CAPÍTULO 3: Desbloqueado

Obstáculos


—Hinamori —le susurró suave al oído, en un intento vano de despertarla. La pequeña sólo se removió un poco, rozando con su nariz el costado izquierdo del mouse, y continuó dormitando con un hilito de baba escurriéndole por las comisuras—… Hinamori, vamos, levántate.

Absolutamente nada.

Yoruichi suspiró. Según el inepto de Kisuke, su esposo, desde que comenzaron las vacaciones de fin de año era normal ver a Momo comer y dormir en el computador de mesa que tenía en la habitación; un juego llamado Bleach la absorbía por completo, tanto que las únicas veces que salía de su cuarto era para hacer uso del baño. El alcahueta de Renji le llevaba la comida a la habitación, la arropaba cuando se quedaba dormida sobre el escritorio —como en ese preciso momento— e incluso vigilaba que el hombre mayor de la familia no desconectara el router a medianoche, dejando a Hinamori sin internet.

Se sabía la historia al pie de la letra, pues ese era el tema de conversación —de quejas, principalmente— que sostenía con Urahara en sus llamadas diarias. Había estado de viaje en Alemania durante tres meses por cuestiones de trabajo; meses en que anotó en su libreta las mil y una razones por las cuales no debía volver a dejar a Kisuke cuidando a tres mocosos. Y había acortado el viaje, que se suponía duraba cuatro meses, precisamente para que no ocurriese un desastre mayor.

Lo primero que hizo tras llegar a la casa algunos minutos antes, fue comprobar que el idiota de su marido no hubiese incendiado todo.

Un par de arepas, abandonadas en el fogón de la cocina, eran lo único con indicios de quemaduras.

Menos mal.

Regresando su mente al presente, direccionó sus pasos hasta la cama de Hinamori y agarró la cobija de corazones tendida sobre ella, resignada a realizar la labor que le correspondía por defecto a su hijastro mayor. Arropó con cuidado el cuerpecito de la menor y quitó de la superficie del escritorio el mouse y los vasos vacíos que había acumulados allí, colocándolos en una mesita a un lado del computador. Por último, apagó el aparato que seguía encendido: un enorme anuncio en letras verdes de victoria, y un poco más abajo, un mensaje de un tal Hyorinnmaru felicitando a una tal Tobiume, fue lo que pudo visualizar antes de presionar el botón de apagado.

Observó el rostro tranquilo de Momo el tiempo que tardó el computador en apagarse por completo, llenando la habitación de oscuridad. Ya con una preocupación menos, se dirigió hacia la sala de estar que permanecía con las luces prendidas y se sentó en uno de los sillones grisáceos del cuarto.

Con un resoplido de fastidio, y tamborileando sus dedos contra el material del mueble en un ademán nervioso, aguardó pacientemente a que entraran en fila los tres hombres de la casa. No tenía la más mínima idea de dónde diablos estaban metidos Renji Abarai, Kisuke Urahara ni Ichigo Kurosaki; pero sí sabía que, en cuanto los viera atravesar la puerta con sus pisadas sigilosas, tendría que llamar a una ambulancia para reportar tres heridos de gravedad.

Y a la policía también, para declararse culpable de intento de homicidio.

O por lo menos eso pensaba hacer, pero el sonido de una llamada entrante inundó el silencio que reinaba dentro de las cuatro paredes y con ello desvaneció cualquier pensamiento criminal. Estiró el brazo para alcanzar el teléfono y lo descolgó, llevándoselo a la oreja.

—¿Quién mierdas fastidia a la una de la mañana? —fue su tierno saludo.

Un carraspeo se escuchó del otro lado de la línea. Y, unos segundos después, la compungida voz de su esposo la obligó a pararse del sillón.

—Hola, amor —la morena estaba a punto de soltar una retahíla de maldiciones e insultos, pero el astuto de Kisuke pudo el predecir el voluble carácter de Yoruichi y continuó hablando—. Antes de que tires al suelo y despedaces el caro teléfono que me costó tres meses de trabajo diurno en la tienda, déjame explicarlo, ¿sí?

Un tic apareció en su ceja izquierda, señal inequívoca de que comenzaba a perder la paciencia. Más le valía a Kisuke aprovechar el tiempo que le daría, o rodarían cabezas.

Una cabeza rubia y desaliñada, para ser más específica.

—¿Los otros dos imbéciles están contigo? —preguntó, con el instinto materno por delante.

—Sí, sí. Aquí están. Chicos, saluden.

Bufidos, relinchos semejantes a los de un caballo y gruñidos fue lo único que alcanzó a oír, pero se sintió mucho más liviana al escucharlos.

Era lo que se esperaba oír cuando se juntaba en un mismo cuarto a Ichigo y a Renji.

—¿Ves? Cero daños irreparables.

—Al punto, Kisuke. ¿Por qué demonios dejaron a Hinamori sola? ¿En dónde carajos se suponen que están?

Momento de vacilación. Un fuerte ¡no le digas! de parte de Ichigo la alertó mucho más.

—Kisuke… —siseó en advertencia. El conteo regresivo de su paciencia ya iba en cinco.

Su esposo tragó en seco antes de responderle.

—En la comisaría. Estamos detenidos.

Cero.

¡Kaboom!

—¡Vete al infierno, maldito idiota! ¡¿Cómo así que están detenidos?!

.

.

.

«Tobiume, ¿sigues ahí?».

Volvió a leer el último mensaje que le había mandado, diez minutos atrás, cuando ganaron por primera vez en dos semanas de arduo trabajo una partida grupal. Como profesor no solicitado, fue imposible no sentir algo de orgullo al presenciar en vivo y en directo uno de los logros de su peor alumna; como amigo, por otro lado, sólo quería seguir chateando con la susodicha hasta altas horas de la noche sin importar el marcador, tal como acostumbraban a hacer.

Esa noche, sin embargo, el demonio del sueño le había jalado las patas a su nueva e inesperada amiga demasiado pronto.

Cuando Zangetsu le propuso enseñarle a jugar a un pésimo novato, se resignó a pasar una buena parte de su vida virtual con la paciencia agotada y un humor de perros. Esa idea se solidificó al leer el mensaje, carente de ortografía, con el que le había contestado; y, minutos después, cuando los derrotaron en un abrir y cerrar de ojos por las malas habilidades de Tobiume, estaba más que seguro que no soportaría mucho tiempo como tutor.

Pero entonces la chica lo sorprendió. Se disculpó con él, le confesó que era realmente mala jugadora —aunque esto no fuese precisamente un secreto—, que, aparte de Zangetsu, no tenía amigo alguno y que todos huían de ella como moscas al frío; en resumidas cuentas, le rogó que no le dejara de hablar, así no pudieran realizar partidas grupales nunca más. Hitsugaya se la imaginó llorando tras la pantalla.

Teniendo por un lado la oferta de Zangetsu, y por el otro lado la ternura de Tobiume, fue incapaz de mandar por la borda el plan de ayudarle a mejorar en el juego. Así que, como quién no quiere la cosa, le ofreció como todo un buen samaritano darle algunos tips.

Dos semanas desde aquello. Y si bien admitía que todavía le faltaba mucho para ser una digna compañera de Hyorinnmaru, tampoco podía negar los rápidos avances que había conseguido. La victoria anterior era una prueba de ello.

Era divertida, hacía chistes carentes de ortografía pero cómicos, no se inmiscuía en su vida privada y compartían un desagrado colosal hacia Mayuri.

Tobiume, más que una alumna difícil, era una compañía realmente agradable.

—Toshiro, ¿estás despierto? —escuchó la plausible voz de su padre tras la puerta, sacándolo de sus pensamientos.

Le dirigió el último vistazo a la pantalla del escritorio, y diciéndose a sí mismo que Tobiume ya se hallaba profundamente dormida, cerró la página con un click. Giró en su silla de rueditas hasta quedar frente a la puerta.

—Pasa.

La expresión afable de su padre, Jushiro, cruzó los límites de la puerta con un tinte de recelo. Parecía estar a punto de mencionarle algo importante, pues una sonrisa nerviosa entumía sus comisuras en un síntoma de incomodidad. El mayor se recargó en el marco de la entrada, observando al tozudo primogénito con su típica facción sobreprotectora.

—Te estás desvelando mucho, pequeño. Pasar tantas horas frente a un computador es malo, ¿sabes?

Reprimió un mohín de disgusto. Había perdido la cuenta del millón de veces que sostuvo esa plática aburrida con sus padres, y no estaba en sus planes volver a pasar por lo mismo a tan altas horas de la madrugada.

—No ahora, por favor.

El adulto rió un poco ante la mueca contrariada de su hijo. Jushiro, tratando de darle más seriedad al ambiente, se sentó en los bordes de la cama y miró a Toshiro con atención. Sus labios se convirtieron en una línea recta y frunció levemente el ceño, en un esfuerzo por sacar valor ante lo que debía informarle al menor.

—No vengo a regañarte por tus malos hábitos —murmuró, sin despegar la mirada de los ojos turquesas de su hijo—-. Verás, hace unos días, a tu madre le llegó una llamada de su familia…

—La abuela va a morir —terminó en seguida la frase, sin inmutarse.

Jushiro suspiró. Qué nula delicadeza.

Típico de Toshiro.

—¿Cómo lo sabes?

—Los escuché hablar ayer. No son para nada discretos.

—¿De verdad? Le he dicho a tu madre mil veces que controle su voz, pero no me hace caso.

—Papá —lo detuvo en seco. Tenía ganas de dormir—. Si eso es todo, buenas noches.

No se lo diría a su padre por respeto, pero no le interesaba en el absoluto si una viejita que nunca había visto en su vida moría, vivía otros ochenta años más o se convertía en un zombie devora cerebros. Su cabeza tenía otras prioridades… como regañar mañana a Tobiume por dormirse temprano, por ejemplo.

El hombre negó apenado y, entrelazando sus manos, continuó hablando.

—Creo que no escuchaste toda la conversación, Toshiro —le susurró con tristeza—. La familia de tu madre llamó para informarnos sobre el precario estado de salud de tu abuela, sí, es cierto… Pero además de eso, nos pidió un favor.

Arrugó el entrecejo. No le agradaba en lo absoluto hacia donde se dirigía la conversación.

—¿De qué hablas?

Hubo una pausa tediosa por parte de su padre. Comenzaba a desesperarse de tantas largas que le estaban dando al asunto.

Típico de Jushiro: agregarle a las cosas más relevancia de la que tienen.

—Quieren que la familia se reúna para el funeral —soltó con el semblante caído—. Fue el último deseo de la abuela.

—¡Pero la anciana todavía no está muerta!

Su sobresalto era predecible. Odiaba a la familia de su madre. Ya había manifestado su intención de verlos sólo en circunstancias especiales, y aunque esta fuera una de esas, seguía sin querer ir a visitarlos.

Jushiro apretó la mano de su hijo en un afán de tranquilizarlo. Sabía lo turbado que debería sentirse el pequeño en ese preciso instante.

—Lo siento, cariño. Tu madre ya compró los tiquetes de avión. Nos vamos en una semana y media.

Mierda.

Propinó un bufido. Típico de su madre: no contar con él para nada.

—¿Cuánto nos quedaremos por allá? —cuestionó derrotado.

No le gustaba demasiado la idea de desconectarse del mundo por mucho tiempo, pues la familia de su madre vivía en la zona rural de Noruega y poca tecnología se veía por esos lares, así que cruzaba los dedos porque fuera máximo un par de semanas.

De no ser así, se perdería de la Liga de los Shinigamis: un torneo individual que se realizaba a principios de año y que era considerado el más prestigioso dentro de la plataforma.

Y realmente quería resultar en una buena posición para que Tobiume lo felicitara.

—De eso te iba a hablar, Toshiro —prosiguió su padre, un poco más tenso que de costumbre—. Nos mudaremos a Noruega por tiempo indefinido.

.

.

.

Entró a la comisaría respirando de forma entrecortada y con la mirada perdida. Se sostuvo de una columna para no perder el equilibrio, y mientras observaba el perímetro del lugar en busca de la recepción, trató de regular las ilimitadas y tentativas ganas de estrangular a Kisuke con aquel costoso cinturón que le había regalado por su décimo aniversario hace unos años.

Los incesantes llantos y gritos que se escuchaban no ayudaban en lo absoluto a reducir sus ansias asesinas ni tampoco su desesperación. El sitio estaba a rebosar, y era de no creer la cantidad de madres con sus hijos en brazos que aullaban entre lágrimas por una demanda alimenticia. Ignoró el irritante barullo, y cuando recobró el aire en los pulmones, caminó hacia las pseudo oficinas que separaban a la policía de la gente del común por medio de un vidrio.

Se sentó en la poco cómoda silla negra y agachó el rostro para estar a la altura del hueco en forma circular que servía para comunicarse. Al otro lado del vidrio, una mujer de aspecto distraído digitaba un montón de números en la computadora, y aunque Yoruichi ya había carraspeado un par de veces en busca de atención, la susodicha seguía con la mirada absorta en la pantalla.

Bien. Otra más en la lista negra. A este paso me llamarán Torquemada.

Una sonrisa falsa se dibujó en su rostro. Reprimiendo el deseo de gritar a los cuatro vientos la negligencia de la estación de policía, dio un par de golpecitos al vidrio para despertar de su letargo a la insípida trabajadora que seguramente jugaba alguna estupidez en la computadora.

Por supuesto, ni así logró conseguir tan siquiera una mirada de reojo por parte de la fulana.

—Disculpa —mencionó con dificultad, intentado camuflar su malhumor en una cortesía poco fiable—, ¿me podrías atender?

Se fijó en el nombre que aparecía en su escarapela cuando esta extendió la mano hacia Yoruichi. La tal Nanao seguía sin despegar los ojos del aparato.

—El ficho, por favor —pidió con voz calmada.

—¿Ficho? ¿Cuál ficho? —cuestionó con la paciencia cada vez más agotada.

—El ficho para poderla atender, señora. Si no lo tiene, diríjase al fondo, saque uno y espere su turno.

La morena suspiró. Movió la silla en un amago de levantarse, pero en cuanto vio en el reflejo de las gafas de la mujer el reconocible diseño de Candy Crush, un espectro maligno —porque Yoruichi no era alguien que perdiera los estribos— se apoderó de su cuerpo. Tiró la silla en un estrepitoso movimiento, alertando tanto a las demás personas que aguardaban por su turno en la sala de espera como a la ociosa trabajadora, quien por fin se dignó a mirarla.

Aquellos ojos oscuros ocultos tras unos lentes no se veían demasiado contentos.

—Un ficho… ¡un ficho! —exclamó eufórica—. Dejé a mi hija sola en casa, corrí por más de media hora porque el imbécil de Kisuke volvió a dejar las llaves dentro del carro, casi muero atropellada por un idiota que conducía ebrio, no he tenido sexo por más de tres meses… ¿y usted quiere que vaya por un condenado ficho y espere hasta que se quede sin vidas en Candy Crush para que me dejen ver a mi esposo y a mis hijos? ¡Váyase a la mierda, perra inservible!

No, definitivamente Yoruichi Shihon no era alguien que perdiera los estribos, y menos de esa manera. Aquella era una situación extraordinaria.

Su pecho subía y bajaba con rapidez debido a la exaltación anterior. Temía haberse quedado sin voz después de semejantes bramidos, pero se sentía con un peso menos encima.

Nanao, sin embargo, no parecía afectada por la reciente explosión de insultos que había profesado.

—Así que dejó a su hija sola —la azabache cerró de un click la página del juego y se giró para observar mejor a la morena; un tinte acusador se evidenciaba en sus orbes—. Tendré que llamar al departamento de Infancia y Adolescencia, entonces.

Yoruichi abrió los ojos más de lo normal.

—¡No te atrevas! —gritó, señalándola con el dedo.

—Lo lamento mucho, señora —expresó con fingida tristeza al descolgar el teléfono que tenía a un lado del computador—. La próxima vez, piénselo mejor antes de agredir verbalmente a un funcionario público.

Relajó su semblante enfadado. De nada serviría la furia en ese instante, así que lo mejor era dejar a un lado su mal carácter y actuar dócil para no complicar más la situación. Si aquella mujer ponía una queja suya, le quitarían a Hinamori; habría fallado como madre adoptiva en poco menos de año y medio.

—Espera —susurró abatida. Recogió la silla y se sentó en ella de nuevo—. Mira, lo lamento. Sé que mis actos son reprochables, pero entiéndeme, ¿sí?

—¿Entender qué? —contraatacó venenosa del otro lado del vidrio—. Todas las personas que están aquí siguen el protocolo establecido y aguardan a que llegue su turno. Contrario a lo que cree, señora, sus problemas no son más grandes que los de ellos. Dios, ¡quejarse de no haber tenido sexo en tres meses en frente de mujeres que han sufrido de maltrato es de insensibles!

Se quedó muda por breves momentos, con las mejillas coloradas por la vergüenza.

La tal Nanao tenía toda la razón. Sus problemas eran menores a comparación de la mujer repleta de hematomas que estaba sentada en un rincón de la sala.

—Es verdad —mencionó en voz baja—. Sí, es cierto que no pensé en los demás. Sólo pensaba en mi familia, ¿acaso es eso algo malo?

La azabache bufó y señaló con el dedo la máquina encargada de producir los fichos.

—No ocasione más molestias, señora —replicó como ultimátum.

Yoruichi asintió en silencio y se paró del asiento, resignada a tener que esperar por quién sabe cuánto tiempo para poder estrangular con sus propias manos a Kisuke.

Su vendetta se había postergado, pero un avión tenía más reversa que el escarmiento que recibiría su esposo.

Se dirigió a la máquina de los fichos y empezó a digitar su documento de identidad, pensando en la pobre Hinamori que dormitaba tranquila sin saber el tremendo problema en el que estaban inmiscuidos. Apretó con fuerza el papelito que le asignaba su turno, rogando porque aquello no demorara tanto.

Alguien debía estar en casa para cuando Hinamori despertara.

—¿Yoruichi?

Esa voz…

Se giró sobresaltada. Saliendo del pasillo destino a las celdas, y con una mueca de sorpresa, su antigua pupila la observaba con la boca entreabierta.

—¡Soi Fong!

.

.

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—¡No!

Se levantó con la frente perlada debido al sudor, la respiración agitada, un fuerte miedo en su corazón y demasiado confundida. Lo último que recordaba era haberse dormido en el escritorio, pero al parecer Renji había vuelto a actuar como todo un hermano mayor alcahueta al llevarla hasta la cama. Cerró los ojos en un intento de despejar aquella pesadilla que había soñado momentos atrás, asegurándose a sí misma que su familia jamás la abandonaría tal cual lo hicieron sus padres biológicos hace algunos meses.

Los maullidos de Tobiume se escucharon cercanos, y la gata no tardó en hacer entrada a la habitación de Hinamori. Un poco más relajada, abrió los brazos para recibir a la ágil felina que se subió a la cama en un impecable salto. Se volvió a tumbar en el colchón y acarició el suave pelaje de su mejor amiga.

La pequeña limpió la traicionera lágrima que emergió de su ojo derecho sin permiso alguno y se volteó en la cama hasta quedar frente a frente con Tobiume.

—No volveré a pasar por lo mismo otra vez, ¿verdad, Tobiume? —le preguntó angustiada—. Porque no sé si seré capaz de soportarlo.

La gata le lamió la cara, reconfortándola. Una ínfima sonrisa se instaló en las facciones de Hinamori al observar los cariñosos ojos color miel de Tobiume.

—Tienes razón. Ellos jamás me dejarían sola.

Regresó a su posición inicial y miró el techo con detenimiento. Recuerdos de su primera victoria le llegaron en forma de ráfagas y, esta vez, una colosal sonrisa le sucedió al semblante compungido que le había producido esa inoportuna pesadilla.

Cargó a su gata con una súbita felicidad que, tal vez, no se debía sólo a que había ganado su primera partida en Bleach.

—¿Sabes? Hoy Hyorinmaru me dijo que estaba mejorando mi ortografía…

Continuó hablando acerca de su nuevo amigo por varios minutos, hasta que Tobiume se cansó de oír los constantes halagos y comentarios empalagosos que balbuceaba Hinamori y se marchó de la habitación con su típico caminar elegante. La imagen de Hyorinmaru estuvo presente en la mente de Hinamori hasta que esta se durmió con una sonrisa en el rostro, completamente ajena al caos que se desataba en la estación de policía.

Aquella sería la última noche en mucho tiempo en la que tendría una expresión tan pacífica.

Cuando pienso en ti, el mundo se hace mucho más fácil.