¡Hola! ¿Qué tal? Aquí Haruka, cumpliendo con la orden de nuestro gobierno de mantenernos en aislamiento social obligatorio, como todos deberían estar haciendo en mi país, pero ... (suspiro profundo y frustrado) no todos lo están haciendo, lamentablemente...así que si alguno de ustedes vive donde se dan las mismas órdenes, por favor escuchen, no subestimen la seriedad del asunto, también es por su propio bien.
Teniendo eso fuera de mi sistema, mil disculpas por mi larga ausencia, pero no estaba segura de como continuar. Ya tengo exactamente claro como va a terminar, lo que me cuesta es que el hilo de la historia vaya acorde a lo que quiero :v, de hecho luché MUCHO con mi cerebro para editar este capítulo en particular porque tenía muchas ideas y capítulos preescritos como opciones y estaba dividida entre uno de esos o este...
Pero finalmente decidí la forma en que esto continuará y he aquí el resultado ¡así que disfrutenlo!
Disclaimer: Si yo fuera dueña del show, estaría pasando el encierro de manera muy diferente.
Here We Go...
Harold bostezó por lo que le pareció la enésima vez esa noche. Llevaba un par de horas conduciendo bajo la fiera tormenta, siendo llevado y mantenido por el poder de una taza de café barato de una gasolinera a mitad de camino poco antes de dejar las afueras de la ciudad en la que él y su esposa vivían y manteniéndose alerta gracias a la radio que iba oyendo para que el viaje no se le hiciera tan agobiante.
Iba más lento que de costumbre, más bajo que la velocidad límite, debido a que había oído por la radio que un par de conductores habían sufrido accidentes por no seguir las normas de seguridad. Y si bien él estaba deseoso de llegar a Fondo de Bikini para ver por fin a su hijo, era consciente que para ello debía de estar saludable y en una sola pieza.
Su esposa ya tenía un calvario del que ocuparse como para que un descuido de su parte los metiera en otro.
Eso no hacia que el viaje se le hiciera menos interminable.
Margaret iba dormida en el asiento del acompañante, cubierta por su chaqueta. Se había pasado la mayor parte del trayecto afligida, lamentándose y llorando por su hijo en voz baja hasta finalmente ser vencida por el agotamiento y la tristeza a mitad de camino. Él había preferido dejarla que descansara, pues una vez que llegaran al hospital, ella necesitaría de todas sus energías, aunque sabía que en cuanto viera a Bob, volvería a soltar aún más lágrimas que antes.
Finalmente, alcanzaron la ciudad y fueron adentrándose entre el laberinto de calles que no estaban cerradas o intransitables, hasta llegar a los suburbios y llegar a vecindario de su hijo. A lejos alcanzó a distinguir las luces de la policía, que destacaba en la oscuridad que rodeaba al resto de la calle.
Despacio, dirigió su vehículo hasta estacionarlo frente a la casa de Patricio y apagó el motor.
—Cariño —la llamó suavemente, sacudiéndola del hombro con cuidado.
Ella se removió en el asiento, balbuceando algo ininteligible antes de abrir lentamente los ojos y bostezar, enderezándose y estirándose en su lugar.
Sus ojos parpadearon con pesadez y miraron a su alrededor un momento antes de que la realidad y todos los recuerdos de lo ocurrido volvieran a su mente, haciéndole recordar porque estaba en su auto en plena noche en una ciudad que no era la suya.
—¡¿Llegamos al hospital?!
Margaret no esperó por su respuesta y trató de abrir la puerta para salir del vehículo sin siquiera asegurarse de que fuera así ni ponerse un abrigo, pero su esposo la tomó del brazo para evitar que saliera corriendo sin rumbo.
—No, querida —explicó suavemente a una todavía somnolienta Margaret— recién llegamos a casa de Patricio, íbamos a recogerlo ¿recuerdas?
La mujer asintió, frotándose los ojos para apartar el sueño. Entonces las palabras de su esposo se hicieron eco y ella alzó la mirada, ahora más alerta, y miró por sobre su hombro hacia la ventana y más allá, a donde podía ver las luces parpadeantes de las patrullas policiales y las luces intermitentes de las linternas de los investigadores deambulando por el lugar.
El rostro de Margaret se derrumbó en tristeza, y sus ojos se llenaron de lágrimas de nuevo. Si antes había resguardado la pequeña esperanza de que todo eso no fuera más que una pesadilla o un malentendido, aquella vista terminó por convertir esa esperanza en añicos.
Harold, dándose cuenta que su esposa estaba a punto de sufrir una crisis nerviosa, la tomó suavemente de los hombros y la hizo que lo mirara.
—¿Por qué no te encargas de buscar a Patricio mientras yo veo que puedo llevar de la casa para Bob al hospital? —sugirió para que su atención estuviera en él y no en lo que sucedía afuera—. Nuestro hijo de seguro necesitara algo de ropa, y alguien tiene que hablar con la policía por él...
Margaret tragó saliva, secándose los ojos antes de que las lágrimas se le escaparan. Sabía lo que su esposo estaba haciendo, y estaba agradecida de que tratara de tranquilizarla y mantenerla ocupada con otra cosa para que no tuviera que poner un pie en casa de su hijo, no al menos hasta asegurarse que este estuviera bien y fuera de peligro.
Sabía que si llegaba a ver algo de sangre, aunque le dijeran que no era de su hijo, entraría en pánico y sufriría una crisis nerviosa. Prefería evitar ese lugar por el momento.
Asintió en silencio, y su esposo le dio un cariñoso apretón en los hombros acompañado de una suave sonrisa de ánimo antes de dejarla ir y destrabar las puertas del auto.
Antes de salir, tomó el paraguas que traía en los asientos traseros. Abrió la puerta y lo abrió afuera para cubrirse de la lluvia, saliendo del vehículo y cerrando la puerta. Dio la vuelta y abrió entonces la puerta del lado de su esposa, quien salió también resguardándose con el paraguas que ahora los cubría a ambos.
Juntos se dirigieron primero a casa de Patricio.
Harold tocó a la puerta, y oyeron ruido y pasos poco antes de que la puerta se abriera.
Fueron recibidos por el muchacho que había sido amigo de su hijo la mayor parte de su vida, y Margaret dio un jadeo de sorpresa y pena al ver el deplorable estado del muchacho, tan diferente de lo que recordaban.
Patricio estaba aún enfundado en su pijama, totalmente empapado y embarrado en la botamanga del pantalón. Su cabello estaba humedecido y se apelmazaba en su frente y cuello. Tenía profundas ojeras y los ojos hinchados de llorar, pero al ver que se trataba de la pareja, una sonrisa pequeña alcanzó sus labios.
—Señor y Señora Pantalones Cuadrados, hola —saludó con menos energía de la que era común.
—Maggie y Harold esta bien, querido —lo corrigió la madre de su amigo, suavizando su semblante al ver el estado del chico.
Era obvio que los hechos recientes le habían afectado mucho, igual o tal vez más que a ellos, y no podía menos que sentir empatia por él.
—Vinimos a buscarte para ir a ver como esta todo con Bob —le recordó el padre de su amigo.
—Oh, cierto, esperen, iré por un abrigo.
El chico se dio la vuelta para ir en busca de una chaqueta o algo, pero Margaret lo detuvo.
—Patricio, no puedes salir afuera en esas fachas, tienes que cambiarte o te dará un resfriado —comentó con preocupación, caminando hacia adentro de la casa del muchacho.
El chico frunció el ceño, mirando hacia abajo a su aspecto, haciendo una mueca al ver que su estado no era el mejor. Y ahora que la señora, Maggie, lo mencionaba, por fin fue consciente del frío que le calaba los huesos y del ligero temblor que le recorría el cuerpo.
—Sí, tiene razón, con todo...olvidé por completo cambiarme de ropa —reconoció apenado.
Margaret le dedicó una sonrisa maternal, ahuecando su mejilla con su mano.
—Esta bien cariño, dejame que te ayude a buscar ropa adecuada mientras tú te secas —ofreció.
Patricio dudó un poco de aceptar, pues de verdad estaba ansioso de ir a ver a su amigo y asegurarse de que estuviera bien y no quería retrasarlos.
—No es necesario, estaré bien así —trató de negarse.
—De ninguna manera —insistió la mujer con firmeza pero con cariño—. Puedes enfermarte por salir así con este clima, además, estoy segura de que al despertar, Bob querrá saber de ti, y no podría verte si enfermas y tienes que hacer reposo.
El jovencito bajó la mirada, pensando en lo que Margaret había dicho. Finalmente aceptó.
—De acuerdo.
—Bien, entonces volveré por ustedes en cuanto estés listo, muchacho —anunció Harold, luego levantó el pulgar y señaló sobre su hombro tras él hacia la casa de su hijo—. Iré a ver que puede necesitar la policía y buscar algo de ropa para Bob.
—Te esperamos.
Con eso, Harold se dio la vuelta y se dirigió hacia la bulliciosa casa de su hijo.
Mientras Patricio terminaba de secarse en su baño, Margaret fue a su cuarto y revisó su armario, que como se lo esperaba tenía adentro la ropa guardada en bultos y algo apestosa, como si la hubiese metido allí como venía después de usarla varías veces. Desde pequeño ella había intentado inculcar en el chico algo de orden y limpieza, pero no había habido caso, los hábitos de Patricio eran difíciles de romper. Había esperado que al menos la compañía de su hijo le sirviera de ejemplo, pero aún así Patricio siguió siendo desordenado y despreocupado durante años.
Excepto en las ocasiones en las que se quedaba a dormir en su casa, ahí sí le obedecía y trataba de ser ordenado...o lo más ordenado posible tratándose de él.
Sonriendo distraída y penosamente por ciertos recuerdos de la infancia de su hijo, se puso a revisar entre la pila de ropa hasta encontrar algo que no oliera tan desagradable y estuviera en buen estado. Se decidió por una camiseta manga larga verde oscura y joggins negros, y encima una chaqueta con capucha lo suficientemente gruesa para el clima que estaban atravesando.
Dejó la ropa encima de su cama —deshecha, por supuesto–, y fue al baño, llamando a la puerta para avisarle que tenía ropa lista en su habitación. Luego de eso, se encaminó a la cocina a esperar, pero empezó a sentirse ansiosa e, incapaz de quedarse quieta por temor de que sus pensamientos empezaran a girar fuera de control y a provocarle una crisis, decidió buscar entre la alacena por algo que hacer.
Divisando una caja de té casi vacía al fondo de una pila de latas de picadillo, vino a su mente la imagen del muchacho de pelo rosado temblando de frío. Quizás prepararle una bebida caliente ayudaría a que entrara en calor y de paso la mantendría ocupada lo suficiente para no pensar en que estado encontraría a su hijo.
Tomo un saco de té y una taza, luego encendió la hornalla y colocó el agua. Mientras esperaba, pasó el tiempo ordenando un poco la cocina porque al igual que el resto de la casa, estaba en completo desorden.
En cuanto Harold se hubo acercado a la cinta amarilla que marcaba la escena de un crimen, un policía se le acercó y lo detuvo, inquiriendo de inmediato quien era y que hacía allí.
—Me llamo Harold Pantalones Cuadrados —metió su mano en el bolsillo y sacó su identificación para demostrarle al oficial que decía la verdad.
Este la tomó de su mano y le dio una mirada.
—Esta es la casa de mi hijo, Bob —continuó explicando—. Su amigo nos llamó a mi esposa y a mi por teléfono hace un par de horas para avisarnos de lo ocurrido, sé que ahora esta en el hospital, pero esperaba poder pasar a buscar algunas de sus cosas, como identificación y algo de ropa...
Mientras hablaba, el policía se encargó de chequear sus datos. Los demás criminalistas ya le habían revelado la identidad del joven herido, y esta coincidía con el parentesco que el hombre aseguraba tener con el muchacho.
Aún así, no podía dejarlo pasar sin el consentimiento del detective a cargo, así que disculpándose con el hombre, sacó su radio para comunicarse y se apartó un poco.
Mientras tanto, Harold permaneció frente a la cinta, aguardando que le dieran permiso con algo de impaciencia. En situaciones normales, era conocido por ser un hombre respetuoso y apacible, pero esta situación distaba de ser normal, y estaba tomando cada gramo de su autocontrol no simplemente alzar la cinta y entrar a la casa de su hijo sin importarle quien se le interpusiera en el camino.
Para no seguir alimentando esa idea que solo entorpecería el trabajo de los investigadores, el hombre sacó su teléfono y buscó el nombre de su jefe entre sus contactos, para enviarle un breve mensaje explicándole la situación. Era muy tarde como para que lo viera y le respondiera algo, pero solo necesitaba avisar, ya cuando las cosas estuvieran más calmadas hablaría con él y le explicaría todo en detalle.
—¿Señor Pantalones Cuadrados?
Alzó la mirada de su teléfono y se encontró con un hombre adulto pero unos años menor que él, que ya había visto en diferentes ocasiones.
Se trataba del vecino de Bob, Calamardo.
Este venía desde adentro de la casa de su hijo, vistiendo un sobretodo gris y luciendo agotado.
—Oh, hola, Calamardo ¿verdad? —saludó mientras verificaba la información que recordaba, guardando su móvil en el bolsillo.
El hombre asintió, extendiendo su mano más allá de la cinta amarilla para estrechar la suya.
—Oí ahí dentro a uno de los policías decir que había un hombre que decía ser el padre de Bob —dijo para explicar porque había salido.
—Sí, mi esposa y yo vinimos a buscar algunas pertenecías de nuestro hijo —aclaró —. Ella esta con Patricio en su casa, no estaba lista para pasar por aquí...
Calamardo asintió y entonces alzó la cinta y le hizo una seña para indicarle que podía pasar. Más allá, el policía parecía haber comprobado que su información era verídica porque no hizo movimiento alguno para impedirles que avanzaran.
Harold fue detrás del otro hombre, y una vez afuera de la puerta, dejó su paraguas a un lado y entró.
Adentro vio vidrios rotos, y todavía había oficiales de la ley rondando, que lo saludaron de manera solemne con un asentimiento de cabeza. Había algunos en la cocina que parecían estar todavía procesando la escena o algo así, no tenía mucha idea de como trabajaban en casos como este, no tenía más conocimiento de ello más allá del que había adquirido por los shows de televisión que los retrataban, pero sabía que eso distaba mucho de la realidad de todas maneras.
No había más luz que la de las linternas y la de las bombillas de la sala y la cocina gracias a un grupo electrógeno que había sido puesto para poder ver y recolectar mejor la evidencia. Gracias a ello fue que pudo divisar el estado del piso en ese cuarto en particular.
El olor a sangre podía distinguirse desde la mitad de la sala, y si eso no había sido suficiente para retorcerle el estómago, la vista si que lo fue, y se agradeció haber dejado a Margaret atrás y alejada de la escena, porque si no había sufrido una crisis nerviosa todavía, eso de seguro le provocaría una que la llevaría al hospital al igual que su hijo.
Sintió sus ojos picar de solo imaginarse lo que su hijo pudo haber sufrido, y se mordió la lengua para no dar un alarido de pena. Patricio no se había explayado mucho al explicarles la situación, solo les había dado una reseña breve, que Bob había sido asaltado y recibido un disparo, nada más. Y ahora que lo pensaba, fue algo inteligente de su parte –aunque tratándose de Patricio seguramente no había sido intencional–, pues Margaret ya estaba lo suficientemente compungida como para que también le revelaran que Bob también había sido torturado de manera vil.
Casi podía imaginarse la grotesca escena que pudo haber tenido lugar, su hijo amarrado a aquella silla, cubierto de hematomas y sangre, solo y temblando de miedo a merced de un monstruo terrible.
Un temblor involuntario lo sacudió hasta los huesos cuando sus ojos se posaron en las salpicaduras de sangre coagulándose bajo la silla.
Una mano se posó en su hombro y lo guió a un lado y lejos de aquella brutal escena de terror hacia las escaleras, y con su mirada permaneciendo unos instantes más puesta allí, se dejó llevar.
Calamardo ya había llamado a Don Cangrejo para explicarle la situación, y este había reaccionado casi echándose a llorar al recibir la noticia, sorprendiendo un poco a su empleado más antiguo. Este sabía que el dueño del restaurante tenía en alta estima al muchacho a pesar de algunas irregularidades en su contrato y esas cosas, pero no se había imaginado que el lazo con el chico llegara a ser casi comparable al de padre e hijo, aunque después de pensarlo bien, tenía algo de lógica, Don Cangrejo solo tenía una hija a la que amaba pero que no compartía los mismos intereses que su padre. En cambio, el muchacho respetaba mucho a su jefe y era a quien recurría por consejos y cosas así debido a que se trataba de la figura paterna más cercana –y dispuesta a brindarle ayuda– que tenía, ya que sus padres vivían en otra parte.
Así que podía llegar a entender la repentina reacción del hombre.
No había necesidad de que Eugenio fuera hasta allí, Calamardo había sido 'dejado a cargo' de los asuntos –por así decirlo–, mientras tanto, y en el hospital solo dejarían pasar a los familiares las primeras horas, según como saliera todo, así que lo único que el hombre podía hacer era ver como arreglaría los asuntos en el trabajo, sorprendentemente decidiendo que no abriría al día siguiente.
Calamardo tuvo que recordarse con algo de verguenza de sí mismo que debía dejar de formarse opiniones de las personas sin conocerlas a fondo primero, que ciertas circunstancias podían sacar a relucir lo mejor, lo peor o las debilidades de algunas personas. Por ejemplo, Bob podía parecer un debilucho ratón asustadizo, pero se había enfrentado a un monstruo para proteger a la chica que amaba; Arenita era una mujer fuerte y de nervios de acero, y sin embargo todavía recordaba lo frágil y deshecha que se había sentido en sus brazos mientras sollozaba afligida por el estado de Bob; Patricio era distraído y despreocupado pero había caído presa de la desesperación y el miedo al ver a su mejor amigo inconsciente y cubierto de sangre. Incluso él podía ser gruñón y quejoso la mayor parte del tiempo, pero había dejado eso de lado para consolar a dos personas y ofrecer su ayuda en lo que pudiera a la policía.
Así que Eugenio podía ser tacaño y codicioso, pero también tenía un corazón que ahora estaba penando por el jovencito por el que sentía el mismo afecto que por un hijo y que superaba un poco su amor por el dinero.
Luego de esa conversación, había estado rondando la casa, contestando preguntas de los policías acerca de su parte en los acontecimientos y sobre su vecino. Fue entonces que hubo oído que había un hombre afuera clamando ser el padre de la víctima, decidiendo salir a verificarlo.
No fue difícil hacer la conexión, aunque el cabello del hombre ya no fuera igual de amarillo, abundante y brillante que el de Bob y las facciones tuvieran ciertas diferencias como el color de ojos que seguramente había heredado de su madre, cualquiera sabría que eran padre e hijo. Además, ya lo había visto en un par de ocasiones, así que lo reconoció de inmediato.
Hizo lo propio y fue a recibirlo, haciéndolo pasar y guiándolo al interior de la casa.
Aunque si tuvo ganas de golpearse al olvidar que había sido Patricio el encargado de llamarlo y que seguramente no le había explicado en detalle que había ocurrido exactamente, por no tener toda la información más que por no querer hacerlo. Debería de haberlo advertido de lo que vería una vez en el interior antes de hacerlo pasar, pero en ese momento no lo había pensado, dando por hecho que el hombre ya estaba al tanto.
Pero al parecer no lo estaba.
Lo pudo percibir por el horror impreso en el rostro del hombre al cruzar la sala y detenerse en el umbral de la cocina. Se tuvo que recordar que Bob, que para él no era más que un vecino y colega de trabajo un poco irritante, era SU hijo. Si no había podido imaginarse lo terrible que toda aquella experiencia debía estar siendo para sus amigos, menos lo desgarrador que era para sus progenitores, las personas que lo habían visto crecer, cuidado y educado.
No era muy bueno consolando a otras personas, y aunque a Arenita había podido aunque fuera abrazarla, no era tan cercano a este sujeto como al trio de amigos, que tampoco era la gran cosa. Y no podía decir el básico: "Lo siento" porque sería estúpido y poco útil.
Así que optó por ser más práctico y hacer lo que estuviera al alcance de su mano.
Apartarlo sin palabras de esa escena de horror y guiarlo hacia el lugar donde debía dirigirse.
Subieron en silencio las escaleras hasta la habitación del muchacho. En el cuarto había más personas, y estaba desordenado y parecía como si una lucha hubiera tenido lugar, pero Harold no se detuvo a apreciarlo. No quería pasar más tiempo del necesario allí, quería acabar con eso y salir velozmente para ir al lado de su hijo, así que rápidamente explicó a los oficiales quien era y a que venía. Después de tener el pase libre, fue a los cajones de la mesita y buscó entre las pertenencias de su hijo, tomando con él algunos papeles y su billetera con su identificación de mano de uno de los criminalistas. También revisó el armario y sacó un bolso en el que metió algunas pocas prendas que su muchacho necesitaría mientras estuviera confinado a un cuarto de hospital –Harold tenía que pensar positivo y repetirse que su hijo iba a salir bien de esta, por su propio bien y por el de su esposa–.
Al terminar, les dio las gracias y bajó de nuevo a la sala.
Antes de salir de la casa, se detuvo en mitad de la sala cuando un investigador lo llamó para darle más detalles del trabajo que estaban haciendo e intercambiar números por cualquier eventualidad y para tener a los familiares de la víctima al tanto del caso.
Con una última mirada a la silla a la que su hijo había sido atado, se dirigió a la salida.
—Muchas gracias por estar aquí para mi muchacho —dijo Harold al otro hombre que lo había acompañado mientras recogía su paraguas—. Es bueno saber que cuenta con gente dispuesta a ayudarlo en momentos tan turbulentos.
Calamardo dio un asentamiento de cabeza a las palabras del hombre.
—Si usted y su esposa necesitan algo más, solo avisenme —se ofreció.
Harold asintió, le dio una sonrisa amable que no alcanzó sus ojos y se dio la vuelta, marchando de regreso a casa de Patricio.
Patricio salió del baño y rápido se vistió con el atuendo que la madre de Bob le había dejado preparado sobre su cama. Entonces siguió el ruido de losa y la tenue luz de una vela hasta la cocina, donde fue recibido por una taza de té humeante sobre la encimera y la Señora Pantalones Cuadrados secando con un paño unos platos que él recordaba haber dejado escurriendo en el fregadero para lavarlos en algún futuro cercano pero ahora lucían prístinos y siendo apilados ordenadamente en su lugar.
Bajó la mirada algo apenado. Sabía de sobra lo importante que era para la madre de su amigo el orden y la limpieza, así que con el tiempo había aprendido a hacer un pequeño esfuerzo para que su hogar no pareciera un chiquero en las contadas ocasiones que el matrimonio pasaba por su casa, pero con todo lo ocurrido, se había olvidado completamente de aunque fuera ordenar un poco su sala.
—No tenía que molestarse —dijo para anunciarse, entrando a la cocina.
Margaret, que tenía la mirada puesta en una mancha de grasa en la pared y cuya mente estaba repasando una y mil maneras de quitarla, se despertó de su trance y miró en la dirección en la que venía el muchacho, ahora con una apariencia mucho más arreglada y saludable.
Ella le sonrió de forma maternal.
—No es nada, querido —dijo despreocupada, acomodando el último plato en la fila—. Me ayuda tener algo en que ocupar la mente que no sea...
La incertidumbre de no saber como estaba Bob. El pelirosado asintió quedamente, tomando asiento frente a la mesa.
—Es para ti —señaló Margaret a la taza, cambiando de tema—, supuse que una bebida caliente te haría bien.
—Gracias.
Patricio tomó la taza entre sus manos, sintiendo el calor extenderse y subir por sus brazos. Después de acercar la taza y dejar que el cálido vapor acariciara su rostro, el chico le dio un largo sorbo, sintiendo como el frío del ambiente se retraía un poco a medida que el líquido bajaba por su garganta.
—Vi a Gary durmiendo en una pila de ropa —comentó Margaret, tomando asiento junto a él en la mesa.
Patricio asintió a sus palabras mientras sorbía el té.
—Lo traje conmigo porque se veía muy asustado, y le di de comer así que debe estar lleno —explicó luego de colocar la taza medio vacía en la mesa y secarse los labios con la manga de su chaqueta.
Margaret tuvo la necesidad de regañarlo por ese gesto pero se contuvo.
—Imaginé que Bob no querría que nada malo le pasara —continuó el chico, enrollando los dedos alrededor de la taza.
Todavía conservaba algo de calor y eso lo relajaba y confortaba bastante.
—Había mucha gente desconocida y corría el riesgo de salirse de la casa, y con la tormenta tal vez se perdería... —añadió.
Recordaba lo decaído que había estado su amigo esa vez que perdió a su mascota.
—Pues hiciste muy bien —lo elogió Margaret—, lo noté más tranquilo, no parece que quiera ir a ninguna parte —agregó con una sonrisa.
Patricio le devolvió el gesto alzando un poco la mirada, aunque no con mucho ánimo exactamente. Todavía estaba inquieto y preocupado por Bob, aunque conversar con Mindy había ayudado a quitarse algo de la carga emocional que llevaba.
Por cierto, habían quedado en verse pronto en la semana, y en seguir hablando por mensaje. Así que entre todo lo malo ocurriendo a su alrededor, algo bueno había pasado.
Y aún así, su corazón seguía algo aplastado por no saber el destino de su amigo.
Y para ser honesto, todavía se sentía algo inseguro y dudoso de ir a verlo, no porque no quisiera sino porque temía que fuera lo que iba a encontrarse cuando lo viera por fin.
Margaret, notando el cambio de humor en el semblante del chico, de estar tranquilo a tener el rostro ensombrecido y angustiado, lo tomó de las manos cariñosamente.
—Todo va a estar bien —le aseguró, aunque ella misma tenía sus dudas, no podía desalentar al muchacho, además que ella necesitaba oírlo también—, si algo no hubiera salido como debía, ya nos habríamos enterado —lo consoló, y por extensión, a ella misma—. Ya veras que cuando lleguemos, podremos verlo y así se disiparán todas nuestras dudas.
El joven le dedicó una sonrisa pequeña pero más confiada y aliviada.
—Gracias.
Entonces, fueron interrumpidos por el ruido de la puerta abriéndose, y la voz de Harold avisando que ya estaba todo listo. Margaret se puso de pie, y Patricio la imitó, bebiendose de un trago el resto de té en la taza antes de dejarla en el fregadero y dirigirse a la puerta, ahora más decidido a estar al pie del cañón por su amigo.
Hicieron su camino a través de las calles de la ciudad, de nuevo teniendo que tomar desvíos debido a los estragos de la tormenta, teniendo que conducirse con mucho cuidado. Margaret permaneció despierta en esta ocasión, demasiado ansiosa por la expectativa de ver por fin a su querido hijo como para dejar que el cansancio la venciera. Y al contrario de ella, fue el turno de Patricio de dejarse vencer por el sueño.
Era de esperarse, por las ojeras que portaba estaba claro que no había descansado lo suficiente esa noche –no podían culparlo–. Sin embargo, la tranquilidad de saber que no tenía que seguir esperando para ir a ver a Bob y que pronto sabría como estaba y el suave murmullo del vehículo arrullandolo lo hicieron caer en un sueño apacible. El chico ahora dormía plácidamente en los asientos traseros, con ambas manos actuando como almohadas para su cabeza sobre el bolso que Harold había llenado con ropa de Bob.
El hombre observó al muchacho durmiente, con la boca semi abierta y un hilo de saliva cayendo por la comisura de su labio. Una pequeña sonrisa se formó en su rostro, y continuó conduciendo.
Por fortuna, la zona de la ciudad donde se encontraba el hospital donde estaba su hijo era una de las que tenía energía, así que el camino hacia allí estaba más iluminado, por lo que fue más rápido y menos peligroso.
El padre de Bob pudo ver la silueta del hospital finalmente apareciendo más adelante, y fue como si el peso que hasta ese momento había estado comprimiendo sus pulmones se hubiese alzado y pudiera respirar con facilidad de nuevo.
Una mirada de soslayo al rostro de su esposa que también había divisado la silueta del hospital cada vez más cerca le indicó que ella sentía lo mismo. Al percibir sus ojos en ella, Margaret se giró a verlo y le sonrió con alivio y calma por primera vez después de recibir las amargas noticias.
Harold sacó una mano del volante para posarla sobre las de su esposa en su regazo y darles un apretón cariñoso.
Todo parecía empezar a marchar mejor.
El vehículo alcanzó por fin la calle que desembocaba directo en la entrada del edificio pero no habían hecho más que unos cuantos metros que se encontraron con una barrera compuesta de varias patrullas de policía apostadas una junto a la otra y los oficiales afuera de sus vehículos. También había ambulancias atendiendo a varias personas y médicos que al parecer estaban evacuando a los pacientes con ayuda de los oficiales.
De repente, el alivio que el matrimonio había sentido se evaporó de inmediato y el peso que se había alzado de sus estómagos volvió a caer de forma dolorosa, como piedras de granizo heladas que congelaron su sangre.
—¿...Harold? —murmuró su esposa insegura, temor repentino reptando por su interior.
Casi como si estuviera siendo llevado en piloto automático, Harold ignoró la llamada de su esposa y continuó conduciendo hasta que fue obligado a detenerse por un oficial que se atravesó en su camino y que le hizo señas para que estacionara a un lado.
Ambos observaron en silencio mientras el oficial se arrimaba a la ventanilla del conductor. Harold bajó el vidrio y tomó aire para estabilizarse antes de hacer la temida pregunta.
—¿Su-sucede algo oficial? —preguntó apenas consiguiendo que su voz saliera sin quebrarse.
—El avance esta prohibido —avisó el policía—. No se permite el ingreso de nadie al establecimiento.
—Es que nuestro hijo esta ahí dentro —aclaró Margaret—, veníamos a verlo...
El policía suavizó un poco su expresión endurecida ante eso.
—Tendrán que hablar con el personal encargado de la evacuación de pacientes —informó el oficial—. Ellos le dirán adonde llevaron a su hijo si se encuentra entre ellos.
Harold parpadeó y sacudió la cabeza como saliendo de un trance momentáneo, todavía no comprendiendo que era lo que sucedía en realidad.
—Disculpe oficial, pero ¿qué sucedió exactamente?
Ambos observaron al policía con aversión mientras aguardaban su respuesta, pero ambos intuían que fuera lo que fuera que hubiera pasado, su hijo estaba envuelto de alguna manera.
—Un criminal escapó de la custodia policial —comenzó a explicar—. Irrumpió en el hospital y tomó de rehenes a un grupo de personas en uno de los pisos.
Margaret se cubrió la boca con una expresión de horror, el temor que sentía acrecentándose y provocándole un dolor real físico imposible de describir, su intuición de madre diciéndole que si seguía interrogando al policía, iba a enterarse de noticias que solo le agrietarían más el corazón.
Pero necesitaba saber, sacarse las dudas de una vez por todas.
—Nuestro hijo fue víctima de una invasión de hogar hace unas horas —dijo, con la voz temblando al igual que sus manos—. Él...se suponía que...que tenía que recibir...una cirujía para...arreglar una herida de bala...
Pero ahora, con todo luciendo tan sombrío como lo podían ver desde donde estaban, ya no estaban seguros de que la cirujía se hubiera llevado a cabo siquiera.
—¿Había alguien más con él? —inquirió el oficial— ¿Alguien a quien pudieran preguntar por su estado?
—Una amiga vino junto a él en la ambulancia —contestó Harold—, pero ella no tenía medios para comunicarse con nosotros, con todo el asunto, sus celulares se extraviaron.
El policia pareció haber leido la extrema preocupacion e incertidumbre en sus cansados rostros de no tener ninguna manera de averiguar el bienestar de su hijo, porque alisó sus facciones aun más y habló con una voz más suave y comprensiva.
—Deme el nombre de su hijo y su amiga, puedo llamar a uno de los oficiales ayudando en la evacuación de pacientes y hacer que averigüe a donde fueron llevados —ofreció.
Harold le dio una mirada de gratitud.
—Sí, su nombre es Bob Esponja Pantalones Cuadrados —informó—. Su amiga se llama Arenita Mejillas.
El oficial asintió, tomó su radio de su cinturón y se alejó del vehiculo un poco para hacer la llamada.
Harold aprovechó el momento para posar una mano sobre las de su esposa, que no dejaba de retorcerlas entre si, para darle un poco de apoyo y tomar un poco para él. Estaba tratando de permanecer fuerte por su bien y el de su hijo, pero su determinación de mantenerse sólido como una roca, incluso bajo la presión de no saber cómo estaba su hijo o lo que estaba sucediendo, amenazaba con romper y derrumbar su fachada de solidez.
Y el solo hecho de pensar que la pesadilla aun no habia acabado para ellos lo estaba carcomiendo por dentro.
Detrás de ellos, Patricio comenzó a despertar cuando su cuerpo registró que el suave movimiento del vehiculo que lo transportaba y que habia ayudado a arrullarlo en el sueño se hubo detenido. El chico gruñó suavemente por lo bajo mientras abria los ojos, sus extremidades sufriendo de un ligero dolor por la posicion elgida para dormir que no habia sido la mejor.
Se sentó derecho, su visión aclarándose a medida que volvia en si en tiempo y espacio. Al notar que el auto se habia detenido por completo, el chico se acercó al cristal de la ventana para espiar afuera, preguntándose porque no estaban avanzando si todavía no estaban en las inmediaciones del hospital.
Su mirada entonces divisó el panorama afuera y cualquier rastro de sueño que hubiese quedado se disipó de inmediato.
Patrullas de policía, cinta amarilla previniendo a personas ajenas sin autorización de traspasar la escena, oficiales de policía caminando a los alrededores, manteniendo a la gente a raya...
—¿Qué está pasando? —preguntó con voz temerosa de la respuesta, arrimándose a los asientos delanteros.
Pero no recibió respuesta o confirmación alguna de que lo hubieran oído siquiera, tan ensimismados en lo que el policía fuera a informarles.
Después de lo que les pareció una eternidad a la pareja pero fueron solo menos de diez minutos llenos de ansiedad y angustia, el oficial terminó la llamada y caminó de regreso, pero antes de que llegara al lado del vehiculo, Harold y Margaret tenían el doloroso presentimiento de que fuera lo que fuera lo que iba a decirles, no iba si no a terminar de romperles el corazón.
El hombre alcanzó por fin la ventanilla, con su rostro ensombrecido en sombría empatía, luciendo apesadumbrado y con los labios apretados.
La simple vista hizo que las lágrimas que Margaret creía ya haber agotado empezaran a rodar nuevamente por sus mejillas, mientras el horrible presentimiento se volvía más y más real a cada segundo.
—Señor, señora... Lamento tener que traerles estas noticias, pero su hijo...
Los tres ocupantes del vehiculo retuvieron sus respiraciones, en el caso de Patricio el chico comenzó a morderse las uñas de los nervios.
—...me temo que su hijo esta entre los rehenes...
Justo cuando todo parecía ir perfecto para nuestros queridos protagonistas, mi cerebro tuvo la brillante idea de seguir poniéndoles piedras en el camino...
¡No me arrepiento de nada! :v
Ahora de verdad, sé que este capítulo parece relleno y nada interesante sucede, pero tiene una razón de existir: quiero ir atando cabos para que todo quedé claro a medida que nos acercamos al final, ya que ahora solo faltan un par de capítulos ¡lo prometo de verdad esta vez!
¿Qué estará pasando con nuestra pareja favorita? ¿Cómo habrá entrado Dennis al hospital? ¿Por qué decidí oír a mi cerebro y empeorar las cosas para todos?
Las respuestas en el próximo capítulo.
See Ya!
H. C.
