CAPÍTULO 2: Desbloqueado
Punto de partida
Los pasillos estaban repletos de estudiantes ojerosos, casilleros multicolores y afiches postrados en las columnas del plantel informando actividades, ferias, decisiones de la asamblea estudiantil y alguno que otro apartamento en arriendo; la frondosa vegetación que enorgullecía al alumnado de la universidad Arrancar era iluminada por los rayos de un intenso sol, dándole un brillo especial al color verde de sus hojas. Una suave ventisca acompañaba el ambiente sereno del lugar, inundándolo de la paz momentánea que tanto anhelaban los estudiantes al salir del aula.
Uno de ellos, quizás el más raro de todos, caminaba con parsimonia por las inmensidades del bloque ocho. Su reloj marcaba un horario tardío para la primera clase del día, pero ni así apuraba su paso ni mostraba una sola pizca de preocupación; con las manos en los bolsillos, una sonrisa tenebrosa que pocas veces relajaba y la misma expresión petulante que portaban la mayoría de los futuros abogados de la universidad, el recién ingresado Gin Ichimaru observaba el inusual cielo despejado frente a sus narices sintiéndose menos motivado que de costumbre.
Amaba la lluvia, los días grises, la tempestad; el invierno, en resumidas cuentas. Por eso le resultaba repulsivo que precisamente en épocas heladas se alzara un sol tan luminoso como el de hoy, y si a eso le sumábamos el incordio de tener que ir a postrar su culo en una silla para escuchar a un maldito imbécil hablar de leyes y artículos por más de dos horas, pues entonces el pronóstico no parecía muy alentador.
Dio un sonoro bostezo antes de abrir sin más preámbulo la puerta del salón número veintitrés, sin dignarse a saludar —ni a disculparse por su tardanza— al profesor de turno. Bajo la atenta mirada de sus ridículos compañeros de clase, subió los escalones rumbo a los últimos asientos del aula; cada peldaño que ascendía les recordaba a los demás que él era el hijo del decano y, por consiguiente, alguien intocable. Bufó ante el postrero pensamiento; el encargado de divulgar esa estupidez había sido su mismísimo padre, no él, pero debía admitir que lo beneficiaba un montón.
Y todo lo que le permitiera llegar media hora tarde a una clase sosa y aburrida, era bien recibido.
—Hola, Gin. ¿Se te atrasó el reloj?
Tomó asiento al lado del único estudiante becado —tal vez la única persona en el planeta— con el cual se entendía, regalándole una de sus sonrisas siniestras como saludo. Aizen Sosuke lo detalló con ese destello malicioso al que recurría siempre que se burlaba de alguien, mostrando la verdadera faceta que se ocultaba tras el típico hombre estudioso de aspecto afable y ojos chocolate.
Se recostó un poco en el espaldar, viendo al profesor Hachi proseguir con la clase como si nada hubiera pasado.
Dócil barrigón.
—No pensaba venir hoy —se sinceró, soltando un suspiro—. El clima está tan terrible que me dan ganas de llorar.
Dirigiendo su mirada a una de las ventanas ubicadas en la parte baja del salón, Aizen enarcó una ceja.
—¿Terrible, dices? Pero si incluso están haciendo picnic allá afuera —señaló con obviedad a la multitud de estudiantes, diminutos como hormigas debido a la lejanía, que se aglomeraban en grupos en el pasto a beber cerveza y engullir la merienda.
Gin frunció el ceño, aún sin dañar su sonrisa.
—Precisamente por eso —respondió entre dientes—. Esos malditos de artes y su estilo hippie…
Una carcajada emergió de los labios del becado castaño. Aizen se acomodó las gafas tras el corto lapso de risa, analizando el comportamiento del irritado hijo del decano.
—Primera vez que te escucho maldecir, Gin. Veo que el sol te pone de malhumor.
—¿No necesitas poner atención para poder sostener la beca, Aizen?
Inquirió con astucia, sacando de uno de sus bolsillos un celular de última generación. Digitó la contraseña de desbloqueo observando por el rabillo del ojo a su compañero, quien tenía la mirada fija en la pizarra. Además de los días soleados, el aroma a cannabis que desprendía el bloque cuatro y cualquier clase de su pensum, también odiaba cuando querían meter las narices en su vida más de la cuenta.
—Sé a la perfección todo lo que dice el profesor Hachi, pero no te preocupes, hoy no te molestaré.
—Hmph.
Ni él reconocía de dónde venía esa actitud tan impropia. Si bien poseía una fama que espantaba y un rostro un poco tétrico, jamás había sido una persona que los demás pudieran catalogar como huraña.
Hoy, en cambio, se sentía capaz de reventarle la nariz de un puñetazo al primero que viera con un porro de marihuana en los labios.
Al desagradable de Nnoitra, por ejemplo.
Por ello, por el bien de la humanidad y de la integridad física de los atolondrados del bloque cuatro, se dispuso a zambullirse en un juego que lo tenía atrapado desde hace semanas cuál pájaro enjaulado. No, no se trataba de un acto de pereza absoluta e irresponsabilidad; Gin Ichimaru, caballeroso y altruista, simplemente pensaba en que Bleach lo ayudaría a apaciguar ese humor de perros que se cargaba en aquel día soleado de principios de enero.
Porque si había algo peor que el petulante hijo del decano, eso era el petulante hijo del decano de malhumor.
—Ya cargó la página, Shinso —murmuró el castaño, escribiendo un par de nombres de reconocidos investigadores en su libreta.
Rechistando, camufló su celular dentro de una de sus libretas planetarias —hoy le tocaba Saturno— para que el viejo Hachi no se sintiera más menospreciado que de costumbre. Se enfocó en buscar un compañero para una batalla grupal, un poco molesto consigo mismo debido a su despiste.
Perderse en sus pensamientos era otra de las muchas cosas que odiaba Gin Ichimaru.
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Rangiku Matsumoto amaba perderse en sus pensamientos. Allí, en su cabeza, existía un extenso territorio lleno de imaginación en donde las hadas, las sirenas, las princesas y demás protagonistas de los cuentos de fantasía danzaban bajo el sonido de una pausada melodía, aguardando por la llegada de su respectivo príncipe azul; su mente, lugar favorito de su cuerpo, albergaba un sinfín de historias en donde predominaba el rosa, los unicornios y las chispitas de colores.
No le agradaba el mundo gris que debía enfrentar a diario, así que por ello se sumergía en ilusiones que le recordaran siempre a un arcoíris.
Soñaba despierta con frecuencia, tal vez demasiada para su propio bien.
—Matsumoto, ¡te estoy hablando!
Se irguió sobresaltada, observando con pena el rostro rojo de la furia que portaba su jefe. Un mostrador separaba a Rangiku de la ira de Barragan, su corpulento y en ocasiones intimidante jefe, y sabía, por la vena palpitante a un costado de su ceja, que si no hacía algo agotaría la escasa paciencia del gerente del edificio.
Y agotar la escasa paciencia del gerente del edificio terminaría en una triste y patética escena de ella recogiendo sus contadas pertenencias del puesto de secretaria, para después ser arrojada del trabajo de una rápida patada en el trasero.
Y ser despedida acabaría en una trágica historia que nada tenía que ver con los mágicos cuentos de hada que se formaban en su cabeza.
—Señor Barragan, por favor discúlpeme —entabló a medias, todavía afectada por la rudeza de su gruñón jefe—. No es mi intención faltarle al respeto, ni mucho menos.
—¡Pues entonces despega tu vista del suelo y mírame a los ojos! —ordenó con una voz que no aceptaba réplicas, inclinándose cada vez más hacia Rangiku. Esta asintió un par de veces y tragó en seco, aclamando en su fuero interno por una intervención divina—. Hemos recibido varias quejas de importantes clientes del buffet; clientes a los que les debemos el dinero que recibimos mes a mes, Matsumoto.
Su tono había bajado unos cuantos decibeles, pero aquella latente amenaza seguía presente en cada palabra que salía de su boca.
Sin embargo, había algo que la nefelibata secretaria todavía no comprendía.
—¿Quejas mías? —preguntó con extrañeza, enfadando más a su superior.
—Cómo se te ocurre, Matsumoto, quejas mías… ¡Pues claro que tuyas, no estaría aquí perdiendo mi tiempo si no fuese así! —el hombre comenzaba a hiperventilar, presa del subidón de emociones que le obligaba a atravesar su subordinada.
Realizó un mohín, y jugando con un mechón de su cabello rubio, abrió la boca para defender su mancillada reputación.
—Perdóneme, señor Barragan, pero he cumplido al pie de la letra con mis obligaciones —atacó con seriedad, frunciendo un poco su ceño—. ¿De qué van esas quejas, si se puede saber?
El gerente relajó sus facciones arrugadas por la edad, suspirando de tanto en tanto para tranquilizarse y no armar un espectáculo en medio de la recepción. Cediendo ante la aparente actitud digna de su empleada, arrojó una carta algo maltrecha a la superficie del mostrador; arriba del título de quejas y sugerencias, aparecía firmado el nombre de quien tachaba a Rangiku de ser una «holgazana y déspota rubia teñida».
Un tic apareció en la ceja izquierda de Rangiku Matsumoto al leer el encargado de soltar tal calumnia sobre su persona.
Sin importarle la estupefacción de Barragan, hizo bolita la carta y la lanzó en un tiro perfecto a la caneca de basura de la recepción, unos dos metros a la derecha de la rubia. Refunfuñó por lo bajo una retahíla de insultos, hasta que el gruñido enfadado de su jefe la orilló a explicarse.
—¡¿Qué acabas de hacer, Matsumoto?! —rugió iracundo.
—¡Señor Barragan, esa carta es sólo una manera de desprestigiarme! —apresuró en defenderse—. Usted y yo sabemos que este niñito jamás requiere de los servicios de la recepción, pues él y sus pocos habituales invitados entran como Pedro por su casa.
—¿Y entonces de qué va su queja? ¿Acaso te tiene "envidia"? —ironizó la palabra, otorgándole un carácter femenino.
Ignorando la postrera burla de su superior, continuó con su defensa.
—Sólo está ofendido porque rechacé salir con él —contestó con un tierno puchero—. Desde eso, se ha dedicado a hacerme la vida imposible. ¡Y ahora se queja de mí, cuando es él quien me da problemas!
—Matsumoto, por Dios, no digas estupideces.
—¡No son estupideces! Ve esta figura, ¿cierto? —dijo, delineando en el aire sus curvas de reloj de arena—. Es obvio que el niño quedó encantado en cuanto me vio, y está dolido por el rechazo. ¡Pero ya cayó en lo más bajo del despecho al tratar de echarme!
Barragan ahogó una risilla. Ciertamente, le había mentido a su recepcionista; las diez cartas que llegaron a su despacho con el motivo de la negligencia de Matsumoto se debían a una única persona: el hijo de uno de los accionistas más importantes del buffet, el chiquillo Gin Ichimaru.
—Entiendes que es una acusación muy grave, ¿no, Matsumoto? —comentó en un tono más pacífico—. Nadie pondría en duda la palabra de Ichimaru, mucho menos para darle razón a la tuya.
Rangiku volteó la mirada.
—Sí, ya lo sé —aceptó resignada. Sus ojos azulados pasaron del ascensor del primer bloque al aspecto calmado de Barragan, quien la veía con algo de culpa—. También sé que tú sí me crees, pero jamás lo admitirás en voz alta. Supongo que me vas a despedir, ¿no?
Barragan descruzó sus brazos. Negando con la cabeza, se alejó de la recepción y caminó hasta el ascensor que antes se hallaba bajo la mirada de la rubia.
—Sólo si va él mismo a informarme su descontento. Después de todo, los buzones de quejas y sugerencias no se suelen revisar —habló a espaldas de una esperanzada Rangiku, quien creía estar en medio de uno de sus mágicos cuentos de hadas donde siempre triunfaba el bien—. Asegúrate de que no te caiga encima, Matsumoto.
Y tras decir eso, abordó el ascensor.
La rubia soltó todo el aire que contuvo durante el pseudo sermón, aliviada de esquivar el desempleo por ahora. Barragan estaba en lo cierto: ella, una prescindible secretaria, nada podía hacer contra las manías del hijo de uno de los socios mayoritarios. Aquel gusano gris se convertiría en socio también cuando terminase la universidad, y si actualmente poseía tanto poder como para palmear el trasero de Barragan sin recibir ninguna reprimenda, Rangiku no quería ni imaginar lo qué haría al poner sus tenazas sobre una porción del pastel.
Perdería la poca cordura que conservaba si el imbécil de Gin Ichimaru se volvía socio de la empresa. Oh, no, Jesús.
Le pidió a todas las figuras divinas existentes en el mundo que, para ese entonces, ella ya estuviera en otro trabajo mucho mejor pago y exento de los dolores de cabeza que estaban incluidos en su contrato como secretaria de Hueco Mundo. Y aunque apreciaba a su manera a Barragan, una jefa un poco más dulce y con tacto no estaría nada mal.
Pero, por lo pronto, necesitaba el empleo; no podía dársela de quisquillosa cuando la señora que atendía la cafetería de al frente tenía más poder en la empresa que ella, y seguramente más ingresos. Si quería conservar su precario sueldo mensual, hacer las paces con Gin parecía ser la única salida.
Claro, lo difícil sería llevarlo a cabo. Aquella misión estaba en modo legendario.
¿Qué demonios debía hacer? ¿Aceptarle la cita después de tres meses? No, seguramente la humillaría y ella cuidaba mucho su reputación. ¿Pedirle perdón? ¡Pero perdón de qué, si el único villano de la historia era semejante energúmeno!; no, eso tampoco era una opción. Quizá, discutir con el señor Ichimaru sobre el terrible comportamiento de su hijo fuera lo mejor…
Ahogó una carcajada que amenazaba con salir de su garganta.
Sí, cómo no.
Veía más posible que Gin le pidiese matrimonio a que el señor Ichimaru, tan alcahueta como millonario, reconociera el centenar de errores que cometía su hijo; su adorado y único hijo.
Y su mente regresó al mismo punto de inicio. No sabía qué debía hacer para conseguir tan siquiera la indiferencia de Gin y, por consiguiente, la paz laboral que tanto extrañaba desde que rechazó al espeluznante niño.
Porque lo veía como un completo mocoso. Tal vez fuera mayor que él por uno o dos años, pero era tan madura y centrada como alguien con tres hijos; cualidad que, obviamente, Gin no tenía dentro de su arsenal. Trabajar desde pequeña debido a la angustiante pobreza en su casa le había formado el carácter, y cada cosa que tenía se la había ganado a pulso.
No iba a permitir que un chiquillo rico y mimado como Gin Ichimaru le quitara la estabilidad económica que tanto le costó conseguir.
Primero muerta.
—¡Hey! ¡Rangiku! —otra animada rubia con significantes atributos delanteros entró por la puerta giratoria del edificio, saludándola con una gran sonrisa.
Suspiró, llena de cansancio. Su hora libre comenzaba en cuanto Orihime entraba por esa puerta.
Generalmente le entusiasmaba la compañía de su amiga, pero ahora sólo quería beberse un par de tragos en el bar de Hisagi y olvidar por un momento todo lo relacionado con Gin.
Ah, y jugar un par de partidas en Bleach, por supuesto. Aquel era su pasatiempo favorito siempre que tenía ratos libres.
—Hola, Orihime —devolvió el saludo, fingiendo una sonrisa por cortesía. Se fijó en el peculiar objeto que pendía del cuello de la recepcionista, en el cual relucía una brillante esmeralda—. ¿Qué traes ahí? No me digas que te ganaste la lotería y no me he enterado.
La rubia rió y jugó con sus cabellos, levemente sonrojada. Tenía el aspecto de alguien que recién conocía el amor, y como Rangiku sabía con certeza que ese no era el caso de Orihime después de tantas noches consolándola por el fulano de turno, enarcó una ceja con curiosidad.
Cruzaba los dedos porque, esta vez, no se hubiera fijado en algún idiota.
—Es un regalo de Ulquiorra… —susurró despacio, como si se tratase de un secreto.
Si Rangiku hubiera estado tomando agua en ese preciso momento, le habría escupido en la cara a su amiga con plena seguridad.
Después de prometerle a Orihime que no hablaría con nadie acerca del romance a escondidas que sostenían una de las recepcionistas de Hueco Mundo con uno de sus más prestigiosos y cascarrabias abogados, tomó su cartera y emprendió marcha al local de Hisagi sintiéndose turbada.
Ulquiorra Cifer, enigmático y calculador, se había fijado en la radiante personalidad de Orihime Inoue.
No sabía qué pensar de ello. Así que, apenas puso un pie en su bar favorito, decidió que ese sería otro de los tantos temas que olvidaría durante su hora libre por el bien de su salud mental.
El sonido de una campanilla anunció su llegada.
—¿Lo de siempre? —preguntó el pelinegro que antes acomodaba unas cuantas botellas en la estantería.
Rangiku sonrió.
—No, hoy quiero algo un poco más fuerte —contestó, sentándose en una de las banquetas cercanas a la barra—. Vodka, tal vez.
—A tus órdenes, preciosa —comentó galán, guiñándole un ojo con coquetería.
Sacó su celular, oculto entre los bolsillos de su pantalón, y abrió la aplicación de Bleach mientras aguardaba el trago. De inmediato, la solicitud de un tal Shinso para que participaran en una partida grupal hizo zumbar su teléfono.
Hyorinmaru había abandonado los niveles altos, y cuando se le veía por casualidad en una de las villas más avanzadas, era siempre detrás del culo de Zangetsu. Sí, Rangiku se sentía traicionada por aquel huraño y frío jugador con el que había compartido tantas victorias; era excelente —quizás una de las mejores— y aun así la había reemplazado por ese desabrido fenómeno.
Ya no tenía un compañero fijo con el cual jugar, y toda la culpa se la echaba al rastrero de Zangetsu.
Se detuvo antes de presionar su dedo en el botón de aceptar, percatándose de que era ese Shinso el que aclamaba por su presencia. El pedante, irritante y sarcástico Shinso al que pocos en Bleach soportaban. Estuvo tentada a rechazar la invitación, pero la voz de Hisagi interrumpió sus pensamientos.
—Aquí está. Vodka para una buena trabajadora —bromeó, colocando el trago al frente de Matsumoto.
Un no sé qué en su mente se alumbró.
—Gracias…
Se lo tomó de una sentada y, volviendo su atención a la pantalla, clickeó en aceptar.
Hoy quería algo más fuerte que su monótono día a día.
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—Hola, hola, chicos. Oh…
Kisuke paró su arribo a la casa, reclinándose en la puerta. En uno de los sillones de la sala, una masa naranjada envuelta en sábanas que reconoció como Ichigo comía helado y veía una estúpida película de romance mientras maullaba cual gato abandonado.
Ichigo, por su parte, estaba desolado. Dos semanas habían pasado desde que le propuso ese trato a Hyorinmaru, ¡dos semanas! Y aunque Hinamori ya no era simple carne de cañón digital, la pequeña pocas veces hablaba con Zangetsu al tener la fría compañía de su tutor día y noche.
¿Es que el idiota nunca dormía?
Suspiró con amargura, retorciéndose entre las sábanas. Por un lado, Zangetsu había sido arrojado al olvido de una esquina recóndita y apestosa; por otro, cuando quiso preguntarle a Hinamori por su interés por el juego y sus avances, tal como había hecho Renji el día anterior —sólo que al pelirrojo sí le respondió con emoción y detalladamente—, la castaña le contestó un escueto bien, gracias. Y siguió jugando como si nada, ignorando la presencia de uno de sus hermanos mayores.
Unas horas desde entonces.
Momo Hinamori, de diez años de edad, le había roto el corazón en mil pedazos.
—Estúpido, ¡ya pídele matrimonio! —le gritó a la pantalla, dejando caer la cuchara con la cual agarraba el helado que había en la nevera por montones gracias a una reciente compra de Urahara.
—Comiéndote la mercancía otra vez, ¿eh, Ichigo? —comentó el rubio desaliñado desde la puerta, asustando a la bola de pelos envuelta que había en el sillón—. ¿Se puede saber quién te rechazó para que te comportes así?
Ichigo refunfuñó por lo bajo, y tras recoger lo que se le había caído al suelo, se llevó otra cucharada de helado a la boca.
—Hinamori, como siempre —murmuró entre dientes—. Que Renji no me perdone me interesa poco, ¿pero qué puedo hacer para que ella me deje de tratar con tanta indiferencia?
Kisuke cerró la puerta y se encaminó hacia el sillón al lado de Ichigo. El dueño de la tienda de variedades miraba el televisor fijamente, aunque nula atención le prestaba a la película.
—No lo sé —susurró con honestidad—. No tengo ni la más mínima idea.
Ichigo bufó, asomándose de dentro de las sábanas para observar con reproche a Urahara.
—Qué gran ayuda eres, viejo.
—No es mi problema, es el tuyo.
—¡Oye! Qué insensible.
—Cambiando de tema, Ichigo, deja de tragarte la mercancía. ¡Pásame esa caja de helado!
Mientras ambos, cobija humana y rubio de barba desprolija, forcejeaban por ver quién ganaría aquella batalla por la caja de helado, un fuerte alarido se escuchó del otro lado de la casa.
Y como Hinamori era una dulce criatura que jamás alzaba la voz y menos de esa manera, pronto concluyeron que el grito provenía de Renji.
—¡Ya voy para allá, Tatsuki! ¡Intenta huir! —unas fuertes zancadas resonaron en el piso de sala. En contados segundos, la iracunda figura de Renji Abarai se visibilizó para Ichigo y Kisuke—. Por lo que más quieras, Tatsuki, no te enfrentes a ellos, ¡¿me entendiste?!
Se miraron confundidos. Sin embargo, al ver que el pelirrojo giraba el picaporte de la puerta con una expresión de enfado descomunal, se levantaron del sillón con rapidez.
—¡Renji! ¿Para dónde vas? —cuestionó Urahara.
El susodicho ni siquiera volteó la mirada. Apretando la quijada, siseó la respuesta a la vez que luchaba por no llorar y desplomarse allí mismo.
—A rescatar a Tatsuki.
Y salió del lugar, corriendo como alma que lleva el diablo.
A los diez pasos, se percató que tanto el idiota de Ichigo como el despreocupado de Urahara le pisaban los talones.
Mejor para él, pensó. Necesitaría ayuda.
Lo que ni Renji, ni Ichigo, ni Kisuke sopesaron en ese instante, tal vez por la adrenalina del momento, es que estaban dirigiéndose de lleno al ojo del huracán. Sin armadura o protección alguna que los salvaguardara del filo del viento.
Témele a la calma; es el peor agüero.
