Muchos de los ocupantes de la fortaleza de Alamut se habían reunido para observar las pruebas a las que se sometería el recién llegado. Los rumores se habían esparcido con rapidez, asegurando que el extraño no recordaba nada de sí mismo. El mismo Seiduna le había puesto el nombre de Tazim.

Le habían prestado una túnica, pantalones y unas botas. Parecía tranquilo, pero miraba todo a su alrededor con curiosidad.

Seiduna llegó con sus consejeros más cercanos, los deyes. Tazim le observó más atentamente que al resto.

-Solo voy a pedirte que hagas una cosa-señaló a la parte más alta de la fortaleza, a donde nadie podía llegar por el derrumbamiento de las escaleras el año anterior-. Ve allí y tráeme la bandera.

Todos los que escuchaban se quedaron sin palabras. Un aspirante a fedayín había muerto intentando eso mismo. Pero Tazim solo miró la torre.

Un poco de polvo se levantó cuando golpeó el suelo con la punta de la bota derecha. Y de repente estaba en movimiento. Antes de que nadie se diera cuenta estaba en lo alto de la muralla. Saltó a un saliente de la torre. Encontraba las grietas más pequeñas para impulsarse con manos y pies.

Llegó arriba en contra de lo que pensaban. Desapareció de la vista por un momento antes de reaparecer con la bandera desgarrada por el viento y desvaída por el sol en el cinturón. Su figura se recortó contra el cielo por un momento antes de que estirara los brazos a ambos lados del cuerpo y se dejara caer hacia delante. Hubo gritos.

Tazim reapareció en la muralla pocos minutos después y dejó que la vieja bandera flotara con el viento hacia Seiduna y sus consejeros. Su expresión no revelaba nada.

-Vuestra bandera, Seiduna.

Todos miraron con temor al hombre que había hecho lo imposible y sobrevivido. Seiduna vio en él el ejemplo de lo que un fedayín debía ser. Un dey recogió la bandera con miedo.

-Fedayín Tazim, estudiarás bajo el Hakim Alí y entrenarás a tus futuros compañeros. Esa es mi resolución.

Tazim se inclinó profundamente y bajó de un salto de la alta muralla. Su cuerpo rodó por el suelo para absorber el impacto. Al ponerse en pie se sacudió el polvo casi de forma inconsciente, esperando a que Hakim Alí, el primero en hablarle en toda la fortaleza, se acercaba a él.

-Ha sido impresionante, fedayín.

Se inclinó ante él con la mano derecha sobre el corazón.

-Gracias, hakim.

-Empezaremos tu entrenamiento médico hoy mismo, si te sientes con fuerzas.

-Lo hago.

-En ese caso, acompáñame.

Le guió a un espacio cerca de la torre norte que se había asignado como enfermería. Los ayudantes de Hakim Alí se apartaron de la extraña mirada del recién nombrado fedayín. El Hakim empezó a instruir de inmediato a su nuevo estudiante en las artes curativas antiguas y en filosofía, materia que también impartía a los demás aspirantes. Tazim parecía realmente interesado en el tema y aprendía con rapidez.

Hakim Alí podía asegurar que no había tenido un aprendiz como él.

– O –

Los años habían pasado. Tazim, el extranjero sin memoria, se convirtió en médico con una rapidez asombrosa y pronto empezó a impartir lecciones a los aspirantes a fedayines. El título por el que se le conocía era Fedayín médico, dejando a un lado el nombre por ser innecesario.

Se le solía ver en lo más alto de la fortaleza, con su túnica blanca con el báculo de Asclepio bordado en ambos brazos. Siempre iba armado con cuchillos y una espada y en su cinturón colgaba una extraña esfera de cristal con un cráneo de águila en su interior. Había salido de Alamut, con el permiso de Seiduna, con el único objetivo de conseguir que un artesano le hiciera esa esfera.

Enseñaba a utilizar el cuerpo en el espacio y aprovechar los objetos de alrededor para el beneficio en una lucha abierta. También les enseñó a trepar por lugares imposibles y muy a menudo sus clases eran en su torre favorita.

También se había convertido en alguien de confianza de Seiduna, reuniendo información sobre los territorios de los alrededores de la fortaleza y mucho más allá. Nadie sabía su secreto y él se negó a revelarlo.

A Seiduna sí se lo dijo. Le habló de colores en la niebla.

Tras esa revelación, Seiduna le ordenó que hiciera un sacrificio para utilizar el arma definitiva del fedayín, la hoja oculta. En un principio había pensado que los fedayines que hubieran pasado por su Paraíso fueran quienes la utilizaran, por su fe. Pero Tazim no necesitaba entrar en el Paraíso, ya venía de él.

La ceremonia ocurrió en el patio, en la más total oscuridad salvo por el círculo de antorchas que iluminaban la mesa y el brasero donde el propio Tazim se cercenaría el dedo anular izquierdo. Se había desnudado hasta los pantalones. No llevaba botas. Se había lavado con agua perfumada para simbolizar su renacimiento no como fedayín, sino como Hashashin, y llevaba las manos, pies y hombros pintados con henna. Vigilaba el brasero donde se calentaba una cuchilla con el borde cóncavo adecuado para cercenar. Sobre la mesa había un dispositivo para guiar la cuchilla, una más pequeña con la punta muy afilada, un bote de tinta, un pincel y un cuenco con cenizas.

Nadie sabía para qué eran esos últimos elementos, solo Seiduna.

Cuando la oscuridad era total fuera del círculo de luz, Tazim mordió un trozo de cuero, introdujo el dedo en un dispositivo para guiar la cuchilla con precisión y la sacó del fuego. El tono casi blanco del metal era cegador. De un solo golpe, cercenó su dedo, apretando el trozo de cuero entre los dientes y respirando agitadamente por el dolor. Un aroma a carne quemada se extendió por el ambiente, pero el viento se lo llevó pronto. Vendó lo que quedaba del dedo, rojo e hinchado, y lo ató con un trozo de cuerda fina.

Colocó el dedo en una cajita de madera para enterrarlo más tarde.

Y por fin llegó el turno de las cuchillas más pequeñas. Ante los ojos de todos abrió un bote de tinta y sacó un pincel. Con cuidado pintó un extraño símbolo en el interior de su antebrazo, una especie de triángulo sin base con dos apéndices y un cuerno debajo. Sopló sobre él para secar la tinta antes de coger la pequeña cuchilla. La colocó sobre la piel y empezó a cortar. En algunos puntos salió un fino hilo de sangre, pero poco más. Hakim Alí reconoció su fortaleza para no cortar lo demasiado profundo como para sangrar más de lo que hacía. Cuando terminó de cortar el diseño, esparció la ceniza por encima y lo vendó con fuerza. Cuando cicarizara quedaría de un tono negro.

Seiduna avanzó al círculo de luz.

-Ese es nuestro símbolo, el símbolo de la Hermandad que hemos formado. Recordadlo bien y grabadlo en vuestra piel si vuestra fe es verdadera.

Tazim se inclinó ante él ligeramente y desapareció dentro de la fortaleza.