– O – 1165 – O –

Había pasado casi un año. Umar, Karim y Zayed se convirtieron en los Hashashins más fieles después de su visita al Paraíso.

Enero estaba en sus últimos días cuando Tazim llegó de forma repentina. Entró directamente en su laboratorio y pidió que Umar fuera de forma inmediata. El Hashashin llegó enseguida, curioso por el motivo de su llamada.

-¿Hakim?

Tazim le pidió silencio y le instó a cerrar la puerta y acercarse.

-El Paraíso te ha enviado un regalo, Umar.

Umar se acercó al grupo de mantas sobre la mesa para descubrir un bebé dormido. No tenía mucha experiencia con bebés, pero podía ver rasgos de sí mismo.

-¿Un hijo?

-Un hijo del Paraíso. Esta es mi señal para quedarme-acarició suavemente el pequeño puño que salía de entre las mantas.

-No sé nada de niños.

-No te quejes. Yo tuve que aprender a toda prisa. Lo he estado alimentando con leche de cabra. Se pasa prácticamente todo el día durmiendo. Lo más difícil es cambiarle el pañal y limpiar los sucios.

-¿Y si se lo entregamos a una mujer?

-¿Un hijo del Paraíso siendo criado por una mujer común?

La ceja arqueada de Tazim era respuesta suficiente.

-Vale, sí. De acuerdo-Umar se revolvió el pelo. Veintisiete años y ya era padre de un hijo con un gran destino. ¿Cuándo había cambiado su vida?-. ¿Tiene nombre?

-Aun no. El Paraíso requiere que el padre le ponga nombre.

Umar se atrevió a cogerle en brazos. Era tan pequeño y ligero... Era un ser vivo, uno diminuto y que necesitaba protección. El bebé se removió, bostezó y entreabrió los ojos para mirar al hombre que lo sujetaba.

Su padre vio un destello dorado en los irises.

-Tiene... ojos dorados.

-Sí, lo noté. Bastante curioso. Todos los bebés nacen con ojos claros. Supongo que él es realmente un hijo del Paraíso.

Pero Umar no le estaba escuchando. Miraba a su hijo con fascinación y un amor tan profundo que nunca pensó que sentiría.

-Altaïr. Ese será su nombre.

-El águila voladora. Un buen nombre.

Tazim se inclinó para ver el rostro nuevamente dormido de Altaïr. Era adorable. Umar acarició la mejilla del bebé.

-¿Cuándo...? Digamos, nació.

-El once de este mes.

-¿Sabes cuál de las huríes es su madre?

Tazim miró a Umar.

-Se llamaba Maud.

Umar la recordaba. La hurí más bella de todas. Curvas marcadas, caderas generosas, largo pelo castaño... Misteriosos ojos avellana.

Un olor horrible apareció de repente. Ambos hombres hicieron una mueca y Altaïr empezó a lloriquear. Tazim lo cogió de inmediato.

-Ya, ya, pequeña águila. Papá va a aprender a cambiarte de inmediato-dirigió una mirada fulminante hacia Umar cuando este quiso protestar-. Coge esa bolsa, tiene los pañales limpios y unos trapos para limpiarle.

Colocó a Altaïr en la mesa y empezó a dar instrucciones a Umar sobre cómo cambiar un pañal. Tres intentos y un pequeño ramillete de plantas aromáticas más tarde, Altaïr volvía a estar felizmente dormido y Umar se limpiaba las manos de forma compulsiva. Tazim parecía estar a punto de estallar en carcajadas.

-No es gracioso. ¿Cómo la leche puede convertirse en eso?

-Misterios de la vida. Vamos, tenemos que informar al Mentor de este pequeño milagro.

Umar cogió a su pequeño sin una palabra y posó sus labios en la suave pelusilla de la cabeza. Altaïr se removió por un momento antes de apretar su rostro contra el pecho de su padre y volver a dormir con tranquilidad.

-¿Cómo se puede amar a alguien tanto?

-No hay nada más poderoso que el amor entre padres e hijos. He visto a madres haciendo lo imposible por salvar a sus hijos.

Ajustó la manta alrededor de los pies de Altaïr antes de abrir la puerta. Recibieron miradas extrañas mientras subían al despacho de Al Mualim. Él lanzó una mirada al bebé y luego la fijó en Tazim.

-¿Cuál es el significado de esto, médico?

Tazim, sabiendo de los espectadores curiosos en las escaleras y pasillos, habló en voz lo bastante alta como para ser escuchado por todos pero sin que nadie pudiera reprocharle nada.

-Un milagro de Allah, Al Mualim. Ha entregado a este mundo un hijo concebido en el Paraíso antes de cerrar Sus puertas-hizo un gesto teatral hacia el bebé-. Altaïr Ibn-La'Ahad lleva dos semanas en este mundo. Y, al igual que sus homónimas dieron forma a nuestro símbolo, él está destinado a esta Hermandad.

Hubo murmullos silenciados por una mirada severa de Al Mualim.

-¿Por qué debo creerte, médico?

Tazim perdió la sonrisa y su expresión se volvió oscura y temible.

-Allah no dejó nada a la casualidad. Negar la procedencia de este niño es negar a Él en persona y Sus decisiones. ¿Eso es lo que quieres, Rashid?

El silencio se volvió tenso entre Al Mualim y Tazim. Umar apretó su agarre en Altaïr, queriendo instintivamente protegerle de lo que pasaba. Era leal a la Hermandad, pero Allah le había enviado a su hijo para que lo protegiera y nada en la Tierra iba a prohibirle cumplir con su deber de padre.

-Ambos os trasladaréis a una de las casas en los límites del pueblo para criarlo. Si hay una sola falla en vuestro deber, pagaréis por ello.

Tazim sonrió de nuevo como si nada hubiera pasado.

-Solo necesitábamos vuestra aprobación, Mentor-se giró hacia Umar-. Vamos, haremos hueco en mi casa. Solo tengo que desalojar la otra habitación de todos esos trastos.

Empezó a bajar las escaleras hablando sobre alfombras, tarros con flores y... Umar frunció el ceño. ¿Huesos de animales? ¿Y desde cuándo Tazim tenía una casa en el pueblo? Siempre dormía en su laboratorio.

Los Hashashins se apartaban ligeramente del camino a su paso, pero mirando con muchísima curiosidad a Altaïr. Las noticias de un hijo del Paraíso se extendieron con una rapidez asombrosa.

-¿Desde cuándo tienes una casa en el pueblo?

-Es una de las que utilizan los hijos de Alamut cuando vienen. El Mentor me la entregó para mantenerme lejos.

-Nunca antes había notado que vuestra... animosidad llegara tan lejos.

Tazim hizo un gesto con la mano para quitarle importancia al cruzar las puertas principales.

-Deberías haberlo hecho. Yo soy quien tiene, tenía, las Llaves del Paraíso y me negué a entregárselas. Discutimos, le dije algunas cosas de más y entre una cosa y otra quiso mantenerme lejos, pero aun bajo su vigilancia. Alamut y Masyaf siempre se han disputado quién entiende el verdadero sentido de la fe en la Hermandad.

-¿Qué piensas de eso?

-Que siempre hay diferentes interpretaciones. Aquí estamos-empujó la puerta de una discreta casa a un lado de un camino secundario. Estaba ordenada y limpia, al menos la sala principal-. Puedes quedarte en la habitación principal, será más cómoda con este pequeño milagro-acarició la mejilla de Altaïr, quien se movió un poco hacia su toque-. Yo voy a visitar a algunas familias que conozco a ver si alguna puede dejarnos una cuna.

-¿No ibas a limpiar la otra habitación?

-Luego, sé que es agotador tenerle en brazos mucho tiempo.

-Apenas pesa.

-Créeme, si sigues así una hora más no podrás levantar los brazos mañana. Explora un poco, ponte cómodo. Vuelvo enseguida.

Tazim salió en menos de un segundo. Umar se quedó mirando la puerta principal y luego bajó la mirada al pequeño en sus brazos. Estudió sus rasgos con calma, pasando un dedo suave por ellos. Altaïr lo sujetó con una gran fuerza y se lo llevó a la boca.

-Algo me dice que vas a ser el mejor Hashashin, hijo.

El bebé sonrió en sueños y se giró un poco más hacia el calor de su padre. Umar lo levantó un poco para besar su frente.

Él era un Hashashin y se debía a la Hermandad, pero quería a ese pequeño más que a su propia vida.

– O – 1176 – O –

Umar se despertó con el crujido de la puerta. Abrió los ojos para descubrir a un culpable niño de ocho años. Sus ojos dorados brillaban en la penumbra del amanecer.

-¿A dónde vas, Altaïr?

-Quería ver si tío Tazim ha vuelto.

-Tu tío está vigilando a unos heridos en la fortaleza, no volverá hasta el mediodía-extendió el brazo sin moverse-. Ven, aun puedes dormir un poco más.

Altaïr saltó felizmente hacia él y se acurrucó junto a su padre bajo las mantas.

-Te quiero, padre.

-Y yo a ti, pequeña águila.

No habían pasado ni cinco minutos cuando Umar escuchó otro crujido. Ese era más suave, de alguien que intentaba pasar desapercibido. Reconocería esos pasos en una multitud después de escucharlos durante ocho años. Altaïr estaba mejorando en prestar atención a su entorno, porque saltó de la cama con un grito feliz.

-¡Es tío Tazim!

El médico no se esperaba el asalto de su sobrino cuando llegó a casa después de una larga noche improductiva. Todos sus pensamientos cambiaron en un instante al caer al suelo.

-¿Qué haces despierto tan temprano, niño?

Altaïr hizo un puchero.

-No soy un niño.

-Te estaba esperando.

Umar miraba con humor la escena, pero también estaba preocupado por el hombre que consideraba su hermano mayor. Sabía que la única forma en la que Tazim estuviera en casa tan pronto era que el paciente no hubiera sobrevivido a la noche.

-¿Eso es así?

Tazim le hizo cosquillas a Altaïr. El niño rió y se retorció hasta escapar y buscar refugio tras las piernas de su padre.

-¿Estás bien, hermano?

La sonrisa del médico cayó un poco cuando negó.

-Esperaba que pudiera reponerse, pero las heridas fueron más grandes de lo que creía.

-No puedes salvar a todos.

-Puedo intentarlo-estiró los brazos y suspiró-. ¿Quieres empezar pronto el día?

-Vamos.

Habían adquirido una rutina fácil para los tres, una vez que el pueblo dejó de pensar que era raro que dos hombres criaran a un niño.

Umar y Tazim entrenaban con espadas de madera durante dos horas antes del desayuno. Altaïr a veces se despertaba con ellos y a veces le dejaban dormir. Luego Tazim se encargaba de preparar un desayuno sencillo, si no había alguien agradecido por alguna medicina que se lo llevara.

Después del desayuno, Umar iba a la fortaleza para ver si había alguna misión o ayudar a entrenar a los novicios. Tazim, acompañado de un feliz Altaïr, iba a su consulta para trabajar en sus experimentos y estar cerca de la fuente principal de heridos. La mayor parte de las veces los niños menores de diez años se reunían allí para que les contara historias. Aunque en unos pocos días se quedaba solo con Altaïr y le enseñaba algunas lecciones básicas para un Hashashin, paciencia sobre todo.

La pequeña y extraña familia se reunía de nuevo en su casa después de la cena. Umar y Tazim jugaban al ajedrez, aunque a ninguno se le daba bien, y Altaïr hacía todo tipo de preguntas a su padre.

Ese día, Farid Al-Sayf se acercó a ellos mientras entrenaban con su hijo mayor, Malik, de apenas siete años.

-Buenos días, Umar, Tazim.

Ellos bajaron las espadas.

-Buenos días, Farid.

Tazim sonrió al niño, quien se escondió tras su padre.

-¿Ocurre algo?

-Debo pedirte un favor, Tazim. ¿Podrías vigilar a Malik mientras estoy fuera? Tengo una misión en Damasco y mi esposa está visitando a su familia con Kadar. Vendrá en tres días.

-Por supuesto. Sabes que los niños siempre son bienvenidos.

Farid se arrodilló junto a Malik.

-Pórtate bien, ¿de acuerdo?

-Sí, padre.

Malik se abrazó a él por un momento antes de que se fuera. Luego miró al médico con algo de temor. Era el hombre más inteligente que conocía y le respetaba casi tanto como a su padre.

-Hola, Malik.

-Hola.

Tazim le sonrió para tranquilizarle.

-¿Has desayunado?

-Aun no.

-Ven, entonces. He traído el desayuno de la fortaleza.

Altaïr miró con curiosidad al otro niño, pero se abrazó a la pierna de su padre en lugar de acercarse.

-Saluda, águila.

Los niños se miraron.

-Hola...

Malik parpadeó, mirando los ojos dorados del otro. No respondió por timidez. Tazim colocó una mano gentil en su espalda para llevarle dentro. Se sentaron alrededor de la mesa baja donde Tazim había dejado la cesta que utilizaba para llevar la comida si era necesario. Altaïr, en otro momento alegre y hablador, se sentía tímido y callado en la presencia del otro niño.

Umar y Tazim se miraron y sonrieron antes de empezar a hablar sobre los planes de entrenamiento de los novicios.

-Hay un grupo preparado para ascender. Al Mualim nos ha pedido a algunos Maestros que llevemos a tres a una ciudad para ponerles una misión.

-¿Cuándo?

-En esta semana.

-Sabes que puedo ocuparme de la casa sin problemas.

Tazim podría ser considerado afeminado por hacer tareas del hogar designadas a las mujeres, pero nadie lo decía porque sus conocimientos médicos eran más importantes y nadie quería atreverse a enfadarle.

-Pero ahora tienes que cuidar de Malik.

-Me he ocupado de un grupo mayor de niños. Y créeme, no es nada comparado a los heridos de un ataque.

-Bien, me has convencido. Saldré hoy mismo para ver si están preparados en todo momento.

-¿A dónde vas, padre?

-Acre, seguramente. Es una ciudad en poder de los sarracenos, hay menos posibilidades de que se metan en problemas.

-Que se mantengan alerta de todas formas, he escuchado de un próximo ataque. Puede ser en una semana o en unos meses.

-Gracias por la información.

Tras el desayuno Umar se despidió de Altaïr con un abrazo cariñoso.

-Vuelve a salvo, padre.

-Lo haré, águila.

Una mirada intercambiada con Tazim, quien se había agachado junto a Malik un poco más atrás, fue lo único que necesitó para saber que su hijo estaría a salvo incluso si debía incumplir esa promesa.

El médico se dirigió entonces a la fortaleza junto a los niños. Altaïr subió enseguida a su silla para poder alcanzar la mesa alta, donde esperó a que su tío le diera plantas para moler. Era su trabajo favorito. Malik se removió inquieto en la puerta.

-¿Sabes leer, Malik?

-Sí, padre me enseñó.

Tazim sonrió y le tendió un libro.

-¿Por qué no practicas la lectura en voz alta con esto? Son fábulas de Esopo, un antiguo dramaturgo griego.

Malik miró con curiosidad el libro. Subió a otra silla para apoyar el libro en la mesa. Al abrirlo se maravilló por los hermosos dibujos coloridos de animales, plantas y la belleza de los caracteres.

Empezó a leer despacio, vocalizando con cuidado. Altaïr sonrió al reconocer su historia favorita sobre un cuervo y un zorro.

Tazim se dedicó a reponer su suministro de medicinas naturales. Preparó algunas bolsitas para diferentes heridas, puso a secar más hojas y flores y empezó a destilar veneno. Cuando Malik terminó y pidió una explicación, fue Altaïr quien contestó feliz.

Pasaron la mañana entretenidos con los dos niños leyendo las fábulas por turnos. Tazim, cuando hubo repuesto su suministro, se dedicó a crear un veneno para las ratas que poblaban la fortaleza y arrasaban con sacos enteros de grano.

Dos novicios entraron para que les revisara viejas heridas aun en proceso de sanación. El mejor amigo de Altaïr, Abbas, de diez años, llegó después del almuerzo para jugar con palos de madera. Tazim les pidió que se quedaran fuera de la puerta del laboratorio.

-¿No quieres ir con ellos, Malik?-él negó, sujetando el lomo del libro de forma inconsciente-. Creo que tengo otro libro que te gustará más.

Sacó el cuaderno donde había bosquejado sus mapas de las distintas zonas de Masyaf.

-¿Qué es?

-Un proyecto que dejé abandonado hace algún tiempo. Intenté crear un mapa completo de la fortaleza y los terrenos de Masyaf.

Los ojos de Malik brillaron cuando le miró.

-¿Cómo?

-Mirando, haciendo muchos bosquejos con carbón y caminando aun más. Los Hashashins utilizan los mapas para guiarse mejor por las calles, así que deben ser lo más precisos posible-sacó los pergaminos individuales y los colocó sobre la mesa-. ¿Puedes ponerlos en orden para formar el mapa de Masyaf?

Malik asintió y se dispuso a trabajar. Tazim le vigiló por un momento antes de revisar a los niños fuera. Por el momento no había heridas, esperaba que siguiera así.

-Ya.

Se inclinó sobre Malik para ver el mapa completo.

-Tienes una gran memoria, Malik.

-¿Puedes enseñarme?

-Por supuesto.

Cogió otro pergamino y sacó una pluma y un tintero. Fue señalando algunas partes del mapa y le recordó a qué partes se refería.

Ahmad, el padre de Abbas, llegó para agradecer a Tazim que vigilara a su hijo. Los niños de los Hashashins eran siempre muy inquietos y solo la vigilancia tranquila de Tazim podía mantenerlos controlados.

-No pasa nada, Ahmad.

-Si algún día necesitas algo, puedes acudir a mi familia. Intentaremos ayudar en lo posible.

Era algo que escuchaba muy a menudo.

-Lo tendré en cuenta.

Altaïr prácticamente se quedó dormido en el viejo catre, agotado por tanto juego. Malik siguió intentando reproducir las líneas del mapa. Sus manos acabaron llenas de tinta.

Tazim sonrió al ver a ambos.