viaje largo y agotador en automóvil, pero estaban dispuestos a hacer el sacrificio. Se trataba de su hijo recibiendo una cirugía después de un evento traumático. Era su deber como sus padres.
Mientras tanto, todavía despierto en su sala de estar estaba Patricio, acariciando distraídamente el pelaje de Gary, comiendo cacahuates y escuchando el rugido del trueno y viendo los destellos de relámpagos a través de su ventana mezclados con las luces de los autos de la policía. Estaba cansado pero no podía conciliar el sueño aunque lo quisiera. No podía dejar de preocuparse por su amigo, pensando en todas las cosas que aún les quedaban por hacer y en el temor de que Bob ya no pudiera hacerlo.
Y cada vez que cerraba los ojos, todo lo que podía ver era el cuerpo de Bob echado en esa camilla, pálido y sin vida.
Entonces, sí, él prefería mantenerse despierto.
Pero aún así, no podía dejar de removerse impacientemente, lo que hizo que Gary se despertara y saltara de su regazo para comenzar a buscar un lugar donde dormir tranquilo.
La pequeña mascota ahora estaba menos asustada, conocía al humano de cabello rosado, solía pasar mucho tiempo en la casa de él y de su ser humano y era una buena persona, aunque algo perezoso y lento, así que se sentía tranquilo en su presencia. Pero todavía extrañaba al feliz humano rubio. Había visto a otros humanos llevándolo fuera y lejos de la casa, y no pudo seguirlos debido a la lluvia y que las otras personas caminando lo habían puesto un poco nervioso para dejar su escondite, no sabía si eran buenos o malos después de todo.
Merodeando por la casa sin problemas pues su visión nocturna le ayudaba, encontró un montón de ropa sucia, maloliente y desechada en un rincón del piso y, al no encontrar otro lugar apropiado para descansar, Gary suavizó la superficie con sus patas y se tumbó, acurrucandose sobre la pila. Cerró los ojos y ronroneó de satisfacción por la cómoda cama que había encontrado.
Se durmió, esperando que su simpático humano estuviera allí cuando se despertara, para alimentarlo y acariciarlo como todos los días.
Pat se aprovechó de eso, sentándose más cómodo en su sofá, y arrojó la bolsa de bocadillos ahora vacía que había estado comiendo, pero todavía no tenía ninguna intención de dormir.
Decidió sacar su teléfono y examinar detenidamente su lista de contactos, hasta que finalmente encontró el que estaba buscando. La imagen era de una hermosa y sonriente chica de cabello azul con gafas de montura negra. Su corazón dio un salto, y suspiró soñadoramente al ver solo su foto.
Todavía no entendía cómo era que ella le había dado su número o le había permitido que le tomara una foto, pero ella lo había dejado. Por supuesto, se había sentido demasiado avergonzado y tímido como para llamarla, ni siquiera enviarle un mensaje, pero ahora...
Había visto la desesperación en el rostro de Arenita y había escuchado sus gritos de angustia. No era inteligente, pero no era estúpido ... bueno, era un poco estúpido pero también era observador... a veces... de todos modos, había estado atento esos momentos dentro de la casa de Bob y podía decir que esos dos se amaban, incluso si no querían reconocer sus sentimientos. Y sería triste que ambos se dieran cuenta de cómo se sentían cuando era demasiado tarde. Esperaba que ese no fuera el caso, eso significaría que Bob no sobreviviría a esto y tenía muchas ganas de que su amigo estuviera bien.
Entonces se obligó a pensar en otra cosa. Sobre cómo no quería esperar una situación que amenazara su vida para intentar algo con la chica que le gustaba. De esa manera, probablemente tendría que esperar para siempre. No, tenía que hacer algo realmente rápido. Eso y necesitaba a alguien con quien hablar porque Gary se había ido a dormir lejos de él y no era como si la mascota entendiera lo que estaba diciendo, a veces no se entendía a sí mismo.
Así que presionó el icono de llamada y esperó.
En algún lugar un poco alejado de Fondo de Bikini, la misma chica de cabello azul con la que estaba tratando de contactar estaba durmiendo en su cama cuando el timbre de su teléfono la despertó. Adormilada, sacó su brazo de debajo de sus sabanas y estiró la mano para tomar su teléfono.
¿Quién podría estar llamándola a estas horas?
Sin revisar el contacto, aceptó la llamada y se puso el teléfono en la oreja.
—¿Holaaaawwww? —saludó terminando en un hondo bostezo.
—Hola —fue la tímida respuesta, y aunque su voz salió baja, ella fue capaz de oírlo.
Esa voz la reconocía.
Iba a preguntar quien era pero mejor se sentó en su cama, y revisó el contacto en su pantalla.
Luego su expresión se suavizó y sonrió cuando vio la imagen parpadeante del chico lindo de cabello rosado que había conocido hace un tiempo. Ella lo había encontrado agradable, dulce y lindo, también inocente y despreocupado, y le había dado su número con la esperanza de mantenerse en contacto con él y su grupo de amigos. Se había sentido un poco decaída cuando él no devolvió la llamada o envió un mensaje, pero se dijo a si misma ser paciente.
Y su paciencia finalmente había sido recompensada.
Aunque el hecho de que se contactara con ella tan tarde en la noche era un poco extraño y preocupante.
—Patricio —saludó con una sonrisa.
—Oh, lo siento, creo que marqué el numero equivocado —se disculpó rápidamente.
Eso la tomó por sorpresa.
—¿Qué?
—Dijiste Patricio —señaló a modo de respuesta.
—Sí, bueno... —quiso explicarse pero el pelirosado la interrumpió.
—Quería hablar con Mindy, no con Patricio —continuó, oyéndose decaído y decepcionado.
—Pero estaba hablando de ti —quiso aclarar la peliazul.
—¿De mi? —el chico frunció el ceño— ¿por qué estabas hablando de mi?
—Porque tú me llamaste.
—Ya te dije que fue un error, quería hablarle a Mindy.
Ella no pudo evitar reír ante el sinsentido de la conversación.
—Ya lo sé.
—¿Cómo sabías eso? —inquirió, sonando sospechoso— ¿Y por qué te estás llamando a ti mismo Patricio?
—No me estaba llamando Patricio a mí misma —explicó rápidamente la joven—, estaba intentando decir que ya sabía que eras tú.
—¿Cómo sabías eso? —preguntó curioso.
—Porque tengo tu numero —le informó.
Hubo unos segundos de silencio en los que prefirió dejar que la información se hundiera en el cerebro de Patricio.
No se hundió lo suficiente.
—¿Como que tienes mi número? —se oyó perdido y confundido— ¿por qué lo tienes? ¡La compañía me dijo que este número iba a ser mío y solo mío!
Mindy inclinó la cabeza a un lado, comenzando a confundirse con toda la conversación.
—...¿qué?
Lo oyó jadear en un sobresalto.
—A menos... A menos que tú... Que tú seas... ¡Un impostor! —exclamó.
Ella incluso pudo imaginárselo mentalmente, del otro lado de la línea apuntando un dedo acusador a la pantalla.
—¡Escuchame bien, Señor Impostor! —comenzó en un gruñido al teléfono antes de que ella pudiera explicar mejor las cosas— ¡Aquí solo puede haber uno de nosotros, y estoy seguro de haber existido antes de ti, así que no puedes ser Patricio!
—¡No soy Patricio! —repitió ella, tratando de hacerlo entrar en razón.
—¡No! Estás en lo correcto, no lo eres ¡Yo lo soy! —chilló enojado— y creo que esta conversación se ha extendido lo suficiente! —añadió con un toque de finalidad.
—¡No, espera!
Pero era tarde, ella no pudo escuchar más nada porque él había colgado la línea. Miró la pantalla de su teléfono durante unos segundos antes de estallar en un ataque de risas, sacudiendo la cabeza.
Una vez que se recuperó, marcó su número. Esperó, con el teléfono en la oreja, una sonrisa suave todavía en sus labios hasta que él le respondió.
—Hola, habla el verdadero y único Patricio —respondió— ¿quién es?
Ella rodó los ojos en diversión ante sus palabras.
—Deberias saberlo, me tienes en tus contactos —le recordó.
—¿De verdad? —se oyó sorprendido—. Dejame chequearlo.
Oyó ruidos amortiguados como si él se hubiera sacado el teléfono de la oreja para mirar la pantalla.
—¡Mindy! Justo con quién quería hablar —dijo, un poco más alegre que antes pero todavía no lo suficiente.
—¿En serio? —preguntó, sonriendo tiernamente.
—Si, quería hablar contigo y te llame, pero un tipo diciendo ser Patricio me atendió en tu lugar —le informó, sonando realmente indignado, luego resopló— y ni siquiera se oía como un chico, para nada, los nervios de algunas personas...
—Bueno, estas hablando conmigo ahora Patricio, definitivamente —le aseguró.
Sus mejillas se encendieron, su nombre se oía muy agradable con su hipnótica voz.
No se le vino a la cabeza el hecho de que quien él creyó ser una persona haciéndose pasar por él mismo había dicho su nombre con el mismo tono de voz.
—Y no es que no este contenta de oír de ti, pero ¿no es un poco tarde para una llamada amistosa? —inquirió tratando de no sonar acusadora.
—Es bastante tarde, sí —reconoció el chico y se mordió el labio, inseguro de que decir—, lo siento, no quería molestarte, es que...
—¿Sí? —lo animó a hablar suavemente.
Lo oyó suspirar derrotado.
—Necesitaba hablar con alguien, y los gatos no son muy buenos habladores así que creí que podría charlar un rato contigo.
—Claro que puedes —dijo ella—. Adelante ¿qué pasa?
En su casa, el chico se relajó contra los cojines de su sofá con el teléfono en la oreja.
—Ha sido una noche agotadora —comenzó, suspirando cansado—. Algo sucedió con un querido amigo mío y no puedo dormir, estoy muy preocupado por él —confesó.
—Puedes decirme —lo animó ella.
Se sentó más derecha en su cama y descansó su espalda contra la cabecera, el sueño ya olvidado.
—¿Te acuerdas de Bob Esponja? ¿Pelo rubio, ojos azules, cocinero del Crustáceo?
Ella hizo un ruido de reconocimiento por su parte, y él continuó.
—Él... está herido —se tragó el nudo en la garganta al recordar el horrible estado de su amigo— alguien entró en su casa y lo atacó...
Mientras tanto en el Hospital...
Arenita podía sentir sus párpados pesados, amenazando con caerse y hacer que se durmiera, podía sentir que le picaban los ojos, el cansancio se filtraba en sus huesos, haciéndolos pesar más de lo que deberían, haciéndola sentir como si su cuerpo fuera demasiado pesado para ella, como si no pudiera mantenerlo derecho sobre la silla.
Además de eso, los moretones que había adquirido en su pequeña y aterradora aventura habían comenzado a doler, realmente doler, después de que toda la adrenalina hubiera dejado de ser enviada desde su cerebro.
Ahora todo lo que podía sentir era dolor físico y un enorme agotamiento.
Los doctores le habían dado algunas pastillas para el dolor, y ella las había tomado, pero aún era temprano para que hicieran efecto.
Una amable enfermera le había ofrecido una habitación para que descansara, después de haber visto el estado en el que se encontraba, el cabello desordenado, las bolsas negras debajo de los ojos y el rastro de lágrimas secas en sus mejillas, pero se había negado. No quería irse a dormir, estaba cansada, pero estaba segura de que si se iba a dormir sufriría con pesadillas, sobre esta noche, sobre esa terrorífica máscara, sobre Bob y todos los espantosos y angustiantes resultados que esa noche podría haber tenido.
Ella no necesitaba eso, menos en esos momentos, cuando él estaba dentro de la sala de cirugía, aún no fuera de peligro mortal. No quería apartarse de su lado, por temor a que algo sucediera mientras ella estaba lejos de él. Lo había estado antes y lo había encontrado golpeado y ensangrentado. No se iría de su lado otra vez si pudiera evitarlo.
Ella sí aceptó la oferta de usar uno de los baños para lavarse, y el cambio de ropa limpia que la mujer le había ofrecido para reemplazar su pijama manchada después de que ella rechazara su primera oferta.
Ahora ya no parecía una vagabunda, su cabello volvía a caer en suaves ondas, llevaba un conjunto de pantalones azul pálido y una camiseta de manga larga, que no olía nada como el pijama que había usado antes, sino a desinfectante y hospital, si eso era posible.
Ese pijama amarillo pastel estaba dentro de una bolsa de plástico junto a ella en una silla ahora. Tal vez la policía lo querría como evidencia o algo así, o tal vez ella simplemente no quería deshacerse de el.
Se removió en su asiento, impaciente, juntando sus manos temblorosas en su regazo mientras sus ojos se fijaban en el cartel que había en la pared frente a ella. Hablaba sobre una enfermedad levemente inofensiva y de temporada, de sus síntomas, el modo de contagio y como prevenirlo. Lo había leído tantas veces ya que podría prácticamente recitarlo de memoria palabra por palabra, así que su capacidad para entretenerla se había agotado. En una mesita cerca de las sillas de plástico había una pila de revistas de moda, artículos del hogar y cosas por el estilo, pero después de hojear una por unos minutos había vuelto a dejarla junto a las demás, el contenido vano y poco interesante para sus gustos no servía distraer su mente o hacer que el tiempo pareciera ir más rápido.
Ansiaba poder tener con ella sus notas y planos, eso habría podido entretenerla esas horas de incertidumbre. Nada podía hacerla relajarse y distenderse del mundo como ocupar su mente con trabajo.
Bueno, tal vez pensar en Bob, pero como estaban las cosas dentro de ese quirófano, eso exactamente no era recomendable.
Así que trabajo tendría que ser. O haber sido.
Lamentablemente, en la avalancha de cosas ocurriendo a su alrededor tan rápido y repentinamente, se había olvidado de su bolso y su ropa en la casa de Bob, había estado más preocupada por ir al hospital junto a él para que él no estuviera solo que ir a buscar sus cosas. Por muy importantes que fueran esos archivos y planos, la salud y la seguridad de Bob habían sido lo primero.
Como ella también había perdido su teléfono –el hombre lo había tenido la última vez que lo recordaba, pero de todos modos no había visto dónde lo había dejado, la policía también lo tomaría como evidencia, si el hombre no lo había roto y lo encontraban–, no podía llamar a Calamardo ni a Patricio para pedirles que le trajeran sus pertenencias, lamentablemente no recordaba sus números de teléfono.
Además, el hombre seguramente estaría ocupado lidiando con la policía y todo eso para que ella lo molestara con algo así. Patricio todavía debía de estar demasiado consternado para pedirle algo y, ¿cómo iba a llevar sus cosas al hospital en las primeras horas de la mañana? No había transporte público a estas horas, aunque Patricio podía conducir, no tenía automóvil, y ella no confiaba en que le prestaran el vehículo de alguien más, menos con este clima y en ese estado.
Entonces, para dejar de pensar demasiado en la cirugía, tenía que mantener su mente ocupada con algo más que cosas de trabajo por el momento.
Sintiéndose exhausta, Arenita se tronó el cuello por enésima vez esa noche, tratando de aliviar un poco el estrés de sus músculos cuando finalmente se abrieron las puertas dobles de vidrio. Ante el pequeño sonido, ella saltó de su silla, caminando rápida y ansiosamente hacia la cirujano de mediana edad que había sido la encargada de operar a su amigo. La mujer todavía tenía la gorra de médico cubriéndole la cabeza y parecía completamente exhausta, había sudor humedeciendo su frente, pero atisbó una expresión suave y aliviada en su rostro que la ayudó a tener algo de esperanza y a perder un poco el nudo que había sentido en su estómago toda la noche.
—¿Como le fue? —preguntó de inmediato, deteniéndose de pie frente la médico, incapaz de permanecer en la oscuridad por más tiempo.
—Logramos estabilizarlo después de algunas dificultades, quitarle la bala y reparar su cuerpo —respondió la mujer.
El nudo dentro de la boca de su estómago se disolvió rápidamente, y ella suspiró profundamente.
—Gracias al cielo —exhaló, su cuerpo visiblemente relajándose ante aquellas noticias—. ¿Y ahora qué?
—Ahora esta descansando, ten en cuenta que todo lo que atravesó lo dejó exhausto y su cuerpo se esta recuperando, así que estará dormido durante unas horas incluso después de que la anestesia se drene de su organismo —explicó la doctora—. Pero ya esta fuera de peligro, solo deberá seguir las indicaciones que le demos al marcharse y en poco tiempo volverá a ser el mismo.
—Me aseguraré de que siga todo al pie de la letra —prometió Arenita—. ¿Puedo verlo ahora? —preguntó, su voz más animada ahora que sabía que estaría bien con el tiempo.
—Lo siento, solo se permite la entrada a la familia en este momento.
La doctora suavizó su mirada cuando vio su reacción, o lo lamentaba genuinamente o practicó lo suficiente como para fingirlo.
Su esperanza se desinfló un poco por eso porque había estado esperando con un montón de nervios dentro de su pecho durante horas, pero no era llamada genio por nada. Había pensado en esto durante la última media hora, imaginando que algo así iba a suceder, por lo que había estado reflexionando sobre un plan que le daría un pase para verlo. No se sentía bien consigo misma por lo que estaba a punto de hacer, pero no podía encontrar nada mejor o menos vergonzoso para obtener lo que quería.
Esperaba que a Bob no le molestara esto una vez que despertara.
—Sus padres están en camino, un amigo suyo ya los ha llamado, todavía están a unas horas de distancia —explicó a la médico.
No era una mentira exactamente. Estaba segura de que Pat los había llamado ya, y los padres de Bob realmente lo amaban, así que estaba segura de que debían estar de camino aquí.
Luego respiró hondo y enderezó los hombros antes de volver a hablar.
—Yo soy su prometida —dijo, con el semblante lo más calmado posible.
Eso era una mentira, allí mismo. Habían confesado sus sentimientos el uno al otro apenas hace un par de horas, ni siquiera habían compartido un beso apropiado. Pero esta mujer no necesitaba saber eso, ¿verdad?
—Sé que todavía no es legal y oficial, pero eso me hace familia, la única que esta aquí por el momento —añadió para terminar de convencerla.
Ella miró fijamente a la médico, rogando por dentro que le creyera. La mujer dudó un instante, pero luego suspiró y asintió, derrotada o conmovida al ver la mirada determinada en sus ojos.
Cualquiera de las dos opciones le era indiferente mientras la respuesta fuera positiva.
—Por supuesto, una enfermera estará aquí pronto para llevarte a su habitación —le informó finalmente.
Arenita contuvo la necesidad de dejar ir una bocanada de aire que había estado conteniendo en alivio, no fuera a ser que eso la delatara, y se limitó a sonreirle cortésmente.
—Gracias.
Con eso, la mujer le deseó buena suerte y se marchó, dejándola para que tomará asiento y esperara.
Lo que hizo, ahora con menos ansiedad y con más esperanza.
Bob iba a estar bien, todo iba a estar bien. Él se quedaría unos días en el hospital para recuperarse y ella no se separaría de su lado hasta asegurarse de que estuviera en perfecto estado de nuevo. Entonces podrían hablar de lo sucedido esa noche, de lo que sentían y como procederían de ahí en adelante.
Aquello se oía agotador y como un montón de trabajo de ambas partes, pero lo valía.
La posibilidad de poder estar a su lado de la manera en que ella había deseado durante meses valía la pena.
Se permitió tranquilizarse y echarse hacia atrás en su asiento, cerrando sus ojos y exhalando profundamente, sus músculos cediendo y finalmente relajándose por completo, esperando a que la enfermera viniera a indicarle en que cuarto estaba para poder verlo otra vez. Jamás había pensado que alguna vez se habría sentido así, tan entusiasmada por algo que no fuera o estuviera relacionado con trabajo, pero ahí estaba, añorando poder volver a ver esos ojos azules tan llenos de vida o volver a besar esos labios –esperanzadoramente en mejores circunstancias y que esa vez ambas partes pudieran hacerlo de manera apropiada.
—¿Señorita Mejillas?
Levantó la mirada que había puesto en el opaco techo del pasillo y la dirigió a la enfermera que le habló. Resultó ser la misma que le había provisto de las ropas que ahora llevaba.
—Venga, sígame por aquí por favor.
De inmediato y sin que tuviera que aclarar para que, la científica se levantó de su silla y fue tras la mujer.
Siguió a la enfermera a través de una serie de pasillos y habitaciones hasta que llegaron a la que importaba para ella.
—Aquí está —anunció la mujer—, vamos, puedes entrar.
Sin perder el ritmo, tomó la invitación y entró en la habitación, traicionando su fortaleza solo por la forma en que se encontró a unos metros dentro de la habitación, mirando al chico dormido en la cama.
Su rostro aún retrataba los signos de la valentía que había mostrado siendo un rehén, pero su corte de labio había sido tratado, y se veía mucho menos pálido en las manchas inmaculadas de su piel. Su hombro donde la bala había impactado estaba vendado y ella pudo ver más vendajes envueltos alrededor de él debajo de la bata de hospital que llevaba puesta, pero de lo contrario parecía que iba a sobrevivir a esto.
"Por supuesto que lo hará", la parte lógica de su cerebro la reprendió, "la médico te dijo eso antes".
Pero contemplar la prueba con sus propios ojos la consoló y la tranquilizó mejor que las palabras.
Recuperándose de la conmoción de verlo conectado al monitor cardíaco y a la bolsa de suero, cayó en la silla junto a su cama, agarrando su mano entre las suyas tan pronto como estuvo a su alcance sin pensarlo.
Ahora estaba cálida, todo lo contrario a unas horas atrás, otra buena señal.
—Estoy aquí, Bob —susurró, inclinándose sobre él para apartar un mechón rubio rebelde que le había caído sobre el ojo izquierdo—. Ahora estarás bien, todo estará bien...
Horas antes, en una patrulla de policía...
Finalmente, alcanzaron la carretera principal, y el oficial más joven se relajó en su asiento. Cada vez estaban más cerca de la estación, pronto el criminal que llevaban sería encerrado para esperar su juicio y ellos ya no tendrían que soportar su silenciosa pero pesada y asfixiante presencia.
Sin embargo, mientras el muchacho celebraba la inminente llegada triunfal, el maleante tras él suprimía una mueca maligna.
Había llegado el momento.
—¡Oficiales! —llamó de repente, con su voz ronca.
Se deleitó en cómo el joven oficial se sorprendió por su inesperada llamada, casi jadeando y saltando de su asiento, con la mano colgando sobre su arma como si su solo tacto lo protegiera.
El mayor no reaccionó demasiado sobresaltado, pero pudo ver cómo sus manos se apretaban fuertemente alrededor del volante, con los dedos casi blancos por la fuerza.
—¿Qué? —preguntó el conductor, manteniéndose calmado por el bien del chico a su lado, sus ojos mirándolo por el espejo retrovisor brevemente.
Lentamente, su boca se torció en esa enfermiza y viciosa mueca que sabía hacia la sangre de los que la recibían congelarse en sus venas, y levantó las manos, ahora libres de esposas, riéndose sombríamente al ver las expresiones de sorpresa y miedo en los rostros de los oficiales al darse cuenta que la bestia estaba suelta.
Sin aviso alguno, lanzó su fornido cuerpo contra una de las puertas, casi haciendo bambolear el vehículo, y el conductor por puro reflejo pisó los frenos de inmediato, pero al estar conduciendo por una carretera húmeda bajo una tormenta, el auto no frenó de inmediato sino que empezó a dar vueltas y vueltas, deslizándose como un trompo sobre el pavimento con las ruedas chirriando en su esfuerzo por detenerse.
Mientras el conductor forcejeaba con el volante para volver a tener el vehículo bajo control, el más joven luchaba contra sus nervios y la torpeza de sus manos para desenfundar su arma del cinturón y usarla contra el criminal pero con su cuerpo sacudiéndose de un lado a otro debido a los tumbos que daba el vehículo estaba probando ser una tarea extremadamente difícil.
Afortunadamente tenía el cinturón de seguridad puesto o de otra manera estaría cubierto de golpes.
En la parte trasera, el criminal consiguió forzar la cerradura de la puerta y abrirla, sonriendo con sorna hacia el par una última vez antes de lanzarse sin ningún cuidado hacia la carretera.
El cuerpo del hombre dio vueltas sobre el húmedo pavimento, con este cubriéndose el rostro y la cabeza con sus brazos para amortiguar los golpes recibidos, después de todo unos cuantos rasguños y moretones por la caída no harían ninguna diferencia para él.
El joven oficial de policía vio con horror el escape del maleante, todavía forcejeando para sacar su arma, pero ni siquiera logró hacer eso, pues la patrulla en la que iba terminó siendo impactada por un vehículo que venía en la dirección contraria. Esto hizo que diera vueltas tan velozmente que terminó por volcarse y deslizarse sobre el techo en el pavimento, dando un par más de giros sobre si misma antes de detenerse por completo.
Su cabeza se movió tanto que impactó con fuerza contra el vidrio de la ventanilla, abriéndole un tajo en una de sus sienes y dejándolo en un estado de inconsciencia inmediato.
El mundo de Chester se volvió negro.
Cuando volvió en sí, fue por una fuerte patada enviada a sus costillas con una bota con punta de metal. Él gruñó, luchando por abrir los ojos, sintiendo que le dolía la cabeza como si se hubiera abierto, sintiendo que su ropa se aferraba a su cuerpo, empapada, la lluvia caía sin piedad sobre él, fría y punzante. Intentó moverse, pero le dolía todo el cuerpo.
Él se estremeció.
Otra patada. Más fuerte esta vez.
—Despierta —ordenó una voz ronca, masculina y conocida pero que su enlodado cerebro aún no podía deducir de donde.
Todavía deslumbrado y con demasiado dolor para desobedecer o cuestionar más la voz, hizo como le fue ordenado.
Parpadeó antes de abrir los ojos, mirando hacia arriba, la mente todavía en una neblina, la visión borrosa. Entrecerró los ojos, levantó un brazo y se frotó los ojos.
Un cuerpo enorme y amenazante se elevaba sobre él, con el pie levantado, listo para ser descendido nuevamente contra su costado.
Su mente tardó un poco para comprender todo lo que estaba sucediendo. Luego sus ojos siguieron uno de los brazos y en la mano vio una pistola.
Su pistola.
Porque era un oficial de policía.
Y había estado en un accidente automovilístico.
Luego reconoció esa figura y jadeó lo suficientemente fuerte como para ser escuchado por sobre la lluvia rugiente.
Instintivamente, su mano se dirigió a su cinturón en busca de su arma, casi rodando los ojos cuando se dio cuenta que no iba a estar alli. Entonces miró a su alrededor desesperado, pero no pudo ver al oficial Miller en ninguna parte. O el auto.
Lo último que recordaba era estar dentro de la patrulla fuera de control, con el cinturón de seguridad puesto e incapaz de detener al criminal ahora de pie junto a él.
El chico trató de levantarse posando sus raspadas manos y sus rodillas en el frío suelo para impulsarse hacia arriba, sus músculos quejándose por el esfuerzo, pero un pie calzado con una pesada bota se posó en la mitad de su espalda e hizo fuerza hacia abajo con violencia, haciéndolo caer de boca al encharcado suelo nuevamente, gimiendo de dolor y perdiendo las fuerzas para volver a intentarlo.
Otra patada fue dirigida a sus costillas, tan feroz que lo hizo girarse y quedar sobre su espalda.
Todavía gimiendo de dolor, trató de alejarse, pero antes de que pudiera hacer todo lo posible para comenzar a moverse, la bota volvió a caer sobre él. Esta vez le golpeó el estómago con fuerza. Lloró de dolor y se arqueó un poco, escupiendo más sangre de la boca.
La bota retrocedió y estaba a punto de respirar para recuperarse cuando cayó otra vez, esta vez en su mano.
Algo se quebró y el joven aulló en agonía. La bota siguió ejerciendo presión sobre los dedos rotos, provocando más sonidos de huesos rompiéndose. El chico siguió gritando. Después de lo que pareció una eternidad, pero fueron solo unos segundos, la presión fue eliminada.
—Lloron —una voz que había escuchado solo una vez, pero había quedado impresa en sus recuerdos, se burló de él.
Él gimió, trayendo su brazo hacia él y acunando su mano rota.
—Dime, ¿a qué hospital fue llevado ese otro chico? —la voz del hombre exigió.
Chester apretó los labios, manteniendo la boca cerrada, sus ojos mirando desafiante al hombre a través de una cortina de lágrimas.
La bota fue bajada nuevamente hacia su pierna. Chester se mordió los labios para evitar llorar en voz alta. La bota se levantó y cayó de nuevo sobre su pierna, más fuerte que la última vez. Otro ruido crujiente y repugnante fue oído. Otro hueso roto. Otro aullido de dolor total salió de su garganta.
El hombre le sonrió brutalmente al muchacho mientras presionaba más contra la pierna recientemente rota, empeorando el dolor y el daño, riéndose cruelmente de los gritos de dolor del joven.
—Oficial de policía ¡seguro! —él resopló.
Luego levantó la mano que sostenía el arma que había robado del joven y apuntó a su rostro contorsionándose de dolor, su risa apagándose.
—Responde a la maldita pregunta si no quieres una bala dentro de ti —pronunció en voz baja y demasiado tranquila.
—Ve ... —batalló para que las palabras salieran— vete... al infierno.
Una risa retumbante fue todo lo que logró sacar como respuesta del hombre.
—Tratando de actuar audaz y valiente, ¿no? —chasqueó la lengua, sacudiendo la cabeza como si estuviera decepcionado—. Ya tuve suficiente de eso por esta noche.
Sin previo aviso, el hombre apuntó el arma a su otra pierna y disparó sin dudarlo.
El sonido de la bala casi lo ensordeció. Un dolor candente estalló sobre él. Otra ronda de gritos desgarradores salió de su boca cuando la bala atravesó su carne y la rasgó. Sintió que la sangre comenzaba a salir del agujero, cálida y nauseabunda sobre su helada piel.
Se retorció de dolor en el suelo, mordiéndose los labios de forma dolorosa para evitar que los gritos salieran de su boca, emitiendo desgarradores sonidos sordos mientras se agitaba como un pez fuera del agua.
De repente, sintió el cañón del arma ahora caliente presionar contra su mejilla y detuvo su cuerpo oscilante de inmediato, abriendo los ojos nuevamente, congelado en su lugar.
—La próxima irá a tu pie —lo amenazó el hombre—, y la siguiente a tu otra mano, luego tu otro pie, y así.
Bajó la punta de la pistola hacia su pecho.
—Voy a llenarte de balas de ser necesario si no me contestas.
Chester gimió de nuevo, sintiendo otra oleada de gruesas lágrimas rápidamente dejando sus ojos, mezclándose con la lluvia y la sangre saliendo de su cabeza.
El cañón caliente presionó más fuerte contra su piel, casi dolorosamente, luego dejó su pecho y apuntó a su pie izquierdo.
Oyó el clic del arma al ser accionada.
—Hospital general —murmuró de repente a través de su insoportable dolor.
Cerró los ojos, reprimiendo un gruñido de incomodidad. Sintió que el otro hombre se inclinaba sobre él y se atrevió a abrir los ojos a medias.
—Alza la voz —demandó el hombre.
Chester tragó saliva, mirando desesperanzadoramente a esos ojos furiosos, sintiendo su cuerpo temblar como una hoja bajo esa mirada inquebrantable y loca.
—Hospital... General —repitió, sintiéndose disgustado consigo mismo—, de Fondo de Bikini.
La culpa lo llenó y casi reemplazó el dolor ante la espeluznante sonrisa que el hombre le envió, provocándole náuseas.
Otra persona iba a estar sufriendo las cosas que estaba sufriendo ahora. Uno que ya había sobrevivido una vez. Solo que esta vez el tipo probablemente no iba a sobrevivir, no en su estado actual. Y todo iba a ser culpa suya, porque no había sido lo suficientemente valiente, no había sido lo suficientemente fuerte como para pelear más.
Era tan cobarde.
—¿Ves? Todo es más fácil cuando cooperas —dijo el hombre, su enorme mano ahuecando su mejilla, lo que provocó otra oleada de náuseas sobre el muchacho—. Gracias por tu ayuda... —revisó la placa de identificación en su uniforme— Oficial Brown —escupió despectivamente.
Más lágrimas dejaron sus ojos, esta vez por vergüenza y odio a sí mismo.
—Lástima que desprecie a los cobardes —agregó, su voz se volvió más fría y oscura.
Los ojos de Chester se abrieron de par en par, el tipo fortaleció la presión de sus dedos que ahuecaban su mejilla, como garras que intentaban clavarse a su piel. Sus ojos oscuros comenzaron a temblar con un brillo enfermizo.
De repente, la cabeza de Chester fue levantada y traída de vuelta al suelo, rápidamente, la parte posterior de su cabeza golpeó el duro pavimento con un ruido sordo seguido de un crack y una ola de dolor candente.
Y su mundo se oscureció de nuevo.
El hombre siguió sosteniendo la cara del muchacho mientras la sangre comenzaba a acumularse alrededor de su cabeza. Luego lo soltó y esta cayó de lado.
En silencio, con su mirada puesta en el cuerpo inerte del joven oficial, se puso de pie y se guardó el arma reglamentaria del muchacho, luego alzó su mirada al cielo relampagueante.
El hombre cerró los ojos, aspirando el húmedo aire hondamente, deleitándose con la frialdad del agua de lluvia golpeándolo en el rostro y lavando la sangre seca de sus heridas. De nuevo era libre, libre para seguir con su vida de delincuencia y maldad.
Entonces sus ojos se abrieron de golpe, endurecidos y decididos.
Sí, iba a huir de allí de inmediato, pero aún quedaba un cabo suelto por atar. Un cabo rubio y más valiente y terco de lo que había pensado en un principio. El contrato por conseguir esa dichosa receta de seguro ya había expirado después de su vergonzosa falla, pero el dinero que pudiera sacar de ello no era lo que realmente le importaba. Él en serio amaba ese trabajo, nunca se había cruzado con nadie capaz de aguantar tanto y se enorgullecía de ser tan eficaz y de imponer tanto respeto y temor.
Hasta esta maldita noche.
El mocoso rubio y su amiguita no sólo lo habían vencido, de una manera, lo habían humillado. Se habían burlado de él. Y él no podía dejarlos salirse con la suya.
Apretando los puños tanto que se le volvieron blancos, juró que iba a vengarse de ellos.
Y gracias a lo que había conseguido obtener del novato, sabía exactamente donde encontrarlos.
Una tétrica y trastornada mueca torció su boca en una sonrisa maniática.
Dennis, el asesino, iba a vengarse.
Con tanto suspenso y tantas tramas esto ya parece telenovela turca xD tengo que dejar de ver tantas de esas.
Así que ya sabemos quien era el intruso, aunque supongo que muchos ya se lo imaginaban ¿Recuerdan cómo trató de exterminar a Bob y Patricio dos veces en una película para niños? Que buena infancia :'v
Espero que mi versión de Dennis le haga justicia al personaje.
Y un poco de Pat/Mindy porque me encanta la idea de esa pareja y no me pude resistir n_n ojalá la conversación por teléfono haya quedado bien, ya mencioné que me cuesta escribir a Patricio? :v Y queda claro que si bien para este fic los eventos de la película no sucedieron, ellos si se conocen.
En fin, ¿cómo seguirá todo? ¿Despertará Bob en algún momento? ¿Qué planea ahora Dennis? ¿Cuantos capítulos tendrá la historia?
Nos leemos pronto.
See Ya.
H. C.
P.D.: f en el chat por Chester :'v xD
