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Umar Ibn-La'Ahad, de veintiseis años, miró al nuevo Hakim de Masyaf. También se llamaba Tazim, como su predecesor, el primero de los fedayines leal a Hassan-i Sabbah. Había llegado de Isbilya por orden expresa de Al Mualim, Rashid. Llevaba la túnica blanca de los Hashashins, el anular cercenado y una venda permanente alrededor del antebrazo izquierdo. Mencionó algo sobre una horrible quemadura. También por orden de Al Mualim, enseñaba a los más jóvenes aprendices el sigilo necesario para que volvieran a salvo, pero por su propia cuenta se había convertido en alguien de confianza para los aprendices. Ellos acudían a él para cualquier problema. Por eso Umar se encontraba en la pequeña habitación que había convertido en el laboratorio donde preparaba los remedios cerca del minúsculo huerto de plantas medicinales dentro de la fortaleza.
-¿Qué es, Umar? Llevas sentado en silencio casi una hora. En cualquier otra circunstancia te habría felicitado, pero empiezas a ponerme se frotó la muñeca en un gesto inconsciente.
-El Mentor ha decidido premiarme con una corta visita al Paraíso antes de enviarme a las misiones.
Tazim dejó de moler las hojas secas para mirarle.
-¿Qué te preocupa?
-¿Y si no vuelvo?
-Por supuesto que volverás. Tu padre lo hizo.
De hecho lo hizo. Y se convirtió en uno de los mejores Fedayines, dando su vida en la misión más importante para el asedio de Damasco en 1148. Umar nació de una mujer de Alamut a la que había visto en algunas ocasiones.
-Y después de eso rompió el voto de castidad de los fedayines.
-Una vez que se entra en el Paraíso, Umar, se deja de ser un fedayín para convertirse en un Hashashin, un auténtico miembro de la Hermandad.
-¿Cuál es la diferencia?
Tazim sonrió suavemente.
-El Hashashin es capaz de dar su vida sin temor.
-El fedayín también.
-¿De verdad? Si te dijera que subieras a lo más alto de la fortaleza y te lanzaras al vacío, ¿lo harías?
-No, pero...
-¿Ni siquiera siendo un creyente tan fervoroso como eres?-Umar se sonrojó y no respondió. Tazim le sonrió para tranquilizarle-. Muy pocos hombres podían hacerlo. Lo que nos ata a la vida es más fuerte de lo que nos espera en la muerte si no lo conocemos. Un Hashashin ya ha estado en el Paraíso, sabe lo que le aguarda y ansía el momento en el que debe dar su vida para volver al Paraíso.
Umar miró sus manos. Su dedo recién cercenado aun estaba rojo e hinchado debajo de la venda. Miró las manos de Tazim. Él cubría su muñón con un extraño dedal metálico sujeto por finas cadenas a una pulsera con palabras en griego. Más de una vez le habían preguntado por el significado de esa frase, pero nunca había contestado.
-¿Nos acompañarás a Alamut?
-Al Mualim me ha ordenado que vele por vuestro seguro viaje al Paraíso. Según mi predecesor los efectos son... extraños-extrajo un fajo de pergaminos encuadernados en cuero de la pequeña estantería en el rincón-. Registró cada uno de los viajes y las descripciones de cada uno de los Hashashins. Era bastante bueno en su trabajo, temo no estar a la altura-dejó el libro junto al mortero y lo abrió para revelar unas líneas perfectas de escritura árabe. Umar lo miró con curiosidad un momento antes de que se cerrara-. Este no es el que busco. Tengo que organizar la estantería de nuevo...
Se giró hacia ella para sacar varios libros a la vez y volver a colocarlos en otro orden.
-Creo que nunca he visto esto ordenado.
-Apenas tengo tiempo.
Era uno de los hombres más ocupados de toda la Hermandad. Era médico, profesor y además reunía información con una habilidad extraordinaria. Un novicio apareció en la puerta cubierto de sudor.
-Hakim, una caída en los barrancos.
Tazim cogió una bolsa de cuero roja y se la lanzó a Umar. Este la cogió sin problemas. Era habitual que le ayudaran cuando estaban cerca.
-Adelántate, voy a coger algunas plantas que pueden ayudarme.
Umar siguió al novicio hacia el grupo de personas que rodeaba a un chico desmayado. Hizo una mueca al verle. Por la postura se había roto la pierna derecha. Incluso podría decir que el hueso había salido.
Tazim llegó con varias hojas de plantas y un odre de agua. Reconoció la herida con una mirada.
-Umar, sujetale por encima de la rodilla. El resto mantenedle inmóvil. Voy a intentar recolocar el hueso.
Sucedió como esperaban, terminando con un crujido terrible y un grito del chico inconsciente. Tazim no tardó mucho en preparar una pasta con las hojas que había llevado y colocarla sobre la herida abierta antes de vendarla con fuerza.
-¿Lo llevamos a la enfermería?
-Por favor. A ser posible utilizad una angarilla, sería mejor para él.
Recogió los materiales que había utilizado prestando atención a cada objeto. Umar volvió a coger la bolsa roja sin una palabra y siguió al médico de vuelta al laboratorio. Ambos se detuvieron al ver a Al Mualim saliendo de la pequeña habitación. Tazim frunció el ceño y apretó los puños.
-Hakim.
-¿Queréis algo, Mentor?
-La fórmula.
-No está apuntada en ningún lado, la memoricé y destruí el libro. Mi posición es inexpugnable.
Umar notó la rivalidad entre Al Mualim y Tazim. Intentó rodearles para entrar en el laboratorio, pero el Mentor le notó.
-Umar, avisa a tus compañeros. Partís para Alamut en una hora.
-Sí, Mentor.
Tazim cogió la bolsa y entró en el laboratorio, cerrando la puerta en silencio. Umar prácticamente corrió a avisar a sus compañeros, Karim y Zayed. Los tres ensillaron los caballos para la semana de camino hacia la otra fortaleza de los Asesinos. Estaban preparando también la tranquila yegua parda de Tazim. Ella era siempre el equino más cuidado de las cuadras, con las crines trenzadas de diversas formas y entrelazadas con cintas de colores o plantas aromáticas.
El propio médico llegó con sus alforjas, que dejó en el suelo para acariciar a la yegua.
-Hola, preciosa. ¿Preparada para el viaje?-la yegua relinchó y le empujó el pecho ligeramente. Tazim palmeó su cuello y empezó a ajustar las alforjas en la silla-. ¿Estáis listos vosotros, chicos?
-Sí, hakim.
-Pues en marcha. Tenemos una semana de viaje.
Subió a la yegua fácilmente y esperó a que los chicos le imitaran antes de ponerse en marcha entre los riscos escarpados. Casi al instante sacó un libro de una de las alforjas para leer en voz alta. Era uno de los textos de filosofía platónica que utilizaba para ilustrar el Credo.
-¿Puede volver a explicarnos el Mito de la Caverna, hakim?
-Por supuesto, Zayed-cerró el libro y lo dejó guardó de nuevo en la alforja-. Imaginad que habéis vivido toda vuestra vida encadenados en una cueva, viendo sombras en la pared. No conocéis más que esas sombras en la pared y el hierro en vuestro cuello. Y de repente llega alguien que os desencadena y os muestra el mundo fuera de la cueva. Sentís la hierba bajo vuestro pies, el viento en la piel, el sol en los ojos. Podéis correr, gritar y saltar a vuestro gusto. Al principio estáis sorprendidos y abrumados, por supuesto, ¿quién no? Ahora, ¿podéis aplicar el Credo a este mito?
Karim fue quien contestó, él siempre había sido el más intelectual de los tres.
-Los que están encadenados representan al pueblo, a quienes los Hashashin liberan de su ignorancia. La primera parte, nada es verdad, implica que lo que vemos, al igual que las sombras, no es la realidad. Es solo algo que alguien ha creado para mantenernos encadenados. Y el hecho de que todo está permitido es para recordarnos a los Hashashins que debemos convivir con las consecuencias de liberar a las personas del yugo que les oprime.
-Muy bien explicado, Karim-Tazim se levantó sobre los estribos para mirar hacia atrás-. Ahora que estamos lejos de la fortaleza os diré algo importante. Planeo regresar a Isbilya el próximo año.
-¿Qué? Pero... Eres el único con las Llaves del Paraíso que Allah entregó a Seiduna.
-Precisamente por eso. Al Mualim no recibió las Llaves y se está beneficiando de ello. Allah no está muy contento. La única solución es irme-miró hacia las montañas que le rodeaban-. A no ser que haya algo de fuerza mayor que me retenga aquí.
Su yegua se puso nerviosa cuando una patrulla se acercó demasiado, pero Tazim la controló con facilidad al tiempo que todos bajaban las cabezas bajo las capuchas. Debían fingir ser monjes en peregrinaje, era la forma más fácil de pasar desapercibidos entre la multitud.
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Alamut recibió a Tazim como a un hijo perdido hace mucho. Los soldados formaron con rapidez y el grupo de médicos en formación se apresuraron a rodearle para hablar. Había devoción en sus miradas y le hablaban con deferencia.
Tazim sonrió y les calmó con palabras suaves.
-Mis hermanos, ha sido un viaje largo para nosotros cuatro y noches demasiado cortas. Nos gustaría descansar antes de responder vuestras preguntas.
El que parecía el líder de la guarnición de soldados asintió.
-Por supuesto, hakim. Por aquí, por favor. Os llevaré a la habitación designada para visitantes.
Les guió por los pasillos hacia una gran habitación con ocho camas. Había sido la misma habitación donde los aspirantes a fedayines se quedaban durante su entrenamiento. El líder de la guarnición, de nombre Abdul, habló en voz baja con Tazim.
-Sí, iré esta noche. Mañana abriremos las puertas.
Abdul se marchó rápidamente.
Tazim eligió la cama más cercana a la estrecha ventana al final de la habitación. Sacó una pequeña esfera de cristal de una bolsa llena de paja y la colocó en un extraño soporte de madera. El sol se reflejó en la superficie y reprodujo mil destellos en las paredes del interior.
-¿Qué es eso?
-Solo una bola de cristal con la calavera de un águila en su interior-volvió a cogerlo y les mostró la parte inferior de la calavera.
-¡Tiene nuestro símbolo!
-Así es. Mi antecesor como médico principal de la Hermandad encontró esta calavera en la torre más alta y Seiduna declaró que era una señal divina. Fue la calavera de un águila la que reveló el mismo símbolo en los Ocultos, nuestros ancestros en esta vida en las sombras. Los Ocultos han desaparecido, pero sus ideas siguen existiendo.
Dejó de nuevo la esfera en su soporte. Un arco iris apareció en la pared, lo que hizo sonreír a Tazim. Murmuró algo sobre refracción y luz antes de decirles que descansaran.
